Night School. El legado
Dieciocho
Solo tenía que sobrevivir hasta la noche.
Por la mañana, Allie explicó su desaparición de la víspera diciendo que se había encontrado mal. Nadie sospechó de ella. Rachel la atiborró a tisanas mientras que Carter le tocó la frente para comprobar si tenía fiebre y le preguntó si había ido a ver a la enfermera.
Se pasó el día diciendo una mentira detrás de otra. Y le resultó fácil.
Tengo un don natural, pensó con amargura mientras se dirigía al comedor para cenar. Debo de llevarlo en la sangre.
Allie echó un vistazo al reloj. Faltaban cinco minutos para las siete.
Dentro de cinco horas, volvería a hablar con Christopher por primera vez desde hacía dos años. Dentro de cinco horas, descubriría la verdad.
Tenía el pulso acelerado y tuvo que inspirar hondo para tranquilizarse antes de entrar en el concurrido comedor. Allie se sentó en su sitio de costumbre, junto a Carter, y sonrió al grupo que ya se había reunido en torno a la mesa de siempre.
Rachel, sentada al lado de Lucas, vocalizó ¿Estás bien? desde su sitio. Allie asintió y sonrió para demostrar que no le pasaba nada. Carter le rodeó los hombros con el brazo y le besó la sien.
El sentimiento de culpa acribillaba a Allie punzante como una aguja y sonrió de oreja a oreja para ahuyentarlo.
Me dispongo a hacer algo que no te gustará, Carter, pensó mientras lo veía charlar con Lucas. Y espero que me perdones. Pero mucho me temo que no será así.
Últimamente Zoe también se sentaba con ellos. Ahora conversaba muy seria con Jo acerca de un complejo problema de química que estaba estudiando con su tutor. Jo parecía perpleja, pero asentía con educación.
Allí cerca, Sylvain compartía mesa con Nicole y un grupo de alumnos de intercambio. Parecía pendiente de la conversación pero alzó la vista al sentirse observado. Cuando encontró la mirada de Allie, ella reparó en la fuerte complicidad que se había creado entre ambos a raíz del secreto que compartían.
—Muy bien —Jo interrumpió de repente las divagaciones de Allie. Golpeaba el vaso con la cuchara para conseguir la atención de sus compañeros, que la miraban y reían—. Ha llegado el momento.
—¿El momento? —preguntó Rachel despistada.
—Uf —musitó Lucas—. Creo que ya sé lo que va a decir.
—¿Qué momento? —preguntó Zoe, ladeando la cabeza.
—El momento de empezar a hablar del baile.
Estalló un coro de protestas.
—Lo sabía —dijo Lucas. Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
—Aún falta un mes, Jo —protestó Carter—. Y no tenemos que hacer nada. Solo vestirnos para la ocasión.
—No digas tonterías, Carter —objetó Jo agitando la mano—. Hay mucho que hacer.
—¿No es como el baile de verano? —preguntó Allie.
—No, es completamente distinto —repuso Zoe antes de que Jo pudiera contestar —. Todo el mundo participa en el baile de invierno.
—Tiene razón —dijo Jo—. Los ex alumnos están invitados, y suele asistir toda la junta directiva. Y he oído un cotilleo la mar de jugoso en relación con el baile de este año.
—Oh, Dios mío —murmuró Carter antes de tomar un sorbo de agua.
—Suéltalo ya —dijo Lucas—. Hasta que no lo cuentes, no pararás.
—Venga, Jo —Rachel se echó hacia delante con impaciencia—. Difunde el rumor.
—Por lo que parece —Jo se acercó a la mesa y bajó la voz— varios políticos internacionales asistirán al baile de este año. Hablo de presidentes. Primeros ministros. Ministros de Finanzas.
Allie se quedó helada al oír la última frase.
Carraspeó.
—¿Alguien en particular?
—Ya lo creo —Jo parecía encantada—. Henry Abingdon, Joseph Swinton y Lucinda Meldrum.
Carter y Rachel, que estaban al corriente de la relación de Allie con Lucinda, evitaron volverse a mirarla. Allie, perpleja, contemplaba a Jo de hito en hito.
¿Lucinda va a venir? ¿Al baile?
La abuela a la que nunca había conocido —que jamás se había acercado a Londres a saludarla— iba a visitar Cimmeria. Ambas estarían juntas en la misma habitación.
Los demás charlaban entre sí, emocionados.
—¡El presidente Abingdon! —Zoe parecía extasiada—. Siempre he querido que fuera mi segundo padre.
Por debajo de la mesa, Carter tomó la mano de Allie y se la apretó con suavidad. Cuando nadie prestaba atención, se acercó a ella y le susurró al oído:
—¿Tú sabías que iba a venir?
Allie negó con la cabeza.
Antes de que Carter pudiera continuar, las puertas del fondo se abrieron y el personal de cocina entró en el comedor portando rebosantes bandejas. Los alumnos aplaudieron como de costumbre pero Allie ni siquiera pudo fingir una sonrisa.
Las cosas se complicaban por momentos.
En cuanto acabaron de cenar, Carter desapareció. Cuando apareció en la sala común, veinte minutos después, estaba pálido. Sentada en un sofá, Allie fingía leer El gran Gatsby mientras alguien aporreaba un piano. Las notas sonaban como cristales rotos que le perforasen el cerebro.
—Allie —Carter apretaba los dientes—. ¿Podemos hablar un momento?
Ella alzó la vista mostrando el ceño fruncido. Carter le había hablado en tono brusco. Al mirarlo, advirtió que estaba enfadado. El miedo le oprimió el pecho.
¿Se habrá enterado de lo de Christopher?
Lo siguió al pasillo. Carter echó a andar muy tenso, con pasos rápidos y crispados, hasta la puerta del salón de actos. Este estaba a oscuras pero no encendió la luz. El tenue resplandor que se filtraba por las ventanas se reflejaba en sus ojos.
—¿Le has contado a Isabelle lo que te dije de Gabe?
El corazón de Allie dejó de latir. Tragando saliva, asintió.
—No quería, Carter, pero tenía que hacerlo —dio un paso hacia él, asustada—. No pretendía meterte en líos, pero pensé que a Raj y a ella les sería útil la información.
Era una excusa patética y Allie lo sabía.
—Maldita sea, Allie —Carter se alejó unos cuantos pasos y luego se encaró con ella—. ¿Por qué no me has avisado, como mínimo? He quedado como un… no sé. ¿Mentiroso? ¿Asesino?
Perpleja, Allie negó con movimientos desesperados.
—No, Carter. Isabelle jamás pensaría mal de ti. Solo le sorprendió que no le hubieras dicho nada. Ya saben que tú no…
—¿Lo saben? —Carter se cruzó de brazos—. Gracias a ti, me parece que ya no están seguros de nada.
Allie hundió los hombros. Su jaqueca empeoraba por momentos. Había metido la pata una vez más. ¿Por qué no hacía nada a derechas?
—Lo siento mucho, Carter. Era lo último que pretendía. Es que no sabía qué hacer —observó el rostro del chico, tratando de adivinar la gravedad del asunto por su expresión—. ¿Qué te van a hacer?
—Nada —murmuró él—. O sea, en realidad no. Isabelle estaba enfadada. Y me ha dicho que la había decepcionado. Que esperaba más de mí. Lo habitual. Pero tienes razón. No creo que sospeche de mí ni nada parecido.
La tensión cedió en el pecho de Allie; Carter no se había metido en un lío.
—Lo siento, Carter. Todo ha sido culpa mía. He actuado mal. Ya sé que parece una bobada, pero solo quería ayudar.
Y confié en mi instinto, lo cual siempre es una idiotez.
—Maldita sea, Allie —Carter parecía más tranquilo. Se acercó a ella—. Lleva cuidado, ¿vale? Puedes hacer mucho daño aunque sea con buena intención.
Allie asintió compungida.
—Pero me crees, ¿no? ¿Crees que no pretendía causarte problemas?
—Pues claro que te creo —la pregunta lo desconcertó y abrazó a Allie con brusquedad—. Tú nunca me mentirías.
Después de aquel incidente, a Allie le dolía tanto la cabeza que le costaba pensar y decidió escapar a su cuarto. Cuando cerró la puerta a su espalda, echó un vistazo al reloj.
Las ocho y media. Le convenía descansar un poco o aquella noche no serviría para nada. Puso el despertador a las once y media y se tendió en la cama.
En cuanto cerró los ojos, los acontecimientos de la víspera desfilaron ante sus ojos como una película. Se había quedado horas en la habitación de Sylvain, tramando con él la aventura del viernes. Le extrañaba lo cómoda que se había sentido acurrucada en la cama y vestida con su pijama mientras Sylvain le dibujaba la ruta que debía seguir para reunirse con Christopher. Más y más relajada cuanto más rato pasaba en su compañía.
No sabía en qué momento se había quedado dormida. Recordaba haber estado despierta, observando el mapa del bosque que Sylvain esbozaba y oyéndolo hablar de rutas y caminos, y un minuto después se encontraba de vuelta en el comedor, mirando a Gabe, que la espiaba al otro lado de la ventana.
Sylvain, Carter y ella eran las únicas personas que ocupaban la sala. Señalando a Gabe, Allie se había vuelto hacia Carter para cogerlo del brazo.
—¡Allí! ¡Está allí!
Pero Carter no lo veía y, con una expresión preocupada, había negado con la cabeza.
—¿De qué hablas, Allie? Allí no hay nadie.
Al devolver la vista a la ventana, Allie había descubierto que Gabe ya no estaba. Había entrado en el comedor. Y se dirigía hacia ellos.
Con el corazón desbocado, Allie se había girado de golpe hacia Sylvain y le había clavado las uñas en el brazo también.
—¿No ves a Gabe? Está allí.
—Claro que lo veo, Allie —había dicho Sylvain tranquilamente—. Está sentado a tu lado.
Allie chilló y no supo a quién había despertado su grito, si a ella misma o a Sylvain, que la sacudía por los hombros.
—Despierta, Allie.
—¿Sylvain? —los ojos de la muchacha recorrieron la habitación con frenesí—. ¿Dónde estoy…? —en aquel momento lo recordó, y su ritmo cardiaco descendió—. Me he dormido.
La luz del techo estaba apagada, pero la lamparilla de noche aún proyectaba un suave halo de luz. En algún momento de la noche Sylvain había guardado los papeles y la había tapado con una manta.
—Estabas hablando en sueños —el cansancio y la preocupación espesaban su acento—. ¿Soñabas con Gabe?
A la mención de aquel nombre, Allie se estremeció.
—Estaba en mi sueño. Nadie lo veía, salvo tú y yo. Iba a matarnos.
Sylvain, que estaba tendido junto a Allie, apoyado en un codo, le apartó la melena de la cara.
—Solo ha sido una pesadilla. Estás a salvo.
La joven notó el tacto de aquellos dedos suaves en la piel. Le pesaban los párpados.
No debería estar aquí.
Sylvain no intentó convencerla de que se quedara. Por el contrario, la acompañó escaleras abajo, la guio por pasillos desiertos que Allie desconocía y la llevó a otra escalera de servicio que conducía a los dormitorios de las chicas. Los fríos suelos de madera lanzaban crujidos conspiratorios al contacto de sus pies descalzos. A Allie le horrorizaba la idea de que los descubrieran pero él estaba tan campante.
—Nadie pasa nunca por aquí salvo algún estudiante de camino a otra habitación —le había asegurado Sylvain, y Allie se preguntó cuántos cuartos femeninos habría visitado.
Se detuvieron ante la puerta de los dormitorios de las chicas, y Allie alzó los ojos para mirarlo. Cuando Sylvain se acercó, notó en la mejilla su cálido aliento.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —susurró él.
Incapaz de pronunciar palabra, Allie asintió.
—Muy bien pues. Hasta esta noche.
A las once y media, la alarma arrancó a Allie de un sueño inquieto. Se despejó al instante; el corazón le latía agitado.
Ha llegado el momento.
Con movimientos rápidos, se puso las prendas cálidas que había preparado un rato antes, se protegió el cuello con una bufanda y se enfundó un abrigo azul.
Cuando abrió la puerta de su cuarto a las doce menos diez, la recibieron la oscuridad y el silencio. Sin hacer ruido, se dirigió por el pasillo hacia la angosta escalera que habían utilizado el día del incendio.
Ya tenía la mano en el pomo cuando oyó un ruido a su espalda. Se quedó petrificada.
—¿Allie? —Jules encendió una linterna que la cegó un instante—. ¿Qué estás haciendo?
Allie buscó una excusa a toda prisa, alguna explicación. Una mentira. Pero tenía la mente en blanco.
¿Cómo demonios iba a explicar su presencia allí, a aquellas horas de la noche, con una mano en la puerta de la escalera?
—Jules, por favor, no se lo digas a nadie —suplicó—, pero tengo que irme.
La prefecta entornó los ojos.
—Allie, no hablarás en serio. Ya conoces el Reglamento. No puedes salir del dormitorio después de las once sin un permiso especial. ¿Adónde vas?
—He quedado con una persona —mientras pronunciaba las palabras, Allie comprendió que la excusa sonaba fatal, y se apresuró a añadir—. No es lo que piensas; se trata de algo importante.
Jules dio un paso hacia ella y Allie se maravilló de que incluso a medianoche su media melena rubia siguiera suave como la seda.
—¿Vas a ver a Carter? —susurró la prefecta—. ¿Has quedado con él?
Allie negó con la cabeza, sin pronunciar palabra.
Jules frunció el ceño con recelo.
—¿Y entonces con quién?
—Con Sylvain —cuchicheó Allie. Tras pronunciar el nombre se sonrojó, como si se dirigiera a una cita clandestina.
Perpleja, Jules bajó la linterna.
—No lo entiendo. ¿Por qué vas a ver a Sylvain en plena noche? —abrió unos ojos como platos—. ¿No estaréis…?
—¡No! —recordando lo sucedido la noche anterior, Allie negó con vehemencia —. No, él… me está ayudando en una cosa. Oye, Jules, ya sé que tienes que informar de esto, y me parece bien, pero por favor espera a mañana. Cumpliré mi castigo. Te prometo que no vamos a hacer nada raro ni peligroso. Sylvain solo me está ayudando —miró a Jules a los ojos, implorando su comprensión—. Por favor, Jules.
La linterna de la prefecta se apagó con un chasquido.
—Espero que valga la pena, Allie. No diré nada hasta mañana. Eso es todo. Y os agradecería que, más adelante, me contéis de qué va todo esto.
Allie suspiró aliviada.
—Gracias, Jules, te debo una.
—Sí, ya lo creo que sí —gruñó la prefecta—. Me conformo con que no te metas en líos esta noche, ¿vale?
Le había resultado tan fácil ocultar la verdad que Allie ni siquiera se sintió culpable. Si todo se desarrollaba según el plan, Jules jamás se enteraría de nada. Ni nadie. Nadie se metería en líos. Todo saldría bien.
Allie bajó a toda prisa los angostos peldaños y salió varios pisos más abajo, en la cripta. Utilizando la pequeña linterna de bolsillo que Sylvain le había proporcionado, recorrió la vieja cámara. A solas en la oscuridad el lugar se le antojó mucho más espeluznante que cuando había bajado con un montón de chicas y la luz encendida. Rápidamente, buscó la pequeña escalera que conducía al exterior.
A lo largo de todo el camino, tuvo que luchar contra el miedo que amenazaba con detener los latidos de su corazón.
Tras localizar la puerta achatada y girar el pomo con dedos temblorosos, salió tambaleándose al frío de la noche. El peso que le oprimía el pecho desapareció y respiró aliviada.
Lo más difícil ya está hecho, se tranquilizó. Pero sabía que no era verdad.
Sylvain y ella habían planeado cada uno de los pasos, pero ambos eran conscientes de que los guardias de seguridad de Raj patrullarían los terrenos toda la noche. Y no había forma humana de prever dónde estarían. Sylvain opinaba que Christopher había escogido aquella noche y aquella hora en particular por alguna razón en concreto.
—Creo que sabe que los hombres de Raj no andarán por ahí, o como mínimo que no nos verán —le había dicho Sylvain frunciendo el ceño—. En cierto modo, eso es lo que más me preocupa.
Pese a todo, no podían afirmarlo con seguridad, y Allie se agachó para recorrer la oscuridad en dirección a los bosques. Con la linterna en el bolsillo, se dejó guiar por su instinto.
Siguió la senda que Sylvain le había indicado; por la parte este del parque, a lo largo de la verja. Aquel sendero no se utilizaba tanto como el otro camino que conducía a la capilla y Allie se veía obligada a andar despacio para no tropezar con las piedras y las ramas que sembraban la tierra.
La lluvia había cesado por fin. La noche era clara y fría; una hermosa luna creciente brillaba en el cielo estrellado. Por desgracia, los rayos de luna no traspasaban la enramada del bosque y el camino estaba enlodado. Allie maldijo en silencio cuando pisó un charco. Una brisa helada soplaba entre los árboles y las aves nocturnas gemían allá en lo alto. Un zorro chilló a lo lejos.
Los ruidos habituales. Aun así, el miedo resbaló por la nuca de Allie. Tenía la extraña sensación de que la estaban vigilando.
Apretó el paso con la esperanza de dejar atrás el mal presentimiento. Sylvain estaba allí, en alguna parte; no tenía ninguna duda. A lo mejor era esa la presencia que notaba.
Habían acordado salir del edificio por separado; él sería el primero en partir y la vigilaría desde algún escondrijo. Le había dicho que, en cuanto llegara al bosque, «estaré contigo todo el tiempo. No podrás verme, pero estaré allí. Confía en mí».
Confío en ti, Sylvain, pensó Allie. Y luego, paradójicamente: Por favor, no me falles.
Al doblar un recodo, tuvo que trepar por un tronco que le impedía el paso. Tenía el corazón a punto de estallar; mientras salvaba aquel obstáculo, era vulnerable. El miedo la llevó a descuidarse y rompió unas ramas al saltar.
Una vez al otro lado, vio la iglesia a lo lejos. Allie abandonó el camino que conducía a la capilla y se internó entre los árboles, moviéndose con cuidado. Helechos secos semejantes a plumas le acariciaban los dedos susurrando a su paso. Oyó una corriente de agua.
Tal como Sylvain le había prometido, una senda conducía al arroyo desde la parte trasera de la iglesia y luego proseguía a lo largo de la orilla. Cuando Allie se acercó a la margen del riachuelo, el bosque se aclaró y vio la tierra mojada a la luz de la luna. Isabelle se encontraba justo en aquel lugar cuando se había reunido con Nathaniel el verano pasado.
Se quedó allí plantada, sola, escudriñando con los ojos la oscuridad en busca de alguna señal de la presencia de su hermano, pero en el bosque reinaba la quietud. La corriente había crecido tanto que su caudal se había triplicado respecto a la última vez que Allie había estado allí. Las fuertes lluvias habían llenado el riachuelo hasta casi desbordarlo; se había convertido en un pequeño río cuyas aguas corrían con fuerza a sus pies.
El improvisado puente de pedruscos que salvaba el arroyo algo más abajo estaba casi sumergido. Mirando el torrente, Allie pensó que sería divertido cruzar aquel puente un día de verano, cuando hace tanto calor que en secreto ansías caer al agua.
—Allie.
De pie en la otra orilla, Christopher la miraba con sus grandes ojos grises, idénticos a los de su hermana.
—Oh —al verlo, Allie sintió un dolor real, físico. Se tapó la boca con la mano e intentó contener las lágrimas.
Su hermano parecía mucho mayor. Se había cortado al rape el alborotado cabello rubio y estaba más alto, pensó Allie. Cuando vivía en casa, siempre llevaba camisetas y vaqueros. En aquel momento, lucía traje y corbata; la espalda que ceñía la americana oscura era la de un hombre hecho y derecho.
Christopher sonrió y Allie volvió a ver al chico de dieciséis años que la ayudaba con los deberes y la iba a buscar al colegio.
—Sabía que no me fallarías.
—Christopher, te he echado tanto de menos… —entre las lágrimas, Allie le devolvió la sonrisa—. Tenía que asegurarme de que estabas bien. Llevas el pelo… muy corto.
No se podía creer que, después de tanto tiempo, no se le ocurriera nada mejor que decirle a su hermano. Le ardieron las mejillas.
Pero él no pareció advertirlo.
—Te has convertido en una preciosa jovencita —dijo Christopher—. No me extraña que todos los chicos estén enamorados de ti. Y me han dicho por ahí que sacas unas notas fantásticas. Estoy muy orgulloso de ti, gatita.
Mientras lo escuchaba, Allie se preguntaba cómo sabría Christopher todas aquellas cosas, pero al oír el apodo que su hermano utilizaba en el pasado todas las preguntas se esfumaron.
—Oh, Chris, te echo de menos —dijo tendiendo hacia él sus manos vacías—. ¿Por qué tuviste que marcharte?
La sonrisa de Christopher se desvaneció.
—Hoy por hoy ya lo sabes, ¿no es cierto?
Ella negó con la cabeza.
—No tengo ni idea. O sea, sé que Lucinda Meldrum es nuestra abuela y que mamá asistió a este colegio y nos lo ocultó pero eso…
—Entonces ya sabes que nos ha mentido toda la vida —el Christopher que Allie conocía desapareció y un hombre furioso ocupó su lugar—. Y que Isabelle y ella conspiraron para mantenernos en la inopia acerca de nuestra propia familia. Y que ahora nuestra abuela… —escupió aquella última palabra con desprecio—… nos ha desheredado. Sabes todo eso, ¿no?
—Christopher, espera un momento. Espera, espera, espera —Allie intentó contener aquel caudal de vitriolo—. Yo no… ¿Cómo que Lucinda nos ha desheredado?
—Se niega a reconocernos como parte de la familia, Allie —aclaró él—. ¿Cómo es posible que no lo sepas? Es por culpa de Isabelle. Mira, Allie —dio un paso hacia el borde del agua; la luz de la luna otorgaba a su rostro una palidez fantasmal—, Isabelle tiene un plan. Eso era lo que quería decirte. Se ha ganado el favor de Lucinda para poder ocupar el lugar de nuestra madre. Ahora, lo último que quiere Isabelle es que aparezcan dos nietos —parientes de sangre— y le arrebaten su posición de heredera. Por eso quiere que sigas en Cimmeria, donde puede controlarte a su antojo.
La rabia retorcía sus facciones. Allie lo miraba conteniendo la respiración. Parecía un demente, pensó con el corazón en un puño.
—Pues muy bien, no pienso ser cómplice de sus planes —prosiguió Christopher —. Nathaniel también tiene un plan, Allie. Un plan brillante. Le va a arrebatar el poder a Isabelle. A borrarla del mapa. Planea deshacerse de las personas que han gobernado la organización durante los últimos veinte años y luego… —apretó los puños—. Luego las cosas cambiarán mucho por aquí.
Horrorizada, Allie se alegró de repente de que los separara una corriente de agua.
—¿Estás seguro de que has escogido bien a la persona en la que depositar tu confianza, Christopher? —Allie adoptó un tono cauto pero firme—. Quiero decir, ¿por qué confiar en él y no en Isabelle? Me cuesta mucho creer que Isabelle esté tan sedienta de poder como para…
—Vamos, Allie, no digas tonterías —la interrumpió él—. Mira a tu alrededor. ¿Dónde estás? Compartes clase con futuros reyes, primeros ministros, banqueros… Todas esas personas gobernarán el mundo algún día e Isabelle es su testaferro. ¿En serio crees que no está sedienta de poder? —alzó la voz con incredulidad—. Y un cuerno. Ansía el poder. Más que nadie.
Allie, que no pensaba dejarse convencer, negó con la cabeza.
—Tú no la conoces, Chris. Ella no es así. Se preocupa por mí… por nuestra familia.
—¿Ah, sí? ¿Eso crees? —el tono de Christopher ya no era acalorado sino frío como el hielo—. Pues pregúntate ¿por qué mintió sobre la muerte de Ruth? ¿Y qué pasó con su cuerpo? Si tú murieras, ¿qué haría con el tuyo?
Allie se quedó sin aliento, como si su hermano acabara de darle un puñetazo. Lo único que no se explicaba —lo único que no entendía acerca de Isabelle— era su actitud respecto a lo que le había sucedido a Ruth. Gabe la había asesinado durante el baile de verano. E Isabelle lo había ocultado. Había mentido a conciencia diciéndole a todo el mundo que Ruth se había suicidado. Y los padres de la chica o bien se lo habían tragado, o bien le habían seguido la corriente. La gente creería siempre que Ruth se suicidó y Allie no podía aceptarlo. No era justo.
¿Pero cómo lo sabe Christopher?
De repente, la tristeza se abatió sobre Allie como una ola. ¿Acaso estaba condenada a perder todo aquello que le importaba? ¿Al final iba a resultar que no podía confiar en nadie?
—¿Y por qué debería creerte? —prácticamente gritó las palabras—. Tú me abandonaste. ¿No es eso una traición? Y luego te presentas aquí, apoyando a un cerdo que va por ahí matando gente y… ¿luego qué? ¿Se supone que me tengo que ir contigo? ¿Se supone que debo confiar en ti?
El hermano de Allie mudó de expresión y tendió las manos hacia ella como para apaciguarla.
—Ya sé que estás enfadada conmigo. Lamento mucho lo que te hice. Pero no confíes en Isabelle, Al, es una mentirosa. Te está arrebatando tu legítima herencia y ni siquiera te das cuenta. Te está robando a tu propia familia. En realidad, no le importas. Pero a mí sí.
Allie se cruzó de brazos. Notaba el corazón frío y prieto en su pecho, como un cubo de hielo. El cuerpo le pedía a gritos que se marchara corriendo, pero no podía hacerlo. Tenía que saberlo todo.
—¿Y qué quieres que haga exactamente, Christopher? —aunque la ira y la tristeza le arrebataban el aliento, consiguió hablar en tono firme—. ¿Dejar Cimmeria y marcharme contigo?
—Aún no —se diría que la pregunta lo complacía, como si pensase que estaban haciendo progresos—. Pero sí —Christopher miró por encima del hombro. Cuando se volvió hacia ella otra vez, tenía una expresión casi de arrepentimiento—. Mira, Al, no tengo mucho tiempo esta noche, pero deberíamos volver a vernos. Quiero contarte mis planes.
Christopher sonrió. A Allie, aquel gesto le recordó tanto al chico que había conocido en otro tiempo que se le saltaron las lágrimas. El hermano mayor junto al cual se sentía a salvo. El que siempre cuidaba de ella.
—Al final, acabarás por entender todo lo que te he dicho. Nathaniel es un buen tipo —Allie debió de poner cara de incredulidad, porque Christopher añadió rápidamente—: Ya sé que se ha visto forzado a hacer algunas cosas que… Él también lo lamenta. Pero estamos en guerra, Allie. Y tiene razón respecto a la organización.
—¿A qué te refieres? —dijo ella en tono desganado—. Háblame de eso al menos. ¿Qué se propone?
—Oh, Al —los ojos de Christopher brillaron de la emoción—. Lo va a cambiar todo. Arreglará todo lo que va mal en el mundo por culpa de las personas que están al mando. El poder cambiará de manos. Ya sabes lo que es Cimmeria, ¿no? O sea, sabes para qué os preparan. Si él dirige la organización, lo conseguirá. Podría cambiarlo todo.
Allie no entendía de qué hablaba su hermano. ¿Cambiarlo todo? ¿Arreglarlo todo?
Sin embargo, Christopher volvía a mirar por encima del hombro y ella tuvo la sensación de que alguien le hablaba en tono quedo. Cuando volvió la cabeza hacia Allie otra vez, parecía triste.
—Dios, cuánto te he echado de menos, gatita —desde el otro lado de la corriente, miró el rostro de su hermana como si quisiera memorizarlo—. En ocasiones creí que jamás volvería a verte, pero aquí estamos.
—Sí —Allie hacía esfuerzos por no echarse a llorar; le temblaba el labio inferior —. Aquí estamos.
—Eh —dijo él con súbita alegría—. ¿Recuerdas aquella vez que te enseñé a ir en bici pero olvidé mostrarte cómo usar los frenos?
—Pasé por delante de casa a toda velocidad y me estrellé contra el carrito del cartero —Allie sonrió al recordarlo—. Las cartas volaron por todas partes.
—El cartero se puso furioso —se rio Christopher—. Fue a buscar a mamá y papá y…
Fue como si la mención de sus padres lo devolviera a la realidad. Su sonrisa se esfumó y retrocedió un paso.
—Ahora tengo que irme, Al. Sigue el mismo camino que has tomado al venir y no te cruzarás con los guardias de Patel.
¿Por qué está tan seguro?
Christopher levantó una mano.
—Adiós, Allie. Y no te preocupes. No te perderemos de vista. Dentro hay uno de los nuestros.
—¿Quién? —gritó Allie.
Su hermano ya había desaparecido entre los árboles.
Mientras desandaba el pedregoso sendero que conducía a la iglesia (treinta y tres pasos), se concentró en el camino. Luego, al abrirse paso entre las ramas, su cerebro empezó a analizar lo que acababa de pasar.
Ya sabes lo que es Cimmeria, ¿no? O sea, sabes para qué os preparan. Al pronunciar aquellas palabras, los ojos de Christopher fulguraban de la emoción. Tenía que hablar de aquello con alguien. ¿Pero con quién? Nadie sabía que estaba allí. No podía contárselo a Rachel o a Carter; no sin que la historia llegara a oídos de Isabelle.
Y Sylvain se metería en un lío.
Casi había alcanzado el camino principal. Estaba rodeando una larga rama que le bloqueaba el paso cuando una figura salió corriendo del bosque y la golpeó con tanta fuerza que la derribó. Antes de que pudiera recuperarse, la rodeó con los brazos y la arrastró al bosque.
Sucedió tan deprisa que Allie no tuvo tiempo de reaccionar, ni siquiera de gritar. No pudo inmovilizar al otro cogiéndolo por el cuello ni hacerle una llave de defensa personal. Hacía un momento estaba recorriendo el sendero tranquilamente y al siguiente, se hallaba en poder de un desconocido.