Night School. El legado

C.J. Daugherty · Capítulo 7 de 33

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Night School. El legado

Siete

Apoyado contra la puerta del salón de actos, con un pie adelantado, Carter leía el libro que tenía en las manos. Estaba tan concentrado que no advirtió la presencia de Allie cuando esta se plantó ante él. El flequillo liso y oscuro le acariciaba los ojos. Cuando se lo echó hacia atrás distraído, Allie suspiró. Adoraba aquel gesto.

Carter alzó la cabeza y sus ojos oscuros se posaron en los de Allie.

—Eh —lo saludó ella.

Él repasó los rasgos de la muchacha con la mirada.

—Eh, tú.

Carter tenía un modo de observarla que la incomodaba una pizca; como si nada se le escapara.

—¿Qué estás leyendo? —le preguntó para distraerlo.

Mientras tendía la mano para atraerla hacia así, Carter le mostró el libro. Allie leyó la portada.

—¿Vonnegut? ¿Quién es? —frunció el ceño—. ¿Es una de las lecturas obligatorias?

Carter esbozó aquella sonrisa torva que la volvía loca; cuando negó con la cabeza, sacudió el flequillo de un modo que…

—No. Es que me gusta. Estoy leyendo todos sus libros. Es increíble —el chico se metió el libro bajo el brazo, alargó la mano hacia atrás y giró el pomo al mismo tiempo que empujaba la puerta. Ambos entraron riendo en el salón de actos.

Mientras recuperaban el equilibrio, Allie advirtió que habían desaparecido casi todos los muebles almacenados. Volvía a ser un salón cualquiera, con mesas y montones de sillas esparcidas al fondo, a la espera del próximo baile.

—¿Qué hacemos aquí?

Carter esbozó una sonrisilla burlona, tan sexy que Allie se estremeció.

—Pensaba que podríamos, ya sabes… pasar un rato juntos. Y como sé que esta sala siempre está vacía… —mientras hablaba, el chico dejó el libro en una mesa y empezó a caminar hacia atrás, arrastrando a Allie consigo. Ella lo siguió sin oponer resistencia, atraída por sus ojos.

—La noche de ayer no fue nada romántica —prosiguió Carter— y habrá que resarcirse, ¿no?

Cerca de la pared opuesta, el chico se detuvo y atrajo a Allie hacia sí. La cogió por la espalda y le tomó la mano. Instintivamente, Allie posó la mano libre en el hombro de Carter. Cuando él la arrastró girando lentamente, Allie notó, a través del algodón de la camisa, el movimiento de los fuertes músculos.

—¿Qué haces? ¿Quieres bailar?

Allie se rio sin dejar de mirarlo a los ojos.

—¿No oyes la música?

Ella torció la cabeza a un lado.

—No.

Estrechándola aún más, Carter la obligó a girar. Ella soltó una risilla.

—Me parece que no te estás esforzando —le susurró Carter al oído. Rozó con los dientes el lóbulo de Allie—. Esfuérzate más.

Allie separó la cabeza para ofrecerle la zona de la nuca. Los labios de él descendieron hasta el cuello de la remilgada blusa del uniforme y luego ascendieron por detrás de la oreja hasta el suave cabello de la sien para volver a bajar después por el agudo contorno de la mandíbula. A Allie se le antojó una tortura exquisita. Aferrada a él, deseaba que aquello no terminara nunca.

Cuando le alcanzó los labios, Carter susurró:

—¿La oyes ahora?

—Creo que…

Allie tenía la voz ronca, jadeante. Ya no pensaba. Se limitaba a sentir.

De puntillas, pasó los dedos por el sedoso cabello del chico y lo atrajo aún más hacia sí. Cuando abrió los labios, percibió la tensión en los músculos de Carter, que la abrazaba con fuerza. Allie apenas podía respirar, pero le daba igual. Quería que le acariciara todo el cuerpo, que la besara hasta el último rincón.

Como si le leyera el pensamiento, Carter aflojó el abrazo y deslizó las manos hacia la cintura de la falda. Sin dejar de besarla, empezó a desabrochar la prenda.

Temblando, Allie posó las manos en el pecho de Carter. Con el corazón a punto de estallar, notó que los dedos del chico le palpaban la cálida piel de la espalda, bajo la falda.

—Estás temblando —susurró él, los ojos oscuros como humo—. ¿Estás bien?

Casi sin voz, Allie asintió. Pegada a su cuello, aspiraba el aroma a sándalo y aire fresco.

—Tienes la piel muy suave —la voz de Carter contenía una pregunta mientras la acariciaba. Allie temblaba de placer—. Me gustaría besarte el cuerpo.

—A mí también.

Allie habló en un tono tan quedo que se preguntó si realmente habría pronunciado las palabras.

Debió de hacerlo, porque él exhaló un gemido ronco y la empujó hacia el suelo. Se quedaron de rodillas, inmersos en un beso interminable.

—No quiero… —Carter la estrechó con fuerza. Estaban tan juntos que Allie notaba el calor que irradiaba él—. No quiero hacerte daño.

Un ceño fugaz asomó al semblante de Allie.

—Tú nunca harías algo así.

Con un dedo, Carter le acarició la frente, descendió a la nariz, le recorrió las mejillas y llegó a los labios, que rodeó con cuidado.

—Es que… eres importante para mí, Allie Sheridan —susurró mirándole los labios—. Mucho.

Allie perdió el aliento.

—Tú también eres importante para mí, Carter West. Mucho.

Sin separar la mano derecha del pecho del chico, Allie usó la otra para coger la de Carter y llevársela al corazón, que latía con fuerza.

—¿Lo ves? —dijo—. Ambos sentimos lo mismo.

Los ojos de él se oscurecieron aún más. La besó tan apasionadamente que Allie cayó hacia atrás. Estaban entrelazados sobre el suelo de madera, ella de espaldas, mirándolo a los ojos. Los dedos de Carter se acercaron al primer botón de la blusa.

Sus ojos contenían una pregunta.

Allie asintió en silencio, y él, con cuidado, desabrochó el botón. Con labios trémulos, le besó la piel. Cuando la mano del chico descendió al segundo botón, ella jadeaba.

Estaba al borde del desmayo. ¿De verdad vamos a hacerlo?

En aquel momento, la puerta se abrió.

Allie creyó que se le iba a parar el corazón. Los ojos de Carter le advirtieron que se quedara quieta, aunque no hacía falta. Ni en sueños se habría movido. Tendido medio de lado, como una estatua reclinada, el chico respiraba tan quedamente que su pecho apenas se desplazaba.

Allie no distinguía quién había entrado; una mesa y un montón de sillas le obstruían la visión. Entonces oyó la voz de Jerry; conversaba en voz tan baja que solo les llegaban palabras sueltas. Al no oír respuesta, Allie comprendió que hablaba por teléfono.

—… ahora no puedo hablar… la situación es muy grave… Raj Patel se encarga de la seguridad… a santo de qué… ¡No!

Jerry alzó la voz al pronunciar la última palabra.

Carter abrió los ojos de par en par, pero no se movió.

El profesor volvió a tomar la palabra.

—… cuanto podemos. Los terrenos… seguridad —se hizo un silencio y luego dijo casi a voz en grito—: No voy a discutir contigo. Puedes consultarlo con Orion.

Como si temiese que pudieran oírlo, pasó a hablar en susurros ásperos. A partir de aquel momento no pudieron distinguir lo que decía. Permanecieron inmóviles, casi sin respirar, comunicándose con la mirada, hasta que Jerry se calló.

Pocos segundos después, oyeron el chasquido de una puerta al abrirse. Luego el suave golpe del cierre.

Carter se incorporó y oteó la sala por encima de las sillas amontonadas. Enseguida se dejó caer de espaldas.

—Se ha ido —dijo.

Ahora que no tenía a Carter encima, Allie podía respirar con más facilidad. También pensaba con mayor claridad. Aunque le había dicho que continuara, una parte de ella se alegraba de que los hubieran interrumpido. Sentía algo por Carter. Quizás incluso lo amase. Sin embargo, no estaba segura de estar lista para lo que habría sucedido si Jerry no hubiera entrado en el salón. Todo había ocurrido tan deprisa… Habían pasado de los besos a algo más como si tal cosa. Y de repente, Allie se había encontrado a bordo de un tiovivo que giraba demasiado deprisa como para saltar. Habría podido saltar al principio, cuando estaban empezando, pero no lo había hecho. ¿Y ahora qué? ¿Aún estaba a tiempo de saltar, de volver a los besos y nada más? ¿O se suponía que si volvía a emprender el viaje debía llegar hasta el final?

Frunció el ceño con expresión preocupada. Al advertirlo, Carter se acercó y le apartó un cabello de los ojos.

—No creo que se hubiera enfadado —dijo con una sonrisa lánguida y despreocupada. Por lo visto, atribuía la inquietud de Allie a la posibilidad de que los hubieran descubierto. Ella no lo sacó de su error. No era el momento más apropiado para hablar de sexo. ¿O sí?—. Pero tampoco le habría hecho ninguna gracia — prosiguió Carter—. Nos habría mandado a ver a Isabelle. Y ella nos habría perdonado después de largarnos un sermón sobre la seguridad.

Imaginando la decepción de la directora si se hubiera enterado, Allie se sonrojó y se sentó.

—No pasa nada —asintió—. No nos ha visto —por primera vez, Allie pensó en lo que acababan de oír y se volvió a mirar a Carter—. ¿De qué iba todo eso?

—Yo diría que Jerry hablaba con algún padre enfadado.

—No sabía que los profesores tuvieran teléfonos —se extrañó Allie.

—Algunos sí.

Tendido en el suelo con expresión grave, Carter se la quedó mirando mientras ella se abrochaba la blusa. Presa de una súbita timidez, Allie agachó la cabeza para esconder la cara detrás de la melena.

Carter se sentó y, atrayéndola hacia sí, apoyó la frente en la de Allie. Ella lo miró a los ojos.

—Todo va bien —susurró el chico—. Te lo prometo.

 

—¿Dónde demonios estoy?

A punto de dar las nueve, Allie corría por un angosto pasadizo del sótano. Carter le había explicado muy bien cómo se llegaba al gimnasio y a las salas de entrenamiento, pero le estaba costando mucho encontrarlas y tenía la horrible sensación de que se había perdido.

El sótano le ponía los pelos de punta. El techo era tan bajo que parecía un largo ataúd. A la luz verdosa de los fluorescentes, el lugar recordaba al típico escenario de un crimen de las series de televisión. Varias puertas cerradas flanqueaban el pasillo, la mayoría sin señalizar. Al oír un golpe seco que parecía proceder del otro lado de la pared, Allie dio un respingo.

Son las cañerías, se dijo, aunque no tenía ni idea de por qué una cañería iba a hacer un ruido semejante.

Cuando oyó un crujido en el techo segundos después, prefirió no alzar la vista.

Alguien camina por el piso de arriba. Pero el corazón le latía a toda velocidad.

En aquel momento, escuchó un correteo a su espalda y notó un soplo de aire. Sin que tuviera tiempo de reaccionar, alguien pasó corriendo por su lado a toda velocidad, golpeándole la mano y pisándole un pie al pasar.

Hecha un manojo de nervios, Allie retrocedió y chocó contra la pared.

Allá delante, una morenita delgada peinada con una coleta se detuvo y se volvió a mirarla.

¿Cómo es posible que una chica tan bajita haga tanto daño?, pensó Allie mientras se cogía el pie y saltaba en el sitio.

—¡Eh! —le gritó—. Oye… ¡Ay!

Como un pajarillo, la chica ladeó la cabeza y la miró un instante.

—Mala suerte.

Lo dijo en un tono chillón y antipático. Allie la miró boquiabierta a la vez que ella doblaba corriendo una esquina y desaparecía.

—Maldita, maldita, maldita sea —murmuró Allie mientras cojeaba tras ella.

Siguiendo los pasos de la chica, llegó a un pasillo desierto que parecía extenderse hasta el infinito.

—¿Pero dónde diablos está el gimnasio de las narices? —musitó.

Como si acabara de invocarlo, una puerta doble de cristales esmerilados apareció a su izquierda. Sobre la misma, unas letras desvaídas indicaban: «Gimnasio».

—Oh.

Carter le había dicho que la sala de entrenamiento estaba enfrente. Allie se dio media vuelta y descubrió una puerta señalizada con una sola palabra: «Uno».

Sala de Entrenamiento Uno.

Inspirando hondo, giró el pomo.

La sala, mal iluminada, era pequeña y estaba atestada. Unos treinta alumnos aguardaban alrededor de un tatami azul.

Allie estaba cerrando la puerta cuando el murmullo de la conversación decayó. Zelazny, en el centro de la pieza, gritó:

—¡Silencio, por favor! Vamos a empezar.

Al ver a Allie plantada en el umbral, puso cara de asco.

—Gracias por unirse a nosotros, Sheridan. Si llega a tardar un segundo más, su paso por la Night School habría sido el más corto de la historia del colegio.

Unos cuantos alumnos se volvieron a mirarla, riendo. Allie se puso como un tomate, pero no dijo nada. Se rodeó el cuerpo con los brazos y se tranquilizó ideando torturas. Entonces reparó en Sylvain, que estaba a un par de metros de ella. Miraba a Zelazny enfurruñado.

—Como iba diciendo —prosiguió el profesor—, bienvenida. Ya sé que está al corriente de lo que pasó aquí este verano. Como puede suponer, lo sucedido nos ha obligado a cambiar el programa de entrenamiento de este trimestre. Nos centraremos en la autodefensa y la seguridad en vez de trabajar la estrategia.

Cuando los ojos de Allie se acostumbraron a la penumbra, reconoció algunas caras. No se llevó grandes sorpresas. Al lado de Sylvain estaba Jules, la prefecta de las chicas. Y creyó atisbar a Lucas al fondo. Sin embargo, no vio a Carter por ninguna parte.

Zelazny cambió de tono y Allie intentó prestar atención a sus palabras.

—Hemos invitado a un experto en seguridad para que nos ayude con las clases. Os enseñará las técnicas que aplica la mejor empresa de seguridad del mundo. Y no exagero; no solo los altos ejecutivos de las grandes empresas sino también los líderes mundiales contratan sus servicios. El hombre del que estoy hablando no es otro que nuestro nuevo instructor especializado, Raj Patel.

Un murmullo se extendió por el grupo, que aplaudió con reverencia. El padre de Rachel surgió de entre las sombras y se colocó junto a Zelazny.

Nada más verlo, Allie se sintió mejor. Le sonrió y lo saludó con la mano, pero él no respondió a sus gestos.

Nada puede ir mal si el señor P. está aquí. Él cuidará de mí.

—Muchas gracias por el cálido recibimiento —dijo el señor Patel—. Estoy encantado de volver a Cimmeria, aunque sea en tan terribles circunstancias. Como ha mencionado el señor Zelazny, este curso nos centraremos en tácticas de autodefensa. También añadiremos un nuevo elemento, algo que nunca antes habíamos puesto en práctica. Creo que todos habéis sido informados de los incidentes protagonizados por Gabe Porthus.

A la mención de Gabe, Allie sintió que los niveles de oxígeno disminuían en la sala. El señor Patel no dio muestras de haberlo advertido.

—A causa de los actos de Gabe, este trimestre abordaremos los conceptos de traición y confianza. A ese respecto, quiero plantearos una pregunta clave: ¿deberíais haber advertido que Gabe no era de fiar? Al fin y al cabo, muchos de vosotros os considerabais sus amigos. ¿Os dio alguna pista de que había cambiado de bando? ¿Alguna señal que debería haberos puesto sobre aviso? Y, lo que es más importante, ¿hay alguien en esta sala que no sea digno de confianza? —se movía como una pantera, en silencio, acercándose a los alumnos y mirándolos a los ojos como si pudiera leerles el pensamiento—. ¿Hay alguien en esta sala que planee traicionarnos?

Sus palabras provocaron un susurro de sorpresa, como si todo el mundo hubiera exhalado el aliento al mismo tiempo. Al mirar a su alrededor, Allie advirtió que los demás estaban tan horrorizados como ella. Devolvió la vista al señor Patel. Lo encontraba frío y distante. No se parecía nada en absoluto al hombre que había conocido en casa de Rachel.

Le dio un vuelco el corazón. Puede que Rachel tuviera razón. Era muy posible que no lo conociera tan bien como creía.

—En estos momentos —prosiguió él— mis hombres están pasando revista a todos los habitantes del colegio; hasta el último ayudante de cocina, alumno y profesor. Si alguno de vosotros miente sobre su identidad o sobre los motivos que lo han traído aquí, podéis estar seguros de que lo descubriremos. Sin embargo, he pensado encargaros parte del trabajo. Me gustaría que os investigarais mutuamente.

Alguien ahogó un grito, pero el señor Patel siguió hablando.

—Os enseñaremos a detectar signos de engaño —prosiguió—. Tendréis que interrogaros los unos a los otros y luego informarnos de los resultados. Y dejad que os diga una cosa: está prohibido mentir en los interrogatorios. Si alguien miente, nos enteraremos. Y la persona que lo haga será expulsada.

Tras arrojar aquella bomba, se volvió hacia Zelazny.

—Tu turno, August.

—¡Silencio! —ladró Zelazny, fulminando con la mirada a los alumnos, aunque Allie no había oído ni una mosca—. Empezaremos hoy mismo formando parejas. Cada uno de vosotros tendrá un compañero, con el que trabajará a lo largo del trimestre. Esa persona será vuestro apoyo; vuestra media naranja por lo que concierne a la Night School. Calificaremos al equipo, de modo que si vuestro compañero no se esfuerza al máximo, os sugiero que lo conminéis a que lo haga. Si uno suspende, el otro también. La asignación de pareja será innegociable —calló un instante para volver a lanzarles dardos con los ojos—. Ni se os ocurra pedir un cambio de compañero. No haremos excepciones. En ningún caso.

Hojeó el sujetapapeles que llevaba en la mano.

—¡Henderson! Te ha tocado con Mitchell.

Allie vio a dos chicos que no conocía acercarse y entrechocar las palmas sin ruido.

—Richeau, tu pareja será Smith-Tivey.

Una joven de cabello negro caminó hacia un joven musculoso. Zelazny prosiguió con los cincuenta nombres de la lista. Allie se mordisqueó la cutícula del pulgar y escuchó los latidos de su corazón hasta que lo oyó decir:

—¡West!

La chica contuvo el aliento, con la esperanza de oír su propio nombre.

—Tu pareja es Matheson.

Allie hundió los hombros. ¿A Carter le ha tocado con Jules?

Aunque se sentía menos intimidada que antes por la prefecta de las chicas, Jules aún poseía la extraña habilidad de hacerla sentir insegura. Era tan perfecta y parecía tan integrada en Cimmeria… Además, era una vieja amiga de Carter.

Ojalá a Allie le hubiera tocado con él. Se podrían haber ayudado mutuamente. Ahora tendría que formar equipo con algún desconocido, y conociendo a Zelazny seguro que no le esperaba nada bueno.

Estaba tan inmersa en aquellos pensamientos autocompasivos que cuando el profesor por fin leyó su nombre no oyó el de su pareja.

Aterrada, tiró de la manga a la persona que tenía al lado.

—¿Has oído lo que acaba de decir? —le preguntó a un chico alto y rubio—. ¿Sheridan y quién?

Él la miró sin interés.

—Ha dicho Glass.

Una voz cantarina habló a sus espaldas. Allie se dio media vuelta y vio a la asesina de la coleta con la que se había topado en el pasillo.

—Zoe Glass —aclaró la chica, torciendo la cabeza a un lado—. Es mi nombre. No me lo gastes.