Night School. El legado
Veintiséis
Mientras abandonaban la Sala de Entrenamiento Uno, Allie no oía ni una palabra del parloteo que se desplegaba en torno a ella. En cuanto el señor Patel había finalizado su pequeño discurso, un murmullo excitado había estallado entre los alumnos.
—Por fin —sonrió Zoe—. Esto va en serio.
Al otro lado de la habitación, Jules palmeaba la espalda de Carter y Lucas entrechocaba palmas con su pareja de entrenamiento. Igual que Zoe, les emocionaba la idea de participar en los acontecimientos. Allie, en cambio, se sentía como si el suelo se hubiera desplomado a sus pies. Le daba igual lo que el señor Patel hubiera dicho en realidad, ella solo había oído: Estarás sola cuando llegue Nathaniel.
Aturdida, avanzó hacia la escalera, impulsada por la corriente de alumnos. Al llegar a la planta baja, se detuvo y miró a lo lejos, sumida en una marea de inquietud. Cuando una mano le tocó el brazo, alzó la vista sorprendida. Los ojos azules de Sylvain le devolvieron la mirada.
El chico se limitó a decir:
—Vamos a ver a Isabelle.
Pasaba de la medianoche y la directora ya se había acostado, así que Allie esperó en el pasillo mientras Sylvain iba a buscarla; como prefecto, se le permitía entrar en el ala de los profesores. El resto de alumnos lo tenía prohibido.
Cuando Sylvain regresó con la directora pocos minutos después, Isabelle llevaba unas mallas y una chaqueta larga, la melena recogida con una pinza.
—Muy bien, vosotros dos. ¿A qué viene todo esto?
Sylvain miró a Allie y esta tomó la palabra para contarle la información que les había dado el señor Patel.
—Ya lo sé, Allie —la interrumpió Isabelle en tono cansado y algo brusco—. No le dejaría marchar si no me pareciera seguro. Dejará aquí a algunos de sus mejores hombres, personas muy preparadas, y nos enviará a otros colaboradores suyos también.
—Pero… —la reacción de la directora pilló a Allie por sorpresa. Esperaba, como mínimo, alguna muestra de compasión; una pizca de inquietud por su parte—. ¿Y qué pasa con el baile? ¿Y con Lucinda?
—Creo que Allie tiene razón —intercedió Sylvain—. No es el mejor momento para marcharse.
—Mirad, los dos —dijo Isabelle en su tono más paciente—. Por muy importantes que seamos, no lo somos tanto como el primer ministro. No le puedo pedir a Raj que se quede cuando le han encomendado una misión tan trascendente como esa. Pero os prometo que no faltará seguridad en su ausencia. Habrá más vigilancia. Está todo pensado. Sus hombres estarán por todas partes; dentro y fuera. Son personas muy cualificadas. Si creyera que el hecho de que Raj no esté aquí para supervisarlo todo nos hace más vulnerables, no habría accedido a que se marchara. Pero estoy convencida de que no es así. Estaremos a salvo —miró directamente a Allie—. Estarás a salvo.
Isabelle pretendía tranquilizarlos y Allie asintió en respuesta. Por desgracia, todos sus instintos le gritaban que su miedo estaba justificado.
Tras la charla con la directora, Allie y Sylvain regresaron al vestíbulo, ahora silencioso. Sus deportivas rechinaban contra el suelo pulido. Sonó un portazo a lo lejos.
Habían apagado la calefacción; el aire era frío y pesado… como si augurara una desgracia.
—Sylvain…
—Allie…
Ambos habían hablado al mismo tiempo.
Plantados al pie de la escalinata principal, se rieron incómodos. Sus voces resonaron en la quietud.
—Tú primero.
Allie temblaba y se envolvió el cuerpo con los brazos.
—Creo que Isabelle tiene razón —dijo Sylvain. Sin embargo, algo en su expresión desmentía sus palabras—. Todo irá bien.
—Claro —respondió ella, aunque no lo creía—. Seguro que sí.
—Podemos hablar con Raj o con Zelazny, si aún estás preocupada —siguió diciendo el chico, pero Allie negó con la cabeza.
—No, no pasa nada. Isabelle se ha explicado muy bien.
Con la cabeza gacha, Allie pensó en todas las cosas que habría querido decirle a Sylvain. Explicarle lo de «verdad o reto». Cuán dividida se sentía. Cuánto detestaba la idea de hacerle daño a Carter y sin embargo…
Sin pretenderlo, levantó los ojos para mirarlo.
Y sin embargo.
Permanecieron unos instantes mirándose en silencio; el momento pareció congelarse en el tiempo.
Allie estaba reuniendo fuerzas para hablar cuando oyeron pasos. Volviendo la cabeza, vio que Jerry Cole se dirigía hacia ellos.
—¿Qué hacéis aún levantados? —les preguntó en tono brusco—. Ya conocéis el Reglamento. Allie, ¿acaso no tienes ya bastantes problemas?
Al instante, la aludida dio un paso hacia las escaleras. Jerry solía ser el más relajado de los profesores y su reacción la había pillado desprevenida.
Perplejo, Sylvain frunció el ceño pero enseguida se recompuso.
—Lo siento, Jerry. Ya nos íbamos.
La réplica del profesor los sorprendió a los dos.
—Pues ya estáis tardando.
Jerry se quedó plantado al pie de las escaleras, observando su ascenso.
—¿A qué viene eso? —susurró Allie sin mirar a Sylvain.
Él respondió en un tono igual de quedo.
—No estoy seguro.
Al llegar al rellano, se volvieron a mirar; Jerry no se había movido.
Cuando se separaron para dirigirse a sus dormitorios respectivos, Sylvain atrajo la mirada de Allie y levantó una ceja; ella se encogió de hombros apenas.
Se despidieron con sendas sonrisas mínimas.
Entre tantas emociones, Allie seguía preocupada por Jo. Dos semanas después del día de «verdad o reto» seguía guardando las distancias con Allie. La ausencia de su amiga aumentaba aún más su sensación de soledad. Estaba decidida a hacer las paces; no solo por ella sino también por Jo.
Por más que la idea del baile aterrorizara a Allie, suponía que para Jo debía de ser aún peor.
Decidió hacer algo al respecto. Al día siguiente, después de cenar, encontró a Jo en la biblioteca, donde estudiaba a solas en una mesa. Su cabello rubio parecía un halo dorado, iluminado desde atrás por la lámpara de mesa.
—Eh —le susurró Allie a un chico que estaba estudiando—. ¿Me dejas un trozo de papel?
Emocionado ante la deferencia, el otro le tendió una hoja.
—Y un boli —Allie hizo un gesto de impaciencia.
Sin pensárselo dos veces, el chico le tendió el bolígrafo que estaba usando y aguardó a que Allie escribiera una nota a toda prisa.
J
Ven a hablar conmigo fuera. POR FAVOR. Te echo de menos. Lo siento.
A.
—Gracias —le dijo Allie a su fan a la vez que le devolvía el boli—. Hazme un favor. Llévale esta nota a esa chica.
Cuando ella señaló a Jo, el chico se incorporó tan deprisa que estuvo a punto de volcar la silla.
—Relájate —Allie enarcó una ceja—. No hace falta que te hagas daño.
Luego salió corriendo de la habitación y aguardó en el pasillo mordiéndose el pulgar.
Cuando Jo seguía sin aparecer diez minutos después, a Allie se le encogió el corazón.
No vendrá. Nunca me perdonará.
Agachó la cabeza y apoyó un pie contra la pared.
—Mala postura —el tono incisivo de Jo, tan característico de su amiga, hizo sonreír a Allie. Había hablado como la Jo de siempre. La Jo cuerda.
—Has venido.
Cruzándose de brazos, Jo frunció el ceño, pero por primera vez desde hacía semanas Allie creyó distinguir un brillo de guasa en sus ojos.
—Quería presenciar cómo te humillas ante mí.
—Yo he tenido la culpa de todo —dijo Allie—. Soy una idiota. Deberías haber pasado de mí y haberte hecho amiga de la malvada de Katie. Ella te merece más que yo.
Jo hizo esfuerzos por no perder la seriedad.
—Un principio excelente. Por favor, continúa.
—Debería habértelo contado a ti antes que a nadie. Fue una tontería por mi parte no hacerlo, y te prometo —Allie levantó la mano derecha como si prestara juramento en un tribunal— que nunca jamás volveré a ocultarte ningún secreto importante.
Jo sonrió.
—Bien dicho.
—Por favor, por favor, por favor, ¿podrás perdonarme?
—Claro que sí —repuso Jo—. No soy un monstruo.
—Gracias —Allie se abalanzó hacia ella para abrazarla—. No lo habría soportado mucho más tiempo.
—Es duro vivir sin mí —asintió Jo—. Yo también te echaba de menos. Pero nada de secretos, ¿vale? Cuéntamelo todo. No soy de las que, ya sabes, se emborrachan de vodka en el tejado y lo largan todo.
—Todo olvidado —asintió Allie.
La lista de las patrullas estaba expuesta en la pared de la Sala de Entrenamiento Uno. Vigilarían por turnos, supervisados por los guardias de seguridad que Raj había contratado. Cuando no estuvieran patrullando, se entrenarían sin descanso. Las clases eran intensivas pero muy prácticas: cómo escapar, cómo dar la voz de alarma, cuándo permanecer juntos y cuándo separarse, cómo luchar con alguien armado con un cuchillo… o con una pistola.
Allie tuvo que mostrar a los demás cómo se las había ingeniado para apuñalar a Gabe con un palo. Una noche, todos los alumnos de la Night School se dispersaron por el bosque en busca de palos que se pudieran usar como arma, parecidos al que ella había descrito.
A pesar de todo, la intranquilidad de Allie no había menguado y cada noche se aplicaba a fondo; sabía mejor que nadie lo importante que era aquel entrenamiento.
Su primera noche de servicio, Allie y Zoe estaban tan nerviosas que llegaron con mucho tiempo de margen. Las habían convocado a las nueve y en las perchas de los vestuarios les esperaba ya su equipo de patrullaje. Hacía un frío terrible en el exterior, de modo que llevarían mallas y cazadoras térmicas, así como camisetas largas de seda para incrementar el calor. Gorros y guantes negros. Deportivas también oscuras.
Mientras se enfundaban aquel extraño atuendo ante un espejo de cuerpo entero, Allie observó cómo se había transformado su cuerpo a raíz de todo aquel ejercicio. Los músculos de hombros y brazos se le habían definido, el vientre se le había endurecido. Como corría habitualmente, siempre había tenido las piernas delgadas y fibrosas, pero últimamente la parte superior de su cuerpo se había fortalecido tanto como la inferior.
Ni siquiera parezco yo.
Diez minutos antes de que empezara el turno de las chicas, oyeron una discusión al otro lado del pasillo. Allie se acercó a la puerta para poder distinguir lo que decían.
Una de las voces pertenecía a Jerry Cole. La otra, a Carter.
Canturreando para sí en uno de los cubículos, Zoe no se dio cuenta de que Allie salía.
En el estrecho pasillo del sótano, esta última alcanzaba a oír la acalorada discusión con toda claridad.
—No están preparadas —Carter parecía enfadado—. Es inaceptable. No me puedo creer que Isabelle lo permita. No podéis dejar que salgan solas.
—Zoe ya lleva dos años en la Night School —replicó Jerry—. Está tan preparada como tú.
—Pero es muy menuda —Carter hablaba como si el profesor de Ciencias estuviera obcecado—. Mírala. Ni siquiera me llega a la barbilla. Y Allie solo lleva unos meses entrenando. Ningún otro Neo va a patrullar. No creo que deban salir solas. Debería acompañarlas alguien con más experiencia.
Apoyada contra la puerta del vestuario, la vista de Allie se perdió en las baldosas del suelo mientras seguía escuchando. Advirtió que Jerry intentaba tranquilizar al chico.
—Carter, estoy seguro de que no les pasará nada —insistió el profesor—. Les asignaremos siempre el primer turno y tendrán que pasar informe a cada hora en punto. Las vigilaremos de cerca.
La puerta de la sala se abrió tan de repente que Allie no tuvo tiempo de reaccionar. Plantado en el umbral de espaldas a ella, Carter seguía discutiendo con Jerry. No la había visto.
—Lo siento, pero me parece muy peligroso. Si una de las dos resultara herida…
Mientras proseguía con su discurso, Allie palpó la puerta que tenía detrás. Cuando dio con el pomo al fin, volvió a entrar en el vestuario, justo antes de que Carter se diera la vuelta.
Al otro lado de la puerta, Allie cerró los ojos un momento para recuperar el aliento. Zoe la miraba con curiosidad desde la otra punta del vestuario, toda vestida de negro.
—¿Te pasa algo?
—No.
La chiquilla se encogió de hombros y se volvió hacia el espejo.
Mientras finalizaba los preparativos, Allie meditaba la conversación que acababa de oír. Carter no había insinuado qué era lo que le preocupaba tanto. Últimamente se comportaba como si la odiase. El hecho de que intentase protegerla la confundía aún más.
Calándose un gorro, se quedó mirando sus graves ojos grises en el espejo mientras discutía consigo misma. Porque por otra parte… ¿acaso no acababa de presenciar un ejemplo más de la agobiante manía de Carter de sobreprotegerla? No están preparadas… No podéis dejar que salgan solas.
Su mirada se ensombreció. No cree en mí. Jamás ha creído en mí.
Pocos minutos después, Zoe y ella se encontraban ante el edificio del colegio, oteando la oscuridad de la noche.
—¿Estás lista, compañera? —preguntó Allie.
—Ya lo creo que sí —respondió Zoe con ardor.
Espero que tengas razón, pensó Allie, pero se limitó a responder:
—Vamos allá.
Siguieron la ruta que los guardias de seguridad les habían asignado. Sus pasos crujían en el suelo escarchado y su aliento se condensaba en nubes de vapor mientras corrían por la negrura del bosque, donde no llegaba la luz de la luna. Las envolvía el silencio; ni una pizca de brisa agitaba las copas de los árboles. Solo se oían sus pasos ahogados. Como les habían enseñado en el entrenamiento, corrían sin hacer ruido.
En primer lugar comprobaron la verja, que fueron siguiendo hasta la entrada principal mientras comprobaban que nadie hubiera intentado salvarla, por arriba o por debajo. Afortunadamente, todo estaba en orden. La verja parecía sólida e impenetrable. Tampoco vieron señales de intrusos en la puerta.
Desde allí, corrieron por el bosque hacia el arroyo. El pulso de Allie se aceleraba a medida que se acercaban al lugar donde se había reunido con Christopher, pero el riachuelo discurría inocente y desierto. No había huellas en el barro; nadie había visitado la zona últimamente.
La puerta del cementerio chirrió lúgubre cuando la cruzaron de camino a la capilla, que estaba cerrada y atrancada. Ninguna sombra traviesa las asustó. Ninguna luz parpadeó en el interior.
A cada hora en punto, debían reunirse con uno de los guardias de seguridad de Raj junto a la puerta lateral del edificio para dar el parte, y en cada ocasión comunicaban que todo estaba en orden.
Cuando corrían a informar por última vez, algo se movió a un lado del camino.
—¿Lo has visto? —susurró Allie, señalando el lugar donde se había producido el movimiento.
Se detuvieron en seco.
Al principio, la maleza permaneció inmóvil. Luego las ramas secas empezaron a torcerse, como si algo se arrastrara entre las plantas.
—¿Qué es? —preguntó Zoe con voz tan queda que Allie apenas lo oyó. Esta última negó con la cabeza.
Cuando volvieron a advertir el movimiento, Allie indicó a su compañera por gestos que se acercara por la izquierda. Ella dio un rodeo para aproximarse por la derecha.
Agazapadas, avanzaron lo más silenciosamente posible, pero la maleza que bordeaba el camino estaba seca y crujía con cada paso. Allie tuvo la sensación de que hacían un ruido ensordecedor.
El intruso debió de oírlo también, porque el movimiento cesó.
Allie y Zoe se detuvieron un instante mientras forzaban la vista para poder ver lo que ocultaba la oscuridad. De repente, como surgido de la nada, sonó un extraño bufido, casi un ronquido, que les dio un susto de muerte. Zoe abrió los ojos de par en par. Cuando el sonido se repitió, sonrió aliviada.
—Oh, Dios mío —dijo—. Ya sé lo que es.
Se incorporó con toda tranquilidad, avanzó hacia los helechos secos y los empujó a un lado. Allie corrió a seguirla y llegó justo a tiempo para ver cómo un animalillo cubierto de púas se hacía una bola y se tapaba los ojos.
—¡Oh! Un erizo —dijo en tono dulce—. Nunca había visto uno al natural. Es precioso.
—Puedes tocarlo —le sugirió Zoe—. No te morderá.
Acercando la mano, Allie pasó un dedo por las púas del animalillo. Al notar el contacto, el erizo se estremeció y se acurrucó aún más.
—Tiene miedo —susurró Allie—. Deberíamos dejarlo en paz.
—Perdone, señor erizo —Zoe soltó los helechos—. No queríamos asustarlo.
Cuando se alejaron de puntillas, el animalillo resopló tranquilo.
Y así transcurrió la noche.
Fuera lo que fuese aquello que Carter tanto temía, sus miedos resultaron infundados. El erizo fue lo más terrorífico que les deparó la vigilancia.
La situación se repitió a lo largo de las noches siguientes: ni rastro de Nathaniel o de Christopher.
Nada en absoluto.
A medida que se aproximaba el día del baile, el humor general mejoraba por momentos. Casi todos los estudiantes habían terminado ya los exámenes trimestrales, los trabajos habían sido entregados y el ritmo frenético que había reinado hasta el último minuto de los plazos de entrega mudó en un ambiente relajado. Los ánimos subieron aún más cuando, al entrar en el aula de Inglés, los alumnos, perplejos, descubrieron la presencia de un televisor en un rincón.
Cuando siguió a sus compañeros al interior del aula, Allie descubrió boquiabierta lo que todo el mundo estaba mirando. Como en Cimmeria estaba prohibida la tecnología, la presencia de un televisor, aunque fuera de los antiguos, los llenaba de emoción, incluso de asombro.
Isabelle contemplaba radiante la reacción de sus alumnos.
—¿Qué os parece si vemos una película para celebrar el final del trimestre? — preguntó. Se echó a reír cuando su propuesta fue recibida con un aplauso encendido —. Es la versión cinematográfica de un libro que hemos leído últimamente, La edad de la inocencia, así que no os emocionéis demasiado. No es la MTV.
Zoe daba botes de alegría en la silla y Allie lanzó una carcajada al ver su reacción. Luego, como siempre, echó una ojeada a Carter, que se había sentado en la otra punta del aula. Charlaba con un compañero y Allie habría jurado que hacía esfuerzos por sonreír sin conseguirlo.
Hundiéndose en el asiento, Allie bajó los ojos al cuaderno. Toda su emoción se había esfumado de un plumazo. Cada vez que miraba a Carter, se sentía fatal.
Cuando Isabelle apagó las luces y conectó el televisor, los alumnos guardaron silencio al instante, como hechizados por el brillo de la pantalla.
—Cuánto lo echaba de menos —susurró alguien.
Aunque la película era lenta y la historia complicada, aquellos espectadores sedientos de tecnología se enfrascaron de inmediato en el relato de un joven que se casa con la mujer equivocada. Y si bien Allie seguía obsesionada con sus miedos e inquietudes, al cabo de unos minutos se dejó llevar por el argumento y empezó a desear que Newland Archer huyese con Ellen.
Cuando Ellen le pregunta: «¿Cómo vamos a ser felices a espaldas de las personas que confían en nosotros?», Allie, sin darse cuenta, se tapó la boca con los dedos.
Sintiéndose observada, alzó la vista. Sylvain la contemplaba desde la otra punta del aula, con el destello de la pantalla reflejado en sus ojos azules. Se miraron durante unos instantes. Toda clase de emociones confusas se apoderaron de Allie, distintas a cualquier cosa que hubiera sentido anteriormente. Se sentía atraída por él, enfadada con él, ansiosa de él… todo al mismo tiempo. Tuvo la sensación de que sus miradas hablaban por ellos. De que expresaban cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
Al final, no pudo soportar la tensión y se obligó a sí misma a devolver la vista a la pantalla. Solo entonces reparó en que apretaba los puños con tanta fuerza que se había marcado las uñas en la palma de las manos como medias lunas blancas.