Nuestra parte de noche
Las flores negras que crecen en el cielo, 1987-1997
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
Ya estaba acostumbrado al desfile de gente en la casa y casi nunca se sentía abrumado. Las charlas le interesaban. La forma de hablar de los varones. Especialmente el Negro y sus comparaciones futbolísticas. Lo que dijo este tipo fue como un gol olímpico de córner. El infierno es ir ganando y que te den vuelta el partido en dos minutos. O sus sentencias: el férreo argumento defensivo del rival ante nuestra sólida demostración de buen juego. O sus acusaciones: te volviste bilardista. Le hacía acordar a Hugo Peirano, un poco; cada vez extrañaba más a Vicky y a Pablo, no se había hecho nuevos amigos; no amigos así, al menos. Una de esas noches, el Negro, que tocaba la guitarra, le había dedicado una canción a la exmujer de su tío, Mónica, una canción que decía cosas hermosas y terribles, «y pagarán su culpa los traidores», cantaba con voz temblorosa y todos lloraron y gritaron un nombre y después «presente, ahora y siempre». Eso le parecía hermoso. Era hermoso que su tío se abrazara con las nenas y con su exmujer y que Julieta estuviera emocionada: eran como gente perfecta, creía Gaspar. Había siempre un momento en que ponían música para bailar. Y el Negro gritaba un sapucay. Y se volvía una fiesta, se rompían vasos, los hombres transpiraban, las mujeres perdían zapatos y aros y se les corría el maquillaje –a las que se maquillaban, no muchas– y se abrazaban, se decían cuánto se amaban, así, te amo, negro de mierda, y Gaspar sentía que él no podía subir hasta ese escalón. Se lo había dicho a Isabel. Es como si subiéramos juntos una escalera y en un momento yo digo «hasta acá llegué». Y en ese escalón, más arriba, ellos son felices y yo los miro. ¿Habría sido siempre así? No era timidez ni retraimiento ni adolescencia, como pensaban los demás. No se le iba a pasar. Podía bailar solo, podía emocionarse en su habitación con un libro, pero cuando llegaba la fiesta se desconectaba, los demás se convertían en una película que podía ver y en la que no podía participar. Así que se hacía invisible, lo que no era difícil porque estaban todos borrachos. Y retrocedía hasta su pieza. Y sentía el más puro alivio.
Una vez, en su retirada, se había chocado con el Negro.
–¿Te sentís mal, campeón? –le preguntó.
Gaspar le contestó que no. Después escuchó que el Negro le decía a su tío «es un pibe triste». Y esperó la afirmación de su tío, el sí, la decepción. Pero él lo sorprendió. No, le dijo al Negro. No es triste. Es su temperamento. Y si fuese triste, cuál es el problema. Es como es. Andar en pedo y a los gritos no le gusta a todo el mundo. Nosotros hacemos ruido para tapar el agujero que tenemos adentro.
Gaspar se tiró esa noche en la cama con los auriculares y pensó que tenía que volver a su casa, en la que había vivido con su padre. Quería revisar todo. ¿Se habría llevado alguien las cosas? Su tío le había dicho que todo estaba intacto. ¿Por qué no llamaba Esteban? Prefería que no estuviera más en su vida, pero le daba curiosidad qué le habría pasado. Y a Tali. ¿Tali tampoco tenía interés en él?
Esa noche, por primera vez desde que estaba en Villa Elisa, había pensado sin miedo –o controlando el miedo– en Adela y la casa. La recordó. Recordó la calle. Recordó la caminata en la oscuridad. Cerró los ojos y volvió a verla en la puerta donde había desaparecido, saludando. Las sombras detrás de ella. La oscuridad detrás de ella. El recuerdo de Adela lo había hecho temblar. No tanto. Ni con náuseas.
Al mediodía, cuando se despertara, le iba a pedir a su tío el teléfono para poder llamar a Vicky. No quería hacerlo en medio de la noche, para no asustar a su familia. Y quería que su tío estuviese presente, por si se ponía mal.
Pero no iba a ponerse mal, estaba seguro.
De su casa no había quedado mucho porque, en primer lugar, no había tanto. Su tío había limpiado las habitaciones para que, cuando Gaspar se encontrara con los libros, los objetos, la ropa, no diera con el abandono. Entrar lo puso nervioso, pero no le dio miedo. Cruzar la puerta de la habitación de su padre había sido lo más difícil pero, una vez que estuvo adentro, el olor a polvo le ocultó los recuerdos.
Lo que sí evitó fue pasar por la calle Villarreal y ver la casa donde había desaparecido Adela. Para eso no estaba preparado y creía que no iba a estar listo nunca.
En su casa tuvo un impulso supersticioso. Quemó la ropa en el patio, como había visto a su padre quemar la de su madre años atrás. Vicky y Pablo, mientras tanto, metían libros en canastos y él tocaba las llamas con un palo para controlarlas y recordaba ese pantalón, la camisa arremangada, la remera blanca con algunos agujeros de polilla después de años de encierro. Su padre había sido cremado. No sabía dónde estaban sus cenizas: no había querido preguntar. Le parecía justo incendiar su ropa.
Vicky y Pablo ya estaban reincorporados a su vida. Durante un tiempo el contacto con Vicky había sido solo telefónico pero siempre torrencial y directo, sin rodeos, sin conversaciones cuidadosas. Vicky había sido la primera: lo interrogó, le contó que de noche dormía con medias porque sentía la cabeza de Omaira; que no evitaba pasar frente a la casa de la calle Villarreal, pero tenía que escaparse para verla, porque no la dejaban ir, que se había cambiado de escuela y, si sus compañeros la identificaban, nunca se lo habían dicho. Te quiero ver, no te va a hacer mal, por algo no podemos tener amigos nuevos, ¿o vos tenés? Gaspar le reconoció que no. Ella vino a la casa de Villa Elisa feliz y ansiosa; Gaspar pensó, además, que estaba muy distinta, alta y con el pelo pesado de siempre ahora larguísimo, cuidado, y la piel tan fina que se le veían venitas azules en las mejillas. El regreso de Pablo había sido más cuidadoso. Las llamadas telefónicas eran incómodas y nerviosas, pero la primera visita fue un alivio inmenso, una tarde de frío bajo una frazada en el sillón, como llegar a la orilla y poder amarrar y olvidarse del mal tiempo. Siempre las visitas eran de los chicos a la casa de Villa Elisa, nunca al revés. Las visitas de Pablo pronto serían más frecuentes: su padre, que se había hecho rico con la empresa de GNC, tenía un convenio con el Ministerio de Producción de la provincia y lo más conveniente era mudarse a La Plata, la capital. Ya alquilaba un departamento en el centro, que por ahora usaba como oficina, pero pronto necesitaría una casa para la familia. Gaspar le dijo a Pablo que sentía que alguien los estaba juntando. Pablo lo escuchó, pensó en la mano que a veces lo tocaba en la oscuridad y no dijo nada. Vicky también quería mudarse, cuando terminara la secundaria, para estudiar Medicina en la universidad de la ciudad. Luis tenía sus reparos ante esta reunión: que los chicos volvieran a juntarse le parecía una recreación del drama, hubiese preferido que mantuvieran una amistad de llamados, fiestas de cumpleaños, algún recital. La manera en que se entendían lo inquietaba. Lo habló con Isabel y la psiquiatra lo sorprendió cuando le dijo que a ella tampoco le parecía lo más conveniente. Pero eran adolescentes: obligarlos a separarse ya no cabía como opción. Sugerirles distancia después de años de mantenerlos alejados también podía ser contraproducente.
Gaspar le había pedido a Vicky que revisara los cajones de su padre, él no se atrevía. No había mucho. Unas pocas fotos de su madre, que Gaspar se guardó en la mochila. Varios mazos de cartas: también se los llevó. Tiró toda la medicación vencida. Encontró cajones de velas y tizas y ollitas de aluminio manchadas de algo marrón que podía ser herrumbre o café. Se llevó también algunas postales de Europa y cuadernos con anotaciones. Los libros fueron a parar a una valija.
Pablo le confesó, mientras se lavaba las manos en el baño –Luis seguía pagando la luz y el agua–, que él había intentado entrar algunas veces en la casa. No tenía llave, pero levantar las persianas no parecía tan difícil, tampoco trepar por el techo abierto del garaje. Y nunca pude; era como si la casa no me quisiera, no me dejara. Me terminó dando miedo. Aparte, la última vez que traté de meterme, esa noche, la mano esa que me tocaba me agarró del hombro en el baño de mi casa. Y ahí se terminó.
Gaspar le pasó la toalla y se apoyó con los brazos cruzados contra la pared del baño.
–Estoy seguro de que la casa te echó.
Lo dijo y sintió que le ardía la herida. La acarició: delante de Pablo no tenía pudor en esconderla.
–Hace meses que no siento la mano, que no me agarra. Casi un año.
–No se fue, ¿o creés que sí?
Pablo dijo que no con la cabeza.
–Me parece que espera. Yo también tenía miedo de juntarme con vos, ya te dije. Pensaba que, si te veía, la mano me iba a encontrar de una vez, que no me iba a soltar. Pasó al revés.
–Vamos –dijo Gaspar. Había empezado a sentir una leve punzada en el ojo, el signo de una migraña; tenía que tomar algo antes de que se desencadenara y tenía las pastillas en la mochila. Pablo lo siguió por el pasillo vacío; pasaron por frente a la habitación vacía que alguna vez había servido como lugar de castigo, miraron el salón, que parecía esperar una fiesta, invitados, gente riéndose, todo lo que nunca había pasado en la casa. Cuando bajaron la escalera, Gaspar vio que el vidrio de la ventana que lo había lastimado estaba reparado; no se había fijado antes. ¿Quién lo había reemplazado? Pablo lo abrazó por la cintura justo cuando empezó a temblar. Bajamos juntos, le dijo al oído, no pasa nada.
El cuidado, el cuidado constante; Gaspar estaba harto de esa protección, que le parecía desmedida, y entendía a su padre, su rechazo, la confrontación con sus médicos y a veces con él o con Esteban. Sin embargo, podía dejarse cuidar por Pablo. Se entendía con él, confiaba en él, aunque Pablo había cambiado mucho. Los tres habían cambiado, pero el cambio de Pablo era más significativo porque era homosexual (él prefería llamarse gay y todos se estaban acostumbrando a la palabra, mucho más amable), no lo ocultaba y tenía su grupo de amigas del colegio que salían con él, lo llamaban por teléfono, le servían de compañía y escudo contra los varones crueles. Además, quería estudiar Bellas Artes y pintaba grafitis. Se había acostado con varios compañeros, decía. Ojo, le advertía Vicky, tené cuidado, no sabés la cantidad de enfermos que recibe mi mamá en el hospital. Ay, no seas tonta, yo me cuido, respondía él, aparte se contagia gente más grande.
Gaspar volvió a la habitación de su padre. Hojeó los cuadernos que iba a llevarse en su mochila. Tenía la sensación de que faltaba alguno: recordaba un cuaderno con dibujos, con muchos signos, que su padre repasaba y corregía con mucha atención. No eran garabatos; no sabía qué significado tenían esos trazos geométricos y su padre siempre le había mentido diciendo que los hacía para entretenerse. Siempre pensaste que me creía tus mentiras, dijo Gaspar en voz baja mientras abría la mochila. Pero yo también estaba metido en tu cabeza. No tanto, nunca pude pasar la barrera, pero sabía que estaba la barrera, papá, la sentía. ¿Por qué tuviste que levantarla?, eso me pregunto.
Buscó el cuaderno en cada cajón, incluso en la cocina. No pudo encontrarlo. Le preguntó a su tío, que le dijo yo no toqué nada. No sé si el amigo de tu viejo tenía llave, no sé si se llevó algo. Esteban: Gaspar podía imaginarlo tomando las cosas especiales, esas que compartían, los secretos que seguro guardaban. Los cuadernos que sí se llevaba, sin embargo, tenían algunas anotaciones inquietantes. «Cuando se llama al diablo con las ceremonias requeridas, el diablo acude y se lo ve. Para no morir de espanto ante su presencia, para no volverse loco, es preciso estar loco. Lévi», decía una. Así que esto hacías. Invocar al diablo. O a lo mejor a su padre solo le interesaba el tema de puro aburrido. De pasársela en la cama solo, sin nadie con quien hablar. Pero no, había algo más, no era aburrimiento. Los cortes, los que le había hecho y los que se hacía él mismo. La noche en que habían tirado al río las cenizas de su madre. El hecho de que adivinara cosas. Su padre podía encontrar lo perdido. Su padre sabía cuándo alguien iba a morirse. Su padre le había hablado de los muertos que venían con el viento. The dead travel fast.
El último año de la secundaria, Gaspar descubrió, a doscientos metros de su colegio, el centro cultural Princesa. La pared estaba pintada de rojo y la pintura era reciente, porque el color era imposible de disimular, parecía una casa sobre la que se había derramado sangre. Tenía, también, el nombre del lugar escrito en grafiti y en neón, para que se viera de noche. A Gaspar, la primera vez, las siete de la tarde, con el neón ya encendido y la música que salía de la puerta abierta, el lugar lo atrajo lo suficiente como para cruzar la calle corriendo e ignorar las bocinas. Llovía un poco y se mojó las zapatillas negras.
Afuera, bajo el balcón de la terraza que hacía de techo, una chica fumaba con una pierna doblada, el pie apoyado contra la pared. Tenía shorts de jean cortados, la piel morena, borceguíes de policía, una musculosa blanca y muchas pulseras en las dos muñecas; algunas brillaban, parecían de brillantina, de nena, otras eran de plástico negro. Llevaba el pelo corto y oscuro. Gaspar pensó que era hermosa como ninguna otra chica que él hubiese visto alguna vez. Se le acercó sin vergüenza, atraído como si él estuviese muerto de calor y ella fuera un hielo que se derretía, había que ser rápido, había que ser decidido.
–¿Está abierto? –le preguntó, después de saludarla.
Desde adentro llegaba una canción que hablaba de piel que volaba todo alrededor. Qué letra rara, pensó Gaspar. La guitarra perezosa resultaba muy apropiada para esa tarde de humedad y lluvia.
–Ahora solamente podés tomar cerveza en la barra, pero a la noche hay un recital de poesía. Después toca una banda.
La chica lo miraba con curiosidad.
–No había visto el lugar antes –dijo Gaspar.
–Está hace como un año, pero lo pintamos de rojo para que se note. ¿Vas a la escuela?
–Al Normal de acá a dos cuadras. Estoy atrasado. Estoy en quinto, pero ya tengo dieciocho.
–Repetiste.
–No –dijo Gaspar, y no explicó más.
Ella era más grande, se dio cuenta. No mucho, algunos años. Debía estar en la facultad. No había estado con muchas chicas, algo que ocultaba y le resultaba vergonzoso. A Belén, una compañera, le había besado el ombligo en el parque; ella había tenido cosquillas y él una erección repentina y algo dolorosa cuando ella movió las piernas y le llegó el olor de su bombacha. Había intentado acostarse sobre ella y la besó detrás de la oreja, pero Belén se asustó y él dejó de insistir de inmediato. Me gustás mucho, dijo Belén, pero no quiero. Él sintió que le latía la cabeza, pero como ella estaba a punto de llorar le dijo no hay problema, y perdón, es que sos muy linda. Vamos, te acompaño a la parada, ¿querés?, y ella dijo que sí y al rato estaban hablando de otra cosa, Gaspar no se acordaba de qué porque le dolía la erección y cuando esperaban el colectivo le dijo que iba a hacer pis y se hizo una paja breve y furiosa detrás de un árbol, ante la mirada curiosa de un gato blanco y mugriento que parpadeaba. Cuando volvió, más tranquilo, llegó el colectivo y Belén le contó sobre sus vacaciones en el Valle de la Luna y cómo el paisaje se parecía al de La guerra de las galaxias. No la había vuelto a ver. Se había acostado con otras chicas, después, pero todas las veces habían sido memorables y profundamente insatisfactorias; estaba seguro de que debía haber algo más, que no podía ser nada más esa sensación desesperante de apuro y alegría y después la incomodidad de no saber si a la chica le había gustado, si lo que hacía estaba bien, si se había puesto el forro de manera correcta, si estaba mal dormir después, si tenía que parar o estaba permitido pedirles otra vez, cuándo pedirles y cuándo no. Se lo había preguntado a Vicky y ella le había respondido «es reobvio, Gaspar». ¿Cómo podía ser tan obvio si para él era tan difícil?
–¿Tenés un cigarrillo? –pidió la chica.
Gaspar buscó en el bolsillo del buzo y le alcanzó el atado. Ella lo miró con desconfianza.
–¿Le Mans suaves?
–Me quedé sin plata. Son de la mujer de mi tío. Ella no se da cuenta cuando se los robo. Él sí.
–¿Él fuma algo mejor?
–No. Jockey.
La chica dejó que le encendiera el cigarrillo. Gaspar le miró las piernas. Tenía los músculos marcados. La luz del encendedor le había iluminado los ojos muy oscuros, delineados de azul, como una Cleopatra punk. Ella dijo que se llamaba Marita, y cuando él contestó con su propio nombre la presentación, ella le dijo que Gaspar le parecía un nombre genial. Un rey mago.
–Eso decía mi papá, que por eso lo había elegido mi mamá. Por el rey mago.
Marita lo miró por entre el humo del cigarrillo y Gaspar se apuró a explicar porque no le gustaban las preguntas incómodas.
–No tengo papás. Se murieron hace mucho. Vivo con mi tío.
En la cara de ella no hubo compasión ni lástima, solamente dijo que sí con la cabeza y murmuró qué bajón. Se quedó con el cigarrillo entre los labios cuando se agachó para atarse los borceguíes. Y así, haciéndose la que no le daba ninguna importancia, que era algo tan casual como arreglarse los cordones largos, le contó que, desde el centro cultural, ella lo veía pasar algunas noches, correr hasta la parada del micro. ¿Vivís lejos? No, le contestó Gaspar, en Villa Elisa. Me quedo a la noche acá, a veces.
–Vení a bailar cuando quieras –dijo Marita–. Los sábados hacemos fiestas. No creo que te guste la poesía.
–Yo no sé bailar pero me encanta la poesía –contestó Gaspar.
–Qué raro –dijo ella–. Lo de la poesía. Porque ningún varón sabe bailar. Salvo los gays, claro.
Marita le pasó el cigarrillo para que lo terminara. El filtro estaba pegajoso por su brillo labial, pero a Gaspar no le importó. Le gustaba el mundo de las chicas y de las mujeres, aunque no lo entendiera del todo. Le gustaba cómo las chicas se reían a escondidas, cómo se escribían la ropa y las zapatillas y preferían las cosas brillantes y plateadas, cómo se preocupaban por combinar los colores y decorar las carpetas con calcomanías de sus grupos preferidos, o con fotos de actores protegidas por tiras de cinta scotch que las volvían transparentes, adhesivas y menos frágiles al mismo tiempo. Le gustaba que lloraran y se preocuparan por los olores, los buenos y los malos, y la intensidad de los aromas, si aquella se había puesto demasiado perfume, si el importado que habían comprado en el free shop era increíble o un gasto inútil, si la piel de los varones tenía olor y si era cierto que las bombachas húmedas olían a durazno o a pescado. Le gustaba que Julieta puteara más que su tío y que se pasara horas en la peluquería, y aunque no entendía por qué un corte de pelo feo la hacía llorar, le daba lástima verla triste por eso, no lo irritaba (como obviamente irritaba a su tío, que rezongaba no me entran en la cabeza estas pelotudeces). Le gustaba que Julieta se diera cuenta cuando se le rompía el cierre de la campera y que supiera arreglarlo; sabía que era mejor no discutirle cuando le había ido mal en el juzgado. Le gustaba que Vicky lo llamara por teléfono y le dijera: ya sé cómo hacer para evitar las cargadas en el colegio. Hay que ser lindo o hay que ser raro. Por eso no te gastan a vos: porque sos lindo y sos raro.
Gaspar no se quedó esa noche en el Princesa, pero decidió que sería su lugar: le gustaba incluso antes de conocer sus paredes pintadas de rojo para ocultar las manchas de humedad, el escenario crujiente, la cerveza que nunca estaba del todo fría, el tablón sobre patas de hierro donde se vendían fanzines, vinilos usados, libros de arte con algunas hojas sueltas.
Vicky apoyó la cara sobre el volante del auto y suspiró. Estoy tan cansada que no me puedo enojar, dijo.
Gaspar le encendió un cigarrillo.
–Nos quedamos en el auto hasta que arranque, no tengo nada que hacer.
La mudanza a La Plata se estaba volviendo tortuosa. El departamento que Vicky había conseguido era oscuro, no tenía balcón y la cocina era tan pequeña que resultaba imposible hacer ingresar a dos personas. Se preguntaba qué tamaño de heladera debía comprar: la que su padre le ofrecía, una ya vieja pero que funcionaba, era demasiado grande. Lo había alquilado de todos modos: el precio era bajo, adecuado a su aspecto miserable. En la inmobiliaria, para consolarla, la dueña le había dicho que estaba bien ubicado y le quedaba cerca de la facultad.
Ella solo preguntó si en el edificio o el barrio se cortaba la luz. Si había apagones. Gaspar, que la había acompañado en el trámite durante sus vacaciones –estaba solo: Luis y Julieta se habían ido a Brasil, él había preferido quedarse en Villa Elisa y pasar el verano con Marita–, levantó una ceja cuando escuchó la pregunta y sintió la ansiedad en la voz temblorosa de Vicky. A mí nunca se me cortó, le aseguró la dueña, salvo en los cortes programados de Alfonsín.
Ahora, en el auto, fumando, Gaspar quiso saber por qué había preguntado sobre la electricidad.
–No es verdad lo que decís, entonces.
–Qué digo, a ver.
–Que tenés superado lo de Adela.
–Lo tengo superado. Me quedan estas secuelas. La oscuridad me da miedo. No soporto los apagones. Cuando tiembla una lamparita me da pánico. No lo puedo manejar.
Gaspar tiró la ceniza fuera de la ventanilla y se rascó la cicatriz del brazo. Hacía calor.
–¿Podés dormir sin medias?
–¿Y vos la seguís viendo a Adela en los rincones?
–Menos. Le conté todo a Marita.
–¿Y?
–Le doy lástima, creo. No me importa. Por lo menos no le doy miedo.
Vicky se apoyó en el hombro de Gaspar.
–Me alegro, por vos y Marita. Ella te quiere, me parece.
–Vamos al Princesa esta noche. Ya tenés casa y si no te quedás con nosotros. Pablo colgó sus dibujos y Marita me dijo que los vino a ver Andrés Sigal.
–¿Quién es?
–No seas bruta, es famoso. Es un fotógrafo. Dirige la fotogalería de Bellas Artes y tiene una galería propia que es muy top.
–Yo voy a estudiar Medicina, amigo. Otro palo. Igual dale, voy esta noche.
El auto arrancó y Gaspar pensó que nunca debía dejar sola a Vicky en la oscuridad. Tenía que asegurarse de que consiguiera un teléfono de línea pronto, así podía llamarlo, a él o a Pablo, si había un corte. En el verano solía haber apagones en la ciudad: la dueña del departamento había mentido. Gaspar, además, había notado en la mujer detalles molestos. Las medias, por ejemplo. Se le veían debajo de la pollera tableada y aparentemente elegante y eran medias de hombre, una verde militar, la otra azul marino. La verde militar parecía cubrir una herida, se imaginó un tajo que no había producido un gato ni la esquina de una mesa, accidentes que podía imaginar para una mujer de su edad. Un raspón de garras. Recordó la mano que tocaba a Pablo. No era fría como solían ser las manos fantasmas. Era una mano afiebrada, un cuchillo calentado al fuego. Una herramienta para dejar marcas. El maquillaje de la mujer era exagerado, como si debiera tapar piel exangüe, especialmente bajo los ojos, ahí donde las mejillas empezaban a caerse a cierta edad. Y cuando lo miró, Gaspar vio un deseo horrible, cierta envidia: esa mujer podía morderlo. Isabel le había dicho muchas veces que esas sensaciones podían ser auras, manifestaciones de la epilepsia, alucinaciones muy particulares. Aunque confiaba en Isabel, sobre todo en su buena voluntad, hacía tiempo que, cuando ella le explicaba los síntomas, él asentía sin creer. Ya no estaba seguro. Esa mujer intuía algo, ocultaba algo o sencillamente él le había provocado algo que llevaba dormido, agazapado.
Y por eso Vicky no debía estar sola a oscuras. Si se quedaba sola podía ser atrapada. Llevada, como se habían llevado a Adela. No podía explicar esa intuición ni ninguna otra, como no podía explicar la aversión por ciertas casas, por ciertas esquinas, por pastizales abandonados. En el cuaderno de su padre lo había impresionado el fragmento de un poema de Neruda. A Julieta le gustaba Neruda, leía poemas de amor y políticos, típico de ella. Era un viejo de mierda, le decía, un pésimo tipo con las minas, pero qué poeta. Gaspar le había indicado el fragmento del poema copiado en la letra nerviosa pero clara de su padre y ella le había señalado el libro en el que podía encontrarlo. Ahora lo tenía en su habitación, en la enorme pila de la mesa de luz. «Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas / a hospitales donde los huesos salen por la ventana, / a ciertas zapaterías con olor a vinagre, / a calles espantosas como grietas. / Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos / colgando de las puertas de las casas que odio.»
Las casas que odio. No había sentido odio en el departamento feo que Vicky había alquilado. No creía que fuese peligroso, a pesar de la piel muerta que su dueña trataba de ocultar. Iba a visitarlo seguido para comprobar que se trataba de un lugar seguro. No podía perder a nadie más.
El cine Moreno tenía ese nombre ilustre pero era el único porno de La Plata, y toda persona que más o menos supiera algo sobre la calle y la noche entendía que no era un lugar de valijeros, ni de chicos que se iban a masturbar, ni un sitio de aventuras. Lo había sido hasta hacía poco. En 1992, los que querían ver porno tenían los videoclubes. Y el cine era el epicentro del yiro, el lugar donde se encontraban los hombres gays de la ciudad para tener sexo a cualquier hora, todos los días de la semana menos el lunes, cuando se hacía una limpieza discreta, de la que dejaba testimonio el olor a desinfectante barato.
–Yo me embiché ahí –decía Max, el DJ y encargado de sonido en general del Princesa, mientras se limpiaba los dedos sucios de aceite; también se ocupaba del precario mantenimiento–. No piso más. Es un hospital de infecciosas.
–Yo quiero ver qué onda pero me cuido –dijo Pablo–. Vos sabés que yo uso capita doble.
–Mirá, Paul, si estás tanática es tu problema. Yo no te llevo ni me hago cargo si revientan el lugar. No estoy en condiciones psicofísicas de andar sacando maricas de comisarías, ya lo hice mucho. Y menos nenas menores.
Gaspar rechazó el mate que le ofrecía Max.
–Me da curiosidad, es eso. Y no soy menor, cumplí dieciocho hace meses, estás con demencia senil.
–Qué atrevida. Hacé lo que quieras, no hay quien pueda parar a una pendeja en celo. No vayas solo, llevate algún noviecito. A vos –dijo, apuntando a Gaspar– ni se te ocurra acompañarlo para experimentar, que con lo lindo que sos te violan en masa.
–Ni en pedo me meto ahí.
–Es tan chongo esta criatura, con esa cara trágica, me enloquecés.
Max estaba terminando de poner en su lugar la puerta del baño, que se había caído hacía ya varias noches. Quería tener el lugar presentable porque Andrés Sigal había venido por segunda vez y esperaba, al menos, que les donara dinero. El puto eminente podría hacer una colecta para nosotros, los putos pobres y vanguardistas, decía. Los dibujos de Pablo ahora compartían espacio con fotos de chicas travestis que vivían todas juntas en un hotel tomado, cerca de la estación. Andrés, que era coleccionista, había comprado una: las chicas festejaban un cumpleaños alrededor de una torta cubierta de merengue y se las veía felices. Era la única foto feliz. Andrés era rico porque fotografiaba los lugares turísticos de Argentina y sus libros se vendían en hoteles y aeropuertos y negocios de souvenirs para turistas. Además de estas fotos comerciales, Andrés había recorrido el país varias veces para retratar la vida de gays y travestis desde la dictadura hasta entrados los años ochenta. En su última visita había contado que pensaba en hacer una retrospectiva mezclada, con un poco de todo, las fotos de la Argentina, las de gays, las de toda la gente que había conocido en casi quince años de idas y vueltas.
El centro cultural Princesa se había convertido en un polo de agitación en La Plata. Max y Marita, que eran muy amigos y habían sido compañeros de colegio, lo dirigían, con enorme flexibilidad. Los recitales de poesía explotaban de gente. Había poetas locales que leían sus textos y otros que interpretaban los de autores famosos; las noches de Pizarnik y Plath eran un éxito. También había salido de ahí la hasta ahora primera y única marcha del orgullo gay, poco concurrida pero intensa. Marita, además, había empezado a grabar conversaciones con los amigos de Max infectados con vih. Le interesaba saber sobre el trato de los vecinos, de los familiares, de los médicos; sobre las dificultades para conseguir la medicación; si eran discriminados, si se sentían representados por los activistas de Buenos Aires, si tenían idea de lo que era Act Up. Pablo, a veces, se quedaba a escuchar estas charlas y a veces intervenía con preguntas. Marita aceptaba encantada su presencia. Ella quería algún día, cuando por fin encontraran la medicación adecuada, o la vacuna –y estaba segura de que eso ocurriría–, escribir un libro con estos testimonios o sencillamente publicarlos. Estudiaba Periodismo. Tenía miles de planes. Una noche, después de acariciarse en el sillón de la casa vacía de Villa Elisa, Marita le había preguntado a Gaspar por qué él no se sentía incómodo entre tantos gays. Gaspar, jugando con sus aros de calaveras, le había dicho casi sin pensarlo: creo que mi papá era puto. O bisexual, porque a mi mamá sé que la quería y tenía amantes mujeres, una al menos. Tali. Catalina.
–¿En serio? ¿Y se sabía abiertamente?
–Nada era abiertamente con mi papá. Tenía un novio, sí, un amante, se veían poco.
–¿No lo volviste a ver?
–Él desapareció y me parece tan de cagón que no me interesa volver a verlo. Mi problema es con él, igual, no con que fuese novio de mi papá. Al contrario: yo quería que viviesen juntos.
–Por eso estás cómodo.
–No sé por qué tendría que estar incómodo.
Y no mentía: le resultaba una compañía tan cómoda como la de su equipo de fútbol 5. A veces Gaspar creía que, en realidad, no podía acercarse del todo a nadie, entonces le resultaba más fácil la aceptación. También en el Princesa, cuando las fiestas hacían transpirar las paredes y todos bailaban con los vasos de cerveza en la mano y gritando, tenía que salir al patio. Es el miedo al descontrol, decía Isabel. Durante muchos años, por el caos en que vivías, necesitabas el control, estar alerta. El desenfreno podría desestabilizarte, eso es lo que creés. Me gustaría cambiar, le había dicho a Isabel, pero ella, como siempre que expresaba algún deseo, se callaba y le sonreía.
–Gaspar, vida mía, haceme un favor –dijo Max cuando terminó de limpiarse el pulgar derecho–. ¿Trajiste las cartas, como te solicité?
Marita, que era la encargada de la pava –el agua para el mate era su obsesión, creía que nadie más era capaz de dar con la temperatura justa–, le dijo:
–No te pongas hincha con eso que a él no le copa mucho tirar.
–Qué sobreprotectora sos.
–Okey, soy: tengo un novio medio esquizo y mi mejor amigo tiene sida. Dale, soy sobreprotectora. No me jodas.
–Eso porque te gustan los locos y te juntás con putos. No te hagas la Florence Nightingale ahora. Por favor. No sé cómo la aguantás. Es linda, pero de morochas así está lleno.
Gaspar les pidió que no se pelearan y sacó el mazo. Max tuvo que mezclarlo y dárselo. El mazo no estaba demasiado usado, salvo por una carta, el Ahorcado, que había sido manoseada tanto que parecía provenir de un juego distinto. ¿Qué haría su padre acariciando con la punta de los dedos esa carta, justo la más extraña, para Gaspar la más temible?
Pablo limpió la mesa para que la superficie no humedeciera las cartas. Recibió el mazo de las manos de Max y lo miró antes de tirar. Max estaba serio. Le brillaban, a lo mejor porque tenía fiebre, los ojos oscuros. Marita se acostó sobre unos almohadones y Gaspar sintió su mano, los dedos llenos de anillos, acariciándole la espalda.
–¿Me decís vos o pregunto?
–Preguntá.
–Tengo preguntas pesadas.
Gaspar levantó la ceja izquierda. Era un gesto que había heredado de su padre y que trataba de evitar sin éxito.
–Todas las preguntas son. Pesadas, quiero decir. No conozco a nadie que le pongas las cartas y pregunte pavadas. No existe eso.
Y para sí mismo pensó: el Tarot es un lenguaje viejo. Había leído en un libro de su padre, por encima, pero no lo olvidaba, que las cartas guardan un secreto de algo que quizá se ha olvidado. Las cartas son ese secreto.
–Preguntales si me voy a morir de sida.
–Ay, Max –dijo Marita, y dejó de acariciarle la espalda, como si quisiera evitar distraerlo.
Gaspar esperaba la pregunta, así que no se inmutó. Siempre que tiraba, y lo hacía poco, pasaba lo mismo: tenía una tranquilidad de experto. Eligió una tirada sencilla, la que le había enseñado su madre cuando era muy chico. Tan chico que apenas se acordaba de esa lección. Puso las cartas sobre la mesa y no hizo ningún silencio misterioso porque nunca actuaba, de la misma manera que no podía mentir desenfreno.
–Vas a estar bien, Máxima, así que te voy a tener menos paciencia. Mirá acá, la de abajo, es la única que importa porque es ¿el futuro, digamos? La conclusión. Y lo que dice es el Sol, que es la mejor carta. Capaz te morís de otra cosa y todo.
Max no pudo ocultar un temblor en la garganta, así que no habló por unos segundos. Los ojos de Gaspar parecían parpadear con una frecuencia menor, como los ojos de ciertos reptiles, y esa fijeza les daba una frialdad especial; también provocaba cierta desconfianza, la de estar enfrente de una especie híbrida.
–Si me mentís, te mato.
–No me vas a poder matar desde tu lecho de muerte.
Max se apretó los ojos con la punta de los dedos y después dijo:
–Ahora quiero preguntar por el chongo de la verdulería.
–Eso te lo contesto sin las cartas: si le tirás onda, te baja los dientes.
–Mucha confianza tenés en los chongos vos, muñeca.
Gaspar puso las cartas una sobre otra, reunió el mazo, y miró alrededor.
–¿No querés que te tire? –le preguntó a Pablo.
Pablo lo miró muy serio.
–Hoy no. Mañana si nos vemos.
Claro que se veían. Se veían todos los días. Pablo estudiaba Bellas Artes y ya era tan bueno, en primer año, que le habían ofrecido ser ayudante de cátedra ad honorem. Gaspar había visto y leído algunos de sus proyectos y sus dibujos. Era arriesgado y brillante. Si Andrés Sigal le daba una mano, iba a ser una estrella.
Pablo creía que era temprano para ir al cine, las siete de la tarde, pero Julián le dijo que era así, que se venía a esa hora para evitar a la policía. Los dueños pagaban, pero a veces se les pasaba la fecha y entonces los milicos podían caer y eran viciosos con los putos, burlones, violentos. Julián era un chico que había conocido en el Princesa y con el que solía ir a bailar a otros boliches, menos artísticos, más divertidos; alguien con quien podía ser tonto y borracho y besar a cualquiera. Le gustaba Julián y poco más, pero era un compañero ideal para ir al cine, para aprender cómo se conocían y se encontraban los putos grandes, cómo era eso de garchar con alguien sin cara y en la oscuridad.
No había nadie en la puerta, lo que le resultó raro, pero cuando entraron los recibió un hombre medio oculto detrás del vidrio de la boletería: se le pagaba a él. Después se bajaba un piso, hacia las salas. En el piso, junto a las paredes, bordeándolas como un hilo plateado, un tubo de luz de neón: la única luz para guiarse de una sala a otra. Julián se rió, una risita tonta y excitada, y Pablo sintió un arrebato de bronca, de ganas de cachetearlo y de salir de ahí. De pronto tenía miedo, una claustrofobia indefinida, era la luz artificial, que se parecía tanto a la de la casa de Adela.
Había tres salas y Julián le dijo que tenían que entrar primero en la Wilde y después ir a lo que llamaban el Túnel; él nunca había estado pero era lo máximo, decían, no sabés la pija de quién te estás comiendo, no sabés nada. Lo siguió. La sala Wilde tenía la luz de la película que estaban pasando y ninguna otra, salvo dos pequeñas para marcar la entrada. Algunos hombres cogían sobre las butacas, otros paseaban por los pasillos del medio y los costados, paraban a tocarse unos a otros, pedían fuego, incluso charlaban. Era casi un boliche gracias a la música de la película, una película hetero con chicas de tetas plásticas, pelo rubio y semen en los ojos, los hombres brutales de pelo en pecho, piel de cama solar y pijas desproporcionadas. Perdió a Julián en la sala. Un hombre con el jean desprendido se le acercó y le dijo al oído que se la chupase y Pablo se arrodilló y obedeció, él mismo excitado por obedecer esa voz gruesa, y mientras chupaba, con la mano del tipo, mucho mayor que él, que se le metía entre los rulos, él también se desprendió de los pantalones y se masturbó. Mucho después iba a pensar sobre si tenía alguna llaga en la boca, o por qué no había mirado si el pene del hombre estaba lastimado. Tenía miedo cada vez que era descuidado, pero una vez que la ansiedad se le pasaba llegaba el deseo otra vez. Las ganas de encontrarse con un hombre en una esquina y llevarlo a la plaza y reírse cuando alguien caminaba cerca, a ver si los denunciaban. Las ganas de meterse en un auto que apestara a semen y a mierda. Las ganas de sentirse debajo de un pecho fuerte y de pasarse una noche entera tomando vino del pico de una botella y merca de un plato o una espalda, un cenicero lleno hasta el tope.
Encontró a Julián cerca de la pantalla: estaba agitado, como si se hubiese corrido, y cuando lo besó, sintió los restos de la cocaína. Pablo le preguntó al oído por qué no le convidaba, pero Julián no lo escuchaba y le contaba de este chongo y del otro y se felicitaba porque había logrado que se pusieran forro, sonaba orgulloso, y Pablo se dijo que era el peor momento para pensar en eso y se preguntó cómo había sido para los más viejos, que no pensaban en cuidarse ni en morir o enfermarse, pero también era cierto que antes los viejos estaban siempre tapados y se casaban. ¿En algún momento había estado bueno ser puto? Se dio vuelta y, en la puerta, le pareció ver las sutiles canas de Andrés Sigal, con la camisa abierta y un cigarrillo en la mano. Él debía ser su objetivo pero Julián insistía con cambiar de rumbo y Pablo pensó que había tiempo para conocer a Andrés. Todos decían que le gustaban con locura los pendejos.
Fueron hasta el Túnel. A Pablo no le cerraba mucho el nombre, pero pensó que, si el lugar le daba claustrofobia otra vez, podía salir y ya. Era un sótano y se sentía subterráneo hasta en cómo iban asordinándose los ruidos con cada escalón. Los hombres no eran tantos. Había que bajar otra pequeña escalera. Pero, a la mitad, Pablo dejó de ver los escalones. Julián tuvo que ayudarlo a bajar, tropezando con la baranda, con los cuerpos. Abajo no había luz. Nada. No había pantalla ni película. Algún encendedor furtivo mostraba cuerpos que parecían demasiado pálidos y no se veían paredes de tan oscuro, como si el sótano fuese infinito.
Pablo retrocedió y alguien le tironeó el brazo, y entonces sintió la inconfundible descarga de adrenalina del pánico. Después, hablando con otros amigos, les diría que ese lugar era muy peligroso, que podía morir gente ahí, que había música para tapar los gritos, que era fácil imaginar a alguien con un cuchillo, nadie te revisaba, un serial killer gay, un mataputos, un loco. Asesinar ahí abajo era lo más sencillo del mundo. Pensaba eso: el lugar era una trampa. Pero la verdad la supieron solamente Gaspar y Vicky porque ellos eran los únicos que entendían. Él supo que el tirón era la mano fantasma, esa mano que lo había esperado en la oscuridad de los pasillos durante tanto tiempo, la mano afiebrada que quería llevarlo, que, si se le apoyaba más tiempo, creía Pablo, podía dejarle una marca. Ahora estaba a salvo, en el departamento platense que su madre describía con orgullo como «racionalista» y con «pisos de roble esloveno». Él lo odiaba, sin embargo, y quería mudarse y todavía no tenía el dinero. Odiaba a su hermano menor, tan malcriado, y el olor de la infelicidad en el aire. Pero, tenía que reconocer, al menos la mano ya no lo esperaba en los pasillos.
En el Túnel, en el sótano negro del cine, la mano –que podía haber sido la de Julián, aunque él nunca había podido convencerse de esa posibilidad racional– volvió a ser aquella que creía perdida. Y ahora en vez de pelos y pieles y culos veía a un hombre en el piso con la cabeza entre las piernas de otro, pero ese otro era una momia, un hombre con la cabeza entre las piernas de la muerte; veía una botella rota en las manos de una mujer sin ojos; veía a un hombre con una cuerda alrededor del cuello: le faltaba un brazo. No quiso ver más. El túnel era una fiesta de muertos, era una habitación más de la casa que se había llevado a Adela. No podía acordarse de si había gritado, seguramente sí, la música había tapado esa humillación y subió corriendo los escalones, cayó, pensó que alguien lo arrastraba hacia abajo y pateó en la oscuridad a un desconocido y también corrió por el pasillo hasta la salida, no se dio cuenta de si alguien lo miraba raro, si alguien se alertaba, si alguien lo insultaba o se preocupaba. No había nada más que la salida y la calle 2 con sus tilos y la gente cansada que iba a la estación o venía de la estación. Cruzó corriendo, no se fijó en el tránsito, y por instinto llamó a Gaspar desde el teléfono público de la esquina con el único cospel que le quedaba. Rogó que estuviera mientras se secaba las lágrimas y se agachaba en la cabina, tratando de controlar el temblor de las piernas y el corazón, que latía fuerte y no lo dejaba hablar.
–Tomate un taxi –le dijo Gaspar–. Lo pago yo. Llamamos y te quedás en casa. Tomate un taxi ya.
Pablo nunca volvió al cine. En seis meses, Julián estaba infectado y las visitas al hospital eran una procesión. En los pasillos Pablo recordaba ese sótano, al hombre sin brazo, a la momia con una erección. Julián murió rápido, en meses: pasó los últimos días hablando con la voz delgada de un niño y repasando los juguetes de su infancia. Lo velaron en la única casa velatoria que aceptaba a los infectados de vih en la ciudad. Max, el DJ del Princesa y amigo de Marita, murió tres semanas después. Ella lloraba bajo las frazadas en la cama de Gaspar y estaba enojada, furiosa y un poco asustada: no quería tener sexo casi nunca. O pedía medidas exageradas.
–Le mentiste –le dijo una tarde a Gaspar, cuando fue a llevarle flores al cementerio–. Le dijiste que no iba a morirse de sida.
–Y qué le iba a decir.
–Él creía que se iba a salvar. Hablaba del Sol, decía que era la mejor carta. ¿Eso también es mentira?
–Es la mejor carta, pero le salió al revés. Cuando salen dadas vuelta son lo contrario.
Marita se sentó sobre una tumba y se secó las lágrimas.
–No quiero que me mientas, no me mientas nunca.
Gaspar le dijo que sí y la besó en las mejillas manchadas de máscara corrida, pero pensó: a veces hay que mentir para cuidar. Ya te miento. Te oculto. Y te voy a seguir mintiendo.
Pablo le había pedido a Gaspar una tirada después del velorio de Max. Le había salido lo mismo que decían sus análisis: no estaba en peligro. Era cierto que se cuidaba, que después del cine había decidido no incursionar más en encuentros peligrosos, pero lo asombraba ser el único sano en ese huracán de enfermos. Ese invierno se habían muerto dos amigos más que solían venir al centro cultural. Uno era grande, de unos veintisiete años. El otro recién había empezado la facultad. En la marcha organizada por Marita y Max antes de morir, de tan débiles algunos iban en sillas de ruedas. Igual cantaban y agarraban el micrófono en el escenario frente al Ministerio de Salud; siempre terminaban con puteadas y después vuelta al canto y las lentejuelas en el aire.
Ese invierno, la casa de infancia de Gaspar por fin se había alquilado. Una familia joven, con hijos. El alquiler era alto. Es una casa cara, decía Luis, porque es una casa noble. Tu padre no hizo mayor esfuerzo para mantenerla y, sin embargo, no tiene grandes problemas, ni humedad tiene.
Habían sido meses tan tristes e intensos que Gaspar casi no le había prestado atención al embarazo de Julieta, un acontecimiento empezando porque la noticia había terminado en una pelea con su tío. Gaspar le había preguntado: ¿no estás muy viejo para ser padre?, y la pregunta había desatado una discusión con reproches (¿querés tener un hijo normal, no te bancás al hijo loco?) y algunas burlas (¿lo vas a llevar al fútbol con bastón?). La pelea había escalado y Gaspar, en uno de los ataques de ira que a veces lo consumían, había arrojado una jarra contra la pared, una jarra de granadina: el líquido, rojo, había manchado el piso y el mantel. Luis le había exigido que lo limpiase y Gaspar se había negado a hacerlo con un portazo.
Julieta quería ser madre: era una mujer joven pero no tanto; si deseaba hijos, era el momento. No le habían ofrecido esa información a Gaspar, pero, después de todo, él podía y debía suponerlo. El enojo se le pasó al día siguiente y pidió tantas disculpas que Luis lo hizo callar. Felicitame al menos, carajo, cómo te podés poner celoso, si supieras lo que te quiero. Gaspar no estaba celoso, creía. Odiaba los cambios: era eso. Ojalá las cosas pudieran ser siempre igual, ojalá esta casa, que es como un puerto en la tormenta, estuviera en pie para siempre, y siempre para nosotros, sin agregados, sin tiempo, sin futuro. Que los bebés fuesen mellizos resultó una noticia rara: dos hijos serían caros, darían mucho trabajo y significaría que Julieta debería dejar de trabajar por un tiempo más largo del que había planeado.
Los chicos nacieron por cesárea y los bautizaron Salvador y Juan. A Gaspar le dio vértigo sentir apenas una vaga ternura por ellos y mucho aburrimiento. Nunca voy a tener hijos, pensó cuando los sostenía en brazos y solo quería devolverlos, alejarse del olor a leche y de las sonrisas emocionadas, de las preocupaciones por el dinero y el precio de los pañales descartables, de las lágrimas. ¿Qué iba a hacer si Marita quería un bebé? Jamás habían hablado del tema y últimamente tampoco tenían demasiado sexo, porque ella estaba paranoica. O algo más. No sabía. Entendía que estaba haciendo el duelo por sus amigos y que eso era difícil; la dejaba en paz. Si se le ocurría quedar embarazada, pensó, mejor que se lo dijera, porque tenía que dejarla. Aunque la quisiera mucho. Cuando los trajeron a la casa, los mellizos se revelaron molestos y llorones y, en la opinión de Gaspar, ocupaban demasiado espacio aunque eran tan chicos. Él, a pesar del pedido callado en los ojos de su tío y de Julieta, decidió no ocuparse un segundo de los bebés. Eso significaba pasar cada vez menos tiempo en la casa Tenía muchos lugares donde quedarse, incluso a dormir. Su tío quería que fuese a la facultad, pero Gaspar no sabía qué estudiar ni para qué y pasaba su tiempo en el Princesa. Pablo casi se había mudado ahí. Soy otro expulsado por las criaturas, le dijo una tarde. Mi hermano es el mal y mi madre no quiere que estemos cerca, porque tiene miedo de que lo apeste. El Princesa era una casa okupada y los dueños nunca habían aparecido para reclamar el lugar. Marita había averiguado, porque una casa tan cerca del centro tenía mucho valor y ella no quería ser expulsada y, decía, tampoco tenía la energía para atrincherarse y defender el lugar. Había dueños, tenían sus nombres, pero mientras no reclamaran, ahí estaba la casa para ser usada.
A Gaspar esa información acerca de los dueños lo había inquietado. Lo mismo había pasado con la casa de la calle Villarreal: nadie la reclamaba. Él jamás había percibido algo perturbador en el Princesa y confiaba en su instinto, pero los dueños fantasmas no le gustaban, no le gustaban las casas que nadie quería y que invitaban a ser visitadas con sus ventanas como ojos entrecerrados, casas como putas que mostraban las piernas en las esquinas, la boca roja y las luces de neón, la luz enferma que era igual a las luces del hospital donde se morían los amigos y donde Vicky hacía sus prácticas y donde había despedido a su padre, que tenía los ojos, al final, negros como escarabajos, como los de Omaira, que todavía volvía a tocarle los pies a Vicky por la noche, negros y brillantes como insectos, como los cascarudos que se golpeaban contra las luces del patio de la casa de Villa Elisa las noches de verano. Tenía que pensar menos, a veces, desactivar las conexiones. Marita siempre quería que fumase marihuana, te va a relajar, le decía.