Negrín
Entre San Francisco, Nueva York y Ciudad de México
ENTRE SAN FRANCISCO,
NUEVA YORK Y CIUDAD DE MÉXICO
Negrín regresó a Londres apesadumbrado por las frustrantes entrevistas celebradas
porque, en palabras de Ansó, «nuestra cosecha de adhesiones incondicionales fue
escasa y nuestra excursión aérea más bien decepcionante»[147]. A pesar de ello,
perseveró en su propósito de ir a América para seguir ejecutando su plan, apoyándose
en el inesperado apoyo que encontró en Martínez Barrio, todavía presidente
dimisionario de la Diputación Permanente y del propio Congreso de Diputados, y en
amplios sectores republicanos decididos a restaurar las instituciones de la República.
Animado por esas expectativas y por las noticias sobre la disposición del presidente
de México a facilitar una reunión de Cortes en suelo mexicano (previa concesión de
extraterritorialidad), Negrín preparó su viaje (vía Estados Unidos, para asistir a la
conferencia fundacional de la ONU en San Francisco) con sumo cuidado y atención.
Por un lado, tomó varias medidas de tipo financiero que trataban de atender los
grandes gastos previstos con los escasos recursos disponibles: 75 615,55 libras
esterlinas para entonces. La primera de esas medidas, adoptada el 3 de abril de 1945,
fue ordenar la entrega a «esta Presidencia del Consejo de Ministros» de la cantidad de
«treinta mil libras esterlinas» para «hacerse frente a las exigencias que dimanen de
esa acción política conjunta» y destinada a «impulsar e intensificar, en condiciones
más favorables que las presentes, una acción política en el interior y fuera de España
que apresure, en todo lo posible, la restauración del régimen republicano». Es muy
probable que dicha cantidad fuera ingresada en la cuenta personal de Negrín en el
Lloyds & National Provincial Foreign Bank, cuyo control efectivo seguía teniendo
como siempre Feli[148]. La segunda medida fue destinar otras 8500 libras al
funcionamiento de «una oficina encargada de la recuperación de recursos y
documentos relacionados con la actuación del Gobierno de la República durante y
después de la guerra de España», que estaría presidida por Méndez Aspe en su
calidad de Ministro de Hacienda. Y finalmente, la tercera medida consistió en
entregar la gestión y financiación de todos los organismos republicanos en Gran
Bretaña (Instituto Español, Fundación Juan Luis Vives, Oficina de colocación, United
Editorial, etc.) a «un mandatario» (Azcárate) que se haría cargo de todos ellos con un
presupuesto económico de 27 424,16 libras esterlinas improrrogables[149]. De esa
manera, Negrín distribuía los fondos existentes con vistas al futuro inmediato
(excepto el remanente de casi 10 000 libras) y preparaba todos los mecanismos para
tener a punto una eventual rendición de cuentas públicas en el momento necesario.
La segunda tarea consistió en escribir a una amplia nómina de líderes aliados,
incluyendo a Churchill, Stalin, Roosevelt y De Gaulle, así como a sus conocidos y
amigos (Attlee, Noel-Baker, Moch, Blum o Auriol) para transmitirles su enhorabuena
por la victoria lograda en Europa con la rendición incondicional de Alemania el 8 de
mayo de 1945[150]. Esa gestión, y la búsqueda de la mediación del diputado Harold
Nicolson, no sirvieron sin embargo para conseguir el visto bueno de Eden a una
reunión personal con Negrín antes de su partida hacia América. Los responsables del
Foreign Office desaconsejaron ese encuentro con firmeza por ser contradictorio a su
política de no-intervención en España, sostenida sobre tres pilares básicos: la honda
desconfianza hacia la capacidad de unos grupos exiliados desunidos y muy mal
avenidos; el temor a propiciar una segunda vuelta de la guerra civil; y la confianza en
que los generales monárquicos consiguieran convencer a Franco para dejar el poder
en manos del pretendiente. Y el secretario del Foreign Office atendió su
recomendación sin reservas:
El doctor Negrín no debe ser recibido por el Secretario. Es solo uno más de los líderes republicanos
españoles exiliados, que están peleados unos con otros. Además, nuestros informes indican que a pesar del
apoyo con que cuenta en los círculos de izquierdas en este país y en EE. UU., está bastante desacreditado
entre los propios españoles y no tiene virtualmente ninguna posibilidad de retornar al poder en España. Por
otra parte, nosotros no debemos dar la impresión de que apoyamos a los republicanos españoles o
secciones de ellos. Recibiríamos con mucho agrado la retirada del general Franco y de la Falange, pero
queremos dejar que sean los españoles los que encuentren el régimen que los haya de reemplazar. Sin
embargo, tenemos el máximo interés en que el cambio de régimen no lleve a una guerra civil y no vemos
cómo podría restaurarse la República sin otra guerra civil. La única alternativa viable que podemos ver en
la actualidad para sustituir al régimen actual sin guerra civil es la restauración de la Monarquía y esto
depende de los generales, que todavía apoyan en general a Franco aunque están empezando a tener dudas y
vacilaciones[151].
Contra ese análisis y los firmes pilares que asentaban esa política de inhibición y no-
injerencia, de poco podía valer la estima personal abrigada por Negrín en amplios
sectores de los círculos políticos, parlamentarios y diplomáticos del Reino Unido.
Dentro del propio Foreign Office, al igual que durante la guerra civil, no dejaron de
evidenciarse en aquellos momentos esas mismas muestras de aprecio humano y
respeto político hacia «el más sobresaliente, sin duda alguna, de las personalidades
republicanas», que «siempre ha estado desprovisto de soportes partidarios»:
Durante la guerra civil Negrín hizo muchos enemigos por su brillante eficacia y su desprecio por las
flaquezas de partido que, sin embargo, son parte esencial de una democracia en lucha. Entonces podía
describirse como un líder bélico popular. Pero, cuando el colapso llegó, su asociación con los elementos
comunistas le convirtió en un claro chivo expiatorio. La pelea, en parte personal y en parte política, con
Indalecio Prieto (la otra única figura de calibre nacional) ha dañado su posición política. Y la calumnia ha
hecho su labor. Su férrea voluntad, su «arrogancia» (el hecho de que reclame ser el único depositario de la
legitimidad) y su acomodado estilo de vida han molestado mucho. Muchas de las críticas proceden del
hecho de que haya financiado sus propias creaciones (por ejemplo, el Instituto Español) con los
considerables fondos del tesoro nacional que, como Jefe de Gobierno en el exilio, ha seguido
administrando [152].
Con esos severos contratiempos de trasfondo, Negrín salió de Londres para Nueva
York en avión el 15 de mayo de 1945. Iba a estar fuera de Europa más de seis meses
y, por primera vez, sin la ubicua y tranquilizadora compañía de Feli, que se quedó en
Dormers atendiendo la casa, el huerto, a Melchor y Gaspar y al resto de los animales. Todos los pormenores de su viaje, así como su estancia en Estados Unidos, fueron
minuciosamente vigilados en secreto por el Federal Bureau of Investigation (FBI) por
orden directa de su director, John Edgar Hoover, en atención a sus contactos con
«Rusia y los comunistas»[153].
Aterrizó en Estados Unidos el día 16 de mayo y se instaló en el Hotel St. Regis de
Nueva York, situado en el número 2 del este de la calle 55[154]. Allí se reunió de
nuevo por vez primera desde 1939 con sus tres hijos (rechazó hacerlo con su esposa
María Mijailov), disfrutando de su compañía y conociendo en persona a Jeanne, la
mujer de Rómulo. Apenas cuatro días después, Negrín partió en avión con destino a
San Francisco para promocionar la causa de la República Española en la conferencia
fundacional de la ONU, que había abierto sus sesiones el 26 de abril. Lo hizo de la
mano de la sociedad norteamericana que le servía de apoyo y cobertura: The Friends
of the Spanish Republic, un organismo creado a fines de 1944, presidido por William
L. Shirer, que contaba como secretaria ejecutiva con la periodista Freda Kirchway
(editora de la revista The Nation) y tenía como uno de sus miembros más activos a
Jay Allen, el viejo amigo excorresponsal del Chicago Tribune en España. Los
miembros de esa asociación habían estado en San Francisco desde el inicio de la
conferencia y habían preparado y divulgado profusamente un completo dossier sobre
«el problema español» para justificar el veto «a la admisión de la España de Franco»
en la ONU[155].
Negrín se instaló en el Hotel St. Francis de San Francisco el 20 de mayo de 1945,
donde también se alojaban Álvarez del Vayo, William Shirer y Freda Kirchway
(aunque su centro de actividades estuviera en el Hotel Palace)[156]. En la ciudad
californiana coincidió con la delegación de la Junta Española de Liberación (JEL)
presidida por Prieto y compuesta por Gordón Ordás, Álvaro de Albornoz y J. M.
Sbert. Pero fue imposible concertar una reunión entre ambos líderes (solo Gordón
Ordás acudió a visitar a Negrín) y ni siquiera se combinaron los esfuerzos
diplomáticos de los dos grupos[157]. De hecho, Prieto provocó el enfado de Negrín
porque, según el informante del FBI, «convocó una conferencia de prensa el día de su
llegada para amortiguar esa noticia»[158]. Pese a ese sombrío contratiempo, la
estancia de Negrín en San Francisco, que duró hasta el 26 de mayo, fue muy
fructífera y le animó a proseguir con su plan.
No en vano, el 22 de mayo concedió una rueda de prensa a la que acudieron
representantes de más de veinte diarios y cadenas de radio, ante los cuales «produjo
una extraordinaria impresión y describió el plan para la transición pacífica desde la
dictadura de Franco a la República constitucional». Según el informante del FBI, en
esa rueda de prensa Negrín desestimó la posibilidad de una restauración monárquica
y anunció la próxima reunión de las Cortes en México con garantías de
extraterritorialidad (quizá a bordo de un barco republicano). También explicó que en
ella se elegiría al nuevo Presidente de la República y este procedería a abrir consultas
para la formación de un nuevo gobierno republicano. Expresó igualmente su opinión de que tras la caída de Franco (por obra de «la ruptura de relaciones diplomáticas y
comerciales de las naciones democráticas») debería instalarse en España un ejecutivo
que incluyese «a todas las corrientes de opinión desde la extrema izquierda a la
extrema derecha» y aplicarse «una completa amnistía»[159].
A lo largo de los días siguientes, Negrín se entrevistó con una gran parte de los
delegados de las potencias aliadas que estaban presentes en la conferencia, a casi
todos los cuales conocía por haber residido en Londres durante la guerra mundial:
Paul-Boncour (Francia), lord Halifax (Gran Bretaña), el doctor T. V. Soong (China
nacionalista), Jan Masaryk (Checoslovaquia), Manuilsky (representando a Ucrania),
Peter Fraser (Nueva Zelanda), Herbert Vere Evatt (Australia) y el doctor Luis
Quintanilla (México). Con este último, según el informe confidencial de The Friends
of Spain, se había ya establecido «la más íntima relación personal» y «la más cordial
relación de las existentes con todos los líderes de países latinoamericanos». Solo el
delegado norteamericano rechazó la invitación para entrevistarse con Negrín.
También se entrevistó con José Antonio Aguirre que, al contrario de los miembros
del JEL, manifestó su acuerdo con los planes de Negrín y le aseguró su cooperación.
En atención precisamente a su prestigio, la delegación francesa ofreció el día 24 de
mayo una comida al doctor Negrín para que «discutiera los asuntos de España» con el
resto de las delegaciones aliadas[160]. Y como parte de esa campaña de promoción de
la causa republicana se fue fraguando la formulación y aprobación unánime de lo que
se conocería como «resolución Quintanilla» del 19 de junio de 1945 relativa a
España: el veto al ingreso en la ONU de «Estados cuyos regímenes fueron
establecidos con la ayuda de las fuerzas militares de países que han luchado contra
las Naciones Unidas, mientras que estos regímenes permanezcan en el poder»[161].
Tras abandonar San Francisco con un preciado triunfo en las manos, Negrín, en
compañía de Álvarez del Vayo, se desplazó de regreso a Nueva York el 26 de mayo,
según informaron puntualmente a Hoover los agentes del FBI (uno de cuyos
informantes parece ser Miles Sherover, el agente financiero utilizado por la República
durante la guerra)[162]. Instalado en el Hotel Plaza, en el costado de la Quinta Avenida
y Central Park, aprovechó la estancia para tomar parte en una conferencia de prensa y
radio celebrada el 31 de mayo. Una semana más tarde visitó Washington durante
cuatro días para ser el invitado especial en un almuerzo ofrecido por el secretario del
Interior, Harold L. Ickes, el día 7 de junio, al que asistieron diversos congresistas y
senadores norteamericanos[163]. Durante su estancia en Washington Negrín también
fue invitado a conversar discreta y «oficiosamente» con «altos funcionarios
americanos» para exponerles su plan de restauración institucional republicana y sus
impresiones sobre el futuro de España. No en vano, por esas mismas fechas, la
política de Roosevelt se encaminaba hacia una presión sobre el régimen franquista
para conseguir su retirada pacífica y la restauración de la democracia en el país[164].
Las entrevistas, a pesar de su confidencialidad, fueron filtradas a la prensa y
provocaron evidente inquietud en las esferas gubernamentales españolas. De hecho, Franco dispuso la petición de explicaciones y la respuesta obtenida por el embajador
español en Washington fue remitida el 23 de junio y no era precisamente
esperanzadora:
Me entrevisté con Asistente especial del Secretario de Estado encargo asuntos Europa, al que le pedí se
investigaran entrevistas Negrín a que se refieren telegramas V. E. n.º 594-600, me dijo que desde luego
podía asegurarme no se había celebrado ninguna que pudiera calificarse de carácter oficial prometiéndome
investigar el caso y darme cuenta del resultado. Efectivamente ayer tarde me llamó para confirmarme lo
antes dicho añadiendo que era cierto que a su paso por Washington Negrín había visitado con carácter
particular a dos funcionarios, no de alta categoría y que el Departamento de Estado no tenía conocimiento
de que ninguno de ellos hubiera dicho las frases que se les atribuye en el reportaje. Al preguntarle el
nombre de los interesados rehuyó la contestación. Hice patente de nuevo mi sorpresa y disgusto por la
facilidad que encuentran en este país los enemigos del Gobierno Legítimo de España refiriéndome no solo
a las entrevistas en cuestión sino a los visados de sus pasaportes permisos de entrada salida y
transporte[165].
De vuelta a Nueva York, Negrín mantuvo un encuentro con los miembros del llamado
«Comité Coordinador Pro República Española», un organismo que el FBI
consideraba integrado por comunistas de Estados Unidos y militantes exiliados del
PCE y cuyas actividades vigilaba. Según el informe confidencial elaborado, la
entrevista no fue particularmente satisfactoria para ellos porque «Negrín les pareció
demasiado frío y reservado y sin haber mostrado el suficiente interés en la
información que le transmitían». No en vano, los asistentes le habían propuesto que
dejara de financiar «a los refugiados españoles en Francia» y que dedicara ese dinero
a sostener la actividad guerrillera ya en curso en España, con el fin de «comenzar otra
revolución contra Franco desde la frontera francesa». Según el informante del FBI,
públicamente «Negrín sonrió con deje cansado e ignoró la propuesta», aunque en
privado no dejó de quejarse ante Álvarez del Vayo «por la estupidez de los
comunistas españoles»[166].
Desde Nueva Yok, también se acercó el 10 de junio a Chicago para ver a su gran
amigo, el doctor Walter B. Cannon, catedrático de fisiología en Harvard, y a su
discípulo Rafael Méndez, que había encontrado acomodo laboral a su lado (visitas
que el FBI no dejó de anotar en sus registros). Informado Méndez de los planes
políticos de su maestro, se atrevió a preguntarle lo que otros colaboradores también
temían: «¿Y si no le ratifican a usted la confianza?». La respuesta de Negrín fue
tajante y seguramente muy meditada: «Me retiro por completo de toda actividad
política»[167].
Su último acto político público consistió en hacer una proclama desde la radio de
Nueva York con ocasión del noveno aniversario del comienzo de la guerra civil. Fue
invitado a hacerlo el 30 de junio nada menos que por el Overseas Radio Programme
Bureau del Office of War Information (El programa de emisiones radiofónicas para
ultramar de la Oficina de Información de Guerra, organismo gubernamental de
propaganda bélica). Grabada en español para ser emitida el 18 de julio de 1945, la
declaración comenzaba señalando que «este décimo año será decisivo» para la causa republicana porque habría de ser testigo de la eliminación del «último vestigio
europeo del totalitarismo nazi-fascista». Aunque señalaba que «la liberación de
España compete en primer término sin duda a los españoles», también recordaba que
afectaba «a todos los países sin excepción» si debía preservarse «la paz y la
reconstrucción del mundo». Por eso saludaba la aprobación de la propuesta mexicana
en la ONU que implicaba el veto «a los países cuyos gobiernos han sido puestos en el
poder con la ayuda nazi-fascista». Y terminaba con una expresión desiderativa sin
duda sentida y anhelada:
El fruto del maridaje de la traición con el fascismo desaparecerá y desaparecerá pronto sin que sirvan a
alargarle la vida disfraces y camuflajes. Lo exigen la dignidad y los intereses de España. Lo reclama la paz
y la tranquilidad del mundo. Otra cosa significará haber derrotado al nazismo [sic] para dejar sobrevivir su
engendro preferido [168].
Con esa disposición y las buenas perspectivas abrigadas por su prolongada estancia
en Estados Unidos, Negrín partió para el destino final y más importante de su viaje:
México, donde radicaba la más numerosa colonia republicana del exilio americano y
en donde residía la mayoría de los dirigentes y diputados expatriados. Emprendió el
viaje por vía aérea (con la compañía Pan American Airways) desde Nueva York el 12
de julio de 1945, acompañado de Álvarez del Vayo, según el informe elaborado por el
FBI. Por indicación expresa del Departamento de Estado no fue sometido a
inspección aduanera personal aun cuando sus maletas sí lo fueron. Llegó a Monterrey
al día siguiente, donde le esperaba Santiago Garcés. En su compañía se trasladó
después por carretera a la ciudad de México, alojándose allí en un apartamento del
número 157 del Paseo de la Reforma (para trasladarse posteriormente a otro
apartamento del número 574 de la Avenida de Chapultepec). De inmediato se reunió
con sus más íntimos colaboradores: José Puche, Antonio Velao y Ramón González
Peña[169].
El 16 de julio Negrín se desplazó hasta Cuernavaca (estado de Morelos) para
presidir oficialmente una reunión del Consejo de Ministros en el exilio en la que
sometió a discusión su plan de restauración institucional: acuerdo previo entre
partidos para convocar Cortes con garantía de extraterritorialidad; elección formal de
Presidente de la República en la persona de Martínez Barrio; dimisión oficial del
gobierno ante el nuevo titular; y formación de un nuevo gobierno de unidad
republicana para forzar la caída de Franco con medidas diplomáticas
(reconocimientos internacionales) y presión económica y comercial. Asistieron al
consejo, además de Negrín y Álvarez del Vayo, solo otros cinco ministros: Segundo
Blanco (CNT), Antonio Velao (IR), González Peña (PSOE), Moix (PSUC) y Bilbao
(ANV). Negrín les explicó «su disgusto por la actitud de Prieto en San Francisco» y
por sus acusaciones de que era «un agente de Moscú y del gobierno ruso», aunque
mostró su convicción de que «otros importantes líderes de la JEL no suscribían la
opinión de Prieto». También recibió el apoyo de todos los presentes a su plan político, aunque el ministro comunista, Moix, no dejó de advertir de las «dificultades
para obtener el apoyo de los diversos sectores y partidos», así como de la posibilidad
de que Negrín no recabara el apoyo suficiente «para formar con éxito un nuevo
gobierno». En ese caso, advirtió, probablemente Prieto sería encargado de formarlo y
excluiría del mismo al PCE y PSUC[170].
Pertrechado de esa resolución formal, Negrín acudió el 17 de julio de 1945 a la
residencia oficial del entonces presidente de México, general Ávila Camacho.
Recibió una cordial bienvenida y también consiguió el apoyo para su plan, con el
añadido fundamental de que se concedería la extraterritorialidad al espacio de reunión
de las Cortes con el propósito de cumplir con el precepto constitucional de que fuera
suelo español el que albergara la sesión. Al día siguiente se reunió en persona con
Martínez Barrio y comprobaron su acuerdo básico sobre los pormenores de todo el
proceso. Con posterioridad, visitó al embajador de Francia (20 de julio), a
prominentes líderes oficiales mexicanos como el secretario de Exteriores y el de
Gobernación (23 de julio), al expresidente Cárdenas (24 de julio) y a otros destacados
líderes españoles exiliados y representantes diplomáticos significados por su apoyo a
la causa republicana. Según los informes del FBI, todas esas actividades habían sido
«un secreto bien guardado» y sin publicidad, al objeto de facilitar la consecución del
plan[171]. Solo a finales de mes, después de una nueva reunión con Martínez Barrio el
26 de julio, la prensa se hizo eco de la presencia de Negrín en México y de sus
propósitos. El 28 de julio, en efecto, se hacía público que «Negrín y Martínez Barrio
habían tenido una larga y cordial entrevista» cuyo resultado fundamental era el
acuerdo para «la restauración de todo el orden constitucional». El informante del FBI
comunicó que durante esa entrevista Negrín le había comunicado a Martínez Barrio
su «disposición a hacer los máximos sacrificios para lograr la unión de los
republicanos españoles» y le hizo saber que, tan pronto como fuera elegido
presidente, le presentaría la dimisión de su cargo[172].
Conseguida la práctica unanimidad de todos los grupos para su proyecto de
convocatoria de Cortes (incluyendo la renuente aprobación del grupo socialista de
Prieto), Negrín decidió aparecer en público ante sus partidarios y ante el conjunto de
los exiliados. Lo hizo mediante una amplia intervención leída en la tarde del 1 de
agosto de 1945 en un mitin de masas celebrado en el Palacio de Bellas Artes de la
ciudad de México. Según el informante del FBI, «el auditorio estaba repleto de
gente» y entre los oyentes estaban «representantes diplomáticos de China, Francia,
Cuba, Chile y muchos países latinoamericanos», así como «representantes del
Congreso mexicano y prominentes hombres de negocios de México». Otras fuentes
añaden la presencia de los representantes diplomáticos de la URSS, Gran Bretaña y
los Estados Unidos, así como líderes políticos y militares de México, hasta sumar un
total de casi seis mil oyentes que abarrotaban todas las estancias del palacio y
«acogieron la llegada de don Juan Negrín puestos en pie y con una ovación que duró
quince minutos»[173].
En su discurso, uno de los más largos y decisivos de toda su vida, Negrín
proporcionó un completo «informe» verbal sobre su gestión de gobierno desde la
salida de España en 1939 y hasta el momento presente, sin omitir casi ningún asunto
de interés y relevancia. De hecho, aparte de comenzar dando las gracias a México por
su generosa hospitalidad, explicó el propósito institucional que le había traído a
México («llegar a acuerdos urgentes e indispensables que abarquen a cuantos quieren
el restablecimiento de la legalidad en nuestra patria»), justificó su forzado silencio
durante casi un quinquenio («las severas restricciones que han existido en las Islas
Británicas») y enfatizó los motivos por los que desestimó dejar Europa en plena
guerra para encontrar refugio más seguro en México u otros países latinoamericanos:
Creí, sigo creyendo, y sobre ello insistiré más adelante, que mientras durara la guerra mi puesto estaba
donde se luchaba. De poco valía el hablar de que la guerra contra la Alemania de Hitler y la Italia de
Mussolni era la continuación de la nuestra, y por lo tanto la misma guerra, si quien representaba a España
se alejaba de su escenario y se desentendía de su curso, convirtiéndose de actor en espectador.
[…] Yo no podía exponerme al riesgo de no poder volver a Inglaterra durante la guerra; primero,
porque Inglaterra era entonces frente de batalla donde me correspondía y convenía estar; segundo, porque
desde el punto de vista diplomático y de la acción internacional era Inglaterra no solo el mejor
observatorio, sino el sitio donde se incubaban las negociaciones de paz y la preparación de la posguerra, y
cuantos asuntos tuvieran interés para la República y España [174].
A continuación pasó a analizar las «causas de nuestra derrota militar» (remarcando un
aspecto, «la falta de moral, el relajamiento de la moral de nuestra retaguardia», con
mayor énfasis que las carencias de «recursos y los medios materiales») y la «lógica
de la resistencia» de su política durante el conflicto civil, que no había sido distinta a
otras contempladas con posterioridad durante la contienda mundial:
¡La resistencia!
¿Qué otra cosa, sino la resistencia de Inglaterra, encarnada en la gran figura de su primer ministro
Winston Churchill, ha sido la que salvó en el verano de 1940 al Imperio británico y al mundo entero de
caer para siempre bajo el yugo del dominio hitleriano?
Pues bien: la situación militar de Inglaterra en el período de julio a diciembre de 1940 fue, salvando las
proporciones, mucho peor de lo que fuera la de España en marzo de 1939, es decir, en el momento del
golpe de Madrid. […]
¿Qué es sino la resistencia ante Moscú y Stalingrado, personificada en el mariscal y gran líder de la
Unión Soviética, Stalin, lo que hizo que cambiaran las tornas de la guerra, evitando el triunfo del Eje[175]?
También repasó distintos momentos críticos de la guerra civil (el hundimiento del
frente en marzo de 1938; la crisis de gobierno de abril del mismo año; la pérdida de
Cataluña, etc.) para desestimar con pasión la infamante acusación de entreguismo al
comunismo: «¡Yo os aseguro por los muertos de nuestra guerra que en ello no hay
una palabra de verdad!». Y explicó detallamente que su único objetivo durante la
última etapa de la guerra, antes de aceptar la capitulación, había sido conseguir
garantías del enemigo de «que no hubiera represalias ni persecuciones» y se facilitara
la evacuación de comprometidos. Tras referirse al triunfo de la traición de Casado y
«los nuevos rebeldes», explicó sus gestiones en el exilio centradas en dos planos básicos: «el problema de la ayuda a los refugiados» y «mantener viva dentro y fuera
de España la idea de la República y su legalidad». Respecto a lo primero, prometió
que si seguía al frente del ejecutivo tenía intención de «publicar un Libro Blanco en
el que se dé cuenta de cuál ha sido la gestión del Gobierno, de cuál ha sido la acción
internacional que el Gobierno trató de realizar durante la emigración». Y respecto de
lo segundo, reiteró sus esfuerzos para «mantener viva en todos los sitios la idea de
que la República Española subsistiría a pesar de que nos habíamos visto obligados a
abandonar el territorio», a la par que enfatizó el apoyo constante ofrecido a la causa
de las democracias desde el primer momento en la guerra mundial. Finalmente,
abordó el pleito político abierto por las negativas de sectores políticos del exilio a
reconocer la legitimidad de su gobierno y las razones por las que había emprendido el
plan de restauración institucional de la República para atajar esa fractura de
inmediato:
El Gobierno estimaba y estima que una solución del pleito político español fuera de España es un gran
error. Pero hace dos años yo me convencí de que había que pasar por ello, de que esto tiene que
solucionarse, de que así no se debe continuar ni un minuto más de lo inevitable. Así no se puede actuar y
yo no puedo llevar sobre mí la responsabilidad que corresponde a un jefe de gobierno de la República
Española cuando sectores que asimismo se consideran considerables, de la emigración, niegan la propia
existencia del Gobierno y en ocasiones la existencia del resto de las instituciones de la República[176].
La profusa intervención terminó con un llamamiento a «la colaboración de todos»
para el restablecimiento de las instituciones republicanas a la vista de las
oportunidades políticas abiertas para la acción, bajo la premisa de que «no hay
tiempo que perder» y sobre la base de que «nos está contemplando el mundo entero».
Tampoco dejó de incorporar una declaración de patriotismo español sentida y
profunda:
Creo en la nación española con sus múltiples variantes; la nación, que no son los españoles de ayer ni los
de hoy; que somos todos los de ayer, los de hoy y los de mañana, unidos por una serie de tradiciones que
heredamos y que tenemos que transmitir depuradas y enriquecidas, porque no tiene derecho a vivir de sus
tradiciones, ni persona ni nación, sino cuando saben mejorarlas, superarlas, ampliarlas y crear nuevas
tradiciones; porque solo el que sabe crear nuevas tradiciones tiene derecho a vivir de la tradición; porque
países que solo viven del pasado sin aumentar la herencia del futuro son parásitos del árbol de la historia,
que desnutren la fronda de su nacionalidad. Y no es esa la España ni los españoles que nosotros los
republicanos queremos[177].
Tras clausurar el mitin, Negrín decidió dar el paso final que restaba para poner en
marcha su plan: convocar una reunión conjunta con todos los partidos y
organizaciones del exilio para solicitar su concurso y apoyo al plan de restauración
institucional mediante la convocatoria de Cortes. Los días 7 y 8 de agosto de 1945 se
celebró en la ciudad de México esa especie de asamblea presidida por Negrín con la
asistencia de todos los grupos políticos existentes, incluyendo el socialismo prietista
(con este ausente en Nueva York por tratamiento médico). Según el informante del
FBI, tomaron parte en la misma un total de 22 grupos (desde el PSOE-UGT «facción Negrín» y «facción Prieto», hasta la CNT, PCE, IR, UR, ERC, ANV, etc.). A pesar de
los recelos y suspicacias, en la tarde del 8 de agosto, todos ellos suscribieron un
acuerdo formal en el que, «dentro de un espíritu de comprensión patriótica»,
reconocían la validez «de las razones expuestas por don Juan Negrín para convocar la
reunión» y requerían al Presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, para que
«proceda a convocar en sesión extraordinaria y solemne al Congreso» al solo efecto
de convertirse en nuevo presidente de la República[178].
Como resultado de esas complejas negociaciones en México se fue abriendo
camino la «salida constitucional» auspiciada por Negrín y aprobada por Martínez
Barrio. Y lo hizo en un ambiente de euforia habida cuenta de dos circunstancias
juzgadas como favorables con cierta razón. Por una parte, la amplia victoria
conseguida por el Partido Laborista en las elecciones generales celebradas a finales
de julio de 1945 en Gran Bretaña, que preludiaba un endurecimiento de la postura
británica hacia el franquismo en la medida en que Winston Churchill cedía su cargo a
Clement Attlee. Conocedor de las buenas relaciones de Negrín con el nuevo primer
ministro, el gobierno de Franco no dejó entonces de ordenar al duque de Alba que
emprendiera «un serio esfuerzo para contrarrestar la labor de atracción que Negrín
realizó durante años cerca de los que hoy son personajes más destacados del Partido
Laborista»[179]. Por otro, la publicación el día 2 de agosto de ese año de la
declaración firmada en Potsdam por los tres grandes mandatarios de las potencias
aliadas (el presidente Truman por EE. UU., Stalin por la URSS y Attlee por el Reino
Unido). En ella se condenaba al régimen franquista por haber «sido establecido con el
apoyo de las potencias del Eje» y se ratificaba el veto a su ingreso en la ONU «en
razón de sus orígenes, su naturaleza, su historial y su asociación estrecha con los
Estados agresores»[180].
En ese contexto internacional, en la primera hora de la tarde del 17 de agosto de
1945 se reunieron finalmente las Cortes de la República en el Salón de Cabildos del
Palacio de Gobierno, imponente edificio que el ejecutivo mexicano presidido por
Ávila Camacho prestó con el status jurídico de extraterritorialidad (la condición
exigida por Negrín: las Cortes habían de reunirse en territorio español para ser
legales). Asistieron a la sesión 96 diputados (más otros 34 adheridos
cablegráficamente) a los que acompañaron una nutrida representación de
diplomáticos acreditados ante México: los embajadores de China, Colombia,
Venezuela y Bolivia y los ministros de Francia, Checoslovaquia, Suecia, Unión
Soviética y Grecia, entre otros. En «un sofá que hizo las veces de banco azul» se
sentaron el presidente Negrín y algunos de sus ministros: Álvarez del Vayo, Velao,
Bilbao, González Peña, Blanco y Moix. Ante esa concurrencia, el presidente interino
de las Cortes, Fernández Clérigo, tomó juramento a Martínez Barrio y este asumió la
hasta entonces vacante Presidencia de la República sin traba u oposición alguna[181].
Una vez proclamado como tal, Negrín siguió la preceptiva norma constitucional y
acudió con sus ministros a cumplimentar al nuevo Presidente, al que también presentó por escrito su dimisión como jefe del Gobierno de la República. La carta
formal, fechada ese mismo 17 de agosto de 1945, rezaba:
Mi querido Sr. Presidente y distinguido amigo:
Permítame, Sr. Presidente, que a mi dimisión formal como Presidente del Consejo de Ministros,
acompañe estas líneas de salutación y afecto.
Al poner, mis colegas y yo, nuestros cargos a su disposición, lo hacemos no solo siguiendo la tradición
obligada, al cambiarse la Jefatura del Estado, sino cumpliendo al mismo tiempo con lo que desde el año
1942 ha sido decisión y propósito del Gobierno que presido: la de resolver por vía constitucional la crisis
política latente, para lo que era en primer término indispensable proveer la vacante de Presidente interino
de la República.
En las nuevas y supremas responsabilidades que V. hoy ha asumido, puede V. contar desde luego,
Sr. Presidente, con que le acompañan mis fervientes votos por su mejor éxito en el desempeño de su alta
Magistratura, en bien de la República y de España.
Con la expresión de mi afecto personal, queda respetuosamente suyo devoto servidor y amigo.
Juan Negrín[182]
Negrín dejaba así expedito el camino para que Martínez Barrio iniciara las gestiones
destinadas a formar un nuevo poder ejecutivo. Y lo hacía con sumo agrado (como le
comunicó por telegrama a Azcárate: «Creo hemos dado gran avance recuperación
República») porque había logrado un último y significativo triunfo frente a sus
adversarios: el reconocimiento retrospectivo de su ininterrumpida legitimidad como
presidente del Consejo de Ministros de la República desde el inicio del exilio en
marzo de 1939[183]. Pero pronto comprendería que se había tratado de victoria pírrica
porque, en los días sucesivos, las negociaciones emprendidas por Martínez Barrio
para constituir nuevo gobierno demostraron la persistencia de profundas brechas
entre las fuerzas republicanas y la imposibilidad de concitar la deseada unidad en
torno a su persona.
Aunque Negrín era sin duda el candidato mejor situado para recibir el encargo
habida cuenta de sus contactos internacionales y de su reputación diplomática (y todo
hace creer que Martínez Barrio lo sabía), Prieto (aún en Nueva York) consiguió que
los reconstituidos grupos del PSOE y la UGT, tanto de México como de Francia,
acordaran vetar su nombre al anunciar que nunca se integrarían en un ejecutivo bajo
la presidencia de su antiguo correligionario. Ese veto compensaba con mucho la
propuesta presentada por la dirección de la otra facción del PSOE-UGT (la última
elegida en España), que avaló a Negrín como figura idónea para presidir «un
verdadero Gobierno Nacional» que abarcase «todos los partidos del régimen» y «a las
personalidades políticamente más destacadas». Sobre todo porque aquellos mantenían
una masa de seguidores mucho más nutrida y estaban mejor implantados
geográficamente[184]. Por su parte, el PCE y los sectores negrinistas de Izquierda
Republicana advirtieron al presidente que solo entrarían en un ejecutivo dirigido por
el dimisionario. Mientras tanto, Esquerra Republicana de Cataluña y otras
personalidades republicanas consultadas (Álvaro de Albornoz, Fernando de los Ríos,
Felipe Sánchez Román, Augusto Barcia…) recomendaron a Martínez Barrio que la
presidencia recayera en «un republicano»[185].
El 21 de agosto Martínez Barrio resolvió el dilema con una salida que trataba de
ser una transacción: ofreciendo la jefatura de gobierno a un republicano histórico
como José Giral y confiando en que Negrín aceptara servir con él en la cartera de
Estado y con la categoría de vicepresidente del gobierno. Es probable, como
indicarían algunas fuentes, que Martínez Barrio hubiera querido así hacer una
demostración de independencia y acallar las sospechas prietistas de haber convenido
en secreto con Negrín su propia elección para el cargo a cambio de la continuidad de
este al frente del gobierno. En todo caso, la decisión fue un verdadero golpe para el
orgullo personal y la autoestima de Negrín, que había confiado hasta el último
momento en que sería llamado en primer lugar por el presidente para acometer la
tarea. En su primera entrevista con Giral el 22 de agosto, Negrín rechazó la oferta,
con el apoyo del grupo socialista afín, y mantuvo su negativa en las conversaciones
mantenidas con su antiguo ministro en los dos días siguientes. No hubo modo de
romper su resolución de quedar al margen del nuevo gobierno, a pesar de la tenaz
mediación de José Antonio Aguirre, que intentó infructuosamente toda clase de
arreglos: que Prieto levantase el veto; que Negrín se acomodase a la solución
presidencial; e incluso que Giral renunciase al encargo y diera vía libre a Martínez
Barrio para ofrecer el puesto a Negrín. En consecuencia, el gobierno anunciado por
Giral el día 26 de agosto de 1945 no contaba con la participación de Negrín ni de los
grupos negrinistas, además de estar ausente del mismo el PCE. El nuevo ejecutivo
hecho público entonces estaba formado por Fernando de los Ríos (PSOE), Álvaro de
Albornoz (IR); Manuel Torres Campañá (UR), Manuel de Irujo (PNV); Josep
Tarradellas (ERC); Indalecio Prieto (PSOE); Augusto Barcia (IR); Ángel Osorio y
Gallardo (independiente); y Luis Jiménez de Asúa (PSOE). Pronto se sumaron al
mismo Santaló (ERC, en sustitución de Tarradellas), Trifón Gomez (PSOE, en
sustitución de Prieto), Nicolau D’Olwer (Acción Catalana) y los anarquistas Martínez
Prieto y Leyva (CNT)[186].
La decepción de Negrín (y los negrinistas) por el curso que había tomado la
negociación y por su resolución final fue profunda y duradera. No tardó mucho en
telegrafiar a Feli para comunicarle su alegría por la reunión de Cortes y su pesar por
«lo demás»: «Es ajeno mis responsabilidades y jurisdicción. Empezaremos nueva
etapa para evitar entierren República los que ya intentaron ser sus liquidadores».
Azcárate captó el significado de lo sucedido muy pronto: «¡Le habían hecho la
jugada!»[187]. Así lo interpretaron igualmente los dirigentes socialistas y republicanos
afines a Negrín, junto con el PCE, que se aprestaron a emitir un comunicado
explicando su ausencia del nuevo ejecutivo:
Han estimado que la reconquista de la República Española supone mantener la política de resistencia y de
firmeza que representó el último Gobierno Nacional; que esa política, y no otra, es la que ahora reconoce
el mundo como la justa y acertada en defensa de la democracia que defendíamos con las armas en la mano;
que la continuidad de esa política es la que presta razón y fuerza a nuesta legalidad republicana, que esa
política es la que han tenido que seguir los gobiernos y las masas que no claudicaron ante los invasores de
Europa.
Esta política estaba representada por Don Juan Negrín. Su sola presencia en la jefatura del Gobierno
era la demostración de que la República Española continuaba la defensa de su causa[188].
Pero más grave que la ausencia de esos partidos y de Negrín del nuevo ejecutivo fue
la convicción generalizada de que «el Gobierno de Giral nacía tarde y con daño»:
solo obtuvo el reconocimiento de México y otra serie de gobiernos latinoamericanos,
no el de ninguna gran potencia aliada[189]. Así lo creía en Londres Pablo de Azcárate:
«El intento de operación política llevada a cabo en México ha quedado frustrado» y
«la verdad es que el gobierno actual es menos representativo que era el de Negrín». Y
no era el único que abrigaba ese pensamiento, puesto que Manuel de Irujo (uno de los
ministros de Giral) confesaría con pesar que el gabinete estaba compuesto por
«momias» y que la exclusión de Negrín (subrayada por la prensa internacional) era
un golpe terrible porque «es el único hombre capaz de hacer frente a los problemas de
la vuelta a España»[190]. Marcelino Pascua, desde Estados Unidos, escribió a Negrín
poco después en el mismo sentido:
El gobierno formado ha causado decepción a algunos de nuestros amigos en este País, quienes creen que la
coyuntura internacional actual y sobre todo la morrocotudísima tarea previsible que aguarda en la Nación,
caso de que llegara a cristalizar una solución republicana, demandaba muy otra cosa, y mayor amplitud de
esfuerzos y capacidades desde luego. Pero me parece que les van a ganar por la mano, por lo menos en
cuanto al futuro inmediato[191].
Por el contrario, la resolución de la crisis republicana causó un alivio comprensible
en los círculos franquistas, que no dejaron de señalar la existencia de profundas
discrepancias entre los exiliados y de subrayar la debilidad congénita del nuevo
gobierno constituido (y no reconocido por ninguna de las grandes potencias
occidentales):
El propósito no podía ser más triste para ellos, porque bien claro está que esas Democracias Occidentales
fueron las que no les ayudaron durante nuestra guerra civil. Recuérdese la política de «no intervención»
que siguió Inglaterra entonces, y la gasolina y los camiones de que dispusimos en todo momento ¿no eran
norteamericanos? Si en aquella fecha no les ayudaron Inglaterra y Estados Unidos, poca fe debe quedarles
de que ahora les ayuden eficazmente. […] la acción ha sido sustituida por la mera palabrería[192].
La afirmación del diplomático franquista era interesada en la medida en que por
entonces el régimen se enfrentaba a un humillante ostracismo diplomático concertado
por esas mismas potencias democráticas. Pero no erraba al subrayar que se trataba de
un castigo retórico y virtualmente desdentado que no ponía en cuestión la
supervivencia del régimen en la postguerra mundial.
El propio Negrín abrigaba por esas fechas la amarga y creciente sospecha de que
los aliados occidentales victoriosos no iban a tratar de derribar al régimen del general
Franco mediante sanciones militares, económicas o diplomáticas por su profundo
temor a desatar una nueva guerra civil en España y a favorecer la indeseada
expansión del comunismo en Europa occidental. Sobre todo si no existía a mano una alternativa de recambio de régimen solvente y creíble que pudiera atajar un proceso
de desestabilización política de incierto desenlace en una Península Ibérica de vital
interés estratégico para la defensa de Europa occidental y el eje de comunicaciones
atlántico-mediterráneo. Y estaba en lo cierto. No en vano, ya a comienzos de 1945 un
alto funcionario del Foreign Office británico había anotado con dureza el juicio que
merecían las disensiones intrarrepublicanas que Negrín había querido solventar en
aquellos meses:
En conjunto, creo que podemos dejar que estos exiliados españoles se peleen entre ellos. La principal
fortaleza de Franco reside en las irresolubles luchas existentes en el seno de la oposición. Aunque uno
abomine de Franco sinceramente, no puede sino despreciar a estos carreristas exiliados que no saben
unirse ni siquiera en la oposición [193].
En esas circunstancias, hasta el mismo Franco abrigaba la convicción de que las
potencias democráticas occidentales no llegarían a la ruptura abierta con su régimen
en la medida en que renunciaban a la única medida efectiva por temor a sus
consecuencias político-estratégicas: «solo los Ejércitos aliados podían arrojarle del
poder y no parecían muy inclinados a hacerlo»[194]. Y tampoco erraba el juicio.
Incluso el más antifranquista de los gobiernos europeos, el de Francia, había
manifestado su disposición a apoyar a la oposición con una condición: «salvo una
invasión armada». También el nuevo gobierno laborista, por la boca de Ernest Bevin
como secretario del Foreign Office, se atuvo a ese límite taxativo al anunciar su
política de «fría reserva» y «ocasionales “alfilerazos” hacia Franco: “no podemos
admitirle en el club”, pero tampoco podemos “tomar ninguna medida que promoviera
o estimulara la guerra civil en ese país”»[195].
En efecto, en Potsdam (agosto de 1945), como posteriormente en la declaración
conjunta anglo-franco-norteamericana (marzo de 1946), los tres gobiernos
democráticos anunciaban la aplicación de una política consistente en presionar a
Franco para forzar su retiro voluntario a favor del pretendiente monárquico, don Juan
de Borbón. Y ello contando con el apoyo del alto mando militar, de los grupos
monárquicos, de los sectores católicos, de la izquierda moderada y no comunista, y
siempre bajo el supuesto de no arriesgarse lo más mínimo a la reapertura de la guerra
civil. El interés geoestratégico de la Península para la defensa europea, acentuado por
las primeras muestras de disensión entre la Unión Soviética y sus antiguos aliados
contra el Eje, reforzaba esa voluntad de preservar el principio de «no intervención»
en asuntos internos de terceros países y de evitar todo peligro de desestabilización
política en España. Y dejaba, por tanto, en manos de Franco la decisión última de
proceder a su retirada o permanecer en el poder con cambios cosméticos mínimos (lo
que de facto haría). Tres meses después de la declaración tripartita, en junio de 1946,
el secretario particular de Bevin resumiría confidencialmente las poderosas razones
que excluían toda presión efectiva aliada, económica o militar, para lograr la caída o
retirada de Franco, a pesar de las reservas abrigadas sobre él y de las antipatías generadas por su pasada conducta hostil en la guerra mundial:
Odioso como es su régimen, el hecho sigue siendo que Franco no representa una amenaza para nadie fuera
de España. Sin embargo, una guerra civil en España generaría problemas en todas las democracias
occidentales, que es lo que pretenden el gobierno soviético y sus satélites[196].
Por esas firmes razones, en diciembre de 1946, la retirada de los embajadores
británico y norteamericano de Madrid en cumplimiento de la resolución de la
Asamblea General de la ONU fue una medida forzada por la presión de la opinión
pública y diplomática pero carente de efectos reales. El diario francés Le Monde
apreció bien su carácter escapista: «Con alfilerazos no se mata al toro»[197]. También
apreciaría su inutilidad real con notable acierto en su pronóstico cronológico el
general Beigbeder, que era parte decisiva en las tramas conspirativas monárquicas
con resignación cada vez más pesimista: «Si Londres y Washington no apoyan,
Franco podrá durar treinta años»[198].
En ese contexto de creciente frustración de las esperanzas republicanas, la
actividad política de Negrín a partir de finales de agosto de 1945 fue progresivamente
perdiendo ambición y transcendencia pública. De hecho, tras el cese como presidente
del gobierno, inició una lenta pero sostenida retirada del escenario que tuvo mucho de
retiro forzoso y voluntario a un tiempo. En esencia, ponía en práctica lo que ya había
advertido a sus amigos en el caso de que no le fuera ratificada la confianza para
seguir en el cargo: «Me retiro por completo de toda actividad política»[199].
La primera reacción de Negrín a la derrota política y personal que supuso la
formación del gobierno Giral fue todavía bastante templada y dubitativa, como si
todavía no se hubiera convencido del fracaso cosechado y tuviera alguna confianza
en las posibilidades de retornar rápidamente a la jefatura del ejecutivo. Sus primeros
telegramas del día 28 de agosto a Méndez Aspe y Azcárate en Londres solo
recomendaban «retraimiento con relación nuevos elementos» y «actitud de reserva
ante marcha sucesos». También les anunciaba que, por petición de su partido y sus
apoyos políticos, procedería a «hacer próximamente exposición plan y programas
políticos»: precisamente los que tenía in mente para el caso de que le hubieran
encargado la dirección del gobierno[200].
Un día más tarde, Negrín redactó una carta personal para Stalin (remitida
probablemente por conducto de la representación diplomática soviética en México) al
objeto de explicarle la situación creada y sus intenciones inmediatas. A tenor de esa
misiva, el éxito de la restauración de las instituciones (que era imprescindible para
«una acción conjunta, fuera y dentro de España») había quedado contrarrestado por el
nombramiento de Giral. Era, desde luego, un «nombramiento constitucional» aunque
fuera «contra la costumbre de que un Presidente interino confirma siempre en su
cargo al antiguo Jefe de Gobierno». Sin embargo, a juicio de Negrín, el
nombramiento tenía el grave inconveniente de que «Giral es, y ha sido siempre, un
hombre derrotista, abúlico» y «es para que las cosas se las den hechas». También le parecía errado «el equipo gubernamental», formado por «derrotistas» que eran
también «rabiosamente antisoviéticos». Su debilidad había quedado demostrada por
la dificultad para cubrir las carteras y por el hecho de que dos de los ministros (Prieto
y Tarradellas) hubieran dimitido de sus cargos en apenas días y hubieran tenido que
ser sustituidos urgentemente por correligionarios. Negrín explicaba después su
rechazo a las invitaciones de Giral para entrar en el gobierno por una razón básica:
«estoy convencido de que este Gobierno va al fracaso y que mi presencia alargaría su
vida», con el consiguiente riesgo de que «se instaure en España un régimen
camuflado de monarquía o directorio militar que solo será la continuación del
presente». En consecuencia, recomendaba al dictador soviético una actitud de
inhibición sin hostilidad hacia el nuevo gobierno a la espera de que pudiera cambiar
la situación. Y le informaba de que emprendería una «activa campaña política» para
preparar el porvenir:
En mi opinión todo lo que alargue la vida de este Gobierno, como lo serían los reconocimientos
precipitados de países europeos, alejará la solución del problema español. En síntesis considero que una
política de expectativa, sin muestras de simpatía, pero también sin hostilidad, es lo que más conviene a los
intereses de España y, en último término, a la relación futura entre nuestros dos países[201].
Apenas remitida la carta a Stalin, Negrín volvió a comparecer en público el 3 de
septiembre de 1945 para pronunciar un «discurso prográmatico» en un mitin
organizado por el Círculo Jaime Vera en el Frontón México y al que asistieron sus
antiguos ministros y los líderes de la facción negrinista mexicana del PSOE y la
UGT. Era la ocasión para presentar aquel «plan y programa políticos» que había
esperado anunciar como jefe del gobierno reconfirmado y que ahora abría la «activa
campaña política» destinada a exponer sus merecidos títulos para el cargo. Él mismo
se encargó de subrayar que hablaba ya «como un simple ciudadano» y que no tenía
objeto «la rendición de cuentas de nuestra gestión» porque tal cosa había hecho el 1
de agosto. Y también se felicitó en público por el pequeño triunfo logrado para
entonces: «el hecho de que acepten nuestra sucesión y formen un Gobierno quienes
durante seis años habían concentrado sus actividades en negar la existencia al que
presidíamos». A continuación, pasó a exponer «muy brevemente» lo que «ha de
hacerse para reconquistar España» y a «esbozar las bases de lo que puede ser una
política para gobernar a España». Empezó por señalar una labor tan necesaria como
ingrata y difícil de reconocer para los exiliados: la necesidad de «conquistar para
nuestra causa a una gran masa neutra, una gran masa tímida y preocupada por el
porvenir» que estaba aterrorizada ante la posibilidad de «una segunda vuelta» de la
guerra civil en España y que creía que la restauración de la República «significaría
una cruenta y larga guerra civil que, por ser evitable, debemos evitar». Para ello era
inexcusable que la República diera a esa masa neutra «garantías de que vamos a
España con una bandera de paz y de fraternización», buscando la conciliación y
asegurando a todo el mundo que el retorno de la República «no implicará trastornos ni desórdenes que pudieran ser fuente de futuras dificultades internacionales». En una
apenas velada crítica al gobierno Giral, aludió a continuación al «peligro de una
monarquía» que «es hoy mayor que hace tres semanas» y a la necesidad de «actuar
fuera y dentro de España» y sin «esperar a que las cosas caigan en nuestras manos del
cielo». Finalmente enumeró las distintas labores que esperarían al nuevo gobierno
republicano ya en España, entre las que destacó «la ley de Amnistía», la atención a
«una España hambrienta en una Europa hambrienta», la conciliación entre nación y
autonomía, la superación del «problema religioso», la resolución de la situación de la
Hacienda, la Sanidad, la Educación y la Defensa y, por último, la definición de una
política exterior que permitiera a España integrarse en la ONU con todos sus
derechos y títulos. Para terminar «esta ya larga perorata», Negrín advirtió «contra el
cuento de la lechera» de creer que Franco ya había desaparecido e hizo una
advertencia final sobre los peligros de la falta de unidad y la necesidad de proceder al
reemplazo generacional en la dirección política del país:
De nada serviría conquistar la República y España si al poco tiempo de estar allí volviéramos a dar el triste
espectáculo que ofrecimos en algunos momentos de la vida contemporánea. La purificación imperativa yo
la espero sobre todo de la gente joven y de los jóvenes de espíritu[202].
El discurso del 3 de septiembre fue, de hecho, el penúltimo de los pronunciados por
Negrín durante su corta etapa como virtual líder de la oposición al gobierno Giral. Y
no parece que consiguiera acelerar el desgaste de aquel a pesar de su congénita
debilidad interna y falta de apoyo vital externo. Quizá por eso mismo, durante aquel
mes, Negrín experimentó una especie de angustia personal muy profunda que le llevó
incluso a dudar de la firmeza de su relación con Feli, a la que echaba cada vez más en
falta. A mitad de septiembre, abrumado por la idea de que Feli pudiera abandonarle
por la prolongación de su estancia en América, Negrín le escribió varias cartas
consecutivas (siete en total, contra su costumbre ágrafa) en las que expresaba sus
dudas sobre la firmeza de su amor y ponía en cuestión su voluntad de esperar su
regreso. Feli respondió a ese acceso de celos y desconfianza con tres cartas seguidas
en las que mostraba su enfado por esas dudas: «¿Cómo ha podido pasársele por la
imaginación que yo me podía haber marchado de aquí? ¿Cómo? ¿Es que tan poco me
conoce?». También le reiteraba su profundo amor y su voluntad de esperar su
regreso: «Yo le aseguro que definitivamente y para siempre se podrá fiar de mí»;
«Venga pronto, tan pronto como pueda, ni un día más tarde se lo suplico».
Finalmente, aludiendo solo de pasada a las cuestiones políticas («Todos parecen estar
sorprendidos de la solución de la crisis») le explicaba su vida cotidiana en Dormers y
sus quehaceres para entretenerse mientras estaba ausente:
Seis días de sol ha habido este verano ¿no es mucho verdad? […]
¿Cómo es el niño de Rómulo? [El primer nieto de Negrín había nacido en México el 20 de
septiembre].
La cuestión comida aquí creo se va a poner, ya se está poniendo, muy seria. No para nosotros que con
el jardín y las gallinas tenemos más que necesitamos, pero en general está peor que nunca. […]
En cuanto anochece, cierro a las gallinas y doy de cenar a los gatos, me cierro en mi cuarto y de aquí
no salgo hasta las siete del día siguiente. Me cierro con los dos perros, pues los dos duermen en mi cuarto.
Les he puesto su cama aquí. Melchor duerme en su cama y Gaspar en la mía. […]
Cuídese y sobre todo no beba ni coma mucho, le hace daño y además se está acostumbrando mal, y
cuando venga va a notar más la diferencia[203].
A pesar de los ruegos de Feli y de su propio deseo, Negrín se vio obligado a
permanecer en ciudad de México hasta mediados de noviembre de 1945, con objeto
de participar en la reunión ordinaria de las Cortes en la que había de presentarse el
gobierno de Giral para recibir la confianza parlamentaria. Aprovechó las semanas
intermedias para estar más tiempo con su hijo Rómulo, su mujer Jeanne y su recién
nacido nieto, Juan. También tuvo una nueva reunión con el presidente Giral en la que
este le pidió que le entregara «un balance económico» de los fondos financieros
disponibles para su conocimiento. Negrín respondió a la petición señalando que había
solicitado a Méndez Aspe que empezara a hacer dicho balance con la documentación
custodiada en Londres. Pero también añadió mediante carta del 6 de octubre una
precondición para poder entregarle un informe completo: que «destacadas
personalidades del régimen» le facilitasen «los elementos que le han estado negando
durante estos años, para poder formar un estado económico, sin cuyos elementos
carecería aquel de las bases esenciales». Negrín se refería principalmente a los fondos
de la JARE (cuyos remanentes el gobierno mexicano había entregado ya a la custodia
de Giral), administrados por figuras políticas que ahora estaban en el gobierno
republicano o le apoyaban. Por eso expresaba su confianza en que «contaré con la
colaboración de usted (Giral) para que dichas personalidades no sigan negando
sistemáticamente facilitarnos estos elementos, como lo han hecho hasta ahora»[204].
Era el comienzo de una pugna por establecer las cuentas del exilio que no tendría
solución en función de las mismas razones que habían quebrado la unidad en el
verano de 1939. De hecho, Giral había emprendido paralelamente la gestión oportuna
ante Prieto para conocer la situación de los fondos por él administrados y no
obtendría satisfacción plena al respecto. Esa situación de falta de cooperación y
recelos mutuos esterilizó las posteriores gestiones emprendidas por Carlos de Juan y
Virgilio Botella Pastor, por encargo de Giral, para establecer una rendición de cuentas
económicas formal. Como recordaría Botella Pastor:
Tanto el uno (Prieto) como el otro (Negrín), tras diversas y prolongadas razones dilatorias de carácter
exclusivamente formal, y sin afirmar nunca que no existieran bienes del Estado en su poder, ni rindieron
cuentas, ni indicaron personas y entidades que detentaran esa clases de bienes, ni mucho menos entregaron
la más mínima cantidad[205].
Poco después de esas conversaciones, Negrín también realizó un corto viaje a Cuba
para visitar a la colonia española exiliada y mantener entrevistas con las autoridades
de la isla (presidente, ministro de Estado y rector de la Universidad de la Habana)
[206]. Regresó a México a tiempo para las sesiones de Cortes que tuvieron lugar el 7, 8 y 9 de noviembre de nuevo en el Salón de Cabildos de la ciudad de México (aunque
no estuvo presente en todas ellas y no tomó la palabra en ningún momento). Al
término de las sesiones, el ejecutivo de Giral había logrado su propósito de ver
ratificada su confianza por los diputados. Pero lo había conseguido con declaraciones
de apoyo condicionado y circunstancial, sobre todo por parte del PCE y del grupo
socialista liderado por Prieto (que seguía considerándolo un obstáculo para su
estrategia de plebiscito y acercamiento a los monárquicos como vía para expulsar a
Franco). Esa declaración de Prieto iba a ser, de hecho, «una bomba de efecto
retardado» para la estabilidad del nuevo gobierno[207].
Negrín había participado en las sesiones de las Cortes en calidad de «presidente
del Grupo Parlamentario del PSOE». Y en esa misma condición participó en su
último mitin político en México antes de su partida. Se celebró en el Teatro del
Sindicato de los Cinematografistas de México el 25 de noviembre y estuvo
básicamente dedicado a condenar «la idea de resolver la situación de España
mediante un plebiscito tutelado por las naciones hispanoamericanas». La
intervención, mucho más breve que en ocasiones anteriores, tuvo dejes de pesimismo
muy evidentes. Empezó por reiterar su «agradecimiento hacia el país mexicano» por
su hospitalidad y anunció su «despedida» del mismo antes de regresar hacia Europa.
A continuación, reconoció con franqueza que «los acontecimientos han conducido a
un estado de notoria depresión entre los leales al régimen, no solo en México, sino
también fuera de México, en Europa, fuera y dentro de España». El motivo de ese
amplio «desaliento y desánimo» habían sido las circunstancias que rodearon la
formación del gobierno de Giral y las dificultades de refrendo parlamentario
encontradas. Reconoció sin ambages que su apoyo al nuevo ejecutivo, legal y
legítimo, era también condicionado porque «el Gobierno, por su composición y por
su programa, no era en absoluto el adecuado para resolver los graves problemas
planteados». Sobre todo, en su opinión, por su programa («anodino o insustancial y
contradictorio») y por sus personas («elementos que no tuvieron fe en nuestro
pueblo» y habían sido reos de «pesimismo»). Además, porque su inactividad e
inadecuación podía «servir de cobertura» para la campaña de «entrega de la
República» mediante «el espejuelo de un plebiscito» alentada por los «derrotistas de
nuestra guerra». La condena de esa estrategia prietista (aunque nunca mencionó a
Prieto en persona) fue dura y rotunda: «El artificio del plebiscito ha sido aquel que
han buscado siempre para cohonestar sus tropelías los tiranos, los déspotas y los
traidores»[208].
Y terminó el discurso con una reflexión plagada de temores sobre el éxito de la
causa republicana: «Han pasado varias oportunidades, se han dejado pasar varias
coyunturas favorables a nuestro propósito de reconquistar a España». A su juicio, la
primera «y mejor de todas» había sido la planteada «en el otoño del año 1944». Si
entonces hubiera existido gobierno «reconocido por todos los republicanos
españoles», Negrín tenía la convicción de que «hace ya tiempo que estaríamos en España». También se había perdido la segunda ocasión, «en mayo del año 1945»,
cuando fue imposible presentarse en San Francisco con ese mismo gobierno unido y
apoyado por todos. Y, finalmente, se había perdido la tercera oportunidad, «menor
que las anteriores», cuando volvió a faltar ese instrumento mientras las grandes
potencias dictaminaban en Potsdam el ostracismo del régimen franquista.
Completado el repaso a los fracasos, Negrín se despidió con una advertencia
pesimista y una exhortación voluntariosa: «La fortuna no tolera desaires ni permite
que se la desdeñe impunemente»; «formemos un frente de resistencia que haga
imposibles la capitulación y la traición».
Aquella postrera intervención habría de ser el último acto público de Negrín en
México. Y el pesimismo denotado entonces no dejó de profundizarse en los meses
venideros por razones bien fundadas. Contra su primer pronóstico, a pesar de sus
debilidades congénitas, el gabinete de Giral siguió en funciones y, de hecho, comenzó
a preparar su partida para Europa (afincándose en febrero de 1946 en París en un
hotelito de la avenida Foch ofrecido por el gobierno francés). También empezaba a
modificarse, nuevamente, la actitud del PCE hacia el gabinete: en diciembre había
dulcificado sus críticas al mismo y en marzo de 1946 se integraría con un ministro
(Santiago Carrillo) en ese mismo ejecutivo. La compensación a ese paso fue el
inmediato reconocimiento de Polonia, Rumanía, Yugoslavia, Hungría,
Checoslovaquia, Bulgaria y Albania (pero no de la URSS)[209].
Acabada su misión en tierras mexicanas, Negrín emprendió el anhelado regreso a
casa. Llegó por avión a Nueva York (previa escala en Chicago) el 29 de noviembre de
1945 y permaneció en la ciudad, alojado la mayor parte del tiempo en el Hotel
Waldorf Astoria, hasta su partida para Londres en el trasatlántico Queen Mary el 18
de diciembre de 1945 (con el FBI vigilando de nuevo sus pasos)[210]. Durante su
estancia en la ciudad, estuvo básicamente «inactivo» en el plano político, visitando a
sus hijos Juan (residente en la propia ciudad) y Miguel (con el que estuvo algún
tiempo en su casa de Long Island «descansando»). Renunció de nuevo a verse con su
esposa legal, María, que trató de concertar una cita con él sin éxito.
A pesar de esa «inactividad» y «descanso», Negrín también participó en algunas
actividades políticas de cierto relieve, a pesar de no ser ya más que un mero diputado
republicano en el exilio. El 3 de diciembre fue invitado a tomar asiento en el estrado
del salón del Hotel Astor donde impartió una conferencia sobre «El reto de la bomba
atómica» el doctor Harold Laski, presidente del Partido Laborista, al que conocía en
persona. A su lado se sentaron en el mismo estrado Eleanor Roosevelt y Freda
Kirchway. Aún más importante: el 15 de diciembre se desplazó a Washington para
entrevistarse en el Departamento de Estado con el subsecretario, Dean Acheson, con
el aval de los secretarios de Interior (Ickes), de Comercio (Wallace) y del editor de la
prestigiosa revista Foreign Policy (Hamilton Fish Armstrong). Como no dejó de
anotar el FBI, «era la primera vez que un alto cargo del Departamento de Estado
conversaba con el líder de los republicanos españoles desde el final de la guerra española en abril de 1939» y la entrevista había sido autorizada por el presidente
Truman y por el secretario Byrnes[211].
Resulta evidente que la entrevista formó parte de la estrategia de presión
norteamericana sobre Franco para forzarle a renunciar pacíficamente al poder y
eliminar «el problema español» de la agenda internacional. Por eso mismo, pocos
días después, Acheson aceptó recibir igualmente a Fernando de los Ríos, responsable
de asuntos exteriores del gobierno Giral. El alarmado embajador español en
Washington, al pedir explicaciones sobre la insólita reunión de Negrín y Acheson,
solo recibió como respuesta que «ambos hablaron de España» y no habían discutido
la propuesta francesa de entablar acciones más enérgicas para forzar la caída de
Franco (que habría de dar origen a la nota tripartita anglo-franco-norteamericana de
marzo de 1946)[212]. En realidad, según el informe que Negrín hizo a sus
colaboradores a su vuelta a Londres, durante la entrevista le había solicitado a
Acheson el apoyo norteamericano para dos medidas básicas de presión sobre Franco:
1) La retirada de los embajadores aliados de Madrid; y 2) «El reconocimiento
semioficial de los representantes del gobierno español en el exilio, aunque no el
estatus diplomático». Y Acheson le había confesado que estaban deseando verse
libres de Franco («We want to get rid of Franco») pero no estaban seguros de cuál era
«la mejor manera de conseguirlo». También le había informado de que el gobierno
británico era «el principal obstáculo para que se haga algo práctico»[213].
Cumplida su misión en Estados Unidos, Negrín embarcó en el Queen Mary en el
puerto de Nueva York el 18 de diciembre de 1945. Ocupó la habitación A144, según
el agente del FBI encargado de seguir sus actividades. Y tuvo la incómoda sorpresa
de encontrarse durante el trayecto con un antiguo correligionario convertido en feroz
adversario, Wenceslao Carrillo (exmiembro del Consejo Nacional de Defensa en
marzo de 1939) [214].