Negrín
Presidente de Gobierno: el tiempo de la resignación ante la derrota
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
PRESIDENTE DEL GOBIERNO:
EL TIEMPO DE LA RESIGNACIÓN ANTE LA
DERROTA
Apenas un día después de acordada en Múnich la desmembración de Checoslovaquia,
Negrín hubo de comparecer ante las Cortes en su preceptiva reunión celebrada en el
monasterio de San Cugat del Vallés (entonces Pins del Vallés). Aquel amargo 30 de
septiembre pronunció un discurso crucial (según Vidarte, «el mejor de todos los que
le escuchamos siendo presidente del consejo») en el que tuvo que hacer repaso de las
dos crisis ministeriales afrontadas en abril y agosto. Recordó la solución dada a la
primera como una decisión «penosa», «dura» y «violenta» porque había supuesto la
salida de un colaborador, Prieto, con el que le ligaba una relación «de intimidad
política y de relación personal, sentimental y amistosa». Pero la justificó señalando
que, en aquellos momentos de crisis bélica casi resolutiva, había sentido la urgencia
de asumir «la responsabilidad de la dirección» para «gritar y exigir una política de
resistencia». La resolución de la segunda crisis obedeció, según Negrín, a las
diferencias con los partidos autonomistas sobre «la dirección política del Estado» y
las relaciones entre el poder central y los autonómicos. Admitió que hubiera sido
posible hacer una política diferente y así fue planteado durante la crisis. Pero también
añadió que «para hacer esa política no se podía contar conmigo». Se refirió a
continuación a su grave preocupación por «el problema crucial» planteado por la
guerra: la garantía de «los abastecimientos», tanto bélicos como alimenticios y de
materias primas. Abordó seguidamente con ironía y amargura la coyuntura
internacional con una declaración inicial («Señor, señor, guárdame de mis amigos que
de mis enemigos me guardo yo») y no dejó de subrayar que «el problema español»
era «pieza fundamental en el problema de la paz mundial y en la política
internacional europea». Repasó la situación militar estabilizada por la bravura de las
tropas en el Ebro y en Levante. Y, finalmente, abordó la cuestión principal planteada
entonces: «el problema del acabamiento de la guerra». Por primera vez reconoció de
modo oblícuo que no era posible ganar militarmente la guerra «ante la superioridad
en material del enemigo» y se preguntó en público: «¿Mediación? La hemos pedido
siempre». Pero insistió, dirigiéndose directamente «a nuestros enemigos», en que las
bases para esa salida «está definida en los Trece Puntos de fines de guerra del
Gobierno». A su juicio, solo sobre el respeto a esos principios podría llegarse a «la
reconciliación que es necesaria, una España, de todos los españoles, después de este
bautismo de sangre que nos ha depurado y redimido de todas las faltas y errores que
podamos haber cometido»[443].
El discurso de Negrín fue seguido de la intervención de los portavoces de los
grupos parlamentarios, que mostraron diverso grado de acuerdo y apoyo a su análisis
y línea política: confianza total (PCE y PSOE), confianza total matizada (los grupos republicanos de IR y UR) y confianza «con muchas reservas y, con muchas
disconformidades en lo esencial» (ERC y PNV). Esa muestra parlamentaria y pública
de resistencias a su persona y política determinó en Negrín una actitud inesperada y
resuelta: solicitó y obtuvo la suspensión de las sesiones para reunirse con sus
ministros a deliberar. Eran «las once y cinco minutos de la noche» del 30 de
septiembre. A sus asombrados ministros les explicó con toda franqueza que estaba
dispuesto a dimitir y renunciar porque no tenía fuerzas para superar «el desafío» y no
aceptaba «una confianza disminuida por tan considerable número de reservas». En
otras palabras, el presidente del gobierno abría formalmente la crisis tanto tiempo
aplazada y colocaba a todos los grupos parlamentarios críticos ante la ocasión idónea,
tanto política como constitucionalmente, para sustituirle por otra persona y por otra
línea política. No parecía un acto de soberbia, ni un órdago del que esperaba sacar
partido. Más parecía el resultado de una sorda irritación por considerarse desasistido
de apoyos a los que creía tener derecho en las graves circunstancias imperantes. En
todo caso, reanudada la sesión se expresó con total claridad y, según Zugazagoitia, en
algunos momentos con «violencia inusitada». Ciertamente, su segunda intervención
ante las Cortes, ya en la madrugada del 1 de octubre de 1938 fue una contundente
llamada a los partidos a actuar en consecuencia: si no le apoyaban, que le sustituyeran
sin más dilaciones. En sus propias palabras:
Señores Diputados, no es el momento de vivir en el equívoco, ni es tampoco el momento de emplear
eufemismos. «C’est l’abcès qui crève». Bien.
El Gobierno no acepta, ni admite votos de confianza condicionados y con reservas. Para el Gobierno,
esos votos de confianza no significan un apoyo: son un lastre y, además, no permiten discriminar, votados
así en conjunto, donde está el apoyo leal y sincero, en el error lo mismo que en el acierto, como es preciso
en estos instantes, y donde está un apoyo que muchas veces gravita de una manera tan dura que se tiene la
sensación de que no se gobierna ni se puede gobernar.
Señores Diputados, yo les voy a hablar a ustedes aquí, como representantes del país, y, al mismo
tiempo, le hablo al país también. Hace mucho tiempo, después de pasar los instantes de pánico, que no he
logrado vivir ocho días seguidos con la sensación de que era un gobernante que gobernaba.
Cada uno debe asumir y arrostrar sus responsabilidades, y es el momento de ello, ya que se sugiere que
no debe haber mucho orden aquí, en la España leal, ni debe haber mucha justicia, ni —se ha dicho
claramente— los Tribunales pueden actuar con libertad. […]
A lo que vamos a parar es a lo siguiente: como Jefe del Gobierno, por los minutos o por el tiempo que
lo sea, yo no puedo vivir en precario, yo no puedo vivir bajo la sensación, para los demás, para el
Gobierno y para mí, de un voto condicionado […] Un voto de esa naturaleza, no lo puedo admitir, porque
se necesita un Gobierno de autoridad, de prestigio, un Gobierno que sienta que él puede mandar y que
sientan los demás que tienen que obedecer[444].
Si el texto oficial de las actas ya es suficientemente explícito, según algunas
versiones testimoniales las palabras literales de Negrín todavía fueron más rotundas:
«¿Os figuráis, Señores Diputados, que yo le tengo un gran cariño al poder? Ahí os
queda ese poder al que me imagináis tan aferrado»[445]. La conmoción creada por la
virtual dimisión de Negrín fue profunda y sumamente inesperada. Y la reacción de
los líderes políticos más opuestos a su persona y política reflejó la verdadera
situación en la que se hallaba la causa republicana: «Negrín y lo que su Gobierno representaba fueron la última posibilidad de la República; después de él, la única
alternativa no era ya política, sino militar»[446]. Por eso mismo, las inmediatas
intervenciones de Prieto y de los portavoces catalanista y de Izquierda Republicana se
apresuraron a aliviar la situación, despejar las dudas del todavía presidente y
encarecer su continuidad en el cargo. Negrín respondió a las demandas con una
mezcla de alivio y de orgullo. No en vano, insistió en «la emoción que produce la
alegría de pensar que vaya uno a verse libre de tan triste calvario» y subrayó que «lo
que nosotros reclamamos y pedimos es una liberación y, además, la
agradeceríamos»[447]. Pero su insistencia no obtuvo resultado porque, enfrentados al
abismo de la dimisión de Negrín, los grupos parlamentarios elevaron unánimente una
proposición de acuerdo que Martínez Barrio hizo aprobar sin voto y «por
aclamación»:
Las Cortes toman nota de las palabras del Jefe del Gobierno, expresan su conformidad con la labor que el
Gobierno del Frente Popular ha realizado durante el interregno parlamentario en función del voto que le
fue concedido el pasado primero de Febrero; le felicita por su política de autoridad y resistencia a la
invasión extranjera, por la gloriosa batalla del Ebro y la heroica lucha en todos los frentes y por la dignidad
con que se produce ante el Mundo y acuerdan ratificarle su confianza[448].
La victoria política lograda in extremis por Negrín era «precaria» (según
Zugazagoitia, la confianza se había dado «a desgana, sin gusto, por obligación») y
pírrica (porque exigía que el interesado siguiera gestionando la crítica coyuntura
imperante). Y para entonces la situación militar e interna era, ciertamente, muy
preocupante y sumamente angustiosa.
Apenas solventado el pleito parlamentario, el general Rojo informó a Negrín del
próximo desenlace adverso de la Batalla del Ebro. El 18 de octubre el jefe del Estado
Mayor Central había presidido una reunión de dicho organismo en la que se había
subrayado la penosa situación militar existente y la necesidad de proceder, en un
plazo próximo, al repliegue de las tropas a la orilla izquierda del Ebro. Las razones
básicas eran la desproporción de armamento respectivo, las dificultades de
abastecimiento alimenticio y su efecto disgregador sobre la fortaleza moral de las
tropas republicanas:
El enorme desgaste sufrido últimamente por nuestra aviación, desgaste que, de no poner pronto remedio,
lo que parece difícil, seguirá acentuándose.
La falta que se observa en armamento portátil, en cuyo aspecto la situación es francamente mala. Solo
en Levante faltan 25 000 fusiles y en otros frentes hay Brigadas con menos de la tercera parte de su
dotación.
En artillería ocurre lo mismo. El material es viejo y está muy desgastado. Precísase acudir con urgencia a abastecer de todo este armamento, so pena de tener que adoptar una
actitud defensiva, sin poder montar una operación a fondo en bastante tiempo. […]
Abastecimiento. En este punto la situación es cada día peor, lo que puede llegar a repercutir en la moral
de la tropa que, de continuar las limitaciones presentes, llegará a agotarse[449].
La preocupación absorbente por la situación militar no evitó que Negrín tuviera que afrontar igualmente los problemas políticos derivados del antagonismo contra el PCE,
exacerbados por la última crisis y por las pésimas expectativas internacionales. En
particular, Negrín temía el efecto de esa hostilidad anticomunista sobre la unidad y
disciplina de las fuerzas armadas, habida cuenta de que la perfecta colaboración entre
estos dos pilares de su estrategia política resultaba vital para su propia viabilidad y en
vista de la práctica desintegración del PSOE como sostén gubernamental. De hecho,
ya durante su visita al frente de Madrid en junio había apreciado directamente que
«comienza a crearse en el ejército una situación difícil, porque el odio contra los
comunistas está creciendo vertiginosamente»[450]. Poco después, a mediados de
septiembre de 1938, pidió a Rojo su opinión reservada sobre un informe político-
militar elaborado por la FAI que recogía crudamente la acusación de incompetencia
estratégica y entreguismo procomunista que habrían de proliferar en la postguerra.
Rojo rebatió esas denuncias de modo tajante y terminante:
En el aspecto político, es evidente que el documento está dirigido contra la actuación del Partido
Comunista en el Ejército y contra la influencia de los camaradas rusos (los asesores soviéticos), afines a
dicho Partido político, en la dirección de las operaciones de guerra. Lo primero, y sin que el comentario
sobre este asunto implique que el Jefe que suscribe se erija en valedor de dicho Partido, constituye una
manifiesta injusticia, pues todos los partidos políticos han influido en el Ejército con mayor o menor
intensidad, y siguen influyendo. […] Aparte de esto, se procede con manifiesta injusticia, haciendo
imputaciones falsas, pues quizá el Jefe que suscribe, por razón de su cargo, tenga más motivos que nadie
para conocer esas influencias, y por esto, quizá tenga también más razones que nadie para apreciar la falta
de justicia en la apreciación que en ese aspecto se hace; y esa falta de justicia es mucho más notoria
cuando se alude a la influencia de los camaradas rusos en la dirección de determinadas operaciones o en la
dirección de la guerra. Es preciso rechazar de manera absoluta y de plano tales afirmaciones, porque son
completamente falsas. […] El General que suscribe afirma de una manera terminante que jamás procedió
al dictado de nadie[451].
El respaldo de Rojo a Negrín no anulaba sin embargo el peligro de la creciente
hostilidad de los militares profesionales contra los comunistas, identificados
progresivamente como «el partido de la guerra» y el mayor obstáculo para una
potencial salida negociada al conflicto. Según un informe reservado de diciembre de
1938 recibido por Rojo y leído por Negrín (elaborado por el comisario de la 62
División, de ERC), los comunistas podían contar por entonces con la simpatía de
hasta «un 50% de los Jefes, Oficiales y Comisarios» del Ejército Popular de la
República. Era un apoyo básicamente centrado en el Ejército del Ebro («está todo él,
en manos de los Comunistas»); parcialmente en el Ejército del Este (donde «es muy
frágil» y «tropieza con grandes corrientes contrarias»), en el de Levante (donde el
general Menéndez «deja hacer a los comunistas») y en el de Andalucía
(«características parecidas a las del Ejército de Levante»); y prácticamente ausente en
la Agrupación de Ejércitos de la Zona Catalana («libre en absoluto del tutelaje del
PC»), en el Ejército del Centro («un Ejército militar y republicano sin injerencias de
partido»), en el Ejército de Extremadura («las mismas características que el Ejército
del Centro») y en el Grupo de Ejércitos de la Zona Centro-Sur («no han podido
infiltrarse»). El informe refrendaba, por tanto, la debilidad general y el desequilibrio territorial de la supuesta hegemonía comunista en las filas militares, cuya dirección
superior seguía estando en manos profesionales de filiación republicana:
Actualmente, todos los altos Jefes del Estado Mayor Central son militares profesionales. Los Inspectores
Generales y los Jefes de Servicios centrales, también. Igualmente son de la escala profesional la casi
totalidad de los Jefes de C. R. I. M. (Centros de Reclutamiento, Instrucción y Movilización), de los
Comandantes de Plaza y de otros organismos militares. También lo son los Jefes de Ejército, menos el del
Ebro, que es, como es sabido, el Coronel Modesto, de la escala de Milicias.
Los Cuerpos de Ejército, en cambio, son mandados la mayoría por Jefes de la Escuela de Milicias. De
la misma escala son la mayoría de Jefes de División y Brigada.
Entre los militares de una y otra escala, no reina mucha cordialidad […]. No queremos esconder que entre los militares profesionales reina gran malestar, producido por la
marcha de la guerra […].[452]
Los síntomas de ruptura en el crucial entendimiento del mando militar y del PCE a
finales de 1938 abrumaban a Negrín por sus potenciales efectos. Según Zugazagoitia,
el presidente prefería eludir «con mucho cuidado» esas tensiones quizá por
considerarlas irresolubles dada la situación. También creía que, respecto al PCE,
«tiene autoridad sobre ellos para hacerles seguir el rumbo que conviene» (lo que
Zugazagoitia consideraba «totalmente equivocado»)[453]. En todo caso, como
subrayaría Togliatti posteriormente, resulta bastante evidente que durante el segundo
gobierno de Negrín «el partido hizo depender demasiado su acción de la del
presidente» y «la pretendida posición dominante (del PCE-PSUC) en Barcelona era
una ilusión». Y Stepánov ratificaría ese diagnóstico al subrayar que durante ese
semestre final el PCE «pierde posiciones», su influencia «disminuye
sistemáticamente», le «amenaza el aislamiento» y se paraliza «el crecimiento interno
del partido»[454].
A pesar de la vulnerable posición del PCE en la zona republicana, Negrín recibió
una comprobación fehaciente del grado de tensión anticomunista que se estaba
gestando en la retaguardia durante las sesiones de la Comisión Ejecutiva del PSOE
celebradas en Barcelona entre el 11 y el 15 de noviembre de 1938. En ella
participaron, de modo excepcional y por última vez, Besteiro y Prieto. El contexto de
las discusiones quedó desde el principio enmarcado por la convicción de la inminente
derrota y por la intensidad de la hostilidad hacia el PCE:
La situación la supone gravísima, por lo que afecta a la unidad (del Frente Popular). El ambiente
anticomunista es arrollador. De él se están aprovechando republicanos y sindicalistas y con él están
padeciendo nuestras organizaciones, en la mayoría de las cuales ya no es posible hablar de unidad. Supone
que en cuanto alguien levante la bandera anticomunista se apresurarán a seguirle la mayoría de las masas
obreras de la zona centro-sur. Reconoce que la postura de nuestro Partido polariza a los descontentos y nos
trae también mucho lastre de gentes que no son socialistas. Cree que se debe enviar el informe a Negrín y
citarle, además, para celebrar una reunión extraordinaria exclusivamente dedicada a este punto [455].
Pero, más allá de la crítica al PCE y su «política unitaria» absorbente y proselitista,
no se presentó alternativa política alguna a la simbolizada por Negrín. Sin ofrecer tal
alternativa, Prieto volvió a subrayar la responsabilidad de Negrín por la «disparatada» solución dada a las crisis ministeriales de abril y agosto. Besteiro fue igualmente
tajante y declaró ante la dirección socialista lo que ya había dicho a la prensa y lo que
diría por aquellos días a Azaña y al propio Negrín en persona: «Negrín es comunista
y se introdujo en el partido, como el caballo de Troya»; «Es un agente de Moscú».
Pero también renunció patéticamente a ofrecer una vía alternativa y descartó
cualquier posibilidad de «presidir un Gobierno» que se ocupara de «hacer la paz»
porque «nuestro asunto, lo estima perdido»:
Si se deshace el Frente Popular, desaparece la sustentación de la fuerza guerrera. Es un dilema horrible. Yo
sostengo lo que decía antes. Lamento mucho que sea esta la situación. Yo he procurado cuando veía que se
ponían a las masas en movimiento en ese camino, presentarme yo como obstáculo a que lo siguieran, y me
arrollaron. Yo hoy, no tengo por desgracia, fuerza para convencer a las masas; yo no la tengo, si la tuviera
lo diría, pero es un hecho consumado. Yo no puedo deshacer la historia [456].
Solo Álvarez del Vayo, él mismo sospechoso de criptocomunismo (y con cierta
razón), salió en defensa de Negrín para rebatir «la clasificación que se hace del
compañero Negrín de ser más comunista que socialista» y para ponderar su línea
política como única alternativa ante la capitulación incondicional. En todo caso, de
nuevo como en agosto de 1938, la dirección socialista se mostraba paralizada por las
disensiones y solo acertaba a seguir apoyando a Negrín por carencia de otra solución
y con resignada amargura. Entre otras cosas, porque la respuesta del bando franquista
a las sutiles apelaciones de Negrín a la «mediación» en su discurso ante las Cortes en
San Cugat había sido tajante y radical:
¡Guerra a la mediación en la guerra!
En nombre de los Destinos de España, de sus mártires y de sus héroes, la Patria exige la victoria
incondicional de Franco. […]
Españoles: ¡Atención a los traidores!
¿Quiénes negocian la mediación y especulan con su sola posibilidad? Muchos traidores a España. Pero
todos manipulados por los mismos inductores de los dos memorables crímenes de Estado contra la Patria:
el asesinato de Calvo Sotelo y el asesinato de José Antonio Primo de Rivera[457].
Resulta paradójico que, a medida que el prestigio de Negrín se hundía en los ámbitos
políticos republicanos en los meses finales de 1938, su consideración entre las
cancillerías democráticas siguiera siendo muy alta y básicamente favorable. Porque,
en efecto, pese a los fracasos cosechados por Negrín (o quizá debido a su indomable
voluntad de rectificarlos), los informes confidenciales de agentes diplomáticos y
militares extranjeros en la zona republicana revelaban reiteradamente un evidente
respeto y estima por su figura humana y política. Ya han sido citadas las impresiones
del embajador francés, Labonne (reemplazado en diciembre de 1938 por Jules Henry)
y su agregado militar, el coronel Morel. En el mismo sentido cabría citar a los
representantes británicos en Barcelona. Por ejemplo, en el fatídico mes de septiembre
de 1938, poco antes de la firma del Pacto de Múnich, Denys Cowan, integrante de un
comisión británica encargada del intercambio de prisioneros (y probable agente del
servicio de inteligencia militar) remitía a Londres un retrato bastante favorable de Negrín en el que se le atribuía la capacidad de resistencia demostrada por la
República ante los últimos reveses militares:
Llegados a este punto, es necesario mencionar otro factor en la situación política: la personalidad del
presidente del consejo de ministros, señor Negrín. La rápida recomposición del gobierno que ha tenido
lugar en los últimos meses se debe en gran medida a él. Es un hombre viril y extremadamente capaz de
unos 45 años, que parece tener un ascendiente completo sobre el consejo de ministros. Su carácter es
excepcional y posiblemente sea el «hombre del destino» de España. Su «casa espiritual» es Alemania y sus
dioses son Mussolini y Lenin. Además de ser jefe del gobierno también es ministro de Defensa, con todas
las fuerzas del Estado bajo su control. En este ámbito, está convirtiendo rápidamente al Ejército y a las
fuerzas aéreas en cuerpos altamente organizados. Es bastante implacable. El único factor de debilidad en la
situación radica en la falta de suministros alimenticios, especialmente en Madrid. […]
Se supone que sus inclinaciones son hacia la extrema izquierda, pero las etiquetas dicen poco en este
país. Por las razones que ya he mencionado, resulta conveniente para mucha gente en la actualidad
declararse comunista, sean las que sean sus verdaderas convicciones. Es difícil saber cuál sería la reacción
de Negrín ante un golpe de Estado hacia la derecha del presidente de la República. Si tuviera alguna
perspectiva de apoyo internacional de las democracias, supongo que lo aceptaría. Si no, pudiera ser que se
viera forzado, incluso contra su voluntad, a establecer algún tipo de dictadura de izquierdas bajo su
dirección personal[458].
El prestigio y consideración personal de Negrín queda igualmente reflejado en otro
informe diplomático de finales de 1938. El 30 de octubre, el jefe del gobierno se
entrevistó con el nuevo encargado de negocios británico ante la República, Skrine
Stevenson, y le expuso con toda sinceridad su actitud hacia el comunismo en un
intento desesperado por lograr la ayuda militar franco-británica para contener la
inminente ofensiva franquista sobre Cataluña. Según la crónica reservada remitida
por su interlocutor a las autoridades de Londres:
El señor Negrín estuvo muy cordial y extremadamente franco. Quizá el aspecto más interesante de la
conversación fue la sincera exposición de su actitud respecto al comunismo. Su afiliación política siempre
ha sido algo sospechosa y algunos de sus propios ministros no están seguros de cuáles son sus verdaderas
simpatías. En esta oportunidad, no hubo dudas en la declaración. Dijo que el comunismo no era una
ideología que se adaptase bien al pueblo español. Los objetivos y la política del gobierno español
mostraban cuán lejos estaban sus simpatías del comunismo. Mencionó que el Partido Comunista había
sugerido afiliarse a su propia rama del Partido Socialista y que esta lo había rechazado. Sin embargo, el
gobierno tenía que apoyarse en gran medida en el Partido Comunista no solo porque era la fuerza mejor
organizada en la etapa inicial de la guerra civil, sino también porque Rusia había sido el único país que
había dado al gobierno español una ayuda realmente efectiva. El Partido Comunista era todavía el más
entusiasta y enérgico de los apoyos del gobierno. En estas circunstancias, la eliminación de la influencia
comunista no reportaba ninguna ventaja para el gobierno. Pero el señor Negrín afirmó que él podría
suprimir, y lo haría, al Partido Comunista en una semana si pudiera obtener los suministros requeridos de
Francia e Inglaterra. Bromeando seriamente, detalló los suministros que necesitaba. Aparentemente, el
precio de la democracia es el siguiente: 500 000 rifles, 12 000 ametralladoras, 1600 cañones, 200 tanques
medios y ligeros, 300 bombarderos y 300 cazas. Con estos suministros y la munición necesaria, podría
terminar la guerra en abril[459].
Serían esas gestiones las que abonarían en círculos oficiales británicos la imagen de
Negrín como «la personalidad incuestionablemente más sobresaliente del bando
republicano». Años más tarde, un diplomático británico presente en Barcelona a
finales de 1938 recordaría a sus superiores: «Puedo atestiguar que, aunque ciertamente tenía muchos enemigos, Negrín era considerado entonces como un
valiente líder de guerra en la línea de Churchill»[460]. Sin embargo, ni esas gestiones
ni otras similares emprendidas por Negrín ante el gobierno francés lograron un
cambio fehaciente en la política de No Intervención de las democracias occidentales.
La reiterada inhibición franco-británica ante la suerte de la República obligó a Negrín
a considerar en adelante la política de resistencia como una mera estrategia disuasoria
para conseguir una capitulación con mínimas condiciones y garantías. Ya a raíz de la
firma del Pacto de Múnich había confesado con resignación a uno de sus íntimos:
«¡Garantías para una paz honrosa es lo único que estoy buscando!»[461]. Y el 6 de
noviembre, ante un sondeo procedente de París y transmitido por el prestigioso jurista
Felipe Sánchez Román (asesor legal del gobierno republicano), había remitido una
directriz a Pascua en la que afirmaba la disposición reservada de su gobierno a
contemplar la suspensión de las hostilidades con «las siguientes condiciones»:
1.º Compromiso de no perseguir o tomar represalias contra elementos afectos al Gobierno. 2.º Garantía de mantener el orden público.
3.º Notificación previa para poder evitar un incumplimiento involuntario[462].
En efecto, desde esa capitulación franco-británica ante Alemania e Italia en Múnich
en relación a la suerte de Checoslovaquia, consciente de que la victoria era
«inalcanzable», la estrategia negrinista de resistencia a ultranza y movilización de
recursos internos e internacionales estaba al servicio de un único propósito:
«conseguir una paz que previniera el exterminio de miles y miles de
republicanos»[463]. Y esa convicción de que era posible resistir hasta conseguir
condiciones de capitulación solo reflejaba la certeza, expresada por el general Rojo,
de que el «periodo de crisis aguda» para la causa republicana abierto por Múnich solo
sería conjurable con dos medidas complementarias: «la posibilidad de obtener
abastecimientos de boca y guerra» y «la posibilidad de conservar una moral exaltada
y una organización cada vez más perfecta de nuestro Ejército». Y añadía Rojo un
diagnóstico que estaría muy presente en la conciencia de Negrín: «Ambas cosas son
realizables. Son esencialmente problemas de Gobierno»[464].
Fracasado el recurso a las democracias occidentales, Negrín se volvió de nuevo al
único asidero disponible y hasta entonces operativo: la Unión Soviética. El 7 de
noviembre remitió una carta personal al mariscal Voroshilov (en francés)
anunciándole la próxima llegada a Moscú del general Hidalgo de Cisneros (militante
del PCE y comandante de las fuerzas aéreas republicanas) para hacerle una petición
urgente de armamento. Cuatro días más tarde, para apoyar esa demanda, escribió
directamente a Stalin una larga y densa carta (en español) exponiéndole la gravedad
de la situación militar (estaba a punto de producirse el repliegue del Ebro) y la
importancia del conflicto en «la pugna entre los países democráticos y los
totalitarios». Negrín señalaba que «si en España fuéramos derrotados dudo que el
verano de 1939 transcurra sin estallar un conflicto general» y recababa el apoyo soviético para resistir la próxima ofensiva enemiga dado que no se podía contar de
momento con la ayuda británica ni francesa. También advertía que «no pierdo la
esperanza de que el interés y la participación de Estados Unidos en la política
europea» pudiera proporcionar un respiro futuro. Pero, mientras tanto, el apoyo
soviético era inexcusable y, puesto que la República ya no contaba con oro, la
consecuente ayuda militar solicitada debería ser prestada a crédito:
Grave es el problema que nos plantea el abastecimiento, estrechamente ligado con la situación financiera y
de la que informé a su gobierno a través de Pascua. Sobre el particular urge llegar a acuerdos concretos,
pues su demora puede ser perniciosa para el desarrollo de la guerra[465].
Quizá ligada a esa última y perentoria gestión estuviera una de las más extrañas
propuestas políticas planteadas por Negrín durante toda la guerra. El 10 de noviembre
de 1938, en una entrevista concedida a Togliatti, Negrín planteó al dirigente
comunista la posibilidad de crear «un Frente Nacional unido» como sustituto de los
partidos políticos y soporte civil del gobierno. En realidad, era una propuesta ya
reiteradamente sugerida por Rojo a Negrín en vista de la desintegración del Frente
Popular de partidos como órgano de apoyo en la retaguardia. De hecho, desde la
claudicación de Múnich, Rojo solicitaba insistentemente a su superior «que se
persigan mediante decisiones de carácter político del Gobierno, la unidad espiritual,
que hoy no existe». Pero Negrín la presentó igualmente como el resultado de la
virtual desintegración del PSOE y de su pérdida «de confianza en la posibilidad de
unir a los partidos socialista y comunista». A su juicio, ese frente nacional
interpartidista era la única alternativa a «una dictadura militar» porque el retorno «al
viejo parlamentarismo» le parecía una imposibilidad. La respuesta del dirigente de la
Comintern fue «muy reservada» porque ya tenía demasiadas dudas sobre la
subordinación del PCE a la estrategia política del presidente del gobierno republicano
y porque no estimaba «urgente» la medida. Moscú ratificó de inmediato esa postura:
«Proyecto de Tía [nombre en clave de Negrín] inaceptable porque contiene
tendencias a la dictadura personal»[466].
Si la petición de fusión de todos los partidos no contó con el beneplácito
soviético, no ocurrió por igual con la demanda de crédito y ayuda militar. A pesar de
que Múnich había exacerbado la cautela soviética respecto a la «aventura española» y
que las perspectivas bélicas eran muy oscuras, Stalin decidió mantener hasta el final
su apoyo a la causa republicana. Quizá por imposibilidad de deshacerse del
compromiso antifascista todavía. Quizá por sostener la idea de que la resistencia en
España aplazaba otras acciones agresivas del Eje en Europa central. En todo caso, el
crédito otorgado sería firmado en Barcelona el 12 de enero de 1939 por Negrín y el
encargado de negocios soviético, Marchenko. Sin previsión de garantía alguna, su
entidad sería algo menor de la solicitada por los líderes republicanos: 50 millones de
dólares aplicables a financiar las adquisiciones de productos de la URSS[467]. En
cuanto a las demandas de material bélico, sufragadas con cargo a ese crédito, su volumen también fue recortado respecto a las demandas: 168 aviones (no 250); 40
tanques (no 250), 539 piezas artilleras (no 650) y 2770 ametralladoras (no 4000). La
remisión de los suministros empezó a finales de diciembre de 1938 y una gran parte
del material estaba ya en Francia a mediados de enero de 1939. Sin embargo, poco
del mismo podría llegar a su destino. El 16 de febrero de 1939 el mariscal Voroshilov
escribía en un breve memorándum para Stalin:
En caso de que Pascua o alguien más siga presionando sobre este asunto, podría ser adecuado contestar de
la siguiente manera:
1) La URSS siempre ha prestado mucha atención a las necesidades del gobierno español y ha accedido,
en la medida de lo posible, a todas sus peticiones de armas y asistencia militar.
2) La última petición, cursada a través de Cisneros, se ha atendido en su mayor parte. Si el gobierno
español no puede alcanzar un acuerdo con el gobierno francés en cuanto al paso de las armas a España, lo
lamentamos profundamente.
3) Que exijan ahora que el material que ya hemos enviado, cuya mayor parte permanece en territorio
francés, se envíe a España, donde será fácil presa de los fascistas, es cuando menos inoportuno. Le pido
que medite sobre esto detenidamente[468].
La respuesta de Stalin fue lacónica y expresiva: «Esta cuestión ya no es
importante»[469]. Ciertamente, para entonces la causa republicana era ya una baza
perdida irremediablemente porque la ofensiva franquista sobre Cataluña había
conseguido una victoria tan rápida como sorprendente y contundente.
El 23 de diciembre de 1938, después de haber reorganizado sus fuerzas y recibir
la crucial remesa de envíos militares alemanes pendiente, el general Franco había
emprendido la prevista ofensiva definitiva sobre Cataluña. Rojo había tratado de
anticiparse a ese ataque con la preparación de nuevas ofensivas diversivas en el frente
extremeño, andaluz y madrileño, pero sus órdenes habían sido rechazadas por el
general Miaja por entenderlas peligrosas para la defensa de Madrid. Negrín, con gran
disgusto de Rojo, no sancionó la actitud de Miaja y solicitó una revisión de esos
planes[470]. En esas condiciones, las líneas defensivas republicanas, debilitadas,
desmoralizadas y sin reservas después del agotador esfuerzo en el Ebro, fueron
incapaces de contener el avance general por todo el frente catalán de las tropas
enemigas. En la retaguardia, la situación era incluso peor que en el frente, a juzgar
por el informe remitido por Togliatti a Moscú:
El 25 de diciembre tuvo que ser aplazado un gran mitin convocado por los jefes anarquistas más conocidos
de Cataluña (Capdevila, Oliver, etc.) porque el público se reducía a seis personas, hecho sin precedentes en
una ciudad como Barcelona. […] La masa sin partido se mostraba indiferente y en ocasiones hostil ante
quien predicaba y organizaba la resistencia. […] Los nervios de los habitantes de Barcelona estaban
deshechos, por las privaciones, por la indigencia, por los constantes bombardeos, etc[471].
La primera reacción de Negrín fue recurrir infructuosamente a París en demanda de
ayuda militar urgente a través de los buenos oficios del coronel Morel el 6 de enero
de 1939. Incluso al día siguiente se trasladó secretamente en avión a la capital
francesa para demandar en persona esa ayuda y facilidades logísticas al paso de
material bélico[472]. También el 6 de enero trató de precipitar el apoyo
norteamericano remitiendo una carta personal a Roosevelt en la que subrayaba que
«luchamos desde hace dos años y medio» por los mismos principios que el presidente
había proclamado en su declaración anual del 4 de enero (donde había afirmado la
voluntad de EE. UU. de oponerse a las «naciones agresoras» y lamentó la vigencia de
la Ley de Neutralidad). El tono de su misiva era angustioso y perentorio:
Contra la potencialidad económica y guerrera de Italia y Alemania no puede luchar indefinidamente un
país como España, bloqueado por sus enemigos con la colaboración de neutrales y amigos.
Oblíguese a la retirada de los agresores alemanes e italianos y dénsenos mientras medios materiales y
económicos para hacer posible nuestra defensa, que nosotros nos bastamos para liquidar la guerra. […]
Señor Presidente: El resultado de la lucha en España decidirá lo que ha de ser Europa y marcará el
rumbo del Mundo en el porvenir.
La Historia será inexorable con aquellos hombres de Estado que hayan cerrado sus ojos a la evidencia,
y con los que por indecisión hayan dejado poner en riesgo los principios de tolerancia, convivencia,
libertad y sana moral que inspiran la Democracia[473].
Tres días después de remitir esa postrera petición de ayuda, Rojo advertía a Negrín de
que la situación era verdaderamente trágica porque se carecía de «hombres y de
armamento» para resistir el embate[474]. Ni erraba ni falseaba el panorama. Stevenson
y el agregado militar británico en Barcelona informaban paralelamente a su gobierno
del desequilibrio de fuerzas planteado y de la inevitabilidad del resultado esperable:
Las fuerzas nacionalistas lograron conseguir tanto la superioridad numérica como material. Por otro lado,
el Ejército republicano en Cataluña reveló un grado de inferioridad material, numérica y moral que nadie,
en este bando al menos, suponía que padeciese. […] Pero de todos los factores que explican el implacable
triunfo nacionalista la mayor importancia reside en la sorpresa estratégica conseguida y en los sustanciales
refuerzos recibidos por sus tropas en material bélico, particularmente en artillería, carros blindados,
equipos de comunicaciones y camiones. […]
La situación militar era muy grave (para la República). La escasez de material bélico era enorme. La
artillería estaba reducida a menos de doce cañones por división y estos estaban desgastados por el uso
constante. En aviación, la inferioridad del gobierno era aproximadamente de un avión por cada seis
enemigos. No tenían siquiera suficientes ametralladoras[475].
En esa grave situación, el 15 de enero de 1939, al tiempo que perdía la ciudad de
Tarragona, el gobierno republicano lograba que Daladier abriera de facto la frontera
francesa al paso del material bélico remitido desde la URSS. Lo consiguió después de
que Negrín advirtiera al embajador Henry que la seguridad de Francia quedaría
gravemente amenazada por la llegada de tropas italianas y alemanas a su frontera
pirenaica. Pero ya era demasiado tarde y demasiado poco. El 18 de enero Negrín
presidió en Barcelona una reunión urgente y extraordinaria de su gobierno a la que
asistieron como invitados Companys y Martínez Barrio. Allí reveló a los presentes
que la situación era muy seria y cabría la posibilidad de «tener que trasladar el
gobierno de Barcelona» ante el avance enemigo. Aunque recibió plenos poderes del
gabinete para tomar las decisiones oportunas, también tuvo que arrostrar las críticas
de Companys por el hecho de que «los catalanes habían sido prácticamente marginados de la dirección de la guerra». El desencuentro entre ambos líderes se
volvió a revelar al día siguiente, cuando tres consejeros de la Generalitat (Antoni
Sbert, Pi i Suñer y Bosch Gimpera) solicitaban en secreto al representante británico
que instara a su gobierno, de modo unilateral o con el concurso de Francia, a «hacer
todo lo que pudiera para acortar los horrores de la fase final de la lucha en
Cataluña»[476]. El 21 de enero Rojo informaba que «el frente no existe
prácticamente» en ninguna parte desde Solsona a Manresa y que «los accesos a
Barcelona quedarán abiertos y sin tropas para cubrirlos»[477]. Tampoco existían
medios materiales ni ánimo moral para restablecerlo y contener la ofensiva.
Fue una noticia terrible para Negrín, que «había pasado toda la noche en vela»
esperando noticias de Rojo, al que no dejó de reprocharle su demora en traer informes
porque «no se tiene así un hombre». Para entonces, además, Negrín también había
visto esfumarse las tenues esperanzas de una postrera ayuda militar de las
democracias. Por un lado, el 19 de enero París había descartado cualquier ayuda
militar directa por «riesgo entonces muy grande guerra general» y por garantía
británica sobre «promesa obtenida de Mussolini sobre no ocupación ningún territorio
español y demás semejantes después victoria Franco». Por otro, el 21 de enero
Fernando de los Ríos telegrafiaba desde Washington que el Senado había aplazado la
discusión del levantamiento del embargo de armas a la República y Roosevelt no
plantearía ninguna batalla en contra[478].
El 22 de enero de 1939 Negrín ordenaba la evacuación de la capital de todo el
aparato administrativo gubernamental y su ubicación provisional en distintos puntos
de Gerona. Según Zugazagoitia, dictó la medida con apariencia de firmeza, «pero la
procesión va por dentro». El precipitado traslado fue seguido de un desplome virtual
de la administración republicana: «El Estado, en su forma más miserable, estaba
derrumbado por calles y plazas». Aún así, pudo llevarse a cabo la destrucción del
material documental de gobierno que no podía ser transportado y cuya caída en poder
del enemigo se consideraba sumamente peligrosa. Habida cuenta de la escasez de
medios de transporte, el esfuerzo de traslado tuvo que «limitarse a los archivos que se
considerasen indispensables para proseguir, sin excesiva solución de continuidad, el
trabajo». Afortunadamente, gracias a la diligencia de Prat, Zugazagoitia y Méndez
Aspe, pudieron embalarse y trasladarse una gran parte de los archivos principales de
Presidencia, Ministerio de Defensa y de Economía. Además, ya a finales de
noviembre de 1938, Negrín había tomado la precaución de enviar a Feli y a García-
Valdecasas a París para entregar a la custodia de Pascua varios materiales
documentales, tanto personales como políticos, de especial valor, con el encargo de
que, si algo le pasara a él, fuera todo devuelto «a dicha señora o a uno de mis hijos».
También había encargado al embajador ya entonces, con todo secreto y cautela, una
tarea que desde mediados de enero rendiría su fruto:
Prepare sitios de garantía y a reserva de un embargo para todos aquellos objetos del Estado que interese
poner en seguridad por su valor documental u otro.
Póngase de acuerdo con Pra para tomar todas las medidas pertinentes. Gestione tránsito para embarcar ciertas cajas en barcos nuestros.
Rompa esta carta[479].
Peor aún que la diáspora administrativa fue el inicio de una masiva retirada de la
población civil y de fuerzas militares en dirección a la frontera francesa y bajo
condiciones de auténtico caos: «El espectáculo de la masa de fugitivos, y el del
Gobierno, era la estampa de la derrota». El mismo panorama describe Togliatti sobre
ese «hundimiento del aparato del Estado» y la consiguiente «fuga desordenada» de
civiles, líderes políticos y fuerzas combatientes[480].
El 23 de enero, resignándose ya ante lo inevitable, Negrín solicitó formalmente al
gobierno francés que abriera la frontera para acoger como exiliados a los miles de
refugiados civiles que se agolpaban en los pasos fronterizos, especialmente «a las
mujeres, niños y ancianos». El gobierno republicano se comprometía «a contribuir
económicamente al sostén de todos los evacuados». También solicitaba que se
contemplara su posible asentamiento «en Marruecos, Argelia, Túnez» y reiteraba el
compromiso de «su sostenimiento[481]». Al día siguiente, Negrín tomó una decisión
transcendental y que había evitado durante toda su gestión: proclamó oficialmente el
estado de guerra y, en consecuencia, otorgó al alto mando militar los atributos del
poder político y administrativo en todo el territorio republicano (Miaja asumía esa
función suprema en la zona central).
Dos días después de proclamada esa medida (que suponía el reconocimiento
tardío de que no había más autoridad que la del mando militar correspondiente) se
produjo la catástrofe anunciada: el 26 de enero de 1939, Barcelona, última capital de
la República, era ocupada por la vanguardia de las tropas de Franco sin encontrar
resistencia de entidad alguna. Culminado el desastre militar, el gobierno francés
aceptaba la previa petición de Negrín y el 28 de enero ordenaba la apertura de la
frontera para acoger a la población civil que trababa de encontrar refugio en Francia.