Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 1 de 42

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Pájaro azul

Prólogo

 

«You can love someone so much, but you can never love people as much as you

can miss them[2]».

An Abundance of Katherines, JOHN GREEN

 

Simon

A veces, cuando levanto la vista, Valeria sigue al otro lado de la valla. Me espera en silencio, tranquila. Quiere que acabe mi turno para que podamos pasar un rato juntos y hablar. Me paso todo el día esperando a que llegue este rato con ella y, cuando por fin la veo, parece que ya nada puede ir mal; ahora está ahí, sonriéndome, su figura distorsionada por culpa de los rombos metálicos que la cortan en cientos de trozos iguales. Sopla mucho viento, así que no para de apartar hacia un lado el pelo largo y rubio que se le viene a la cara. Me distraigo un segundo observándola, pero sin dejar de tocar en ningún momento.

El pulso se me acelera por el simple hecho de que haya aparecido.

—¿Es nueva? —Alza un poco la voz para que pueda oírla por encuna de la canción y los niños—. No recuerdo haberla escuchado antes. No la conocía. No has llegado a enseñármela aún, ¿no?

—¿Dónde has estado? —pregunto sin poder contenerme, porque hace mucho que no la veo. La he echado mucho de menos y no puedo creerme que otra vez esté aquí, que haya vuelto y se haya pasado a saludarme.

—Estaba aquí, Simon. No me he movido de esta acera. Te estaba esperando un poquito más abajo, al lado de la puerta del motel.

—¿Has escrito tú esa canción?

La figura de Valeria se transforma y, de repente, donde estaba ella aparece una chica con el pelo negro y despeinado y los ojos grandes.

Ha desaparecido. Ha desaparecido de nuevo. Miro a mis lados, pero el único ser en toda la calle es la minúscula persona que me mira y espera. Por su cara diría que está realmente interesada en la respuesta, y yo me quedo pensando en cuál debería darle teniendo en cuenta que ya no recuerdo la pregunta.

Su presencia me desconcierta. No debería estar ahí. Aquí no debería haber nadie más que nosotros dos, como siempre.

—¿Perdón?

—La canción —insiste, haciendo un movimiento con la cabeza para señalar mi guitarra—. Es tuya, ¿no?

—S-sí…

¿Por qué le interesa? Es la primera canción que escribo y es un completo desastre. Vuelvo a buscar a Valeria, porque aunque haya parado ella no tenía por qué haberse ido. Hacía mucho que no se marchaba cuando dejaba de tocar. ¿Es porque la chica se ha puesto justo en el sitio que siempre ocupa ella? ¿Es eso? Sí, tiene que…

La intrusa sonríe y, con una voz que no es real y que suena como salida de un sueño, comenta:

—Pues es muy buena. Felicidades.

No tenía que haber parado. Seguro que ha sido ese el problema. Si eso ya lo sabía, ¿no? No debería haberme confiado. Hacía mucho que no le importaba, pero a lo mejor ha vuelto a…

Ella llevaba mucho tiempo sin venir…

Sonrío un poco, no sé si porque siento que tengo que hacer algo con mi cara o porque todo esto parece algún tipo de broma. No entiendo muy bien qué significa que la chica esta se haya parado justo ahí, pero no importa. No me gusta nada. Me molesta su presencia, como cuando tienes una mancha en las gafas y, aunque aún puedes ver, sabes que está ahí; es un borrón en la realidad, una mota que enturbia la imagen.

—Bueno, gracias.

Si esto es obra de los dioses, tienen muy mal gusto o un sentido del humor muy retorcido.

El viento vuelve a soplar y es mucho más frío que antes. Se me cuela por la ropa y me atraviesa la piel y los músculos y se asienta en mis huesos y, de repente, quiero irme. O no, que se vaya ella, pero sé que, aunque lo haga, Valeria no va a volver, porque no es tan fácil. No es así como funciona. Aparece cuando quiere y se va cuando algo le molesta: lo tengo comprobado.

La chica no se mueve de su sitio en ese lado de la acera. Creo que está esperando algo. Me mira, la miro y, a los pocos segundos, me doy cuenta de que lo que quiere es que me ponga otra vez a tocar. Tiene unos ojos muy azules que me recuerdan un poco a los de mi madre, y me pregunto cómo puede ser que ella siempre se las apañara para interrumpirnos a Val y a mí, pero que ahora, con esta otra chica, no aparezca.

Supongo que, en realidad, lo que pasa es que no puedo controlar nada.

—¿Pero vas a parar ya?

La chica se recoge el pelo detrás de la oreja, pero se le viene inmediatamente hacia delante. Parece que le da igual porque sacude la cabeza para quitárselo de los ojos. Tiene una expresión demasiado complaciente para pertenecer a un desconocido y me pregunto qué es lo que querrá en realidad, a qué habrá venido y por qué no se marcha.

—A lo mejor —contesto.

—¿Es por mí? —insiste, y sus labios se estiran un poco más hasta que su expresión consigue parecer burlona.

Me encojo de hombros.

—No lo sé, a lo mejor.

—¿Solo sabes decir «a lo mejor»?

Apoyo la guitarra en el suelo y me agacho para recoger con la otra mano la funda. Ella me observa hacerlo y luego mira a su alrededor, curiosa.

—Oye, por cierto, ¿este sitio qué es? Parece como un colegio, ¿no? Está muy a las afueras.

Su voz es rara. Puede que sea su acento. No habla mal exactamente, pero todo lo que dice es simple y tiene una voz un poco extraña.

—Es un orfanato.

—Ah. —Le da otro repaso con la mirada y luego vuelve a mí—. ¿Y tú estás aquí también?

—Sí. Trabajando, se supone.

—Pues qué bien, ¿no? Trabajar tocando la guitarra está bastante bien para mí.

—¿También tocas? —pregunto, aunque en realidad ni siquiera la miro. No me interesa, solo lo he dicho por pura educación.

—¿Yo? No, no, qué va. A mí me gusta escuchar.

—Ah, pues qué bien.

Ella sonríe un poco más. Me pregunto si es algo que suele hacer, lo de interrumpir a desconocidos y molestarlos y no darse cuenta de que lo está haciendo. Ni siquiera sé qué hace en la 118, en realidad. Nadie viene nunca por aquí, y mucho menos gente de fuera (porque ella lo es, claramente).

—Se te ve muy incómodo como para seguir insistiendo, así que creo que voy a irme… —Me mira un momento y yo cierro la cremallera de la funda de la guitarra. Deja salir el aire con un resoplido. No la escucho, claro, porque está demasiado lejos, pero hace ese movimiento con los hombros de la gente que suspira—. En fin, feliz principio del otoño. Au revoir!