Operacion Masacre
20. ¡Fusilarlos!
reloj, hasta las llaves. Y muestra el recibo que le dieron.
Algunos alcanzan a precaverse. Livraga, por ejemplo, que tiene cuarenta pesos, esconde treinta en una media. Le entregan recibo por “Un reloj White Star, llavero, diez pesos y un pañuelo”. (Firma el oficial Albarello.) A Benavídez le reciben “Doscientos diecinueve con cuarenta y cinco, documentos y elementos varios”. A Giunta, quince pesos, un pañuelo y cigarrillos.
El que tiene más dinero es Carlitos Lizaso. Varios testigos lo han visto salir de Vicente López esa tarde con más de dos mil pesos en la billetera. Incluso hubo quien le aconsejó no llevar una suma tan grande consigo. En la Unidad Regional le hacen constar la entrega de sólo setenta y ocho pesos.
¿Acaso ha imitado la actitud de Livraga? Puede ser. Lo cierto es que esos dos mil pesos desaparecerán finalmente, en un bolsillo u otro. Y no será el único caso. Sólo una pequeña parte del botín recogido esa noche -dinero, relojes, anillos- volverá a poder de sus dueños.
La atmósfera se hace cada vez más pesada entre los detenidos. Una cosa es ya evidente: no piensan soltarlos.
20. ¡FUSILARLOS!
4.45. Parece que Rodríguez Moreno estuviera tratando de ganar tiempo. No ha de resultarle muy agradable salir con semejante noche para matar a diez o quince infelices. Personalmente está convencido de que más de la mitad no tienen nada que ver. Y aun los otros le inspiran dudas. Nerviosos partes se cambian entre él y el jefe de Policía, que ya ha llegado a La Plata. Las instrucciones son terminantes: fusilarlos. La alternativa: quedar incluido él
mismo en la ley marcial. Parece que hasta se habla de mandarle un delegado con tropas.
A las 4.47 se difunde el Comunicado N° 3 de la Vicepresidencia de la República:
“Campo de Mayo se rindió. La Plata, prácticamente dominada. En Santa Rosa, el regimiento de caballería se alista para reducir el último foco. Han sido ejecutados dieciocho rebeldes civiles que pretendieron asaltar una comisaría en Lanús”.
La infantería de Marina y la Escuela de Policía levantan el asedio de la Jefatura. Los rebeldes se dispersan. Fernández Suárez llega a la Casa de Gobierno, donde el coronel Bonnecarrere ha tenido que limitarse toda la noche a escuchar el tiroteo cercano, y se encamina con él a la Jefatura.
Están subiendo la amplia escalinata que da a la plaza Rivadavia cuando Fernández Suárez se dirige a un subordinado y en voz que todos escuchan da la orden:
–¡A esos detenidos de San Martín, que los lleven a un descampado y los fusilen!
Parece que no basta. Fernández Suárez debe acudir personalmente al transmisor.
Rodríguez Moreno recibe la orden. Inapelable. Y se decide.
21. “LE DABA PECADO…”
A último momento, hay tres que tienen suerte. El sereno, “el hombre que fue a cenar” y “el hombre que se despedía de la novia”. Los llaman aparte,
les devuelven documentos y efectos personales, los dejan en libertad.
Rodríguez Moreno dirá más tarde que los liberó “por su propia cuenta” y que la orden de fusilamiento los incluía.
A los demás los hacen salir a la calle. Frente a la Unidad hay estacionado un carro de asalto, uno de esos camiones azules con carrocería abierta a ambos lados y bancos transversales de madera. Detrás, a algunos metros de distancia, espera una camioneta policial. Junto a ella un hombre de baja estatura, enfundado en un impermeable, se restriega nerviosamente las manos. Es el comisario Cuello.
Los prisioneros reciben orden de subir al camión. Todavía alguno vuelve a preguntar:
–¿Adonde nos llevan?
–Quédense tranquilos -llega la artera respuesta-. Los trasladamos a La Plata.
Ya casi han subido todos. En ese momento sucede una escena curiosa. Es Cuello, que en un brusco impulso grita:
–¡Señor Giunta!
Giunta se da vuelta, sorprendido, y camina hacia él.
Ahora hay casi un acento de súplica en la voz baja y reconcentrada de Cuello.
–Pero, señor Giunta… -mueve un poco los brazos, con las manos crispadas-, pero usted ¿estaba en esa casa? ¿Realmente estaba?
Giunta comprende en un relámpago que le está pidiendo que diga que no.
Apenas una sílaba para soltarlo, para arreglar su situación de cualquier
manera. La cara de Cuello le sorprende: tensa, los ojos un poco extraviados, un músculo incontrolable palpitándole en una mejilla (“Él sabía que yo era inocente. Le daba pecado mandarme a morir”, dirá más tarde Giunta en su gráfico lenguaje).
Pero Giunta no puede mentir. Mejor dicho: no sabe por qué tiene que mentir.
–Sí, yo estaba.
El policía se lleva la mano a la cabeza. Es un gesto que dura una fracción de segundo. Pero es extraño… Después recobra el dominio de sus nervios.
–Está bien -dice secamente-. Vaya.
Giunta no olvidará la escena. A lo largo de minutos y minutos la irá elaborando sin darse cuenta. Él ya va condicionado, inconscientemente prevenido para lo que pueda ocurrir. Tiene el hábito profesional de observar caras, estudiar sus reflejos y reacciones. Y lo que acaba de ver en el rostro de Cuello es todavía informe, nebuloso, pero inquietante.
Ya están todos arriba. Y otra vez surge el enigma: ¿cuántos eran? Diez, calculó Livraga. Diez, repetirá don Horacio di Chiano. Pero no los han contado. Once, dirá Gavino. Once, estimarán también Benavídez y Troxler.* Pero es evidente que son más de diez y más de once, porque además de ellos cinco, están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso, Giunta, Brión y Rodríguez. Doce por lo menos. Doce, calculará Giunta, y lo confirmará Rodríguez Moreno, quien, sin embargo, menciona a alguien
“con apellido extranjero, parecido a Carnevali, que luego se asiló en una embajada”. Doce o trece, declara Cuello. Pero Juan Carlos Torres, basándose en testimonios indirectos, hablará de catorce. Y el jefe de Policía de la provincia, meses más tarde, también hablará de catorce detenidos en Florida. Si existieron esos dos hombres adicionales, uno de ellos debió ser el anónimo suboficial que menciona Torres.
¿Y los vigilantes? Son trece, según un testimonio. Parece que van al mando
de un cabo Albornoz, de la subcomisaría de Villa Ballester, a juzgar por información obtenida de otra fuente. ¿Es el mismo a quien verá más tarde Livraga en singulares circunstancias? No lo sabemos.
Una cosa llama fuertemente la atención. Los policías van armados de simples máuseres. Para la misión que llevan, y en las circunstancias en que la van a cumplir, es casi incomprensible. ¿Se trata de una oportunidad, una
“aliviada” que consciente o inconscientemente va a darles Rodríguez Moreno a los prisioneros? ¿O es que no existen fusiles ametralladoras en la Unidad Regional? Enigma de difícil respuesta. Lo indudable es que gracias a esa afortunada circunstancia -y a otras igualmente extrañas que veremos luego- la mitad de los condenados salvarán la vida.
Éstos no saben que están condenados, sin embargo, y esa inaudita crueldad debe subrayarse en la tabla de agravantes y atenuantes. No se les ha dicho que los van a matar. Más aún, hasta último momento habrá quien pretenda engañarlos.
Los vigilantes colocan las cortinas de loneta que cierran la carrocería y el vagón policial, seguido por la camioneta donde viajan Cuello, Rodríguez Moreno y el oficial Cáceres, se pone en marcha en dirección noroeste, por la calle 9 de Julio y su continuación Balcarce, que a su vez se prolonga en la ruta 8. Recorre 2100 metros -unas quince cuadras pobladas- antes de salir al primer descampado, que tiene unos mil metros de largo. Allí la ruta oblicua hacia el oeste.
*En su declaración, Gavino nombra a los presos, inclusive a “N. N. un hombre joven, de aproximadamente 35 años, rubio y de bigotes”, que debe ser Giunta. Pero omite a Mario Brión. En cambio, la declaración conjunta de Troxler y Benavídez (también en mi poder) nombra a “Mario N.”, pero omite a Giunta. La explicación que se me ocurre es ésta: Gavino, Troxler y Benavídez no conocían con anterioridad a Brión ni a Giunta. Entre estos dos, hay cierto parecido físico. Al verlos en momentos sucesivos dentro de la penumbra del camión, llegaron a identificar el uno con el otro, haciendo de dos personas una sola.
Los prisioneros no tienen oportunidad de observar estos detalles topográficos. Van como en una celda, en una obscuridad casi completa. Lo único que pueden ver es el rectángulo de camino pavimentado que allá adelante les permite el parabrisas.
Hace un frío cruel. La temperatura se mantiene en cero grados. Los que más sufren son Giunta, que lleva una simple campera, y Brión con su tricota blanca. Están sentados frente a frente, sobre la izquierda, Brión en el primer banco doble, de espaldas al conductor, y Giunta en el segundo, mirando hacia adelante. Uno de los broches de la cortina que cierra la puerta está roto, y la tela flamea con golpes secos, dejando entrar un helado chorro de viento, cortante como un cuchillo. Se turnan los dos para sujetarla y hablan en voz baja.
–Yo creo que nos matan, don Lito -dice Brión.
Giunta va masticando el incidente con Cuello, pero trata de consolar a su vecino.
–No piense en esas cosas, don Mario. No oyó que nos llevan a La Plata…
Si pudieran ver, se darían cuenta de que se alejan cada vez más de su presunto destino. Al lado de Giunta va don Horacio. Él también cree que los llevan a La Plata. Enfrente tiene a Vicente Rodríguez, silencioso y pensativo. Gavino va junto a Carranza. El primero teme. El segundo está confiado. Confiado también, seguro, casi optimista dentro de las circunstancias, parece Juan Carlos Livraga. Él es colectivero, conoce bien las rutas, tendría que darse cuenta de que no los llevan adonde dicen. Sin embargo, no observa nada.
En los bancos de atrás viajan Lizaso, Díaz, Benavídez, Troxler… Éste va tenso, alerta, tratando de espiar el mínimo indicio que le permita ubicarse.
Conoce bien a los vigilantes, está acostumbrado a tratarlos y mandarlos.
¿Por qué ninguno quiere mirarlo de frente? Algo les habrá visto Julio Troxler para sentirse tan desconfiado.