Notas para Grace

Brittainy C. Cherry · Capítulo 10 de 57

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Notas para Grace

Capítulo 8

 

 

Grace

 

Había muy pocas personas en el pueblo que no iban a la iglesia los domingos y una de ellas era Josie Parker. Su madre, Betty, había abierto la librería El Silencio hacía unos años, después de que su marido, Frank, se quedase sordo en un accidente de coche. Este luchó contra la depresión durante mucho tiempo y lo único que lo mantuvo a flote fue la lectura.

Durante meses, Betty se sentaba todas las noches con su marido y un libro en la mano y juntos leían en silencio, mientras pasaban las páginas con los dedos entrelazados.

En el pueblo siempre se los veía cogidos de la mano o con un libro. Vivían refugiados entre su amor y sus novelas y, cuando se les ocurrió la idea de abrir una librería donde la única norma era el silencio absoluto, Betty no lo dudó.

Pasé gran parte de la adolescencia dentro de aquella tienda, sentada en la esquina del fondo y enamorándome de hombres y mujeres de lugares lejanos. Allí me di cuenta de que quería ser profesora de literatura. Quería enseñar a los niños la importancia de las palabras.

Las palabras tienen el poder de transportar a una joven de pueblo a mundos inimaginables. Cuando cumplí dieciséis años, también tuve mi primer trabajo allí. A veces, aquel lugar me hacía sentir más en casa que la mía propia.

Cuando entré en la tienda, sentí el olor de todas las historias escondidas en las estanterías. Historias desgarradoras, conmovedoras, de amor perdido y encontrado, para descubrirse a una misma, para sentirme menos sola en un mundo solitario.

No existía mejor sensación que la de enamorarse de personas a las que nunca habías conocido y, aun así, parecían parte de la familia.

La librería tenía una distribución única. Al entrar, estaba el vestíbulo, donde se podía hablar. Se habilitó una pequeña cafetería con mostradores y taburetes. En los mostradores había crucigramas que cambiaban a diario y, mientras te tomabas una bebida, rellenabas los puzles y charlabas con la camarera sobre los últimos cotilleos de Chester.

A la izquierda, había varias puertas de madera tallada, obra de Frank, en las que había escritas a mano una serie de citas de obras clásicas. Sobre ellas había un letrero: «Detrás de estas puertas empieza la historia». Cuando entrabas, te rodeaban cientos de libros. Las estanterías llegaban hasta el techo y había escaleras por toda la sala para buscar esa novela que ni siquiera sabías que buscabas.

Había mesas repartidas aquí y allá para que la gente leyera. La única norma era el silencio, como en la cueva de un oso en mitad del invierno. Solo se escuchaba a la gente caminar de puntillas por la sala mientras buscaban su siguiente lectura.

Me encantaba la soledad que ofrecía El Silencio. Era un lugar seguro donde los únicos dramas permitidos eran los que se escondían en las páginas.

—Pero qué tenemos aquí, Gracelyn Mae ha vuelto a casa —comentó Josie, con lengua de signos, cuando entré en la tienda. Siempre signaba cuando hablaba, como si fuera su lengua materna. Todos los que conocía me los había enseñado ella.

Llevaba el pelo rubio recogido en un moño alto y todavía tenía aquel hoyuelo en la mejilla derecha que siempre aparecía cuando sonreía, y Josie Parker siempre sonreía.

Fuimos juntas al instituto y era, sin duda, la payasa de la clase, además de una persona muy buena. Sus bromas nunca eran a expensas de otros. Se reía de sí misma antes que de los demás. Siempre me había fascinado la positividad con la que veía el mundo. Además, era una de las pocas personas del pueblo en las que confiaba. Cuando éramos niñas, Josie me traía Coca-Cola Light con unos chorritos de whisky y nos sentábamos en el parque a observar a la gente un poco achispadas.

Mamá me hubiera matado si hubiera sabido que bebía whisky en el instituto, pero con Josie a mi lado, nunca tuve que preocuparme por eso.

Con ella, mis secretos estaban a salvo.

Tal vez, por eso estaba aquí. Quizá tenía la esperanza de que arrojara algo de luz sobre la oscuridad de estos días.

—Ha pasado mucho tiempo —dijo antes de abrazarme.

—Lo sé. Echaba de menos este sitio, hasta el último rincón.

—También te ha echado de menos, aunque entendimos que te largaras de este pueblucho. Irte con Finn a perseguir sus sueños fue muy noble, aunque he de admitir que me alegré al enterarme de que trabajaba en el hospital. Significa que tú también vuelves, ¿no?

—Sí, pero solo durante el verano. Todavía soy profesora en Atlanta.

—¿Vais a probar la relación a distancia?

—Pues…

Me tembló el labio inferior y se percató de ello.

—¿Sabes qué? No me contestes. Mejor me callo. —Estar con Josie te alegraba el corazón. Desprendía energía positiva y tenía un alma pura—. Anda, ven aquí. Siéntate. ¿Aún prefieres el café al té? —me preguntó.

—Por supuesto.

Negó con la cabeza, decepcionada.

—Un día te voy a preparar una taza de té que te cambiará la vida para siempre. De momento, te traeré un café.

Me reí.

—Pasaste un semestre en Inglaterra y volviste como una mujer nueva.

—También me casé con un chico inglés que conocí en esos meses y lo arrastré conmigo hasta Chester, así que beber té es lo mínimo que puedo hacer. —Tomó la taza más grande de la tienda y la llenó de café, luego se sentó frente a mí—. ¿Cómo es volver al pueblo?

Se me llenaron los ojos de lágrimas y se me formó un nudo en el estómago, pero me esforcé por no llorar.

Frunció el ceño.

—¿Estás bien?

—¿Quieres la verdad o te miento?

—Siempre la verdad. —Salió de detrás de la barra y se sentó en el taburete a mi lado con una taza de té en las manos—. ¿Cuál es la historia?

Me reí sin ganas.

—No sé ni por dónde empezar.

—No me gustan los libros que empiezan por la mitad —bromeó—. Así que, ¿qué tal por el principio?

Y eso hice.

Le conté todo lo que había pasado con Finn y, cuando empecé a llorar, me limpió las lágrimas. No me dio ningún consejo y no intentó decirme lo que debía o no debía hacer, solo me escuchó.

A veces, lo único que necesitamos es que alguien nos escuche para calmar nuestros corazones.

Cuando terminé de hablar, me dio un apretón en la rodilla.

—Vamos, que no estás bien.

—Lo estaré.

—Sí. —Asintió—. Lo estarás. Pero, mientras tanto, si necesitas un lugar donde esconderte, puedes venir aquí. Además, siempre habrá un puesto para ti, si lo quieres.

—No tienes que hacer esto por mí.

—Lo sé, pero quiero hacerlo y sabes que mi madre no querría que fuera de otra manera. Aunque me encanta este pueblo, sé que a veces puede resultar apabullante. Además, tengo la sensación de que necesitas un descanso. Si quieres, tómatelo aquí.

—A lo mejor te tomo la palabra.

—Eso espero. —Hizo una pausa y se rascó la nariz—. Autumn nunca me cayó demasiado bien.

—Ojalá pudiera decir lo mismo.

Cuando me disponía a cambiar de tema, se abrió la puerta principal y entró Jackson. No le intrigó lo más mínimo vernos a Josie y a mí allí. Lo cierto es que se movió como si ni siquiera nos hubiera visto. Por la forma en que caminaba, daba la sensación de que estaba aburrido de todo. Iba del punto A al punto B sin ningún interés real en explorar la idea de un punto C.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo mientras avanzaba directo hacia una de las puertas de madera, sin pararse a mirarnos.

—Sin duda resulta intrigante —mascullé.

Josie se rio.

—Así es Jackson Emery. No suele interactuar con nadie cuando viene, y lo hace todos los días.

—¿De verdad?

—De la buena. Es uno de nuestros mejores clientes. Se sienta al fondo unas dos o tres horas a leer y siempre compra un libro al irse. La mitad de los ingresos de la librería salen de su bolsillo.

—¿Qué tipo de libros lee? —pregunté con curiosidad. Se podía saber mucho de una persona por los libros que tenía en su mesita de noche.

—Solo un género: literatura juvenil.

—¿De verdad?

—Del todo. Raro, ¿verdad? No le pega nada, ¿a que no?

—Para nada. —«Interesante»—. Todos lo llaman el diablo del pueblo y, la primera vez que me crucé con él, estuve de acuerdo. Se comportó fatal, fue muy mezquino. Pero después, ha tenido algunos momentos de amabilidad, como susurros aislados.

Josie asintió.

—Es un poco bruto, pero no es el diablo, ni de lejos. Tampoco es ningún santo. No conozco muy bien su historia, pero no lo ha tenido fácil. Su padre es un verdadero elemento y Jackson es el único que cuida de él. Su tío le ayuda un poco, pero tiene su propio estudio de tatuajes fuera de Chester, así que está muy ocupado, y a Jackson le toca cuidar de su padre solo. Mike Emery pasa más tiempo en el calabozo por borracho que fuera de él y Jackson es el único que le paga las fianzas. No es nada fácil tener que hacer de padre de tus padres.

Josie era única, sobre todo en Chester. Veía el mundo de una forma que nadie más hacía. Lo mismo se podía decir de sus padres. Veían la belleza en las sombras más terroríficas y admiraba esa cualidad de su familia. Había que ser muy especial para ver más allá de las cicatrices de los demás.

—¿Cómo lo haces, Josie? Ves lo bueno en todo el mundo y buscas la manera de entender por qué son como son.

Se encogió de hombros.

—Mis padres me enseñaron a observar con atención. Juzgar desde lejos es fácil, no cuesta nada mirar a alguien desde fuera y sacar conclusiones sobre quiénes son, porque cuando ves los defectos de los demás, de alguna manera, justificas los tuyos y te consideras mejor que ellos. Pero si pones atención, verás a la persona que tienes delante de verdad y cuánto os parecéis. Esperanza, amor, miedo, rabia… Todos sangramos y hasta los corazones de los monstruos se rompen. Solo hay que recordar observar con atención.

«Observar siempre con atención».

Me gustaba mucho esa idea. Yo no era perfecta. A veces, juzgaba a otros sin darme cuenta y ese era uno de los defectos en los que tenía que trabajar. Como Jackson, yo tampoco era ninguna santa. Tenía que observar de cerca más a menudo.

—Después del accidente, mi padre también empezó a beber, ¿lo sabías? —me preguntó Josie.

—No tenía ni idea.

—Éramos muy pequeñas, así que no me sorprende. Durante un tiempo, sufrió de depresión. La gente lo juzgó con dureza y, si no hubiera tenido a mi madre para ayudarlo a superar los peores días, habría terminado como Mike Emery. Y yo como Jackson. Todos podríamos ser Mike o Jackson, solo hace falta un mal giro de los acontecimientos.

—Es verdad. —Tragué saliva—. Nunca lo había pensado así.

—Pero bueno, ¿quién sabe? Podría equivocarme y, a lo mejor, Jackson solo es un capullo que se tira a todo lo que se mueve —bromeó—. Aunque verlo con ese perro realmente hace que me tiemblen las piernas.

—¿Qué perro?

—Un viejo labrador negro. Ya lo verás por el pueblo con él. Mira cómo lo trata y entenderás que no solo hay oscuridad en ese chico.

Hablamos un rato más y después, entré en la zona de lectura en silencio. Cuando las puertas se cerraron a mi espalda, respiré hondo y disfruté de la maravillosa vista de las estanterías.

«Hola, amigos».

Había tantas palabras en aquel espacio que no sabía por dónde empezar. La idea de perderme entre las páginas me resultaba más atractiva que nunca, ahora que mi propia historia se había ido al garete. Prefería leer el final feliz de otra persona en lugar de pasar horas pensando en lo que le había pasado al mío.

Caminé por los pasillos repletos de libros y acaricié los lomos con las puntas de los dedos. Sonreí a los clientes que me miraron y casi todos me devolvieron la sonrisa con amabilidad y cariño. Todos menos uno…

Jackson estaba sentado en la esquina más alejada de la librería. Era el rincón más oscuro, iluminado por un resquicio de luz que entraba por una pequeña ventana. Me fijé en el libro que tenía en el regazo, Hijos de sangre y hueso, de Tomi Adeyemi.

Qué complejo era aquel hombre grande y musculoso que leía literatura juvenil.

Fascinante.

Mientras estudiaba la cubierta del libro, sentí que me miraba. Levanté la vista y sus ojos me taladraron con asco. No cambió la mueca de disgusto y masculló algo entre dientes antes de volver a centrarse en el libro y pasar la página. Se me formó un nudo en el estómago y me sentí algo nerviosa y confusa. ¿Por qué me odiaba más que a nada en el mundo? Me esforcé por prestar atención y ver quién era de verdad.

—Oye, Jackson —dije y asentí en su dirección.

Levantó la vista y, luego, se centró de nuevo en el libro.

—No se puede hablar aquí —contestó entre dientes y pasó la página.

—Lo sé, solo quería darte las gracias por lo de ayer, cuando…

—No puedes hablar aquí —siseó otra vez.

Sentí un escalofrío.

—Lo sé, pero…

—Mira, princesa, sé que crees que estás por encima del mundo y que las normas no te afectan, pero te pido por favor que te vayas con tus comentarios a otra parte, porque no me interesan.

«Vaya».

Jackson el mezquino en todo su esplendor.

—Lárgate —espetó con dureza.

Sin decir nada más, eso hice.