Operacion Masacre

Rodolfo J_ Walsh · Capítulo 9 de 53

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Operacion Masacre

10. Mario

“Unos minutos más, y cada uno se habría ido a su casa. Entonces no habría ocurrido nada.”

Unos minutos más. En este caso, todo girará alrededor de unos minutos más.

10. MARIO

En el número 1812 de la calle Franklin vive Mario Brión. Es un chalet con un jardín, casi en una esquina, a menos de cien metros de la casa fatídica.

Brión tiene treinta y tres años esa tarde del 9 de junio. Es un hombre de estatura mediana, rubio, con una calvicie incipiente, de bigotes. Cierta expresión melancólica se desprende quizá de su rostro ovalado.

Un muchacho serio y trabajador, dicen los vecinos. Una vida común, sin relieves brillantes, sin deslumbres de aventura, reconstruimos nosotros. A los quince años se emplea de oficinista, sin abandonar sus estudios, sigue cursos de inglés, que llegará a hablar con cierta soltura, se recibe de perito mercantil. Parece haberse fijado un plan de vida de etapas precisas y las va cumpliendo. Con sus ahorros compra un terreno, edifica una casa. Sólo entonces decide casarse, con su primera novia. Más tarde les nace un hijo: Daniel Mario.

Del padre, un español que supo ganarse la vida en duros oficios, ha heredado un difuso amor a la lectura. Es una sorpresa encontrar en su biblioteca a Horacio, a Séneca, a Shakespeare, a Unamuno y Baroja, junto a las frías colecciones contables. También hay allí esos libros de inevitable procedencia americana y de títulos diversos, que pueden resolverse en uno

-”Cómo triunfar en la vida”-, y ellos indican, por encima de los dudosos

resultados prometidos, cuáles eran las aspiraciones de Mario: trabajar, progresar, proteger a su familia, tener amigos, ser estimado.

No le hubiera costado trabajo lograrlo. En la empresa donde estaba se le había ofrecido ya una jefatura de sección. Ganaba bien: ninguna comodidad faltaba en su casa. Suya era cuanta iniciativa útil nacía en el vecindario. Un caminito pavimentado que une la esquina de su casa con la avenida San Martín lo recuerda. Él recolectó el dinero, él reunió a los vecinos para trabajar domingos y feriados.

Mario Brión -dice la gente- es un muchacho alegre, amable con todos, un poco tímido. No fuma ni bebe. Sus únicas diversiones consisten en ir al cine con su esposa, o en jugar al fútbol con sus amigos del barrio.

Esa noche ha cenado tarde, como de costumbre. Después ha salido a comprar el diario. También lo hace siempre. Le gusta leer el diario, en un sillón, mientras escucha algún disco o algún programa de radio.

En el camino se encuentra con un amigo o con un conocido. No sabremos con quién.

–Quieren que vaya a oír la pelea -anuncia a su esposa, Adela, cuando vuelve-. No sé si ir…

Está indeciso. Al fin se resuelve. Después de todo, él también pensaba escucharla.

Da un beso a su hijo Danny -que ya tiene cuatro años- y se despide de su mujer.

–Apenas termine, vuelvo.

No se pone sobretodo a pesar del frío. Sólo lleva una gruesa tricota blanca.

Camina hasta Yrigoyen y se adentra por el largo pasillo. Un testigo de último momento lo verá parado cerca del receptor de radio, sonriente y con