Night School. El legado

C.J. Daugherty · Capítulo 16 de 33

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Night School. El legado

Dieciséis

Allie se apartó del escritorio tan deprisa que se hizo un lío con los pies y estuvo a punto de caer. Buscando el apoyo de la pared, recuperó el equilibrio. Entretanto, no dejaba de mirar el sobre, como si aquel trozo de papel pudiera echar a andar para perseguirla por el cuarto.

Ha estado aquí, pensó entre horrorizada y emocionada. Christopher ha estado aquí.

El corazón le latía con tanta fuerza que no oía sus propios pensamientos, y se obligó a sí misma a tranquilizarse mientras trataba de decidir qué hacer. ¿Debía acudir a Isabelle? ¿Buscar a Carter o a Rachel?

¿O simplemente abrir el sobre y mirar qué contiene?

Caminando con cuidado, se acercó al escritorio y tendió la mano hacia el sobre como si fuera una pantera enjaulada. Temblando, lo cogió.

El papel de color crema carecía de marcas aparte de la palabra «Allie» escrita en una caligrafía que llevaba más de un año sin ver. Acarició su propio nombre como si el contacto pudiera darle alguna pista de lo que le había sucedido a su hermano. De por qué se había escapado. De por qué la había dejado.

Deslizando el dedo hasta la solapa del sobre, lo abrió. En el interior había una sola hoja de grueso papel color marfil, doblado con cuidado. Se lo llevó a la nariz, preguntándose si conservaría el olor de Christopher. El aroma de su hogar antes de que su hermano se marchara.

No olía a nada.

Al desplegarlo, Allie volvió a ver su propio nombre escrito en el encabezamiento con la letra característica de Christopher, algo inclinada a la izquierda.

Querida Allie,

No me puedo creer que por fin esté hablando contigo después de todo este

tiempo. ¡Te he echado tanto de menos! Estar lejos de ti ha sido lo más duro de

todo lo que me ha pasado.

Cuando te vi aquella noche del verano pasado, supe que debía recuperar el

contacto. Has cambiado tanto que casi no te reconocí. Ya eres toda una mujer.

Estoy muy orgulloso de ti.

Sé que no entiendes por qué apoyo a Nathaniel, pero no me he vuelto loco ni

me he unido a una secta ni nada de lo que mamá o Isabelle puedan haberte

dicho. Sencillamente, he descubierto la verdad acerca de nuestra familia. Y he

tomado una decisión.

Quiero que tengas la misma oportunidad que tuve yo de elegir cuando me

enteré de quiénes somos en realidad. Los Meldrum.

Así pues, ¿te reunirás conmigo para que podamos hablar? Estaré junto al

arroyo, en las inmediaciones de la capilla, el viernes a medianoche.

Sé que debes de estar enfadada conmigo y entenderé que no quieras

acudir. Pero estaré allí. Ven, por favor. Me muero de ganas de verte.

Christopher

Más tiesa que un palo, Allie miró por la ventana hacia la oscura noche otoñal.

Christopher ha estado aquí. Justo donde yo estoy ahora. Lágrimas cálidas inundaron sus ojos. Si tantas ganas tenía de verme, ¿por qué no ha esperado a que volviera? ¿Por qué ha dejado una nota y se ha marchado como un fugitivo?

Haciendo un esfuerzo, volvió a leer la carta. Aquella vez advirtió que su hermano había repasado el apellido de su abuela varias veces para que la palabra saltase a la vista. Lo había escrito con tanta fuerza que casi había traspasado el papel.

De pie con la carta en la mano, una idea resonaba en su cabeza: ¿Qué voy a hacer ahora?

 

Aquella noche, Allie no durmió. Leyó la carta una y otra vez hasta que ya no tuvo que volver a leerla; se la sabía de memoria.

Hacia las tres de la madrugada, convencida de que no contenía ningún mensaje secreto y de que no había pasado nada por alto, se tendió en la cama, se tapó los ojos con las manos y contó las respiraciones.

Tenía pocas opciones.

Si le hablaba a alguien de la carta, la obligarían a decírselo a Isabelle aunque solo fuera por protegerla. A partir de aquel momento, el asunto ya no dependería de Allie.

No me dejarán verlo y puede que le hagan algo. Arrestarlo. U otra cosa. Algo peor.

No obstante, la otra alternativa era mentir a todas las personas que la querían.

Solo de pensarlo se le revolvía el estómago.

Se había sentido tan mal cuando le había mentido a Carter… ¿Cómo voy a hacerlo una y otra vez?

Siguió dándole vueltas a lo mismo hasta que en algún momento, justo antes del alba, debió de dormirse, porque la alarma del reloj la despertó poco antes de las siete.

 

A lo largo de aquel día, Allie fue de acá para allá envuelta en una nube de cansancio y horror; apenas si prestó atención en clase. Cuando Rachel le comentó que estaba ojerosa, Allie volvió a mentir.

—Me parece que estoy incubando un catarro.

Cada vez le resultaba más fácil, pero cuando Rachel hizo chasquear la lengua como una gallina clueca e insistió en traerle un té con miel, Allie se sintió como un monstruo.

Se pasó todo el día —cada minuto y cada segundo— preguntándose qué iba a hacer.

A la hora de la cena, jugueteó con la comida del plato sin llegar a tocarla, evitando mientras tanto la aguda mirada de Rachel. Poco después tenía que reunirse con Sylvain para la entrevista, y todo le parecía tan complicado que no sabía qué decir ni qué hacer.

Estaba demasiado agotada como para inventar alguna mentira elaborada. Por otra parte, si le decía la verdad…

De repente, sintió ganas de vomitar y apartó el plato.

¿Qué voy a hacer?

 

Poco después de las ocho, Allie aguardaba al pie de las escaleras con los brazos cruzados para ayudarse a seguir en pie. Tenía la cabeza tan embotada… La falta de sueño y el estrés le estaban pasando factura. Nada le parecía real.

—Perdona el retraso —conforme se apresuraba hacia ella casi sin aliento, Sylvain esbozó una sonrisa encantadora—. He tenido una reunión de última hora con Jerry. No se acababa nunca. Pensaba que tendría que quedarme allí el resto de mi vida — pasándose los dedos por el cabello ondulado, Sylvain señaló la zona de aulas con un gesto—. Ya tengo pensado adónde podríamos ir, si te parece bien.

El chico empezó a subir las escaleras de dos en dos; Allie lo siguió sin pronunciar palabra. Reinaba el silencio en el pasillo del segundo piso mientras avanzaban entre las sombras (dieciséis pasos) por delante de las aulas vacías. Sus pasos resonaban huecos.

—Aquí.

Abriendo una puerta del final del pasillo, Sylvain pulsó un interruptor y los fluorescentes se encendieron con un parpadeo. La sala era pequeña (diez pupitres dispuestos por parejas y cuatro ventanas). Sylvain colocó dos pupitres cara a cara y luego, tras indicarle a Allie que ocupara uno, se sentó en el otro. Lanzó un pequeño gemido cuando tendió sus largas piernas hacia el pasillo.

—Ha sido un día muy largo —dijo mientras rebuscaba en su cartera—. Jerry la ha tomado conmigo. Últimamente está de un humor terrible.

A Allie le costaba imaginar a Jerry, el amable profesor de Ciencias, tomándola con nadie. Con ella siempre había demostrado mucha paciencia.

Sylvain dejó un cuaderno en el centro de su pupitre y sacó un elegante bolígrafo de plata.

—Mira —empezó diciendo, con el ceño fruncido—. Quiero volver a expresarte lo mucho que lamento que me hayan escogido para esto —se interrumpió y la miró a la cara por primera vez—. ¿Te encuentras bien? Tienes muy mal aspecto.

—Estoy bien —repuso Allie, pero lo dijo casi en susurros. Carraspeó y volvió a intentarlo—. Es que… creo que estoy incubando algo.

—Antes que nada, quería decirte que puedes confiar en mí.

Allie se ruborizó y miró a otra parte.

Inhala dos veces, exhala una vez…

—Quiero decir que… —Sylvain observaba a la chica con atención y ella tuvo la sensación de que buscaba calibrar su reacción—. Sé que es posible que nunca vuelvas a confiar en mí y no te culpo por ello. Pero puedes estar segura de que no le contaré a nadie lo que me digas hoy. Me limitaré a escribirlo y a entregarlo. ¿Vale?

Allie hizo un esfuerzo por mirarlo a los ojos. Le ardían las mejillas por todo aquello que había quedado sin decir; lo mucho que se había enfadado ella tras el baile de verano, lo confusos que habían sido sus sentimientos hacia él desde entonces, cómo se sentía cuando estaba con él, entre segura y amenazada.

—Vale —respondió Allie con firmeza—. Esto no ha sido idea tuya, como tampoco mía. Y me parece bien. De verdad que sí. Prefiero que seas tú que… bueno, mucha gente. Así que acabemos cuanto antes.

Me alegro de que seas tú, pensó, y enseguida se preguntó de dónde había salido aquel pensamiento.

—Bien —con una sonrisa de alivio, Sylvain abrió el cuaderno—. Vamos a ello.

El chico empezó por plantearle las mismas preguntas que Allie le había formulado a Carter. Cuando le preguntó los nombres de sus abuelos, ella le soltó rápidamente el nombre de los paternos, ya fallecidos. Luego guardó silencio un momento.

Sylvain alzó la vista con expresión inquisitiva.

—¿Y tus abuelos maternos?

—Me… me temo que no conozco el nombre de mi abuelo por parte de madre — reconoció al fin—. Nadie me lo ha dicho.

Confuso, Sylvain arrugó el entrecejo, pero no dijo nada y escribió algo en su cuaderno.

—¿Y tu abuela materna?

La lluvia repiqueteó en la ventana con un ritmo entrecortado. Se diría que alguien estaba lanzando guijarros contra el cristal.

—Mi abuela se llama Lucinda Meldrum —declaró Allie por fin con tranquilidad.

Sylvain, que ya había empezado a escribir, dejó de hacerlo para levantar la vista.

—¿Tu abuela se llama igual que la ex ministra de Finanzas?

—Lucinda Meldrum, la antigua ministra de Finanzas, es mi abuela.

Soltando el boli, el chico la miró confundido.

—Allie, ¿esto es una broma o qué? Porque no entiendo…

—No es ninguna broma, Sylvain —ahora que por fin podía hablar de ello, se sentía liberada. Otra persona compartía su secreto. Cuantas más personas estaban al corriente, más real le parecía—. Es verdad. Soy la nieta de Lucinda Meldrum — señaló el cuaderno—. Escríbelo.

—No lo entiendo —Sylvain seguía sin coger el boli—. Si eso que dices es verdad, ¿por qué nadie lo sabe? Pensaba que eras de primera generación, no que estabas aquí por derecho de sucesión.

—Sí, ya sé que todo el mundo se ha preguntado siempre qué hacía una pringada como Allie Sheridan en la superalucinante Cimmeria, la academia de los multimillonarios. Pues muy bien, Sylvain, ahora ya lo sabes —él se disponía a hablar, pero Allie levantó una mano—. En serio. Escribe su nombre. Y hazme la siguiente pregunta.

Se hizo un largo silencio. Por fin, Sylvain recuperó el bolígrafo y escribió tres palabras: «Abuela, Lucinda Meldrum».

Por lo visto, el incidente lo había dejado fuera de juego y consultó sus notas con ademán distraído.

—Eh… Vale, la siguiente pregunta es… ¿Qué personas de tu familia han asistido a Cimmeria? —Sylvain levantó la vista para mirarla con expresión burlona—. Pero no estoy seguro de que haga falta preguntar…

—Mi madre asistió a Cimmeria —las frías palabras de Allie lo interrumpieron—. Y mi abuela.

Mientras Sylvain tomaba notas, Allie reparó en que se estaba acostumbrando a pronunciar la palabra «abuela». Ya no se sentía tan rara. Sin embargo, se dio cuenta de que la articulaba en un tono solemne, como quien dice «la reina». El mero hecho de hablar de Lucinda te otorgaba poder.

Aún estaba experimentando la emoción del descubrimiento cuando Sylvain prosiguió el interrogatorio.

—¿Y qué te trajo a Cimmeria? Creía que te habían enviado al colegio como castigo.

Su sensación de poder se extinguió con un chisporroteo.

Un poco hundida en la silla, Allie narró la historia de la desaparición de su hermano y todo lo sucedido después. Cómo sus padres habían perdido el interés en ella. Su arresto por allanar el colegio y hacer pintadas en las paredes. Las dos detenciones por vandalismo y hurtos menores que habían seguido a la primera. El modo en que Mark y Harry habían ocupado el lugar de su hermano en su corazón; aunque en vez de ayudarla con los deberes le habían enseñado el exquisito arte de la rebeldía.

Mientras Allie hablaba, Sylvain tomaba notas con su caligrafía pulcra y precisa, mirándola de vez en cuando con expresión perpleja pero sin interrumpirla. Habría querido suavizar algunas partes para no dar tan mala imagen, como había hecho cuando les había narrado la historia a Jo o a Rachel, pero descubrió que no podía. Se lo contó todo. Y cuanto más hablaba, mejor se sentía, como si se estuviera quitando un peso de encima. Con cada palabra, el puño que le oprimía el corazón parecía perder fuerza.

Cuando Allie hubo terminado, Sylvain la miró con manifiesta curiosidad. El bolígrafo de plata brillaba en sus largos dedos.

—Esa Allie que describes no se parece en nada a la que tengo delante de mí. No reconozco a esa chica.

—Ya, bueno —Allie se encogió de hombros—. A veces, cuando tu vida se hace añicos, tú te haces añicos con ella. ¿Nunca te ha pasado?

—No… Así no. Es que… —Sylvain se interrumpió, como si buscase las palabras adecuadas—. Admiro tu fuerza, Allie. No sé qué habría hecho yo en tu puesto, pero no creo que hubiera afrontado tan bien como tú una situación como esa.

—En mi lugar —lo corrigió Allie sin pensar—. Si hubieras estado en mi lugar.

Aún no había terminado de hablar cuando la inundó una oleada de súbita emoción. No supo por qué —quizás sencillamente por haber escarbado en toda aquella historia otra vez— pero las palabras de Sylvain le llegaron al corazón.

—Por cierto, ¿has vuelto a saber algo de tu hermano? —cuando las palabras del chico se abrieron paso hasta su conciencia, Allie alzó la vista para mirarlo a los ojos —. Ya sabes —aclaró él—, ¿después del incendio?

Con ademán meditabundo, ella se metió la mano en el bolsillo de la falda y palpó el grueso papel de la carta de Christopher. Intentó decir algo, pero las palabras no acudieron a sus labios.

Inhalar tres veces, exhalar dos…

—¿Allie? —con el ceño fruncido, Sylvain ladeó la cabeza—. ¿Qué pasa? ¿Has sabido algo de él?

—No —respondió ella con voz ronca—. Ni una vez. No hasta… esta misma noche.