Notas para Grace

Brittainy C. Cherry · Capítulo 15 de 57

Páginas del PDF

Notas para Grace

Capítulo 13

 

Jackson

 

Le ayudó, aunque no tenía por qué.

No lo entendía. No acababa de procesar lo que había pasado la noche anterior. Grace Harris, miembro de la familia que más odiaba, había ayudado a mi padre. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué le tendió una mano y lo llevó a casa? ¿Por qué lo duchó y limpió la casa?

Podría haber llamado a la policía. Habría tenido que sacarlo de la cárcel, pero no se dio el caso.

Todo lo que sabía de su familia contradecía lo que había hecho, y aun así…

—¿Dónde está el puñetero café? —masculló papá al entrar en el taller mientras se rascaba la barba. Estaba horrible, pero no me sorprendió. De hecho, me impresionó bastante que se hubiera levantado antes de las cinco.

—En la sala de descanso, como siempre —contesté, seco.

Entró allí y se sirvió una taza. Me esforcé por ignorar la petaca de whisky que vertió en él antes de beberlo.

—¿Qué tal anoche? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Bien. Me dormí.

«Te desmayaste, más bien».

—¿Estuviste con alguien? —pregunté para intentar averiguar cuánto recordaba.

Arqueó una ceja y dio un sorbo al «café».

—¿Con quién iba a estar?

—Con nadie. Olvídalo.

—Ya está olvidado. Deberías limpiar esto, está hecho una mierda. ¿Llevamos un negocio o un vertedero? —gruñó.

«Nosotros» no llevábamos nada. Hacía años que mi padre no tocaba un motor, aunque antes era todo un experto. Lo admiraba mucho, hasta que el alcohol lo arrastró al abismo.

Ahora solo era un fantasma del hombre al que antes admiraba.

No tenía ni idea de lo que había pasado anoche. Yo no estaba seguro de si considerarlo algo bueno o malo, aunque, si descubría que una Harris lo había salvado de sí mismo, era probable que volviera a destrozar los bancos de la iglesia.

No nos gustaban las limosnas, sobre todo de esa gente.

Pero no podía ignorar que Grace lo había salvado. Si no lo hubiera llevado a casa y lo hubiera vigilado, a saber cómo habría acabado.

Tenía sentimientos encontrados y la mente llena de dudas que no sabía cómo despejar.

Sentía un intenso odio hacia Grace Harris y todo lo que representaba, pero, al mismo tiempo, le estaba inmensamente agradecido.

¿Cómo era posible? ¿Cómo podía odiar y sentir agradecimiento a la vez?

No sabía cómo sentirme, así que decidí no sentir nada y volví al trabajo. Era lo único que tenía bajo control y, en aquel momento, me hacía mucha falta ejercer algún tipo de control.

Sin embargo, incluso allí, sus ojos me asaltaban los pensamientos. Esos puñeteros ojos enormes que rebosaban bondad.

Ojalá no pareciera tan amable.

Sentía que aquel conflicto interno se agravaba cada vez que pensaba en ella. Una parte de mí se sentía muy agradecido porque nos hubiera ayudado; quería creer que la amabilidad que me había demostrado era genuina y que lo había hecho por pura bondad. Sin embargo, otra parte de mí deseaba que no hubiera ayudado a mi padre porque me hacía sentir que le debía algo, que ahora tenía algo que echarnos en cara y que éramos como una obra benéfica para ella. No me gustaba, así que decidí devolverle el favor como fuera.

No importaba lo que costara.

 

—Hola, Jackson. Querías que me pasara por el taller, ¿verdad? —me saludó Grace cuando entró aquella tarde—. ¿Pasa algo con el coche?

Al verla, Tucker se levantó de su cama y se le acercó. Era lento y se quejaba al moverse, pero siempre meneaba el rabo. Saludaba a todo aquel que entrase en el taller, a pesar de estar medio ciego y que la artrosis le hubiese destrozado el cuerpo. Le dolía cada vez que se movía, pero la idea de no saludar a alguien y darle un lametazo en la cara era mucho peor.

Grace le devolvió el saludo con ganas y lo acarició detrás de las orejas cuando Tucker le lamió la cara. Después, volvió a la cama. El veterinario acababa de recetarte una medicación nueva y me preocupaba que lo volviera somnoliento, pero, al menos, lo ayudaba con el dolor.

Me aclaré la garganta y me incorporé desde el capó de una camioneta en la que estaba trabajando.

—Tu coche sigue siendo una chatarra. Creo que Alex debería tirarlo, pero no te he llamado por eso.

—Ah. ¿Qué pasa? —Se puso rígida—. ¿Tu padre está bien?

—Sí, bueno, en realidad, no, pero en lo que respecta a anoche, ni siquiera lo recuerda. Por eso te he llamado, por lo de anoche.

—¿Sí? ¿Por qué?

Caminé hasta ella y me crucé de brazos.

—No quiero estar en deuda contigo.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres? —preguntó. Odiaba lo grandes que eran sus ojos. Y preciosos. Y amables.

«Deja de ser tan dulce y amable».

—No quiero deberte nada por haber ayudado a mi padre —dije sin rodeos.

—Ah. —Dejé escapar una especie de risita y lo odié porque me pareció un sonido maravilloso. Era lo último que necesitaba—. No me debes nada. Solo quería ayudar.

—No queremos caridad —dije.

Levantó una ceja y entrecerró los ojos.

—No fue caridad. Solo le eché una mano.

—Tienes que querer algo a cambio, no quiero deberos nada a ti ni a tu familia.

—No sé qué piensas sobre mis intenciones, pero te equivocas. Ayudar a tu padre no fue ningún juego. No buscaba nada a cambio. No quiero nada.

A pesar de lo que dijo, me costaba creerla. Metí las manos en los bolsillos de los vaqueros y me encogí de hombros.

—Pues no lo entiendo.

—¿Qué no entiendes?

—Nos hemos portado fatal contigo y, sin embargo, tú nos has tratado con amabilidad. ¿Por qué?

—Jackson —dijo en un leve susurro. Se le dulcificó la mirada de tal manera que ojalá no lo hubiera hecho. Parecía preocupada de verdad por la pregunta, por mi desconfianza—. Mi padre me enseñó que no puedes tratar bien solo a algunos. Hay que tratar a todo el mundo por igual. Con cariño, respeto y comprensión.

—Tu padre —mascullé y fruncí el ceño—. ¿Os lleváis bien?

—Sí. Es el mejor hombre que conozco.

No iba a hacer comentarios al respecto.

—Déjame que te lo pague —me ofrecí casi con agresividad.

—Vais a repararme el coche. Es más que suficiente.

—No. Alex lo está reparando, yo no.

—Jackson, de verdad…

—Por favor —supliqué. Sí, supliqué. Le rogué que me dejase hacer algo por ella, cualquier cosa, para no sentirme en deuda con esa mujer ni con su familia. Respiré hondo y cerré los ojos—. Por favor, déjame hacer algo por ti.

—Te resulta muy difícil, ¿verdad? —me preguntó—. Creer que las personas son buenas.

No contesté y no creo que esperase que lo hiciera. Había visto suficiente para saber que el mundo no rebosaba bondad.

—Bueno —añadió—, ¿qué se te ocurre?

Hice una mueca.

No lo sabía.

Solo sabía que no quería que me atormentase el hecho de estar en deuda con ella.

—En fin —dijo, consciente de que no se me ocurría nada—. Ya lo pensaremos cuando llegue el momento. ¿Qué te parece? ¿Trato hecho? —Me tendió la mano y se la estreché.

—Trato hecho.

 

Jackson

Nueve años

 

—¿Qué te ha pasado? —me preguntó papá cuando entré en el taller maldiciendo entre dientes y mirando el suelo—. Jackson Paul, mírame.

Levanté la cabeza e hizo una mueca al verme. Soltó la herramienta que tenía en la mano.

—Por Dios —gruñó y se me acercó.

—Estoy bien.

—¡Tienes un ojo morado! —gritó y se enfadó por momentos. Papá casi nunca se enfadaba, pero cuando me acosaban, se enfurecía—. ¿Quién ha sido? —preguntó y me tocó la cara con cuidado.

—Los idiotas del cole. Me empujaron contra una taquilla y me di en la cara con el metal.

Frunció los labios y me agarró las manos.

—Ven aquí.

Salimos al patio, donde mamá pintaba.

Papá resopló y bufó.

—Hannah, mira. —Me señaló la cara—. Mira lo que le han hecho.

Mamá jadeó y se levantó de la silla.

Miré al suelo y ella me acarició dulcemente las mejillas.

—Jackson, cariño, ¿quién ha sido?

—Unos chicos del cole. No pasa nada.

—Claro que sí —rugió papá y se volvió hacia mamá—. Hablar con el director no sirve de nada. Ya es hora de que aprenda a defenderse.

Mamá negó con la cabeza.

—¿Para que sea igual que ellos? No. Pelear no es la respuesta.

—¿Ignorarlo sí lo es? Esos monstruitos se han atrevido a ponerle la mano encima a mi hijo mientras el profesor miraba sin hacer nada. Lo vamos a apuntar a clases de defensa personal.

—Mike… —dijo mamá, pero papá la interrumpió. Luego ella lo interrumpió a él y empezaron a gritarse.

Me dolió el estómago.

—¿Os estáis peleando? —Me tembló la voz.

Odiaba cómo me sentía al verlos discutir. Nunca los había visto enfadarse el uno con el otro y ahora se peleaban por mi culpa. No quería verlos tristes. Eran los únicos amigos que tenía, y que se gritasen me entristecía.

Los dos se callaron y me miraron.

Papá suspiró.

—No, hijo, perdona. —Se pasó una mano por el pelo—. Es que me disgusta que te hagan daño. —Le tendió la mano a mamá y ella la aceptó. La atrajo hacia sí—. A los dos nos disgusta.

—Pero, ¿por qué os gritabais?

—Solo hablábamos alto. —Mamá sonrió—. Queremos encontrar la manera de ayudarte y, a veces, la conversación se acalora. Lo siento, cariño.

—Los dos lo sentimos —reconoció papá.

Respiré hondo, nervioso.

Cada vez que alguien me acosaba, mamá y papá se enfadaban entre ellos.

—Voy a limpiar todo esto y luego entraré a hacer la cena, ¿vale? —dijo mamá—. ¿Por qué no vais a leer un capítulo de Harry Potter y os relajáis un rato?

Cuando no pintaba con mamá, leía libros de literatura juvenil con papá. Ella me enseñó a amar el arte y él las palabras.

No pasaba una noche sin que nos sentásemos en mi cuarto y me leyera.

Era uno de mis momentos favoritos.

Era mi mejor amigo.

Entramos en casa y nos sentamos en el sofá a leer. En cuanto empezó, lo escuché con atención. De vez en cuando, me miraba, preocupado, y me abrazaba con fuerza.

—¿Mamá y tú os odiáis? —pregunté, preocupado.

Arqueó las cejas.

—¿Cómo?

—Os peleabais y gritabais mucho.

—A veces, la gente se pelea. No significa que se odien.

—Pero…

—Tu madre es mi mejor amiga, Jackson. —Se le pusieron los ojos vidriosos y sollozó un poco—. Es todo mi mundo, como tú. Los dos me importáis más de lo que imaginas.

—¿La quieres?

—Sí, hijo. —Se le cayó una lágrima y asintió—. Con todo el corazón.

—Vale. —Dejó de dolerme tanto el estómago. Me apoyé en papá y asentí —. Sigue leyendo.

Se aclaró la garganta y suspiró antes de centrarse en el libro.

—Capítulo catorce…