Negrín

Enrique Moradiellos · Capítulo 5 de 25

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Negrín

2. Un eminente médico y científico retornado a su patria (1915-1936)

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UN EMINENTE MÉDICO Y CIENTÍFICO

 

RETORNADO A SU PATRIA (1915-1936)

Familia Negrín-Mijailov. Hacia 1925.

DIRECTOR DEL LABORATORIO DE FISIOLOGÍA

 

Instalado en Las Palmas, tras pedir consejo a sus amigos Moles y Casares Gil, Negrín

decidió escribir a Ramón y Cajal para solicitar la ayuda institucional de la Junta para

Ampliación de Estudios. En su carta, fechada en Las Palmas el 22 de febrero de

1916, solicitaba «una pensión para ampliar dichos estudios (de fisiología) y continuar

sus investigaciones en Estados Unidos de Norte América». En efecto, Negrín

planeaba trasladarse con su familia a Nueva York, mientras durara la guerra mundial,

para trabajar con dos eminentes fisiólogos que investigaban en el Rockfeller Institute

for Medical Research y en la Cornell University, interesados como él por el análisis

de «la glucosuria originada por la fluoricina» y el perfeccionamiento de «la técnica

quirúrgico-fisiológica». Añadía que tras seis u ocho meses de estancia en esa ciudad

también estaría interesado en completar la estancia de un año visitando en Boston a

los doctores Cannon y Porter, de la Harvard University, «para conocer prácticamente

los métodos originalísimos que se siguen allí para el estudio de la Fisiología»[1].

La respuesta de Ramón y Cajal se hizo esperar cuatro meses y su contenido

habría de introducir un giro radical en la vida personal y profesional de Negrín. En

efecto, por iniciativa de su presidente, la Junta para Ampliación de Estudios (JAE)

optó por rechazar esa solicitud en favor de una invitación formal para que Negrín se

integrara en la plantilla docente e investigadora de la institución y colaborase en su

magna labor de promoción de la ciencia en España:

 

Hemos visto la solicitud de pensión que Vd. ha dirigido a esta Junta, y sabiendo lo que Vd. ha trabajado en

Alemania y lo que vale, desearíamos conocer si se inclinaría Vd. a venir a trabajar a Madrid, a alguno de

nuestros Laboratorios, para iniciar investigaciones de Fisiología y preparar a los jóvenes que hayan de salir

al extranjero.

Cree la Junta que solo después de una labor en España y de incorporar aquí los conocimientos que Vd.

posee, quedaría plenamente justificada su salida a Estados Unidos o al punto más conveniente, para

refrescarlos y renovarlos.

Mucho agradeceré a Vd. una pronta contestación dándonos su decisión en principio, para someterla a

la Junta y planear su ulterior desarrollo [2].

 

Negrín decidió aceptar la invitación y en el mes de octubre de 1916 se trasladó a vivir

a Madrid (residiendo inicialmente en la calle de Ayala número 70 y luego en la calle

Lagasca número 121, ambas en pleno barrio de Salamanca), una vez confirmado su

nombramiento como director del recién fundado Laboratorio de Fisiología General de

la JAE[3]. Era el quinto de los laboratorios creados por dicha institución para

combinar la práctica docente experimental y la actividad investigadora especializada,

a tono con el objetivo de mejorar la pedagogía de las enseñanzas científicas y abrir

las esclerotizadas universidades al contacto con las tendencias europeas.

Negrín, que contaba entonces solo con 24 años de edad, se sumaba así con todos

los honores, en virtud de su reputado prestigio y bajo la tutela de Ramón y Cajal, a un

núcleo de investigadores de primerísima fila en el campo de las ciencias físico-naturales. De hecho, entre sus pares y colegas, que habrían de ser además sus amigos,

estaría lo más granado de la ciencia española de la primera mitad del siglo: Blas

Cabrera (Laboratorio de Investigaciones Físicas, 1910); Luis Calandre (Laboratorio

de Anatomía Microscópica, 1911); José Sureda Blanes (Laboratorio de Química

General, 1912); Antonio Medinaveitia y José María Sacristán (Laboratorio de

Química Fisiológica, 1915); Gonzalo Rodríguez Lafora (Laboratorio de Fisiología y

Anatomía de centros nerviosos, 1916); Pío del Río Hortega (Laboratorio de

Histología Normal y Patológica, en 1919); Paulino Suárez (Laboratorio de Serología

y Bacteriología, 1913)[4].

El nuevo laboratorio dirigido por Negrín fue emplazado en la llamada Residencia

de Estudiantes, un centro de alojamiento para universitarios fundado en 1910 al modo

de los colleges británicos, regentado por Alberto Jiménez Freud y situado justo al

lado del Museo de Ciencias Naturales, en «los Altos del Hipódromo» (rebautizados

por Juan Ramón Jiménez como «la colina de los chopos»). La ubicación física del

laboratorio de Negrín se situó al lado de otros tres laboratorios en la planta baja del

cuarto pabellón (llamado «El Trasatlántico» por sus amplios ventanales y formas

entonces vanguardistas): un amplio semisótano de unos 57 metros de longitud y diez

de anchura que contaba con subterráneos destinados a almacenes y lavaderos[5].

Negrín se dedicó en cuerpo y alma a su nueva empresa científica, a la que entregó

todos sus instrumentales y la bien surtida biblioteca científica que pudo traer de

Alemania tras el final de la guerra y la normalización de los transportes

continentales[6]. Y lo hizo a pesar de que el sueldo prescrito por la JAE para la

dirección del Laboratorio (600 pesetas mensuales) era digno pero no excesivo en su

categoría, razón por la cual Negrín siguió recabando y recibiendo el auxilio

económico ocasional de su padre y tío paterno para sus gastos personales y

familiares[7].

La calidad de su labor al frente del Laboratorio obtuvo la aprobación de la JAE

tras el preceptivo informe redactado por el médico y biólogo Jesús María Bellido, que

giró una inspección al mismo a finales de 1917 y dejó escrito al respecto para

conocimiento reservado de Ramón y Cajal y Castillejo:

 

La labor que en él (el Laboratorio de Fisiología General) se ha llevado a cabo es seria, intensa y digna de

toda protección. Conocedor desde hace algunos años de los trabajos anteriores de Negrín, y habiendo

tenido la fortuna de ser el primero entre los biólogos españoles que lo trató personalmente, no dudaba que

correspondería con creces a la protección que por esa Junta se le otorgase, y la revisión de lo hecho en el

año y medio de su permanencia en esa ha confirmado mi previsión. En la visita hecha al Laboratorio he

podido admirar la manera como al principio de su actuación al frente del mismo resolvió ingeniosamente

la falta de medios de trabajo, el tino con que ha hecho las adquisiciones de material, lo bien dispuesto del

cursillo de lecciones prácticas que da a los residentes, y sobre todo los resultados de su labor de

investigación, ceñida a la resolución de un problema interesante, que ya le había preocupado durante su

profesorado en Leipzig, y al perfeccionamiento de un recurso de técnica. En el segundo punto, lo hecho en

la demostración de las reacciones vasculares frente a las diversas hormonas y drogas es realmente

afortunado, ya que ha dado una demostración sencilla e irrecusable de la hiperfunción de la médula

suprarrenal después de la picadura del bulbo con glucosuria, asunto debatidísimo que queda

definitivamente resuelto después de lo hecho por mi amigo. […]

Creo que la Junta puede darse por satisfecha y debe ya plantearse el problema de si conviene facilitarle

todos los medios necesarios para sus trabajos, hasta llegar a fundar bajo su dirección un verdadero Instituto

de Fisiología[8].

 

En efecto, Negrín consiguió conformar un laboratorio de primera categoría en el que

pudo continuar sus investigaciones aplazadas desde la partida de Leipzig y, a la par,

fundar una verdadera escuela de fisiología de renombre y prestigio internacional. A

esa labor contribuyó el hecho de que su laboratorio, a diferencia de los otros

laboratorios residenciales, pasó a depender directamente de la JAE y obtuvo una

posición financiera preferencial en la medida en que se integró en el Instituto

Nacional de Ciencias Físico-Naturales presidido por Ramón y Cajal, el gran valedor

científico de Negrín durante toda esa etapa[9].

La estabilización profesional lograda por Negrín le permitió recuperar sus

contactos con los centros de investigación alemanes y europeos más destacados del

momento, a los cuales visitó en distintas ocasiones para actualizar sus conocimientos

teóricos y quirúrgicos[10]. Y en esa misma línea de apertura renovadora impulsó los

primeros contactos de colaboración entre la investigación básica y la industria

española. Así, por ejemplo, su conocimiento de las técnicas bioquímicas para la

determinación de la vitamina A le llevó a estudiar su concentración en el hígado de

los atunes, unas diez veces superior a la encontrada en el hígado de bacalao, cuyo

aceite se empleaba frecuentemente en clínica por aquella época. Pertrechado de esos

descubrimientos, Negrín estableció un acuerdo con el Consorcio Almadrabero para su

explotación industrial, «mediante un proceso que permitía obtener el insaponificable

del hígado de atún con un contenido de vitamina A del orden de 300 000 u. i./ml.»[11].

Apenas situado al frente del Laboratorio, Negrín también estableció su primer

contacto oficial y directo con la universidad española. Lo hizo de la mano de José

Gómez Ocaña, titular de la cátedra de Fisiología de la Facultad de Medicina de la

Universidad Central de Madrid. Reconociendo la valía del joven fisiólogo recién

llegado, en octubre de 1917 Gómez Ocaña le incorporó a su cátedra como «auxiliar

interino». El cargo carecía de remuneración alguna («será desempeñado

gratuitamente»), tenía como fundamento la atención de «las urgentes necesidades de

la enseñanza en esa Facultad» y «los servicios que en él se preste se considerarán de

mérito para su carrera». A partir de entonces, Negrín compatibilizó sus tareas

docentes matutinas en el viejo caserón de San Carlos, en el madrileño barrio de

Atocha y al lado del Hospital Universitario (hoy Museo Reina Sofía), con la activi

dad en el laboratorio de investigación de la colina de los chopos por las tardes[12]. Y

trató de llevar a las aulas su innovadora concepción experimental y química de la

Fisiología, rayana en la moderna Bioquímica, con el consiguiente desconcierto inicial

de bastantes de sus jóvenes alumnos. Así lo recordaría uno de ellos, el doctor Ortiz

Picón años después:

 

Negrín atribuía en sus lecciones especial relieve e importancia a los aspectos bioquímicos de la Fisiología,

produciendo la impresión de que esta —en su sentido clásico— nos era escamoteada. Las disertaciones

teóricas de Negrín eran prolijas en fórmulas de aminoácidos y proteínas; por consiguiente, poco didácticas

para estudiantes ayunos de preparación bioquímica. La proporción de suspensos solía ser considerable[13].

 

Con ese renovado amparo institucional, Negrín pudo participar en 1920 en el

Congreso Internacional de Fisiología reunido en la Sorbona de París con sendas

conferencias (impartidas en un francés perfecto) y la presentación de un aparato

diseñado por él, denominado estalagmógrafo, que servía como contador automático

de gotas de líquido emanadas de la vena de una rana en el experimento de la

determinación de la adrenalina en sangre[14]. El éxito entonces logrado por la

fisiología española fue recogido por el diario El Sol en una crónica elaborada por

Gonzalo Rodríguez Lafora:

 

La delegación española ha dejado esta vez el nombre científico de España a buena altura. Las

comunicaciones y demostraciones de Pi i Suñer y sus discípulos y colaboradores sobre la regulación de la

glucemia, sobre la sensibilidad del neumogástrico y sobre la sensibilidad trófica y los reflejos glicemiantes

despertaron gran interés. Igualmente, Negrín, con sus colaboradores y discípulos, hizo una gran impresión

de investigador a la moderna, y su aparato «el estalagmómetro», ideado para recoger gráficamente el

número de gotas de los líquidos que pasan a través de los vasos sanguíneos en las experiencias de

Trendelemburg, para determinar la acción constrictora o dilatadora de diferentes sustancias, tuvo gran

éxito; tanto que muchos fisiólogos eminentes que asistieron han pedido a Madrid este ingenioso aparato

fisiológico. Las comunicaciones de este investigador español sobre el contenido en adrenalina de las

cápsulas suprarrenales después de la célebre «piqûre» de Claudio Bernard, y acerca de la acción de esta

sobre la presión arterial, despertaron considerable interés y fueron seguidas de la intervención de

numerosos fisiólogos extranjeros[15].

 

En su fecunda tarea científica e institucional al frente del Laboratorio de la JAE,

Negrín contó desde el comienzo con el auxilio de su paisano canario, el médico José

Domingo Hernández Guerra, con el que tenía un lejano parentesco y que se convirtió

ya en 1916 en su «ayudante de laboratorio» y «mano derecha». Con él, que sería su

gran amigo y su más íntimo colaborador hasta su temprana muerte en 1932, Negrín

publicaría conjuntamente varios artículos científicos relevantes[16]. A Hernández

Guerra se le sumó enseguida una primera nómina de colaboradores (con la categoría

de «becarios» o de «ayudantes») entre los que destacarían José María del Corral

García, José Sopeña y José Miguel Sacristán, todos ellos seguidores de las líneas de

investigación abiertas por Negrín y centradas inicialmente en el estudio de la

secreción de adrenalina y su relación con el sistema nervioso[17].

Poco después, ya en la década de los años veinte (una vez convertido en

catedrático universitario), se irían formando al lado y bajo la tutela de Negrín como

investigadores una segunda generación tan brillante si no más que la primera, pero

orientada hacia la investigación bioquímica o farmacológica: Severo Ochoa de

Albornoz, Francisco Grande Covián, José María y Francisco García-Valdecasas, Blas

Cabrera Sánchez (hijo del físico homónimo), Rafael Méndez Martínez, José Puche

Álvarez, Ramón Pérez-Cirera, Pedro Barreda o incluso Marcelino Pascua, José

García-Blanco y Francisco Vega Díaz[18]. A este grupo habría de pertenecer también el bilbaíno Pedro Arrupe, que en 1927 decidió abandonar la investigación fisiológica

para ingresar en la Compañía de Jesús (de la que llegó a ser Superior General).

Aunque Negrín no se resignó a perder «un buen discípulo» e intentó sin éxito

disuadirlo en su empeño, acabaría confesando: «Será un gran sacerdote como hubiera

sido un gran médico»[19].

Todos ellos guardarían siempre un afecto muy especial por quien consideraban su

maestro, con independencia de sus respectivas orientaciones políticas e ideológicas

en el futuro. Y sus testimonios acreditan tanto la talla intelectual como la gran

humanidad, cortesía y generosidad de Negrín. Así lo recordaría el doctor José Puche

bastantes años después:

 

Negrín como jefe era enérgico y riguroso. No admitía en sus discípulos asomo de pereza, detestaba la

doblez y la pedantería. Toleraba mejor la timidez o la ignorancia pensando que acaso tuvieran compostura.

Poco aficionado a las definiciones, alguna vez dejaba oír su sentir más profundo. Su devoción por la

ciencia se manifestaba de manera tajante, alguna vez le oí decir: «La Ciencia debe ser cultivada con

esfuerzo y el ferviente propósito de servir a la verdad». «Un solo hecho bien observado y ordenado puede

ejercer más influencia en el saber científico que miríadas de hipótesis imaginadas.» […] Muy parco en los

elogios a sus discípulos comentaba, cuando no estaban presentes, con fruición y alegría, sus progresos.

[…] Su cordialidad, siempre latente, solía manifestarse ante cualquier ocurrencia graciosa de los

muchachos[20].

 

Sobre la proverbial generosidad de Negrín baste mencionar el sistemático apoyo

material, e incluso financiero, que procuró prestar a sus discípulos y ayudantes en

todo momento. No se trataba solo del hecho de que pusiera a su disposición y sin

reservas su amplísima biblioteca científica (fruto de esa pasión bibliográfica

adquirida en Leipzig que le acompañaría toda su vida) o sus variados contactos en el

extranjero (para facilitar estancias de estudio allí de todos ellos). Se trataba de

compartir parte de su propio salario habida cuenta de la precariedad de la situación

laboral de sus ayudantes y de las dificultades de encaje académico en la universidad

española. Así, por ejemplo, en enero de 1931 Negrín llegaría a solicitar formalmente

a la JAE que su salario como director del laboratorio (600 pesetas mensuales) fuera

desgajado en cuatro partes equitativas para que fueran abonadas directamente a

Severo Ochoa, Blas Cabrera, Rafael Méndez y Grande Covián. Y ello porque se

trataba de «jóvenes médicos que llevan trabajando varios años con asiduidad y

provecho» y dedicaban «exclusivamente sus actividades a la investigación y a la

enseñanza»[21].

El fruto de ese apoyo constante e indeclinable puede verse en las evocaciones de

algunos de esos discípulos sobre su etapa formativa en el laboratorio dirigido por

Negrín. Francisco García-Valdecasas, el ya mencionado alumno decididamente

opuesto a su maestro durante la República y la guerra civil, recordaría con

posterioridad: «Guardo gratísimo recuerdo del doctor Juan Negrín, con la admiración

y el agradecimiento que debe todo discípulo a su maestro». Y añadía:

 

Estudié en Madrid, junto con mi hermano José María, que tenía mis mismas aficiones. […] Conocíamos a

Severo Ochoa desde niños; su familia pasaba los veranos en Málaga, donde yo nací, porque su madre era

asmática y necesitaba alejarse del mal tiempo asturiano. José María y Severo eran como hermanos, y los

dos quedaron cautivados al escuchar a Negrín. Hicieron todo lo posible para poder trabajar con él y lo

consiguieron. Su entusiasmo era contagioso, y yo me fui detrás [22].

 

En efecto, Severo Ochoa, el ayudante que alcanzaría el Premio Nobel de Fisiología y

Medicina en 1959, quedó cautivado al entrar en la Facultad de Medicina por un

«profesor joven, brillante y capaz de motivar». Y siempre reconocería su deuda de

gratitud con quien llegaría a considerar «mi padre (intelectual)» sin ambages y a

pesar de sus diferencias posteriores: «Negrín abrió amplias y fascinantes perspectivas

en mi imaginación, no solo a través de sus conferencias y enseñanzas de laboratorio

sino también mediante su consejo, ánimo y estímulo para leer monografías científicas

en otras lenguas distintas del español». Así recordaría Ochoa muchos años después

sus primeras visitas al Laboratorio de la Residencia en el año 1924:

 

Este ocupaba dos plantas. Una principal y un semisótano. El acceso, por la planta principal, conducía a un

laboratorio que contenía dos mesas de trabajo de tipo químico. La sala contigua, a la izquierda del mismo

según se entraba, contenía una magnífica biblioteca. Esta biblioteca, creación de Negrín, era sin duda en

aquellos tiempos la más completa que en el área de la biología existía en el país. En ella se encontraban no

solo las principales revistas mundiales de fisiología y bioquímica sino las enciclopedias comunes en aquel

tiempo tal como el «Abderhaldens Handbuch der Biologischen Arbeitsmethoden», y una seleccionada

colección de libros de texto y monográficos. Allí leí el libro de Jacques Loeb, «The Mechanistic

Conception of Life», que tuvo considerable influencia en mi pensamiento científico y filosófico. […]

Creo que, cuando Negrín nos invitó a trabajar en el laboratorio de la Residencia, Valdecasas y yo

éramos los únicos estudiantes que asistíamos al mismo. Dicha asistencia era por la tarde, después del

almuerzo; porque la mañana la pasábamos en el laboratorio de fisiología de la Facultad de Medicina, en el

viejo edificio de San Carlos, donde éramos ayudantes de clases prácticas y trabajábamos como jefes de

grupo dirigiendo las excelentes prácticas que en el laboratorio se hacían[23].

 

Al igual que el testimonio de gratitud de Ochoa (o de García-Valdecasas), podrían

enumerarse muchos otros análogos de los restantes discípulos de Negrín. Sin

embargo, quizá es el testimonio del doctor Puche el que mejor evoca la estatura moral

e intelectual del maestro y su duradera influencia sobre los miembros de la escuela:

 

Aquel simpático lugar de trabajo (el Laboratorio de la Residencia) adquiría interés inusitado cuando su

titular hallábase presente. Don Juan, como le nombrábamos respetuosamente sus discípulos y amigos,

confería un dinamismo peculiar a aquel modesto recinto. El tiempo parecía discurrir más aprisa y el

trabajo era más efectivo. La amplitud y seguridad de los conocimientos de Negrín nos ahorraba, a quienes

le escuchábamos, muchas horas de lectura y no pocas perplejidades. Muchas veces el problema consistía

en captar de una vez su caudalosa información, pero cuando D. Juan advertía llegado el punto de

saturación de sus interlocutores cambiaba jovialmente de tema […] En aquel ir y venir la enorme

personalidad de Negrín conservaba íntegramente su prodigiosa eficacia. Cuántas veces se me ocurrió

pensar lo que pudo haber hecho esta persona excepcional de haber podido concentrar sus esfuerzos en la

estricta investigación científica[24].

 

Quizá una de las pocas observaciones críticas sobre Negrín que se advierte en los

testimonios de sus discípulos y colaboradores concierne a su sensibilidad ligeramente

hipocondríaca (propia, por otra parte, de muchos médicos), que le llevaba a tener una

confianza quizá excesiva en la bondad de la terapéutica farmacológica. Como dejaría anotado el doctor Álvarez Sierra:

 

… llevaba siempre los bolsillos llenos de medicamentos. Tenía la obsesión de si podría darle algún ataque

de angina de pecho (es posible que hubiese sufrido algún amago), y llevaba comprimidos para tal

contingencia: grajeas para evitar el mareo, aspirinas, digestónicos y, lo más curioso, unos especiales para

provocarse el vómito, si después de haber comido se encontraba con agobio gástrico. Era un buen

«gourmet»[25].

 

El testimonio previo alude oblícuamente a un hecho cierto y comprobado: desde su

afincamiento en Madrid Negrín empezó a sufrir transtornos estomacales

(probablemente un principio de úlcera) que le causaban frecuentes vómitos y

molestias gástricas y a los que trataba de aplacar con recursos farmacológicos

(básicamente con bicarbonato). Esas dolencias se intensificarían años después hasta

llegar a constituir un verdadero problema de salud en los años de la guerra civil y el

exilio.

Al margen de la sensibilidad hipocondríaca y farmacológica, también causaba

alguna sorpresa entre sus discípulos y en la España de entonces la exquisita pulcritud

corporal y de atuendo de Negrín, importada de Alemania y exacerbada por exigencia

de sus labores quirúrgicas y por su conocimiento de los medios de transporte

bacterianos y víricos desvelados por el uso habitual del microscopio. Ese sentido de

la pulcritud devino pronto en una verdadera manía por la limpieza que le llevaba a

usar gran cantidad de pañuelos de mano y a contemplar con verdadera aprensión las

prácticas sociales que implicaban el uso comunitario indiscriminado de objetos

«peligrosos» (como vasos, toallas y cubertería)[26].

En todo caso, no es de extrañar que, habida cuenta de las estrechas relaciones

personales establecidas con sus discípulos, Negrín echara mano de muchos ellos

cuando finalmente emprendiera su carrera política. De hecho, José María García-

Valdecasas y Blas Cabrera Sánchez llegarían a ser sus secretarios particulares durante

la guerra civil, en tanto que Rafael Méndez, José Puche, Marcelino Pascua y Grande

Covián colaborarían con él en distintos puestos relevantes durante la contienda y en

el exilio. Mención aparte merece el nombre de Elías Delgado, un joven muchacho

burgalés que fue adscrito al laboratorio de Negrín desde el comienzo como conserje y

chico para todo. Con el paso del tiempo, Delgado se convertiría en el verdadero

administrador del centro y secundaría los pasos políticos de Negrín para convertirse

en mayordomo de su casa, cocinero y asistente personal incluso en los años del

exilio[27].

La rápida consolidación de la escuela fisiológica de Negrín en Madrid hizo

necesario proceder al trámite de la convalidación oficial de sus estudios médicos en

Alemania. Solicitó la misma al Ministerio de Instrucción Pública con fecha de 2 de

julio de 1917. Por decisión del ministro, a la sazón el liberal Santiago Alba, una Real

Orden de 4 de abril de 1918 autorizaba la realización del «examen de reválida o de

conjunto» para convalidar su título alemán de licenciado en Medicina por el equivalente español. Se sometió a los ejercicios correspondientes en la vieja Facultad

de Medicina de San Carlos el 24 de septiembre de 1919, obteniendo la calificación de

«Sobresaliente». Por eso mismo le fue concedido el primer Premio Extraordinario de

Licenciatura del curso 1918-1919 (por delante de quien sería luego un reputado

colega, Carlos Jiménez Díaz). En ese mismo curso y en el mismo mes de septiembre

de 1919, realizó los estudios de Doctorado aprobando todas las asignaturas

obligatorias: Historia de la Medicina (con Notable); Parasitología (Notable);

Psicología Experimental (Notable); y Análisis Químico (Sobresaliente)[28].

La necesidad de cursar las asignaturas de doctorado vino impuesta por el hecho

de que Negrín no consiguió convalidar su título alemán de doctor. Por eso mismo

hubo de realizar una nueva tesis doctoral en España. El nuevo trabajo doctoral

realizado llevó por título El tono vascular y el mecanismo de la acción vasotónica del

esplácnico[29]. En el mismo abordaba lo que entonces era una gran controversia en el

ámbito de la Fisiología: el origen del efecto de los nervios esplácnicos sobre la

presión arterial, dado que la estimulación de dichos nervios provocaba una gran

secreción de adrenalina que iba seguida de la aceleración del ritmo cardíaco y de un

aumento de la presión arterial. Después de un «estudio exhaustivo de la bibliografía

existente» y de los experimentos quirúrgicos correspondientes (con perros y conejos),

el entonces doctorando llegaba a unas conclusiones que «se enmarcan en la cumbre

de lo que se sabía en su época» (según Díaz Chico):

 

1.ª El descenso de la presión arterial provocado por la sección de los nervios esplácnicos es pasajero y

puede incluso faltar.

2.ª Los impulsos nerviosos de origen central ejercen un papel secundario en el sostenimiento del tono

vascular.

3.ª El descenso primario y ascenso secundario de la presión arterial que se observa después de excitar

los esplácnicos es debido a la secreción de adrenalina.

4.ª La parte medular de las suprarrenales juega un papel importante en la regulación del tono vascular. 5.ª Este papel no hay que concebirlo como el de una acción permanente, que sería sin igual en la

fisiología de todos los órganos secretores.

6.ª De igual carácter y permanencia parece carecer la acción tonorreguladora de origen central, por lo

menos en el área inervada por el esplácnico.

7.ª Independientemente del sistema nervioso y de la secreción adrenal, puede el sistema vascular

sostener su tonicidad propia, lo cual constituye una propiedad inherente de la musculatura lisa.

 

El tribunal de tesis correspondiente, reunido el 26 de junio de 1920 y constituido por

los doctores Teófilo Hernando, Ramón Jiménez, Dionisio Herrero, Alfonso Medina y

Pedro Mayoral, decidió por unanimidad otorgarle la máxima calificación entonces

posible: «Sobresaliente»[30]. No en vano, tanto la temática como el modo de

exposición adoptado por Negrín eran de «gran originalidad» (a juicio de Álvarez

Sierra) y suponía «una notable modernidad» (según Díaz Chico)[31].

Superado ese postrero trámite, Negrín pudo finalmente intentar el acceso a la

función docente universitaria mediante la presentación a oposiciones de catedrático

de su especialidad. El prematuro fallecimiento en julio de 1919 del encargado de la

cátedra madrileña de fisiología, José Gómez Ocaña, le abrió una inesperada oportunidad. Convocado el correspondiente concurso de oposición en julio de 1920,

Negrín firmó la plaza al igual que otros varios candidatos de prestigio entre los que

destacaban su exalumno José María del Corral y el doctor Carlos Jiménez Díaz (amén

de otros cuatro doctores: Alfonso Medina, Miguel Bañuelos, Estanislao del Campo y

Celestino Torremocha). El tribunal examinador seleccionado por sorteo fue publicado

en la Gaceta de Madrid el 20 de abril de 1921. Estaría presidido por el decano de la

Facultad de Medicina de Madrid, el ginecólogo Sebastián Recasens, y lo componían

los doctores Manuel Márquez (oftalmólogo), Teófilo Hernando (terapéutico),

Leonardo Rodrigo Lavín (fisiólogo) y, en calidad de secretario, Jesús M. Bellido

(farmacólogo)[32].

Los ejercicios correspondientes, compuestos por pruebas muy exigentes y

abiertas a un público numeroso y expectante, se desarrollaron entre el 1 y el 22 de

febrero de 1922 en la Facultad de Medicina madrileña. Al final, solo concurrieron a

las pruebas cuatro firmantes: Corral, Del Campo, Torremocha y el propio Negrín.

Este «orientó sus temas en tres sentidos»: la exposición de lo que era la Química

Fisiológica (antecedente de la Bioquímica); la «descripción de modernos aparatos y

técnicas de laboratorio»; y la exposición de «abrumadora cantidad de fichas

bibliográficas rusas, alemanas, suecas, austríacas, etc.». Según el testimonio posterior

de uno de los doctores presentes entre el público (de orientación política contraria a la

de Negrín), sus ejercicios fueron una muestra de «positivos aciertos y rigorismo

doctrinal». Y añadía:

 

Lo cierto es que tanto el Tribunal como los que presenciábamos los ejercicios sabíamos de todo aquello

mucho menos que él. Algunos, absolutamente nada[33].

 

En esas condiciones, a nadie sorprendió la decisión tomada por el Tribunal, de modo

unánime y sin discrepancia alguna, en su «sesión pública» del 22 de febrero de 1922.

Como reza el acta oficial de la misma:

 

Reunidos los Señores del Tribunal que al margen se expresan [todos los integrantes] a las doce y tres

cuartos de la mañana, en el Anfiteatro grande de la Facultad de Medicina, se abrió la sesión y leída el acta

de la anterior, fue aprobada.

Terminados los ejercicios de estas oposiciones el Tribunal, en cumplimiento de lo dispuesto por el

artículo treinta y cuatro del Reglamento, procedió en sesión pública a la votación, que dio el resultado

siguiente:

Los Señores Bellido, Hernando, Márquez, Maestre [suplente de Rodrigo Lavín] y Presidente, votaron

al opositor don Juan Negrín y López.

En vista del resultado de la votación, el Tribunal por unanimidad propone para la Cátedra de Fisiología

humana, vacante en la Facultad de Medicina de la Universidad Central, al opositor don Juan Negrín y

López[34].

 

En consecuencia, el 4 de marzo de 1922, una Real Orden publicada en la Gaceta

nombraba a Negrín catedrático de Fisiología Humana de la Universidad Central de

Madrid, «con el sueldo anual de 6000 pesetas, más 1000 pesetas por conceptos de

residencia y demás ventajas de la Ley». Tomó posesión formal de la misma el día 16 de marzo. Y su colega y amigo, el doctor Rodríguez Lafora, no dejó de aludir al

hecho en una nueva y elogiosa crónica periodística contemporánea en el diario El Sol:

 

La organización de los estudios médicos está entrando en España en una nueva fase de mejoramiento. Nos

referimos a la selección de los nuevos profesores… En estos últimos días han sido elegidos dos hombres

de positivo valer: uno, el doctor Negrín, para la Cátedra de Fisiología de la Facultad de Medicina, y otro,

el doctor Gallego, para la de Histología de la Facultad de Veterinaria. Ambos son dos investigadores que

han probado sobradamente su capacidad con numerosas publicaciones de trabajos originales[35].