Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 3 de 6 · parte 6/7

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Nuestra parte de noche

La cosa mala de las casas solas, Buenos Aires, 1985-1986

Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.

Gaspar salió de la pileta corriendo y, cuando se envolvía con la toalla, el profesor de natación le dijo ¡descalzo no! Si te resbalás, te matás. Le hizo caso y se calzó las ojotas. Le ardían los ojos: demasiado cloro en el agua. Nadar lo había relajado. El esfuerzo de los brazos, el ruido del chapoteo y la extraña mudez debajo del agua lo distraían. También lo distraía pensar en el Mundial. Faltaba poco para que empezara y todo apestaba a fútbol. Hugo Peirano decía que no tenían posibilidades con ese equipo que era una murga, pero Gaspar les tenía confianza sin demasiada justificación.

Pensar en el Mundial era la mejor manera de distraerse. Porque había otras preocupaciones. Su tío. Cuándo iba a venir. Su padre no lo llamaba y, si no aparecía a tiempo, él iba a terminar en un orfanato o en un instituto de menores o algo así. ¿O podría quedarse con los Peirano mientras tanto? Pensar era una tortura. Tenía que llamar a Brasil, preguntarle a la exmujer de su tío dónde estaba él ahora y si tenía teléfono en Argentina. Se lo había dicho a su padre, se lo había pedido por favor durante una noche sin dormir, su padre doblado por el dolor en el pecho y transpirando tanto que hubo que dar vuelta el colchón. En un momento de tranquilidad, Gaspar había recibido una respuesta insoportable: ya falta poco, y por ahora necesitamos estar solos. De qué mierda estás hablando, dijo Gaspar, pero siguió ayudando como podía hasta que su padre se durmió al amanecer con una respiración extraña, irregular. Gaspar había temido que se muriera esa mañana, pero horas después estaba despierto y aceptó tomar un jugo de naranjas. ¿No vas a pedir una enfermera?, quiso saber Gaspar. Pronto, le había contestado su padre. Ni se te ocurra comunicarte con tu tío, le había dicho después y Gaspar dejó la casa con un portazo. En el kiosco de revistas había comprado El Gráfico y dos diarios. Guardaba los suplementos de deportes y estudiaba cada nota, cada entrevista con Bilardo y los jugadores. Era bueno poder pensar tan intensamente en otra cosa, hundirse en conversaciones sobre si Argentina había jugado bien contra Napoli y escuchar una y otra vez el equipo no aparece, no aparece, como decía atribulado Hugo Peirano mientras tomaba mate con desesperación. Se meten atrás, me vuelve loco que se metan atrás.

En su casa se vivía en otro tiempo. Su padre iba y venía de la clínica y Gaspar no lo visitaba cuando estaba internado. No podía y no quería. El Mundial lo ayudaba a olvidarlo pero de noche, cuando hojeaba sus revistas y a veces esperaba el coche que traía a su padre de vuelta, sentía que se le revolvía el estómago. ¿Con quién iba a quedarse si se moría? ¿Aparecerían los abuelos? ¿Por qué no podía llamar a su tío? Eso iba a hacerlo aunque le costase una paliza infernal o un castigo peor, era capaz de soportarlo, mucho más que la incertidumbre. Después del Mundial, se decía, después del Mundial lo llamo. ¿No tendrías que quedarte más tiempo internado?, le había preguntado Gaspar a su padre mientras la doctora Biedma le sacaba sangre. Sí, le dijo él. Pronto. Antes tengo que terminar algo acá.

La doctora Biedma cargó la sangre en un tubo de ensayo y miró a Gaspar de una manera que él no pudo descifrar. Le obedece, pensó después, en la pileta, mientras se duchaba con agua caliente. Ella sabe que él no puede estar en casa y le da permiso, pero ¿por qué? ¿Qué tenía que terminar? Algo con los dibujos. Gaspar cerró la ducha y se envolvió con la toalla que traía de su casa, que era vieja y raspaba, y lo secaba bien.

El Mundial siguió con un triunfo ante Inglaterra que había hecho desmayarse a hombres grandes y a otros llorar en el piso, envueltos en banderas. Ahora los pocos partidos que quedaban importaban. Todos contentos porque se jugaba con Bélgica la semifinal y no con España. La semifinal fue menos tensa que el partido con Inglaterra y se notaba el triunfo final, lo inevitable, el 2-0 de Maradona iluminado, tan elegante que Hugo Peirano decía me hace llorar este hijo de puta. No fue una buena noticia que Francia perdiese con Alemania, todos sabían que Alemania era un peligro total y los días anteriores al partido fueron una especie de sueño. Para que el tiempo pasara más rápido, Gaspar se decidió a aprender a hacer una tortilla siguiendo todos los pasos de un libro de recetas. Cuando la terminó y logró darle vuelta sin deformarla mucho y sin quemarla, descubrió que estaba tan rica que era una lástima comer solo. Ese día no había averiguado adónde estaba su padre en la casa y lo sorprendió encontrarlo despierto, en la habitación de abajo, con la cama llena de sus cuadernos de dibujos y anotaciones y varios libros.

–¿Querés comer, papá?

–¿La hiciste solo? No me puedo levantar, hijo, vas a tener que traerme.

–¿Cómo que no podés?

Gaspar se acercó a la cama de su padre y, cuando estuvo cerca –hacía días que no lo miraba con atención–, vio que había perdido todavía más peso. Y no llamó al tío, pensó. Cuando termine el Mundial, cuando termine, lo llamo yo. Comieron juntos, callados, viendo televisión, otro programa más con un debate sobre fútbol. Gaspar notaba que a su padre no le interesaba, pero eso era totalmente esperable. Comió despacio y dejó la mitad, pero le dijo es porque me siento mal, está deliciosa. Gaspar le preguntó si necesitaba el oxígeno y lo ayudó a ponerse el cable con el nuevo sistema, ya no usaba mascarilla en la casa sino un tubo sobre la boca, como un bigote, dos pequeñas cánulas que se le metían en la nariz.

En la final, el 2 a 0 a favor los puso tan locos que Hugo Peirano rompió un vaso y las chicas gritaban tan alto que hubo que hacerlas callar también a los gritos. Están embrutecidos, dijo Lidia. Están como si hubiesen visto un ovni. Los alemanes jugaban bien y empataron con dos goles casi idénticos desde el córner izquierdo. El silencio después del empate fue total. A los ochenta y cuatro minutos, Lothar Matthaus, el 10 alemán, quedó lejos de Maradona, a quien venía marcando. No fue muy obvio, fue un segundo, pero bastó para que Diego la tirase larga, de primera y de zurda, para Burruchaga. Qué pase más difícil de hacer, pensó Gaspar. Y entonces lo supo. Es gol, dijo en voz alta. Callate, callate, le dijo Hugo Peirano, que también se daba cuenta pero no quería ilusionarse. El que se adelantó fue Burruchaga, que cruzó el tiro, suave, y entró.

Gaspar no vio qué pasó después. Saltó y se abrazó con Pablo y con todos y los seis minutos que quedaban, sabía, iban a ser peleados, pero inútiles para Alemania; eran campeones y era como volar, como si no existiese nada más que ese momento, un momento que era para siempre y que era alegre y tristísimo porque no podía durar. Había que salir a la calle, no se podía estar solo. Las calles estaban llenas de bocinas y muñecos enrulados del 10 y banderas y papelitos mire mire qué locura mire mire qué emoción cantaba la gente, algunos sacaron el teléfono a la calle para que sus familiares que vivían en otros países escuchasen los gritos, las borracheras, y lloraban desde allá, desde Canadá y Estados Unidos y Brasil y México y España y Francia, exiliados por la dictadura, trabajando lejos porque en Argentina nunca había trabajo, algunos habían visto el partido en bares, otros lo habían escuchado por radio, todos querían volver para estar ahí, incluso en algunas provincias donde llovía y festejaban empapados, las camisetas pegadas al cuerpo. En el parque sacaron parlantes a la calle y hubo baile y choripanes y vino, la casa de empanadas cocinó para la gente y terminaron todos tirados entre el pasto a la noche, hartos de llorar y de comer y de gritar, afónicos, vestidos de celeste y blanco de la cabeza a los pies.

Gaspar recordaría ese día, y esa noche, como el último día feliz en muchos, demasiados años.

 

Pablo se le acercó enseguida: vio a Gaspar ni bien salió del colegio. Era raro que lo esperara a la salida. Gaspar se ofreció a llevarlo en la bicicleta. Pablo le dijo que prefería caminar. Después lo invitó a ir a comer al bar del parque. ¿O te esperan en tu casa?

–¿Pasa algo? –preguntó Pablo.

–Necesito un favor. Que me prestes el teléfono de tu casa para hablar a Brasil.

–Eso es caro, boludo. Vos tenés teléfono.

–La plata no es un problema, yo les pago a tus viejos. Por adelantado, antes de que les llegue la factura.

–Pero les pedís vos. ¿Querés hablar con tu tío? ¿No era que ya había vuelto?

Gaspar se puso una mano en la frente, como cuando dudaba, cuando estaba nervioso. Pablo se dio cuenta de que se le caían los pantalones porque había adelgazado. El cinturón largo que usaba colgaba como si llevara una serpiente en la cintura.

–Volvió, parece. Pero no sé dónde está. Y allá tiene que estar su exmujer, que capaz me puede dar el número nuevo. A lo mejor no lo tiene pero no me cuesta nada intentar.

–Y no podés llamarlo de tu casa.

–Mi papá no quiere que hable con él. Dice que se va a ocupar cuando sea el momento. Pero, amigo, yo no sé si está bien de la cabeza.

Pablo se quedó callado. Gaspar siguió.

–No puedo llamar desde mi casa. Se va a enterar. No quiero que se ponga nervioso.

–¿Y de qué vas a hablar con tu tío?

–No sé bien. Le voy a contar de papá, le voy a decir que tiene que venir, él había dicho que nos iba a acompañar. Si no, voy a tener que ponerme en contacto con mis abuelos y eso sí lo va a volver loco a papá, porque los odia. Yo no sé qué hacer. Lo tiene que planear él. La otra es que me manden a un instituto para adoptar.

–No va a pasar eso.

–Claro que va a pasar, así funciona, Pablo.

–Mi mamá está en casa ahora. Le pedimos permiso.

–Tengo la plata.

–Capaz no te cobran.

–Quiero pagar.

La conversación por teléfono fue muy rara. Toda la situación, en realidad. La madre de Pablo recibió el pago por la llamada de inmediato y a Gaspar le pareció que era bastante grosera: esperaba primero un «no, por favor», después su insistencia, después un «está bien» resignado. Así se portaba la mayoría de la gente. No le gustaba esa mujer. Estaba bastante embarazada, pero no por reventar, y se movía con una lentitud exagerada, que a Gaspar le parecía poco creíble.

En casa de su tío, en Brasil, atendió una mujer. Gaspar sabía que él ya no vivía ahí y esperaba que levantara el tubo la ex, pero había creído hasta ese momento que era una mujer brasileña. Hasta se había aprendido cómo decir hola y algunas palabras más en portugués con un diccionario que había consultado en la biblioteca. Pero la mujer hablaba español. Un español raro, con un acento que él no conocía: hablaba de tú, pronunciaba las erres arrastradas. Lo trató bien, sin embargo. Le dijo que su tío todavía no tenía teléfono adonde se había mudado, pero podía darle la dirección. Se la dio. La mujer le contó, además, que su tío se comunicaba con ella –lo llamaba por su nombre, Luis– y le dijo que iba a pedirle que se pusiera en contacto con él. Gaspar dijo que gracias y se arrepintió mientras lo decía, pero, al mismo tiempo, pensó, su tío llamaba de vez en cuando, no era tan raro, no tenía por qué decir que había recibido un mensaje de su exmujer. Se le ocurrió pedirle a la mujer que no le dijera que él había llamado pero le pareció demasiado complicado y ella claramente ya tenía ganas de cortar. Era amable aunque después de contestar las preguntas se quedaba en silencio. Gaspar cortó después de agradecer y miró la dirección que había anotado rápido.

–¿Sabés dónde queda Villa Elisa? –le preguntó a Pablo, que dijo que no con la cabeza, pero se agachó a buscar la guía T que usaba su padre. La hojearon entre los dos y enseguida encontraron el lugar: era cerca de La Plata, la capital de la provincia, y las calles eran con números, tal como la mujer le había indicado. Gaspar sintió que el nudo que hacía días tenía en la garganta se aflojaba: ahora al menos tenía adónde ir. Incluso lo podía visitar si quería: en la guía T decía que se podía llegar con el tren que salía de Constitución.

 

El frío era bueno para sacar a pasear a Ariadna, la nueva perra de Vicky, que todavía era cachorra y tiraba de la correa como desesperada. Después de lo que había pasado con Diana, Vicky no la dejaba suelta un minuto por la calle. A Gaspar le gustaba acompañarla en la recorrida por el barrio después de la escuela, cuando ya oscurecía; la correa era roja, igual que el elástico que Vicky usaba para atarse el pelo y que el pullover de lana trenzado que usaba Adela, al que le había cortado una manga. A ella ya no le molestaba el brazo fantasma, Adela se lo contaba a todo el mundo, y mostraba la caja que Gaspar le había regalado, la caja mágica, le decía. Había enfrentado a su madre y a su kinesiólogo por el tema de la caja y ninguno de los dos le había dado respuestas. Todos mienten, insistía.

Una tarde, después del Mundial, Adela había pedido una reunión con Vicky y Gaspar. Lo había dicho así. Quiero una reunión. Con Pablo no porque se pone imbécil, les dijo. Y en la reunión, que se hizo en la habitación de Vicky, contó: en el viaje al sur, una noche su mamá se había emborrachado.

–Fue diferente este pedo que se agarró –les contó Adela–. Se puso a llorar por mi papá. Yo aproveché y le saqué información, porque ella no me habla nunca de él. Me dijo que lo habían matado, que era un desaparecido.

Vicky y Gaspar respiraron hondo, pero intercambiaron una mirada: ¿y si era un cuento como el del brazo y el dóberman?

Entonces, continuó Adela, su mamá no quiso contarle más nada, y se metió en el baño.

–Yo ni me di cuenta de esto –dijo Vicky.

–Fue en Esquel, cuando estábamos en la cabaña. No te conté porque no me animé, no sé. Aparte me dijo algo reimportante: que ella sueña con papá, seguido, y siempre sueña que está en la casa de la calle Villarreal. Le pregunté si se había escondido ahí y me dijo que sí, pero no sé si es cierto, porque ya estaba medio ida. Cuando está borracha hay una parte que se pone medio delirante y dice cualquier cosa, dice que sí para zafar, por ejemplo. A lo mejor sí se escondió ahí, ¿no?

–¿Le volviste a preguntar? –dijo Vicky.

–Ahora niega todo, como hace siempre, pero lo de la casa me lo dijo reclaro.

–Por favor, Adela –resopló Gaspar–. No inventes pavadas. Yo sé que querés entrar pero así no.

–Vos qué sabés –le había gritado–. Todos mienten. Quiero entrar, sí, quiero ver si encuentro cosas de mi papá ahí adentro.

Gaspar se había ido ofuscado de la reunión, pero se le había pasado pronto el enojo. Estaba demasiado preocupado por su propio padre como para mantener el malhumor por la desaparición imaginaria del padre de Adela.

Vicky corrió arrastrada por Ariadna y dio vuelta en la esquina de Villarreal, pero cruzó instintivamente para no pasar por la puerta de la casa. Gaspar la siguió, pero Adela no y se acercó a la puerta de hierro. Entró en el jardín. Gaspar y Vicky la esperaron en la vereda de enfrente.

–Hace rato que no lo oigo –dijo Vicky.

–¿El zumbido?

–Sí, ese ruido a bichos que había se fue. Capaz vuelve en el verano.

–A lo mejor era un generador.

–Vos sabés que no.

–Yo no sé nada.

–No me pelees.

–No peleo. ¿Qué hace?

–Quiere ver si la puerta se puede abrir. Aunque se rompa, el candado igual está con llave.

–No se puede abrir. Yo las traigo cuando quieran entrar.

–Ella quiere subir por los techos.

–No hay de dónde agarrarse. No hay ni un árbol, está todo seco, parece mi casa.

Y cuando dijo eso, cuando dijo «parece mi casa», Gaspar sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

–Adela, dale, que la perra está como loca –gritó Vicky. Y después le dijo a Gaspar–: Ahora se cree que el padre fue un guerrillero y está leyendo libros y revistas de la dictadura.

Gaspar se quedó callado. Adela cruzó corriendo.

–¿Cuándo me vas a ayudar a entrar? –le preguntó a Gaspar–. Dijiste después del Mundial.

–En la primavera entramos.

Gaspar miró la casa. Las dos ventanas tapiadas, el pasto amarillo, las paredes grises. No podía explicar por qué, pero sentía que la casa lo desafiaba. A ver si podés entrar, le decía. ¿Estaba loco? Pablo le había dicho que había tenido que taparle la boca a Adela para que dejase de hablar de la casa, pero no solo porque estuviese harto: porque le daba miedo. Ariadna vio venir a otro vecino con su perro y arrastró a Vicky, que tuvo que hacer un esfuerzo para que se alejara. Y así dejaron atrás la casa, pero Adela miró a Gaspar con una de sus miradas definitivas: sería en septiembre y nadie iba a sacarle, ahora, esa fecha, ese objetivo.

Ya eran las vacaciones de invierno y Gaspar se la pasaba en la pileta del club, con su agua climatizada. También estaba bastante en su casa, esperando el llamado de su tío. Después del Mundial, se había secado de ganas de ver fútbol y lo único que quería era escuchar el teléfono. Pero cuando se enteró de que por fin su tío había llamado, la noticia lo tomó por sorpresa. Le informó sobre la llamada su padre, tranquilamente, mientras tomaba un té en el jardín reseco del fondo. Desde hacía días se sentía mejor.

–¿Por qué llamaste a tu tío sin avisarme, hijo? –le preguntó. Juan se terminó el té de un trago–. No intentes mentirme.

Juan dejó la taza en el patio y entró en la casa. Gaspar lo siguió, enojado.

–¡Porque vos no lo vas a llamar! –le gritó–. Me vas a dejar no sé con quién o solo, capaz me querés dejar solo.

–No sabés nada, hijo.

Gaspar vio que su padre subía al primer piso. Si se metía en la habitación de arriba, se le iba a escapar. Y no quería que se escondiese. Quería decirle lo que sentía. Lo agarró del brazo en la escalera y sintió cómo la rabia le ardía en los ojos. Logró que no siguiera subiendo y que se diera vuelta. Parecía altísimo ahí, dos escalones más arriba, mirándolo con sus ojos un poco verdes y un poco amarillos, al lado de la ventana de la escalera, que daba al patio.

–Gaspar, tu tío va a venir cuando yo se lo pida.

Gaspar sonrió y se apretó las sienes.

–Yo no quiero estar con vos –le dijo–. A lo mejor me voy antes, no me podés parar. Tengo la dirección del tío. Si no, busco a mis abuelos. A lo mejor me quieren ver. A lo mejor el problema es con vos. Yo sé que estás enfermo pero no sé, que te cuiden tus amigos. Yo no aguanto más.

Su padre lo miró de una manera tan diferente, tan profundamente decepcionada y furiosa que Gaspar se asustó. Lo había visto miles de veces enojado, pero ahora se sentía en peligro, el mismo tipo de peligro que había sentido en la quinta de Chascomús. Se dio vuelta para bajar la escalera, para abandonar el enfrentamiento, pero no pudo moverse. Su padre lo había agarrado de la cintura. Gaspar creyó que iba a pegarle y se encogió; el puñetazo que esperaba fue a dar al vidrio de la ventana, que se rompió y dejó aristas puntiagudas. Y después, rápido e inesperado, su padre lo giró hacia él. Aterrado, pero también sorprendido, Gaspar vio cómo le acercaba de un tirón el brazo a la ventana y le clavaba los vidrios rotos; cortaba la piel con precisión, con saña y precisión, como si estuviera trazando un diseño. Gaspar gritó; el dolor era helado e insoportable, lo dejaba ciego, y cuando escuchó el roce del vidrio contra el hueso, el mareo lo obligó a gemir. Sintió la humedad caliente en los pantalones: se orinaba y, cuando miró a su padre para que lo dejara en paz, vio que él estaba concentrado en la herida, la estudiaba. El dolor le aflojó el cuerpo y quedó colgando, lo único que le impedía rodar por la escalera era el brazo lastimado que su padre le sostenía y volvió a gritar cuando su padre apoyó los labios sobre la herida y la lamió, la chupó, se llenó la boca de sangre. Sin soltarlo, él también se cortó el brazo con un vidrio roto. Con brutalidad, apretó su propia herida contra los labios de Gaspar.

–¡Tragá! –le gritó. Gaspar, con la fuerza que le quedaba, mordió. Pero su padre no sacó la mano, ni siquiera cuando los dientes abrieron la carne. Ahora Gaspar también tenía la boca llena de sangre, y la tragó.

Cuando lo soltó, Gaspar cerró los ojos, pero un golpe en la cara lo sacó del desmayo. Su padre, ahora de rodillas, lo miraba con los ojos desenfocados, transparentes. Tenía la barbilla llena de sangre y los labios rojos. No parecía estar solo. Parecía que, detrás de él, había gente moviéndose en las sombras.

–Andate. ¡Corré!

Gaspar no entendió y su padre lo arrastró por la escalera tirándole del brazo sano y lo llevó a empujones hasta la puerta. La abrió y lo dejó del lado de afuera y cerró, sin una palabra, con llave. Por favor, papá, dijo Gaspar en voz baja, y después se vio los pantalones, meados y llenos de sangre, el antebrazo destrozado. Se levantó y pensó rápido. Un taxi, pedirle ayuda a alguien, ¿qué hora era? Pablo podía llevarlo a la salita, a un hospital.

Levantó el brazo para que no sangrara tanto –le habían enseñado a hacer eso una vez, cuando se había cortado el dedo con una trincheta en el colegio–, pero no funcionaba y estaba dejando un rastro rojo por todas partes. En la cuadra hasta la casa de Pablo no se cruzó con nadie. Era increíble, pero el barrio estaba vacío.

 

El timbre sonaba sin parar, como si se hubiese quedado trabado. Ya va, gritó Pablo, pero el zumbido sin fin lo inquietó. ¿Quién tocaba así, para qué? Estaba solo en la casa. Su mamá había ido al hospital a hacerse controles por el embarazo, le quedaban apenas unas semanas, y su papá trabajaba todo el día. Miró por la ventana antes de abrir y distinguió las zapatillas de Gaspar.

Iba a decirle por qué tocás así, tarado, pero se quedó mudo cuando vio el brazo, la herida del brazo: en la sangre del corte, tan rojo, la piel y el músculo se desprendían como algo comestible, como la carne bajo la luz de la heladera en la carnicería; se veía el blanco del hueso. Gaspar tenía la piel de la cara gris, transpirada, y se apoyaba en el timbre porque no podía sostenerse. Qué te pasó, entrá, le dijo Pablo, y Gaspar negó con la cabeza. No. Llevame ya al hospital con la moto.

Entrá, dijo Pablo, y empujó a Gaspar hasta el living; corrió hasta el baño a buscar toallas y le envolvió la herida. Cuando lo hizo, Gaspar gritó. Su madre nunca usaba la moto; era de su padre, para los fines de semana. Él apenas sabía manejarla: le habían enseñado un poco, pero solamente lo dejaban dar una vuelta a la manzana y alguna vez llegar hasta el parque los domingos, cuando no había mucho tránsito. Pero el hospital quedaba a nada más que diez cuadras y se animaba a ir derecho por una calle que no fuese la avenida.

–Quiero vomitar –dijo Gaspar.

–Aguantá que ya nos vamos. Apoyate.

Gaspar se paró y dejó caer todo el peso de su lado sano sobre el hombro de Pablo. Las toallas no estaban manchadas, todavía. No sangraba tanto. Pero tenía los pantalones empapados y en la vereda Pablo había llegado a ver un charco pequeño ahí donde Gaspar había esperado hasta que atendiera el timbre.

Pablo abrió el garaje y sacó la Zanella blanca lo más rápido que pudo. Gaspar se había sentado en el piso para vomitar casi silenciosamente. ¿Iba a poder levantarlo? Sacó la moto a la calle y Gaspar caminó como pudo y se subió en el asiento de atrás, pero su cuerpo se desplomaba para un costado, para adelante, no podía controlar el mareo. Se va a desmayar, pensó Pablo, y tuvo una idea.

–Hagamos esto –dijo y, rápido, usó el soporte de la moto para mantenerla en pie, le levantó la remera ensangrentada a Gaspar y le sacó el cinturón del jean. Sabía que llevaba uno de los cinturones larguísimos de su padre. Pablo se sentó en el lugar del conductor, le pidió que lo abrazara fuerte con el brazo sano y que se acercara todo lo posible –Gaspar le obedeció mecánicamente, como si escuchara órdenes en un sueño– y probó si el cinturón alcanzaba para ajustarse al cuerpo de los dos, si era lo suficientemente largo para servir de atadura, para sostener el cuerpo de Gaspar contra el suyo. Servía. Apenas. Quedaba muy apretado y le costó, un poco porque le temblaban las manos, usar el último agujero, cerrar la presilla, comprobar que su amigo estaba más o menos firme sentado en el asiento de atrás. Abrazame y no te desmayes, le dijo. Pablo sintió la cabeza de Gaspar en su hombro, el pelo suave que le daba escalofríos en la nuca. Arrancó.

Las diez cuadras hasta el hospital le parecieron cuarenta y el minuto de luz roja en el cruce de la avenida con Zuviría le resultó tan largo que pensó que el semáforo debía estar roto. Sentía la respiración de Gaspar en el cuello y cada vez que el apretón de los brazos de su amigo se aflojaba, le acomodaba el brazo otra vez. En esa calle no pasaban colectivos y lo agradeció. Varias veces le preguntó a Gaspar qué le había pasado, sobre todo para escuchar su voz, y Gaspar le contestó me tropecé en la escalera y me caí contra la ventana, te acordás de la ventana de la escalera. Pablo se acordaba. No entendía cómo podía haber pasado ese accidente, pero no dijo nada.

Cuando llegaron al hospital, Pablo dejó la moto entre dos autos y no le puso el candado ni trabó las ruedas. Gaspar estaba más repuesto y necesitó menos ayuda para llegar hasta la guardia; por el camino él mismo se sacó las toallas que hacían de vendas. Se las sacó con los ojos secos y respirando hondo, temblaba apenas, Pablo pensó que él nunca hubiese sido capaz de arreglárselas solo con una herida así, que pediría por sus padres, que seguramente estaría llorando y asustado. Gaspar estaba asustado, de eso se daba cuenta, pero también se controlaba de una manera que a él le resultaba increíble.

No bien entraron, algunas personas que esperaban sentadas en el largo banco de la guardia –Pablo distinguió a una señora que le acariciaba la cabeza a una nena de trenzas, una pareja de viejos, un hombre de la edad de su padre, pero más gordo, con el pie descalzo e hinchado– se pararon, le dieron un asiento a Gaspar y una mujer alta y gorda golpeó la puerta detrás de la que atendían los médicos gritando es urgente, es urgente. Salió una médica con el pelo recogido y algunos mechones canosos, la cara seria, acostumbrada a pacientes ansiosos. Pero, cuando vio a Gaspar, dejó la puerta abierta y dijo pasá vení, mientras lo acompañaba arrastrándolo del hombro. Pablo los siguió, cargando las toallas.

–¿Están solos? ¿Y los papás?

–No somos hermanos –dijo Pablo–. Están todos trabajando.

Por supuesto, Pablo ignoraba qué estaba haciendo Juan Peterson, que no trabajaba. O por qué no estaba acompañando a su hijo. ¿Estaría internado? Pasaba muchos días internado últimamente. No en este hospital: en una clínica carísima, exclusiva, decía su madre, ojalá yo pudiera tener el parto de tu hermano en un lugar así, un lugar fino.

La médica sentó a Gaspar en la camilla y le apoyó el brazo sobre una mesa de aluminio cubierta de sábanas blancas. Miró la herida con los anteojos puestos.

–Vas a necesitar cirugía –le dijo–. No te puedo dar unos puntos y nada más, es muy profunda.

Gaspar dijo que sí con la cabeza.

–¿Cómo pasó?

Pablo intervino y explicó el accidente tal como se lo había contado Gaspar. La médica no puso objeciones y volvió a estudiar la herida. Con guantes y una pinza levantó uno de los bordes que se estaban hinchando y dejó ver el hueso. Gaspar ahogó un grito y entonces sí se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se las secó violentamente con su brazo sano.

–Ahora vas al quirófano.

Y se fue por la puerta del fondo después de inyectarle un analgésico. Muy rápido, antes de que Gaspar y Pablo pudiesen hablar, apareció otro médico, esta vez un hombre, y repitió las preguntas, la observación de la herida, la insistencia en que tenía que ir al quirófano. Habló del tipo de sutura, preguntó por los padres. Necesito un adulto responsable, dijo. Pablo, de repente, se acordó de lo obvio. Cómo no lo había tenido en cuenta antes era inexplicable.

–Acá trabaja la doctora Lidia Peirano, no sé si la conoce. La hija es nuestra mejor amiga, es vecina nuestra. Es amiga del papá de él.

–Ah, Lidia. Hoy está, la vi en el piso.

El médico levantó el teléfono y habló. Después, preparó otra inyección, le bajó apenas el pantalón a Gaspar y se la dio. También le sonrió, por primera vez. Vas a estar bien, le dijo. Te cortaste fulero, ¿venías corriendo por la escalera, estaban jugando? Estaba solo, dijo Gaspar, y sí, bajaba corriendo. Hay que tener cuidado, dijo el médico, y le volvió a sonreír, pero Gaspar no le devolvió la sonrisa. No era el dolor solamente, se dio cuenta Pablo. Ni que estuviera asustado.

Estaba mintiendo.

Lidia Peirano apareció despeinada y hablando fuerte. Ay, amor mío, qué te hiciste. Otra vez la historia de la caída en la escalera. ¿Estaban juntos? No, dijo Pablo, me vino a buscar así. Nos vinimos en la moto. Lidia los miró asombrada. Después me cuentan bien, ahora hay que coserte. Ya le di la antitetánica, un antibiótico y un analgésico, dijo el médico, que le estaba tomando el pulso a Gaspar. Ya no hablaba más con ellos, se dirigía a Lidia. Está taquicárdico, perdió bastante sangre. Lidia también miraba la herida y decía que no con la cabeza. Acostate, le indicó a Gaspar, y le puso almohadas bajo los pies. Así te vas a marear menos. Después le dijo al médico: el padre es enfermo cardíaco; hasta donde sé él no tiene problemas, pero avisá y controlen, pedí un electro ya. Y después: ¿cómo te la hiciste tan profundo? Se me quedó trabado en el vidrio y tiré para sacarlo, dijo Gaspar. Pero, mi vida, hubieras roto el vidrio con la otra mano. No pensé, dijo Gaspar, me dolía mucho.

La mirada que cruzó con Pablo tuvo algo de feroz. Callate, decían sus ojos de pupilas dilatadas, ojos azul oscuro en la sala de guardia mal iluminada.

Después hablamos, le respondió Pablo solamente moviendo los labios y Gaspar respondió que sí con la cabeza.

El médico le tomó la presión y Gaspar cerró los ojos. Un poco baja, dijo el médico. Lo llevamos. Está de guardia Miller en cirugía, tiene suerte el pibe. ¡Tenés suerte!, le sonrió el médico a Gaspar y después le dijo algo a Lidia sobre nervios y tendones. Y sobre lo extraño de la herida: no tenía ni un rasguño en la parte posterior del brazo, mucho más delicada.

–Vos esperá afuera. –Lidia acompañó a Pablo hasta la sala de espera–. Yo te aviso. ¿Y Juan? Hay que avisarle. –Le dio dos cospeles–. En el pasillo hay un teléfono público, llamalo. Si no atiende, llamá a casa, avisale a Vicky y que después insista ella.

Pablo dudó y quiso decir algo, pero Lidia lo interrumpió. Yo sé que es una persona rara y que no es muy dado con ustedes, pero es el padre. Y esa es una herida muy, muy fea. Hacé caso.

En la casa de Gaspar el teléfono sonaba y nadie atendía, pero Pablo se imaginó a Juan Peterson sentado en su sillón amarillo, escuchando esos timbres como gritos hasta que dejaban de sonar.

 

Pablo escuchó cómo el hombre del pie hinchado le contaba que, cuando era joven, se había cortado con una chapa en la fábrica y lo había jodido más la antitetánica que el corte. Le mostró la cicatriz, en la mano. Pensé que me iba a afectar los dedos pero no. Después cerró la fábrica, ese es otro cantar. Va a quedar fenómeno tu hermano.

No es mi hermano, repitió Pablo. ¿Por qué se confundían? No se parecían en nada. Llamó a Vicky. Le contó lo que había pasado, ella preguntó varias veces ¿pero está bien? hasta hacerlo enojar y finalmente dijo:

–Yo no voy a la casa de Gaspar, y menos sola.

–Tu mamá no dice que vayas, dice que llames.

–Quiero ir al hospital, llevo cospeles y hablo desde allá.

La llamada se cortó cuando Vicky le dijo que iba a buscar a la madre de Adela: ya debía haber llegado, que se ocupara ella de hablar con el padre de Gaspar, de buscarlo si no estaba. Y Pablo volvió al asiento y a la espera. Todavía llevaba las toallas ensangrentadas en la mano. Se acordó de pronto de la moto y salió para atarla. Nadie se la había llevado, pero él se había olvidado el candado. Corrió para volver a llamar a Victoria con un cospel que había encontrado en el fondo del bolsillo y le pidió que se lo trajera, le avisó que también había dejado la puerta del garaje abierta. Después se sentó en el banco de afuera de la guardia, bajo un pequeño techo de tejas, frente a un cantero.

Pelearon y lo lastimó él, lo lastimó su papá. Estaba seguro aunque era increíble y no tenía más pruebas que la actitud de Gaspar. Recordó esa ventana. Era grande y quedaba justo donde la escalera doblaba. Él la había rozado aquella noche, cuando entró a la casa de Gaspar y vio a Juan con su amigo, con su novio, esa noche con la que Pablo soñaba y despertaba transpirando, húmedo entre las piernas; a veces tenía que encerrarse en el baño, meterse en la bañadera, cerrar los ojos y recordar la espalda de Juan, lisa y pálida bajo la luz de la luna, y la espalda del amigo, marcada por dos líneas pintadas, ¿o eran cicatrices? Trató de pensar con tranquilidad, de olvidar el círculo en el suelo, el olor, sus propios dedos enchastrados entre las sábanas cada vez que soñaba con ellos o pensaba en ellos antes de dormir. No era difícil caerse sobre el vidrio si uno resbalaba o tropezaba: tenía una ubicación peligrosa. Sin embargo, conocía a Gaspar lo suficiente como para saber cuándo mentía. ¿Y él qué debía hacer? Si Juan era capaz de algo así, había que sacar a Gaspar de esa casa. No le quedaban cospeles, pero encontró plata y cruzó corriendo al kiosco para hacer otro llamado.

–No sabés –dijo Vicky–. Mi papá se tuvo que ir porque no sé qué pasó en la farmacia, llegó un pedido y estoy acá encerrada con Virginia, no la puedo dejar con mi abuela, que se siente mal. La madre de Adela fue a lo de Gaspar. Dice que ella se encarga.

Pablo se compró una Coca-Cola y no pudo tragarla, las burbujas del gas resultaban demasiado grandes y volvió al hospital. Se sentó al lado de un paciente recién llegado, que se apretaba el brazo contra el pecho y decía que se había caído como un pelotudo en la calle. Pablo le sintió el aliento a alcohol. ¿Tenía que llamar a su madre? Miró el reloj: las cuatro de la tarde. ¿Habría vuelto? A veces tardaba bastante en el médico. Tenía que llamarla porque se iba a asustar, había sangre en la entrada de la casa, en la vereda, en el sillón, en el garaje, y faltaban las toallas del baño. También faltaba la moto, aunque Vicky había hecho a tiempo para ir corriendo y cerrar la puerta del garaje. Ese no era un problema. La sangre sí. Va a pensar que es mía y se va a asustar, es mucha sangre, a lo mejor Gaspar necesita una transfusión ¿y si le dan una sangre que no es la de él? Te matan si hacen eso. Aunque acá en el hospital tienen que saber. ¿Qué tipo de sangre tiene? Yo soy dador universal, me dijeron, le puedo dar si hace falta.

Lidia apareció sorprendiéndolo, con su uniforme blanco y el estetoscopio colgado del cuello, muy pocas veces la veía vestida de otra manera, ni siquiera los fines de semana, porque siempre trabajaba o el sábado o el domingo.

–Ya está todo marchando, lo están suturando. Va a quedar perfecto. ¿Le avisaron a Juan?

–Betty le avisa.

Pablo bajó la cabeza y apretó las toallas. ¿Dónde había dejado el cinturón? Volvió a sentir la respiración de Gaspar en su nuca, sobre la moto, caliente en el aire frío de la tarde de invierno; a lo mejor podemos dormir juntos, usar la colcha nueva que trajo mi papá que es superabrigada, de plumas. Eso si no se muere, pensó.

–Ahora vengo –dijo Lidia, y Pablo se quedó en la guardia, una chica de su edad no podía respirar, la madre gritaba que tenía asma y la chica se ponía cada vez más nerviosa hasta que una médica hizo entrar a la nena ahogada y le cerró la puerta en la cara a la madre, y Pablo pensó en Gaspar, que estaba solo mientras lo cosían. ¿Y Juan? A lo mejor estaba escondido en alguna de las piezas de esa casa grande y oscura, a lo mejor estaba con el amigo de pelo blanco que gemía como si le doliera, ¿dolería mucho?, desde que los había visto, pensaba siempre lo mismo, si dolería.

Ojalá me equivoque, pensó, y apretó las toallas. Ojalá Juan esté internado y Gaspar esté diciendo la verdad.

Lidia volvió con varias noticias: ya podés pasar a ver a Gaspar, en un rato se puede ir, pero prefiero que se quede unas horas hasta que aparezca Juan. Si no aparece, me lo llevo a mi casa. Qué desgracia, esta criatura. Si hace dos meses nomás se golpeó la cabeza.

Gaspar no estaba solo. Había un médico a su lado, uno nuevo.

–¡Un campeón tu amigo! –le dijo–. No hizo ni una mariconada, nada. Va a estar fenómeno.

Después se llevó a Lidia a un rincón y Pablo no pudo escuchar bien, decía algo de curaciones y antibióticos. Cuando volvieron –Gaspar no lo había mirado todo ese rato, se miraba la venda–, dijeron cualquier cosa golpean la puerta de la guardia, nosotros los venimos a buscar.

Gaspar se sentó en la camilla y miró a Pablo a los ojos cuando los médicos cerraron la puerta.

–No dijiste nada, ¿no?

–¿De qué?

–Si dijiste algo, te mato.

–¡Pero de qué voy a decir algo, boludo!

Gaspar bajó la voz y encorvó la espalda: parecía un animal.

–Nos peleamos y me cortó él. Vos te diste cuenta. Si le decís a alguien, te mato.

Gaspar lo estaba amenazando, estaba rabioso, hasta parecía querer pegarle. Pablo, sin embargo, no pudo enojarse. La revelación lo había dejado agotado, le faltaba el aire. Se acercó a Gaspar aunque él extendió la mano en un claro gesto de dejame tranquilo; siguió acercándose y se sentó a su lado en la camilla y vio cómo Gaspar trataba de no mirarlo, exploraba con los ojos la pared pintada de verde, un poco descascarada, el póster con los huesos humanos detallados, un papel pegado con cinta scotch que indicaba horarios para sacarse radiografías, botellas y jeringas de vidrio. Pablo le acarició la mano y Gaspar se dejó y también se dejó pasar un brazo por los hombros, pero no aceptó más consuelo. Me vas a contar qué pasó, le preguntó Pablo en voz baja, y Gaspar asintió con la cabeza; cuando miró a su amigo, con los ojos secos, dijo: ahora no puedo y Pablo respondió que estaba bien.

–Gracias –dijo Gaspar, después de un rato, después de respirar hondo varias veces, ¿estaba intentando no llorar o tranquilizarse? Pablo no entendía, no podía entender cómo se podía sentir alguien que había sido maltratado así por su papá–. En serio. Si no te encontraba no sé qué pasaba.

–Te tomabas un taxi.

–Capaz. Lo del cinturón fue genial.

Se lo dijo sin sonreír. Pablo pensó que no iba a verlo sonreír nunca más.

–Si no, te ibas a caer a la mierda. ¿Seguís mareado?

–Un poco.

Lidia volvió a entrar, casi dando un portazo. A ver, a ver, dijo, y le tomó el pulso a Gaspar. Vamos para tu casa, Betty dice que tu papá llegó hace un rato. El brazo para arriba, no lo dejes colgando, ya te explicaron.

Antes de seguir a Lidia, Pablo detuvo a Gaspar apoyándole una mano sobre el hombro del brazo sano.

–¿Estás seguro de ir a tu casa?

–No le tengo miedo.

–¿Cómo no?

–Es entre él y yo. Pablo: si decís algo, no te voy a matar, pero no te voy a hablar nunca más en la vida.

Y con eso salió de la sala, el brazo en alto, el cinturón en su lugar y los pantalones ya secos, manchados de sangre.

 

Gaspar se mareó un poco con el vaivén del auto, pero no le dijo nada a Lidia. Pablo se había ido con la moto. Después nos vemos, le había prometido, pero no estaba seguro de que hubiese después, no podía explicarlo, pero no sabía si realmente iba a volver a ver a Pablo, si iba a volver a salir de su casa. Ahora no había posibilidad de escapar. Pero quería escaparse. Quería ver a su padre.

La puerta estaba semiabierta. Cuando el auto se detuvo, salió Beatriz, la madre de Adela. Siempre tan delgada y con los huesos filosos. Le extrañaba verla ahí. Ella había conocido a su madre. ¿De qué habían estado hablando esos dos? Parecía algo nerviosa. Gaspar sintió que se le aflojaban las rodillas cuando vio a su padre parado en el pasillo, con cara de preocupación falsa. Tuvo que apoyarse contra la pared, Lidia se dio cuenta de su mareo y lo llevó despacio hasta el living, donde estaba el sillón. En la planta baja, exceptuando las tres sillas de la cocina, no había un solo lugar más donde sentarse que no fuese el suelo. Betty se fue y cerró. Esa mujer oculta algo, pensó Gaspar. Por qué me doy cuenta justo ahora de algo tan obvio. A lo mejor hasta Adela tiene razón sobre su padre. Los padres no tendrían que existir, tendríamos que ser todos huérfanos, crecer solos, que alguien te enseñe a hacer la comida y bañarte desde chico y nada más.

Lidia se acercó a su padre y Gaspar no pudo distinguir qué le decía. Su padre fingía escuchar y decía gracias, eso notaba Gaspar por el movimiento de los labios, decía que sí con la cabeza mientras recibía las cajas de remedios, de desinfectante y hasta gasas. Su padre tenía el pelo muy limpio y, como estaba un poco largo, trataba de acomodarse un fino mechón rubio detrás de la oreja. Lidia le apoyó una mano en el hombro –casi tenía que estirar el brazo por completo para hacerlo– y Gaspar escuchó cualquier cosa que necesites, vos sabés perfectamente que estamos a tu disposición, y él tan falso diciendo que había encontrado la ventana rota y había visto la sangre y no había entendido hasta que llegó Beatriz.

–Estaba en la clínica. Parece un chiste de mal gusto, todo esto. Cuando iba a ir al hospital, ustedes ya estaban saliendo para acá.

–Lo que necesites, Juan, en serio.

–No va a haber problema. La enfermera nos ayuda.

Siguieron hablando así un rato. El mareo se había ido, pero a Gaspar ya no le interesaba lo que decían. Sintió la palpitación del dolor en el brazo; no era muy fuerte, le habían dado muchos analgésicos, pero ardía. Iba a ser peor.

Cuando cerró la puerta, su padre gruñó apenas. En vez de acercarse a Gaspar, se fue a su habitación: por el camino, tiró al piso la bolsa de remedios y gasa y desinfectante.

Gaspar no iba a dejar que se encerrara. No iba a dejar que lo abandonara en el living, solo y dolorido.

–¡Vení para acá! –gritó, y sintió que ya no tenía dolor ni calmantes en el cuerpo, solamente la rabia que lo hacía temblar. Podía matarlo ahora. Quería que su padre se diera cuenta–. ¡Decime algo, hijo de puta!

Gaspar se paró en el living y esperó a su padre, que volvió caminando lentamente. Sintió el impulso de acercarse y destrozarle la cabeza contra la pared. Cuando lo miró, la rabia se diluyó y tuvo ganas de acostarse en el suelo y dejar de respirar.

–¿Dónde estás, papá? Vos no sos mi papá. Él me quería. ¿Quién sos?

El silencio fue tan completo que, pensó Gaspar, ese hombre que no podía ser su padre debía haberse ido.

–Estoy vacío.

–No. No. Quiero que me digas dónde está mi papá.

–Está acá. Todavía está acá.

Gaspar escuchó los pasos que se acercaban y extendió su brazo sano. No me lastimes más, por favor, dijo. Su padre se sentó en el suelo, a su lado. Gaspar sintió su olor, lo reconoció.

–Sos lo que más quiero en la vida, Gaspar.

–Y entonces qué te pasa. Matame, papá, por favor, no tengo miedo.

Gaspar miró a su padre a los ojos y vio una codicia horrible, un deseo completamente nuevo para él, como un color desconocido.

–No me pidas eso.

–Es lo que querés.

–No. No es lo que quiero.

Gaspar volvió a sentir la rabia. Mentiroso, pensó. Estaba actuando. Ni siquiera le había preguntado si su brazo estaba bien.

–No te lo pregunté porque sé que está bien.

–Salí de mi cabeza –gruñó Gaspar.

–Siempre estoy en tu cabeza, aunque no te des cuenta. No te cierres. Si te cerrás, va a doler. Basta de dolor, Gaspar.

Y entonces Gaspar sintió algo que años después recordaría, pero no sabía nombrar: una transfusión de sangre, agua caliente en las venas, imágenes que no se veían con los ojos. Se vio durmiendo con su padre en una cama de sábanas blancas, con un ventilador. Antes, de muy chico, de bebé, acostado sobre el pecho de su padre, que leía un libro en un ángulo imposible para no despertarlo. El asiento de atrás de un auto. El ruido de las cataratas. Nadar. Sus padres bailando al lado de un tocadiscos. Una luz negra en la noche, una mujer sin labios, su madre con una remera anaranjada jugando con él en un jardín, su padre hablando en una habitación oscura, los dibujos geométricos en los cuadernos y el recuerdo de una casa húmeda con gente alrededor, y el techo manchado y su padre a su lado diciendo que no con la cabeza. Olor a nafta y risas en el agua. Y sobre todo, junto con las imágenes, ese calor en todo el cuerpo que lo hizo lanzarse sobre su padre, golpearlo con los puños. Su padre no trató de detenerlo y Gaspar trató de hundirle los ojos, de rasguñarle las mejillas, hasta que se cansó. Y cuando se cansó, se dejó caer en el piso y miró el techo, la lámpara que se movía como si desde alguna ventana abierta la alcanzara una corriente de aire. Ojalá hubiese sido distinto, escuchó.

–La gente que se quiere no se hace mal –dijo Gaspar.

–Eso no es cierto –respondió Juan–. Te lastimé para salvarte.

–¿Estás loco?

–Es posible que, para vos, esté loco, pero es demasiado tarde para que entiendas y no quiero que entiendas, hijo. Estoy preparado para que me odies. Me gustaría morir y que te quede un buen recuerdo mío, pero eso no es posible y, creo, es mejor.

–No te odio –suspiró Gaspar–. Pero me das miedo. ¿Por qué me lastimaste? Decime la verdad. Me hiciste chuparte la sangre, papá.

–Era necesario. Cada paso fue el necesario para que estés protegido.

–¿De quién, papá? ¡Si hay que cuidarme de vos, nomás! ¿Y si le cuento a alguien? Podés ir preso por lastimarme así, esto no es que me pegues un cachetazo.

–Estoy preparado también para que me denuncies.

–Recién le mentiste a Lidia.

–Podría decirles la verdad. No me importa.

Gaspar se sentó. ¿Cuánto llevaba ahí, en el piso, junto a su padre? ¿Horas? El brazo le dolía horriblemente.

–Siempre nos cuidamos, yo te cuidé este tiempo. No me tenías que hacer esto.

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