Operacion Masacre

Rodolfo J_ Walsh · Capítulo 24 de 53

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Operacion Masacre

*

decide. Deja que el tren se ponga en marcha, que cobre velocidad. Entonces se levanta de un salto, corre a la puerta, la abre de un tirón, baja los escalones de la plataforma y se tira…

Es milagroso que no se mate. Apenas apoya un pie, el suelo le exige brincos gigantescos, que nunca ha dado en su vida. En su carrera de muñeco dislocado -diez metros, veinte metros- va rozando una cerca de ligustrina que le deja largos rasguños en un brazo. Pero el tren ya está lejos, se pierde en la obscuridad como un gusano luminoso.

Y Giunta está -o se cree- a salvo.

*

Julio Troxler se ha escondido en una zanja próxima. Espera que pase el tiroteo. Ve alejarse los vehículos policiales. Entonces hace algo increíble.

¡Vuelve!

Vuelve arrastrándose sigilosamente y llamando en voz baja a Benavídez, que escapara con él del carro de asalto. Ignora si se ha salvado.

Llega junto a los cadáveres y los va dando vuelta uno a uno -Carranza, Garibotti, Rodríguez-, mirándoles la cara en busca de su amigo. Con dolor reconoce a Lizaso. Tiene cuatro tiros en el pecho y uno en la mejilla. Pero no encuentra a Benavídez.*

Los cuerpos están tibios todavía. Seguramente no ve a Horacio di Chiano, que sigue haciéndose el muerto a alguna distancia. Comprende que ya no tiene qué hacer allí y empieza a caminar en dirección a José León Suárez.

Casi está llegando a la estación, cuando ve venir a Livraga, tambaleándose

y cubierto de sangre. En el mismo instante un oficial del destacamento de policía próximo iba al encuentro del herido, gritando: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.

–Nos fusilaron…, nos pegaron unos tiros -farfullaba Livraga, entre insultos e incoherencias.

* Troxler refiere que “… encontró sobre el camino… en el lugar que estaba el camión, a Carlos Lizaso, que se encontraba de cubito dorsal, con medio cuerpo sobre la ruta y el resto sobre la banquina… comprobó que se encontraba sin vida… cruzó la ruta, encontrando en el camino que conduce al Club Alemán, sobre el lado izquierdo, a Rodríguez; en el centro de la calle, junto a un gran charco de sangre, a Carranza, y sobre el lado derecho… otro cadáver que no pudo identificar…”.

El oficial lo sujetó por las axilas, ayudándolo a caminar hacia el destacamento. En el camino, pasó junto a Troxler.

Y por tercera vez en esta noche, el ex oficial de policía se vio reconocido por uno de sus antiguos colegas.

–¡Hola, Troxler! ¿Cómo te va? – grita el otro al pasar. – Bien. Ya lo ves… -

contesta.

Está por seguir de largo cuando ve que se acerca un camión con soldados del Ejército. Como siempre, Julio Troxler hace lo más natural: se dirige a una reducida cola de madrugadores que esperan un ómnibus de la Costera y se incorpora a ella. No piensa tomar el ómnibus -por otra parte no tiene ni cinco centavos-, pero sabe que ahí llama menos la atención.

Parece fatalidad. Porque el camión se para justo frente a la cola. Y sin bajar, un oficial grita:

–Muchachos, ¿ustedes no oyeron unos tiros?