NERVE

Jeanne Ryan · Capítulo 17 de 22

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NERVE

Dieciséis

Dos segundos después estoy en la puerta.

Pero Micki es tan rápida como yo, y aparta de un empujón a Ty y a Daniella.

—Tú no vas a ninguna parte, zorra.

Me agarra por el codo y me lo retuerce en la espalda.

Chillando, me estiro hacia el pomo de la puerta.

—Yo no me quedo aquí con una panda de monos borrachos jugando con pistolas.

Sus uñas se me clavan en los brazos a través de la cazadora.

—La princesita acojonada no nos va a dejar sin premios.

Jen y Ty se unen al forcejeo, apartan a Ian de mí y de la puerta. Él se retuerce mientras yo intento librarme como puedo, pero Micki me tiene sujeta con mucha fuerza. Me da la vuelta hacia el suelo, me tira y se me echa encima. La espalda me aúlla bajo su peso.

Los imperdibles se me clavan en la mejilla cuando Micki pega su cara a la mía y me echa el aliento cálido de cerveza en la oreja.

—Fijo que a una guarrilla como tú le encantaría hacerlo en plan perrito.

Me retuerzo debajo de ella, pero no me puedo liberar. Me aplasta la cara contra la alfombra, que huele a goma tanto como lo parece y refuerza mi sospecha de que la eligieron por ser lavable. Me estremezco al imaginarme con qué fluidos habrá estado en contacto.

La música se convierte en un rock metal, y un bajo muy grave late al ritmo de mi corazón. Con un quejido, me libero un codo el tiempo suficiente para clavárselo a Micki en las costillas. Ella me tira del pelo en venganza y hace que se me salten las lágrimas, pero también me levanta la cabeza, así que capto un vistazo rápido de la sala. Samuel sigue sentado ante la mesa. Daniella se acurruca en un rincón, envuelta en sus brazos y con los ojos desorbitados ante la reyerta que la rodea.

A mi izquierda, Ian, Ty y Jen se abalanzan y se sueltan los brazos los unos a los otros. En el instante en que Ty deje la cerveza y se pelee de verdad con Ian, estaremos acabados. Ian debe de haberse dado cuenta de ello también, porque en un movimiento sacado de una peli de Tarantino, se apoya contra la pared y suelta por el aire una patada en pleno pecho de Ty, que lo envía de espaldas contra Jen, y a ambos al suelo. ¡Sí! Al menos uno de nosotros puede escapar y ponerle fin a este juego horrible.

Ian corre a la puerta y tira del picaporte. Y vuelve a tirar.

—Pero ¿qué demonios?

El peso de Micki sobre mí se relaja de repente, pero yo siento que se me hunde el pecho mientras veo a Ian tirar de la puerta. Algo va mal. Cuando me pongo de rodillas, Micki se ha lanzado sobre la espalda de Ian y le está tirando del pelo. Él se revuelve con la suficiente fuerza para hacer que ella pierda el equilibrio e inicie un efecto dominó cuando cae sobre mí, y yo me caigo sobre Jen y Ty, que se acaban de levantar de su último revolcón. Nos vamos todos al suelo en una melé, gritando obscenidades. No sé cómo, pero yo acabo en lo alto del montón como una muñeca de trapo encima de unos rottweilers. Me doy la vuelta y salto hacia Ian.

Su bíceps se hincha mientras prueba con la puerta una y otra vez. Pero esta ni se inmuta.

Ian salta y barre el aire de debajo de la cámara más cercana.

—¡Nos habéis encerrado, cabrones! Esto es un secuestro.

Micki se mete de un empujón entre Ian y la puerta, y prueba ella también con el picaporte. Se echa a reír cuando la puerta no se abre. ¿Quién demonios se parte de risa por estar secuestrado?

La música se convierte en una melodía del camión de los helados, y a continuación queda ahogada por los pitidos del panel, por el cual se desplaza un mensaje: LA PUERTA DEBE DE ESTAR ATRANCADA. ENVIAREMOS A ALGUIEN DE MANTENIMIENTO LO ANTES POSIBLE.

Grito a la pantalla:

—¡No podéis hacer esto! ¡Os denunciaremos!

¿A QUIÉN, CONCRETAMENTE, PIENSAS DENUNCIAR?

Señalo a Micki.

—Puedo empezar por esta guarra.

BUENA SUERTE. PARECE UN CASO CLARO DE LA PALABRA DE UNA CONTRA LA DE OTRA.

¿Verá el público los mensajes de NERVE? ¿O solo una versión editada que protege el trasero de los administradores del juego? Tal vez sea por eso que ya no vemos a los presentadores, ahora que hemos entrado en la fase de las armas de fuego. La idea hace que se me vaya la sangre a los pies.

Me escondo detrás de Ian, meto la mano en el bolsillo en busca del móvil y marco el número de emergencias. Micki enseña los dientes como si fuera un lobo y suelta las manos hacia mí, pero Ian la sujeta. De todas maneras, da igual. Me bloquean la llamada. Mi gruñido de asco provoca las risas de Micki y de Ty.

No me lo puedo creer.

—¿Es que sois todos unos psicópatas? Estamos aquí encerrados con unas pistolas. ¿Es que eso no mosquea a nadie más que a Ian y a mí?

Samuel está recostado en su sofá.

—Es probable que les hayan quitado los percutores, o que las hayan cargado con balas de fogueo.

—¿De verdad te la quieres jugar así?

Es todo cuanto puedo hacer para no saltar contra él.

—Cálmate —gruñe Ty—. Aquí nadie va a disparar. Es solo un juego.

Daniella tiene una mano en la boca como si estuviera tratando de no llorar, pero no dice nada. Jen y Micki se mordisquean los labios la una a la otra y sueltan risitas. ¿Saben ellas algo que yo no sé?

Vuelvo a probar con el móvil. A lo mejor puedo borrar la app de NERVE y recuperar el acceso al teléfono, pero me pide una contraseña. Muestro el móvil a la cámara y grito:

—¡Quitadme vuestro programa de aquí!

Desde luego, no hay respuesta. Me froto la parte alta de los brazos en un intento por calmar el pánico que amenaza con apoderarse de mí. Me han rajado la manga de la cazadora, y se ven unos arañazos profundos en mi hombro derecho.

Chillo.

—Tengo que ver a un médico. Se le ha soltado la correa a vuestro pitbull.

Micki se lleva una mano a la frente.

—Te merecías algo peor.

HAY UN BOTIQUÍN DE PRIMEROS AUXILIOS EN EL ARMARIO AMARILLO. NUESTRO MÉDICO VIRTUAL CREE QUE TODOS PARECÉIS ESTAR BIEN, PERO HAREMOS QUE TE VEAN CUANDO LOS DE MANTENIMIENTO ABRAN LA PUERTA.

El armario. Corro hacia él sin pensar en los primeros auxilios, sino con la intención de impedir el paso de los demás hacia las pistolas. Me percato de que alguien, probablemente Daniella, ha cerrado la puerta verde que las protege.

Sin embargo, Ty llega antes que yo y se me echa encima.

—Oh, no, de eso nada.

Trato de rodearlo a toda prisa, pero es demasiado grande.

—Necesito una venda. Y a lo mejor una inyección antirrábica.

Ian está a mi lado.

—Vamos, tío, estamos todos encerrados aquí dentro. Déjale coger lo que necesita.

Ty extiende el brazo.

—Yo lo cogeré por ella. Por si acaso algún imbécil cree que puede coger una pistola y disparar a la cerradura de la puerta —se me queda mirando—. No funcionaría, de todas formas. Lo probaron en la tele.

Fantástico. Es probable que ese sea el único dato científico que hay en su cerebro de mosquito.

Me duele el brazo. Quizá sí necesite realmente una antirrábica, o contra el moquillo por lo menos.

—Bien, perfecto. No voy a por una pistola. Solo dame algo para el brazo, ¿vale? Aunque claro, a lo mejor deberías dejarme sangrar hasta que necesite atención médica y NERVE tenga que cancelar el juego.

Estoy segura de que NERVE no hará tal cosa.

Ty congrega a su banda en busca de apoyo. Allí nos quedamos, cara a cara, en tensión, mientras él abre el cajón amarillo y rebusca en su interior. Me ofrece un par de vendas y algunas otras cosas.

De vuelta en nuestro asiento, Ian me frota los arañazos con algodones con antiséptico antes de ponerme los vendajes. Al otro lado de la mesa, Jen le aplica una compresa fría a Micki en la cabeza. ¿He sido yo quien le ha hecho daño? Bien.

Ty se sienta con los brazos cruzados y una mirada agresiva que nos desafía a ver si nos atrevemos a movernos hacia el armario. Daniella ronronea y le pasa una mano por el cabello, y sus pulseras tintinean como las llaves del carcelero. A mi izquierda y la de Ian, Samuel guarda silencio y nos mira por encima de las gafas. Estamos todos sentados, como en la última cena, solo que aquí no hay comida ni santos.

La música cambia a un rock de ascensor. Pero ¿quién está eligiendo la banda sonora? ¿Satán?

MUY BIEN, JUGADORES. ES LA HORA DE QUE OS GANÉIS EL PAN.

De nuevo, las órdenes nos llegan a través de mensajes de texto en los paneles. Por muy de plástico que encuentre yo a Guy y a Gayle, sin ellos la sala parece más aislada.

TY, COLOCA LAS PISTOLAS SOBRE LA MESA. UNA DELANTE DE CADA JUGADOR.

El estómago se me cae a los pies. Ty mira fijamente al panel con la frente arrugada, como si no supiese leer, quizá. O tal vez tenga conciencia de pronto.

RECIBIRÁS UNA BONIFICACIÓN DE CIEN DÓLARES POR TU ESFUERZO.

Se levanta con una sonrisa de oreja a oreja. Contengo la respiración y rezo por que, como en un truco de magia, las pistolas del armario se hayan convertido en unas palomas. Sin embargo, en cuanto Ty abre la puerta, queda claro que tal cosa no ha sucedido. Sea cual sea esa mala suerte que llevo toda la noche pegada al culo flaco, está aquí para quedarse.

—No lo hagas Ty —le digo en voz alta—. Esto es un Señor de las moscas total. NERVE quiere convertirnos en salvajes. Demuéstrales que nadie toma decisiones por ti.

Ty se dirige a Ian.

—Eh, colega, ¿es que no puedes controlar a tu chica, o qué?

Se tensa la expresión en el rostro de Ian.

—Vee tiene razón, Ty. No lo hagas.

—Nenaza —coge una pistola y la acaricia—. SIG Sauer P226. Mola. La mejor amiga de un Navy SEAL.

Deja la pistola a su lado, saca una segunda y la coloca delante de Daniella. Las dos siguientes van para Jen y Micki, que se acerca a examinar la suya con un silbido bajo. Doy un respingo cuando me mira. Ty coloca una pistola delante de Samuel, después delante de mí y, finalmente, de Ian. Ha dejado la mía y la de Ian de manera que nos apuntan con el cañón.

Me cruzo de brazos y empiezo a canturrear en voz bien alta.

—Quien lo esté viendo, que llame a emergencias. Quien lo esté viendo, que llame a emergencias.

¿Qué van a hacer, amenazarme con más «consecuencias»? ¿Cambiar las pistolas por ametralladoras?

No dejo de repetir mi petición. Aunque NERVE haya bloqueado mis súplicas cuando estaba en la otra sala, no pueden seguir censurándome, en especial ahora que se han acabado todas las demás rondas de gran premio. No habría programa. Al final, o bien tendrían que dejarnos marchar, o bien tendrían que dejar que los Seguidores nos viesen. De uno u otro modo, se acabó el juego. Que le den a la escuela de moda.

HORA DE CERRAR LA BOCA, VEE.

—Hora de dejarme salir. Lo dejo. Lo dejo. Lo dejo —alterno esto con súplicas al público para que llamen a emergencias. Ian se une a mí en el cántico.

MIRA TU MÓVIL.

Interrumpo mi cancioncilla para decir:

—No hay ningún premio más que me podáis ofrecer. La escuela de moda y las prácticas no valen esto. Nada lo vale.

Ty enseña los dientes.

—Mira, un viaje a Irlanda con mi padre antes de que esté demasiado enfermo lo vale de sobra. Así que te aguantas.

MIRA TU MÓVIL. TUS PADRES LO AGRADECERÁN.

¿Qué, ya están metiendo a mis padres otra vez en esto? Compruebo mi teléfono, que tiene un mensaje largo. Lo leo. Parecen ser las notas de mis sesiones con la loquera, cosas que ella iba tecleando en su maldito ordenador mientras yo parloteaba. Detalles como qué tipo de música sonaba en mi coche aquella noche. Es increíble cuánta información hay en sus notas. Y yo que pensaba que había sido muy lista tratando de desviar su atención del incidente del garaje dándole un montón de basura sobre lo invisible que me sentía cuando estaba son Sydney, o hablándole incluso de aquella vez en que estaba tonteando con Jason Walker y él se equivocó y me llamó por el nombre de ella. Después de esa historia hay más material humillante. Dios mío, ¿acaso le conté absolutamente todo a la loquera? Ya veo para lo que han servido todos esos formularios sobre privacidad que firmé. Y para empeorar las cosas, hay un segundo mensaje con los detalles de la sesión de terapia que la loquera tuvo con mis padres, algo de que no mantenían relaciones íntimas desde que… aj, no, les avergonzaría mucho que esto saliese a la luz.

Miro a los paneles. Ian, que ha estado mirando su móvil, también lo hace. Tiene ojos de angustia.

NOSOTROS MANTENDREMOS LA BOCA CERRADA SI TÚ HACES LO MISMO.

Dejo de cantar.

MUY BIEN. CADA JUGADOR DEBE COGER SU PISTOLA. SI HAY ALGUNO QUE NO LA COJA, SE LA CEDERÁ A OTRO JUGADOR QUE NOSOTROS ELIJAMOS.

Micki coge la suya la primera. Todos los demás siguen su ejemplo. Excepto yo.

Carraspeo.

—No merece la pena. Tomémonos solo unas cervezas y pasémoslo bien. Esto aún podría acabar bien.

Una arruga se forma entre los ojos de Ian cuando me mira.

—Coge la pistola, Vee.

Vaya, esta gente debe de tener algo sobre él mucho peor que la basura que tienen sobre mi familia. ¿O le habrá ofrecido NERVE otra bonificación? Pero ¿qué podría valer lo suficiente? Ojalá me pudiese meter en su cabeza y ver cuál es su motivación.

Mis propios pensamientos, centrados en el arma de fuego negra y brillante que tengo ante mí, hacen que un escalofrío me recorra la espalda. Tengo la boca seca.

—Esto es una locura.

Su mirada pasa por los demás sentados alrededor de la mesa.

—Sí, lo es. Pero si no la coges, estarás totalmente desarmada.

Cada aliento que cojo amenaza con convertirse en un llanto que no se detendrá jamás. Me obligo a hablar con mis labios temblorosos.

—No coger un arma puede ser más seguro que cogerla. Ni siquiera estos tíos dispararían a una persona desarmada.

Micki se relame.

—Por supuesto que no.

TIENES TREINTA SEGUNDOS PARA DECIDIRTE.

La voz de Gayle susurra por los altavoces:

—Sé inteligente, Vee.

Demasiado tarde para eso.

Se inicia una cuenta atrás en un reloj en la pantalla. Micki y Ty acarician sus pistolas como si fueran mascotas. Hasta Samuel parece sujetar el arma como si ya hubiera manejado una antes, lo cual me sorprende… debe de ser cosa de todos esos videojuegos. Daniella y Jen tienen las suyas en el regazo mientras se agarran con fuerza a los brazos del sofá.

En el reloj restan veinte segundos.

—No tienes que apuntar a nadie con ella, solo cogerla —dice Ian.

—Así es como te atrapan, pasito a pasito —le susurro, aunque todos pueden oírme.

Hay tensión en la voz de Ian.

—Nadie te va a obligar a dispararla, y si la coges, es una pistola menos de la que estos tíos podrán echar mano.

Micki y Ty me miran como un par de serpientes pitón que aguardan a un conejo. Tal vez debería coger la pistola y disparar a las cámaras.

Quedan diez segundos.

Una gota de sudor rueda por la frente de Ian.

—Vee, por favor, yo solo no puedo protegernos a los dos.

No tengo ninguna gana de hacerlo, pero ¿cómo me puedo quedar aquí sentada indefensa? Cojo la pistola cuando quedan tres segundos. Pesa, está grasienta y no parece falsa en absoluto. La dejo en mi regazo sin preocuparme ya de si el aceite me manchará la falda. Micki gruñe con una enorme mueca de desprecio en la cara.

¡MUY BIEN, CHICOS! AHORA RELAJAOS Y DISFRUTAD DE UNA BREVE PELÍCULA. JEN, POR FAVOR, ABRE EL ARMARIO ROSA Y SACA UNAS CHUCHERÍAS PARA EL CINE.

Se levanta sin saber muy bien qué hacer con la pistola y mira a Micki con cara de preguntarle a ella.

—Sujétala, que apunte hacia abajo —dice Micki.

Jen lo hace y se dirige de puntillas hacia el armario. No puedo más que imaginarme la retorcida idea que NERVE tendrá de unas chucherías. Algo tóxico, probablemente. No hemos tenido todavía ningún reto venenoso. Sin embargo, cuando abre la puerta rosa, el olor a mantequilla de las palomitas inunda el aire y me da ganas de echar la pota. Jen saca un cubo decorado con el nombre de una marca en un lado y lo coloca en la mesa antes de hacer un par de viajes más para repartir unas cajitas de caramelos que también van claramente etiquetadas. ¿De verdad creen los patrocinadores que con esto aumentarán las ventas en sus tiendas de los cines? Pregunta tonta.

Jen habla a voces con Micki.

—Hay una nevera llena de Red Bulls. ¿Quieres uno, nena?

Por supuesto, Micki y el resto de los que antes se estaban pimplando las cervezas cogen uno cada uno. Alcohol y cafeína, una combinación ganadora.

Ty y Micki son los únicos que meten la mano en las palomitas y se meten puñados enteros en la boca. Samuel encoge los hombros y se lleva una cajita de caramelos. Una vez Jen se encuentra de regreso en su asiento, se reduce la intensidad de la luz, y aparece una película en los paneles. Su título: Manejo de armas para principiantes.

Pasamos los siguientes cinco minutos aprendiendo a cargar las pistolas, a amartillarlas, a quitar el seguro y a apuntar con una mano o con dos. Con cada fragmento nuevo de información, lucho contra el impulso de gritar. Nos van a disparar. Correrá nuestra sangre por el desagüe y dejará la sala lista para el siguiente lote de jugadores. Las rodillas me tiemblan con tal fuerza que se me puede caer la pistola del regazo.

Ian me coge la mano.

—Todo es espectáculo. Solo están intentando asustarnos.

¿Intentándolo? Pero si hasta él tiene la cara pálida, y el pulso en su mano martillea contra la mía.

ENSEGUIDA LLEGAMOS A LA PARTE DIVERTIDA, CHICOS, PERO ANTES TENEMOS QUE PONER UN POCO DE ORDEN. ALGUIEN TIENE QUE AFRONTAR LAS CONSECUENCIAS DE SUS ACTOS DURANTE UNO DE LOS RETOS ANTERIORES.

¿En serio? ¿Qué puede haber peor que esto? Me dan ganas de abofetearme en cuanto esas palabras se forman en mi mente. Se trata de una de esas preguntas que siempre se responden solas de un modo que te resulta odioso en el instante en que las formulas.

Entre los gritos de alegría de Micki, el sonido de una conversación nos llega desde detrás de una de las puertas que hemos utilizado para los retos individualizados. Con el sonido de un leve reventón, el panel se abre y entran tambaleándose dos personas con los ojos vendados.

Es como si la pistola pesase cinco kilos más en mi regazo cuando me doy cuenta de quiénes se han unido a nosotros.

Tommy y Sydney.