Notas para Grace

Brittainy C. Cherry · Capítulo 26 de 57

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Notas para Grace

Capítulo 24

 

Jackson

 

Grace era todo lo contrario a lo que me habían enseñado a pensar de ella. Era amable, cariñosa y divertida; no tenía nada que ver con la mujer altiva, grosera y desconsiderada que esperaba que fuera.

Era lo que más me costaba aceptar.

Descubrir que no has hecho más que malgastar energía en despreciar a alguien que ni siquiera existe es toda una lección de humildad.

Gracelyn Mae Harris estaba aprendiendo a conocerse a sí misma mientras yo aprendía a dejar de juzgarla por quien había creído que era.

Era rara, valiente y estaba rota, aunque completa. Nunca me había cruzado con alguien así.

La verdad era que me gustaba.

Eso también era extraño. No sabía qué significaba porque nunca entendía el caos de mis sentimientos.

Los días siguientes, hice lo posible por dejar de pensar en ella. Si algo había aprendido sobre los sentimientos era que no tenían ningún sentido. Me mantuve ocupado en el taller. Cuando tenía la cabeza metida en el motor de un coche y la música sonaba a todo volumen en los auriculares, me olvidaba del mundo que me rodeaba.

Conseguía dejar de pensar en sus ojos por un instante.

Al oír la campanilla de la puerta principal, me quité los auriculares y levanté la cabeza. Había un hombre con traje que llevaba las manos en los bolsillos. Tucker se le acercó, sin dejar de mover el rabo, para saludar al desconocido.

El hombre lo apartó con la pierna y le dijo que se largara.

Me tensé.

Ya me caía mal.

Me acerqué y arqueé una ceja.

—Está cerrado.

—El cartel dice que está abierto.

—Ya, pero has empujado a mi perro, así que está cerrado. Márchate y llévate tu coche de mierda a otra parte.

—No vengo por mi coche, vengo por Grace. Soy su marido, Finn.

—Me da igual —contesté con sequedad.

—¿Cómo?

—Que me da igual quién seas. Has empujado a mi perro, así que vete a la mierda.

—Ese perro tiene los días contados. Es muy probable que le haya hecho un favor.

—¿Tienes ganas de morir hoy o es que eres gilipollas? Vete.

No se fue.

—Quiero que te alejes de Grace.

—Ya me cansa que la gente venga aquí a decirme qué hacer.

Finn parecía justo el tipo de imbécil con el que Grace se casaría. Su forma de andar mostraba que tenía dinero, y el traje que llevaba debía de costar más que todo mi armario junto. Si la princesa tenía que enamorarse, sería de aquel caballero de brillante armadura. No nos parecíamos en nada.

Me preguntaba cómo había acabado conmigo.

—Escucha, estamos en proceso de arreglar lo nuestro.

—Te follaste a su mejor a amiga. Creo que no hay nada más que decir.

Entrecerró los ojos.

—No te comportes como si supieras toda la historia, solo conoces algunos capítulos.

—No me importáis ni la historia ni tú.

—Te has metido en su cabeza. Su familia está preocupada y yo también. No parece ella misma.

—A lo mejor eso es bueno.

—No lo es —espetó. El comentario le había molestado—. No es ella misma. Nunca se enamoraría de alguien como tú.

—¿Alguien como yo?

—Ya sabes… —Se calló y se encogió de hombros—. No eres su tipo.

—Le gustan más los cabrones infieles.

—No te comportes como si nos conocieras a mí o a mi mujer. Hemos pasado por más de lo que imaginas. Así que hazme un favor y déjala en paz.

—No.

Arqueó una ceja.

—¿Perdona?

—Es adulta. Toma sus propias decisiones. Ahora márchate de mi taller antes de que no puedas hacerlo por tu propio pie.

Silbó.

—Menudo temperamento. Muy bien, ya me voy. Pero si eres inteligente, te alejarás de Grace.

—No se me conoce por ser el más listo de la clase —añadí con desdén.

Asintió y se dio la vuelta para irse. Antes de salir, miró a Tucker.

—Deberías plantearte sacrificar a esa cosa. Es inhumano dejarlo con vida en ese estado.

Abrió la puerta y se marchó, pero sus palabras me calaron hondo.

Me acerqué a Tucker, que estaba en su cama, y le acaricié la cabeza.

—Eres un buen chico, Tuck —dije y le rasqué detrás de las orejas. Se me quebró la voz al observar lo cansado que estaba.

«Eres un buen chico».

 

Cuando acabé en el taller, fui a casa de mi padre a ver cómo estaba. Los últimos días había estado tranquilo, lo que significaba que estaba borracho o, bueno, muy borracho.

Al entrar, lo encontré sentado en el sofá, cenando, mientras veía la tele con una lata de cerveza en la mano. Lo único que le interesaban eran las noticias porque le recordaban por qué odiaba el mundo.

Me oyó, pero ni me miró ni me saludó. En realidad, nunca lo hacía. No teníamos una relación padre e hijo en la que hablásemos mucho. Por lo general, nos gruñíamos el uno al otro y nos recriminábamos lo tocahuevos que éramos.

—Esa chatarra sigue en mi taller —protestó con la boca llena y dio un trago de cerveza—. Han pasado semanas y el coche de esa zorra sigue allí.

Hice una mueca.

—No la llames zorra.

Me miró y entrecerró los ojos. Habló con la voz tan grave que sonó como un rugido.

—¿Quién cojones te crees que eres para decirme qué hacer? No olvides de quién es esta casa, chico.

Le encantaba decir eso, también sobre el taller y la cabaña de al lado. Le gustaba sentir que era el dueño de todo lo que teníamos. De lo que nunca se percataba era quién pagaba las facturas, quién llevaba el negocio ni quién limpiaba la casa. Lo único que hacía era beber y ver las noticias.

No era una persona, era un muerto viviente.

—No te lo voy a repetir, saca ese coche del taller —me ordenó, pero sus palabras no significaban nada para mí. No tenía la determinación ni la ética de trabajo suficientes para mover el coche por sí mismo.

Perro ladrador, poco mordedor. No era más que un viejo amargado con un corazón que ya no latía.

Se lo tenía que agradecer a mi madre.

—¿Es que no sabes lo que esa gente le ha hecho a esta familia? Nunca nos ayudaron, ni una vez. Nos han hecho pasar un infierno.

—Lo sé. —¿Él sabía la verdad? ¿Sabía que Grace lo había arrastrado por todo el pueblo para ponerlo a salvo? ¿Sabía que lo había duchado, limpiado su casa y sentado a su lado para asegurarse de que no se ahogaba en su propio vómito?

¿No se daba cuenta de lo azules que eran sus ojos cuando lloraba y de cómo temblaba cuando se asustaba?

¿No veía que era mucho más que una Harris? ¿Que a ella también le habían hecho daño y había pasado por su propio infierno?

Cerré los ojos.

Ahí estaba otra vez, dentro de mi cabeza.

¿Por qué no dejaba de pensar en ella?

«Supéralo, Jackson».

Me acerqué a la nevera y la abrí. La comida que había comprado ya no estaba.

—Tienes que avisarme cuando se te acabe la comida.

—No tengo que decirte una mierda —contestó y me hizo un corte de manga. Se lo devolví.

«De tal palo, tal astilla».

—¿Es cierto? —preguntó.

—¿El qué?

—Los rumores de que te has acostado con ella.

Se me tensó todo el cuerpo.

—¿Qué acabas de decir?

—¿Es cierto que te estás follando a una Harris?

No respondí, no merecía una respuesta. No era asunto suyo lo que hiciera o dejara de hacer.

Se levantó y se acercó despacio.

—Aléjate de esa familia.

—No me digas lo que tengo que hacer —gruñí, cada vez más enfadado.

—¡Pues claro que te lo voy a decir! Eres mi hijo y vives en mi propiedad. Harás lo que te diga. Aléjate de esa chica —gritó y me empujó.

—Papá, no me toques.

Volvió a empujarme.

—¿Qué vas a hacer, eh? ¿Vas a pegarle a tu padre? ¿Vas a defenderte? — espetó y chocó contra mí. Respiré hondo y apreté los puños—. ¡Pégame, Jackson! ¡Pégame!

A pesar de todo, no le hice nada. Jamás le había puesto la mano encima a mi padre, no importaba cuántas veces me hubiera hecho pasar por aquello. Si lo hacía, sería tan ruin como él.

—Estás borracho.

—Te gusta, ¿no es así?

—¿Qué?

—Joder —refunfuñó atónito—. ¿Te has pillado de una Harris? No debería sorprenderme, eres débil. Eres un trozo de mierda y un pusilánime. No debería sorprenderme que te acuestes con una Harris. No eres más que un miserable.

—Cállate.

—Eres imbécil si crees que de verdad querrá estar contigo.

—Deja de hablar —exclamé, pero no lo hizo. No podía.

—Nunca te elegirá, Jackson. La gente que vive en el paraíso no se enamora de la que está en los suburbios. ¿De verdad crees que se enamorará de un monstruo?

—Déjame.

—No. ¿En serio piensas que querrá estar con alguien como tú? ¿Un miserable? ¿Escoria humana? ¿Un monstruo?

—No soy un monstruo.

—Sí lo eres. Lo has heredado de tu viejo.

—No me parezco en nada a ti.

—No, eres peor. —Respiró hondo—. Yo trato a todo el mundo como una mierda porque soy un puñetero borracho. ¿Cuál es tu excusa?

Se alejó hacia su habitación. Cerré los ojos y respiré despacio.

—Aléjate de la chica Harris. Te lo advierto.

Inspiré hondo y tiré de la pulsera. Miles de pensamientos me abordaron la mente a la vez que intentaba aclararme. Era lo peor, la única persona que de verdad me afectaba y me hacía dudar de mis decisiones.

«Quiero meterme».

El corazón me latía deprisa, se me nubló la vista y caminé en círculos.

«Quiero meterme».

Estiré la pulsera.

«Momentos poderosos, Jackson. Sé fuerte».

Mi padre era mi peor pesadilla. Odiaba que, al mirarlo a los ojos, me viera reflejado en ellos.

«Quiero meterme».

—¡Mierda! —grité.

Me pasé las manos por el pelo y me senté en el sofá de mi padre. Zapateé la madera y saqué el móvil. Busqué entre viejos contactos a alguien que me diera algo con que colocarme y joderme.

Es lo único que era para mi padre. A lo mejor tenía razón.

«Quiero meterme».

Marqué el número. Lo escuché sonar y, cuando la voz contestó, tragué saliva.

—¿Diga?

Suspiré.

—Hola —susurré con un nudo en el estómago—. Te necesito.