Notas para Grace

Brittainy C. Cherry · Capítulo 12 de 57

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Notas para Grace

Capítulo 10

 

 

Grace

 

— ola, Grace. Soy Alex, del taller. Te llamo para ver si puedes pasarte hoy H

para hablar del coche. Gracias, ¡nos vemos pronto!

Habían pasado unos días desde que llegué a Chester. Apenas había salido de casa de Judy desde entonces y, cuando lo hacía, era para ir a El Silencio. Eran los dos mejores sitios en los que estar para evitar encontrarme con nadie.

Me había empeñado en evitar a Autumn y a Finn como a la peste.

Sin embargo, ahora que Alex había llamado, no me quedaba otra que abandonar mis refugios e ir al taller. Después de ponerme los zapatos, salí a la calle y la brisa veraniega me acarició la cara. No había nada comparable a los cálidos veranos de Georgia y a los árboles que se teñían de los verdes más brillantes.

Chester tenía el tamaño perfecto: se podía andar a todas partes. Aunque el taller de Mike quedaba un poco más lejos, pues estaba justo a las afueras de la ciudad. Los Emery eran dueños de varias hectáreas de terreno, no tantas como mi familia, pero sí más que la mayoría de los habitantes del pueblo. En la parte derecha de la propiedad había una preciosa casa de dos pisos y en el centro estaba el taller de coches. Frente al negocio había algunos vehículos averiados y oxidados colocados sobre ruedas de repuesto que servían como decoración. Era cuco.

Había un cartel de madera donde se leía «Taller de Mike» apoyado en la pared del edificio. Justo al lado del taller, había una casita de madera frente a unos arbustos. No era nada especial, pero era bonita y daba una sensación hogareña.

Cuando soñaba con tener una familia, siempre nos imaginaba de vacaciones en una cabaña como aquella.

La puerta del taller chirrió e hizo sonar la campana que había sobre ella al abrirla. Eché un vistazo, pero no había nadie. Caminé hasta el mostrador y le di al timbre a ver si aparecía alguien. No vino nadie, así que di una vuelta por el taller.

Como salido de la nada, un enorme labrador negro apareció. Se movía muy despacio, aunque sin dejar de mover el rabo. Cuando llegó hasta mí, se sentó y siguió con el meneo.

—Debes de ser el chico del que me habló Josie —comenté y me agaché para acariciarlo. Meneaba el rabo mientras respiraba acelerado, como si el corto paseo lo hubiera agotado. Le miré el collar. «Tucker».

—Eres adorable, Tucker —le dije antes de que se levantara y, despacio, se marchara a su cama.

Qué monada.

—¿Hola? —grité, pero nadie respondió—. Pues vaya.

Esperé un poco más en el vestíbulo hasta que oí un fuerte golpe. Fui a la parte de atrás y encontré una puerta abierta que daba al patio trasero. Los golpes se oían cada vez más alto, así que la crucé. Entre algunos árboles, había un coche que parecía haber sido víctima de un tornado varias veces. A su lado, con un mazo en la mano, Jackson lo aporreaba.

Iba sin camiseta y toda su piel estaba cubierta de sudor mientras golpeaba el coche una y otra vez. Tenía los músculos en tensión y me resultó imposible no mirar. Jackson sería el capullo del pueblo, pero tenía un cuerpo de infarto. No se encuentran hombres tan atractivos todos los días, una pena que la personalidad no fuera acorde a la apariencia.

—¡Eh! —llamé, pero no me miró. Siguió golpeando con agresividad. Llevaba tapones en los oídos, algo que no facilitaba que me oyera. Me acerqué más—. ¡Eh! —grité y di un manotazo al coche.

Se sobresaltó al verme, dejó caer el mazo y maldijo.

—¡Me cago en la puta! —gritó y se cogió el pie izquierdo con la mano, pues tuvo la mala suerte de que el mazo le cayera encima—. Mierda, eso duele.

—¡Dios mío, lo siento muchísimo! —exclamé y me llevé la mano a la boca—. ¿Estás bien?

—Se me acaba de caer un puto mazo en el pie. ¿Tú que crees? —espetó.

En otra ocasión, le habría llamado la atención por las malas formas, pero era cierto lo que decía, así que vi el enfado justificado.

Masculló algo y me fulminó con la mirada.

—¿Qué quieres?

—Alex me llamó para que me pasara a ver el coche, pero no había nadie delante. Entonces te oí. —Señalé con la mano el coche destrozado—. Con lo que sea que estés haciendo.

Masculló otra vez, bajó el pie al suelo y se marchó al taller. Me quedé allí sin estar segura de si debía seguirlo.

Me miró por encima del hombro y resopló.

—¿Vienes o qué?

—Ah, vale —contesté y me apresuré a ir detrás de él.

Una vez dentro, nos acercamos a mi coche.

—Alex ha tenido que salir con la grúa —me explicó. Llevaba una barba de varios días y se la frotó con la mano—. Me pidió que te pusiera al corriente si no estaba cuando vinieras.

Puse una mano sobre la cadera y miré el coche.

—¿Cómo está mi chica?

—¿Chica? —preguntó y enarcó una ceja—. Los coches no tienen género.

—Te digo yo que sí. Que no sepas distinguirlos no significa que no los tengan. Rosie es, sin duda, una chica.

—No me sorprende que seas de las que ponen nombre a los coches.

—Ni a mí que seas de los que se quejan de las que ponemos nombre a los coches —repliqué.

Gruñó entre dientes y sonreí. Me dio la sensación de que mi sonrisa lo había irritado y disfruté un poco de ello, ya que él parecía disfrutar con fastidiarme.

—El coche es una basura, Alex debería de haberlo llevado al desguace — afirmó Jackson—. Has perdido el tiempo viniendo hasta aquí. Es chatarra. — Suspiré hondo y me señaló con la mano—. Te juro por Dios, princesa, que como llores voy a perder los nervios. Yo soy el que, seguramente, se ha roto el pie y no me verás ponerme sentimental.

Gemí e hice lo posible para controlarme.

—Perdona, Rosie y yo hemos pasado muchas cosas juntas.

—Deja de llamar al coche con nombre de persona.

—Deja de llamarme princesa.

—No.

—Pues la llamaré Rosie y a ti, Oscar.

—¿A qué viene eso?

—Porque eres un gruñón, como Oscar el Gruñón.

Me lanzó una mirada asesina.

—Qué original, princesa.

—Gracias, Oscar. Claro, llamar a una mujer princesa es de lo más innovador —me burlé.

—Eres un grano en el culo.

—Y tú un gruñón. Pero… —Se me formó un nudo en la garganta y me froté la nuca con las manos—. Siento mucho lo del pie. Si quieres, puedo…

—No —me cortó.

—¿Qué?

—He dicho que no. No vamos a hacerlo. Dejemos una cosa clara. Este rollo que nos traemos, este tira y afloja, no es nada.

Me quedé perpleja.

—Nunca he dicho que fuera nada. Solo iba a decir…

—No. No digas nada.

—¡Deja de interrumpirme!

—Pues deja de hablar. ¿Crees que no he visto cómo me miras cada vez que nos encontramos en la librería? Como si hubiera algo en mí que no acabas de entender. No hay nada. Así que, por favor, déjame en paz de una puñetera vez, sería genial. —Como siempre, masculló otra vez—. Lo estás haciendo otra vez.

—¿El qué?

—Llorar.

«¿Qué? ¡Porras!».

—Un auténtico desastre —susurró—. Espera a que vuelva Alex —espetó —. No quiero hablar más contigo.

«Creo que te odio».

Fui a la sala de espera y me senté. Dejé el bolso en la mesa mientras esperaba a que Alex volviera. Cuando entró por la puerta principal, me dedicó aquella cálida sonrisa.

—¡Hola, Grace! ¡Gracias por venir! ¿Ya te han atendido?

—No exactamente. Bueno, he hablado con Jack, pero no ha sido muy atento, que digamos. Me dijo que el coche era una chatarra y que no merecía la pena salvarlo.

Alex se cruzó de brazos.

—¿Dónde está?

—Fuera, golpeando con un mazo a un coche como un poseso.

—Ah. —Alex frunció el ceño y se estremeció, como si hubiera sentido un escalofrío—. No te lo tomes como algo personal. Tiene un mal día.

Me reí con sarcasmo.

—¿Cómo lo sabes? Parece que siempre está de mal humor.

—Sí, pero… —Frunció el ceño—. Cuando está fuera dando golpes a los coches significa que tiene un día muy, muy malo. Es imposible hablar con él cuando está así.

—No es una persona fácil con la que tratar.

—Eso es verdad. —Se rio y asintió, luego nos acercamos a mi coche—. No es tan malo como dicen.

—No, es peor.

—Lo dices porque no lo conoces. El Jackson del que hablo es muy buena persona, pero no lo muestra de la misma manera que los demás. Si te fijas bien, te darás cuenta.

—¿Lo que intentas decir es que en algún rincón de ese cuerpo se esconde un corazón?

—Exacto. —Alex sonrió y se inclinó para susurrar—. A veces hasta late.

«Vaya».

Qué concepto más extraño.

—Mira, soy consciente de todo lo que dicen de él y los rumores que corren por ahí, pero esas mentiras no le representan. La verdad es que es una de las mejores personas del planeta. Una pena que el mundo no se moleste en conocerlo porque solo se centran en la falsa realidad que proyecta. Será mi único sobrino, pero si tuviera más, no dejaría de ser mi favorito.

—¿Es tu sobrino? —pregunté—. ¿Eres hermano de Mike?

—No. —Negó con la cabeza—. Su madre era mi hermana.

Era. La palabra me golpeó tan fuerte que me dejó sin aliento.

—Lo siento.

—Gracias. Ya hace catorce años. Hannah era… —Le falló la voz y se aclaró la garganta. Lo vi fruncir el ceño por primera vez y fue de lo más triste. Sus ojos, siempre felices, se apagaron un poco—. Era una buena persona. No pasa un día sin que piense en ella. Jackson tampoco.

—Lo siento, de verdad. No me imagino lo que debe de ser pasar por algo así.

—Es mucho peor de lo que creerías. Lo que Mike y Jackson tuvieron que pasar. —Suspiró—. Nadie comprende esa clase de sufrimiento. Ni siquiera yo.

Sonaba como si hubiera más detalles de la historia que desconocía, pero no pregunté. No tenía derecho.

Sacudió la cabeza y se deshizo del gesto sombrío.

—No has venido hasta aquí para escuchar las penas de esta familia. Hablemos de tu coche.

—Ah, ya. El coche —murmuré, sin dejar de pensar en el monstruo que me había recibido.

—Hazme un favor. —Alex se rascó la nariz, se frotó la nuca y me pasó las llaves—. Arráncalo.

Hice lo que me pidió. Se oyó un pitido y el motor humeó.

—No puede ser bueno. —Reí.

Asintió.

—No, pero suena mejor que antes. No voy a rendirme todavía.

—¡Sí, claro que sí, no es más que un trozo de mierda! —gritó alguien, que entró a trompicones en la sala—. No sé por qué has metido esa chatarra en mi puñetero taller.

Levanté la vista y me encontré con un hombre que se tambaleaba con una botella de whisky en la mano. Casi parecía el gemelo de Jackson, solo que mayor, con arrugas, el pelo gris y un ceño fruncido más pronunciado.

No creí que nadie pudiera fruncir el ceño más que Jackson.

La actitud de Alex cambió al verlo.

—Mike, no creí que fueras a venir hoy.

—Es mi negocio. Puedo ir y venir cuando me plazca, que no se te olvide —replicó y se acercó al coche. Cerró el capó y le dio dos palmadas—. Llévalo al desguace. —Dio un trago al whisky y, por fin, me miró. Cuando cruzamos la mirada, sus ojos se llenaron de odio—. Te conozco.

—Lo dudo —contesté, hecha un manojo de nervios. De reojo, vi que Jackson nos observaba desde una esquina.

Tenía el mismo ceño fruncido que su padre.

—Conozco a los de tu calaña. ¿Eres pariente de la gente de la iglesia?

—Mi padre es el pastor.

—Puaj. Una HP —gruñó y dio otro trago.

—¿El qué? —preguntó Alex, pero yo conocía perfectamente el término. Me lo habían llamado toda la vida.

—Hija del pastor —respondí.

—No quiero tener nada que ver con vosotros —espetó—. Saca esa chatarra de mierda de mi taller y lárgate.

—Pero Mike, creo que puedo arreglarlo —intervino Alex. Era obvio que el padre de Jackson lo ponía nervioso. A mí también. Estar cerca de individuos inestables asustaba porque nunca sabías lo que iban a hacer.

—No vamos a arreglar nada para esta zorra.

Sentí un escalofrío.

Se me formó un nudo en el estómago.

—Papá, déjalo. No seas tan capullo —ladró Jackson a lo lejos, con la cara algo enrojecida. No creí que alguien pudiera parecer dulce, pero su padre lo conseguía—. Estás borracho.

—Estaré borracho, pero no soy imbécil. —No dejó de mirarme en ningún momento—. Conozco el tipo de gente que sale de esa iglesia y no quiero tener nada que ver con ellos. Fingen que les importan los demás, pero en realidad solo se quedan con su dinero mientras viven como reyes en sus mansiones de mierda. ¿Crees que no veo cómo me miráis cuando voy al pueblo? ¿Cómo miráis a mi hijo? Como si no valiéramos nada.

—No le conozco —susurré. Me temblaba la voz.

Solo conocía las historias que contaban y eran aterradoras. Visto lo visto, las historias parecían estar basadas en hechos reales.

—Ya, pero yo os conozco a ti y a los tuyos. No quiero volver a verte asomar la cabeza en este taller, ¿me oyes? Llévate tu asqueroso dinero a otra parte. Aquí no queremos la mierda de los Harris. Sobre todo de las hijas. Todo el mundo sabe que las hijas de un pastor son las más putas. Vete a freír espárragos y dile a tu Dios que haga lo mismo.

¿Había dicho todo aquello de verdad?

No quería llorar delante del señor Emery, pues era muy probable que lo viera como una victoria. Estaba decidido a hacerme sentir como una persona horrible y la manera en que me taladraba con la mirada me daba ganas de vomitar. No sabía qué hacer, así que me di la vuelta y salí a toda prisa de allí.

—¡Eh! —me gritó Jackson—. ¡Espera!

Me di la vuelta, nerviosa.

—Lo he entendido, ¿vale? Me odiáis. No volveré más.

—No es eso. —Suspiró y se frotó la cara con las manos.

No añadió nada y recuperó su expresión oscura y enfurruñada.

—¡¿Qué pasa, Jackson?! —espeté, molesta por él y su padre.

Habló en voz baja.

—Te has dejado el bolso —dijo y me lo tendió.

Se lo arranqué de las manos y mascullé un gracias, aunque no se lo merecía.

—Oye. —Se aclaró la garganta—. Lo que te ha dicho… Se ha pasado.

—Bastante.

—Sí —reconoció—. A veces mi padre es algo difícil.

—Bonita forma de decirlo.

—Tiene asuntos sin resolver con tu familia. Hace años, después del incidente, tuvo algunos problemas con la iglesia.

—¿Te refieres a cuando estrelló el coche borracho en la fachada? ¿O a cuando irrumpió en misa e insultó a todo el mundo? Por algo lo llaman Mike el Loco.

Hizo una mueca.

—No lo llames así.

—Todos lo hacen.

—Ya sé que todos lo hacen, joder —gruñó y retrocedí un paso. Me miró a los ojos, pero, a diferencia de su padre, en los suyos vi dolor. Como si intentara controlar sus impulsos. Respiré hondo. «Observar con atención»—. Que todos lo llamen así no quiere decir que tú también lo hagas.

—Lo siento.

Era evidente que el apodo le afectaba y le dolía, así que, al instante, me arrepentí de haberlo dicho. Me pregunté cuántas veces lo habría oído en el pueblo y cuántas habría sentido una punzada en el corazón por ello.

—Sé que es un capullo, pero todo el mundo saca a relucir aquel incidente, lo ha marcado para siempre. Aquella fue una mañana dura para él.

—Por lo que he oído, mucho más que eso. Arremetió contra los bancos con un mazo. —Igual que Jackson con los coches del patio trasero.

—Fue una mañana muy dura —repitió.

—Venga ya, Jackson —rebatí, molesta por cómo defendía a ese monstruo adulto y sus actos.

Levantó las manos, derrotado.

—Sí, lo sé, ¿vale? Mi padre es un cabrón. Nadie lo sabe mejor que yo. Por aquel entonces cometió un error, uno grande, pero la forma en que todos le dieron la espalda estuvo fuera de lugar. ¡Intentaron cerrarnos el taller! Intentaron quemarlo, echarnos del pueblo, venían a protestar a nuestro patio y nos gritaban cosas que jamás creería que saldrían de la boca de «gentes de Dios».

—Pero lo que…

—Sí, lo que hizo estuvo mal. Lo sé. Pero estaba hundido y en lugar de demostrarle la compasión que en este pueblo de mierda todo el mundo finge tener, actuaron con malicia. Lo hundieron todavía más y lo convirtieron en una persona más ruda y fría. Nos convirtieron en monstruos y se enfadaron cuando asumimos los papeles que nos habían dado. Yo solo era un crío. Vi a este pueblo atacar a mi padre sin piedad por un error.

—Siento mucho lo que pasó, Jackson, de verdad, pero sigo sin entender por qué tu padre y tú odiáis tanto a mi familia. Nosotros no somos los que atacamos el taller.

No habíamos hecho nada. No participamos en las maldades que les hicieron.

—Venga ya, no eres tan tonta —dijo y parecía decepcionado porque no lo entendiera—. Todos sabemos quien manda en Chester. Tu familia es como la realeza.

—¿Y qué? Aun así, no fueron los que os atacaron.

Se llevó las manos a la nuca y arqueó una ceja.

—Mira, princesa, si tu padre o tu madre hubieran alzado la voz en la iglesia y les hubieran pedido que parasen, todo habría acabado. Podrían haber tenido compasión con mi padre, que claramente no estaba bien, pero se quedaron callados. Nunca lo defendieron. Ni a mí.

Me dolía el estómago.

—¿Por qué no os fuisteis? ¿Por qué os quedasteis en un sitio donde nadie os quería?

Echó un vistazo a la tienda, donde su padre seguía dando vueltas como una cuba, mientras discutía con Alex con las manos en los bolsillos.

—Teníamos nuestros motivos y no tenemos por qué dar explicaciones a nadie —masculló—. Y menos a una Harris.

—¿Siempre eres tan difícil?

Cerró los ojos y le tembló el labio inferior.

—Sí.

—Si odiara este pueblo tanto como tú, me marcharía.

—¿A dónde? Es el único hogar que tenemos. —Cambió el peso de un pie al otro. Se notaba que se debatía entre contarme más o callarse—. Fui a ver a tu madre —dijo con voz fría.

—¿Qué?

—Tenía dieciséis cuando fui a tu casa. Lo recuerdo como si fuera ayer. Llamé a la puerta y hablé con tu madre, le pedí ayuda. Fue después de que unos imbéciles me asaltaran y me pegaran una paliza cuando iba a comprar.

—¿Qué te dijo?

—Que mi padre había tomado sus decisiones y la gente del pueblo tenía derecho a hacer lo mismo. Que no nos debía nada.

«No, imposible».

—Mientes. Mi madre es dura a veces, pero no es mala. No diría algo así. No le daría la espalda a nadie —le juré—, y menos a un niño.

—Lo que tú digas, princesa. Cree en tu reina —espetó—. No tendría que haber esperado que lo entendieras, considerando quién te ha criado.

—¿Qué te hizo tan capullo? —espeté.

Se le tensó la mandíbula y la forma en que me miró me hizo temblar un poco. Pero, entonces, pasó algo. Fue solo un segundo y, si no hubiera prestado atención, no lo habría visto. Parpadeó y sus ojos se suavizaron. Retrocedió un paso, como si la pregunta lo hubiera pillado por sorpresa. Nunca había visto a nadie sentir tanto dolor.

Sabía la respuesta a la pregunta. Sabía a la perfección cómo se había convertido en el hombre que era y le dolía profundamente.

—Jackson —susurré.

Había cruzado una línea invisible.

—Hazme un favor —gruñó y su mirada se volvió siniestra—. Lárgate. Corre con tu mamaíta. Seguro que tiene más mentiras que contarte — respondió antes de darse la vuelta e irse.

Sentí un escalofrío. Siempre me pasaba cuando nos separábamos.

Crucé el pueblo a pie y, de pronto, escuché la voz de pito de Charlotte Lawrence, que me llamaba. Aceleré el paso y fingí no escucharla, pero se cruzó en mi camino.

—¡Grace! ¡Soy yo, Charlotte! —gritó por encima del ruido de sus tacones al golpear el asfalto.

Suspiré y me detuve. Me habría perseguido por todo el pueblo si hubiera sido necesario para llamar mi atención.

Me di la vuelta y me encontré a Charlotte en todo su esplendor. Fue al instituto con Finn y llevaba enamorada de mi marido tanto tiempo como yo. Aunque lo negaría hasta la saciedad.

Vestía vestido veraniego amarillo y unos tacones rosa fucsia de doce centímetros de altura, como siempre. Nunca la había visto sin zapatos de tacón.

—Ah, hola, Charlotte —dije con una sonrisa falsa.

Se inclinó un segundo para recuperar el aliento.

—¡Cielo santo, Grace! Creí que no te alcanzaría.

—Bueno, lo has hecho.

—Intenté hablar contigo ayer cuando te vi de camino a la librería, pero no debiste de oírme.

«Sí que te oí».

—Perdona, no me di cuenta. La verdad es que tengo que irme. Tengo muchas…

Me puso la mano en el hombro y me ignoró.

—¿Estás bien? Bueno, ya sabes, he oído rumores sobre Finn y tú.

—Estamos bien —mentí con una sonrisa—. Finn y yo estamos bien.

Me sentí un poco mal por mentirle, pero la última persona con la que me apetecía lidiar en ese momento era Charlotte Lawrence. Era la editora jefe del periódico de Chester y la mujer más cotilla del pueblo. En realidad, el periódico parecía más una columna de cotilleos que una publicación seria. El lema de su vida era «si el río suena, agua lleva». Además, debido al amor que sentía por mi marido, estaba segura de que habría bailado de felicidad cuando los rumores aparecieron.

—Pero es complicado, ¿no? —preguntó—. Dicen que os vieron discutir frente a la casa de Autumn. ¿Es verdad? También he oído que lo abofeteaste.

—Charlotte —dije con un suspiro.

Sonrió.

—Perdona, tienes razón. No es asunto mío. Dios sabe que el matrimonio es complicado.

Levanté una ceja.

—Nunca has estado casada.

—Lo sé, pero me imagino lo duro que será pasar por un divorcio — comentó.

—Nadie ha dicho que nos vayamos a divorciar.

—Ah, ¿vais a seguir juntos? —preguntó, se cruzó de brazos y se fijó en cómo reaccionaba.

—Mira, Charlotte, no me siento cómoda hablando de esto contigo ahora.

—Claro, por supuesto, no te presionaré. Pero si necesitas hablar con alguien, aquí me tienes. Siempre he envidiado tu relación con Finn. Siempre he dicho que, si me caso, será con un hombre como él. Te trataba como a una reina.

—Ya —resoplé—. Algo así. Bueno, tengo que…

—¡Ah! Casi se me olvida —me interrumpió y me puso la mano en el hombro otra vez—. Algunas chicas del pueblo y yo nos reunimos en casa de mis padres los viernes por la noche para charlar y empoderarnos. Quería invitarte. Como mujer, es muy importante sentirte arropada por otras para ayudarte a levantarte. Bebemos vino, comentamos las últimas noticias y nos animamos a ser la mejor versión de nosotras mismas. La semana pasada, alentamos a la entrenadora Lacey Weeds a solicitar un puesto mejor en el periódico. Quería más responsabilidad, así que la ayudamos a entender cuánto valía y le dimos el último empujoncito para lanzarse. Por supuesto, rechacé su solicitud cuando habló conmigo en el trabajo, pero, al menos, lo intentó, que era lo importante.

—¿La animaste a solicitar un puesto de trabajo y luego la rechazaste cuando lo hizo?

Frunció los labios.

—Sí, pobre, Dios la bendiga. No era adecuada para el puesto. Pero puede intentarlo el año que viene. —Menuda joya era Charlotte—. De todas formas, seguro que podemos ayudarte y tu situación inspirará a otras.

—Lo cierto es que estoy ocupada y…

—¿De verdad? Tu madre me dijo que estabas libre y que seguro que vendrías. Es a las siete, te encargas del postre. Espero que no sea un problema. Bueno, tengo que irme. ¡Nos vemos el viernes! —Me lanzó un beso y desapareció antes de darme tiempo a negarme.

Ahora debía buscar una receta de brownies.