Negrín

Enrique Moradiellos · Capítulo 16 de 25 · parte 1/3

Páginas del PDF

Negrín

Presidente de Gobierno: el tiempo de la resignación ante la derrota

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

PRESIDENTE DEL GOBIERNO:

 

EL TIEMPO DE LA RESIGNACIÓN ANTE LA

DERROTA

 

Apenas un día después de acordada en Múnich la desmembración de Checoslovaquia,

Negrín hubo de comparecer ante las Cortes en su preceptiva reunión celebrada en el

monasterio de San Cugat del Vallés (entonces Pins del Vallés). Aquel amargo 30 de

septiembre pronunció un discurso crucial (según Vidarte, «el mejor de todos los que

le escuchamos siendo presidente del consejo») en el que tuvo que hacer repaso de las

dos crisis ministeriales afrontadas en abril y agosto. Recordó la solución dada a la

primera como una decisión «penosa», «dura» y «violenta» porque había supuesto la

salida de un colaborador, Prieto, con el que le ligaba una relación «de intimidad

política y de relación personal, sentimental y amistosa». Pero la justificó señalando

que, en aquellos momentos de crisis bélica casi resolutiva, había sentido la urgencia

de asumir «la responsabilidad de la dirección» para «gritar y exigir una política de

resistencia». La resolución de la segunda crisis obedeció, según Negrín, a las

diferencias con los partidos autonomistas sobre «la dirección política del Estado» y

las relaciones entre el poder central y los autonómicos. Admitió que hubiera sido

posible hacer una política diferente y así fue planteado durante la crisis. Pero también

añadió que «para hacer esa política no se podía contar conmigo». Se refirió a

continuación a su grave preocupación por «el problema crucial» planteado por la

guerra: la garantía de «los abastecimientos», tanto bélicos como alimenticios y de

materias primas. Abordó seguidamente con ironía y amargura la coyuntura

internacional con una declaración inicial («Señor, señor, guárdame de mis amigos que

de mis enemigos me guardo yo») y no dejó de subrayar que «el problema español»

era «pieza fundamental en el problema de la paz mundial y en la política

internacional europea». Repasó la situación militar estabilizada por la bravura de las

tropas en el Ebro y en Levante. Y, finalmente, abordó la cuestión principal planteada

entonces: «el problema del acabamiento de la guerra». Por primera vez reconoció de

modo oblícuo que no era posible ganar militarmente la guerra «ante la superioridad

en material del enemigo» y se preguntó en público: «¿Mediación? La hemos pedido

siempre». Pero insistió, dirigiéndose directamente «a nuestros enemigos», en que las

bases para esa salida «está definida en los Trece Puntos de fines de guerra del

Gobierno». A su juicio, solo sobre el respeto a esos principios podría llegarse a «la

reconciliación que es necesaria, una España, de todos los españoles, después de este

bautismo de sangre que nos ha depurado y redimido de todas las faltas y errores que

podamos haber cometido»[443].

El discurso de Negrín fue seguido de la intervención de los portavoces de los

grupos parlamentarios, que mostraron diverso grado de acuerdo y apoyo a su análisis

y línea política: confianza total (PCE y PSOE), confianza total matizada (los grupos republicanos de IR y UR) y confianza «con muchas reservas y, con muchas

disconformidades en lo esencial» (ERC y PNV). Esa muestra parlamentaria y pública

de resistencias a su persona y política determinó en Negrín una actitud inesperada y

resuelta: solicitó y obtuvo la suspensión de las sesiones para reunirse con sus

ministros a deliberar. Eran «las once y cinco minutos de la noche» del 30 de

septiembre. A sus asombrados ministros les explicó con toda franqueza que estaba

dispuesto a dimitir y renunciar porque no tenía fuerzas para superar «el desafío» y no

aceptaba «una confianza disminuida por tan considerable número de reservas». En

otras palabras, el presidente del gobierno abría formalmente la crisis tanto tiempo

aplazada y colocaba a todos los grupos parlamentarios críticos ante la ocasión idónea,

tanto política como constitucionalmente, para sustituirle por otra persona y por otra

línea política. No parecía un acto de soberbia, ni un órdago del que esperaba sacar

partido. Más parecía el resultado de una sorda irritación por considerarse desasistido

de apoyos a los que creía tener derecho en las graves circunstancias imperantes. En

todo caso, reanudada la sesión se expresó con total claridad y, según Zugazagoitia, en

algunos momentos con «violencia inusitada». Ciertamente, su segunda intervención

ante las Cortes, ya en la madrugada del 1 de octubre de 1938 fue una contundente

llamada a los partidos a actuar en consecuencia: si no le apoyaban, que le sustituyeran

sin más dilaciones. En sus propias palabras:

 

Señores Diputados, no es el momento de vivir en el equívoco, ni es tampoco el momento de emplear

eufemismos. «C’est l’abcès qui crève». Bien.

El Gobierno no acepta, ni admite votos de confianza condicionados y con reservas. Para el Gobierno,

esos votos de confianza no significan un apoyo: son un lastre y, además, no permiten discriminar, votados

así en conjunto, donde está el apoyo leal y sincero, en el error lo mismo que en el acierto, como es preciso

en estos instantes, y donde está un apoyo que muchas veces gravita de una manera tan dura que se tiene la

sensación de que no se gobierna ni se puede gobernar.

Señores Diputados, yo les voy a hablar a ustedes aquí, como representantes del país, y, al mismo

tiempo, le hablo al país también. Hace mucho tiempo, después de pasar los instantes de pánico, que no he

logrado vivir ocho días seguidos con la sensación de que era un gobernante que gobernaba.

Cada uno debe asumir y arrostrar sus responsabilidades, y es el momento de ello, ya que se sugiere que

no debe haber mucho orden aquí, en la España leal, ni debe haber mucha justicia, ni —se ha dicho

claramente— los Tribunales pueden actuar con libertad. […]

A lo que vamos a parar es a lo siguiente: como Jefe del Gobierno, por los minutos o por el tiempo que

lo sea, yo no puedo vivir en precario, yo no puedo vivir bajo la sensación, para los demás, para el

Gobierno y para mí, de un voto condicionado […] Un voto de esa naturaleza, no lo puedo admitir, porque

se necesita un Gobierno de autoridad, de prestigio, un Gobierno que sienta que él puede mandar y que

sientan los demás que tienen que obedecer[444].

 

Si el texto oficial de las actas ya es suficientemente explícito, según algunas

versiones testimoniales las palabras literales de Negrín todavía fueron más rotundas:

«¿Os figuráis, Señores Diputados, que yo le tengo un gran cariño al poder? Ahí os

queda ese poder al que me imagináis tan aferrado»[445]. La conmoción creada por la

virtual dimisión de Negrín fue profunda y sumamente inesperada. Y la reacción de

los líderes políticos más opuestos a su persona y política reflejó la verdadera

situación en la que se hallaba la causa republicana: «Negrín y lo que su Gobierno representaba fueron la última posibilidad de la República; después de él, la única

alternativa no era ya política, sino militar»[446]. Por eso mismo, las inmediatas

intervenciones de Prieto y de los portavoces catalanista y de Izquierda Republicana se

apresuraron a aliviar la situación, despejar las dudas del todavía presidente y

encarecer su continuidad en el cargo. Negrín respondió a las demandas con una

mezcla de alivio y de orgullo. No en vano, insistió en «la emoción que produce la

alegría de pensar que vaya uno a verse libre de tan triste calvario» y subrayó que «lo

que nosotros reclamamos y pedimos es una liberación y, además, la

agradeceríamos»[447]. Pero su insistencia no obtuvo resultado porque, enfrentados al

abismo de la dimisión de Negrín, los grupos parlamentarios elevaron unánimente una

proposición de acuerdo que Martínez Barrio hizo aprobar sin voto y «por

aclamación»:

 

Las Cortes toman nota de las palabras del Jefe del Gobierno, expresan su conformidad con la labor que el

Gobierno del Frente Popular ha realizado durante el interregno parlamentario en función del voto que le

fue concedido el pasado primero de Febrero; le felicita por su política de autoridad y resistencia a la

invasión extranjera, por la gloriosa batalla del Ebro y la heroica lucha en todos los frentes y por la dignidad

con que se produce ante el Mundo y acuerdan ratificarle su confianza[448].

 

La victoria política lograda in extremis por Negrín era «precaria» (según

Zugazagoitia, la confianza se había dado «a desgana, sin gusto, por obligación») y

pírrica (porque exigía que el interesado siguiera gestionando la crítica coyuntura

imperante). Y para entonces la situación militar e interna era, ciertamente, muy

preocupante y sumamente angustiosa.

Apenas solventado el pleito parlamentario, el general Rojo informó a Negrín del

próximo desenlace adverso de la Batalla del Ebro. El 18 de octubre el jefe del Estado

Mayor Central había presidido una reunión de dicho organismo en la que se había

subrayado la penosa situación militar existente y la necesidad de proceder, en un

plazo próximo, al repliegue de las tropas a la orilla izquierda del Ebro. Las razones

básicas eran la desproporción de armamento respectivo, las dificultades de

abastecimiento alimenticio y su efecto disgregador sobre la fortaleza moral de las

tropas republicanas:

 

El enorme desgaste sufrido últimamente por nuestra aviación, desgaste que, de no poner pronto remedio,

lo que parece difícil, seguirá acentuándose.

La falta que se observa en armamento portátil, en cuyo aspecto la situación es francamente mala. Solo

en Levante faltan 25 000 fusiles y en otros frentes hay Brigadas con menos de la tercera parte de su

dotación.

En artillería ocurre lo mismo. El material es viejo y está muy desgastado. Precísase acudir con urgencia a abastecer de todo este armamento, so pena de tener que adoptar una

actitud defensiva, sin poder montar una operación a fondo en bastante tiempo. […]

Abastecimiento. En este punto la situación es cada día peor, lo que puede llegar a repercutir en la moral

de la tropa que, de continuar las limitaciones presentes, llegará a agotarse[449].

 

La preocupación absorbente por la situación militar no evitó que Negrín tuviera que afrontar igualmente los problemas políticos derivados del antagonismo contra el PCE,

exacerbados por la última crisis y por las pésimas expectativas internacionales. En

particular, Negrín temía el efecto de esa hostilidad anticomunista sobre la unidad y

disciplina de las fuerzas armadas, habida cuenta de que la perfecta colaboración entre

estos dos pilares de su estrategia política resultaba vital para su propia viabilidad y en

vista de la práctica desintegración del PSOE como sostén gubernamental. De hecho,

ya durante su visita al frente de Madrid en junio había apreciado directamente que

«comienza a crearse en el ejército una situación difícil, porque el odio contra los

comunistas está creciendo vertiginosamente»[450]. Poco después, a mediados de

septiembre de 1938, pidió a Rojo su opinión reservada sobre un informe político-

militar elaborado por la FAI que recogía crudamente la acusación de incompetencia

estratégica y entreguismo procomunista que habrían de proliferar en la postguerra.

Rojo rebatió esas denuncias de modo tajante y terminante:

 

En el aspecto político, es evidente que el documento está dirigido contra la actuación del Partido

Comunista en el Ejército y contra la influencia de los camaradas rusos (los asesores soviéticos), afines a

dicho Partido político, en la dirección de las operaciones de guerra. Lo primero, y sin que el comentario

sobre este asunto implique que el Jefe que suscribe se erija en valedor de dicho Partido, constituye una

manifiesta injusticia, pues todos los partidos políticos han influido en el Ejército con mayor o menor

intensidad, y siguen influyendo. […] Aparte de esto, se procede con manifiesta injusticia, haciendo

imputaciones falsas, pues quizá el Jefe que suscribe, por razón de su cargo, tenga más motivos que nadie

para conocer esas influencias, y por esto, quizá tenga también más razones que nadie para apreciar la falta

de justicia en la apreciación que en ese aspecto se hace; y esa falta de justicia es mucho más notoria

cuando se alude a la influencia de los camaradas rusos en la dirección de determinadas operaciones o en la

dirección de la guerra. Es preciso rechazar de manera absoluta y de plano tales afirmaciones, porque son

completamente falsas. […] El General que suscribe afirma de una manera terminante que jamás procedió

al dictado de nadie[451].

 

El respaldo de Rojo a Negrín no anulaba sin embargo el peligro de la creciente

hostilidad de los militares profesionales contra los comunistas, identificados

progresivamente como «el partido de la guerra» y el mayor obstáculo para una

potencial salida negociada al conflicto. Según un informe reservado de diciembre de

1938 recibido por Rojo y leído por Negrín (elaborado por el comisario de la 62

División, de ERC), los comunistas podían contar por entonces con la simpatía de

hasta «un 50% de los Jefes, Oficiales y Comisarios» del Ejército Popular de la

República. Era un apoyo básicamente centrado en el Ejército del Ebro («está todo él,

en manos de los Comunistas»); parcialmente en el Ejército del Este (donde «es muy

frágil» y «tropieza con grandes corrientes contrarias»), en el de Levante (donde el

general Menéndez «deja hacer a los comunistas») y en el de Andalucía

(«características parecidas a las del Ejército de Levante»); y prácticamente ausente en

la Agrupación de Ejércitos de la Zona Catalana («libre en absoluto del tutelaje del

PC»), en el Ejército del Centro («un Ejército militar y republicano sin injerencias de

partido»), en el Ejército de Extremadura («las mismas características que el Ejército

del Centro») y en el Grupo de Ejércitos de la Zona Centro-Sur («no han podido

infiltrarse»). El informe refrendaba, por tanto, la debilidad general y el desequilibrio territorial de la supuesta hegemonía comunista en las filas militares, cuya dirección

superior seguía estando en manos profesionales de filiación republicana:

 

Actualmente, todos los altos Jefes del Estado Mayor Central son militares profesionales. Los Inspectores

Generales y los Jefes de Servicios centrales, también. Igualmente son de la escala profesional la casi

totalidad de los Jefes de C. R. I. M. (Centros de Reclutamiento, Instrucción y Movilización), de los

Comandantes de Plaza y de otros organismos militares. También lo son los Jefes de Ejército, menos el del

Ebro, que es, como es sabido, el Coronel Modesto, de la escala de Milicias.

Los Cuerpos de Ejército, en cambio, son mandados la mayoría por Jefes de la Escuela de Milicias. De

la misma escala son la mayoría de Jefes de División y Brigada.

Entre los militares de una y otra escala, no reina mucha cordialidad […]. No queremos esconder que entre los militares profesionales reina gran malestar, producido por la

marcha de la guerra […].[452]

 

Los síntomas de ruptura en el crucial entendimiento del mando militar y del PCE a

finales de 1938 abrumaban a Negrín por sus potenciales efectos. Según Zugazagoitia,

el presidente prefería eludir «con mucho cuidado» esas tensiones quizá por

considerarlas irresolubles dada la situación. También creía que, respecto al PCE,

«tiene autoridad sobre ellos para hacerles seguir el rumbo que conviene» (lo que

Zugazagoitia consideraba «totalmente equivocado»)[453]. En todo caso, como

subrayaría Togliatti posteriormente, resulta bastante evidente que durante el segundo

gobierno de Negrín «el partido hizo depender demasiado su acción de la del

presidente» y «la pretendida posición dominante (del PCE-PSUC) en Barcelona era

una ilusión». Y Stepánov ratificaría ese diagnóstico al subrayar que durante ese

semestre final el PCE «pierde posiciones», su influencia «disminuye

sistemáticamente», le «amenaza el aislamiento» y se paraliza «el crecimiento interno

del partido»[454].

A pesar de la vulnerable posición del PCE en la zona republicana, Negrín recibió

una comprobación fehaciente del grado de tensión anticomunista que se estaba

gestando en la retaguardia durante las sesiones de la Comisión Ejecutiva del PSOE

celebradas en Barcelona entre el 11 y el 15 de noviembre de 1938. En ella

participaron, de modo excepcional y por última vez, Besteiro y Prieto. El contexto de

las discusiones quedó desde el principio enmarcado por la convicción de la inminente

derrota y por la intensidad de la hostilidad hacia el PCE:

 

La situación la supone gravísima, por lo que afecta a la unidad (del Frente Popular). El ambiente

anticomunista es arrollador. De él se están aprovechando republicanos y sindicalistas y con él están

padeciendo nuestras organizaciones, en la mayoría de las cuales ya no es posible hablar de unidad. Supone

que en cuanto alguien levante la bandera anticomunista se apresurarán a seguirle la mayoría de las masas

obreras de la zona centro-sur. Reconoce que la postura de nuestro Partido polariza a los descontentos y nos

trae también mucho lastre de gentes que no son socialistas. Cree que se debe enviar el informe a Negrín y

citarle, además, para celebrar una reunión extraordinaria exclusivamente dedicada a este punto [455].

 

Pero, más allá de la crítica al PCE y su «política unitaria» absorbente y proselitista,

no se presentó alternativa política alguna a la simbolizada por Negrín. Sin ofrecer tal

alternativa, Prieto volvió a subrayar la responsabilidad de Negrín por la «disparatada» solución dada a las crisis ministeriales de abril y agosto. Besteiro fue igualmente

tajante y declaró ante la dirección socialista lo que ya había dicho a la prensa y lo que

diría por aquellos días a Azaña y al propio Negrín en persona: «Negrín es comunista

y se introdujo en el partido, como el caballo de Troya»; «Es un agente de Moscú».

Pero también renunció patéticamente a ofrecer una vía alternativa y descartó

cualquier posibilidad de «presidir un Gobierno» que se ocupara de «hacer la paz»

porque «nuestro asunto, lo estima perdido»:

 

Si se deshace el Frente Popular, desaparece la sustentación de la fuerza guerrera. Es un dilema horrible. Yo

sostengo lo que decía antes. Lamento mucho que sea esta la situación. Yo he procurado cuando veía que se

ponían a las masas en movimiento en ese camino, presentarme yo como obstáculo a que lo siguieran, y me

arrollaron. Yo hoy, no tengo por desgracia, fuerza para convencer a las masas; yo no la tengo, si la tuviera

lo diría, pero es un hecho consumado. Yo no puedo deshacer la historia [456].

 

Solo Álvarez del Vayo, él mismo sospechoso de criptocomunismo (y con cierta

razón), salió en defensa de Negrín para rebatir «la clasificación que se hace del

compañero Negrín de ser más comunista que socialista» y para ponderar su línea

política como única alternativa ante la capitulación incondicional. En todo caso, de

nuevo como en agosto de 1938, la dirección socialista se mostraba paralizada por las

disensiones y solo acertaba a seguir apoyando a Negrín por carencia de otra solución

y con resignada amargura. Entre otras cosas, porque la respuesta del bando franquista

a las sutiles apelaciones de Negrín a la «mediación» en su discurso ante las Cortes en

San Cugat había sido tajante y radical:

 

¡Guerra a la mediación en la guerra!

En nombre de los Destinos de España, de sus mártires y de sus héroes, la Patria exige la victoria

incondicional de Franco. […]

Españoles: ¡Atención a los traidores!

¿Quiénes negocian la mediación y especulan con su sola posibilidad? Muchos traidores a España. Pero

todos manipulados por los mismos inductores de los dos memorables crímenes de Estado contra la Patria:

el asesinato de Calvo Sotelo y el asesinato de José Antonio Primo de Rivera[457].

 

Resulta paradójico que, a medida que el prestigio de Negrín se hundía en los ámbitos

políticos republicanos en los meses finales de 1938, su consideración entre las

cancillerías democráticas siguiera siendo muy alta y básicamente favorable. Porque,

en efecto, pese a los fracasos cosechados por Negrín (o quizá debido a su indomable

voluntad de rectificarlos), los informes confidenciales de agentes diplomáticos y

militares extranjeros en la zona republicana revelaban reiteradamente un evidente

respeto y estima por su figura humana y política. Ya han sido citadas las impresiones

del embajador francés, Labonne (reemplazado en diciembre de 1938 por Jules Henry)

y su agregado militar, el coronel Morel. En el mismo sentido cabría citar a los

representantes británicos en Barcelona. Por ejemplo, en el fatídico mes de septiembre

de 1938, poco antes de la firma del Pacto de Múnich, Denys Cowan, integrante de un

comisión británica encargada del intercambio de prisioneros (y probable agente del

servicio de inteligencia militar) remitía a Londres un retrato bastante favorable de Negrín en el que se le atribuía la capacidad de resistencia demostrada por la

República ante los últimos reveses militares:

 

Llegados a este punto, es necesario mencionar otro factor en la situación política: la personalidad del

presidente del consejo de ministros, señor Negrín. La rápida recomposición del gobierno que ha tenido

lugar en los últimos meses se debe en gran medida a él. Es un hombre viril y extremadamente capaz de

unos 45 años, que parece tener un ascendiente completo sobre el consejo de ministros. Su carácter es

excepcional y posiblemente sea el «hombre del destino» de España. Su «casa espiritual» es Alemania y sus

dioses son Mussolini y Lenin. Además de ser jefe del gobierno también es ministro de Defensa, con todas

las fuerzas del Estado bajo su control. En este ámbito, está convirtiendo rápidamente al Ejército y a las

fuerzas aéreas en cuerpos altamente organizados. Es bastante implacable. El único factor de debilidad en la

situación radica en la falta de suministros alimenticios, especialmente en Madrid. […]

Se supone que sus inclinaciones son hacia la extrema izquierda, pero las etiquetas dicen poco en este

país. Por las razones que ya he mencionado, resulta conveniente para mucha gente en la actualidad

declararse comunista, sean las que sean sus verdaderas convicciones. Es difícil saber cuál sería la reacción

de Negrín ante un golpe de Estado hacia la derecha del presidente de la República. Si tuviera alguna

perspectiva de apoyo internacional de las democracias, supongo que lo aceptaría. Si no, pudiera ser que se

viera forzado, incluso contra su voluntad, a establecer algún tipo de dictadura de izquierdas bajo su

dirección personal[458].

 

El prestigio y consideración personal de Negrín queda igualmente reflejado en otro

informe diplomático de finales de 1938. El 30 de octubre, el jefe del gobierno se

entrevistó con el nuevo encargado de negocios británico ante la República, Skrine

Stevenson, y le expuso con toda sinceridad su actitud hacia el comunismo en un

intento desesperado por lograr la ayuda militar franco-británica para contener la

inminente ofensiva franquista sobre Cataluña. Según la crónica reservada remitida

por su interlocutor a las autoridades de Londres:

 

El señor Negrín estuvo muy cordial y extremadamente franco. Quizá el aspecto más interesante de la

conversación fue la sincera exposición de su actitud respecto al comunismo. Su afiliación política siempre

ha sido algo sospechosa y algunos de sus propios ministros no están seguros de cuáles son sus verdaderas

simpatías. En esta oportunidad, no hubo dudas en la declaración. Dijo que el comunismo no era una

ideología que se adaptase bien al pueblo español. Los objetivos y la política del gobierno español

mostraban cuán lejos estaban sus simpatías del comunismo. Mencionó que el Partido Comunista había

sugerido afiliarse a su propia rama del Partido Socialista y que esta lo había rechazado. Sin embargo, el

gobierno tenía que apoyarse en gran medida en el Partido Comunista no solo porque era la fuerza mejor

organizada en la etapa inicial de la guerra civil, sino también porque Rusia había sido el único país que

había dado al gobierno español una ayuda realmente efectiva. El Partido Comunista era todavía el más

entusiasta y enérgico de los apoyos del gobierno. En estas circunstancias, la eliminación de la influencia

comunista no reportaba ninguna ventaja para el gobierno. Pero el señor Negrín afirmó que él podría

suprimir, y lo haría, al Partido Comunista en una semana si pudiera obtener los suministros requeridos de

Francia e Inglaterra. Bromeando seriamente, detalló los suministros que necesitaba. Aparentemente, el

precio de la democracia es el siguiente: 500 000 rifles, 12 000 ametralladoras, 1600 cañones, 200 tanques

medios y ligeros, 300 bombarderos y 300 cazas. Con estos suministros y la munición necesaria, podría

terminar la guerra en abril[459].

 

Serían esas gestiones las que abonarían en círculos oficiales británicos la imagen de

Negrín como «la personalidad incuestionablemente más sobresaliente del bando

republicano». Años más tarde, un diplomático británico presente en Barcelona a

finales de 1938 recordaría a sus superiores: «Puedo atestiguar que, aunque ciertamente tenía muchos enemigos, Negrín era considerado entonces como un

valiente líder de guerra en la línea de Churchill»[460]. Sin embargo, ni esas gestiones

ni otras similares emprendidas por Negrín ante el gobierno francés lograron un

cambio fehaciente en la política de No Intervención de las democracias occidentales.

La reiterada inhibición franco-británica ante la suerte de la República obligó a Negrín

a considerar en adelante la política de resistencia como una mera estrategia disuasoria

para conseguir una capitulación con mínimas condiciones y garantías. Ya a raíz de la

firma del Pacto de Múnich había confesado con resignación a uno de sus íntimos:

«¡Garantías para una paz honrosa es lo único que estoy buscando!»[461]. Y el 6 de

noviembre, ante un sondeo procedente de París y transmitido por el prestigioso jurista

Felipe Sánchez Román (asesor legal del gobierno republicano), había remitido una

directriz a Pascua en la que afirmaba la disposición reservada de su gobierno a

contemplar la suspensión de las hostilidades con «las siguientes condiciones»:

 

1.º Compromiso de no perseguir o tomar represalias contra elementos afectos al Gobierno. 2.º Garantía de mantener el orden público.

3.º Notificación previa para poder evitar un incumplimiento involuntario[462].

 

En efecto, desde esa capitulación franco-británica ante Alemania e Italia en Múnich

en relación a la suerte de Checoslovaquia, consciente de que la victoria era

«inalcanzable», la estrategia negrinista de resistencia a ultranza y movilización de

recursos internos e internacionales estaba al servicio de un único propósito:

«conseguir una paz que previniera el exterminio de miles y miles de

republicanos»[463]. Y esa convicción de que era posible resistir hasta conseguir

condiciones de capitulación solo reflejaba la certeza, expresada por el general Rojo,

de que el «periodo de crisis aguda» para la causa republicana abierto por Múnich solo

sería conjurable con dos medidas complementarias: «la posibilidad de obtener

abastecimientos de boca y guerra» y «la posibilidad de conservar una moral exaltada

y una organización cada vez más perfecta de nuestro Ejército». Y añadía Rojo un

diagnóstico que estaría muy presente en la conciencia de Negrín: «Ambas cosas son

realizables. Son esencialmente problemas de Gobierno»[464].

Fracasado el recurso a las democracias occidentales, Negrín se volvió de nuevo al

único asidero disponible y hasta entonces operativo: la Unión Soviética. El 7 de

noviembre remitió una carta personal al mariscal Voroshilov (en francés)

anunciándole la próxima llegada a Moscú del general Hidalgo de Cisneros (militante

del PCE y comandante de las fuerzas aéreas republicanas) para hacerle una petición

urgente de armamento. Cuatro días más tarde, para apoyar esa demanda, escribió

directamente a Stalin una larga y densa carta (en español) exponiéndole la gravedad

de la situación militar (estaba a punto de producirse el repliegue del Ebro) y la

importancia del conflicto en «la pugna entre los países democráticos y los

totalitarios». Negrín señalaba que «si en España fuéramos derrotados dudo que el

verano de 1939 transcurra sin estallar un conflicto general» y recababa el apoyo soviético para resistir la próxima ofensiva enemiga dado que no se podía contar de

momento con la ayuda británica ni francesa. También advertía que «no pierdo la

esperanza de que el interés y la participación de Estados Unidos en la política

europea» pudiera proporcionar un respiro futuro. Pero, mientras tanto, el apoyo

soviético era inexcusable y, puesto que la República ya no contaba con oro, la

consecuente ayuda militar solicitada debería ser prestada a crédito:

 

Grave es el problema que nos plantea el abastecimiento, estrechamente ligado con la situación financiera y

de la que informé a su gobierno a través de Pascua. Sobre el particular urge llegar a acuerdos concretos,

pues su demora puede ser perniciosa para el desarrollo de la guerra[465].

 

Quizá ligada a esa última y perentoria gestión estuviera una de las más extrañas

propuestas políticas planteadas por Negrín durante toda la guerra. El 10 de noviembre

de 1938, en una entrevista concedida a Togliatti, Negrín planteó al dirigente

comunista la posibilidad de crear «un Frente Nacional unido» como sustituto de los

partidos políticos y soporte civil del gobierno. En realidad, era una propuesta ya

reiteradamente sugerida por Rojo a Negrín en vista de la desintegración del Frente

Popular de partidos como órgano de apoyo en la retaguardia. De hecho, desde la

claudicación de Múnich, Rojo solicitaba insistentemente a su superior «que se

persigan mediante decisiones de carácter político del Gobierno, la unidad espiritual,

que hoy no existe». Pero Negrín la presentó igualmente como el resultado de la

virtual desintegración del PSOE y de su pérdida «de confianza en la posibilidad de

unir a los partidos socialista y comunista». A su juicio, ese frente nacional

interpartidista era la única alternativa a «una dictadura militar» porque el retorno «al

viejo parlamentarismo» le parecía una imposibilidad. La respuesta del dirigente de la

Comintern fue «muy reservada» porque ya tenía demasiadas dudas sobre la

subordinación del PCE a la estrategia política del presidente del gobierno republicano

y porque no estimaba «urgente» la medida. Moscú ratificó de inmediato esa postura:

«Proyecto de Tía [nombre en clave de Negrín] inaceptable porque contiene

tendencias a la dictadura personal»[466].

Si la petición de fusión de todos los partidos no contó con el beneplácito

soviético, no ocurrió por igual con la demanda de crédito y ayuda militar. A pesar de

que Múnich había exacerbado la cautela soviética respecto a la «aventura española» y

que las perspectivas bélicas eran muy oscuras, Stalin decidió mantener hasta el final

su apoyo a la causa republicana. Quizá por imposibilidad de deshacerse del

compromiso antifascista todavía. Quizá por sostener la idea de que la resistencia en

España aplazaba otras acciones agresivas del Eje en Europa central. En todo caso, el

crédito otorgado sería firmado en Barcelona el 12 de enero de 1939 por Negrín y el

encargado de negocios soviético, Marchenko. Sin previsión de garantía alguna, su

entidad sería algo menor de la solicitada por los líderes republicanos: 50 millones de

dólares aplicables a financiar las adquisiciones de productos de la URSS[467]. En

cuanto a las demandas de material bélico, sufragadas con cargo a ese crédito, su volumen también fue recortado respecto a las demandas: 168 aviones (no 250); 40

tanques (no 250), 539 piezas artilleras (no 650) y 2770 ametralladoras (no 4000). La

remisión de los suministros empezó a finales de diciembre de 1938 y una gran parte

del material estaba ya en Francia a mediados de enero de 1939. Sin embargo, poco

del mismo podría llegar a su destino. El 16 de febrero de 1939 el mariscal Voroshilov

escribía en un breve memorándum para Stalin:

 

En caso de que Pascua o alguien más siga presionando sobre este asunto, podría ser adecuado contestar de

la siguiente manera:

1) La URSS siempre ha prestado mucha atención a las necesidades del gobierno español y ha accedido,

en la medida de lo posible, a todas sus peticiones de armas y asistencia militar.

2) La última petición, cursada a través de Cisneros, se ha atendido en su mayor parte. Si el gobierno

español no puede alcanzar un acuerdo con el gobierno francés en cuanto al paso de las armas a España, lo

lamentamos profundamente.

3) Que exijan ahora que el material que ya hemos enviado, cuya mayor parte permanece en territorio

francés, se envíe a España, donde será fácil presa de los fascistas, es cuando menos inoportuno. Le pido

que medite sobre esto detenidamente[468].

 

La respuesta de Stalin fue lacónica y expresiva: «Esta cuestión ya no es

importante»[469]. Ciertamente, para entonces la causa republicana era ya una baza

perdida irremediablemente porque la ofensiva franquista sobre Cataluña había

conseguido una victoria tan rápida como sorprendente y contundente.

El 23 de diciembre de 1938, después de haber reorganizado sus fuerzas y recibir

la crucial remesa de envíos militares alemanes pendiente, el general Franco había

emprendido la prevista ofensiva definitiva sobre Cataluña. Rojo había tratado de

anticiparse a ese ataque con la preparación de nuevas ofensivas diversivas en el frente

extremeño, andaluz y madrileño, pero sus órdenes habían sido rechazadas por el

general Miaja por entenderlas peligrosas para la defensa de Madrid. Negrín, con gran

disgusto de Rojo, no sancionó la actitud de Miaja y solicitó una revisión de esos

planes[470]. En esas condiciones, las líneas defensivas republicanas, debilitadas,

desmoralizadas y sin reservas después del agotador esfuerzo en el Ebro, fueron

incapaces de contener el avance general por todo el frente catalán de las tropas

enemigas. En la retaguardia, la situación era incluso peor que en el frente, a juzgar

por el informe remitido por Togliatti a Moscú:

 

El 25 de diciembre tuvo que ser aplazado un gran mitin convocado por los jefes anarquistas más conocidos

de Cataluña (Capdevila, Oliver, etc.) porque el público se reducía a seis personas, hecho sin precedentes en

una ciudad como Barcelona. […] La masa sin partido se mostraba indiferente y en ocasiones hostil ante

quien predicaba y organizaba la resistencia. […] Los nervios de los habitantes de Barcelona estaban

deshechos, por las privaciones, por la indigencia, por los constantes bombardeos, etc[471].

 

La primera reacción de Negrín fue recurrir infructuosamente a París en demanda de

ayuda militar urgente a través de los buenos oficios del coronel Morel el 6 de enero

de 1939. Incluso al día siguiente se trasladó secretamente en avión a la capital

francesa para demandar en persona esa ayuda y facilidades logísticas al paso de

material bélico[472]. También el 6 de enero trató de precipitar el apoyo

norteamericano remitiendo una carta personal a Roosevelt en la que subrayaba que

«luchamos desde hace dos años y medio» por los mismos principios que el presidente

había proclamado en su declaración anual del 4 de enero (donde había afirmado la

voluntad de EE. UU. de oponerse a las «naciones agresoras» y lamentó la vigencia de

la Ley de Neutralidad). El tono de su misiva era angustioso y perentorio:

 

Contra la potencialidad económica y guerrera de Italia y Alemania no puede luchar indefinidamente un

país como España, bloqueado por sus enemigos con la colaboración de neutrales y amigos.

Oblíguese a la retirada de los agresores alemanes e italianos y dénsenos mientras medios materiales y

económicos para hacer posible nuestra defensa, que nosotros nos bastamos para liquidar la guerra. […]

Señor Presidente: El resultado de la lucha en España decidirá lo que ha de ser Europa y marcará el

rumbo del Mundo en el porvenir.

La Historia será inexorable con aquellos hombres de Estado que hayan cerrado sus ojos a la evidencia,

y con los que por indecisión hayan dejado poner en riesgo los principios de tolerancia, convivencia,

libertad y sana moral que inspiran la Democracia[473].

 

Tres días después de remitir esa postrera petición de ayuda, Rojo advertía a Negrín de

que la situación era verdaderamente trágica porque se carecía de «hombres y de

armamento» para resistir el embate[474]. Ni erraba ni falseaba el panorama. Stevenson

y el agregado militar británico en Barcelona informaban paralelamente a su gobierno

del desequilibrio de fuerzas planteado y de la inevitabilidad del resultado esperable:

 

Las fuerzas nacionalistas lograron conseguir tanto la superioridad numérica como material. Por otro lado,

el Ejército republicano en Cataluña reveló un grado de inferioridad material, numérica y moral que nadie,

en este bando al menos, suponía que padeciese. […] Pero de todos los factores que explican el implacable

triunfo nacionalista la mayor importancia reside en la sorpresa estratégica conseguida y en los sustanciales

refuerzos recibidos por sus tropas en material bélico, particularmente en artillería, carros blindados,

equipos de comunicaciones y camiones. […]

La situación militar era muy grave (para la República). La escasez de material bélico era enorme. La

artillería estaba reducida a menos de doce cañones por división y estos estaban desgastados por el uso

constante. En aviación, la inferioridad del gobierno era aproximadamente de un avión por cada seis

enemigos. No tenían siquiera suficientes ametralladoras[475].

 

En esa grave situación, el 15 de enero de 1939, al tiempo que perdía la ciudad de

Tarragona, el gobierno republicano lograba que Daladier abriera de facto la frontera

francesa al paso del material bélico remitido desde la URSS. Lo consiguió después de

que Negrín advirtiera al embajador Henry que la seguridad de Francia quedaría

gravemente amenazada por la llegada de tropas italianas y alemanas a su frontera

pirenaica. Pero ya era demasiado tarde y demasiado poco. El 18 de enero Negrín

presidió en Barcelona una reunión urgente y extraordinaria de su gobierno a la que

asistieron como invitados Companys y Martínez Barrio. Allí reveló a los presentes

que la situación era muy seria y cabría la posibilidad de «tener que trasladar el

gobierno de Barcelona» ante el avance enemigo. Aunque recibió plenos poderes del

gabinete para tomar las decisiones oportunas, también tuvo que arrostrar las críticas

de Companys por el hecho de que «los catalanes habían sido prácticamente marginados de la dirección de la guerra». El desencuentro entre ambos líderes se

volvió a revelar al día siguiente, cuando tres consejeros de la Generalitat (Antoni

Sbert, Pi i Suñer y Bosch Gimpera) solicitaban en secreto al representante británico

que instara a su gobierno, de modo unilateral o con el concurso de Francia, a «hacer

todo lo que pudiera para acortar los horrores de la fase final de la lucha en

Cataluña»[476]. El 21 de enero Rojo informaba que «el frente no existe

prácticamente» en ninguna parte desde Solsona a Manresa y que «los accesos a

Barcelona quedarán abiertos y sin tropas para cubrirlos»[477]. Tampoco existían

medios materiales ni ánimo moral para restablecerlo y contener la ofensiva.

Fue una noticia terrible para Negrín, que «había pasado toda la noche en vela»

esperando noticias de Rojo, al que no dejó de reprocharle su demora en traer informes

porque «no se tiene así un hombre». Para entonces, además, Negrín también había

visto esfumarse las tenues esperanzas de una postrera ayuda militar de las

democracias. Por un lado, el 19 de enero París había descartado cualquier ayuda

militar directa por «riesgo entonces muy grande guerra general» y por garantía

británica sobre «promesa obtenida de Mussolini sobre no ocupación ningún territorio

español y demás semejantes después victoria Franco». Por otro, el 21 de enero

Fernando de los Ríos telegrafiaba desde Washington que el Senado había aplazado la

discusión del levantamiento del embargo de armas a la República y Roosevelt no

plantearía ninguna batalla en contra[478].

El 22 de enero de 1939 Negrín ordenaba la evacuación de la capital de todo el

aparato administrativo gubernamental y su ubicación provisional en distintos puntos

de Gerona. Según Zugazagoitia, dictó la medida con apariencia de firmeza, «pero la

procesión va por dentro». El precipitado traslado fue seguido de un desplome virtual

de la administración republicana: «El Estado, en su forma más miserable, estaba

derrumbado por calles y plazas». Aún así, pudo llevarse a cabo la destrucción del

material documental de gobierno que no podía ser transportado y cuya caída en poder

del enemigo se consideraba sumamente peligrosa. Habida cuenta de la escasez de

medios de transporte, el esfuerzo de traslado tuvo que «limitarse a los archivos que se

considerasen indispensables para proseguir, sin excesiva solución de continuidad, el

trabajo». Afortunadamente, gracias a la diligencia de Prat, Zugazagoitia y Méndez

Aspe, pudieron embalarse y trasladarse una gran parte de los archivos principales de

Presidencia, Ministerio de Defensa y de Economía. Además, ya a finales de

noviembre de 1938, Negrín había tomado la precaución de enviar a Feli y a García-

Valdecasas a París para entregar a la custodia de Pascua varios materiales

documentales, tanto personales como políticos, de especial valor, con el encargo de

que, si algo le pasara a él, fuera todo devuelto «a dicha señora o a uno de mis hijos».

También había encargado al embajador ya entonces, con todo secreto y cautela, una

tarea que desde mediados de enero rendiría su fruto:

 

Prepare sitios de garantía y a reserva de un embargo para todos aquellos objetos del Estado que interese

poner en seguridad por su valor documental u otro.

Póngase de acuerdo con Pra para tomar todas las medidas pertinentes. Gestione tránsito para embarcar ciertas cajas en barcos nuestros.

Rompa esta carta[479].

 

Peor aún que la diáspora administrativa fue el inicio de una masiva retirada de la

población civil y de fuerzas militares en dirección a la frontera francesa y bajo

condiciones de auténtico caos: «El espectáculo de la masa de fugitivos, y el del

Gobierno, era la estampa de la derrota». El mismo panorama describe Togliatti sobre

ese «hundimiento del aparato del Estado» y la consiguiente «fuga desordenada» de

civiles, líderes políticos y fuerzas combatientes[480].

El 23 de enero, resignándose ya ante lo inevitable, Negrín solicitó formalmente al

gobierno francés que abriera la frontera para acoger como exiliados a los miles de

refugiados civiles que se agolpaban en los pasos fronterizos, especialmente «a las

mujeres, niños y ancianos». El gobierno republicano se comprometía «a contribuir

económicamente al sostén de todos los evacuados». También solicitaba que se

contemplara su posible asentamiento «en Marruecos, Argelia, Túnez» y reiteraba el

compromiso de «su sostenimiento[481]». Al día siguiente, Negrín tomó una decisión

transcendental y que había evitado durante toda su gestión: proclamó oficialmente el

estado de guerra y, en consecuencia, otorgó al alto mando militar los atributos del

poder político y administrativo en todo el territorio republicano (Miaja asumía esa

función suprema en la zona central).

Dos días después de proclamada esa medida (que suponía el reconocimiento

tardío de que no había más autoridad que la del mando militar correspondiente) se

produjo la catástrofe anunciada: el 26 de enero de 1939, Barcelona, última capital de

la República, era ocupada por la vanguardia de las tropas de Franco sin encontrar

resistencia de entidad alguna. Culminado el desastre militar, el gobierno francés

aceptaba la previa petición de Negrín y el 28 de enero ordenaba la apertura de la

frontera para acoger a la población civil que trababa de encontrar refugio en Francia.

Seguir: parte 2 de 3