NERVE

Jeanne Ryan · Capítulo 13 de 22

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NERVE

Doce

Gayle aplaude con una falsa emoción.

—Muy bien, vuestro próximo reto para romper el hielo os llega de entre el público.

Su imagen es reemplazada por el parpadeo de un letrero que dice «¡MIRAD QUIÉN OS SIGUE!» junto con el tableteo de la sintonía. En la pantalla aparece un grupo de chicas apiñadas en un espacio reducido que parece la habitación de una residencia de estudiantes. Una chica de pelo largo con los ojos vidriosos lee en voz alta la pantalla de su móvil.

—Es el momento de unas presentaciones rápidas para empezar de un modo amistoso. Por cincuenta dólares de bonificación para cada uno, recorred la sala diciendo vuestro nombre y vuestra ciudad de procedencia —levanta el puño—. ¡Vamos, Lobez…! —la imagen se corta.

¿Cincuenta pavos por decirle mi nombre a los demás jugadores? Demasiado fácil. Es probable que haya alguna trampa detrás de esto, pero no me la puedo imaginar. Las presentaciones podrían incluso ayudarnos. ¿No he leído en alguna parte que es más difícil tratar mal a alguien una vez que lo humanizas? Tampoco es que esta gente tenga pensado atacarnos. Quién sabe, tal vez pueda incluso hacerme amiga de alguno de ellos. No lo bastante coleguitas como para hacer juntos ningún tipo de reto pervertido, por supuesto, sino más bien para podernos reír de esto más adelante, en alguna reunión de antiguos jugadores de NERVE, como lo hicieron los de la edición del mes pasado en aquellos vídeos a modo de epílogo.

Damos vueltas a la mesa. La chica asiática del mohicano rosa es Jen. Su amiga, la que me amenazó si me rajaba, es Micki. Las dos son de Reno y hacen algunos comentarios socarrones sobre montárselo en vuelo, en el avión en el que NERVE las trajo a Seattle. La chica de las pulseras y adicta al bronceador es Daniella; ella y su compañero, Ty, son de Boise, y también los han traído en avión inmediatamente después de su último reto. Ya conocemos a Samuel, que vive en Portland.

Cuando me presento, Micki pone los ojos en blanco.

—¿Qué tipo de nombre es «Vi»? ¿Es que tus padres no tenían para inscribir el nombre entero? —se ríe con Jen, Ty y Daniella.

Arqueo una ceja.

—¿Tus padres te pusieron el nombre de un ratón?

Adiós a las posibles amistades.

Presiento que los oxidados engranajes de su cerebro están tratando de maquinar una contestación, pero, antes de que puedan, lo paneles se encienden con los resplandecientes rostros de nuestros presentadores. Gayle le dice a Ty que abra una puerta en la pared del otro extremo, a su espalda, y que después abra el armario rojo (y solo el armario rojo) que hay dentro.

Ty se queda sentado.

—¿Cuánto me pagaréis?

Guy sonríe.

—Tus amigos y tú podéis coger lo que encontréis dentro del armario rojo. El primero que llegue, primero se sirve.

Ty pega un salto y examina la pared decorada en el extremo opuesto al mobiliario. No hay ninguna puerta a la vista. Encoge los hombros ante la cámara.

—¿Es una trampa?

Probablemente tenga más de test de inteligencia. En la pared, una de las espirales se enciende como el botón de un ascensor. Cuando Ty lo presiona, se abre una puerta deslizante. Giro la cabeza para comprobar la pared que tengo a mi espalda. ¿Cuántas puertas escondidas hay ahí? Por el número de espirales, podrían ser unas cuantas.

Daniella se levanta para apretarse detrás de Ty. Con un guiño a la cámara, le agarra el culo. Samuel se da la vuelta hacia nosotros y pone los ojos en blanco, lo cual me hace albergar alguna esperanza con él. Al menos me atrevo a imaginar que, si llegamos a las manos, él se quitará de en medio. Espera un momento, ¿por qué me estoy poniendo en eso, siquiera?

El espacio que la puerta nos deja al descubierto está repleto, de arriba abajo, de unas hileras de cajones de armario, cada uno de un color distinto. Ty tira del pomo del rojo que hay en lo alto, que se abre con el sonido de un frigorífico. Me incorporo y me estiro en un intento por ver qué hay dentro, y suelto un gruñido en mi interior cuando veo las botellas de cerveza. Si quieren que nos emborrachemos, eso no puede ser bueno. Por supuesto, Ty y Daniella lo celebran por todo lo alto como si hubieran descubierto un tesoro enterrado. Micki y Jen se les unen de un salto. Ty abre unas botellas y las pasa. Los demás jugadores brindan con gritos de «¡Salud!».

Un mensaje se desplaza por los paneles: «POR CADA CERVEZA QUE CONSUMAS, ¡OTROS CINCUENTA DÓLARES!».

Miro a Ian.

—¿Qué piensas? —susurro.

—Deberíamos ser sociables —me dice—, pero tenemos que mantener el control.

Asiento.

—Máximo una cerveza cada uno.

Nos dirigimos hacia el armario y, al pasar rápido por delante de Samuel, Ian se ofrece para traerle una a él también. Sin embargo, Samuel decide unirse a nosotros: es probable que no quiera ser el que da la nota. Ante el armario, Ian abre una cerveza y me la pasa. Examino la botella en busca de signos de manipulación.

—Ha sonado un pelín de gas cuando le he quitado la chapa —me dice.

La olisqueo. Huele a cerveza. Y estoy seca. Ahora bien, técnicamente, estaría quebrantando la ley. No es que eso me importe en la vida real, pero ¿a quién le apetece que le retransmitan haciéndolo? Le susurro a Ian mi preocupación.

Él se ríe.

—¿Cómo iba alguien a demostrar que esto no es zumo de manzana? Será lo que nosotros digamos que es.

Por supuesto. Doy un sorbito. Fría como el hielo y amarga. Definitivamente, no es zumo de manzana. La mayor parte de la etiqueta está en alemán, pero descifro que el contenido en alcohol es del seis por ciento. Era de esperar que nos diesen algo fuerte. Adiós a lo de mantener el juego dentro de la legalidad. Si a NERVE no le importa que beba un menor, ¿qué más nos pedirá que hagamos?

Ty y las demás chicas se juntan en un rincón, bebiendo como si estuviesen en una fiesta y contando historias de vomitonas inducidas por el alcohol. Estoy segura de que el público se está quedando con todas y cada una de sus palabras.

Ian me da un empujoncito hacia ellos. Aunque me parezcan detestables, capto la estrategia de Ian. No queremos que se formen grupitos, en especial si no nos incluyen a nosotros. Incluso Samuel parece captar la idea y se queda de pie cerca del grupo, mirándose los pies.

Examino a mis compañeros en el juego y me percato de que NERVE ha tratado de cubrir tantas bases como les ha sido posible en términos étnicos, de orientación sexual, fisonomía y quien sabe qué otras categorías más. Todo diseñado con tal de atraer a un enorme rango de perfiles demográficos, que diría Tommy.

¿Nos juntaríamos alguno con los demás si estuviéramos en el mismo instituto? Aparte de Ian y yo, claro. Los grupos sociales de mi instituto no son tan monolíticos como en otros lugares, pero la mayoría de la gente sabe dónde encaja. Aparte de Sydney, Liv y Eulie, yo charlo más con chicas capaces de distinguir el Vogue de la revista W, que parecen respetar mi look mezcla de vintage con un control presupuestario. Me siento cómoda con mis amigos, aunque siempre he envidiado el modo en que Sydney se mueve entre unos grupos y otros como si tuviera entrada libre. En el fondo, me pregunto hasta dónde sería la gente amable conmigo si no fuera con ella. Tal vez me tocará descubrirlo, después del fiasco del último reto.

Micki eructa y le muestra su botella a la cámara.

—La cerveza alemana mola.

Samuel carraspea.

—Quizá no deberíamos beber demasiado. Podríamos necesitar una cierta coordinación para los próximos retos. Solo digo eso.

Micki se ríe.

—Gracias, empollón, pero el juego va de echarle valor, no de jiñarse —de todas formas, su siguiente trago es algo más pequeño.

Ian levanta su botella.

—Propongo un brindis. ¡Por los grandes premios y por un montón de bonificaciones en metálico!

Todos lo celebramos y chocamos las botellas como si fuéramos una gran familia feliz. A lo mejor esto no es tan malo, incluso con la desagradable de Micki. La cerveza entra con mayor facilidad con cada trago, y un agradable murmullo me inunda la cabeza. Miro el móvil y se lo enseño a Ian. Dos horas y treinta y ocho minutos para el final. Siento un impulso descontrolado de ponerme a cantar la canción de las cien botellas de cerveza, pero tampoco quiero darle ideas a esta gente.

Ian me coge de la mano, lo cual potencia la sensación de calidez que se me está formando en el pecho.

—Podemos con esto —me susurra.

Le aprieto los dedos. De nada sirve fingir que solo somos amigos.

Ian trata de incluir a Samuel en una conversación sobre videojuegos. Yo no tengo mucho que aportar, pero intento mantener una sonrisa feliz de cerveza, inofensiva, en la cara. Tampoco es que suponga demasiada amenaza ni aunque me crezcan los colmillos.

Empieza a sonar una música tecno metálica, y las otras parejas empiezan a bailar balanceando las botellas. La segunda cerveza para cada uno de ellos… he llevado la cuenta.

La música se transforma en unos pitidos que significan que los paneles negros van a cobrar vida. «¡MIRAD QUIÉN OS SIGUE!». Aparece la imagen de dos chicos verdaderamente guapos y acurrucados el uno contra el otro en un sofá de terciopelo rojo.

Uno de ellos saluda con la mano.

—¡Hola, jugadores, aquí Houston! NERVE añadirá cien dólares a la bonificación de cada uno si bailáis todos.

Tanto él como el otro chico se ponen de pie y empiezan a dar saltos y a hacernos gestos de ánimo con el puño con una multitud de gente detrás de ellos.

No me importa bailar. Es más, me encanta. Pero hay algo en el hecho de que me paguen por hacerlo que me deja rígidos los hombros. NERVE se comporta como si fuésemos monos amaestrados que saltarán cada vez que les pongan un plátano delante. Vale, el juego va de eso, más o menos, pero aun así.

La música que suena en nuestra sala es la misma de Houston y, al parecer, que la de varias congregaciones de Seguidores, ya que cada panel de la pared muestra una imagen distinta de gente bailando, como si estuviéramos todos en una discoteca gigantesca. A mi lado, Ian balancea los hombros y las caderas y se mueve con tanta suavidad como es capaz un tío hetero. Incluso se agitan los brazos de Samuel de un lado a otro. Todos se me quedan mirando. Las cejas de Micki se arrugan para juntarse la una a la otra al tiempo que le dice algo a Jen. Ian sonríe, me coge la mano que tengo libre y me obliga a dar una vuelta. Tengo un instante de vacilación. ¿Quiero ser esa que rechaza un dinero fácil delante de todo el mundo? ¿Qué más da un baile? En especial si ayuda a que siga fluyendo el ambiente sociable. Empiezo a moverme en sincronía con Ian, sorprendida por la energía que cobra vida y me recorre la espalda.

Dejo que la música me envuelva y me río cuando me parece que algunos de los Seguidores me saludan con la mano, directamente a mí, desde la pantalla. Sube más y más el volumen de las melodías, y yo bailo con más y más libertad, sin preocuparme realmente por las cámaras. ¿Habría droga en la cerveza? Dejo la botella vacía junto a la pared y sigo moviéndome. Todos se retuercen y se ríen cuando nos chocamos unos con otros. Ha desaparecido, incluso, el ceño fruncido de Micki. Después de tres canciones o algo así, la música se ralentiza y me derrito en el pecho de Ian. Baja la intensidad de las luces hasta el brillo de unas velas, y las imágenes de las pantallas se difuminan hasta convertirse en simples borrones para darle a la sala un ambiente sexy. Mola. Si los retos siguen así, me las puedo arreglar. Mientras tanto, me acurruco contra Ian.

Por supuesto, NERVE no puede permitir que la cosa siga tan agradable. Se para la música, y nos alertan los ya familiares pitidos. Hasta que dejo de bailar no me doy cuenta de lo acalorada que estoy. Me levanto el pelo de la nuca, Ian me sopla sobre la piel húmeda y me pone la piel de gallina.

En lo alto aparecen Guy y Gayle.

—Bueno —dice ella con una sonrisa—, entre nuestro público hay quien dice que esos movimientos de Samuel no son exactamente lo que ellos llamarían bailar. Sin embargo, dado que este no era uno de los retos obligatorios, no le traerá consecuencias por nuestra parte —se ríe y prosigue—. ¡Llega el último reto de calentamiento! Hay cuatro puertas en la pared de detrás de la mesa y cada una de ellas da paso a un cuarto privado. Ocupadlas en cualquier combinación de participantes para jugar al «Cuarto Oscuro». Estoy segura de que no tengo que contaros las reglas —guiña un ojo—. El equipo, o el jugador, que ofrezca el espectáculo más entretenido a nuestra audiencia ganará quinientos dólares. El segundo se llevará cien. El resto solo se lleva el buen rato. ¡Que lo disfrutéis!

Ian me da un empujoncito.

—¿Vamos?

Está de coña, ¿verdad? Por muy divertido que vaya a ser hacer el tonto con él, lo más cerca de hacer de prostituta esta noche será el rollo fingido que ya hicimos antes. Los Seguidores ya nos han visto bailar, ¿no?

Me sacudo el pelo arriba y abajo.

—Dejémoslo para más adelante.

Me coge la mano y la besa.

—Vale.

Vuelve a sonar la música tecno. Qué romántico. Ty y Daniella empiezan ya antes siquiera de entrar en un cuarto. En serio, no quiero ni ver dónde le está poniendo las manos a la chica.

Pero sí tengo curiosidad por ver qué aspecto tienen los cuartos privados, así que me voy a la otra punta de la sala y presiono una de las espirales. Se desliza una puerta y se abre a un espacio lo bastante grande para una cama pequeña y una mesita de noche minúscula, nada más. Bueno, salvo los productos que haya en el único cajón de la mesita. Una luz tenue ilumina desde arriba, junto a un espejo en el techo. Me aparto un poco para que Ian se pueda asomar. Se ríe y me dice que al menos nos podríamos echar una siesta. Ja. Como si pudiera tumbarme a su lado y conseguir dormir algo.

Micki y Jen se mordisquean la una a la otra mientras se van dando tumbos hacia el siguiente cubículo. Antes de entrar, Jen le dice a Samuel:

—¿Quieres unirte?

Se diría que de verdad se lo estuviera pensando a pesar de la amenazadora mirada de Micki sobre el hombro de Jen. Finalmente, parece que la precaución se impone a la lujuria, porque Samuel hace un gesto negativo con la cabeza. Las chicas se encogen de hombros y cierran la puerta.

Ian, Samuel y yo nos volvemos a acomodar en nuestros sofás saltarines. Samuel saca su móvil y lo toquetea como si estuviera jugando a algo. La conversación con Ian ha debido de darle la idea de que esto es algo socialmente aceptable en una «fiesta». Bueno, por lo menos es más agradable que lo que está sucediendo a unos pocos metros de nosotros. Inclino la cabeza en el hombro de Ian y cierro los ojos para tratar de dar una cabezada mientras mis compañeros de juego se dedican al porno en directo.

Los paneles nos sorprenden con unos pitidos y salta una hilera de lo que parecen unas fotos policiales de cada jugador con un pie debajo que dice: «NIVEL DE APROBACIÓN DE LOS SEGUIDORES». Aj, joer, el mío es el más bajo con un veintidós por ciento. Samuel tiene un veinticuatro, y las groupies de Ian deben de estar votando, porque él alcanza un sesenta y siete por ciento. Micki y Ty encabezan la tabla con un porcentaje por encima del noventa, y Jen y Daniella se quedan entre medias. Me debería dar igual lo que piensan los pervertidos que nos ven, pero me arden las mejillas por la sensación de rechazo.

Ian me dice que no haga caso, qué fácil decirlo para él. Pasados unos minutos, se abren de golpe las puertas a nuestra espalda, y cuando echo un vistazo rápido, enseguida vuelvo a mirar a la mesa de café mientras intento borrarme de la cabeza la imagen de la barriga de Ty. Los demás regresan a sus asientos, se ajustan la camisa y se limpian la boca con el dorso de la mano. Se ríen y señalan sus puntuaciones antes de que las pantallas se vuelvan a quedar en blanco.

Guy anuncia:

—Después de una reñida votación entre nuestros Seguidores, quienes han hecho un mejor uso del cuarto oscuro son Jen y Micki. ¡Bien hecho, señoritas!

Fijo que es la primera y la última vez que alguien llama «señorita» a Micki.

La cabeza de Gayle sube y baja junto a la de Guy en la pantalla.

—Muy bien, pandilla, se han acabado los retos para romper el hielo. Llegamos ahora a lo mejor, los retos del gran premio, que todos tendréis que completar para ganar vuestros premios —arquea una ceja—. ¿Preparados para el primero?

Algunos jugadores llegan a responder con un «Sí», como si a Gayle o a NERVE les importase.

Los presentadores se inclinan hacia delante y dicen al unísono:

—Todo lo que tenéis que hacer es una llamada de teléfono.