Night School. El legado
Veinticuatro
—¡No! —horrorizada, Allie retrocedió un paso—. Eso no es… Está con Nicole.
Se sintió asqueada. Como si acabara de aterrizar en un reality televisivo de esos que te obligan a hacer cosas humillantes.
—No pasa nada —intervino Nicole alegremente—. A mí no me importa.
Katie no apartaba los ojos de Allie.
—Tienes que hacerlo. Si no, todo el mundo sabrá que eres una cobarde y una mentirosa.
El comentario provocó una exclamación general. Cuando Allie volvió la cabeza hacia Sylvain, lo vio mirar a Katie con manifiesto desdén.
Allie no sabía qué hacer. Pasara lo que pasase, tendría que cargar con ello durante el resto de su vida en Cimmeria. Todo el mundo parecía contener el aliento; aguardaban su decisión.
Tenía las piernas agarrotadas y tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para salvar el espacio que la separaba de Sylvain y Nicole. Los alumnos se retiraron para cederle el paso, como si fuera un miembro de la realeza. O una apestada.
Delante de Nicole, mostró las manos vacías con ademán de impotencia.
—No quiero… —dijo antes de interrumpirse y volver a empezar—. Es tu novio. Esto no está bien.
Nicole se inclinó hacia delante y acercó los labios al oído de Allie para susurrar:
—Sylvain no es mi novio.
Parecía un poco achispada. Cuando se separó de Allie, le dirigió una mirada cargada de significado. Luego dijo en voz alta, para que todo el mundo la oyera:
—Yo sé lo que hacer.
Volvió a acercarse a Allie. Esta, desconcertada, pensó que Nicole le iba a susurrar algo más, pero lo que hizo fue cogerla por la bufanda y atraerla hacia sí para besarla en los labios. Allie se quedó petrificada. Los labios de Nicole eran suaves y sabían a champán. Olía a jazmín y a rosas. Besarse con una chica no le pareció desagradable, solo… raro. Sobre todo cuando la melena de Nicole se deslizó hacia delante y le rozó la mejilla como un ala.
Al cabo de un instante, Nicole se apartó y miró a los presentes encogiéndose de hombros con elegancia.
—Ahora ya puedes besar a Sylvain, porque yo te he besado.
Mientras se sentaba, sonaron silbidos y aplausos de aprobación, pero Allie se percató de la confusión que ocultaba el griterío. Sabía que todo el mundo se estaba preguntando por qué Katie había mencionado a Lucinda Meldrum.
Apenas podía respirar cuando se volvió a mirar a Sylvain. El chico tenía la espalda tensa, los puños apretados a los costados. Saltaba a la vista que estaba enfadado.
—Este juego es una chorrada, Allie —protestó—. No tenemos que hacerlo. Katie —levantó la voz— solo quiere meter cizaña, como de costumbre.
Según lo miraba a los ojos, de color zafiro en la oscuridad, Allie pensó que le iba a estallar el corazón de dolor y anhelo. Katie era única para idear torturas que pusieran a los demás entre la espada y la pared. Sin duda, sabía que Sylvain y ella se sentían mutuamente atraídos. El cotilleo habría llegado a sus oídos. También sabía lo mal que se sentiría Carter si lo averiguaba, pero le daba igual.
Confusa a más no poder, Allie estaba a punto de echarse a llorar. Dio un paso hacia Sylvain y le susurró en voz tan queda que nadie más pudo oírla:
—No puedo… Carter…
A la mención de Carter, el chico retrocedió como si lo hubiera abofeteado. Allie notó que se quedaba sin aliento. El corazón le latía con desenfreno, fruto de la rabia, el bochorno y la pérdida al mismo tiempo.
Tengo que salir de aquí.
Si no lo hacía, acabaría por besar a Sylvain, golpear a Katie o sufrir un ataque de pánico. Y no podía permitirse ninguna de las tres cosas.
Se dio media vuelta y caminó decidida hacia Zoe, que la observaba boquiabierta. A su lado, Jo miraba el fuego fijamente, evitando los ojos de Allie.
—Venga, Zoe —dijo Allie con voz ronca—. Nos vamos. Ni tú ni yo pintamos nada aquí.
La chiquilla tardó un instante en procesar lo que le decía su amiga. Luego se puso en pie y corrió detrás de Allie, que ya había echado a andar.
Mientras se internaban en la oscuridad, la voz de Katie resonó a lo lejos, rebotando en las piedras del castillo.
—Deberías haber escogido verdad.
—Pensaba que lo de besarnos con lengua era broma —Zoe correteó para mantener el paso de Allie mientras se alejaban del castillo por la pendiente.
Avanzaban tan deprisa que los haces de sus linternas oscilaban enloquecidos, iluminando tanto las piedras del camino como las ramas de los árboles o el cielo nocturno.
—Yo también —repuso Allie apretando los dientes mientras recuperaba el equilibrio tras un resbalón. Inspiró hondo para tranquilizarse y aflojó el paso. Después, caminaron un rato en silencio. Solo el ruido de sus pisadas rompía la quietud del bosque.
—¿Allie? —preguntó Zoe con voz queda.
—¿Sí? —dijo Allie, aunque sabía perfectamente lo que le iba a preguntar su compañera.
—¿De verdad tu abuela es Lucinda Meldrum?
Zoe la miraba casi con reverencia.
Un búho ululó en el bosque cercano. Allie se detuvo.
—¿Has oído eso?
—Un búho —asintió Zoe—. Está muy cerca.
—Me encanta el sonido que hacen los búhos —Allie bajó la voz mientras observaba las ramas que se cernían sobre ellas—. Como si lo supieran todo —se hizo un silencio cuando esperaron a que el canto se repitiese. El búho volvió a ulular—. Sí —dijo entonces, con la mirada aún puesta en los árboles.
—¿En serio?
Zoe la miraba perpleja.
—Sí, Lucinda Meldrum es mi abuela.
Allie echó a andar otra vez. Al cabo de un segundo, Zoe la siguió.
—Pero ¿cómo…? —Zoe saltó una raíz que asomaba en el sendero—. ¿Cómo es posible que nadie supiese que eras su nieta? Todo el mundo sabe de qué familia procede cada cual.
Habían alcanzado la falda de la colina y ahora recorrían el jardín vallado.
—No me apetece hablar de eso —repuso Allie en tono hosco.
Zoe pareció conformarse y cambió de tema.
—Has besado a una chica.
Su voz reflejaba admiración.
—Oh, Dios —Allie recordó el susurro de Nicole: «Sylvain no es mi novio»—. Sí, lo he hecho.
—Te vas a hacer famosa —declaró Zoe.
El edificio del colegio apareció ante ellas.
Rachel estaba medio dormida cuando respondió a la suave llamada de Allie a su puerta. Llevaba un pijama blanco que le sobraba por todas partes y sus rizos, por lo general sedosos, se le enmarañaban sobre los hombros.
—¿Allie? —tenía cara de sueño—. ¿Qué pasa?
—Allie ha besado a una chica —dijo Zoe.
—¿Qué? —Rachel las miró de hito en hito.
—Se va a hacer famosa.
Zoe parecía complacida.
La mirada de Rachel se desplazó hacia Allie para interrogarla con la mirada.
—¿Te acuerdas de esa fiesta a la que no has querido venir? —le preguntó Allie—. Pues has hecho bien.
Rachel aún sostenía la puerta.
—Adentro. Las dos.
Debía de haberse dormido leyendo; había varios libros amontonados en su cama, junto a la almohada. Los retiró mientras Zoe se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos tan abiertos como si estuviera viendo una película de suspense. Allie se acomodó a horcajadas en la silla del escritorio, con la barbilla apoyada en el respaldo. Rachel, por su parte, volvió a la cama y se tapó con las mantas los pies descalzos.
—Empezad por el principio.
Allie empleó un discurso rápido para contarle lo sucedido aquella noche. Cuando llegó a la parte en que Katie le preguntaba por Lucinda, Rachel silbó entre dientes.
—¿Cómo se habrá enterado? —murmuró, sobre todo para sí—. A mí no me ha llegado ningún rumor.
—Bueno, todo el mundo sabe que eres amiga mía. A lo mejor evitan hablarte de mí.
Rachel desdeñó la idea con un gesto.
—Sí, pero yo siempre tengo los oídos bien abiertos.
—De todos los alumnos que asisten al colegio por derecho de herencia, ahora eres la más importante —declaró Zoe como si tal cosa—. Más importante que Sylvain.
Allie miró a Rachel.
—No hay forma humana de evitar que se entere todo el colegio, ¿verdad?
Una vana esperanza impregnaba su voz, pero la expresión de Rachel habló por sí sola.
—Lo siento, nena, pero estás vendida —Rachel estiró las piernas por debajo de las mantas—. Ahora cuéntame el resto. ¿Pru volvió a enseñar las tetas? Qué predecible…
A la mañana siguiente, Allie entró en el comedor con la cabeza alta y los ojos fijos al frente. Eligió una mesa situada en un rincón apartado, se sacó un libro del bolso y fingió enfrascarse en el estudio mientras masticaba los cereales. Se sentía observada. Oía susurros. No sabía en qué medida su impresión correspondía a la realidad, pero daba igual; la sensación era la misma.
Cuando alguien arrastró una silla unos minutos después al otro lado de la mesa, se quedó inmóvil, con la cuchara a medio camino de la boca.
—Allie —de mala gana, alzó la vista y se encontró con los ojos azules de Jo, que la miraban sombríos—. Deberíamos hablar.
Mierda.
Dejando la cuchara en la mesa, Allie cogió la taza como si fuera un escudo.
—Claro —procuró no hablar en tono agresivo—. ¿Qué pasa?
—¿Por qué no me dijiste quién eres?
Allie agachó la cabeza hasta apoyar la barbilla en el pecho. Ya empezamos.
—Es verdad, ¿no? —le preguntó en tono herido.
Allie asintió. El sobresalto de Jo fue casi audible.
—Qué fuerte. Y nunca me lo dijiste. ¿Por qué, Allie? Pensaba que era una de tus mejores amigas.
—No lo sabía —repuso Allie, consciente de que la verdad era increíble, de que sonaba a mentira—. Hasta que fui a casa por vacaciones. Y entonces prometí guardar el secreto.
—Pero se lo contaste a otros —la acusó Jo—. A Rachel se lo dijiste, ¿no? Y a Carter.
—Solo a aquellos que debían saberlo. Se lo conté a muy pocas personas.
—A muy pocas personas —repitió Jo—, pero no a mí.
—Jo, por favor —suplicó Allie—. No es nada personal. No quería que nadie lo supiera hasta que…
Pero su amiga no la dejó explicarse.
—Me alegro de que no sea nada personal —echó la silla hacia atrás y se levantó, muy tiesa—. Eso me hace sentir mucho mejor.
Mientras Jo se alejaba, Allie enterró la cabeza en las manos.
Durante todo el día, pensó desolada. Durante todo el día voy a tener que enfrentarme a esto.
Hacía solo unas semanas, habría acudido a Carter en busca de consuelo. Habrían buscado un lugar donde estar solos y él se habría ocupado de que no la importunasen. Pero aquellos días habían quedado atrás.
Tendría que cuidarse sola.
Su paso por el vestíbulo principal provocó un revuelo de susurros, ojeadas disimuladas y miradas fijas.
Al final, se refugió en la biblioteca, donde las gruesas alfombras orientales absorbían los murmullos. Eloise, en su escritorio, estudiaba un documento con un boli en la mano.
—Me gustaría utilizar una cámara de estudio, por favor —Allie intentó adoptar un tono desenfadado, como si pidiera algo así todos los días.
—En teoría, son para los alumnos de último curso… —empezó a decir la bibliotecaria, pero al ver la desesperación que emanaba de Allie cambió de idea—. Y para las buenas alumnas como tú que colaboraron en la limpieza de la biblioteca después del incendio.
Abrió un cajón y sacó un llavín prendido a una anilla plateada.
—La tercera está libre. Puedes quedarte el tiempo que quieras.
—Gracias —Allie distinguió el alivio que rezumaba su propia voz. Eloise debió de advertirlo también, porque la miró preocupada.
—¿Va todo bien?
—No —respondió Allie a la vez que se daba la vuelta—. La verdad es que no.
Conseguir la llave resultó ser la parte más fácil de todo el proceso. Las puertas de las cámaras eran casi invisibles. Estaban tan bien acopladas al revestimiento tallado de la pared que apenas se veían las junturas. Fue palpando los cuadros, las bellotas y las rosas hasta que dio con una hendidura que por fuerza tenía que ser la jamba de la puerta. Desde ese punto, fue resiguiendo la pared despacio, buscando hendiduras parecidas, hasta dar con la que le pareció la tercera.
A continuación tenía que encontrar la cerradura.
Para cuando dio con ella, oculta en el centro de una flor, estaba enfadada y frustrada. Enfadada consigo misma. Enfadada con Carter y con Sylvain. Furiosa con Katie. Y bastante rabiosa con el estúpido panel.
La puerta se abrió con un chasquido casi inaudible. Cuando Allie pulsó el interruptor de la luz, la habitación cobró vida; los vibrantes colores del mural que cubría las paredes formaban un violento arcoíris muy acorde con su estado de ánimo.
El mural retrataba a un grupo de individuos que, armados con espadas y lanzas, luchaban a ambos lados de un arroyo que fluía por un campo verdeante. Entre las oscuras nubes del cielo, querubines de aspecto amenazador blandían arcos y flechas. Se diría que todos gritaban enfadados.
Allie dejó caer la bolsa al suelo y se puso a andar de un lado a otro, pasándose las manos por el pelo.
—¿Qué voy a hacer? —murmuraba para sí—. ¿Cómo voy a solucionar esto?
Se dejó caer en la silla que acompañaba al escritorio y apoyó la cabeza en los brazos. Todo se había ido a pique. ¿Cómo se había enterado Katie de lo de Lucinda? No creía que nadie se lo hubiese dicho. Isabelle no, desde luego. Ni Rachel, ni Carter. Y ellos eran los únicos que lo sabían.
Un golpe en la puerta interrumpió aquellos pensamientos desesperados. Debía de ser Eloise; seguramente algún estudiante de último curso necesitaba la salita. Casi antes de abrir la puerta empezó a protestar:
—Eloise, solo llevo aquí unos minutos y…
Cuando vio a Carter al otro lado, se quedó muda. No lo había tenido tan cerca desde la noche que habían roto. Por alguna razón, estar con él era lo que más deseaba y lo último que necesitaba al mismo tiempo. Durante una milésima de segundo, se preguntó si por algún milagro del cielo Carter la había perdonado y las cosas volvían a ser como eran. Cuando vio la expresión hastiada de sus ojos oscuros, su sueño se desvaneció.
Mientras lo miraba, paralizada, Carter señaló con un gesto la habitación.
—¿Puedo entrar o quieres que nos quedemos aquí plantados?
El tono de impaciencia la sobresaltó y Allie se hizo a un lado a toda prisa.
—Perdona. Entra.
Carter pasó junto a ella mirando a su alrededor. Reparó en la bolsa que Allie había tirado al entrar, cuyo contenido, libros y papeles, se esparcía ahora por el suelo. Mirando el terrible mural que los envolvía, Carter murmuró:
—Muy apropiado.
Luego se sentó en la silla que descansaba delante del escritorio.
El flequillo liso le caía sobre las cejas y se lo echó hacia atrás con un gesto distraído que a ella siempre le había encantado. Por un momento, Allie pensó que el corazón se le haría trizas en el pecho, como el cristal que se estrella contra la piedra. Sin embargo, seguía latiendo.
Plantada de espaldas a la puerta, inspiró presa de un estremecimiento. Carter la miró parpadeando.
—He pensado que debíamos hablar.
La voz del chico, tranquila pero distante, heló el corazón de Allie, que se dirigía muy envarada hacia la segunda silla.
—¿Cómo… cómo estás?
Era una pregunta estúpida, pero Allie quería saberlo realmente.
—Estoy genial, Allie, gracias —Carter sonrió con sarcasmo—. Mi novia se va a corretear por el bosque con otros chicos y no confía en mí lo bastante como para decirme la verdad. Pero, aparte de eso, todo va bien. Me han puesto un excelente en el trabajo de Historia.
—Carter, yo…
—No he venido a pedirte explicaciones —la interrumpió. Calló un momento—. O quizás sí… no sé.
Por un instante, el semblante de Carter reflejó un dolor tan intenso como el de ella misma. Incapaz de soportarlo, Allie se miró las manos y advirtió que temblaban una pizca. Las escondió bajo los muslos.
—Te he visto entrar aquí y he pensado que debía hablar contigo.
Allie seguía con la mirada gacha, y Carter alzó la voz, solo un poco.
—Mírame, Allie.
De mala gana, ella levantó los ojos. La tristeza había abandonado el semblante de Carter para ser remplazada por una gélida indiferencia.
—Me he enterado de lo que pasó en la fiesta de ayer por la noche.
A Allie se le revolvió el estómago.
—Yo… Pero si…
—No hablo de que te enrollaras con Nicole ni de que protagonizaras una escenita con Sylvain, aunque podemos comentarlo si quieres —replicó Carter con frialdad—. Me refiero a lo que dijo Katie de Lucinda. Quería que supieses que nunca le he hablado a nadie de Lucinda, y nunca lo haré.
Ella lo miró fijamente.
—Ni se me había pasado por la cabeza.
La intensidad de la reacción de Allie cogió al chico por sorpresa. Permaneció unos instantes en silencio, clavándole la mirada, pero al final se limitó a decir:
—Bien.
Luego hizo ademán de levantarse.
—Bueno, supongo que eso es todo.
—Carter, espera.
Sin pensar lo que hacía, Allie se inclinó hacia la mesa y tendió las manos para obligarlo a sentarse. Carter se apartó y ella, con las mejillas ardiendo, retiró la mano.
—¿Podemos hablar un momento?
—No estoy seguro de que sea buena idea —dijo él, pero se quedó en el sitio.
—Sé que no he sido del todo justa contigo y lo siento muchísimo, pero tú tampoco has tenido mucha fe en mí. Somos muy buenos amigos pero… —Allie sostuvo la mirada del chico—. He estado pensando mucho en todo esto y creo que no hemos sido la pareja ideal. A ti no te gusta que tome mis propias decisiones y yo no confío en ti lo suficiente como para contarte las cosas. Y sé que eso nos ha causado problemas.
—No solo eso —le espetó Carter—. Te olvidas de Sylvain.
Allie sintió un vacío en el pecho.
—Sí —se echó hacia atrás en la silla y repitió con voz apagada—. Me olvido de Sylvain.
—Tú nunca te has dado cuenta, pero llevas escrito en la cara lo que sientes por él. Cuando él aparece te quedas… helada. Tu expresión se transforma por completo —se rio con amargura.
—Carter —dijo Allie—. Sylvain me salvó la vida. Y si… le tengo cariño es por eso. No porque me guste o lo que quiera que imagines.
—¿Sabes qué es lo más triste? —Carter exhibía una expresión atormentada—. Que todo el mundo se ha dado cuenta de que te gusta menos tú.
El chico se levantó de repente y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo. Pronunció las últimas palabras de espaldas a ella.
—Tendrás que perdonarme si no me divierte ver cómo se desarrolla esta pequeña historia de amor.
Cuando Carter hubo salido, Allie hundió la cabeza entre las manos. Solo quería llorar, pero las lágrimas no acudían a sus ojos.
Cuando Allie se cruzó con Katie aquella tarde, ya estaba lista para pelearse con ella. Al ver la característica melena roja a lo lejos en un pasillo no muy concurrido, echó a correr para alcanzarla y la cogió por la manga.
—¿Cómo lo averiguaste? —preguntó Allie antes de que Katie se hubiera vuelto siquiera a mirarla.
—Si crees que te lo voy a decir, lo tienes claro.
Katie se zafó de Allie y retrocedió un paso.
Llevaba los labios pintados de un tono marrón albaricoque a juego con su tono de piel. A Allie le enfureció descubrir que la belleza de Katie la hacía sentir insegura una vez más.
—La verdad es que nos mentiste a todos —prosiguió Katie—. Ahora la gente sabe que eres una mentirosa y tendrás que afrontar las consecuencias de tus actos. No me culpes a mí por ello.
Allie se estremeció de rabia.
—¿Ah, sí? ¿Desde cuándo guardar silencio acerca de un asunto familiar privado es mentir? Además, ¿qué os importa, a ti o a quien sea?
Al principio, los demás alumnos pasaban de largo pero luego, presintiendo que se avecinaba una pelea en toda regla, se pararon a mirar. Pronto se reunió un pequeño gentío en torno a las dos chicas.
Katie la miró aburrida.
—Te preguntamos varias veces si estabas aquí por derecho de sucesión y dijiste que no. Querida, nadie tiene más derecho a estar aquí que la nieta de Lucinda Meldrum y me cuesta mucho creer que no lo supieras. De modo que la cuestión es: ¿por qué mentiste?
Al ver que Allie titubeaba, Katie esbozó una sonrisa triunfal.
—Dínoslo, Allie —señaló con un gesto a los espectadores—. No se lo contaremos a nadie. ¿Por qué mantuviste en secreto tus vínculos familiares?
—Porque no es el maldito asunto de nadie —le espetó Allie, con las mejillas ardiendo.
Katie puso los ojos en blanco.
—Menuda respuesta. Además, ahora todo el mundo está al corriente.
—Gracias a ti.
—Sí —Katie sonrió—. De nada.
Mirándola a los ojos, Allie supo que aquella discusión era inútil. Katie jamás revelaría su fuente; se estaba divirtiendo demasiado.
Derrotada, se dio media vuelta, pero las palabras de despedida de Katie volaron hasta ella como cuchillos.
—¿Por qué no vas corriendo a contarle tus penas a Sylvain? Ay, no —se tapó la boca—. ¿Debería haber dicho a Carter? No. Perdona, ¿con cuál de los dos sales esta semana?
Cuando una furiosa Allie se dio media vuelta con los puños apretados, los ojos verdes de Katie se abrieron de par en par.
—¡Oh, no! ¿Vas a pegarme? —se rio en tono condescendiente—. ¡Madura de una vez, Allie! ¡Eres patética!
—¿Allie es patética? —la voz sedosa de Nicole las pilló a ambas por sorpresa. Allie se giró a toda prisa y vio a la francesa, que de pie a su lado taladraba a Katie con la mirada—. Me parece que te confundes, Katie, acerca de quién es patética.
Alguien se rio por lo bajo. Aturdida, Katie echó un vistazo a los espectadores antes de recuperar la sangre fría.
—Ah, Nicole, la que faltaba. Ya sé que te besuqueaste con ella pero, ¿de qué va todo esto? ¿No te habrás enamorado de Allie?
Nicole torció la cabeza a un lado y la melena oscura se le deslizó hacia el hombro. Miró a Katie como quien mira a una babosa.
—Me parece que lo que te molesta no es a quién besé yo o a quién besó a Allie sino a quién te gustaría besar a ti. Y quién no quiere besarte.
Un desagradable rubor subió por el cuello de Katie hasta teñir su rostro. La pelirroja las miró boquiabierta. Toda su hiriente retórica se había esfumado.
Allie también había perdido la capacidad del habla y volvió la cabeza hacia Nicole con los ojos como platos. La morenita sonrió tan tranquila, como si acabaran de comentar el tiempo.
—Vamos, Allie —dijo alejándose—. Hay personas más interesantes con las que hablar.
—Esto… gracias, Nicole —respondió Allie en plan cutre mientras avanzaba a trompicones detrás de la otra. Nicole caminaba a paso rápido y ligero; pese a lo menuda que era, se movía muy deprisa. Pronto dejaron a Katie atrás—. Estaba a punto de darle un puñetazo.
—Oh, Allie —la morenita esbozó una sonrisa angelical—. Ha sido un placer. Desprecio a Katie Gilmore.
Se abrieron paso entre los alumnos con decisión, aunque Allie no tenía ni idea de adónde iban.
—Oye —dijo—, respecto a lo de anoche…
—Fue divertido, ¿verdad? La gente alucinó —se rio Nicole—. Pero los ingleses alucinan con cualquier cosa.
—Eso que dijiste… —Allie la miró de reojo—… sobre Sylvain. ¿No sois novios?
Nicole se detuvo y volvió la cabeza hacia ella con una sonrisa en los labios.
—Sylvain y yo somos amigos desde los seis años. Nuestros padres veranean juntos. Jugábamos en la playa de pequeños y fuimos juntos al colegio. Y cuando nos hicimos mayores… —hizo un gesto vago—… tuvimos algunas experiencias. Pero no salió bien. Se me hacía raro besarle, ¿sabes? —frunció la nariz—. Era como besar a un hermano. Así que ahora somos amigos íntimos —no había nostalgia en sus ojos oscuros—. Creí que te gustaría saberlo.
Los estudiantes reían y charlaban en el concurrido vestíbulo pero Allie ya no los oía.
—¿Crees que… debería…? —su voz se apagó.
¿Pero qué estoy preguntando?
No obstante, Nicole respondió al instante aquella pregunta incompleta.
—Creo que a veces le damos demasiadas vueltas a las cosas. En ocasiones basta con escuchar a tu corazón. Confiar en tus instintos —señaló una puerta—. Ahora tengo que ir a un seminario de Ciencias. ¿Quieres venir?
Allie negó con la cabeza.
—No, gracias —repuso en tono ausente—. Y gracias otra vez por…
Nicole se encogió de hombros empujando la puerta al mismo tiempo.
—Le he dicho lo mismo a Sylvain.
—Han sido los padres de Katie —Isabelle vertió agua hirviendo en dos tazas mientras Allie se dejaba caer, enfurruñada, en la butaca de las visitas. Un vapor con aroma a bergamota impregnaba el despacho—. Ayer habló con ellos por teléfono, es de suponer que del baile de invierno. Debieron de informarla entonces.
—¿Y ellos cómo se han enterado?
Allie aceptó la taza de té con leche que le tendía Isabelle y la sostuvo distraída mientras la directora se sentaba a su lado.
—Bueno, eso es más peliagudo —respondió Isabelle en un tono inquietante—. Verás, toda la junta directiva lo sabe, Allie. Lucinda ha decidido no seguir manteniéndolo en secreto.
—¿Qué? —Allie dio un respingo y se tiró un poco de té por la pierna. Maldiciendo entre dientes, lo secó con la mano—. ¿Por qué?
—Tras el último ataque, Lucinda juzgó conveniente informar a la junta de lo que se propone Nathaniel. De todo lo que se propone —como Allie se la quedó mirando sin comprender, Isabelle suspiró—. En el seno de la organización están pasando muchas cosas que desconoces, Allie. Nathaniel aspira a mucho más que todo esto — hizo un gesto que abarcaba todo el despacho—. A mucho más que Cimmeria. A mucho más de lo que puedes imaginar siquiera. Nosotros solo somos un grano de arena. Minúsculo pero crucial.
Allie contuvo el aliento. Se había propuesto averiguar cuál era el meollo de todo aquel asunto, pero tenía que jugar bien sus cartas.
—No lo entiendo. ¿De qué le sirve a Lucinda revelar que soy su nieta?
—No lo ha hecho solo por ella. También lo ha hecho por ti —los ojos color miel de la directora sostuvieron la mirada de Allie—. Para protegerte.
—Pues vaya forma de protegerme —la alumna frunció el ceño—. Más bien me ha metido en un lío. Ahora todo el mundo me considera una mentirosa y un bicho raro.
—Pero las personas implicadas saben lo importante que eres para ella.
¿Soy importante para ella?
La idea se le antojaba extraña. Llevaba mucho tiempo pensando que no le importaba a nadie. Y le costaba aceptar que una mujer a la que ni siquiera conocía se preocupase por ella.
—Sigo sin entender.
—Allie —la joven nunca había visto a Isabelle tan seria—. Hay un espía aquí dentro, trabajando para Nathaniel. Por lo que sabemos, puede que esa persona se proponga asesinarte. O a mí. Lucinda ha hecho todo lo posible por evitar que alguien nos ataque desde el exterior. Pero ¿cómo protegernos de los que están dentro? ¿Ocultos a plena luz del día? Necesitamos toda la ayuda posible.
A Allie se le puso la piel de gallina.
—Así pues —prosiguió la directora—, Lucinda ha decidido probar algo distinto. Revelar a los miembros de la organización lo que está pasando. Con la esperanza de que esa atención adicional disuada a Nathaniel y a quienquiera que trabaje para él.
El plan no sonaba muy prometedor. Allie se cruzó de brazos.
—¿Crees que servirá de algo?
Isabelle bajó la vista.
—No lo sé. Verás, Lucinda se encuentra en una posición delicada ahora mismo, todos lo estamos. Nathaniel está intentando poner de su parte a la cúpula de la organización para forzar a Lucinda a hacer ciertos cambios. A modificar el Reglamento en un sentido que podría… —se interrumpió—. Bueno, que podría arruinarlo todo. Y Lucinda quiere demostrar a esas personas que Nathaniel no es digno de confianza. Que recurre a métodos irracionales. Que es cruel y peligroso — suspiró—. Conozco bien a Nathaniel y sé que nada lo detendrá. Por desgracia, algunos miembros de la junta no se dan cuenta. Él les dice lo que quieren oír.
—Sabes muchas cosas de Nathaniel —dijo Allie—. ¿Lo conoces personalmente? ¿O lo conociste en algún momento? ¿Quién es, Isabelle?
La directora se quedó pensando un momento antes de contestar:
—Conocí muy bien a Nathaniel en otra época —hablaba despacio, como si escogiera las palabras con cuidado—. Verás, Nathaniel es mi hermanastro.
Allie se quedó de una pieza.
—¿Qué?
—Por eso —continuó Isabelle— entiendo perfectamente lo que te pasa con Christopher. Porque yo viví algo parecido.
Allie se sintió traicionada. ¿Por qué Isabelle nunca se lo había mencionado? No obstante, trató de concentrarse en la conversación.
—¿Alguna vez Nathaniel y tú estuvisteis… unidos?
—Una vez, hace mucho tiempo. Pero Nathaniel siempre deseaba aquello que no podía tener y me culpaba a mí cuando no lo conseguía.
Allie se la quedó mirando sin entender.
De mala gana, Isabelle se explicó:
—Cuando mi padre murió, me lo dejó todo a mí. El dinero, las casas, las empresas. Todo. Pensó que Nathaniel era demasiado inestable como para confiar en él —la directora jugueteó con sus gafas—. Dejó dicho en el testamento que debía entregarle a Nathaniel una sustanciosa cantidad anual; no le falta de nada. Sin embargo, eso le dio igual. Solo tuvo en cuenta la humillación. El rechazo. Nathaniel nunca me lo perdonó. Es así de sencillo. Y ahora quiere más.
—Isabelle —dijo Allie con voz queda—. ¿Qué quiere Nathaniel exactamente?
La directora se quedó pensando un buen rato. Cuando habló, lo hizo en tono de resignación.
—Todo.