Negrín

Enrique Moradiellos · Capítulo 6 de 25

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Negrín

Catedrático de universidad

 

La conversión de Negrín en catedrático de la Universidad Central de Madrid a

principios de 1922, con 30 años de edad recién cumplidos, supuso la práctica

culminación de su carrera académica en España. Y también supuso una gran

seguridad personal para el interesado puesto que la cátedra estaba remunerada con la

nada despreciable cantidad de 7000 pesetas anuales. Es decir: casi el triple que los

ingresos salariales anuales obtenidos por un trabajador de las minas de carbón de

Asturias que tuviera la fortuna de estar empleado durante todo el año[36].

Se trataba de una mejora económica sumamente apreciada habida cuenta de que

la familia había aumentado en otros dos miembros masculinos desde la instalación

definitiva en Madrid: el 3 de mayo de 1917 había nacido Rómulo Negrín Mijailov,

seguido el 7 de junio de 1922 por el último de los varones, Miguel Negrín

Mijailov[37]. Quizá por ese motivo, por aquellas fechas la familia mudó su domicilio

por dos veces a pisos más céntricos y amplios. Primeramente, se instaló en el número

68 de la avenida de Pi y Margall (actual Gran Vía). Poco después se trasladó, ya

definitivamente, al piso de la planta primera del número 85 de la calle Serrano (en la

parte más elegante del barrio de Salamanca)[38].

Fueron momentos aquellos de relativa felicidad familiar y conyugal. El hijo

mayor recordaría posteriormente que su madre les inculcó a todos el amor a la música

clásica y que tocaba virtuosamente un piano Strauss n.º 30881 (incautado por el

Estado tras la guerra civil) mientras su marido trataba de acompañarla al violín con

bastante menor fortuna. También en aquellas fechas María Mijailova frecuentaba el

Lyceum Club de Madrid y era reputada como una mujer «bonita, inteligente y culta».

Otras fuentes familiares la recuerdan como una mujer de temperamento («un carácter

un poco explosivo, muy rusa») y con una notable inclinación por el ocio y la vida

social: «le gustaba el piano, el bridge, el teatro, el cine, las amigas, no se interesaba

mucho por la política»[39]. Esta última característica habría de ser un rasgo de su

personalidad que acabaría separándola bastante de su marido con posterioridad. Pero

no dejaba de constituir un aspecto comprensible dada su extracción social y las

amargas vicisitudes que hubo de pasar su familia como resultado de la agitada vida

política de aquellos años. En efecto, tras la consolidación del triunfo bolchevique en

Rusia en octubre de 1917, la familia de María perdería todas sus propiedades en

Yekaterinoslav y San Petersburgo y tendría que partir al exilio por su doble condición

burguesa y judía prozarista. Sus padres, acompañados de su hermano y una hermana

(la otra, casada con un oficial zarista, permaneció en Rusia), recalarían brevemente en

España durante un corto período de tiempo antes de instalarse definitivamente en

Bélgica y poder restablecer su posición socio-económica[40].

Por entonces, aparte de los regulares viajes veraniegos a Las Palmas y a Telde

para reunirse con los abuelos y tíos paternos, la familia Negrín comenzó a disfrutar del veraneo en la playa de Zarauz, próxima a San Sebastián, siguiendo la moda de las

clases pudientes madrileñas de la época. El archivo personal de Negrín custodiado en

Las Palmas conserva dos fotografías reveladoras de aquella época mayormente feliz

para toda la familia. En la primera, tomada entre finales de 1917 y principios de

1918, el matrimonio posa con sus tres hijos según los cánones de la fotografía

familiar de entonces: el marido sentado (con bigote y sin gafas), con su hijo pequeño

(Rómulo) en el regazo, mientras la mujer y los otros dos hijos (Juan Junior y Marita)

permanecen de pie a su lado. La segunda foto, de principios de los años veinte,

muestra a una María Mijailova en Las Palmas vestida con mantilla canaria y ante un

fondo decorativo de estudio fotográfico (en sepia, con balaustrada, palmeras y luz de

poniente)[41].

La fortuna familiar y conyugal se vería, sin embargo, muy pronto eclipsada por

dos terribles desgracias. Apenas un año después del nacimiento en junio de 1922 del

hijo menor, Miguel, María había dado a luz en la casa familiar de Madrid a la

segunda hija del matrimonio, llamada Dolores. El propio Negrín atendió a su mujer

durante el parto y tuvo que afrontar un drama inesperado: la niña nació ya muerta,

ahogada por el cordón umbilical. Esa pérdida causó una gran consternación en María

y el lógico abatimiento en su marido (que conservó hasta el final de su vida una foto

suya con la recién nacida fallecida)[42].

Pero lo peor estaba aún por llegar: la otra niña, Marita, falleció víctima de una

epidemia de tifus extendida por Madrid cuando contaba con 10 años, en algún

momento de 1925. En ese mismo año, un total de 4260 personas murieron en España

como consecuencia de esa enfermedad infecciosa (tifus exantemático o fiebres

tifoideas) de altísima letalidad hasta el descubrimiento de la penicilina[43].

La inesperada muerte de Marita, unida a la pérdida previa de Dolores, hizo

profunda mella en las relaciones de la pareja y abrieron una larga crisis matrimonial

que Negrín trató de silenciar en lo posible pero que desembocaría en una ruptura real

entre ambos a partir de la segunda mitad de los años veinte. Finalmente, en marzo de

1935, contra el parecer de su mujer, Negrín inició los trámites oficiales para obtener

la separación (renunciando al divorcio), aunque la guerra civil interrumpiría el

proceso legal. En la exposición de motivos que avalaba su petición ante los

tribunales, Negrín dejó constancia de que la convivencia matrimonial había dejado de

ser una realidad en torno a 1925, el mismo año de la muerte de Marita («hace diez o

doce años aproximadamente»):

 

Mi representado contrajo matrimonio movido por motivos puramente sentimentales y con la esperanza de

constituir un hogar feliz, esperanza que no tardó en considerar frustrada por la manera de ser voluntariosa

y dominadora de su esposa, por su obstinación y otras condiciones de carácter que hacían difícil la

convivencia.

Los ocho o diez primeros años de la unión del matrimonio Negrín, fueron una serie alternada de

periodos de desavenencia y reconciliación, más cortos los últimos y más prolongados los primeros a

medida que el tiempo transcurría. Casi siempre era mi representante quien iniciaba o intentaba iniciar la

concordia.

Principalmente con motivo de ausencias, debidas a viajes profesionales al extranjero, procuró varias

veces mi representado reconciliaciones que al poco tiempo de su regreso fracasaban.

Desde hace unos diez o doce años aproximadamente la situación del matrimonio se ha agravado

considerablemente interrumpiéndose a menudo toda relación conyugal aún de mera cortesía, ya que la

falta de afecto hace tiempo ha interrumpido las relaciones más íntimas.

A los hijos del matrimonio, no se ha escapado este estado, siendo además actores pasivos y víctimas de

la situación[44].

 

La reacción de María Mijailova ante la irreversible crisis matrimonial fue congruente

con su fuerte carácter y personalidad. De hecho, adoptó una actitud de creciente y

extrema hostilidad hacia su marido que llegó a tener perfiles obsesivos y quizá

paranoicos. Su propia nieta Carmen recordaría años después «los saltos de humor de

mi abuela» y su carácter «posesivo» y «temperamental», sin perjuicio del afecto

abrigado hacia ella («era muy simpática y divertida»). En efecto, María no se

recataría en lo sucesivo de criticar a su marido legal ante sus amistades y conocidos

porque era «un infiel que la engañaba con tantas mujeres»[45]. Y esa acusación de

infidelidad aireada en todo momento y ocasión (con éxito notable, como puede

apreciarse) no sería la única arma de desprestigio utilizada con profusión. Porque,

según afirmaría Negrín ante los tribunales en 1935 y corroboran otras fuentes, María

recurrió a otras formas de actuación mucho más contundentes:

 

La diferencia de costumbres en el matrimonio es tal que la Sra. de Negrín hace objeto, con insistencia

reveladora al menos de obsesión mental, a su marido de toda clase de insultos, empleando calificativos

altamente deshonrosos y ofensivos, tales como «granuja», «sinvergüenza», «cochino», etc., etc. Insultos

que no se recata en proferir delante de los domésticos de la casa y de otras personas. Ha llegado a

proferirlos delante de extraños de la casa y clientes y de familiares de ambos. En especial a los hijos del

matrimonio es frecuente que se refiera, hablándoles de su padre, de forma despectiva e injuriante.

En el orden de las vías de hecho, la señora de Negrín ha arrojado a su marido en multitud de ocasiones

objetos contundentes llegando a causarle heridas. Su carácter psicópata la ha conducido hasta el extremo

de despertar a su marido, y ya despierto, sin el menor motivo, un antecedente inmediato de discusión,

injuriarle y agredirle. La señora de Negrín realiza además continuamente una labor de escándalo y

descrédito de su marido. A las riñas ante los parientes y extraños, une otras en la vía pública, profiriendo

en una ocasión grandes denuestos en el Paseo de Recoletos frente a la Biblioteca Nacional, después de

haberle perseguido injuriándole y pretendiendo sin motivo que un agente de la Autoridad lo detuviese. A

cuantas personas trata habla, según ella confiesa, de su marido en términos afrentivos[46].

 

Cabría dudar de la plena exactitud de esas acusaciones contra María por parte de

Negrín, dado que proceden de una demanda de separación y su propia naturaleza

requería la exageración de los rasgos de conducta más perniciosos de su esposa para

lograr el objetivo perseguido. Sin embargo, muchas otras fuentes independientes

avalan el comportamiento desequilibrado e injurioso de María contra su marido a

partir del momento de la ruptura del matrimonio en 1925. Quizá una de las más

solventes, por su propia cercanía y parentesco y por su capacitación profesional, sea

la proporcionada por el hijo mayor, Juan Negrín Mijailov, en carta personal y

confidencial remitida a su hermano Rómulo en el exilio, en octubre de 1944. Siendo

ya un prestigioso neurocirujano instalado en Nueva York, Juan Junior escribió las

siguientes palabras de diagnóstico sobre el estado de salud de su madre:

Tu madre tiene una personalidad esquizoide con tendencias paranoicas (en lenguaje que entiendas quiero

decir que está mal de la cabeza) dirigidas y acrecentadas por complejos bajos y mezquinos. Su enfermedad

no es lo suficientemente aparente como para que esté encerrada en una casa de salud, pero pertenece a un

gran grupo de individuos que andan sueltos por el mundo haciendo la vida miserable a cuantas personas se

someten por estupidez, debilidad, ignorancia o cobardía a sistemas u orientaciones impuestos por ellos.

[…]

No niego que el estado de tu madre deje de tener interés médico, pero su descripción detallada haría

interminable esta carta y quiero terminar pronto. Junto a lo expuesto tiene una hypocondrissis

[hipocondría] que aparece o se recrudece cuando sirve a propósitos instigados por su personalidad

anormal. Esto es lo que la hace quejarse, ir a médicos y marear a todo el mundo con sus malestares

físicos[47].

 

El fracaso matrimonial y la hostil actitud de su esposa causaron gran sufrimiento en

Negrín durante el resto de su vida, sobre todo porque, habida cuenta de su carácter un

tanto tímido y poco dado a excentricidades públicas, hubiera querido mantener el

asunto como «algo que era realmente íntimo y privado y que consideraba que no

importaba a nadie»[48]. La conducta de María hizo imposible esa discreción, en tanto

que la renuencia de Negrín a romper oficialmente su vínculo matrimonial

probablemente permitió que la situación se agravara con el paso del tiempo. Esa

renuencia estaba fundamentalmente basada en su preocupación por el futuro y la

educación de sus hijos (al margen de que tal ruptura solo hubiera sido posible por vía

de separación matrimonial, dado que el divorcio no fue legalizado hasta 1932, ya

durante la Segunda República).

En todo caso, consumado de facto su fracaso matrimonial en 1925, Negrín nunca

respondió (hasta la demanda de separación presentada diez años después) a los

ataques de María ni rebatió en público o en privado sus reiteradas denuncias de

infidelidad múltiple. Es improbable que estas tuvieran base real alguna, aunque su

reiteración infatigable por parte de su esposa fuera causa suficiente para dar pábulo al

supuesto carácter mujeriego e inconstante de Negrín (aprovechado con propósito de

descalificación política con posterioridad). Lo verdaderamente cierto es que, apenas

unos meses después de roto el matrimonio, Negrín encontró «su gran y verdadero

amor» en la persona de Feliciana López de Dom Pablo (llamada Feli por Negrín y

todos sus amigos y conocidos)[49].

Feli había nacido en el 3 de marzo de 1906 en San Lorenzo de El Escorial. Era la

segunda hija de una familia humilde que contaba con otras dos niñas. Su padre,

repatriado de Cuba después de la derrota de 1898, trabajaba como guía en el

Monasterio. Pero antes de que Feli cumpliera los 10 años, ella y sus hermanas

quedaron huérfanas de padre y madre. Las tres niñas (la mayor con problemas de

salud y la menor con muy pocos años de edad) fueron acogidas por unos tíos.

Acuciados por la necesidad, los nuevos tutores decidieron que Feli empezara a

trabajar en el gran hotel del Escorial como costurera y ayudanta de labores generales.

Estuvo allí empleada unos cuantos años, hasta cumplir los 16, cuando decidió

trasladarse a Madrid para intentar mejorar su condición. Al poco de llegar a la capital,

en algún momento del año 1923, Feli empezó a trabajar como empleada o modesta ayudante del laboratorio de Fisiología dirigido por Negrín. Y allí, progresivamente y

sin premeditación, comenzó a surgir una mutua atracción afectiva entre la joven

escurialense y el afamado doctor, a pesar de la diferencia de condición social y de

edad (14 años).

La práctica ruptura matrimonial de 1925 permitió a Negrín convertir su relación

con Feli en una verdadera unión oficiosa que habría de durar hasta el final de sus

días. Y ello sin romper su matrimonio legal ni abandonar oficialmente el domicilio

conyugal. Feli, que era una mujer agraciada, muy dulce y con gran sentido del humor,

asumió su condición de «compañera» del doctor con dignidad y suma discreción (la

virtud que más mencionan de ella quienes la conocieron). Y la seriedad del nuevo

compromiso afectivo fue tal que Negrín, un par de años después de iniciada la

relación, viajó con Feli a Las Palmas con el objetivo explícito de presentarla

formalmente a su padre (no a su madre) para obtener su visto bueno. También la

presentó poco después a sus tres hijos, con los que mantuvo siempre una buena

relación a pesar de las circunstancias adversas creadas por la profunda hostilidad de

María hacia Feli[50].

Después del acceso a la cátedra universitaria y casi en paralelo con su crisis

matrimonial, Negrín imprimió un nuevo rumbo a su trayectoria científica profesional.

Progresivamente fue abandonando la investigación experimental para dedicarse de

pleno a la docencia, a la promoción de las carreras de sus discípulos y al ejercicio de

la profesión médica ordinaria. De hecho, sus últimos trabajos importantes impresos

datan del año 1926, cuando publicó la descripción de una versión mejorada de su

estalagmógrafo en el Boletín de la Sociedad Española de Biología (volumen XI,

fascículo II, página 231) y dio a conocer en la misma revista un nuevo aparato

denominado «miógrafo directo no amplificador de inscripción frontal rectilínea»

(destinado a registrar la actividad contráctil de varios órganos como los músculos,

intestinos o el útero)[51]. Las investigaciones posteriores a 1926 fueron ya de orden

menos ambicioso y no resultaron en artículos impresos sino en meras

comunicaciones: «la química de los líquidos biológicos y tumores» (1932); «la

función cutánea» (1933) y «el problema de la alimentación parenteral» (1935)[52].

En ese mismo año de 1926, con el propósito de mejorar su situación económica y

atender con más holgura a su numerosa familia (y también a Feli), Negrín resolvió

abrir un laboratorio privado de análisis clínicos. Lo instaló primero en el número 73

de la calle de Serrano, muy próximo a su propio domicilio particular (sito en el

número 85). Tras la proclamación de la República, en 1931, lo trasladó al número 57

de la calle de Ferraz, en el barrio de Argüelles (muy próximo a la nueva Ciudad

Universitaria entonces en construcción). El laboratorio contaba desde el principio con

un teléfono particular cuyo bajo número delataba la entonces novedad del artilugio:

54 731 (en Serrano 73) y 54 732 (Ferraz 57)[53].

Emprendió esa nueva actividad profesional con el apoyo económico de su tío

Domingo, con el que tenía una relación muy estrecha y al que pidió ayuda y aval bancario para conseguir las 40 000 pesetas que estimaba necesarias para atender «lo

que pudiéramos llamar gastos de instalación». Según había confiado Negrín a su tío,

los cálculos («que pecan de pesimistas») le inducían a creer que «el laboratorio puede

dejarme de 3 a 4000 duros al año». Y esa expectativa de ganancias le daba «la

seguridad de poder cambiar totalmente mi situación, que tú has conocido de cerca,

convirtiéndola de modesta en brillante». El éxito de la nueva iniciativa, según Negrín,

estaba garantizado por sus labores científicas previas y por el prestigio de su equipo

de colaboradores:

 

La situación en que hoy día estoy me permite estar seguro de que en poco tiempo tendría más trabajo del

que quisiera. Felizmente yo tengo gente preparada, que trabaja conmigo desde hace años, de toda

confianza, y que por una retribución relativamente modesta me auxiliarían, permitiéndome no abandonar

mis otras ocupaciones, cosa que tú sabes yo no estoy dispuesto a hacer por ningún dinero del mundo[54].

 

Y puede decirse que Negrín acertó de pleno en sus previsiones ya que dicho

laboratorio privado de análisis clínicos se convirtió en una referencia médica en la

capital española. En efecto, como analista, «se acreditó por la minuciosidad de sus

informes» y porque «tenía la costumbre de proporcionar datos al médico, sobre la

posibilidad del diagnóstico». Su incursión en la práctica de la medicina ordinaria no

pudo ser, por tanto, más remuneradora en todos los planos. Y le granjeó una

reputación como «médico cien por cien» y de diagnóstico preciso y acertado. No en

vano, según el doctor Álvarez Sierra, «sus íntimos temían a sus pronósticos

desfavorables, pues casi siempre acertaba». Así sucedió al pronosticar un cáncer de

estómago al doctor Roberto Novoa Santos, al predecir la próxima muerte del doctor

Sebastián Recasens y también, en 1934, al augurar el fallecimiento de Ramón y Cajal

después de estudiar sus análisis clínicos. Esa reputación médica de Negrín fue

subrayada por el doctor Álvarez Sierra en su arriesgada (por ponderativa) semblanza

biográfica publicada en plena época franquista:

 

En el orden deontológico y de la ética profesional, se comportó siempre de un modo magnífico. […] Jamás

escuchamos al doctor Negrín críticas ni censuras: sus comentarios sobre los demás (médicos) siempre eran

elogiosos y, no obstante las diferencias políticas que inevitablemente tuvo con muchas personas, jamás le

oímos hablar mal de nadie. […]

La simpatía personal fue una de las causas de que el doctor Negrín se situase en posiciones

universitarias y político-sociales de privilegio. Su don de gentes, sencillez en el trato, espontaneidad,

cordialidad afectiva le hacían atrayente y aquel que cruzaba con él la primera conversación quedaba

prendido para siempre en las redes de la amistad. […]

Consecuencia de su simpatía era su caballerosidad, tanto en sus relaciones con sus compañeros de

claustro, como con los alumnos de la clase médica madrileña. […]

Su carácter abierto, fácil a la campechanía de las tertulias de cervecería, Ateneo y reuniones

intelectuales, más su afición por la buena mesa, cliente adicto a los restaurantes alemanes de la calle de

Zorrilla, le transformaron en un madrileño más, con sus ribetes de casticismo[55].

 

Si el innegable éxito profesional y económico como analista clínico pasó factura a su

dimensión como investigador, no tuvo el mismo efecto en su vertiente como docente

y maestro de su escuela científica. Antes al contrario. Después de su conversión en catedrático, Negrín siguió volcándose en la promoción y estímulo de sus ayudantes y

colaboradores, que lograrían grandes triunfos académicos dentro y fuera de España:

Corral alcanzaría la cátedra de Fisiología en Santiago de Compostela en 1923;

Hernández Guerra y García-Blanco ganarían la misma cátedra en Salamanca y en

Granada en 1926, respectivamente; Sopeña lo haría igualmente en Santiago en 1927;

José Puche obtendría la de Valencia en 1930; José María García-Valdecasas accedería

a la de Salamanca en 1933; Rafael Méndez conseguiría la de farmacología en Cádiz

en 1934; etc. Realmente, desde su conversión en catedrático, como ha escrito José

Luis Barona, «el principal mérito de Negrín no fue la realización de una obra

científica personal de relieve internacional»: fue haber creado y estimulado con tesón

una «escuela de fisiólogos que difundió el prestigio de la investigación experimental

por todo el mundo»[56].

Pero, sobre todo, Negrín volcó toda su energía en la modernización de la

enseñanza médico-fisiológica en la universidad madrileña hasta el punto de trasladar

a su seno la función docente del Laboratorio de la Residencia de Estudiantes, que

quedaría desde entonces como un laboratorio exclusivamente de investigación

avanzada. Su labor como profesor universitario se extendió sobre todos los alumnos

matriculados en Medicina (aproximadamente unos 600 jóvenes de diecisiete años en

cada promoción) dado que su asignatura era materia obligatoria en el segundo año[57].

Y nada más tomar posesión de su cátedra, en unión de su colega y amigo barcelonés,

el doctor Augusto Pi i Suñer, empezó a presionar a las autoridades universitarias

españolas para modificar en un sentido más moderno el programa docente de las

Facultades de Medicina. La presión tuvo éxito y muy pocos años después, en 1926,

fue aprobado un «nuevo plan» docente en el que se reducían los estudios de

Anatomía, se introducían técnicas experimentales y se ampliaban los estudios

fisiológicos. Como ha señalado al respecto el doctor Gallego Fernández:

 

La Fisiología Humana que se dictaba en un curso académico se desdobló en dos y tomó nuevos nombres:

en el primero (segundo año de estudios) se estudia la Fisiología General y Química Fisiológica; en el

segundo (tercer año del currículum) se estudia la Fisiología Especial descriptiva. El desglose de la

Fisiología en su más amplio sentido, en Fisiología General y Química Fisiológica y Fisiología Especial,

reflejaba la influencia de las tendencias en el ámbito mundial y evidenciada en los Congresos

internacionales[58].

 

En su calidad de profesor universitario, son dos las impresiones legadas

recurrentemente por quienes fueron estudiantes con Negrín: su carácter exigente en

los estudios pero justo en la calificación; y su insistencia en el estudio experimental y

la lectura de libros y artículos en distintas lenguas extranjeras.

Respecto a esta última característica, Rafael Méndez recordaría que Negrín

dictaba «clases muy bien preparadas para hacernos llegar la dinámica de las

funciones orgánicas, prácticas de laboratorio en pequeños grupos con tutores

competentes y amables, seminarios en los que se repasaba y se incitaba al

estudio»[59]. Y el doctor Álvarez Sierra anotaría:

Tan pronto como tomó posesión de su cátedra, reformó el laboratorio ampliando sus dependencias y

estableciendo las oportunas separaciones donde pudiesen estar los animales de las distintas especies que le

servían en los experimentos. También pidió al Decano dotase su laboratorio de un suficiente arsenal de

instrumentos, quizás más numeroso todavía que el que corresponde a un anfiteatro anatómico, y además

llevó aparatos de Física, Química y reactivos de todas clases, indispensables para analizar los cuerpos o

materiales orgánicos. La orientación que dio a su asignatura en el sentido de la Química Biológica

superior, rama de la ciencia en que era gran autoridad por haberse especializado en Leipzig, así lo exigía.

Son muchos los médicos que todavía recuerdan cuando en su primera lección de cátedra les habló de

Claudio Bernard y de su famosa sentencia: «el laboratorio de un fisiólogo es base indiscutible donde ha de

perfeccionarse la práctica médica»[60].

 

Respecto a la primera característica, también Álvarez Sierra recordaría que «era justo

en los exámenes, pero solamente justo, nunca rigorista, ni extremado en la precisión

de las preguntas que hacía». El testimonio fidedigno de Severo Ochoa apunta en un

sentido algo más estricto: «Negrín era un profesor exigente y suspendía a un alto

número de estudiantes»[61]. Y eso mismo corrobora su discípulo Grande Covián:

 

… era duro en los exámenes. Por su formación, había adquirido una rigidez germánica que trataba de

imponer. […] Su personalidad atraía, aunque sus lecciones de cátedra resultaran, a veces, farragosas,

porque daba la sensación de que, al hablar, traducía del alemán, con cierta torpeza para expresarse en

español, que pronunciaba con acento canario. Era muy exigente y su asignatura no se aprobaba con

facilidad [62].

 

Otro de sus alumnos más tardíos, el doctor Alonso Lecuona, que obtuvo con él la

calificación de «notable» en sus exámenes de junio de 1936, dejaría un retrato muy

preciso y atinado de su profesor en vísperas de la guerra civil. Para entonces, Negrín

era ya el conocido y respetado médico afable, cortés, alto y corpulento, que pesaba

algo más de los noventa kilos («de tipo físico grandón» y «un poco aguanchado de

aspecto», refrendaría el doctor Pascua)[63]. Ya desde joven gustaba de mostrar en su

rostro un bigote recortado que afeitaba muy a menudo (y seguiría haciéndolo así

hasta el final de su vida). Y desde mediados de los años veinte usaba gafas de modo

permanente debido a su miopía (2 dioptrías en el ojo derecho y 7 en el izquierdo) y

astigmatismo (1,25 y 3,5 dioptrías en cada ojo)[64]. El retrato perfilado por ese

discípulo no dejaría de hacer notar esas improntas físicas tan características de

Negrín:

 

Conservaba su pronunciación canaria: tenía un seseo muy típico (las hessess fecales… por ejemplo). Era

un hombre fuerte, de andar firme, con unas gafas de concha, a través de las cuales había una mirada

penetrante. La cara era mofletuda, con una hipertrofia de las glándulas salivares, lo que hacía suponer era

un buen gastrónomo. Transcendía un rico aroma de sus magníficos habanos. Su estatura parecía muy

grande, tanto por la perspectiva del alumno como por la comparación con otros profesores (don Pedro Ara

era muy bajito). Su ayudante preferido era el doctor Grande Covián, también muy alto y de tipo atlético.

Su habla era muy pausada y siempre se acompañaba en sus explicaciones de notas gráficas, hechas con su

estilográfica y con una gran pantalla. Tenía gran admiración por la ciencia y pedagogía alemanas. Le

gustaban los experimentos espectaculares, para despertar en los alumnos el interés por los problemas

fisiológicos. Entre los estudiantes tenía fama de hueso y había gran número de repetidores; pero no era

severo ni exigente. Sus explicaciones no se encontraban en los libros de texto que solía manejar el

alumnado; por lo cual era forzoso tomar apuntes (sobre todo, hormonas y vitaminas que esos años

empezaban su auge)[65].

Desde su instalación en Madrid en 1916 y hasta finalizado el año 1923, Negrín vivió

dedicado en cuerpo y alma a su laboratorio, a su cátedra y a su familia, sin tiempo

para otras actividades alternativas fuera del descanso dominical y de los habituales

veraneos en Zarauz y en Las Palmas y Telde con la familia canaria. Como era hombre

de gran capacidad de trabajo y muy poco sueño (su amigo Juan Rodríguez Doreste

recordaría: «le bastaba apenas cuatro o cinco horas de sueño, en ocasiones menos»),

su agenda diaria era tan intensa como agotadora. Rafael Méndez, su discípulo y

colaborador científico y político, señalaría al respecto:

 

Negrín vivía entonces en jornada intensiva y perpetua para la enseñanza y la investigación en fisiología,

alternando su cátedra de la Facultad de Medicina con la dirección del laboratorio de fisiología de la Junta

para Ampliación de Estudios. Dedicaba las mañanas, de ocho a una, a la enseñanza en su cátedra, y las

tardes a su laboratorio de investigación, desde las tres y media hasta la hora en que terminaban los

experimentos, y estos se prolongaban muchos días hasta pasadas las nueve de la noche[66].

 

En esas condiciones, es comprensible que Negrín dedicara muy poca atención

efectiva a la evolución de la vida política de España durante los años 1917 y 1923,

cuando se agudizó la crisis del sistema liberal representativo de la monarquía de la

Restauración. El hecho cierto y comprobado es que Negrín no tomó partido abierto

en la dura polémica entre aliadófilos (mayormente las izquierdas) y germanófilos

(principalmente las derechas) con ocasión de la forzosa neutralidad española durante

la guerra mundial. Quizá contribuyera a ese retraimiento su difícil condición de

hombre de formación germánica (lo que inevitablemente le predisponía a mirar sin

abierta hostilidad el esfuerzo bélico alemán) y convicciones ideológicas progresistas

(que necesariamente le haría simpatizar mucho más con los fines de guerra de las

potencias aliadas occidentales).

Tampoco se le conocieron actividades públicas de tipo político en los convulsos

años de la postguerra europea, cuando la voluntad de los vencedores de establecer

regímenes democráticos en el continente tropezó por la izquierda con la enemiga del

totalitarismo bolchevique (implantado en la antigua Rusia bajo la inspiración de

Lenin tras la victoria de octubre de 1917) y tuvo que hacer frente por la derecha a la

emergencia del totalitarismo fascista (triunfante en Italia bajo la dirección de Benito

Mussolini en octubre de 1922). En esencia, esa fue la tríada de proyectos políticos

antagónicos que surgieron en Europa como resultado del impacto devastador de la

Gran Guerra y que compitieron durante todo el período de entreguerras (1919-1939)

para lograr la estabilización política e institucional de los traumatizados países

continentales a tono con sus respectivos apoyos sociales e intereses económicos: el

proyecto reformista liberal-democrático; el proyecto reaccionario de corte autoritario

arcaizante o fascista modernizante; y la alternativa revolucionaria comunista y

colectivista. Eran las «Tres Erres» políticas (Reforma, Reacción Revolución) que

iban a protagonizar la silenciosa y espasmódica «guerra civil europea» librada

durante ese crítico ventenio, como ha señalado certeramente el historiador británico

Donald C. Watt:

La guerra civil que comenzó en Europa al tiempo que las campanas anunciaban el armisticio [de la

Primera Guerra Mundial el 11 de noviembre de 1918] era en esencia un conflicto triangular: los

conservadores tradicionales y los demócratas, sostenedores del Estado de Derecho, afrontaban el desafío

simultáneo de los nuevos reaccionarios de la derecha antiparlamentaria y de los revolucionarios de la

izquierda antiburguesa[67].

 

La pasividad rayana en la indiferencia mostrada por Negrín en aquellos años iniciales

de la postguerra mundial ni siquiera se modificó cuando esa inestabilidad socio-

política general afectó a la propia España. Quizá debido a la concentración de su

atención y energía en la labor científica, Negrín permaneció al margen de toda

participación pública en la agitada vida política de los años 1919 a 1923, cuando la

crisis vigente se acentuó por el efecto combinado de tres fenómenos casi simultáneos:

la movilización reivindicativa de las masas obreras (el llamado «trienio

bolchevique»); la presión democratizadora de las clases medias (la campaña para la

reforma constitucional limitando las abusivas «prerrogativas reales»); y el impacto de

los nuevos desastres militares cosechados en la cruenta guerra colonial de Marruecos

(singularmente, el Desastre de Annual de julio de 1921 y su cosecha de más de

10 000 soldados muertos).

Su falta de compromiso político explícito por aquellos años sería subrayada

irónicamente por uno de sus amigos, el veterinario Félix Gordón Ordás, que ya estaba

volcado a una abierta militancia prorepublicana: «Era precisamente Negrín quien más

procuraba ridiculizar mi fiebre política»[68]. Y también el doctor Pascua, que le

conoció bien desde 1921, recordaría que por entonces era «poco versado en

conceptos y doctrinas de las ideologías políticas tradicionales e históricas», eludiendo

siempre «meterse en lucubraciones sobre temas de esa índole». Sin que por ello

dejara de conversar sobre «los acontecimientos internacionales actuales o de la época

concomitante», de los que sabía por sus amplias lecturas de prensa. De hecho, parece

que fue «el primer suscriptor en España de la afamada revista británica The

Economist» y solía leer ocasionalmente su homóloga norteamericana Foreign

Affairs[69].

En todo caso, esa carencia de protagonismo político por parte de Negrín no

implicaba la negación de sus convicciones ideológicas de tinte republicano y

progresista. Buena prueba de esto es la presencia de su firma en una convocatoria de

cena de homenaje a don Ramón del Valle-Inclán, publicada en la revista España en

marzo de 1922, que habría de celebrarse el día primero de abril en el café de Fornos

(calle de Alcalá, número 25)[70]. La revista, subtitulada «Semanario de la Vida

Nacional», había sido fundada y dirigida por Ortega y Gasset en el año 1914 y desde

1916 estaba a su frente el periodista Luis Araquistáin (al que sucedería en 1923

Manuel Azaña). Su orientación política, compartida entonces por Negrín, había

quedado bien reflejada en una declaración editorial publicada en enero de 1918 bajo

el epígrafe de «Bosquejo de un programa de izquierdas»:

El capital problema político de España consiste en convertir en un verdadero régimen de democracia lo

que tiene por nombre monarquía constitucional y es de hecho una autocracia irresponsable. Mientras los

Gobiernos sean hechura del monarca y el Parlamento sea hechura de los Gobiernos, no habrá gobernantes

ni legisladores aptos. […]

Transferencia del poder real de disolver y cerrar las Cortes y separar y nombrar ministros al

Parlamento mismo, de modo que los Gobiernos y Cortes reales de ahora se puedan transformar en

Gobiernos parlamentarios y en Parlamentos populares; como medida previa, conviene reformar la

Constitución en el sentido de que el Parlamento debe funcionar durante sesiones y períodos determinados

por la ley.

Otra reforma constitucional inaplazable es que las garantías individuales relativas al derecho de

reunión, asociación, de imprenta, de emisión del pensamiento y a la inviolabilidad del domicilio sin

mandamiento del juez no puedan suspenderse sino en caso de guerra y nunca estando las Cortes cerradas.

Tampoco, por motivos interiores, podrá declararse el estado de guerra, sin aprobación de las Cortes.

Una ley severísima contra la corrupción electoral[71].

 

Por su propio origen y orientación, la presencia de Negrín en la convocatoria de cena

y homenaje a Valle-Inclán delataba sus preferencias políticas más íntimas y el

prestigio asociado a su nombre. Así lo refrendaba el perfil de los restantes 28

firmantes de la convocatoria. Entre ellos estaba, en primer lugar, el escritor Miguel de

Unamuno, seguido de los juristas Augusto Barcia y Luis Jiménez de Asúa, el

historiador Américo Castro, el empresario teatral Cipriano Rivas Cherif, el entonces

escritor Manuel Azaña, el escultor Victorio Macho, el crítico de arte «Juan de la

Encina» (Ricardo Gutiérrez Abascal), el caricaturista Luis Bagaría y el propio Luis

Araquistáin.