Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 4 de 6 · parte 2/6

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Nuestra parte de noche

Círculos de tiza, 1960-1976

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

La estatua, ahora, está protegida detrás de varios vidrios, en la biblioteca de la Orden, en Londres. Me recuerda, salvo por el falo, a San La Muerte. Hay algo en la posición sentada, un gesto idéntico a una representación particular del Santo Esqueleto a la que llamamos Señor de la Paciencia porque parece estar esperando. Estudio para encontrar esas correspondencias y esas familiaridades, pero siempre me dan un poco de vértigo. La estatuilla parece seguir con los ojos a quien la mira y es repulsiva de una manera inexplicable.

Los Iniciados llegaron a la hora señalada. Muchos preferían usar máscaras, la mayoría venecianas, algunos de animales: querían ser conocidos solo por los jefes de la Orden.

Olanna esperaba, desnuda y boca abajo, sobre el altar. La única luz era la de las velas. Todo sucedió muy rápido. Empezaron los cánticos y enseguida las mujeres, algunas con un grito, otras con expresiones ahogadas, sintieron la sangre chorrear entre sus piernas. Olanna se movía sobre la mesa como un ofidio: la fragancia del semen y la sangre le ensanchaba la nariz. Pronto se arrojó al piso. La Serpiente estaba fuera de su control. No debían tocarla cuando se iluminara de luz negra, y no lo hicieron.

¿La escuchan?, gritaba Christopher Mathers, el jefe. ¿La escuchan? Muchos asintieron y Mathers rompió toda regla y protocolo y salió del círculo protector. Fue a buscar papel y lápiz, que entregó a quienes podían escuchar. La Serpiente hablaba y ellos transcribían esas palabras que se murmuraban en los espacios entre las estrellas, entre la vida y la muerte. Cada cual usaba su sistema de escritura favorito, y cada cual escribía en el idioma que escuchaba. Así se hace hasta hoy, aunque el Ceremonial es muy distinto, porque nadie sangra –no sangre menstrual, al menos–, porque ya no es sexual y porque continúa hasta la madrugada, cuando el médium se retira. Las transcripciones, como ahora, resultaban muy diferentes y algunas imposibles de comprender. No importa, decía alborozado Christopher Mathers: la Serpiente Oscura nos habla y dice más de lo que podemos comprender, pero lo poco que seamos capaces de aprender bastará.

Christopher Mathers llamó a esta etapa «la fase de oráculo». Cuando terminó, Olanna estaba inconsciente en un charco de su propia sangre; la lengua bífida colgaba de sus labios entreabiertos. Mujeres y hombres lloraban abrazados, desnudos; algunos no podían mirarla, otros dejaban caer sus máscaras. Solamente George reaccionó y, cuando el aura negra abandonó a Olanna, se acercó a ella y la alzó en brazos. No habían preparado una habitación para ella, a pesar de que George les había explicado el procedimiento. La acostó sobre la primera cama que encontró, y enseguida las sábanas quedaron empapadas. La fiebre la sacudía. Supo que iba a morir. No esa noche, pero pronto. Ningún cuerpo podía soportar la intensidad de la visita de la Oscuridad. Y su padre iba a usarla seguido. Si podía, a diario. Había visto su ambición. Todos lo apoyarían: Olanna era la médium pero también era una salvaje, ninguno de los Iniciados la creía del todo humana.

Lily irrumpió en la habitación y cubrió a Olanna y mandó a buscar hielo, agua fresca, jazmines. En la otra habitación se escuchaba a Christopher Mathers explicar a los Iniciados hombres que debían contener el semen y golpeaba a los que habían eyaculado. También preguntaba sobre las visiones extáticas que habían tenido. Olanna ardió de fiebre durante dos noches. Christopher Mathers no quería llamar a un médico, decía que los químicos podían arruinar el fluido de la energía, habló de apanga y bindu y la pureza de las secreciones. Estaba preocupado, sin embargo. Al tercer día, Olanna salió de la semiinconsciencia y aceptó una sopa que Lily había mandado preparar. Esa misma noche se convocó a otro Ceremonial.

Olanna sobrevivió dos meses. La noche del último ritual no fue diferente en casi nada, salvo en que la Oscuridad que rodeaba a Olanna saltó, no había otra forma de explicar lo sucedido, según el diario de George, y cuando rozó a una de las Iniciadas, una mujer joven con la cara cubierta, le abrió un tajo profundo en la piel de su brazo izquierdo. Ella no se dio cuenta del dolor, sumida en el éxtasis, pero luego había estado a punto de perder el brazo, que requirió varias operaciones. Después del salto de la Oscuridad, Olanna quedó inmóvil, como siempre, plateada y roja, pero ahora espantosamente delgada, con los dientes que sobresalían, la calavera perfecta bajo la piel, los ojos hundidos. Ya no sacaba la lengua. Cuando George la cargó en brazos se sorprendió: estaba fría. No tenía fiebre. No le pareció una buena señal. En su último delirio, Olanna lloraba. Lily le secaba las lágrimas: su suegro le había ordenado juntarlas en pequeños recipientes que parecían tubos de ensayo, pero ella solo lo había hecho una vez y después le había dicho a su marido que no iba a hacerle caso a ese hombre cruel, acaso no veía las costillas que parecían querer romper la piel de Olanna, cómo su hermoso color se volvía gris, cómo las cicatrices de la cara parecían blancas. Olanna, no es tu obligación, le había dicho Lily, desnuda salvo por su vincha dorada de flapper que le partía la frente y le mantenía el pelo corto en su lugar. En menos de una hora, la princesa de Nri y médium de la Oscuridad dejó de respirar. Lily lloró con las manos hundidas en una palangana llena de hielo.

Lily y George se encargaron del entierro de Olanna en Highgate, el cementerio más hermoso de Londres, aunque, entonces, se encontraba en decadencia. Lily le mandó a construir una esfinge de piedra y ordenó que fuera ubicada bajo un roble. La tumba no tenía nombre ni fechas: el entierro de una adolescente africana en estado de desnutrición llamó la atención de las autoridades, pero el dinero de los Mathers podía callar cualquier escándalo. Christopher hubiese preferido conservar su cuerpo o usar sus cenizas para rituales, pero George se impuso. No le quites toda dignidad, le pidió. Ella nos dio mucho. Su padre permitió la tumba.

Años después, sin embargo, sería desecrada. Pocos lo saben, pero el cráneo de Olanna, decorado con joyas para engalanarlo, es usado por las mujeres de la Orden en reuniones secretas, en danzas e invocaciones. Yo asistí a por lo menos dos, en Londres. Digo por lo menos dos porque Florence me permitía usar drogas psicodélicas en ciertos rituales y a veces, en sueños, recuerdo la calavera con la frente brillando en rojo –tiene incrustados rubíes– y recuerdo a una mujer que se levanta la falda y deja ver, entre las piernas, lo que parece una cola larga.

Fue Lily quien quiso acompañar a su marido a África: George debía volver a controlar los negocios de la familia, esta vez en puestos comerciales sobre el río Níger. En el largo y feliz viaje de ida Lily quedó embarazada. Pero no volvieron atrás: el niño nacería en tierras cálidas y, con suerte, sería un gran maestro, poderoso y compasivo. Un niño que vendría a cambiar a la Orden y su explotación de los médiums.

George Mathers, que nunca antes se había enfermado en África, ni siquiera de un malestar estomacal, fue atacado por la malaria durante su primera semana cerca del Níger. Murió sin recuperar el conocimiento. Lily perdió a su hijo y ella misma sufrió fiebres –qué enfermedad era exactamente, los médicos occidentales no lo sabían, se parecía a la malaria, podía ser cualquier cosa– y lo sobrevivió, pero apenas unos meses.

Las noticias llegaron pronto a Londres. Christopher Mathers le entregó el control de la Orden a su hijo menor, Charles. Había perdido ya dos hijos y se sentía gastado y viejo.

Sería la hija de Charles Mathers, Florence, la que confirmaría la llegada del médium más poderoso que hubiese encontrado la Orden en Argentina, una noche de invierno de 1962, el chico rubio y frágil que le trajo la Oscuridad, esta vez en la casa de la otra familia de la sangre, los Bradford. Otra vez en la selva y el calor. Ella confirmó la llegada, pero yo lo encontré. El médium se manifestó ante mí y para mí.

 

Lo que la Oscuridad dicta a la Orden son las instrucciones acerca de cómo obtener la supervivencia de la conciencia. Llamarlas «instrucciones» es inapropiado, pero es el término más sencillo para ayudar a entender lo que ocurre. Cada vez que habla y se comunica a través del médium, dicta los pasos necesarios para esa transición. Eso dictaba la Oscuridad cuando vino con Olanna; también durante los trances del joven escocés, aunque en aquellas primeras sesiones no lograron descifrar del todo el significado de las palabras. Dicta el método de manera muy lenta, espaciada y enigmática. Todo se anota en un Libro. Lo que creemos y lo que la Oscuridad y, por lo tanto, la Orden ofrecen es la posibilidad de mantener la existencia para siempre en este plano. Pero la Oscuridad es caprichosa. A veces habla y es imposible encontrarles un sentido a sus palabras. A veces dice solo palabras sueltas. A veces dicta métodos para otros propósitos, en general dañinos, porque un dios así no puede ser más que cruel. Con frecuencia narra pequeñas historias sobre su existencia solitaria en un páramo vacío: nos invita a visitarlo, pero no dice cómo, porque su naturaleza es el capricho.

Solo los médiums pueden hacer venir esta Oscuridad que habla y que nos ayudará a vivir para siempre, a caminar como dioses. Los mortales son el pasado, me dijo una vez Florence. El método de supervivencia tardó mucho en revelarse y es, por supuesto, repugnante. Debo agregar además que, por el momento, además de repugnante ha resultado un rotundo fracaso. La fe, sin embargo, no se discute. Y es imposible descreer cuando la Oscuridad viene. Así que confiamos y seguimos. Al menos, muchos de nosotros nos comportamos así. Otros estamos enfermos de dudas.

Antes de 1962, pasé dos años viviendo en el departamento de mi tío, con Juan. La mitad del día la pasaba en el colegio, donde me veía con Betty como si nuestras familias no hubiesen decidido una separación que entonces parecía definitiva o, al menos, inusualmente larga. Nunca más pisé el campo de Chascomús aunque lo extrañaba: el monte de talas, las acacias, las espinas de Cristo, especialmente los perros. Entiendo y siempre entendí que la Orden tiene que tocar los extremos para obtener conocimiento y que, en muchos casos, eso implica olvidar el afecto o abrazar la locura, implica crueldades difíciles de entender, incluso para los Iniciados. Pero cuando tuve que dar de comer a los enjaulados supe que ese era mi límite, o uno de mis límites.

Mi abuelo me enseñó a trazar los círculos de tiza; decía que eran magníficos. No me dejaban invocar, todavía: en aquel momento, se preservaba a los más jóvenes de la Orden hasta la adolescencia. (Florence rompió esa regla con su hijo menor, pero nadie lo supo hasta que el daño fue inocultable.) Mi abuelo, sin embargo, me permitía conocimientos que él consideraba menores. El Tarot. Los trazos. Algunos ritos locales que a Tali y a mí nos divertían y nos daban asco, como crucificar sapos rodeados de un círculo de sal, para evitar las tormentas. También me dejaba ayudar a Juan, que, cuando se sentía muy mal, perdía las defensas que lo mantenían alejado de presencias y desencarnados. Así que yo le dejaba un signo al lado de la puerta o un talismán debajo de la almohada. Siempre necesitó de estas pequeñas ayudas en ciertos momentos de su vida, aunque la mayor parte del tiempo podía evitar cualquier intrusión solo. Me explicó una vez que, cuando logró manejar el método que mi tío le enseñó con naturalidad, le pareció absolutamente normal, como no orinarse en la cama.

Esos dos años fueron mi formación más apacible, lejos de mi madre, a quien nunca volví a llamar madre y empecé a llamar Mercedes. Lejos de ella y cerca de los hombres de mi familia, fallados y alcohólicos, cazadores, coleccionistas, que me recordaban a los fundadores de la Orden y a George Mathers, mi primer amor.

En Puerto Reyes empecé a hacer listas. Siempre me gustó anotar todo: recetas e instrucciones, catálogos e indicaciones, diccionarios e índices. Cuando Juan se reveló, yo estaba haciendo un elemental diccionario de todos los seres que vivían en la zona de Puerto Reyes. Hablaba con la gente, recogía los testimonios, llevaba cuadernos. Mi abuelo me dijo que podía estudiar religiones y culturas, si quería; que podía cursar Antropología en Oxford o Cambridge o la universidad que eligiese. La Orden siempre mantuvo su perfil de investigación y estudio: la Oscuridad debía ser interpretada, no solo alabada ciegamente. Era difícil mantener el equilibrio, pero se lograba incorporando otras tradiciones esotéricas y sistemas de magia; así, había especialistas en cábala y la doctrina mística del judaísmo, en sufismo, espiritualismo, necromancia, alquimia. La Orden congregaba a los más destacados entre los estudiosos de la tradición mistérica e incluso reunía a médicos, especialmente neurólogos, porque la epilepsia, la esquizofrenia, la hiperia, el éxtasis místico, todo era pensado e investigado. Yo quería ser parte de esta tradición que, por supuesto, también implicaba prácticas. Conocer, atreverse, querer y guardar silencio: la definición que dio Eliphas Lévi, un chanta, como decía mi abuelo, pero un chanta que escribía muy bien.

Recuerdo perfectamente el día y la noche de la revelación: además, con los años, tuve que relatarla a diferentes Iniciados. Yo estaba cansada de nadar y del sol; también algo mareada por el barco. Tali se había insolado hacía unos días y estaba con Marcelina, la mujer que cuidaba de nosotros y de la casa. Solo por esa casualidad no estuvo presente esa noche. Le oculté la revelación hasta que mi padre decidió que era el momento de iniciarla. Tali no es de la sangre, para ella los tiempos fueron distintos. Nunca me lo reprochó.

Ese invierno, mi tío había aceptado que Juan viajase al norte por primera vez. Lo trajo él, en avión. Pasamos el día juntos y yo misma lo acompañé hasta su habitación esa noche: no estaba tan cansado después de todo un día de navegar, o a lo mejor las novedades lo excitaban tanto que no le daban sueño. Le dije dejate de joder y cerrá los ojos, que si nos encuentran charlando despiertos, nos matan.

Subí a mi habitación, encendí el ventilador y me acosté con el cuaderno azul y el camisón de seda que me había traído mi abuelo de París, precioso, fresco, con detalles delicados en los breteles. Recuerdo que escribí con una lapicera Parker con el capuchón bañado en oro, otro regalo de mi abuelo, que ya perdí. Mi padre también me hacía hermosos regalos: cada año, por ejemplo, una alhaja con una piedra distinta. Ese año me había regalado un anillo de Lalique. Entre mis compañeras de colegio los anillos que todos deseaban eran los Vendôme, pero yo prefería los que elegía mi padre, mucho más extraños y más caros, piezas de museo.

Abrí el cuaderno y anoté dos nuevos seres. El Guachu Ja Eté. Escribí: le dicen «el dueño de los venados» y silba. También convierte en venados a los que roban. Eso me había dicho Marcelina, pero no qué forma tenía este silbador en particular. Hay muchos silbadores y gritadores. El gritador más impresionante, idéntico a la banshee irlandesa, es el Mbogua. Cuando grita, anuncia una desgracia, pero el grito solo lo escucha el que la va a sufrir. Tracé con una flecha la correspondencia: banshee, y keening, el nombre del aullido. Marcelina me estaba enseñando un poco de guaraní. Yo soñaba con hacer libros sobre los mitos locales, iguales a los que leía en inglés sobre los seres de las islas británicas.

Como no tenía sueño, guardé el cuaderno y salí de la habitación a buscar un vaso de agua. La casa estaba en silencio. Mi abuelo y mi padre ya dormían, se habían retirado temprano. Mi tío también dormía. Tenía que pasar por la puerta de la habitación de Juan en la planta baja para ir al baño y recuerdo que caminé en puntas de pie, para no despertarlo. Reyes, de noche, es una casa hermosa. Mercedes nunca iba, por eso también resultaba, para mí, un santuario. En Reyes estaba lejos de su furia. Seguía pegándome con frecuencia, aunque ya no vivía con ella. Solía pedir que subiera a cenar y después se descargaba si yo decía algo inconveniente –y siempre decía algo que le disgustaba–. Los golpes de Mercedes nunca me hicieron llorar y si alguna vez se me humedecieron los ojos, más de rabia que de dolor, no se lo dejé ver a nadie. Solamente a Juan.

Bajar por las escaleras sin hacer ruido era fácil, porque estaban alfombradas, pero los pasillos tenían piso de madera y crujían. Mi padre solía decir que tendrían que haberlos hecho de mármol o de baldosas, que era una locura la madera con el calor, pero sin duda quedaban más lindos. Me estiré el camisón, que no era corto, pero no quería cruzarme con alguien de noche, algún hombre, y que me mirase las piernas. No eran muy largas pero eran lindas, al menos entonces lo eran, mi cuerpo cambió mucho con el embarazo. Cuando se secaban al sol, en la playa del río, tomaban un color muy suave, parecido al barniz.

Cuando llegué en puntas de pie a la puerta del cuarto de Juan, la encontré abierta. No era raro: mi tío lo obligaba a mantenerla así. Tuve un presentimiento, sin embargo, y me asomé. No estaba en su cama. Supuse que había ido al baño y esperé. Diez minutos, quince minutos, hasta que me alarmé. ¿Y si se sentía mal? Fui a buscarlo al baño. Estaba vacío. Después salí al jardín y lo llamé. Solamente tuve la respuesta de algunos pájaros nocturnos, que se quedaron en silencio, y de los perros de la casa, que se me acercaron. Había mucho silencio, lo que me alarmó, porque la selva aturde de ruidosa. Cuando está callada, es porque está alerta. Acaricié el lomo de Osman, el perro más joven, un cachorro manto negro muy dulce que debía recibir señales constantes de tranquilidad o se ponía en guardia.

No quise, recuerdo, que la desaparición fuese mi responsabilidad. Volví a entrar en la casa, todavía descalza, y golpeé la puerta de la habitación de mi tío, que se levantó muy rápido, con la camisa desprendida pero ya puesta y los pantalones sueltos.

Juan se fue, le anuncié. No estaba segura de que se hubiese ido, por supuesto, pero me salió eso, a borbotones. Los golpes en la puerta despertaron a mi padre. La gran siete, qué carajos pasa, dijo él, y le expliqué la situación. Mi tío se retorció las manos y yo sentí una oleada de asco.

Los hombres se organizaron para salir a buscarlo y ordenaron que me quedara, pero no les hice caso, me importaban un bledo sus indicaciones de borrachos. Salieron los tres, medio desvestidos; mi abuelo cargaba un sol de noche, los otros linternas. Los acompañaban los perros, ladrando. Gritaban el nombre de Juan. Salí detrás de ellos, en camisón y botas.

No sé por qué estuvimos tan seguros de que Juan no estaba escondido en la casa, pero ninguno discutió la intuición. Osman dejó a los hombres y retrocedió, para acompañarme. Le acaricié la cabeza y levanté la linterna a la altura de mi cabeza. Pensé en Juan ahogado en el río. Pensé en Juan caído en algún pozo, inalcanzable. Pensé en Juan atacado por un animal. Entonces vi la ropa en el piso, mejor dicho, la pisé. Apunté con la linterna y me di cuenta de que era la que había usado para dormir, un camisón manga corta, largo, a rayas blancas y azules. ¿Estaba desnudo en la selva? Grité su nombre, grité soy yo, Rosario, dónde estás, y corrí entre los árboles, raspándome las piernas con los pastos crecidos. Después copié algo que había visto en alguna película: le hice oler a Osman la ropa de Juan. El perro no entendió y gimió.

Corrí hasta que entré a la selva y paré en un claro, entre varios árboles. La linterna titilaba un poco, pero la sacudí y otra vez la luz fue firme. Desde ahí ya no distinguía la casa y pensé que no podía internarme más sin perderme en el monte. Iluminé los árboles y entonces vi a Juan. Osman, que estaba a mi lado, gemía como si lo torturaran. No lo hice callar porque el susto me dejó muda. Juan estaba totalmente desnudo y caminaba entre los árboles como un sonámbulo; no se daba cuenta de nuestra presencia ni de la luz de la linterna, y tropezaba. Tenía los ojos recubiertos por una película amarillenta, como el segundo párpado de un animal, y estaba agotado: se llevó un tronco por delante y, aunque no se cayó, se detuvo agitado, transpirando. Moví la linterna e iluminé sus manos. Ya no eran las de un chico. Eran muy grandes y tenían uñas muy largas, doradas, como las de un animal de bronce. Dudé, pensé que ese chico no era Juan, pero le vi en el pecho la cicatriz de la cirugía. Volvió a caminar en círculos, en cuatro patas, las manos enormes rascando la tierra del suelo, los árboles, su propia piel. Estaba buscando algo, desesperadamente, y no respondía cuando yo decía su nombre. Entendí lo que pasaba. Esperé la luz negra. Recuerdo que el orgullo hizo que me temblaran las piernas. También tenía miedo. Dios mío, dije, y por primera vez en mi vida lo decía no como una exclamación o una frase hecha, sino como un reconocimiento.

Él se puso de pie. El cuerpo delgado y demasiado alto de Juan estaba rodeado de lo que parecían insectos, muchísimos cascarudos o mariposas negras, zumbando, más oscuros que la oscuridad de la selva. Hizo algo muy sencillo cuando la negrura empezó a rodearlo: extendió los brazos y juntó las manos, palma contra palma, a la altura de su pecho, como si estuviera por arrojarse al agua. El silencio era absoluto: Osman enmudeció, ni un insecto, ni una hoja, ni el viento, ni el río lejano, nada, el silencio y esa película oscura que recortaba a Juan, una línea de sombra a su alrededor, todo me hizo saber que algo cambiaba y que el cambio era terrible y maravilloso.

Su cuerpo quedó solo y flotando en la negrura y entonces retrocedí, porque sabía que la Oscuridad podía saltar, cortar, lastimar.

Los hombres llegaron en ese momento con el calor de sus alientos y el fulgor de sus linternas. Mi abuelo elevó su sol de noche y vimos que la Oscuridad tapaba los árboles como una cortina pesada y en apariencia impenetrable. Él cayó de rodillas y retrocedió, como un promesante cristiano. El silencio se rompió con el ruido de la Oscuridad, que era marino y voraz, era un ruido de agua. No tenía olor. Nunca le sentí olor. Alguna gente huele descomposición; otra, frescura. Es distinto para todos. Mi padre estaba boquiabierto, como un imbécil, pero mi tío estaba llorando y se acercaba a Juan rápido, se arrojaba hacia él con los brazos extendidos, gritaba, no recuerdo qué o no entendí qué; mi abuelo trató de detenerlo y lo logró, pero no antes de que su mano izquierda rozara la Oscuridad abierta. Después cayó al suelo, con la mano ensangrentada: le faltaban varios dedos. Gritaba, pero nosotros no le prestábamos atención. Mirábamos a Juan, que tenía la cabeza colgando, el pelo sobre la cara y parecía muerto. Siguió suspendido unos instantes más hasta que la Oscuridad pareció reingresar a su cuerpo. (Yo sigo creyendo que eso es lo que sucede: él saca a la Oscuridad y después la recupera.) Cuando levantó la cabeza, no le reconocí los ojos. Todavía no eran los suyos. Caminó seguro y erguido, dejó el espacio entre los árboles, la sombra lo seguía rodeando como humo, y se agachó al lado de mi tío, que dejó de quejarse cuando lo vio. Juan rozó la lastimadura con sus manos enormes y la herida se cauterizó. Antes, la sangre le manchó el cuerpo desnudo.

Entonces se apagó el sol de noche de mi abuelo y los hombres rodearon a mi tío. Dejaron de prestarle atención a Juan, que se alejaba de ellos en cuatro patas, desnudo. No sé por qué no lo vieron o no lo siguieron, quizá porque la Oscuridad deseaba que él y yo estuviésemos solos. Juan no podía llegar lejos, no tenía fuerza para hacerlo, chorreaba sudor, se tocaba el pecho, que le dolía, con la mano. Parecía un recién nacido grandote, húmedo, medio ahogado. Me senté sobre el pasto y lo llamé como se llama a un perro, porque él no iba a entender otra cosa. Vino a mi arrastrándose y yo lo abracé, lo tomé en brazos, estaba tan mojado que se escurría pero me miraba, y yo le pedí que se tranquilizara, que estaba conmigo. Entonces lo besé. Un beso muy infantil, con la boca cerrada, pero largo e inadecuado. ¿Por qué hice eso? Todavía me lo pregunto. Estaba loca. Él me rodeó el cuello con los brazos y me puse a llorar, lo único que sentía era su cuerpo mojándome la ropa, las manos calientes, la respiración que me quemaba las mejillas, los latidos irregulares de su corazón.

Los hombres vinieron a buscarlo y me resistí, no se lo quería dar, pero por supuesto no podía pelear con ellos. Empecé a menstruar en ese momento, la sangre me manchaba el camisón, sentía cómo humedecía el pasto. Se lo llevaron corriendo a la casa, para atenderlo. Cuando los seguí, con las piernas ensangrentadas, pensaba todo el tiempo yo lo encontré, es mío, no me lo van a sacar.

Creo que estuve loca esos minutos, tocada por la Oscuridad. Si papá no me hubiese dado el sopapo bien puesto que me dio cuando llegué a la casa, no habría salido de la histeria. Mi padre siempre dice que en la Orden, al final, todos se vuelven locos; yo lo entendí esa vez. Una vez papá entró a saludarme con su whisky el día después de un Ceremonial y le pregunté: cómo podemos seguir después de esto, cómo pueden ustedes, el mundo es estúpido, la gente que lo ignora todo es despreciable. Y me contestó algo que de tan cierto a veces lo repito en voz alta. Es que no pasa nada después de esto, hija. Al día siguiente tenemos hambre y comemos, queremos estar al sol y nadamos, nos tenemos que afeitar, hay que atender a los contadores y visitar los campos porque queremos seguir teniendo dinero. Lo que pasa es real, pero la vida también.

 

Quisieron alejarlo de mí durante los primeros días, que fueron de corridas y autos que salían a toda velocidad levantando tierra roja. Vino Mercedes. Traté de meterme en la habitación de Juan en un momento de distracción y ella me arrastró de los pelos y terminé en el piso. Olía a perfume de rosas, una fragancia barata, asquerosa, podía comprarse cualquier botella pero quería ese, porque le gustaba apestar. A Tali la habían devuelto a Corrientes, donde la cuidaba su tía.

Yo no podía dormir ni pensar ni escribir, y me cerraban las puertas en la cara, pero podía escuchar. Mi tío hablaba de sus dedos perdidos. Decía que había sentido frío en las manos de Juan. Lo decía llorando. También se lamentaba porque nunca iba a volver a operar. Estaba destrozado y a la vez contento, como mi abuelo. La única entera era Mercedes. Andaba por la casa y los jardines con una camisa blanca y pantalones de tiro alto color beige. Si hubiese sido otra mujer, con el pelo por los hombros, un sombrerito para tapar las peladillas y los anteojos oscuros que usaba adentro de la casa, habría dicho que estaba linda, que al menos mantenía cierta elegancia en el medio del caos y las corridas, pero yo solamente podía ver la satisfacción y la arrogancia. Caminaba con superioridad, se burlaba de los hombres, se burlaba de mí. Gritaba: ¡ninguno tiene el carácter para manejar esto, manga de capones! Capones: así llamaban a los toros castrados de la estancia.

Aguanté dos días sin ver a Juan y fui a buscar a mi abuelo. Lo encontré sentado en uno de los sillones de hierro, fumando. Tenía la piel de los brazos muy irritada. Cuando me vio, me hizo una seña para que me sentara a su lado. Abajo, en el río, un hombre y una mujer, a bordo de una lancha oxidada, tiraban flores blancas al agua. Le pedí permiso para ver a Juan. Yo lo encontré, le dije. Tengo derecho y, además, él me necesita.

Mi abuelo negó con la cabeza y agregó: mañana llega Florence Mathers. Ella nos va a explicar qué hacer. Y te va a explicar a vos, también, porque vas a tener que encargarte de él, vos sos la custodia. Como era George de Olanna. Es tuya la responsabilidad primera.

¿Se lo va a llevar?, le pregunté, y la reacción de mi abuelo fue sorprendente. Me agarró de los hombros y vi que sus ojos estaban distintos, se movían mucho, como si esperase que alguien viniera a capturarlo. No, me dijo. No se lo van a llevar. Él vino a nosotros. Nos buscó. Se podría haber muerto de chico pero aguantó. Lo esperamos y cumplió. Después empezó a murmurar sin mucha coherencia, decía qué honor, la puerta estaba acá, está acá, ¿adónde se lo van a llevar? No quise estar más con él y corrí hacia la plataforma. Yo no estaba tan segura. Si se lo llevan, me voy con él, pensé. No nos van a separar nunca, el abuelo acaba de decirlo. Los hombres no lo habrían encontrado. Sin mí, pensé, el médium no habría aparecido.

2

Vomité durante todo el vuelo. Las azafatas pensaban que estaba nerviosa o mareada: no dejaban de darme bolsas, servilletas y hasta una toalla. Me cambiaron de asiento para que dejase de asquear y molestar al pasajero sentado a mi lado: viajaba en primera clase y había varios lugares libres. El avión temblaba y las turbulencias eran incesantes, pero eso no me importaba en absoluto, no tenía miedo, como los demás pasajeros. Ir a estudiar y a vivir en Inglaterra, dejar a Juan por algunos años, era lo más decisivo que había hecho en mi vida, y aunque estaba segura, no podía dejar de repasar la despedida, que había sido larga y desesperada y rabiosa. Juan hizo todo lo que pudo para retenerme. Juró que iba a suicidarse si lo abandonaba. Que no volvería a convocar en el Ceremonial. Que no volvería a hablarme. Lo escuché todas las veces con los brazos cruzados en el living del departamento de mi tío, y todas las noches dejé que me besara empapado de lágrimas, y cada vez le repetí lo mismo: necesitaba estar lejos de él, quería ser alguien sin él. Lo había pensado muy bien. Tenía quien lo acompañase en el Ceremonial: Stephen, el hijo mayor de Florence. Mi deber en el ritual podía ser reemplazado por un tiempo. No quería lanzarme a una existencia dedicada a Juan sin haber tenido la posibilidad de conocer cómo era posible vivir sin ese vínculo obsesivo y devocional. Estaba agotada de todas las formas posibles, y asustada, porque me daba cuenta de que él y yo íbamos a estar juntos, íbamos a ser la pareja, los herederos, y en aquel momento quería huir de esa certeza. Sentía que, si no aprovechaba el tiempo, toda mi vida iba a consistir en acompañarlo. Eso lo enfureció: qué tenía de malo, él necesitaba mi compañía, él se me había revelado porque yo debía ser su compañera y estábamos enamorados, algo que él repetía sin saber, porque tenía quince años nada más y nunca había conocido a otra chica, ni siquiera le había gustado otra, y yo no quería eso para él ni para mí. No sabía si mi partida iba a solucionarlo, pero mi presencia ciertamente no ayudaba. Podés visitarme, le dije, lo que era una crueldad porque no se le permitía viajar en avión, al menos por el momento: estaba descompensado y, pronto, debía volver a operarse. En las discusiones, también me culpó de su recaída, y supongo que tenía razón. Entre los Ceremoniales, bastante frecuentes, cuatro por año en ese momento, y la angustia, se habían acentuado los síntomas de su insuficiencia cardíaca. A pesar de su deterioro y debilidad, pensé que sería capaz de pegarme en alguna discusión. Era tan alto y demoledor en su tamaño y yo tan pequeña y torpe; él me deseaba con la rabia de un adolescente y la arrogancia de un semidios. Una sola vez no quiso desprenderse del abrazo después de los besos, y tuve que empujarlo brutalmente, sacármelo de encima y acusarlo de macho violento e idiota. Podés abusar de tu poder con todos los demás, le grité, pero no conmigo. Pasó la noche del otro lado de la puerta de mi habitación, pidiendo perdón. Es lo que hace cualquier hombre violento, le dije, pedir perdón. Fue lo único, en toda nuestra horrible despedida, que sirvió para algo.

Juan no fue el primer hombre con el que tuve sexo. Antes de irme, cuando lo supo, buscó una de las escopetas de mi abuelo y les disparó a las copas de cristal y las cerámicas francesas de Mercedes. Vino la policía porque los vecinos denunciaron los disparos. Faltaban pocos días para la Navidad, y mentimos que la pirotecnia guardada para los festejos había estallado por el calor. Se lo creyeron parcialmente. Mi primer amante fue un corredor de larga distancia que había conocido en el club Regatas. Me atrajo porque parecía entender mi sensación de apuro, de falta de tiempo. Él me había dicho que, como era deportista, tenía una noción del tiempo diferente. El corredor no era muy atractivo y nunca lo volví a ver, pero pienso seguido en él porque me habló de la importancia de los segundos, de que nada era más complicado que luchar contra ellos, dos o tres hacían toda la diferencia, y al mismo tiempo resultaba tan estúpido, tan fútil, pelear todos los días contra milésimas, contra eso que los relojes apenas registraban, contra algo que casi nadie más tenía en cuenta.

Mi abuelo dijo puta que sabe disparar Juancito, esta no me la esperaba, y eso fue todo. Ya estaba muy deprimido en esa época y se suicidó pocos años después. Extraño a mi abuelo todos los días aunque es un destino predecible para los miembros de la Orden y se nos enseña a aceptarlo. La casa olió a pólvora durante semanas y Juan las pasó encerrado. Le dije, cuando salió de su habitación, que él también podía buscar a alguien y me gritó quién va a quererme a mí. Ah, cualquiera va a quererte, podés elegir. Desdeñó mis palabras con un gesto de derrota. Nunca entendió el desconcierto y la fascinación que provoca en los demás. Le decía la verdad. A los quince, Juan no parecía un adolescente y, aunque delicado y pálido, tenía todo el aspecto de un hombre, la espalda ancha, los brazos con las venas prominentes, una expresión triste y arrogante en la mirada.

Me fui de noche y lo dejé llorando: el chofer me esperaba, las valijas ya estaban en el coche. El viaje a Ezeiza fue largo pero hipnótico y no me sentí enferma hasta que subí al avión. No sabía cuánto iba a extrañarlo ni lo insoportable que resultaría su ausencia, pero me sentía libre y lejos y sola. Era lo que quería. Vomitar durante todo el viaje fue una limpieza.

En el aeropuerto me esperaba Stephen. El viento lo había despeinado y su mechón de pelo blanco le cubría los ojos. Las canas habían aparecido el día siguiente a su primer Ceremonial: Juan le marcó la espalda con las uñas doradas. Fue un momento inolvidable, porque Stephen era muy joven, era el hijo de Florence y porque las heridas fueron profundas y largas, desde debajo de los omóplatos hasta la cintura. Todos los asistentes gritaron: pensaron que lo había matado. La curación fue tan terminante, inmediata y perfecta como cuando cauterizó la mutilación de la mano de mi tío. Las dos líneas elegantes, solía decir Stephen ahora, probaban que él era un ángel caído y resultaban muy atractivas para sus amantes. Sin embargo entonces, cuando las recibió, el trauma lo dejó mudo y con esas canas repentinas. La marca también indicaba que él era el compañero del médium, si lo deseaba. Nunca sentí celos: al contrario, fue un alivio tener con quien compartir la tarea.

Nos abrazamos como novios: él me alzó y me hizo girar entre los viajeros y los turistas, los maleteros, la voz que anunciaba próximos vuelos. Yo adoraba a Stephen, tenía toda la alegría y el desafío que a mí me faltaban, al menos en esa época. Cargó las valijas hasta el auto que nos llevaría a la casa central de la Orden, la de su madre, en St. John’s Wood. Aunque mi familia tenía casas en Londres y también podían alquilarme una, Florence prefería que, al principio, fuese su huésped. Quiere entender por qué abandonas a Juan, me había dicho Stephen. Pero yo no lo abandonaba. ¿Era tan difícil de explicar? Hacía seis años que mi vida estaba dedicada a él. Quería extrañarlo y volver a él con verdadero deseo. Quería que se convirtiera en un hombre. Yo lo comprendo perfectamente, amiga mía. Ojalá Juan lo entienda también. Lo entenderá y, si no, se lo explicaré a patadas. Me reí y besé a Stephen en la mejilla. Él también estaba enamorado de Juan, pero nunca interfirió entre nosotros y yo siempre quise tenerlo cerca, como el otro esposo, el pacificador.

La casa de St. John’s Wood, que no podía verse desde la calle porque la rodeaba un muro de ladrillos. Ya la conocía: la había visitado hacía algunos años, en un breve viaje anterior. Tenía un jardín precioso pero triste, con una fuente de piedra, rosas rojas y amarillas y caminos de grava. El verde muy intenso del césped obligaba a entrecerrar los ojos. La casa albergaba la biblioteca principal de la Orden. Un grupo de expertos cuidaba más de tres mil libros; también había dos habitaciones dedicadas a ediciones contemporáneas. Y en el lugar más custodiado, el libro que se escribía con las palabras de la Oscuridad, el texto sagrado de la Orden, al que Juan le había dado las mejores y más extensas páginas. Esa contribución crucial ayudó a que se le concediera una vida normal, con ceremoniales espaciados y un método completamente distinto al de usarlo hasta el agotamiento, como a todos sus predecesores. Florence se enorgullecía de haber tomado esa decisión, porque los resultados eran evidentes: nunca la Oscuridad había dado tanta información, aunque a veces errática y confusa. Es nuestra tarea interpretarla, decía, debemos aprender la paciencia.

Nos recibió con un abrazo: estaba sola salvo por los sirvientes y por Eddie, el hijo menor, que vivía con ella porque no había institución que pudiese contenerlo. Lo primero que hizo fue preguntarme si quería tomar un baño antes de comer, porque debía estar agotada después del vuelo nocturno. Yo estaba agotada y famélica: ya no sentía náuseas ni asco. Subí con Florence hasta la habitación de huéspedes y uno de los sirvientes varones dejó mi valija sobre el elástico del mueble destinado al equipaje. El empapelado era de rosas con espinas, como las del jardín. Desde la ventana se veía la calle húmeda y a la gente que caminaba rápido, helada en el frío de febrero. La bañera, para mi sorpresa, ya estaba llena. Florence tenía esos detalles que, en mi casa, mi madre nunca había aprendido a organizar. Salí del agua cuando sentí frío y me puse un sencillo vestido negro, largo, suelto, y mocasines abotinados. La casa era bastante cálida y no necesitaba abrigo.

Tuvimos un almuerzo algo incómodo, los tres. Florence escuchó mis planes de estudiar en Warburg y Cambridge; solamente dijo que todo estaba arreglado, que podía comenzar a tomar cursos en dos semanas y, cuando correspondiese, comenzar el ciclo normal. No hablamos de Juan pero sí hablamos de Eddie. Mientras comíamos, él estaba atado en su cama, porque intentaba morderse y ya había logrado destrozarse las muñecas con los dientes. Florence guardaba el secreto de qué había hecho con su hijo menor, pero contaba el relato básico porque, creía, la aparición de Juan había sido un wake up call a su arrogancia, una manera de indicarle que ni ella ni nadie podían quebrar las decisiones de la Oscuridad. Al entrenar a su hijo para ser médium, había arrasado su psiquis. Eddie estaba loco y era peligroso, para él y para los demás. Ella lo lamentaba tanto y era sincera en su dolor, porque amaba a Eddie con desesperación.

Stephen no me dejó descansar después de comer. Cuando retiraron los platos y Florence pidió el té, me dijo hoy mismo vamos a salir, tienes que conocer la ciudad, es maravillosa. El resto del país no vale nada, pero Londres es el centro del mundo.

Florence no nos retuvo. A ella no le gustaba la compañía de los jóvenes. Le recordábamos lo que perdió en la adolescencia, cuando tuvo que hacerse cargo de la Orden. Nosotros, para ella, no teníamos responsabilidades. En la puerta de la casa, bajo el paraguas, Stephen me besó y, con la punta de la lengua, pegó un ácido sobre mi paladar. Es solo un cuarto, me dijo, a ver si tienes un mal viaje, en tu primera vez es mejor que vueles bajo. Y subimos a su Lotus Elan color verde musgo, que se podía usar como descapotable, aunque, decía, en esta maldita isla solo se puede usar sin la capota tres días por año. Exageraba, por supuesto, pero no mucho.

 

Antes de Florence, el jefe de la Orden fue Charles Mathers, el abuelo que Stephen nunca conoció. Charles estaba decidido a encontrar un médium para su generación, como lo había hecho su hermano mayor, George, con Olanna. Pero no lo conseguía a pesar de que su búsqueda era frenética. Él extendió la Orden por el mundo entero con la promesa que había dado la Oscuridad: que a los miembros se les daría la posibilidad de perpetuar la conciencia en este plano, es decir, una forma de inmortalidad en la Tierra. Encontró, de hecho, muchos médiums, en varios lugares del mundo, pero no pudo mantener con vida a ninguno por demasiado tiempo ni conseguir avances significativos. Todo está en el libro. Una joven que murió durante el Ceremonial. Un adolescente que se suicidó después de apenas un mes como médium de la Orden. Un hombre joven, en Estados Unidos, que intentó ahorcar a varios Iniciados antes de morir de un derrame cerebral. Charles entendió lo difícil que era mantener con vida y con lucidez a estos niños tenebrosos, pero no comprendía cómo evitarlo. Florence fue la primera en entenderlo.

La noticia de Encarnación, la adolescente hallada en Figueras, Cataluña, le llegó después de los bombardeos del invierno de 1939. Charles no tuvo miedo de viajar a un país en guerra ni de ingresar a una región tan conflictiva en ese momento. Lo hizo desde Francia. Vio a la niña todavía traumatizada, loca de duelo y terror: había perdido a toda su familia en el ataque franquista. Se llevó a la niña a Francia con la ayuda de los Margarall, una familia aristocrática que era parte de la Orden; la ciudad elegida fue Perpignan.

La niña fue violada varias veces y las llamo violaciones, a pesar de que la Orden habla de magia sexual. No se requiere ningún tipo de magia sexual en el Ceremonial ni con el médium, y Charles lo sabía. Se dejó llevar por la ambición, cedió a la perversión de miembros de la Orden que le disputaban poder y cayó en la vorágine demente de la guerra. Después de meses encerrada, Encarnación salió por una de las ventanas de la planta baja y volvió a la casa, donde la mayoría dormía, con una escopeta robada de una granja cercana. Los mató a todos. Estaba Charles con sus hijos, los hermanos de Florence –ella, por indicación de su padre, se había quedado en Londres, lo que le salvó la vida–; estaban los Margarall; estaban las familias más importantes de la Orden, al menos las que se habían atrevido a cruzar Europa. A todos los hombres de la Orden, además de matarlos, les destrozó los genitales con un cuchillo. Encarnación tenía catorce años y estaba embarazada. Stephen me mostró una foto suya: era una nena delgada, con una vincha para que el cabello oscuro no le cayera sobre la cara. Stephen dice que hay que cortar el ciclo, parar la rueda. E insiste con que a cada médium le corresponde su época. Un campesino en la revolución industrial, una mujer negra de las colonias británicas antes de la descolonización, una adolescente pobre en la guerra cuya carnicería pasa desapercibida en la carnicería general. Eso somos, dice, y es posible que la Oscuridad se alimente de ese dolor y de esta explotación. No quiero que sea así, le dije una vez, y me contestó que ya tendría oportunidad de intentar un cambio si quería liderar. Pero yo sé que no lo cree posible.

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