NERVE
Nueve
Entramos por la puerta principal del auditorio y nos limpiamos con la manga la humedad de la cara antes de llegar más adentro. Una música de baile atruena a la par de unas risotadas. Cuando entramos en el salón principal, Sydney —aún vestida con un corsé lo bastante ajustado para asfixiar a la mayoría de los mortales— revolotea por el escenario con los miembros masculinos del reparto, gais y hetero, que van siguiendo su estela. Se ocultan corriendo detrás de una gasa que diseñó Tommy y yo ayudé a pintar. Dependiendo de cómo se iluminaba ese telón de gasa durante la obra, la vista desde el público cambiaba entre una pradera alpina y el crudo retablo de un cuartillo de interrogatorio. Ahora mismo está en el modo pradera, con Sydney en el papel de su más colorida mariposa.
Me rodeo con la cazadora como si fuera un capullo de seda y observo cómo mira Ian a los actores. ¿Están siguiendo sus ojos a Sydney?
Cuando la mirada de Syd se cruza con la mía, salta del escenario.
—¡Veeeeeeeee! ¡Te hemos estado animando desde aquí!
A pesar de sus tacones de diez centímetros, viene corriendo por el pasillo central y casi me tira al suelo con un abrazo tan fuerte que noto las varillas de bambú que lleva su vestuario.
¿Y esto? Si estaba enfadada después de mi reto de anoche, ahora debería estar furiosa. Tal vez esto sea una muestra pública de apoyo a su mejor amiga, algo que cuesta creer después de su traición pública con Matthew.
Se aparta, con lo ojos en Ian. Él me rodea con el brazo y extiende el otro para presentarse.
Ella se ríe y le enseña el móvil.
—Pues claro que sé quién eres. Todos lo sabemos. ¿Habéis visto las rondas del gran premio en Chicago? Un tío acaba de nadar en tripas de pescado.
Sydney hace un gesto a Jake, un chico casi tan bajo como yo, que sostiene una tableta. Alguien chapotea en el vídeo, y juro que huelo el pescado rancio. En cuanto termina el vídeo, salta un anuncio que flota por la pantalla. Es una imagen de una chica que también nada en algo viscoso, solo que es verde y ella trata de respirar. Una ventana emergente reemplaza su foto con otra de una chica con coletas y una camiseta de vampiros, temerosa ante dos chicas que visten unos pantaloncitos pegados y llamativos. Oh, Dios mío.
Señalo la pantalla.
—No me puedo creer que estén usando fotos mías para promocionar el juego.
Sydney suelta un grito ante mi reacción.
—Pues créetelo. Bueno, ¿por qué estáis aquí? ¿Se ha acabado el juego? ¿Habéis decidido no arriesgar todas vuestras ganancias en la ronda del gran premio? Acaban de empezar una en Colorado.
Ian baja el brazo y me achucha por la cintura, un movimiento que no se le escapa a Syd.
—Estamos en una especie de modo «esperar a ver». Llevas un maquillaje fantástico, por cierto.
Sydney se acaricia la mejilla.
—Sí, es que Vee tiene mucho talento.
Ian me presiona con la cara en el pelo por un instante.
—Sí, muy mucho.
Syd ladea la cabeza como si no estuviera segura de haberle oído bien.
Una parte de mí desea saborear el momento; otra parte de mí quiere acabar con esto de una vez. Ya. Preparada o no, abro la boca.
—Oye, Syd, hay algo que tenemos que hablar —ojalá pudiese decirle que esto forma parte de un reto.
Se arruga su frente.
—¿Algo como por qué decidiste seguir participando en NERVE? Creo que lo entiendo —guiña un ojo a Ian. ¿Pero de qué va? ¿Acaso cree que la vamos a recomendar cuando presente su solicitud el mes que viene?
Ian pasa de ella y saca el móvil como si estuviera comprobando los mensajes. Me mira y me lanza un beso sin apartar los ojos un solo instante hacia Sydney. Creo que me he enamorado.
Sydney se queda allí inexpresiva. ¿Algún tío ha pasado de ella alguna vez?
—Verás, Syd… —digo.
Suena un portazo procedente del fondo del teatro.
Tommy entra desfilando por la entrada principal. Sus ojos me atraviesan como rayos láser.
Una ola de culpa amenaza con engullirme. Le hago un débil saludo con la mano. ¿Qué está haciendo aquí?
Se pone delante de la cara una cámara de aspecto profesional. Tiene un micrófono en la parte de delante, como el cuerno de un rinoceronte. Oh, cielos, debe de ser nuestro Seguidor oficial.
Me vuelvo hacía Ian, pero él tiene los ojos clavados en el móvil con una expresión de asombro. Traga entonces saliva y dice:
—Dile lo que tienes que decirle. Rápido.
Carraspeo y le digo a Syd.
—Accedí a participar en las rondas en vivo porque estaba enfadada contigo.
Ella se lleva una mano al pecho.
—¿Conmigo?
No puedo evitar sentirlo un poco por ella. Mi comportamiento y el de Ian debe de estar provocando que se cuestione la realidad tal y como ella la conoce.
Tommy se detiene muy cerca de nosotras para encuadrarnos a Sydney y a mí, debajo del micrófono. Una luz roja parpadea en su cámara como el latido de un corazón furioso.
Sydney entrecierra los ojos.
—¿Qué estás haciendo, Tommy?
Él se lleva un dedo a los labios.
Agarro a Syd del brazo.
—Vámonos detrás, a uno de los camerinos.
Ella se resiste.
—¿De qué va esto? ¿Por qué estabas enfadada? —su voz se ha elevado varios decibelios.
¿De verdad no lo sabe?
—Te lo diré cuando tengamos un poco de intimidad.
—Si quieres intimidad, tu novio no debería estar retransmitiendo esto —dice Tommy gruñendo.
La frente de Sydney se tensa. Trata de quitarle el móvil a Ian.
—¿Tú también estás grabando esto? ¿Es un reto? ¿Estáis haciendo esto para otro reto?
Ian se guarda el móvil en el bolsillo, pero en vez de responder a Syd, mira desafiante al resto de la sala, como si les estuviera retando a que se atreviesen a detenerme.
Trato de terminar con esta horrible misión.
—Mira, Syd, solo tengo que decir una cosa muy rápida, y después nos iremos.
Me digo a mí misma que esto no constituye una invasión de su intimidad. Tampoco es que ella se haya preocupado nunca mucho por la intimidad. Su página de ThisIsMe está llena de fotos en bikini.
—Me enfadé contigo porque fuiste a por alguien que tú sabías que me interesaba a mí —le digo en voz baja.
—Más alto —dice Tommy—. Tu público no te oye.
Sydney se cruza de brazos, lo cual solo le acentúa más el canalillo. Ahora que sabe que está en escena, no hay forma de saber hacia dónde irán las cosas, salvo que ella acabará quedando bien ante su público. Espera un minuto, es mi público.
Cuanto más rápido termine el reto, más probabilidades tengo de sobrevivir. O al menos de no desmayarme. Ya he empezado a ver puntitos.
—Tú sabes que me gustaba uno de los actores con quien compartías escenario — miro a Ian con la esperanza de que se haya dado cuenta de que lo he dicho en pasado, pero no parece que se esté fijando en mí. Su rostro está lleno de dolor.
Continúo de todas formas.
—Pero te has tirado a por él esta noche, en el último acto. El guión dice «beso», no «magreo».
Syd me mira con ojos desorbitados.
—¿Estás hablando de Matthew? —su bien entrenada voz llena el teatro.
—¿Qué pasa conmigo? —dice Matthew, que salta del escenario.
Cuando se une a nosotros, distingo tres tonos diferentes de lápiz de labios en sus mejillas y el aroma de, por lo menos, otros tantos perfumes. Este tío es una puñetera placa de Petri.
Levanto la mano hacia él.
—Matthew, no pasa nada contigo.
Alguien ha cortado la música. ¿La señora Santana? ¿Dónde está, por cierto? ¿Y dónde están Liv y Eulie? Ellas me defenderían, estoy segura. Todos los demás se nos quedan mirando, y algunos apuntan los móviles. Incluso Jake, el chaval que a veces me ayuda con el diseño del vestuario, sostiene su tableta en alto para grabar la escena. Debería estar acostumbrada a este tipo de atención esta noche, pero la penetrante mirada de las cámaras me quema en la piel como unos atizadores al rojo.
Me doy la vuelta hacia la gente.
—Vale, chicos, volved a la fiesta. Todo esto estará subido a internet dentro de nada.
Nadie se mueve.
Me froto las palmas de las manos, la una contra la otra.
—Da igual, eso es todo cuanto quería decirte, Sydney. Me marcho. Ah, y te has pasado de emotiva en la escena del interrogatorio.
Eso debería satisfacer el reto. Y, ahora que lo he hecho, ya no estoy superenfadada con ella. ¿A quién le importa Matthew?
Me agarra del brazo.
—Te voy a enseñar yo emotividad. Me acabas de acusar de traicionarte. No pensaba que siguieras en serio detrás de Matthew, no después de mis advertencias — se le han puesto coloradas las mejillas, lo cual le quedaría horrible a cualquier otra, pero a ella le realza su increíble estructura ósea—. Ya me has acusado antes de alguna estupidez, pero yo jamás te apuñalaría por la espalda. ¿No te has fijado en la fuerza con la que Matthew me tenía agarrada en el escenario? No he podido separarme. ¿Ves este moratón? —se señala el brazo.
¿Matthew no la soltaba? La tenía agarrada con muchísima fuerza. Y el hecho de que él fuese quien le ha regalado las flores no significa que ella le correspondiese. Ay madre, la que he liado. Retrocedo.
—Oye, perdona. Mira, mañana hablamos de esto, ¿vale?
Sydney se abalanza hacia delante.
—No, deberíamos hablarlo ahora. Al fin y al cabo, para eso están las cámaras, ¿no?
Tiene los brazos en jarras, y me saca más de quince centímetros gracias a esos tacones de aguja que yo le escogí como parte del vestuario.
El teatro se ha quedado en silencio. Cuando miro a mi alrededor, los rostros y los móviles me observan con la implacable mirada de un jurado. Joer. La he cagado a base de bien. Sydney se queda allí, como una estatua, radiante, indignada. Como de costumbre, ella se impone.
—Estoy esperando una explicación, Vee —da golpecitos con el pie en el suelo.
Es como si todos los demás hubiesen adoptado la misma pose. Juro que ellos también están dando golpecitos con el pie en el suelo. El teatro retumba, acusador. Una vez más, yo soy la «quiero y no puedo», solo que, esta vez, mi condición de segundona está a la vista de miles de personas, ya no se esconde detrás del telón.
Es como si se parase el tiempo. ¿Cómo puedo retroceder a los deliciosos momentos en el coche de Ian, antes de que él presenciase esta total humillación? Qué lástima que Tommy también esté mosqueado conmigo. Si alguien pudiese inventar una máquina del tiempo, sería él.
Como último recurso, sacudo la mano derecha en el costado para llamar la atención de Sydney. Cuando ella la mira, utilizo la lengua de signos para decirle «Lo siento. De verdad. Deja que me vaya, ¿vale?».
Ella observa mi mano, y se ablanda su mirada. ¿Me dará un respiro? Tiene que entender por qué he pensado lo que he pensado, por qué he hecho lo que he hecho. ¿Quién me conoce mejor? ¿Y quién quiere protegerme siempre?
Contengo la respiración y signo: «Por favor».
Levanta la cabeza de golpe.
—Me debes una disculpa. Ahora.
Me acabo de disculpar en la lengua de signos. ¿Acaso quiere humillarme públicamente? Por supuesto que quiere. Venganza. ¿Cómo han acabado las cosas tan mal? Un ardor me llena el pecho.
—Tengo que irme.
Sus ojos se clavan en mí.
—¿Otra vez? ¿Después de haberme traicionado y de ofrecerme tu experta crítica sobre mi interpretación? —hace un gesto negativo con la cabeza—. Deberías haber aclarado las cosas justo después de la obra. Fuera de cámara. Ni siquiera te has quedado lo suficiente para saludar a tus padres.
Se me corta el aliento.
—¿Mis padres?
Me chasquea la lengua un par de veces.
—Claro. Estaban increíblemente orgullosos. Hasta que han descubierto que te habías largado sin decirle a ninguno de nosotros adónde ibas. Buen trabajo, Vee.
Me puedo imaginar la cara de mis padres. Les ha costado mucho dejarme escapar a su vigilancia esta noche. Y yo estaba ansiosa por demostrarles que no tenían nada de lo que preocuparse. ¿Cómo les he podido fallar así? ¿Y cómo ha podido Syd meter a mis padres en esto? Este es el peor reto. Si no me hubiese inscrito en NERVE, habría estado aquí cuando vinieron mis padres, les habría mostrado que todo ha vuelto realmente a la normalidad. Pero lo he reventado todo por un móvil y un par de zapatos nuevos. Las lágrimas de frustración y de ira comienzan a recorrerme las mejillas.
Ian da un paso al frente.
—¿Ya estáis contentos, panda de gilipollas? —sin previo aviso, se abalanza sobre Jake y le quita la tableta—. Apaga eso antes de que te reviente.
Alargo la mano hacia el brazo de Ian.
—Jake no ha hecho nada.
Ian me aparta y le echa el aliento a Jake en la cara.
—Largo de aquí, pringao.
Jake retrocede corriendo con aspecto de ir a romper a llorar. Se tropieza con unas sillas en su camino hacia el escenario para unirse al resto de los actores.
Ian me coge la mano.
—Vamos.
No quiero irme con él si se está comportando de ese modo, pero quedarse aquí, donde todo el mundo me mira como si fuera una delincuente, parece aún peor.
Cuando desfilamos por delante de Tommy, él baja la cámara. Bajo sus ojos se han formado unos oscuros manchurrones.
—Otra magnífica interpretación.
Lo atravieso con la mirada.
—Tommy, espero que te estén recompensando bien por tu pequeña producción cinematográfica.
Él gruñe mientras juguetea con un cable.
—Tengo lo que quería.
Algo me empuja a detenerme y decir:
—Mira, para que conste, cuando hablé contigo pensaba sinceramente que se había acabado el juego para mí, pero me ofrecieron esto, y era demasiado jugoso para resistirse.
Arruga el gesto de la cara.
—Si esto es lo a lo que tú llamas jugoso, entonces no eres la chica que yo creía.
No soy la chica que yo creía, tampoco. No sé lo que soy. Salvo la persona que sigue a Ian al exterior del teatro con la cabeza baja.
Sydney llega corriendo hasta nosotros cuando vamos por el vestíbulo. ¿Habrá cambiado de ánimos?
Sin embargo, anuncia sin aliento:
—A pesar del cabreo tremendo que tengo contigo, no creo que debas irte con él. Deja el juego ya. Ese reto haciendo de puta ha sido peligroso de verdad. Y mira qué retorcido es este. ¿De verdad quieres irte con este capullo, después de cómo ha tratado a Jake?
Sydney lanza una mirada agresiva a Ian, que se da la vuelta con aspecto de estar absolutamente incómodo. Se ha evaporado toda la ira que ha mostrado hace unos instantes. ¿Será una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde?
—Yo solo quiero irme a casa —digo.
Sydney se dirige a Ian.
—¿Podrías dejarnos un minuto? ¿Sin pegar a nadie?
Él suelta un resoplido sonoro y sale al exterior. Sydney menea la cabeza.
—Ya sé que está bueno, Vee, pero en serio, ¿tengo que explicarte por qué no debes irte con él?
Una sensación de cansancio se apodera de mí.
—¿Qué crees que soy? ¿Una especie de mema descerebrada incapaz de cuidar de sí misma?
Sydney apuñala el aire con la perfecta manicura de su dedo.
—Te lo estoy diciendo como tu amiga, aunque tú no te hayas comportado como tal en los últimos minutos. Ese tío no trae nada bueno.
Suspiro.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Arruga la nariz.
—Has visto cómo acaba de amenazar a Jake. Y antes de eso, incluso, había algo demasiado, demasiado… mmm, que es demasiado perfecto.
La tensión me invade el cuello.
—¿Quieres decir demasiado perfecto para mí?
—Eso no es lo que quiero decir, ni mucho menos.
Pero lo es, puedo verlo en la expresión de su rostro.
—Buenas noches, Syd.
Salgo corriendo al exterior, a pensar. Quizá debería llamar a un taxi.
Ian está acurrucado debajo de la marquesina, que no sirve de mucho contra el viento y la lluvia. Su expresión es de tristeza, no de enfado, pero aun así no me quiero meter en el coche con él.
Mantengo la distancia y le digo a voces:
—¿A qué ha venido lo de ahí adentro?
Ian da un golpe con la palma abierta contra la pared.
—Mi reto. Esos cabrones querían que me comportase de un modo que odio profundamente. Lo siento.
Aj, mierda, claro. Los del juego no nos iban a dejar escapar tan fácilmente. Me acerco a él y le doy un toque para señalarle el coche. Mientras corremos hacia allí, Sydney abre la puerta a nuestra espalda para gritar algo que desaparece en la brisa. Una vez dentro del coche, Ian arranca el motor y enciende la calefacción.
Su mandíbula sigue encajada.
—¿Crees que ese chaval, Jake, estará bien?
—Claro, tampoco es que le pegaras de verdad.
—Pero sí lo he humillado. Y lo he asustado. Créeme, a veces es mejor que te peguen en vez de eso.
—Sí. Menuda mierda de reto. Todos mis amigos me odian ahora.
Me coge de la mano.
—Quizá haya tenido algo bueno, que te has mantenido firme con Sydney. Y estabas encantadora con los puños apretados.
—Aj, ojalá hubiera alguna forma de meterse en la página de NERVE y borrarlo todo.
Miro el móvil. Faltan diez minutos para las doce. No voy a llegar a casa a tiempo ni aunque salgamos pitando hacia la bolera a buscar mi coche. Bueno, estar otra vez castigada no va a perjudicar exactamente mi vida social. La he liado parda.
—Deberíamos irnos —le digo.
Él asiente con un aire tan derrotado como el que yo siento, pero antes de que pueda mover el coche del sitio donde lo tiene aparcado, nos suenan los móviles con una musiquita suave de arpas y campanillas. No me quedan fuerzas para coger el mío. Este juego me ha destrozado la vida ¿y ahora pretende aplacar mis sentimientos con el soniquete de una música celestial? En cuanto esté en condiciones de hacerlo, le voy a mandar un mensaje a NERVE con un «Lo dejo» bien grande. Por ahora, hundo la cara entre las manos. De un momento a otro, un llanto enorme y horrible se apoderará de mi rostro como un tsunami y dejará charcos de rímel a su paso.
Pero el coche no se mueve. Y, pasado un minuto, Ian suelta un silbido.
—Esto no te lo vas a creer.