NERVE
Once
Entramos en una habitación pequeña, con la misma iluminación tenue del exterior junto a los ascensores. Los únicos muebles son un reluciente mostrador de recepción y tres butacas con unas mesitas auxiliares sobre las cuales hay algo que nunca se ve en público: ceniceros. Detrás del mostrador hay un pasillo largo en el que brilla la luz de una abertura, a unos diez metros de distancia. A nuestra derecha, en el vestíbulo, hay dos puertas con letreros iluminados que dicen «Ian» y «Vee».
Me vibra el móvil.
ENTRA EN LA CABINA PARA TU ENTREVISTA.
—Hora de empezar a ganarnos nuestros premios —dice Ian.
Me besa y baja la cabeza para entrar en su cabina. La puerta se cierra a su espalda antes de que yo pueda distinguir nada más que una simple mesa y unas paredes de color verde pálido.
Entro en la cabina que dice «Vee». Huele a cedro y tiene percheros a lo largo de un lateral, lo cual indica que en la vida real esto es un guardarropa, sin embargo, esta noche está decorado como un camerino acogedor, con una deslumbrante mesa de tocador de madera de cerezo y una silla de cuero frente a un espejo bien iluminado. Me siento. Sobre la mesa, alguien ha dejado un sobre con mi nombre impreso con una letra decorativa. Dentro hay una tarjeta de cartulina gruesa, perfumada con lilas y rellena con una florida letra manuscrita. Muy a la antigua. La nota me dice que me arregle y que hay todo tipo de productos disponibles en los cajones. Abro uno de ellos para encontrarme con pilas de paquetitos de celofán, todos ellos con el logotipo de una marca de cosméticos que yo solo me regalo a mí misma en Navidad, y que están rellenos de unas dosis individuales de brillo de labios, sombra de ojos, rímel, lo que tú quieras. El siguiente cajón hacia abajo contiene una botella de agua y una bolsita térmica llena de compresas frías. Doy un largo trago de agua y me presiono una de las compresas sobre los ojos hinchados. Una combinación que me refresca de inmediato.
Llega un tintineo desde un altavoz minúsculo de color rosa que hay en la mesa, y una voz femenina dice:
—Tienes tres minutos antes de que empecemos la entrevista.
Examino mi reflejo de manera objetiva, tal y como lo hago con cada actor con el que trabajo. Piel pálida, ojos cansados, pelo desgreñado. No me extraña que NERVE quiera que me arregle. Pero ¿qué papel voy a interpretar? ¿La arpía temeraria? ¿La víctima inocente? Si me pinto algunas heridas de guerra, a lo mejor atraigo más simpatizantes. Oh, joder. Voy a hacer de mí misma, nada más y nada menos.
Mientras busco los colores apropiados entre los paquetitos, siento cómo me sobreviene una cierta comodidad. Esto es lo que yo sé hacer. Me decido por una sombra de ojos de color gris, rímel y contorno básicos de color negro. Me empolvo un poco para equilibrar mi tono de piel y me doy brillo en los labios para perfeccionarlo. Doy con un cepillo muy chulo que se supone que te alisa el pelo con una especie de proceso de ionización. Su anuncio en la tele siempre me ha dejado un tanto escéptica, pero después de varios cepillados, tengo el pelo sedoso.
Me quedo mirándome. Es raro ver tu propia imagen como la creación final en lugar de ver la de otra persona. La minúscula cantidad de maquillaje ha hecho un milagro a la hora de ocultar las vicisitudes por las que he pasado esta noche. Me echo hacia atrás en la silla, satisfecha. Sin embargo, mi imagen se disuelve de repente, y el espejo se transforma en una pantalla vacía. Vaya. Aparece el rostro de una mujer, que salpica mis pensamientos con ese juego de la infancia del fantasma en el espejo al decir tres veces «Bloody Mary». No obstante, en lugar de un fantasma grotesco, esta mujer es quizá diez años mayor que yo, con el cabello oscuro, los ojos azules y una camisa arrugada. Me resulta familiar, y me desconcierta, hasta que caigo en que ese podría ser fácilmente mi aspecto en el futuro.
—Hola, Vee —me dice—. Soy Gayle.
Me percato de que hasta ahora, cuando había visto el juego, los locutores solo eran voces y siluetas en la penumbra, de fondo. ¿Verán a Gayle los espectadores? ¿Será ella el cerebro detrás de NERVE? Espera a que le cuente a Tommy que el juego tiene un rostro humano identificable y que no se trata solo de un ejecutivo anónimo con una cuenta en las Caimán.
Me aliso la camiseta.
—Hola. No creía que fuera a poder hablar con una persona de verdad.
Gayle se recoge el pelo detrás de la oreja en un gesto propio de una niña.
—Hemos pensado que haría que la entrevista fuese un poco más fácil.
¿Desde cuándo se preocupa NERVE por facilitar las cosas? Mi mirada recorre el cuarto, a mi alrededor.
—¿Dónde están las cámaras? Esto se está grabando, ¿verdad?
Sonríe y muestra unos hoyuelos.
—Va insertada en la pantalla. Creo que hay una cerca del punto donde tú ves mi ojo derecho. Y sí, nuestros Seguidores podrán verte.
Guiño los ojos. Ahí está, los píxeles de la pantalla parecen un poco menos uniformes en la zona alrededor de su ojo. Maravilloso, los espectadores me han visto poner caras ante el espejo mientras me aplicaba el maquillaje.
Gayle cruza las piernas.
—Y bien, ¿qué te ha parecido el juego hasta ahora?
¿Por dónde empiezo? ¿Por su forma de alternar entre la oferta de un rato emocionante y la de arruinarme la vida?
—Ha sido más duro de lo que pensaba, pero en aspectos que no me esperaba.
—¿Como el reto con Sydney?
Parece que vamos directos al tema.
—Ajá.
—¿Te gustaría decirle algo?
Se me acelera el pulso.
—¿Está ella viendo esto? —pregunto, convencida de que esta mujer de NERVE conocerá la respuesta.
—No sabría decirte si Sydney se encuentra entre nuestros espectadores. Pero ¿y si lo estuviera?
Bajo la mirada a la mesa mientras medito qué decir, y después miro directamente al ojo derecho de Gayle.
—Le diría que siento haberle tendido una emboscada y que, cuando todo esto termine, nos hará falta tener una larga charla. Por cierto, chicos, le habréis pixelado a ella la cara al retransmitirlo, ¿no? Porque ella no ha firmado ninguna autorización.
Tampoco es que eso importe. Las personas que importan sabrán con quién estaba discutiendo.
La pose tranquila de Gayle permanece en su sitio.
—No vamos a perder el tiempo con aburridos detalles técnicos, ¿verdad?
En realidad, hay unos cuantos detalles técnicos que no me importaría discutir, como cuándo dejarán de bloquearme las llamadas o cómo se enteraron de que estaba enfadada con Sydney, para empezar. No obstante, sé que esta mujer no me dará ese tipo de respuestas, así que me quedo allí sentada con una expresión anodina.
Gayle descruza las piernas, se inclina hacia delante y apoya los antebrazos en los muslos.
—Hablemos sobre Ian. ¿Qué piensas de él?
Su tono de voz se ha vuelto íntimo, como si nos hubiéramos quedado a dormir la una en casa de la otra. Me recuerdo a mí misma que hay más de nueve mil espectadores. Probablemente muchos más.
Siento que se me sonrojan las mejillas.
—Es un tío genial.
—Nuestro público piensa que está que se te cae la baba, ¿tú no?
Me encojo de hombros.
—Tengo ojos en la cara.
Se ríe.
—Me tomaré eso como un «sí». ¿Crees que os enrollaréis después de esta noche?
¿Qué espera que le diga?
—No hemos hablado sobre ello —a menos que dijese en serio lo de llevarme al Gotta-Hava-Java. ¿Iba en serio?
—¿Os habéis besado?
Me incorporo.
—Mmm, eso es más o menos privado, ¿no te parece?
Esboza una sonrisita.
—Querida, hace mucho que dejamos atrás lo privado, ¿no te parece a ti?
No estoy segura de cómo responder, así que espero a que ella continúe.
—Entonces, Vee, ¿por qué te inscribiste en NERVE? Cierta gente podría decir que hacer algo como esto no encaja en tu perfil.
Su expresión de suficiencia hace que me ponga rígida. ¿Cómo puede nadie afirmar que sabe lo que yo haría o dejaría de hacer normalmente? De todos modos, después de todo ese dramatismo con Sydney y Matthew, debería resultar evidente por qué juego. ¿Qué más quiere que admita? ¿Que estaba harta de ser invisible?
Me inclino hacia delante y susurro:
—A veces es divertido hacer algo que se sale de tu perfil.
Gayle aplaude.
—Bravo, Vee. Todos estamos orgullosos de ti. ¿De dónde has sacado las agallas?
¿Las agallas o la imbecilidad?
—Pues no lo sé. Me limito a concentrarme en el reto sin pensar en el siguiente.
—Qué modesta. Por eso te quiere tanto tu público. ¿Te gustaría decirles algo?
Me aliso la falda contra el muslo. Esta es la primera vez que me voy a dirigir a todos los Seguidores directamente. ¿Qué le dices a miles de personas? Sydney lo sabría.
—Gracias a todos, en especial a los que se nos han unido en el reto de las putas. Nos habéis salvado el trasero.
—Sí que lo han hecho. Seguro que estás ansiosa por mover ese mismo trasero y empezar con el siguiente reto.
En absoluto. Solo por ganar el premio.
—Creo que estoy nerviosa más que nada.
Se ríe de nuevo.
—Nervios, eso me recuerda al nombre de nuestro juego, ¿no? Y qué divertido es. Esta noche has pasado por un montón de experiencias nuevas. Estoy segura de que esto solo servirá para aumentarlas. Sin embargo, antes de que entres en la sala del juego, quiero repasar un par de cuestiones importantes.
Asiento.
Ella levanta el dedo índice.
—Primero, vas a jugar formando equipo con otros seis jugadores. Si uno de vosotros no completa un reto de gran premio, todos vosotros perderéis todos vuestros premios. Pero no te preocupes; habrá también varios retos iniciales para romper el hielo, que serán solo por diversión, y opcionales.
—Vale.
—La otra cuestión que hay que recordar es que si hacéis algo que viole la integridad de un reto, NERVE puede actuar en consecuencia para hacer que los futuros retos sean más difíciles.
—¿Violar la integridad del reto? ¿Qué significa eso?
Gayle hace un gesto de desdén con la mano.
—Básicamente, llevar a cabo el reto pero hacer algún tipo de trampa. No te preocupes, nosotros lo sabremos cuando lo veamos.
Eh, que yo soy la chica a quien le confían un pulverizador de vodka, así que la integridad no parece que vaya a ser un problema.
—Perfecto.
Le brillan los ojos.
—¡Maravilloso! Buena suerte, Vee. Ah, y a nuestros patrocinadores de productos de cosmética les encantaría que te llevases todo lo que te plazca. Tal vez quieras volver a arreglarte más tarde.
La pantalla se apaga y reaparece el espejo. Tengo la cara ruborizada y los ojos brillantes. ¿Todavía me están grabando? Qué pregunta más tonta. Los espectadores deben de pensar que tengo pinta de aturdida. ¿Y por qué me iba a hacer falta arreglarme más tarde? ¿Es que me voy a tirar más agua por la cabeza? Bueno, con agua o sin ella, estos productos son de calidad. Qué lástima que mi bolso siga en la guantera del coche de Ian. Lleno de paquetitos una bolsa pequeña de maquillaje.
—Gracias, patrocinadores de cosmética —digo al espejo.
Fuera, en el vestíbulo, Ian aguarda con el pelo recién peinado y señala hacia la habitación que hay más adelante por el pasillo.
—Deberíamos ir hacia allá.
Algo había en esa entrevista que me ha dejado una sensación de intranquilidad, a pesar de la bolsa de regalo de cosméticos que me he llevado. La falsa simpatía de la entrevistadora no ha servido demasiado para calmarme; justo lo contrario. Es probable que estuviera pensada para eso.
Me encojo de hombros.
—Supongo.
Ian me coge entre sus brazos.
—¿Te lo estás pensando mejor?
No lo de que él me abrace, eso no. Suspiro.
—Es un poco tarde, más bien, para echarse atrás.
—Aquí mismo está la salida.
—Perderías el coche. Yo perdería la escuela de moda, además de todos esos fantásticos premios.
—Bueno, aun así habremos ganado algo grande —me dice con una mirada tierna a los ojos.
Eso debería de haber sonado pasteloso, pero, viniendo de él, no es así. O también podría ser que esté ya demasiado colada.
Me besa en la coronilla cuando recuesto la cabeza entre su cuello y su hombro. Incluso después de las carreras y las peleas, huele a jabón de sándalo. Inhalo con fuerza. El reto son solo tres horas. Y mira a quién tengo por compañero.
—Vamos a jugar —le digo.
Codo con codo, dejamos atrás el mostrador de recepción. En cuanto estamos en el pasillo, surgen unas risotadas de la habitación iluminada, que está un poco más adelante a nuestra derecha. Me imagino que están jugando con la moneda a ver quién bebe, o al juego de la botella. Qué va, demasiado fácil. Es probable que NERVE haya invitado a Tiffany y a Ambrosia a darme una paliza. En un barrizal. Con navajas.
Salen unas voces de la puerta abierta más adelante, pero nada con un volumen suficiente para que lo distinga. En el lado izquierdo del pasillo que conduce a la sala hay una hilera de butacas, como si mandasen aquí castigados a los miembros del club que se porten mal. El lado derecho del pasillo está cubierto por un mural ornamentado que parece hecho de seda. Me detengo un instante a admirar las mariposas y las flores bordadas en los colores de las piedras preciosas. Es una tela propia del vestido de una emperatriz, y cien veces más detallado que la escena de la pradera que Tommy diseñó para la gasa de nuestra obra.
Ian me da un empujoncito para que avance hacia la puerta abierta, que está en el punto medio del pasillo. La única puerta que veo aparte de esta se encuentra en la otra punta del pasillo, y está cerrada. Cuando estamos a punto de llegar a la puerta abierta, donde parece que está toda la acción, Ian se detiene y susurra:
—Tal vez sea mejor que no dejemos que quien sea que haya ahí dentro vea que estamos, mmm, tan juntos. Nos convierte en un blanco.
¿Un blanco? Se supone que estamos todos en el mismo equipo, ¿no? Pero con NERVE nunca se sabe, así que estoy de acuerdo con el consejo de Ian, y echo de menos su calor cuando él se separa de mí. La cháchara del interior se corta en el instante en que pasamos por la puerta al interior de una sala de unos seis por seis metros. ¿Así que esto es una sala de juego? La mitad izquierda está despejada salvo por una alfombra de un color rojo como el de una manzana de caramelo. La parte de la derecha está ocupada por varios sofás de dos plazas, dos a cada lado de una mesa larga de café hecha de cristal. En lugar de descansar sobre una base, está suspendida de unos cables metálicos. Alrededor de la mesa se sientan tres chicas y dos chicos, todos adolescentes.
—Hola —dice Ian mientras se dirige hacia el sofá vacío en el extremo opuesto de la mesa.
Yo les ofrezco una sonrisa, ocupo el lugar junto a él y meto la bolsa del maquillaje en un lado. El asiento rebota como si fuera un colchón de muelles. Trato de estabilizarlo, pero es como ir en una barca. Con cada rebote, el cojín resopla y me vuelve a hacer subir. Los demás chicos también cabecean allí sentados. ¿Por qué paga la gente un dinero extra por pasar el rato en una habitación tan rara como esta? ¿O es que NERVE la ha decorado especialmente para esta noche?
—Así que habéis decidido uniros a nosotros —dice un pelirrojo que tengo enfrente.
Tiene los bíceps excesivamente desarrollados y los mofletes caídos de alguien que le da a los esteroides. Uno de esos brazos voluminosos tiene cogida a una chica muy bronceada, de curvas exageradas y un centenar de pulseras que tintinean. La chica frota el pie descalzo por la espinilla del chico: debajo de una mesita de cristal no hay secretos.
En el sofá que hay a continuación se sientan dos chicas más, una blanca y la otra asiática, con no menos de cinco piercings cada una de ellas. Reconozco a la chica de raza blanca como la que robó todo aquel esmalte de uñas en el vídeo del reto preliminar. Está lo suficientemente arrimada a la chica asiática como para sugerir que ellas también están «juntas». Sin embargo, no hay forma de juguetear con los pies con esas botas de punta de acero. En nuestro lado de la mesa, un chico de piel oscura con el pelo supercorto y unas gafitas muy pequeñas se sienta con los brazos cruzados. No sé cómo se ha equilibrado en el centro de su sofá para que se quede quieto. Es mono al estilo de Tommy, más o menos, bien definido con un deje de friki, pero con él no hay ninguna chica, ni chico.
Ian se inclina hacia delante, agarrado al cojín del asiento para equilibrarse.
—Bueno, ¿creéis que nos van a mandar a algún Seguidor por aquí?
El chico de las gafas pestañea.
—Los Seguidores están ahí.
Señala hacia una cámara montada en la esquina del techo.
Examino el espacio que me rodea. Cuatro cámaras apostadas como halcones en las esquinas de la habitación. Entre las cámaras, unas pantallas negras cubren los noventa centímetros superiores de las paredes. La superficie debajo de los paneles está cubierta de un papel pintado en gris con mucha textura y unos dibujos geométricos en rojo. La única pared que tiene un aspecto ligeramente distinto es la que hay junto a la puerta, que tiene el mismo diseño, pero es más brillante que mate, como si estuviera cubierta de pintura en lugar de papel. Sea como sea, parece caro, y feo.
Ian le ofrece una mano al chico de las gafas.
—Me llamo Ian.
El chico estrecha la mano de Ian.
—Yo Samuel.
Nadie más se arranca a presentarse. A lo mejor el reto consiste en hacerse el torpe en sociedad. Retuerzo una mano contra la otra.
La chica blanca de las botas pesadas, cuyos piercings consisten principalmente en imperdibles y tornillos, suelta una risotada. Menea los dedos delante de la cara.
—¿Tienes miedo, Velma?
Le pongo mala cara, pero si lo peor que tengo que aguantar en las próximas tres horas son insultos sobre Scooby-Doo, puedo con ello.
Ian hace un gesto con la barbilla hacia el pelirrojo y su novia de las pulseras.
—¿Cuál es el mejor reto que os han puesto esta noche?
La chica suelta una risita.
—La del sex shop, fijo. Teníamos que ir cogiendo cosas de la tienda y decirle a la gente lo que nos parecían —le hace un gesto al pelirrojo, moviendo las cejas.
Ian se ríe con ella. Yo sonrío, más o menos. Ayer, un reto como ese me habría parecido imposible. Ahora pienso que les resultó fácil salir airosos.
La chica asiática, que luce un mohicano rosa, arruga la frente.
—Mierda, ojalá nos hubieran puesto ese.
Su amiga le frota el hombro.
—Podemos ir mañana, bombón.
Trato de asentarme en mi sitio dejando el trasero muy quieto, pero el movimiento más leve provoca una oleada. Si esto es la sala VIP, ¿en qué tipo de agujeros meten a la chusma de la discoteca?
La mirada de Ian recorre la mesa.
—¿Os conocíais alguno antes de las rondas en vivo?
La chica de las pulseras mira a su chico.
—No. Esta noche ha sido una pasada. NERVE le da mil vueltas a todas esas webs de citas en lo de emparejar gente guapa.
¿Cuánto habrá investigado? Tengo que reconocer que NERVE lo ha hecho bien con Ian y conmigo. Todo lo que tenían para trabajar eran los datos de la solicitud, y cualquier información que hayan sacado de mi página de ThisIsMe. ¿Hablaron también con Liv y con Eulie? Cuando esto termine, voy a interrogar a mis amigos para ver quién ha dicho qué.
Ian se da la vuelta hacia Samuel.
—¿Y a ti? ¿No te pusieron una compañera?
Se encoge de hombros.
—Sí, pero era alérgica a la gelatina de lima.
Antes de que nadie le pueda pedir más detalles, suena el móvil de Samuel con un tono de llamada normal. No es justo. Después de leerlo, se levanta a cerrar la puerta. Cuando se cierra con un sonoro clic, se me tensan las tripas.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunta Pulseras.
Samuel sonríe.
—Porque NERVE me ha ofrecido una bonificación de cincuenta dólares.
El novio pelirrojo de Pulseras da un golpe con la palma de la mano sobre la mesa y hace que el tablero de cristal se balancee hacia nosotros. Ian lo detiene antes de que choque contra nuestras rodillas. ¿Es que no se puede quedar quieta ninguna pieza de este mobiliario?
El pelirrojo mira a una de las cámaras y abre los brazos.
—Eh, tíos, yo la habría cerrado por treinta.
Casi me espero que las cámaras asientan. En cambio, baja la intensidad de las luces del techo. Nos miramos los unos a los otros con expresión inquisitiva. Uno por uno, vamos sacando los móviles a la espera de ver quién se va a ganar los siguientes cincuenta dólares. Mi pantalla sigue en blanco.
Unos pitidos inundan la sala y provocan una nueva oleada de botes en los cojines al incorporarnos. Los paneles negros de las paredes muestran unas luces que se desplazan y parpadean como los de una máquina de pinball.
Las luces son reemplazadas por una imagen de Gayle, la mujer que me acaba de entrevistar, y un tío de treinta y tantos con la cabeza afeitada, una camiseta de un grupo indie y ese tipo de pendientes de aro que te causan daños permanentes en la oreja.
Juntos, nuestros presentadores gritan:
—¡Bienvenidos a los retos del gran premio!
En las pantallas se alterna su imagen con la palabra «¡BIENVENIDOS!» y los gráficos de unos fuegos artificiales y una música entrecortada que reconozco como la sintonía de la edición del mes pasado. El plano de la cámara por fin se centra en los presentadores, que se encuentran de pie sobre un pequeño escenario, rodeados de gente con una expresión de semidelirio que he acabado asociando con los Seguidores. El hombre presenta a Gayle y después se presenta él: Guy.
Apunta un dedo admonitorio hacia la sala de los jugadores.
—Reiteramos las reglas: ahora jugáis como un equipo, así que, si uno de vosotros lo deja, nadie gana ningún premio.
La chica de los imperdibles cierra un puño, mira desafiante al resto alrededor de la mesa y se detiene en mí.
—Si alguien se raja, voy a por vosotros.
De repente siento la necesidad de ir al cuarto de baño.
La cámara se desplaza a Gayle.
—Comenzaremos con unos cuantos retos para romper el hielo. Así que vamos a relajarnos y a pasarlo bien.
Tengo ganas de preguntarle al resto qué les han ofrecido como gran premio, pero me imagino que eso sería como preguntarle a alguien cuánto pesa o qué talla de sujetador usa, así que le digo a Ian en voz muy baja:
—Me pregunto cuántos espectadores habrá ahora.
Guy esboza una sonrisita en las pantallas en lo alto de la pared.
—Buena pregunta, Vee. Contáis con un montón de nuevos admiradores. ¿Tendrías la amabilidad de adivinar cuántos? Oh, convirtámoslo en un juego, ¿qué os parece? Quien más se aproxime ganará cien dólares.
Soltamos nuestros cálculos, que van desde los veinte mil (mi apuesta) hasta el medio millón (la apuesta del pelirrojo). Los presentadores cruzan una sonrisa antes de que Guy anuncie que ha ganado alguien que se llama Ty, que resulta ser el pelirrojo. Sin embargo, los presentadores no nos dicen cuál es la cifra exacta. Aun así, dado que la segunda apuesta más alta ha sido de cien mil, significa que hay muchísima gente viéndolo.
Eso debería de hacerme sentir famosa por los cuatro costados, pero lo único que soy capaz de preguntarme es cuánto estará pagando el público por ver a siete adolescentes en una sala VIP con el mobiliario inestable. ¿Y qué es lo que esperan ver?