NERVE
Catorce
—Alguien se va a llevar una somanta —canturrea Micki.
Me recuesto de golpe en el sofá de las narices y dejo que me sacuda el cuerpo de un lado a otro.
—Cierra esa bocachancla —estoy segura de que es la primera vez que he utilizado ese término. Mira cómo se amplía mi vocabulario gracias al juego.
Micki se pone en pie de un salto.
—¿Qué me has dicho, guarra? Primero te pones a estropearlo todo, ¿y ahora me insultas? —empieza a dar la vuelta a la mesa—. ¿Te han puesto los del juego a hacer esto, igual que a esos Seguidores de Atlanta? Como seas una puta infiltrada…
Vaya. ¿Qué? ¿De verdad cree que trabajo para NERVE? Calculo la distancia que me separa de la puerta. Ella está más cerca. Fantástico, me van a dar una paliza como próximo número de entretenimiento.
Sin embargo, Ian se levanta y se interpone entre nosotras.
—Calma.
Micki saca su pecho plano y lo choca contra el de Ian.
—A mí no me digas que me calme, guapito.
Él le saca una cabeza, y no retrocede.
—¿Vas en serio?
Jen la llama desde el otro lado de la mesa.
—Vuelve aquí, nena. Es mejor que no espantemos a ninguno de los jugadores. Te quedarías sin esa Harley.
Micki me señala varias veces con el dedo.
—Que no me entere de que estás intentando sabotearnos, o te meto hasta que te entierre ese culo flacucho.
Pero ¿qué le pasa a esta chica, y por qué todo el mundo me dice esta noche que no tengo culo? Por lo menos vuelve a su lado de la mesa.
A pesar de que lo más inteligente sería guardar silencio, le digo:
—¿De verdad crees que me iba a aliar con esa gente tan retorcida que hay detrás del juego? ¿Cómo sabemos que no eres tú una infiltrada a la que han metido aquí para que hagamos el imbécil y la cosa se ponga violenta?
—¿Quieres violencia?
Jen tira de la camiseta de su novia y le dice algo al oído. Sea lo que sea, hace que Micki se siente.
Ian se sienta a mi lado, encaja el rostro en mi cuello y me susurra:
—Creo que el reto de las llamadas de teléfono le ha dolido más de lo que está aparentando.
El primer reto del gran premio de Micki ha consistido en decirle a una chica que ha estado colada por ella durante años y que haría cualquier cosa con tal de estar con ella. La chica ha sonado un tanto asqueada ante la declaración, y a Micki se le ha puesto la cara roja como un tomate. En el siguiente reto, ha tratado de comportarse como si no le importase cuando Ian ha llamado a su abuela, que está en una residencia de ancianos, pero a Micki se le ha hinchado la vena del cuello como si estuviese a punto de reventar.
—¿Cuál crees tú que será mi castigo? —le pregunto a Ian.
—Lo único que sé es que nos pondrá los retos más complicados.
Me quejo.
—Porque lo que hemos hecho hasta ahora no ha sido lo bastante complicado, ¿no?
NERVE nos deja un minuto tranquilos, probablemente el tiempo de una pausa comercial, o tal vez haya otra ronda de gran premio en marcha. Naturalmente, los jugadores del lado opuesto de la mesa aprovechan el rato para ir a por otra cerveza. Mientras ellos sueltan eructos, yo me recuesto contra Ian y sueño con cómo sería estar con él fuera del juego. Él me susurra lo bien que lo estoy haciendo y otros cometarios sugerentes diversos que se vuelven más tentadores todavía gracias a la calidez de su aliento en mi oreja. ¿Quién necesita los retos para emocionarse cuando cada roce es eléctrico?
No obstante, mi fantasía es efímera. Gayle aparece en la pantalla para informarnos de que ya han terminado de preparar la siguiente ronda de retos. Se relame los labios.
—¿Todo el mundo preparado?
Nadie se molesta en mostrar entusiasmo salvo Ty. Todos sabemos que será una mierda. Miro el móvil. Una hora y cuarenta minutos para acabar.
Gayle junta las manos ante sí como si fuera a cantar un solo.
—El diseño de la siguiente ronda se ha personalizado para cada uno de vosotros. En la pared larga frente a la puerta hay cuatro salidas que conducen a unas salas especiales. Realizaremos esta ronda en dos tandas. Cuando oigáis vuestro nombre, dirigíos a la puerta que esté abierta.
En la pared, se abre la primera puerta. ¿Conducirá a otro de esos cuartitos oscuros para pervertidos? ¿O tal vez a un trampolín para saltar desde el tejado? Qué poco me gustaría conocer a la gente que forma la clientela habitual de este sitio.
Guy aparece en la pantalla junto a Gayle y llama a Ian. Él me da un abrazo rápido y se dirige ante la puerta. Si está nervioso por ser el primero, no se le nota.
—Cuando se cierre la puerta —dice Gayle—, se activará un temporizador, y no se volverá a abrir hasta pasados quince minutos, salvo en caso de una alarma de incendio.
Una manera interesante de encerrarnos en nuestros retos y de hacer que la trampa se convierta por completo en cosa nuestra. Ian se encoge de hombros y cierra la puerta a su espalda con el probable deseo de acabar cuanto antes con lo que quiera que vaya a ser aquello. Yo tengo la misma sensación, aunque al mismo tiempo me da pavor cualquier reto en el que NERVE quiera tener la puerta cerrada. Sin embargo, el mío no es uno de los nombres que Guy anuncia en la primera tanda. Samuel, Micki y Ty entran por las siguientes puertas, y nos quedamos Daniella, Jen y yo.
Mientras nuestras parejas se encuentran fuera sometidas a tortura, o encerradas con ratas, las otras chicas y yo nos reunimos cerca del armario del refrigerio para compartir un poco de chocolate que había en el frigorífico con las cervezas. ¿Por qué no? Se me ocurre que nosotras somos la mitad débil de nuestras parejas. ¿Acaso es mejor aterrorizarnos a nosotras en la segunda tanda?
Jen mordisquea una onza de chocolate y se limpia un lado de la boca con la mano.
—Micki no es tan dura como pensáis. El juego la está afectando.
—O quizá esté mostrando su verdadero yo —le digo; no estoy dispuesta a dejarle pasar ni una a la compañera de Jen—. De todas formas, gracias por conseguir que se echase atrás antes. Es una locura que crea que estoy compinchada con el juego.
Arquea las cejas.
—¿Lo es?
Me quedo boquiabierta.
—Pues sí, del todo.
Me da un golpe en el brazo.
—Te estoy tomando el pelo. Si alguien es un infiltrado, es Samuel. Está demasiado calladito.
A Daniella le entra un escalofrío.
—A mí me da miedo la oscuridad. No creéis que nos obligarán a quedarnos sentadas, solas, en una habitación sin ninguna luz, ¿verdad?
Me estiro la falda.
—Ahora que saben lo que te da miedo, podrían hacerlo.
No es que esté intentando pasarme de mala con ella, pero alguien tiene que hacerle ver que utilizarán contra ella cualquier punto débil que muestre.
Sus hombros hacen como si se estremecieran.
Le sonrío.
—Pero no pasará nada malo. Si apagan las luces, trata de echarte una siesta y recuperar fuerzas para el siguiente reto —qué fácil para mí decirlo.
Pone los ojos como platos.
—Ni loca. En cuanto cierre los ojos, meterán arañas o algo así. ¿Os acordáis de esa chica de la última vez, Abigail? Su mayor temor eran las serpientes, y mira lo que le hicieron.
Recuerdo ver el terror en la cara de aquella jugadora el mes pasado. Me decía a mí misma que aquellas serpientes no podían ser venenosas de ninguna manera. Si la chica conseguía relajarse, no le pasaría nada. Pero no se relajó, y la vi retorcerse. Por pasar el rato.
Jen coge un poco más de chocolate.
—Esa chica quería salir en el cine. ¿Creéis que todos esos chillidos eran de verdad? El juego no era más que una gran audición para ella. Incluso después, no deja de salir por todas partes en ThisIsMe. ¿Os enterasteis de lo que hizo la semana pasada, que saltó desde lo alto de una cascada delante de alguien que tuvo la suerte de grabarlo? Totalmente obsesionada con llamar la atención.
Cojo una lata de refresco.
—Eso es ir un poco lejos por un papel en una película. Y me han dicho que se borró del mapa después del último vídeo.
Jen se ríe.
—Menudo montaje publicitario es todo eso.
Comentamos los demás retos del mes pasado, destacamos los que fueron más emocionantes y comparamos los chismorreos que hemos visto en internet sobre lo que iban a hacer los antiguos jugadores. Tampoco es que le vaya a importar a nadie después de esta noche. Los únicos protagonistas que cuentan son los últimos.
Mmm. ¿Estoy pensando en mí misma como una de las protagonistas? Interesante.
Decido que al menos Jen y Daniella no están tan mal. Ojalá se hubieran enrollado con unas parejas decentes. Pero si lo hubieran hecho, dudo que estuvieran en la ronda del gran premio, ya que sus parejas parecen ser las personalidades dominantes. ¿Es Ian el responsable de que estemos nosotros aquí? ¿O acaso me he puesto tanto en ridículo que la gente quiere verme más?
Se abre de golpe la primera puerta con el sonido de una breve fanfarria de trompetas por parte de NERVE. Ian sale dando tumbos, con los ojos inyectados en sangre y las piernas temblorosas. ¿Qué narices? Corro hasta él para ayudarle a llegar a nuestro asiento.
Me sorprende sentir el temblor que le recorre la espalda.
—Pero ¿qué te han hecho ahí dentro?
Hace un gesto negativo con la cabeza.
—Me han recordado cosas que no quería recordar. Y cosas de las que no quiero hablar. Perdona.
Aquí, yo creía que éramos compañeros.
—Lo comprendo. ¿Quieres algo del armario?
Ian se mece hacia delante y hacia atrás con la cabeza entre las manos.
—Qué va, gracias.
¿Qué podría haberlo alterado de esta manera? Se abre la siguiente puerta y sale Ty paseándose con calma. Cierra el puño en un gesto de victoria y le exige una cerveza a Daniella. Sin embargo, tiene un extraño tic en los ojos, como si estuviera tratando de no llorar. Supongo que es posible intimidar incluso a un psicópata.
Micki sale por su puerta con los ojos vidriosos y grita.
—Al primer comentario que no venga a cuento, me va a dar igual que alguno se raje del juego, ¿me entiendes?
Finalmente, Samuel entra en la sala. Marcha con la cabeza baja, ocupa su sitio y se mira los nudillos. No puedo decir cuánto le ha afectado su reto, porque esa es una postura que ya ha adoptado varias veces esta noche.
Guy está en la pantalla, dando palmas.
—Muy bien, el siguiente grupo, arriba, arriba, arriba. La primera puerta es para Daniella.
Temblando, se dirige con paso lento y penoso hacia la puerta y se da la vuelta hacia nosotros para despedirse con un leve gesto de la mano antes de entrar en su reto. Yo soy la siguiente. Ojalá pudiese quedarme con Ian unos minutos. Odio dejarlo colgado estando así, tan vulnerable. Pero ¿qué puedo hacer? Le doy un abrazo, más para reconfortarlo a él que a mí misma, creo, y me dirijo hacia mi entrada.
El aire que sale por ella está helado, como si llegara directo del exterior. Entro por un pasillo con luces a lo largo del suelo que apuntan hacia una pendiente en un marcado descenso. Una vez dentro, cierro la puerta a mi espalda. Clic. Juraría que oigo el tenue tictac del temporizador, o tal vez sea una bomba. Sigo las luces por el pasillo, que lleva por lo menos a un piso por debajo de la sala del juego. En el fondo de la rampa, el corredor gira a la derecha, donde hay dos puertas. Las luces indicadoras se saltan la primera puerta y me conducen a la segunda. La empujo y entro en una habitación con una cúpula que luce roja en el techo e ilumina un espacio reducido en el que hay un asiento de cuero mirando hacia la pared de enfrente de la puerta.
La voz de Gayle parece llegar de múltiples puntos de la estancia.
—Siéntate y ponte cómoda, Vee.
Me deslizo en el asiento de cuero, y la puerta se cierra a mi espalda con un ruido sordo. ¿Qué es esto, una especie de atracción recreativa? Lentamente, un panel se desplaza hacia mi regazo, y en él se empiezan a encender unas lucecitas al tiempo que se desvanece la luz de la cúpula. Estoy prácticamente a oscuras, y eso hace que se me acelere el pulso. ¿Me habrán metido en el reto de Daniella por error? Es posible que a ella la hayan arrojado a un escenario con la ropa empapada mientras Matthew se ríe y Sydney la acusa de ser una mala amiga.
El panel que tengo delante va cobrando forma según se me adapta la vista. Alargo las manos y me encuentro con un volante y los mandos de la pantalla a su lado. Es un salpicadero. ¿Qué es esto, un simulador de conducción?
—Abróchate el cinturón, Vee —dice Gayle, sin imagen alguna, todavía, que acompañe a su voz.
No me percato de que sus palabras son en realidad una instrucción hasta que repite la orden en un tono más firme.
—Vale, vale.
Toco el asiento a ambos lados hasta que encuentro un extremo del cinturón en mi cadera derecha y el otro en el hombro izquierdo. Tiro de él, me lo cruzo sobre el pecho y lo abrocho. Quizá este edificio tenga una montaña rusa o algo así. Es perfectamente posible, ya que hay tres plantas entre la discoteca y la sala VIP. Bueno, ya me he subido alguna vez a una de estas atracciones a oscuras. No eran mis favoritas, pero salí viva.
Ante mí, se definen los pequeños detalles, como las salidas de aire del salpicadero y la radio del coche. ¿Funcionarán de verdad? Se revela el resto de los detalles y forma una imagen coherente. Guiño los ojos para ver el instrumental y se me corta el aliento cuando me fijo en la pequeña pegatina que dice «¡SUBE EL VOLUMEN!» que hay en el mando de la radio. Es una reproducción de mi coche.
Frunzo el ceño y enciendo la radio. Suena una canción de música indie que yo llevo en mi reproductor, una que escucho muchísimo. ¿Quién le ha dado a NERVE los detalles de mis listas de reproducción? ¿Está Syd colaborando con ellos para devolvérmela?
Por debajo del salpicadero suena un motor que arranca, y mi asiento vibra con el ruido sordo y suave de un coche de verdad. Es un tanto agradable, la verdad. Tranquilizador. Tanto, que recuesto la cabeza en el asiento y cierro los ojos a pesar de que sé que será probablemente la señal para que NERVE suelte las arañas. Que lo hagan.
Me encanta la canción que está sonando, y la canto. La siguiente es aún mejor. Esto es tan cómodo como mi propio coche. Su diseñador de decorados ha prestado atención a los detalles, igual que hizo Tommy con nuestra obra. Hay, incluso, un tenue olor al humo del tubo de escape.
¿Humo? ¿En una habitación cerrada?
Mi cuerpo se incorpora de golpe. ¡Ni de coña! Aprieto el botón del cierre del cinturón de seguridad, pero no se abre. Cuanto más tiro de la cinta, más tensa parece que se pone. Y sube el volumen de la música.
Con un escalofrío, me doy cuenta de que esta banda sonora es la misma que sonaba aquella noche en mi garaje, que también había empezado de un modo muy plácido. ¿Cómo pueden saberlo? ¿O es que han sondeado a todos mis amigos sobre mis gustos musicales y han probado a ver si sonaba la flauta?
El olor se hace más intenso, parece, y se me atonta la cabeza. Esto no puede ser verdad. Es probable que alguien se esté fumando un cigarrillo al otro lado de la pared y esté echando el humo por una rejilla de ventilación para darme un susto de muerte. Y está funcionando.
Saco el móvil para pedir ayuda, pero no hay cobertura. A lo mejor las paredes están hechas de acero. Como una prisión. Esa idea solo hace que otro temblor me recorra el pecho. Sigo dando tirones del cinto, y entonces me percato de que debo de tener público. Claro que sí.
Levanto la cabeza unos centímetros, hacia donde me imagino que estará apuntando alguna cámara.
—¡Gayle, Guy, dejadme salir! —ya ha quedado muy atrás la preocupación sobre si esto viola o no la integridad del reto.
¿Es eso la risa de Gayle, que llega por los altavoces?
Y grito.
—¡Quien sea que esté viendo el reto, que llame a emergencias, ahora! Me están bombeando humo del tubo de escape y me siento mareada. No es una broma. Llamad a la policía y que vengan a la sala VIP del Club Poppy. ¡Por favor!
¿Me escuchará alguien? ¿O tal vez asumirán que ya me salvará otro, del modo en que te advierten en las clases de primeros auxilios?
—¡Sydney, Liv, Eulie, llamad todas a la policía! Os lo suplico. NERVE es un juego absolutamente retorcido.
¿Me verán? La emisión de NERVE debe de tener algún tipo de retardo para asegurarse de que los Seguidores solo ven lo que tienen que ver. Con los retos de Jen y Daniella produciéndose de manera simultánea, el plano del juego podría estar cambiando de una sala a la otra. Pero tampoco llegarán a hacerme daño, ¿no? Lo que pueden hacer tiene que tener un límite. Tiene que tenerlo.
Sin embargo, siento la cabeza cada vez más ligera. Hago acopio de todas mis fuerzas para tirar del cinturón de seguridad. Qué tenso está. Aunque todo esto no sea más que una enorme farsa, todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo se retuercen con tal de escapar. Me doblo hacia un lado y el otro y trato de deslizarme bajo la cinta que me cruza el pecho. El brazo y el hombro pasan por debajo, pero no hay suficiente espacio para la cabeza. Me retuerzo todo lo que puedo hacia la derecha de modo que mi cuerpo queda prácticamente tumbado sobre el asiento, y después me aprieto contra el cojín y muevo el torso como si bailase el limbo por debajo del cinto. Me produce un dolor agudo en el cuello, pero soy capaz de liberarme de la parte superior del cinturón de seguridad.
Me valgo del volante como punto de apoyo y sacudo la mitad inferior de mi cuerpo de un lado a otro, hacia arriba, para salir del cinto del regazo. Pasados unos minutos, estoy jadeando, pero libre.
¿O no? Salto del asiento envolvente y estiro los brazos hasta que toco la pared de la parte de atrás del «coche». Está fría y lisa, como el mármol, o como una tumba. Tardo un momento en dar con el picaporte de la puerta, lo giro y tiro de él. Cerrado, por supuesto.
¿Van a dejar que me asfixie aquí dentro mientras lo graba una cámara? Tal vez esto sea uno de esos rollos del karma en los que te acaba pasando lo que te debía haber sucedido si no hubieses escapado de ello. ¿Acaso era mi destino morir en mi garaje? No, no, pensar eso es una locura. Ojalá no tuviera este zumbido y este mareo en la cabeza.
Aporreo la puerta.
—Dejadme salir.
Me doy la vuelta hacia la habitación y suplico a quien me esté viendo que me rescaten. El motor sigue ronroneando. La música sigue sonando.
Con la espalda contra la puerta, me hundo en cuclillas. ¿Es el humo más denso aquí abajo? No, espera, el humo asciende, ¿no? Estoy demasiado atontada para recordarlo. Apoyo la cabeza contra las rodillas y cierro los ojos, escocidos. Me arde hasta la garganta. Sea lo que sea lo que están bombeando, es más fuerte que el humo del tubo de escape de un coche. Cuando me quedé dormida en mi garaje, hace meses, no sentí lo más mínimo.
¿O sí? He tratado de bloquearlo con tantas fuerzas que jamás me he detenido en los detalles, la verdad, ni siquiera cuando quise recordarlo para contárselo a la loquera.
Pero ¿qué demonios tenía yo en la cabeza esa noche? Todo el mundo sabe que es peligroso quedarse sentado en un garaje con el motor en marcha. En algún momento se me debió de pasar por la cabeza la idea de parar el motor. Pero el asiento, la música y la calefacción eran tan acogedores… Y yo estaba mosqueada. Es cierto, me había enfadado con Sydney. Un pequeño detalle en el que no había pensado hasta ahora. Nos habíamos pasado horas repasando sus diálogos para una obra y, sin embargo, al final de la noche, en vez de darme las gracias, se quejó de que su vestuario la hacía parecer gorda. Un vestuario que ya le había arreglado, dos veces.
¿Estaba lo bastante enfadada como para suicidarme? Eso es ridículo. No obstante, quizá, y solo quizá, hice lo que hice con la esperanza de recibir un poco de atención. Eso también es una locura, aunque hay un minúsculo rinconcito de mi cerebro que se pregunta si hay algo de verdad en ello.
Doy un golpe con la palma de la mano contra el suelo de piedra. Este juego, esta especulación, es todo una mierda. Lo único que quiero es irme a casa a dormir, olvidarme de todo. Chillo, aporreo la puerta y me hago polvo los dedos. Estoy enfadada conmigo misma por meterme en este desastre, enfadada con NERVE por este reto tan horrible, y enfadada con los Seguidores por no haberme salvado. Aparto de la puerta mi rostro acalorado y le muestro el dedo corazón de ambas manos a la estancia oscura. Si me van a hacer sufrir, yo les voy a dar guerra. Pero no voy a llorar.
Suena un clic en la puerta, a mi espalda.
Me levanto, pero me cuesta porque las piernas se me han quedado entumecidas. Cuando estoy en pie, giro el picaporte, y esta vez se abre. Empujo la puerta y casi me espero que el mundo exterior se haya convertido en otra película de terror.
Sin embargo, me encuentro de vuelta en el pasillo con las lucecitas a lo largo del suelo, como en un avión. El aire es frío, pero está limpio. Doy enormes bocanadas mientras subo por la rampa, hasta la puerta, la que me conduce de regreso a la sala con los demás jugadores. Se abre de golpe justo cuando llego ante ella.
Guiño los ojos en el resplandor de la luz, que no me había parecido tan intensa antes de marcharme para el último reto. Al otro lado del umbral me espera Ian con los brazos abiertos de par en par. Me tambaleo hasta ellos y dejo que me abrace.
—Lo has conseguido —dice.
Suspiro.
—Ni que tuviese elección —mi cuerpo y mi ánimo han claudicado. Si tuviera fuerzas, saldría por la puerta principal ahora mismo, pero apenas se me tienen las rodillas.
Ian debe de notarlo, porque prácticamente me lleva hasta nuestro sofá, donde me acurruco contra él con la esperanza de olvidarme del resto del mundo. Siento tan fuerte el latido de su corazón, tan seguro, tan vivo… cuando levanto la cabeza para echar un vistazo a los demás, que se han apiñado todos cerca del armario de la cerveza, me queda claro que Jen y Daniella están todavía peor que yo, si eso es posible.
NERVE nos pone más música tecno. Una mirada a mi móvil me dice que todavía nos queda una hora para acabar. ¿Cómo puede ser eso? No puedo con un solo minuto más, y no digamos ya una hora.
Guy y Gayle aparecen en la pantalla vestidos de fiesta, como si estuviéramos en una gala de celebración de fin de año.
—¡Enhorabuena por pasar otra ronda! —dice Guy—. Sigamos adelante.
—No —digo yo.
Guy frunce el ceño, y Gayle arquea las cejas hasta el techo. Algunos de los demás jugadores se vuelven hacia mí con mala cara, como si hubiera escupido en una iglesia. Micki aprieta los puños. También lo hace Ty. Sin embargo, Daniella y Jen asienten con la cabeza y hacen que sus parejas las atraviesen con la mirada. Por unos breves segundos, en los paneles parpadean las fotos de nuestras caras con los niveles de aprobación de los Seguidores. No me hace falta mirar el mío para saber que ha bajado. ¿Y qué?
Respiro hondo.
—Habéis intentado matarme ahora mismo. He tenido suficiente.
Entonces reaparece Guy.
—Tienes absolutamente toda la razón.
¿La tengo?
Hace su gestito de menear el dedo.
—No en lo de matarte, tonta. Eso no han sido más que los nervios y la cerveza. Tiene pinta de que tu mente te haya jugado una mala pasada. Es increíble hasta dónde llega el cerebro humano cuando se siente encerrado en la oscuridad. Pero seamos sensatos. Todos estáis perfectamente bien, ¿no?
No responde nadie.
Gayle entra en el plano, junto a él.
—Chicos, el público cree que necesitáis algo que os recargue las pilas. Nosotros estamos de acuerdo, así que mirad vuestros móviles.
El público, qué considerado. Tengo que acordarme de enviar unas tarjetas de agradecimiento rociadas con ántrax. Aun así, aunque no quiero hacer nada más que NERVE me pida que haga, siento la curiosidad suficiente para comprobar mi móvil, que ahora tiene un mensaje con el encabezamiento: «¡MIRA QUIÉN TE SIGUE!». Cuando lo abro, hay un vídeo de Liv y Eulie.
Empieza Liv chocándole los cinco al cámara.
—¡Qué orgullosa estoy de ti, Vee! Eres la chica más valiente que conozco.
Se le une Eulie.
—Tienes más de estrella que quien tú ya sabes.
Continúan diciéndome que todos nuestros amigos me están animando y que mañana se organizará alguna celebración por todo lo alto. Obviamente, no se dan cuenta de que voy a estar castigada hasta el verano, pero aun así me hace sonreír el hecho de saber que no todo el mundo me odia.
Ian y los demás jugadores también ven vídeos en sus móviles. Se suavizan las expresiones de todo el mundo, incluso las de Micki.
Nos habla Gayle desde la pantalla.
—¿Os sentís un poco mejor, chicos?
Yo soy la única que responde.
—No lo suficiente.
Ella sonríe.
—Entonces es que no has visto qué más hay en tu teléfono.
Bajo la mirada para encontrarme con otro mensaje. Cuando lo leo, casi se me cae el móvil. Han mejorado mi gran premio para incluir unas prácticas durante el verano en una de las firmas de diseño más chulas de Nueva York. El resto de los jugadores ha de tener unas ofertas igualmente tentadoras, porque la sala estalla en voces y silbidos.
Ian tiene la cara arrebatada.
—No me lo creo.
—¿Con qué te están intentando sobornar?
—Con un abogado para una demanda de emancipación —susurra.
Cuando ladeo la cabeza y le miro con expresión inquisitiva, todo lo que me dice es:
—Significa total libertad. ¿Y a ti?
Le hablo de mi premio.
Está casi aturdido, como si no importase lo que le hubiera pasado en la habitación.
—Eso vale otra hora de cualquier mierda que nos quieran echar encima, ¿no?
—No lo sé.
¿Ha intentado NERVE asfixiarme con gas? En la luz de la sala, acurrucada con Ian, la idea parece una locura. Para empezar, ellos nunca se irían de rositas. ¿No? Estoy cansada y estresada, y me han estado confundiendo las ideas. Es a lo que se dedican. Pero también te ofrecen premios que nadie más te puede ofrecer. Con esas prácticas y la escuela de moda, lo habría conseguido.
Ian me besa en la mejilla.
—Nada nos puede parar.
Pongo los ojos en blanco.
—Sí, claro, somos totalmente invencibles.
Guy da unas palmadas para llamar nuestra atención.
—¿Está listo todo el mundo para seguir adelante?
—¡Sí! —gritan los demás jugadores.
No me vuelve loca la idea, pero su soborno ha funcionado. Hago un gesto de asentimiento.
Guy sonríe.
—¡Maravilloso! Muy bien, entramos en la última fase de las rondas del gran premio.
La imagen de la pantalla se desvanece. Esperamos a que reaparezcan nuestros presentadores. La música tecno se funde en un rollo new age de esos que oyes en un estudio de yoga, que me pone los pelos más de punta que esos sintetizadores con esteroides, aunque ya he tomado la decisión de seguir jugando. Trato de respirar muy hondo, pero es como si fuese incapaz de coger una cantidad decente de aire. Una gota de sudor me cae por la mejilla. La pantalla en blanco se burla de nosotros. Un largo rato después, las letras se desplazan por encima de nuestras cabezas.
TODO LO QUE TENÉIS QUE HACER ES ESCOGER UNA VÍCTIMA.