Notas para Grace

Brittainy C. Cherry · Capítulo 53 de 57

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Notas para Grace

Capítulo 51

 

Jackson

 

Por lo que sabía, mi padre se había mantenido alejado de la bebida. Daba las gracias por ello, no quería volver a verlo tan mal. Jamás había pasado tanto miedo.

El jueves por la tarde, me acerqué al taller y se me formó un nudo en el estómago al ver a mi padre subido a una escalera mientras intentaba arrancar a martillazos el cartel del Taller de Mike.

—¿Papá, qué cojones haces? —pregunté.

—Cerrar el taller.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

—Lo que has oído. —El cartel cayó al suelo con un estruendo y él bajó de la escalera—. Lo he vendido —masculló y entró. Me dejó de piedra.

—¿Estás borracho? No puedes deshacerte de todo sin más —repuse y lo seguí.

Se encogió de hombros.

—Lo cierto es que sí puedo. He vendido el taller, la cabaña y el terreno. He sacado un buen pellizco.

—¿Estás de broma? Vivo ahí.

—Bueno, ya no.

—¿A quién se lo has vendido? Lo recuperaré. Está claro que no estás es tus cabales. Has pasado por mucho estas últimas semanas y tienes la cabeza hecha un lío.

—No. Por primera vez en mucho tiempo, pienso con claridad.

—Pero…

—¿Qué tipo de arte? —preguntó y me dejó desconcertado.

—¿Qué?

—¿Qué arte te gustaría estudiar? ¿Dónde ibas a viajar para aprender técnicas nuevas?

—Necesitas dormir.

—Ya he dormido suficiente. Ven aquí. —Hizo un gesto con la cabeza y dudé—. Vamos, chico, no tengo todo el día. Ven aquí.

Me dio un cheque con una cantidad enorme escrita.

—¿Qué es esto?

—Tu parte de la venta. No tendremos todo el dinero hasta que hayamos acabado con el papeleo y todo lo demás, pero es suficiente para vivir un par de años.

—¿Qué?

—Eres libre, Jackson —dijo y esbozó media sonrisa—. Encuéntrate a ti mismo.

—Papá, no seas ridículo. Sé muy bien quién anda detrás de esto. Lo arreglaré, no te preocupes.

Antes de que respondiera, me marché a casa de Loretta Harris. Estaba claro que era cosa suya. Siempre nos había presionado para hacerse con nuestras tierras. Todo esto llevaba su nombre escrito.

 

Cuando llegué al porche, respiré hondo y llamé a la puerta.

—¿Jackson? ¿Qué haces aquí? —preguntó, confundida.

—No has podido evitarlo, ¿a que no? —rugí. Me ardía el pecho.

—No sé de qué hablas.

—No te hagas la tonta. La propiedad, el taller de mi padre. —Levantó una ceja—. Te lo ha vendido todo a ti y a la iglesia.

—¿Qué? Lo siento, pero de verdad que no sé de qué hablas…

—Deja de fingir.

—No finge —dijo Samuel al salir de la casa—. No ha tenido nada que ver con esto. Ha sido cosa mía y de Mike.

—¿Cómo?

—Vino a la iglesia la otra noche y me preguntó si la oferta de Loretta seguía en pie.

—¿Por qué lo haría? ¿Por qué le dejaste hacerlo?

Samuel se cruzó de brazos.

—Me contó que estaba cansado de odiar, de estar enfadado, y que mientras viviera allí, nada cambiaría. Quería marcharse para siempre, pero también quería tener el dinero suficiente para que estuvieras bien sin el taller. Lo entendí. Quería dejar atrás el dolor del pasado. Solo le pedí una cosa antes de aceptar el trato.

—¿El qué?

—Rehabilitación.

Se me tensó el pecho.

—¿Rehabilitación?

—Sí. Pasará una temporada en una de las mejores clínicas de Estados Unidos. Recibirá el mejor tratamiento durante los próximos meses. Será duró, pero aceptó. Tu tío lo llevará este jueves.

¿Rehabilitación?

Me pellizqué el puente de la nariz.

—¿Irá de verdad?

—Sí.

Sin decir nada más, abracé a Samuel.

Lo único que había querido siempre era que mi padre consiguiera ayuda, que encontrase la forma de recuperarse.

—Gracias —susurré, abrumado—, de verdad.

 

El jueves esperé delante del taller mientras Alex metía la maleta de mi padre en el coche.

—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —pregunté. No me gustaba que se fuera a la clínica sin mí.

—Sí, seguro. —Frunció el ceño y se rascó la barba—. No hagamos un drama de esto, ¿vale? No se me dan bien las despedidas.

—Vale, pues nada de despedidas. —Lo abracé—. Hasta que nos volvamos a ver.

Se apartó y me puso una mano en el hombro.

—Mi hijo.

—Mi padre.

—Te veo al otro lado —dijo y se subió al coche.

—¡Espera, papá! Toma. —Corrí hasta la ventanilla, me quité la pulsera y se la di.

—¿Momentos poderosos?

—Para que te ayude en los días duros.

Me dio las gracias.

—¿Qué hay de la chica Harris? ¿De verdad la quieres?

—Sí.

—Entonces, escúchame. Date un tiempo para conocerte y dale tiempo a ella para que haga lo mismo. Si está escrito, volveréis a encontraros.

—¿Y si no lo está?

Rio y se encogió de hombros.

—No ahogues las penas en whisky. —Sonrió, algo que llevaba mucho tiempo sin hacer—. Cuando llegue el momento, déjala entrar.

—Lo haré.

Nos despedimos una última vez y vi cómo mi padre se marchaba a encontrarse a sí mismo.

Al parecer, el autodescubrimiento duraba toda la vida. Nunca dejábamos de crecer ni de descubrir cosas nuevas.

 

—¿Entonces está bien? —preguntó Grace por teléfono el jueves por la noche.

—Sí, Alex me envió un mensaje cuando llegaron.

—¿Cómo te sientes?

Suspiré.

—Libre.

—He pensado en visitarte este fin de semana o que vengas tú. Sea como sea, me encantaría verte.

Me aclaré la garganta y cerré los ojos.

—Me estoy enamorando de ti, Gracelyn Mae —confesé y sentí una punzada en el pecho—. Me estoy enamorando sin remedio, pero, antes de estar contigo, necesito conocerme a mí mismo. Tengo que saber lo que quiero y lo que necesito antes de estar a la altura de lo que mereces.

—¿A qué te refieres?

—Mi padre me ha dado un cheque con el dinero suficiente para recorrer el país durante un tiempo. Viajaré para descubrir quién soy y lo que busco. Para empezar a curarme.

Se quedó en silencio un momento y temí que no le pareciera bien la idea, que no quisiera esperarme. Tal vez, nuestro momento ya había pasado.

—Vale —respondió.

Me incorporé en la cama.

—¿Vale?

—No he estado sola de verdad. Sería bueno para los dos darnos unos meses para explorar en profundidad lo que sentimos y lo que pensamos. Después, cuando estemos juntos, seremos dos individuos completos, no dos almas rotas que se necesitan para no desmoronarse.

—Exacto. Aprenderemos a caminar solos y, después, lo haremos juntos.

—¿Puedes escribirme de vez en cuando para contarme dónde estás? ¿Para saber que estás bien?

—Por y para siempre.

Suspiró.

—Esas palabras… ¿Quién crees que las dijo primero? ¿Tu madre o mi padre?

—No lo sé. No creo que importe de dónde vengan, solo lo que significan.

—Ya te echo de menos —confesó.

Me enamoré de ella un poco más.

—Y yo a ti.

—¿Jackson?

—¿Sí?

—Cuando te encuentres, ven a buscarme.

 

El día que me iba del pueblo, alguien llamó a la puerta. Abrí y había un trasportín en el porche con un lazo encima y una nota.

Querido Jackson:

Sé que hoy empieza tu aventura y quería desearte lo mejor.

Además, ¿cómo te vas a ir de viaje en coche sin un copiloto? Este es Watson, Wats, para abreviar. Es un golden retriever de tres años al que le encanta jugar e ir en coche. Nunca deja de menear la cola y le gustan los mimos casi tanto como a mí.

He pensado que, aunque este viaje sea para conocerte a ti

mismo, no deberías estar solo todo el tiempo. No quiero que pienses que es un sustituto para Tucker. Tucker era un buen chico y nadie reemplazará lo mucho que te quería, pero creo que Watson te querrá a su manera también. Es lo que tiene el amor, siempre hay sitio para más.

Por las nuevas amistades y los nuevos comienzos.

Gracelyn Mae

P. D.: Yo también me estoy enamorando de ti.

Sonreí al leer la nota una y otra vez. Me agaché y miré al perro en el trasportín. Movía la cola y tenía la lengua fuera.

—Hola, colega. —Sonreí. Era precioso. Abrí la puerta, saltó sobre mí y me lamió la cara—. Quieto ahí, babosillo.

No dejó de lamerme y me reí.

—¿Quieres parar, perro bobo? —bromeé, pero no contestó. Meneaba el rabo y, al final, me rendí.

«Buen chico, Wats», pensé, y lo abracé. «Eres un buen chico».