Night School. El legado

C.J. Daugherty · Capítulo 21 de 33

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Night School. El legado

Veintiuno

A la mañana siguiente, Allie se sentía aletargada.

Insensible al dolor, indiferente al peligro. Ajena a cualquier cosa que el mundo le tuviera reservada.

Cuando Isabelle la mandó llamar para comunicarle que el tribunal decidiría aquella misma noche qué castigo le aplicaban, se limitó a asentir.

Lo que faltaba.

—Diles la verdad —le aconsejó Isabelle—. Igual que me la explicaste a mí.

—¿Me expulsarán? —preguntó Allie.

La respuesta le importaba solo a medias, pero la sencilla contestación de Isabelle le dolió.

—No lo sé.

Tras eso, Allie se retiró al silencio forzoso de la biblioteca donde buscó un rincón escondido y trató de concentrarse en los deberes. No podía recurrir a nadie. Ni siquiera le podía contar a Rachel por qué Carter y ella se habían peleado; por lo menos, no sin meterse en más líos.

Además, ¿de qué le serviría? Sabía lo que iba a pensar todo el mundo. Dirían: «¿Y por qué no se lo dijiste a Carter en vez de a Sylvain?».

Bien pensado, la pregunta era lógica. ¿Por qué? Una y otra vez las palabras de Carter resonaban en su mente: «Mírame a los ojos y dime que entre Sylvain y tú solo hay amistad».

Mientras hojeaba el libro de Historia, no dejaba de ver la imagen de Carter. La intensidad de su reacción la había asustado. Por primera vez, Allie lo creía capaz de cortar con ella a causa de Sylvain.

Se le saltaron las lágrimas y se las enjugó con el dorso de la mano.

¿De qué me sirve llorar?, pensó con amargura. Así no voy a arreglar nada.

—Oye, ¿estás bien? —Jo se sentó en la silla de al lado y miró a Allie preocupada. Parecía más entera que el día anterior; no tenía la cara congestionada.

Pese a todo, a Allie no le apetecía hablar con ella en aquel momento, de manera que mintió.

—Estoy bien.

Con ademán nervioso, la rubita se peinó con los dedos.

—Mira, quería disculparme por lo de ayer. Se me va la olla cada vez que tengo noticias de Gabe.

—No hace falta que te disculpes —dijo Allie. Dejó el boli en la mesa con un suspiro—. He sido yo la que ha creado todos los problemas.

—Tú hiciste lo que tenías que hacer —la sorprendió Jo—. No creo que nadie hubiera hecho otra cosa. Pero he oído decir que han convocado un estúpido tribunal para examinar tu caso. Estoy furiosa. Ya le he dicho a Isabelle que me parece una chorrada, pero ella no piensa hacer nada —propinó un puntapié a una pata de la mesa —. Como de costumbre.

Allie la miró con curiosidad.

—¿Y tú cómo te has enterado de eso?

Jo desdeñó la pregunta con la mano.

—¿Qué más da? Pero te digo una cosa: le he dicho a Isabelle que si te expulsan yo me marcharé también, ¿vale? Solo quería que lo supieras.

—Jo… —Allie no sabía qué decir. Estaba horrorizada y complacida por un igual —. No puedes hacer eso.

—Puedo y lo haré —le aseguró Jo—. De todos modos, quiero marcharme. Esto no es lo mismo desde el verano pasado. A lo mejor me matriculo en ese internado suizo de Lisa. Puede que conozca a un príncipe superguapo y que vivamos felices para siempre. Da igual —no aguardó a oír la respuesta de Allie—. Solo quería que lo supieras. Sobre todo después de lo que le han hecho a Sylvain.

A Allie se le secó la boca.

—¿A qué te refieres? ¿Qué le han hecho a Sylvain?

—¿No te has enterado? —Jo parpadeó sorprendida—. El tribunal encargado de evaluar su caso se celebró ayer. Está en periodo de prueba y le han prohibido participar en las actividades de la Night School.

Allie suspiró aliviada. No lo habían expulsado.

 

El día transcurrió a paso de tortuga. El tribunal de Allie estaba convocado a las nueve. Ella solo deseaba que todo hubiera terminado, fuera cual fuese el veredicto.

Justo antes de las nueve, descendió por el frío tramo de escaleras que conducía al sótano, a solas. No tenía ni idea de lo que iba a pasar, pero se dijo que ya no importaba. Pese a todo, el pasillo le pareció más largo y oscuro que de costumbre. Jamás en su vida se había sentido tan sola.

Cuando vio a Sylvain esperándola, se asustó y acudió corriendo a su lado.

—¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

Las heridas del chico parecían un mapa en bajorrelieve. Tenía el ojo casi cerrado y el corte del labio no le había cicatrizado. Pese a todo, Sylvain intentó sonreír.

—Solo quería desearte suerte.

Allie se emocionó tanto que por un instante no pudo hablar; se mordió el labio.

—Me he enterado del castigo que te han aplicado. Lo siento.

—Pues no deberías —Sylvain le sostuvo la mirada—. Yo no lo siento.

—Pero yo tuve la culpa, Sylvain —protestó Allie—. Y ahora tú te has metido en un lío.

—Mereció la pena —respondió él. Cuando ella se disponía a objetar de nuevo, Sylvain le levantó la barbilla con la mano para mirarla a los ojos—. Allie. Mereció la pena.

Allie se había esforzado mucho en que nada de todo aquello la afectase, pero en aquel momento se le escapó una lágrima delatora. Sylvain se la enjugó con delicadeza.

—Courage —le dijo en francés—. No dejes que te vean llorar.

Se acercó a la puerta y posó la mano en el pomo, esperando a que ella se recompusiera. Allie inspiró para serenarse y luego asintió.

Sylvain abrió la puerta.

En el interior, habían dispuesto cuatro sillas detrás de una mesa, igual que cuando les anunciaron el proyecto de las entrevistas. Sin embargo, en esta ocasión solo había una silla de cara al tribunal. Por una milésima de segundo, Allie fantaseó con la idea de salir corriendo de la sala. Del colegio.

Entró.

Hacía frío y el aire olía levemente a cemento y a sudor rancio. Zelazny, Jerry Cole, Eloise e Isabelle la miraban desde el otro lado de la mesa.

—Por favor, Allie, siéntate.

Eloise observó con expresión amable cómo la alumna se sentaba envarada en la silla plegable. Allie notó el metal frío contra los muslos. Los otros miembros del tribunal la miraron impávidos.

—Te hemos convocado porque saliste sin permiso de la escuela después del toque de queda para reunirte con un miembro del equipo de Nathaniel, lo que consideramos una grave infracción del Reglamento —Isabelle tenía las manos cruzadas sobre la mesa. El pelo recogido y las gafas alargadas acentuaban los ángulos de su rostro—. Sylvain Cassel, que ya ha verificado al tribunal lo antedicho, te acompañó. ¿Niegas alguna de las acusaciones?

Allie le sostuvo la mirada.

—No.

—Allie, ahora tienes la oportunidad de exponer tu defensa para evitar que te expulsen de la Night School y de Cimmeria, que es la pena máxima a la que te puede condenar este tribunal —expuso Eloise con dulzura—. Háblanos de las circunstancias atenuantes; de las razones que te llevaron a hacer lo que hiciste. Por favor, empieza por relatarnos lo que pasó aquella noche. ¿Por qué te saltaste las reglas?

Allie procedió a explicar lo sucedido. Al principio, la voz le temblaba ligeramente, pero poco a poco se fue serenando y prosiguió el relato con seguridad y confianza. Cuando llegó a la parte en que Gabe se la llevaba a rastras y contó cómo se había liberado, una media sonrisa asomó a los labios de Isabelle, aunque se apresuró a disimularla. Sin embargo, Allie omitió una vez más todo lo que Christopher había dicho sobre la directora.

Cuando hubo terminado, se limitó a decir:

—Asumo la plena responsabilidad de todo lo sucedido aquella noche. Sylvain no tuvo la culpa de nada. Ni siquiera habría estado allí si yo no lo hubiera amenazado y me hubiera negado a seguir su consejo. Él solo intentaba protegerme.

Zelazny habló de inmediato.

—¿Y por qué no siguió su consejo?

Sin mudar de expresión, Allie volvió los ojos hacia el profesor.

—Porque sabía que secuestrarían a mi hermano para llegar a Nathaniel y quería evitarlo.

—¿Lo sabía? —preguntó Zelazny en tono sarcástico—. ¿Y cómo podía saber de antemano lo que íbamos a hacer? ¿Acaso lee usted nuestras mentes?

—Muy bien. Entonces diga que me equivoqué.

Allie desafió a Zelazny con la mirada, pero él obvió el comentario con un gesto de desdén.

—No es a mí a quien se está juzgando —dijo—, y será mejor que lo tenga presente.

—Aquí no se está juzgando a nadie —intervino Jerry Cole para apaciguar los ánimos. Su pelo, encrespado y moreno, estaba más revuelto que de costumbre, y las gafas descansaban sobre la mesa mientras él se frotaba el puente de la nariz—. Allie, ¿tu única intención era proteger a tu hermano?

Ella asintió con vehemencia.

—¿No pretendías ayudar a Nathaniel?

—No —Allie lo miró confusa—. ¿Por qué iba a querer yo ayudar a Nathaniel?

—Por lo que nos has dicho —explicó Jerry—, tu hermano esgrimió razones muy convincentes para que te unieras al bando de Nathaniel. ¿No te convenció?

—Creo… —Allie tenía un nudo en el estómago. Tragó saliva—. Creo que mi hermano ha perdido la cabeza. No estoy de acuerdo con nada de lo que dijo. Sin embargo, tenía que verlo. Tenía que averiguar qué le había pasado. Tenía que saber que estaba vivo.

—Todos estaréis de acuerdo en que se trata de un deseo totalmente comprensible —intercedió Eloise—. A los hermanos los une un vínculo especial. Cualquiera habría hecho lo mismo.

—Sin embargo, yo te pregunto por ese vínculo precisamente —insistió Jerry. Eloise le lanzó una mirada rara pero él no dio muestras de advertirla—. Te sientes tan unida a él que eres capaz de saltarte el Reglamento y arriesgarlo todo por verlo. ¿Volverías a romper las normas por él? ¿Volverías a poner a tu hermano por delante del colegio?

Allie no se lo había planteado y por un segundo se quedó mirando a Jerry con curiosidad, imaginando que Christopher le pedía ayuda, que le suplicaba que renunciase a todo por él.

—No —respondió con tristeza—. Ya no.

Con lágrimas en los ojos, recordó las palabras de Sylvain: «No dejes que te vean llorar.»

Inspiró profundamente. Luego concluyó con voz firme.

—Porque no confío en él.