Notas para Grace
Capítulo 44
Grace
— ola, Jackson. Dos cosas. La primera, solo me queda una semana en el H
pueblo para terminar las últimas dos temporadas de Juego de tronos contigo, así que tendremos que ver dos capítulos al día. La segunda, tengo hambre, así que voy a pedir comida china para ver la serie esta noche —dije al entrar en el taller. Jackson tenía la cabeza metida en el capó de un coche.
No respondió, así que, cuando me acerqué, le toqué el hombro, pero se tensó.
Se me formó un nudo en el estómago.
—¿Va todo bien?
—Sí —dijo sin mirarme.
Era evidente que mentía.
—Jackson, ¿qué pasa?
—Estoy trabajando.
—Ya, pero también estás muy seco conmigo.
Me miró y me sorprendió la frialdad con que lo hizo. Hacía mucho que no me miraba así y me confundió que lo hiciera.
—¿Qué pasa? —susurré y las manos empezaron a sudarme—. ¿Qué te ocurre?
—Creo que lo mejor será que acabemos con esto ahora —dijo y siguió trabajando en el motor.
—¿Cómo?
—No le veo el sentido. No vamos a llegar a nada, será mejor dejarlo.
—¿De qué hablas? ¿A qué viene esto?
—Lo he pensado mejor y no quiero tener nada que ver contigo.
—Mientes. Lo que tenemos… Lo que somos… —Me tembló la voz; era incapaz de procesar aquello. Me miró a los ojos y sentí un escalofrío. Hizo una mueca.
—No somos nada, princesa. Lo que ha pasado este verano ha sido un error que no volveré a cometer, ¿queda claro?
—¿Por qué te comportas así?
—Porque soy así. Siempre lo he sido.
—No. Eres bueno. Eres amable, gentil y…
—Déjalo, Grace. No tengo nada que decirte. Date la vuelta y vete, esta conversación ha terminado.
—¿Quién te ha comido la cabeza? —pregunté y le puse las manos en las mejillas con cariño. Y lo vi. Le tembló el labio inferior—. ¿Quién te ha convencido de esto? ¿Finn? ¿Mi madre?
Me agarró por las muñecas y me las apartó.
—Márchate, princesa, y no mires atrás. Aquí no queda nada para ti.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y retrocedí.
¿Qué había cambiado? ¿Qué había pasado de repente?
Pocos días atrás, veíamos el mundo lleno de posibilidades. ¿Cómo es que de pronto le ponía punto final a lo nuestro, cuando para mí apenas íbamos por el prólogo?
—Te conozco —insistí—. No eres así.
—No me conoces. Nunca lo has hecho, y yo a ti tampoco. Solo has sido una más y ya me he cansado de quitarte la ropa, así que adiós.
Retrocedí y tropecé. Me sentí traicionada. Dolía. Dolía muchísimo.
—No lo dices en serio. No es cierto. Cuando no teníamos a nadie, nos tuvimos el uno al otro. No sé qué se te ha metido en la cabeza, pero, sea lo que sea, podemos arreglarlo juntos porque es lo que hacemos, Jackson. Nos ayudamos.
—Deja de fingir que somos algo que no somos. No soy tu amigo. No soy tu amante. No soy nada para ti y tú no eres nada para mí.
Se dio la vuelta y volvió al trabajo. Me dejó allí, paralizada por la sorpresa.
Me limpié las lágrimas y me dirigí hacia la salida. No tenía sentido seguir con aquella conversación. Estaba claro que no quería volver a saber nada de mí.
—¿Grace?
Me volví para mirarlo.
—No vuelvas.
Aquellas dos palabras fueron las que más daño me hicieron porque le cerraban la puerta a todas las posibilidades.
—Grace, ¿qué haces aquí? —me preguntó Finn en el pasillo del hospital. Había esperado a que pasase para hablar con él—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—¿Le has dicho algo? —pregunté y me crucé de brazos—. ¿Le has dicho algo a Jackson?
—¿Qué?
Me miró confundido y fruncí el ceño. No tenía ni idea de qué le hablaba.
—No lo he visto desde la pelea.
—Ni se te ocurra mentirme.
—Es verdad, lo prometo. ¿Por qué…? —Arqueó una ceja y negó con la cabeza—. Te ha decepcionado.
—No tienes ni idea de qué hablas —añadí y me marché.
Me siguió.
—¿Y te sorprende, Grace? Todos hemos tratado de decírtelo. Era una bomba de relojería y solo era cuestión de tiempo que te hiciera daño.
—Estás muy equivocado con él. —Conocía a Jackson. Conocía todos los rincones de su alma oxidada que no había compartido con nadie más. Había pasado algo y debía de ser muy malo si me había alejado de aquella manera —. Es bueno.
—Mírame a la cara, Grace. ¿Cómo va a ser bueno?
—Tú empezaste la pelea.
—Estaba borracho. Él lo hizo sobrio. Además, te conozco. Te conozco mejor que tú misma. No es el hombre adecuado para ti. Te mereces algo mejor.
Me reí.
—Qué gracia.
—¿Qué te hace gracia?
—Que creas que me conoces. Lo cierto es que la chica que conocías murió en el momento en que la traicionaste.
—Es un monstruo, Grace. Volverá a hacerte daño y a decepcionarte. — Me alejé sin responder y con lágrimas en las mejillas. Aun así, habló—. ¡No voy a rendirme con lo nuestro, Grace! Seguiré luchando por nosotros.
Mi vida se había convertido en una locura.
Mientras Finley no dejaba de hablar de «nosotros», yo no dejaba de pensar en Jackson y en qué le habría pasado.
—Gracelyn May —dijo Autumn, desde la mesa de la recepción. Se levantó despacio y reveló una barriga incipiente.
Cada vez que la veía, una parte de mí quería morirse.
Salió de detrás de la mesa para acercarse.
—¿Qué haces aquí? ¿Hay alguien herido?
—No finjas que te importa, Autumn.
—Pero sí me importa. —Se le anegaron los ojos de lágrimas y sentí un escalofrío. Lo último que necesitaba era que se pusiera a llorar. No tenía tiempo para aquello.
—¿Has venido a hablar con Finn?
Levanté una ceja, pero no respondí.
Siguió hablando y empezó a temblar.
—Sé que no es asunto mío, pero es que todo es un desastre. Mi familia no me dirige la palabra, y Finn está muy distante. ¿Acaso vosotros…?
Me crucé de brazos.
—¿Me preguntas si mi futuro exmarido te pone los cuernos conmigo?
Lloró.
Odiaba que llorase.
—Estoy muy perdida. No sé cómo lidiar con esto. Finn me hizo muchas promesas de futuro y ahora no…
—Para —la corté—. Entiendes por qué no es asunto mío, ¿verdad? Ya no soy tu amiga, Autumn. No tienes derecho a desahogarte conmigo después de arrebatarme mi vida. ¿Lo entiendes?
Retrocedió.
—Sí, claro. Lo siento.
Me dispuse a irme, pero la oí sollozar y se me formó un nudo en el estómago. Aunque la odiase, una parte de mí sentía pena por ella. Podía parecer estúpida o ignorante, pero comprendía lo sola que se sentía. Sabía lo que era dudar de una misma y sentirse culpable porque Finn no volviera. Sabía lo que era dudar de todo.
Autumn no había sido una buena amiga. Me había hecho un daño irreparable, pero las palabras de papá me resonaron en la cabeza.
«Si le das la espalda a una persona, se la das a todas».
—¿Le quieres? —pregunté y la miré.
Asintió, nerviosa y avergonzada de reconocerlo.
—Sí.
—¿Te quieres?
Derramó más lágrimas y negó con la cabeza.
—No.
Suspiré. Por primera vez desde que me enteré sobre lo de Finn y Autumn, la vi de verdad. Atisbé más allá de su belleza y de que fuera todo lo que yo debía ser. Vi las heridas de su alma y las cicatrices de su corazón.
Había tomado una decisión, como Finn. Me traicionaron y eso cambió el rumbo de todas nuestras vidas. Ahora les tocaba lidiar con las consecuencias, como a mí. Al mirarla, parecía no saber de quién era ni a dónde se dirigía su vida. Además, debía encontrar la manera de ser fuerte por el niño que iba a traer al mundo.
En sus ojos, vi cuánto se arrepentía.
Vi pena.
Dolor.
Autumn no tenía ni idea de qué hacía.
Estaba rota y sola. Su familia le había dado la espalda y el padre de su hijo perseguía a otra.
Sabía cómo era verse consumida por la oscuridad hasta olvidar cómo era la luz.
—No puedes quererlo si no te quieres a ti misma, Autumn. Es imposible.
—Lo sé. Pero… Estoy perdida.
—Lo sé —dije, comprensiva. Aunque ya no fuera mi amiga y me hubiera hecho daño, entendía lo que era estar perdida. Más que la mayoría—. Pero no es cosa mía ayudarte a encontrarte. Tampoco de Finn. La única responsable eres tú y tienes que hacerlo sin ayuda. De lo contrario, pasarás la vida intentando ser lo que los demás quieren que seas y, el cien por cien de las veces, seguirá sin ser suficiente. Así que tienes que elegirte a ti. A partir de este momento, tienes que ser tu primera opción. De lo contrario, te ahogarás.
—Gracias, Grace.
Quise contestar «por y para siempre», pero no iba a mentirle.
—Mamá, ¿le has dicho algo a Jackson? —pregunté al entrar en el salón.
—Me alegro de verte, Gracelyn Mae. Me alegro de que todavía recuerdes dónde vive tu familia. Si también recordases dónde está la iglesia, sería estupendo —dijo con sarcasmo.
—Mamá, ¿has hablado con Jackson?
—Grace…
—Dime la verdad. —Le tembló el labio inferior. Se me paró el corazón—. ¿Cómo has podido?
—Mírate, Gracelyn Mae. No eres tú misma.
—Me gustaría que todos dejaseis de decir eso.
—Es verdad. No eres tú misma desde hace mucho. He hablado con él porque te quiero. Me parece bien que quieras descubrir quién eres, pero Jackson Emery no es el camino.
—No tienes derecho a tomar esa decisión por mí. No tienes derecho a dirigir mi vida. Ahora Jackson ni siquiera me habla. ¿Qué le dijiste?
—No importa.
—Dímelo.
No lo hizo. Abrió la boca, pero no me contó la verdad.
Ni me imaginaba qué le habría dicho para que me tratase así después de todo lo que habíamos pasado durante el verano.
—Estoy harta. Harta de este pueblo, de vivir así y de ti. Me he pasado toda la vida intentando que te sintieras orgullosa, y la única vez que elijo algo por mí, me das la espalda mientras declaras que me quieres. Eso no es amor, mamá, es manipulación y ya no voy a dejar que me controles.
—Gra…
—No quiero volver a verte.
—No lo dices en serio. Soy tu madre.
—No. Solo eres la mujer que me dio a luz. Ya no eres mi madre.
Me di la vuelta y me fui. Me sentía más sola a cada paso que daba. Cuando llegué a casa de Judy, empecé a hacer las maletas. Ya no me quedaba nada en Chester. Alquilaría un coche y saldría de allí en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Grace? —dijo Judy al entrar en la habitación—. ¿Qué pasa? Mamá me ha llamado histérica. ¿Estás bien?
—Me marcho.
—¿Qué? ¿Por qué? —Sonaba muy preocupaba—. Habla conmigo.
—No puedo. Tengo que irme. Voy a alquilar un coche y conduciré hasta Atlanta. Alquilaré algo durante una semana hasta que mi piso esté disponible. No puedo… —Respiré hondo—. No puedo respirar.
—Vale. Voy contigo. Yo conduzco.
—¿Qué? No. Judy, no tienes por qué, puedo ir sola.
—Sé que puedes, pero no lo harás. Yo conduzco. —No me dejó discutir y, antes de darme cuenta, había metido las maletas en el maletero de su coche.
Cruzamos las calles de Chester y nos detuvimos en el semáforo cerca del taller de Mike. Vi a Jackson dando mazazos a un coche desguazado en la parte de atrás. Cuando levantó la vista, se me paró el corazón.
Judy me miró.
—¿Quieres despedirte? —preguntó.
—No.
Aunque mi madre le hubiera dicho algo, fue Jackson el que eligió volverse frío conmigo. Tomó una decisión, igual que todos. Nuestras decisiones nos definían. Podíamos ir a la izquierda o a la derecha. Decir sí o no. Aguantar o marcharnos. Jackson decidió irse y, en respuesta, yo también me fui.
Pasamos un verano de lujuria, un verano en el que nos encontramos y nos perdimos a nosotros mismos. En el que nos encontramos y nos perdimos el uno al otro.
Aunque había terminado, no me arrepentía de nada. Si pudiera volver atrás, volvería a estar con Jackson Emery porque, para mí, representaba nuevas posibilidades. Representaba la idea de que, incluso en los días más oscuros, se podía encontrar la luz. Durante aquel verano, se convirtió en mi fe y, por un momento, habría jurado que yo era la suya.
En el oscuro y vacío maletero del Honda de Judy había dos maletas desemparejadas, desgastadas y desgarradas. Cada una guardaba una parte de mí. Cada una contaba una historia de la mujer que había sido y la mujer en la que me estaba convirtiendo. Y Jackson Emery, el hombre que se me cruzó en el camino y me ayudó a recordar cómo respirar, las vio marchar a las dos.