Operacion Masacre
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Su familia remueve cielo y tierra. Estérilmente. El muchacho no aparece y ya nadie tiene noticias suyas. Con el lento paso de los días, don Pedro se va haciendo a la dura idea. En Florida todos dan por muerto a su hijo.
Pero Juan Carlos no ha muerto. Sobrevive prodigiosamente a sus heridas infectadas, a sus dolores atroces, al hambre, al frío, en la húmeda mazmorra de Moreno. Por las noches delira. En realidad ya no existen noches y días para él. Todo es un resplandor incierto donde se mueven los fantasmas de la fiebre que a menudo asumen las formas indelebles del pelotón. Cuando acaso por piedad le dejan a la puerta las sobras del rancho, y se arrastra como un animalito hacia ellas, comprueba que no puede comer, que su destrozada dentadura guarda todavía lacerantes posibilidades de dolor dentro de esa masa informe y embotada que es su rostro.
Y así pasan los días. La venda que le pusieron en el hospital se va pudriendo, sola se cae a pedacitos infectos. Juan Carlos Livraga es el Leproso de la Revolución Libertadora.
Nada tendríamos que decir en defensa del entonces comisario de Moreno, Gregorio de Paula. Es inútil que un hombre pretenda escudarse en “órdenes superiores” cuando esas órdenes incluyen el asesinato lento de otro hombre inerme e inocente. Pero un resto de piedad debía quedarle esa noche en que llegó al calabozo trayendo con la punta de los dedos una manta usada hasta entonces para abrigar al perro de la comisaría, la dejó caer sobre Livraga y le dijo:
–Esto no se puede, pibe… Hay órdenes de arriba. Pero te la traigo de contrabando.
Bajo esa manta, Juan Carlos Livraga quedó extrañamente hermanado con el animal que antes cobijara. Era, más que nunca, el perro leproso de la Revolución Libertadora.
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En su calabozo de la comisaría 1a de San Martín, Giunta escucha una risa larga, que parece venir de lejos, rueda por los pasillos y galerías y de pronto estalla a su lado. Es él mismo quien se ríe. Él, Miguel Ángel Giunta. Lo comprueba al llevarse la mano a la boca y sofocar el flujo histérico de la risa que le brota inadvertido de adentro.
Más de una vez ha tenido que reprimirse de este modo, razonar, decirse en voz alta:
–Quieto. Soy yo. No tengo que dejarme llevar…
Pero luego el torbellino lo arrastra nuevamente. Habla solo, ríe, llora, divaga y explica, y vuelve a caer en el pozo del terror donde está la silueta de Rodríguez Moreno, alta contra los eucaliptus nocturnos, en la mano una pistola que brilla fríamente, y hombres que retroceden, uno, dos, tres pasos, para hacer puntería con los fusiles. Y luego el zumbido inolvidable y perverso de las balas, el tropel de los fugitivos, el ¡plop! de un proyectil al penetrar en la carne y el ¡ahhh! desgarrado que suelta un hombre al caer en plena carrera, dos pasos detrás de él Giunta sacude la cabeza entre las manos y murmura:
–Soy yo, estoy bien, soy yo…
Pero cada rumor que escucha en los pasillos renueva su agonía. “Vienen a llevarme”, piensa. “Ahora me fusilan de nuevo.”
El sueño, por fin, lo redime. Hace un frío agudo, mas de algún modo logra dormirse en la cucheta de madera sin cobijas. A medianoche lo despierta el grito de los torturados, a quienes les “están dando máquina”.
De él, sin embargo, nadie se ocupa. Ni siquiera le hablan. En los ocho días que permanece en el calabozo, no le llevan un solo plato de comida ni un vaso de agua. Son los presos comunes, que salen a dar el paseo