Night School. El legado
Treinta y dos
Una luz dorada. Mantas suaves. Calor. Dolor.
Allie oía voces pero no podía despertar.
—¿Cómo está?
—Sigue inconsciente.
—¿Eso es malo?
—No muy bueno. Mírala, por el amor de Dios.
Alguien le sostenía la mano y susurraba junto a su oído.
Un pinchazo.
Silencio.
Allie abrió los ojos sobresaltada. Los tenía pegajosos, los párpados pesados.
Despacio, distinguió las formas de la habitación; todo era blanco. Una cama blanca. Una luz blanca que se filtraba por níveas cortinas. Paredes blancas.
Le dolía todo el cuerpo, hasta el último hueso. Cuando se humedeció los labios, notó algo raro; estaban hinchados y cortados. Intentó hablar pero tenía la boca demasiado seca.
Se moría de sed.
Con esfuerzo, Allie volvió la cabeza a la derecha. Apenas si podía moverse. Sylvain dormía en una butaca, a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho. Parecía joven y vulnerable.
Cuando alargó el brazo para tocarlo, un fuerte dolor le recorrió el brazo. Allie gimió y Sylvain abrió los ojos, que atraparon el reflejo de la luz como piedras preciosas.
—¿Allie? —Sylvain se inclinó hacia ella y le tomó la mano—. Todo va bien. Estás a salvo.
Allie se sentía rara. Como si sufriera una conmoción cerebral. La voz parecía llegar de muy lejos.
—Has sufrido un accidente —le decía Sylvain.
—Ya lo sé —susurró ella, aunque las palabras sonaron amortiguadas, como si hablara a través de gasa—. Estuve allí.
Una sonrisa de alivio asomó al rostro de él, que se inclinó para besarle los dedos.
—Doctora —llamó por encima del hombro.
Apareció una mujer de blanco que la miró preocupada.
—Hola, Allie. Por favor, no te muevas.
Alargó la mano por delante de Sylvain y tomó la muñeca de Allie entre los dedos mirando el reloj al mismo tiempo. A continuación comprobó las cifras en la pantalla de la máquina que Allie tenía junto a la cama y anotó los resultados.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó la doctora.
—Me duele. Tengo sed.
—Te daré un calmante —le tendió a Sylvain un vaso con una pajita—. Solo unos sorbos. No la dejes beber demasiado. Vuelvo enseguida.
El chico le puso la pajita en los labios. El agua tibia sabía de maravilla. Allie se la habría bebido toda, pero él retiró el vaso. No le importó. Le dolía la garganta.
Buscó los ojos de Sylvain.
—¿Jo?
El semblante de él no expresó nada.
—No hables, Allie. La doctora quiere que guardes silencio. Luego hablaremos.
Se asustó; el monitor que le controlaba el ritmo cardíaco pitó.
—¿Jo?
Medio incorporado, Sylvain gritó por encima del hombro:
—¿Doctora?
—Estoy aquí —la mujer apareció junto al chico, con una jeringuilla en la mano —. Por favor, no te muevas —ordenó a Allie—. Necesitamos que estés tranquila.
Allie observó impotente cómo la doctora introducía el contenido de la jeringuilla en el gota a gota. Algo iba mal, pero no acababa de saber qué era. Luego su cerebro perdió el interés.
Se hundió en el vacío.
Cuando volvió a despertar, era de noche. Un resplandor dorado bañaba el lecho. Isabelle, en la butaca, leía un fajo de papeles. Llevaba las gafas apoyadas en mitad de la nariz.
Allie intentó llamarla, pero otra vez tenía la garganta seca. Sin embargo, la directora debió de notar el movimiento porque se inclinó hacia ella y dejó los papeles a un lado.
—Allie… toma —Isabelle le sostuvo el vaso de agua.
Aún notaba la cara hinchada, pero el dolor había menguado y Allie volvió la cabeza despacio, para comprobar si había alguien más en la habitación.
—¿Sylvain?
Isabelle se echó hacia delante, con los ojos ensombrecidos.
—Lo he mandado a su cuarto a descansar. Lleva aquí varios días. Está agotado.
—¿Días? —Allie miró a la directora a los ojos—. ¿Cuánto tiempo…?
—Has estado inconsciente tres días, Allie. Has sufrido daños graves; tienes una contusión en la cabeza y te has roto el brazo izquierdo.
Allie asintió apenas para indicar que no le sorprendía. Sostuvo la mirada de Isabelle.
—Jo.
La directora guardó silencio unos instantes, pero luego habló en tono grave y firme, como si estuviera preparada para aquel momento.
—Jo no ha sobrevivido, Allie.
Alguien gimió y la muchacha se preguntó si habría sido ella. Isabelle le tomó la mano buena y se la sujetó con fuerza.
—Zoe corrió como el viento; llegamos enseguida pero Jo había perdido demasiada sangre —a la directora se le quebró la voz y aguardó un momento antes de proseguir—. No pudimos hacer nada por ella. Ya estaba muerta cuando llegamos allí.
Una lágrima surcó la mejilla de Allie.
—¿Qué pasó?
A Isabelle le temblaban los labios.
—Encontramos algunas cosas en su habitación.
—¿Qué? —preguntó la más joven, aunque ya se lo imaginaba.
—Cartas y notas —dijo Isabelle—. De Gabe.
Un sentimiento de odio inundó el corazón de Allie.
—Estaban en contacto desde hacía un tiempo. Le dijo que quería hablar con ella, que la echaba de menos y deseaba disculparse. Jugó con sus emociones, con los sentimientos sin resolver de ella. Debieron de quedar para aquella noche. Cuando llegó, la verja estaba abierta. Discutieron. Ella intentó escapar. Gabe tenía un cuchillo y…
Un sollozo sacudió a Allie, que soltó la mano de Isabelle para taparse la cara.
—Jo…
¿Había tenido ella la culpa? ¿Acaso Jo no la había advertido, en cierto sentido? Había dicho: «No tuve ocasión de preguntarle por qué hizo lo que hizo». ¿Por qué no se había dado cuenta de que su amiga no lo había aceptado? ¿De que insistiría en saber por qué?
Isabelle lloraba también.
—Hiciste todo lo que pudiste, Allie. Nadie podría haberla salvado.
Pero no era verdad.
A primera hora de la mañana siguiente, Rachel se presentó en la habitación de Allie con una taza de café caliente y un cuenco de gachas. Tenía los ojos rojos e hinchados pero no lloraba.
—No sé si esta gente te da de comer —dijo forzando una sonrisa triste.
Sentada en la butaca, junto a la cama, removió las gachas («¡con azúcar moreno y canela, como a ti te gustan!»). A Allie le costaba comer debido al estado de su mandíbula y su garganta, pero descubrió sorprendida que estaba hambrienta. Rachel le ofrecía cucharadas pequeñas y aguardaba paciente a que su amiga se las tragara. Cuando Allie no quiso más, cerró la puerta de la habitación, apartó la mesa y se sentó en la cama junto a su amiga, con cuidado de no moverle el brazo roto. Luego Rachel le tomó la mano buena y le explicó cuanto sabía.
Todo parecía indicar que Gabe le hacía llegar las notas a Jo a través del espía de Nathaniel. Seguramente le había enviado la última la noche del baile, y el espía había hecho correr el rumor de que alguien había entrado en el colegio. Debían de ser sus pisadas las que vieron los guardias en la nieve. Esa persona debía de introducirlas en la habitación de Jo mientras ella dormía. No estaban seguros de si Jo conocía su identidad. Tal vez hubieran establecido algún sistema para que Jo le entregara sus respuestas.
—Y entonces, justo antes de las once, esa persona, quienquiera que fuera, abrió la puerta —dijo Rachel.
El corazón de Allie latía con una intensidad antinatural.
—La puerta se abre por control remoto desde el despacho de Isabelle —explicó Rachel—. No hay otra manera. De modo que el que la abrió disfruta de la suficiente confianza como para entrar en el despacho sin despertar sospechas. Un profesor, seguramente. Aunque podría ser un alumno avanzado de la Night School.
Allie notó que le faltaba el aire. Se obligó a seguir respirando.
Isabelle y Raj creían que el conductor había aparcado en el bosque, a unos cien metros de la entrada. Gabe continuó a pie desde allí para reunirse con Jo.
—No sabemos por qué la mató. Puede que ella lo amenazara con revelar sus encuentros a Isabelle o a mi padre —la mano de Rachel era cálida al tacto—. O quizás solo quiso hacerle daño y se le fue la mano. Sea como sea, mi padre cree que Gabe sabía que tú y Zoe estaríais patrullando a esa hora. Y que solo la necesidad de ayudar a una persona querida podría impulsarte a salir del recinto.
Una lágrima rodó por la cara de Allie hasta la almohada. Cerró los ojos, ansiosa de que la historia llegase a su fin.
—Y después, se limitó a esperar allí a que llegaras.
El llanto sacudió los hombros de Allie.
—Sin embargo, no contó —Rachel también sollozaba; se le quebró la voz mientras acariciaba el cabello de Allie— con que te defenderías como una fiera.
Jo fue enterrada en Nochebuena en el cementerio Highgate de Londres. Escasean las noticias en vacaciones, de modo que los periódicos nacionales publicaron la historia. Todos informaron de la trágica muerte de una adolescente rica y hermosa en un terrible accidente provocado por el hielo de la carretera.