NERVE
Quince
La sala bulle con preguntas, con excepción de Micki, que se ríe por lo bajo. Vuelvo a sentir que se me va la cabeza, como si mi cerebro se estuviera escapando.
Quieren una víctima.
¿Por qué narices me he engañado a mí misma al creer que me dejarían ganar el acceso a una escuela de moda con todo pagado sin volverme completamente loca por el camino? Trato de ponerme en pie sobre las rodillas temblorosas.
Ian me agarra de la muñeca, la aprieta con delicadeza y susurra:
—No tires aún por la borda el dinero para tus estudios —se dirige a la cámara—. ¿Queréis que elijamos una víctima? ¿Para qué?
Ty se ríe.
—¡Por diversión, colega!
Los demás nos quedamos a la espera, mirando hacia la pantalla, aguardando a que Guy o Gayle nos expliquen para qué se elige a la «víctima». Sin embargo, la pantalla permanece en blanco.
Ian se rasca la mejilla.
—A lo mejor es un truco, y la víctima en realidad gana algo.
Los demás sonríen. Yo tampoco me lo creo.
Micki me señala con una botella de cerveza recién abierta, su quinta.
—Yo voto por ella. «Vi» es de víctima, ¿no? ¿O es de virgen?
Jen tiene la cara metida en el cuello de Micki. Cuando la levanta para respirar, dice:
—Yo también voto por la víctima virgen.
¿Qué? Pensaba que habíamos estrechado lazos antes, con el chocolate. Por favor, Dios, haz que se quede enganchada en uno de los imperdibles que sobresalen de la mandíbula de su novia.
Cruzo los brazos sobre el vacío que siento en el pecho y trato de obligarme a hablar, aunque apenas confío en que aún me funcione a la voz.
—Chicos, esto es una locura. ¿No lo pilláis? Están tratando de enfrentarnos entre nosotros con tal de divertirse.
Ty da un trago de cerveza.
—No me digas. Pero si lo único que estamos haciendo es votar. Tampoco es que te vayamos a hacer nada de verdad, ¿a que sí, gente? —abre los brazos, con una cerveza en cada una de sus manazas, y gira despacio sobre sí mismo para mirar a los demás.
Micki asiente.
—Coooooorrecto. A no ser que la virgen no vote y nos haga perder nuestros premios. Entonces, ya te digo si le haremos algo.
Ian hace un gesto negativo con la cabeza con cara de asco.
—Si alguno se mete con ella, tendrá que vérselas conmigo.
Micki agita los dedos de la mano.
—Ooooh, el tipo duro. ¿Qué te crees, que con eso te vas a poder meter en sus bragas?
Ty me guiña un ojo.
—Yo le doy un poco de aire a la niña mona y voto por su héroe, Ian —levanta una de las botellas y la remata.
La sala se queda en silencio salvo por el pitido en mis oídos.
Se oye entonces la voz de Guy en los altavoces, aunque la pantalla continúa negra.
—¿Y vosotros, Samuel, Daniella, Ian, Vee?
Daniella frunce los labios y los retuerce de un lado al otro.
—¿Es verdad que eres virgen, Vee?
Le lanzo una mirada agresiva.
Ella se encoge de hombros.
—Perdona que te lo haya preguntado. De todas formas, voy a ser buena y también voy a votar por Ian.
Samuel se examina las manos.
—Lo siento, Vee. Voy a votar por ti. Solo para que sea por mayoría simple.
Lo fulmino con una mirada de «muchas gracias, gilipollas». Está yendo donde va el grupo por motivos de seguridad, y yo soy una amenaza menor que Ian. Por supuesto, esa es la mejor estrategia para alguien que juega solo. Pero aun así.
Ian vota por Ty, y yo voto por Micki, como si eso importase.
Nos quedamos en una inquieta espera. Los demás jugadores regresan a la mesa y ocupan también sus sitios, aunque la música ha cambiado a un pop blandengue de esos que ponen en las discos para todas las edades. Hace mucho que pasamos de bailar.
Los labios de Ian están cerca de mi oído.
—Solo están tratando de intimidarnos. Ya verás.
—Si NERVE me echa encima a esos idiotas —le contesto en voz baja—, me largo de aquí. Podemos perder nuestros premios todos.
Me besa en la mejilla.
—Me parece justo.
No sucede nada durante los siguientes cinco minutos, siempre que no cuente que Micki se levanta a por otra cerveza, o el temblor que se apodera de mis brazos y piernas con la piel de gallina. Ojalá NERVE nos cuente el próximo reto y acabemos de una vez. Ian intenta calmarme con susurros de ánimo, pero es que él no se ha llevado la mayoría de los votos como víctima.
—¿Hay algún cuarto de baño por aquí? —digo a los paneles en blanco. Tendrán que darnos descansos para nuestras necesidades, ¿no? Sin embargo, no recuerdo haber pasado por ninguna otra puerta en el pasillo.
Micki, que debe de tener una vejiga del tamaño del golfo de México dada la cantidad de cerveza que se ha metido entre pecho y espalda, me señala.
—Ni se te ocurra escapar, o te destrozo pero bien.
Ian levanta la mano.
—Tranquilita. Todos queremos nuestros premios, con el menor destrozo posible.
Suena la voz incorpórea de Gayle.
—Vee, tienes la puerta del lavabo en la pared justo detrás de ti.
Por supuesto, otro agujero en la pared. Me doy la vuelta para quedarme mirando hacia donde se abrieron antes los cuartos oscuros. Cierto, una espiral se enciende en un punto a la izquierda de los cuartos. Con las piernas temblorosas, doy la vuelta al sofá y me doy cuenta de que el resto de los jugadores mira para otro lado, como si ya no existiese. Oh, cielos, ¿no es ese el primer paso que da la gente que está en guerra? ¿Despersonalizar a las víctimas?
Presiono la espiral encendida, que hace que se abra de golpe una puerta. Detrás de esta hay un cuarto de baño minúsculo, sin ventanas, por supuesto.
—Si no estás fuera en cinco minutos, vamos a por ti —dice Jen, que mira a Micki en busca de una aprobación que recibe en la forma de un sonoro beso.
Me encierro en el baño, agradecida cuando se enciende de manera automática un ventilador que tapará cualquier sonido vergonzoso. La puerta no tiene pestillo, pero esta es la mayor privacidad que he tenido en horas. Me siento en el retrete y apoyo la cabeza en las manos por millonésima vez esta noche. Ahora soy «la víctima». ¿Qué significa eso? ¿Se van a poner a pegarme empujones como han hecho los de la castidad? ¿O me van a sacar los ojos tal y como amenazaron con hacer las putas? ¿Serán capaces de hacerme sentir tan despreciable como han hecho Tommy y Sydney? Por mucho que trato de resistirme, empiezo a llorar.
Pasado un minuto, aprieto los puños. Qué estúpida. Lo último que necesito es que Micki entre sin llamar y me cace llorando en el baño. ¿Llegarán las cámaras hasta aquí dentro? Oh, mierda, se me encogen las tripas con la nauseabunda consciencia de que podría haber cámaras aquí dentro también. Estudio el techo y no veo ninguna, pero eso no significa que no estén insertadas en las paredes que me rodean. ¿Por qué no se me ha ocurrido antes de usar el retrete, joder? ¿Cuánto ha visto el público? El mismo público que no se ha tomado la molestia de salvarme de esa habitación oscura con el humo del tubo de escape.
Me subo las bragas sin levantarme la falda, tiro de la cadena y me lavo las manos. Desde el espejo me devuelven la mirada unos ojos inyectados en sangre y rodeados de maquillaje corrido. A la mierda los retoques de antes. Me echo agua fría en la cara. Ayuda con el rojo de los ojos, pero se lleva lo que me queda de rímel y me hace parecer esa colegiala sobre la que Ian me tomaba antes el pelo. Podría coger mi bolsita nueva de cosméticos del sofá para reparar los daños, e incluso crear un nuevo personaje para mí, pero eso es probablemente lo que NERVE quiere que haga, así que olvídalo.
Llaman a la puerta.
—Date prisa, que yo también tengo que entrar —dice Daniella en su quejido agudo.
—No te quites aún el tanga. Salgo en un minuto.
Tengo la voz áspera, pero siento que recupero las fuerzas. Respiro hondo, abro la puerta y la miro con los ojos entrecerrados al salir. Lanzo a los demás la misma mirada agresiva, excepto a Ian, mientras me desplomo en mi asiento y lo maldigo en silencio cuando empieza a rebotar bajo mi peso.
—Alguien ha estado llorando —se ríe Micki.
—Cállate ya —le digo—. Estoy cansada.
Micki pasa los dedos por las puntas del mohicano de Jen.
—Claro, supongo que ya se te ha pasado la hora de estar en la camita.
—Cuanto más respondas —susurra Ian—, más se meterá contigo. Concéntrate en mí. Vamos a salir de aquí como unos ganadores. Imagínate cómo lo vamos a celebrar.
Mientras le escucho, mis ojos se fijan en la alfombra roja a través de la mesa. El dibujo forma unas espirales sutiles y conduce a un punto debajo del centro de la mesa. Mis ojos dan vueltas y más vueltas por los giros y remolinos.
Se rompe mi abstracción cuando la puerta a nuestra espalda se abre con un clic.
Daniella, recién retocada con un grueso lápiz de labios que competiría seriamente con las prostitutas de la antigüedad, sale del cuarto de baño y ocupa se asiento. Unas oleadas de perfume almizclado inundan la sala y me provocan un dolor en la zona entre los ojos. NERVE no podría haber planeado un ataque más efectivo contra nuestro sentido del olfato.
Continúo con mi inspección de la alfombra. Tiene algo que me mosquea. En el centro, bajo la mesa, detecto lo que parecen ser unos círculos concéntricos de puntos más oscuros. Me inclino hacia delante para examinarlos y apoyo los brazos con cuidado sobre la mesa para que no se balancee.
El panel suelta un pitido, y Guy dice:
—Chicos, sois los últimos jugadores del gran premio que quedan. ¡Los ojos de todos los Seguidores están puestos ahora en esta sala!
Jen y Micki saludan a las cámaras. Me da la sensación de que tengo que volver a usar el cuarto de baño. ¿Por qué no nos muestran ya las caras de los presentadores? Resulta escalofriante oír sus voces en un sistema surround sin ver nada de nada.
—Daniella, abre el armario verde —dice Gayle en un tono autoritario.
Daniella se levanta de un salto, aplaudiendo.
—¡Más regalitos!
Genial, ¿y ahora qué? ¿Whisky o arsénico? No quiero saberlo. Con el ceño fruncido, centro mi atención en el suelo, en esos puntos de la alfombra. En realidad son más bien como separaciones, no, agujeros. ¿Agujeros? Con un puñetazo en el estómago, me percato de lo que son. Un desagüe. ¿Qué mierda de sala VIP necesita un desagüe en el centro de una alfombra roja que es como de goma y seguro que resiste al agua? Levanto la cabeza de golpe.
Daniella se asoma al armario, suelta un grito ahogado y vuelve a cerrarlo con un portazo. Sin pensar mucho —parece— en sus incisivos, se mordisquea el ceroso labio inferior.
Ty da un golpe en la mesa.
—Basta de teatro. ¿Qué es?
Daniella le sonríe con los dientes manchados de barra de labios mientras abre el armario con las manos temblorosas, y esta vez abre la puerta de par en par.
A los demás también se nos corta el aliento.
Colgadas contra el fondo del armario hay siete pistolas.