Notas para Grace

Brittainy C. Cherry · Capítulo 29 de 57

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Notas para Grace

Capítulo 27

 

 

Grace

 

Un lunes por la tarde, me crucé con Finn por la calle y me llamó.

Hice lo posible por ignorarlo, pero no se rindió.

—¡Gracelyn! ¡Grace!

Me rendí y me volví para enfrentarlo.

—¿Qué quieres, Finn? —grité entre susurros para no llamar la atención.

—Creo… —Se pasó la mano por el pelo rapado—. Creo que tenemos que hablar. Sé que estás enfadada, pero seguimos casados. No puedes seguir evitándome.

—¿Te refieres a como tú me has evitado los últimos ocho meses?

—Sé que no llevé bien las cosas y te pido perdón por eso. Todo es muy complicado.

—Autumn está embarazada de ti. Además, me dijo que le contaste que yo te había dejado. ¿En serio, Finley? ¿Así es como convences a las mujeres para que se acuesten contigo? ¿Me conviertes en la mala de la película?

Agachó la cabeza y se encogió un poco.

—He cometido muchos errores, pero intento aprender de ellos y compensarlos. Te debo más disculpas de las que puedo contar y solo quiero que hablemos. He pensado en la terapia de pareja. ¿O podríamos volver a rezar juntos? ¿Te acuerdas de cuando lo hacíamos?

—Sí, luego empezaste a decir que estabas demasiado cansado para arrodillarte conmigo.

—He estado muy perdido, Grace. Te necesito. No me va bien sin ti.

«¿Perdona?».

Me quedé de piedra.

Sus palabras me dejaron perpleja.

—Me das asco —espeté, me di la vuelta y empecé a caminar.

Él solito había destruido nuestra relación y las piezas nunca volverían a encajar.

—¿Por qué te acuestas con él? —preguntó y no lo hizo en voz baja, así que me di la vuelta.

—¿Cómo dices?

—¿Es para vengarte de mí por haberte hecho daño?

—No me creo que lo digas en serio.

—Es peligroso, Grace. ¿Y no le doblas la edad?

—Tiene veinticuatro. No es el doble ni de cerca.

—Pero es básicamente un crío comparado contigo. Además, se acuesta con todas las mujeres del pueblo.

—Mira, ya tenéis algo en común —comenté y puse los ojos en blanco.

—¿De verdad quieres ser otra más para él? No estás siendo inteligente, Grace, ni teniendo cuidado. Alguna de esas mujeres podría haberle contagiado algo. Te podría haber pasado algo.

¿De verdad no se daba cuenta? La ironía de que él, el marido infiel, me hablase de tener cuidado, cuando se había acostado conmigo después de sus incontables aventuras.

—No vamos a hablar de esto.

—Vale, está claro que no vas a hablar conmigo ni con tu madre, pero tienes que hacerlo con alguien. ¿Qué tal Judy? Siempre ha tenido los pies en la tierra. Necesitas alguien con quien desahogarte que no sea Jackson Emery.

—Ya no tienes derecho a meterte en mi vida. Ya no formas parte de lo que hago con mi tiempo, igual que yo no formo parte del tuyo.

Me marché a casa de Judy e intenté olvidar la conversación con Finn.

Era como un molesto picor que no se iba. Lo peor de todo es que vivía en la negación, como si esperase que olvidara su infidelidad sin más, porque debía perdonar todos sus errores por nuestro amor.

Cuando llegué a casa de mi hermana, me quedé un momento en el porche y miré por la ventana. Judy estaba frente a un atril con una cuchara de madera en la mano, como si fuera un micrófono, y hablaba como si lo hiciera para un auditorio lleno de gente. Cuanto más escuchaba, más comprendía lo que hacía: dar un sermón.

Se me aceleró el corazón porque, además, lo hacía de maravilla. Nunca había visto esta faceta suya. Ni siquiera sabía que le interesase predicar.

Cuando se giró hacia la ventana y me vio, soltó la cuchara de golpe. Corrió hacia mí y abrió la puerta de un tirón.

—Grace, ¿qué haces? —preguntó, completamente roja.

—Judy. —La miré con los ojos como platos—. Estabas predicando.

—No, qué va. No predicaba. Me aburría y estaba haciendo el tonto.

Negué con la cabeza.

—Pues parecías y sonabas como una predicadora.

Se le empañaron los ojos y le brillaron esperanzados.

—¿De verdad?

—De verdad de la buena.

Suspiró.

—Es una tontería. Solo pasaba el rato, nada más.

Entré en el vestíbulo y le sonreí.

—Si quisieras hacerlo para algo más que pasar el rato, podría hablar con papá.

—Por favor, no —se apresuró a decir—. No merece la pena. Soy feliz con las clases de estudios bíblicos y la organización de eventos.

—Pero te mereces más que eso. Antes de que papá supiera que quería ser profesora, me ofreció hacerme cargo de la iglesia cuando él se jubilase. Dios sabe que no es mi vocación, pero ¡tú lo harías de maravilla! Es decir, eres…

—Grace, déjalo, ¿quieres? —suplicó, incómoda con la idea. Se estremeció, así que le hice caso y dejé el tema—. ¿Tienes ganas de que llegue el Festival de los Melocotones?

Todos los años, en el pueblo se celebraba un gran festival para conmemorar los grandiosos melocotones de Georgia. Era un acontecimiento muy importante, con atracciones de feria, barbacoas y fuegos artificiales, que se había celebrado durante años, pero era la primera vez que Judy estaba a cargo de todo.

—¡Muchas! Si necesitas algo, dímelo.

Se mordió el labio.

—¿Cualquier cosa?

Levanté una ceja.

—¿Qué quieres?

—Bueno, el día de la celebración, mamá necesita ayuda con las tartas…

Gruñí. No era ningún secreto que en aquel momento mi madre y yo no pasábamos por nuestro mejor momento. Pero el festival significaba mucho para Judy, así que haría lo posible por aguantar a mamá.

—Lo haré por ti.

Chilló.

—Gracias, muchas gracias. No tienes ni idea del peso que me quitas de encima.

—Por y para siempre —prometí—. La verdad es que solo venía a cambiarme, pero me voy enseguida.

—¿Sí? ¿Dónde vas? —Me sonrojé como respuesta a la forma en que hizo la pregunta, como si ya supiera la respuesta—. Circulan muchos rumores sobre Jackson Emery y tú. Mamá está bastante enfadada.

—¿Acaso no lo está por todo lo que hago últimamente? —bromeé, pero se me formó un nudo en el estómago por los nervios.

En realidad, me afectaba que la relación con mi madre estuviera tan mal en aquel momento. Siempre me había esforzado por que se sintiera orgullosa de mí, y ahora todo lo que hacía parecía decepcionarla.

Judy frunció el ceño.

—Solo quiero asegurarme de que estás bien. Sé que lo de Autumn y Finn ha sido demasiado para ti y no me imagino lo que se te pasará por la cabeza. Pero no quiero que alguien como Jackson Emery te haga daño. Es una persona horrible.

—Es mejor que Finn —contesté con voz temblorosa.

—Que sea mejor no significa que sea bueno.

—Judy…

—No quiero darte otro discurso, Grace. Dios sabe que no necesitas otra madre que no te deje tranquila, pero ten cuidado. Sé que tienes el corazón roto y no quiero que te lleves más golpes.

—Te preocupas demasiado, hermanita —bromeé.

—Me preocupo lo necesario porque te quiero, eso es todo.

—Yo también te quiero. Por y para siempre.

Si mamá me hubiera explicado sus preocupaciones de la misma forma que Judy, todo habría sido diferente. Pero si Judy era dulce, mamá era dura. Las dos querían lo mejor para mí, pero a mamá le costaba transmitirlo con amabilidad. Tenía más en común con Jackson de lo que creían. A los dos les costaba expresarse.

Comprendí por qué a todos les preocupaba la presencia de Jackson en mi vida. Todavía lo veían como el maleante de Chester.

Sin embargo, yo me había esforzado en prestarle atención.

Cuando llegué a casa de Jackson como habíamos planeado, me quedé algo confundida. Le envié un mensaje y esperé un rato, pero al final me rendí y volví a casa. Era la primera vez que no me respondía a los mensajes ni me devolvía las llamadas. Además, siempre que habíamos quedado en vernos, me estaba esperando.

Hice lo posible por no pensarlo demasiado. Jackson tenía su propia vida y yo la mía, aunque fuera agradable cuando se entrelazaban.

 

Pasaron unos días y seguía sin saber nada de él. Sabía que no teníamos el tipo de relación que me daba derecho a preocuparme, pero lo hacía. Era difícil evitarlo cuando conocía muchos de los nubarrones que le atormentaban.

Le dejé libros en su rincón de la librería, pero, al volver, las notas seguían donde las había puesto, lo que me puso más nerviosa.

Tras cinco días sin tener noticias suyas, me vestí y me acerqué a su casa. Como no respondió al timbre, fui al taller, pero tampoco estaba. Di la vuelta al edificio y lo encontré con el mazo en la mano mientras aporreaba un nuevo coche destrozado. Llevaba la camisa blanca metida en los vaqueros y estrellaba la herramienta contra las ventanillas.

Tenía los brazos musculosos y bronceados, como si hubiera pasado los últimos días bajo el sol. Me aclaré la garganta de forma sonora y reaccionó. Sabía que estaba allí, pero no me miró.

Abrí y cerré la boca varias veces antes de reunir el valor para hablar.

—¿Va todo bien? Llevo días sin verte en la librería y cuando te llamé, no respondiste.

Levantó el mazo y lo dejó caer sobre el coche.

—He estado ocupado.

Seguía sin mirarme.

—Vaya, vale. Solo quería asegurarme de que estabas bien.

No respondió.

Deseé poder meterme en su cabeza para ver qué pensaba. Sabía que tenía problemas mucho más profundos de lo que dejaba entrever. Debía irme y dejarlo a solas, pero algo en mi corazón me lo impidió. Algo me empujó a quedarme.

—Jackson, ¿qué pasa?

—Nada.

—Venga ya, Jackson. Puedes hablar conmigo.

—¿Tenemos que hacer esto? —rugió y dejó caer el mazo al suelo. Me miró por fin—. Puedes irte —espetó y sentí un escalofrío. Volvía a comportarse como el monstruo que conocí cuando llegué al pueblo y no sabía por qué.

Se me escapó una lágrima. Su frialdad me afectó más de lo que esperaba. La última vez que nos vimos, sentí que, por fin, avanzábamos y que empezaba a derribar los muros que había levantado a lo largo de los años.

Además, estar juntos era lo único que me ayudaba un poco, y estaba segura de que todos se equivocaban con él. Ahora, de repente, se portaba como lo veían los demás, como una bestia desagradable.

Me sorbí la nariz antes de limpiarme la lágrima y asentí.

—Lo siento.

Me volví para irme y lo escuché maldecir entre dientes y llamarme. Cuando lo miré, estaba cubierto de sudor por haber pasado tantas horas al sol. Tenía el cuerpo empapado. Me sonrojé y el estómago me dio un vuelco.

—Estoy de mal humor —dijo y se secó la frente con la mano. Intenté ignorar los nervios y el nudo en la garganta—. Tengo la cabeza hecha un lío.

Se apretó los ojos con las palmas antes de hablar.

—De verdad, un puto lío, pero no tengo ganas de analizar lo que pienso ni buscar una forma de sentirme mejor, así que he preferido estar de un humor de perros y venir a destrozar este coche. Sé lo que intentas y te agradezco el esfuerzo, pero si hablo contigo ahora, lo más seguro es que me porte como un gilipollas y no quiero ser así contigo porque eres buena. Eres buena de verdad, pero, si me presionas, explotaré y sabes que puedo ser un verdadero capullo. Entonces me odiarás y me sentiré mal por ello, así que necesito estar solo un tiempo hasta que se me pase.

Asentí. Golpear coches era su manera de liberar la rabia y el dolor. Era una forma segura de evitar caer en el pozo y lo había interrumpido.

De vuelta a casa, me sentí estúpida por haberme pasado de la raya con Jackson.

¿Cómo había sido tan ingenua de pensar que se abriría?