Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 30 de 42

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Pájaro azul

Capítulo veintinueve

 

«You know what happens when you burn a bridge?

You gotta learn to swim, or fly[41]».

Marvel’s Jessica Jones, MELISSA ROSENBERG

 

Simon

Le doy muchas vueltas a todo lo que me contó María el otro día. Me siento extraño al pensar cómo ha estado viviendo todo esto sin que yo lo supiera, sin que lo notara. El otro día fue la primera vez que la vi llorar. Me impresionó mucho, porque no era algo que me encajase con ella, pero me alegro de haberlo visto. No de que haya llorado, pero sí de que me haya dejado estar allí.

No sé si tiene sentido decir que ahora siento que estamos un poco más conectados. Por eso se lo conté, lo de Val. Para mí era difícil decirlo; ni siquiera había pronunciado nunca esas palabras en voz alta. Tampoco había reconocido que se tratase de un fantasma. Pensarlo la convierte en una presencia a la vez más y menos real, y me angustia y alivia por haber podido ponerle nombre.

A ella solo le hace gracia.

—Nunca me he parado a comprobar si puedo atravesar paredes. ¿Tú crees que si lo intento funcionará?

—No lo sé, pero si te estampas contra una, habrá sido un ejercicio igualmente interesante.

Valeria arruga los labios y me río. No parece muy contenta porque haya sido yo el de la última palabra, así que desaparece.

Y que se vaya ya no me genera tanta ansiedad.

Después de armarme de valor, y teniendo todo el rato presente la forma que tiene María de hablar de su familia, decido que voy a hablar con la mía para empezar a solucionar las cosas.

O, al menos, hacer el esfuerzo de intentarlo.

Llamo a la puerta del abuelo dos veces. Escucho la televisión dentro, así que sé que están en casa. Espero aún un poco más antes de volver a llamar, pero, justo cuando estoy a punto de hacerlo, la puerta se abre y Rachel aparece en bata y pijama y con un moño bastante desastroso.

—¿Simón?

—Hola.

Se toma su tiempo para examinarme. Sus ojos recorriendo mi cara se sienten extraños, pero me aguanto.

—¿Qué pasa? ¿Tienes que recoger algo?

—No. Solo venía a decir hola, a hablar.

—Ah. —Parece que eso le ha chocado aún más que mi presencia, y tarda un momento en reaccionar—. Bueno, pues pasa.

Asiento, entrando.

—¿Quién es? —grita el abuelo desde el salón.

—Es Simon —responde Rachel, también alzando la voz para que lo oiga —. Ha venido a verte.

Llego al salón antes que ella. Aunque me parece que no hace tanto que no vengo por aquí, encontrar de golpe al abuelo me da una impresión que no me esperaba. Es un choque. Parece más encogido, sus gruesísimas gafas ahora demasiado grandes para su cara, y en lo alto de su cabeza hay más manchas que antes. Además, parece que sobra demasiado sillón a su alrededor; ese siempre ha sido su sitio, desde que era pequeño, pero ahora alguien diría que tampoco encaja ahí del todo, como si se hubiera consumido y ya no cupiera bien del todo. Supongo que la suya ha sido una progresión paulatina, pero en estos meses sin pasar veo la diferencia. Y me siento fatal por no haber venido, aunque es otra de las cosas que ya no tienen demasiada solución.

Él se vuelve para mirarme.

—Simon, hijo. No hay otro tan largo como tú. Cuánto tiempo.

Parece bastante simpático, y por su expresión diría que está contento de verme, pero me esperaba tan poco encontrarlo así que no sé bien qué decir. La boca me tiembla un poco. Rachel pasa a mi lado, rozándome con el brazo, y centro mi atención en ella porque es más fácil de manejar: se mueve hasta el sofá y se sube a él, primero de pie y luego dejándose caer sobre el cojín y cruzando las piernas como un indio.

—¿Qué te parece, Oliver? Ha venido de sorpresa.

Él asiente.

—Y menos mal, porque iba a olvidárseme su cara.

Se rie de forma algo ronca. No recuerdo haber oído a mi abuelo hacer eso en toda mi vida, y menos tanto. Su risa no es nada familiar y, al mismo tiempo, por alguna razón supongo que así deben de reírse todos los abuelos de Francia. Hay algo de alivio en que el mío lo haga igual también. Trago saliva. Me siento muy estúpido aquí plantado, siendo el único de pie, mirándolos como si fueran la recreación de una escena cotidiana de la que claramente no formo parte. Bajo la vista a mis pies.

—No traigo comida, me temo —digo, porque me parece que ahora tengo que hablar yo—. Mi madre lleva un montón de tiempo sin guisar, así que…

—Anda, y menos mal, porque el que guisa bien es tu padre. De todas formas ahora es la moza la que se encarga de todas las comidas. Y no se le da nada mal, ¿sabes?

Rachel se ríe.

—Eso lo dice con sarcasmo porque la doctora le recomendó una dieta para cuidarse y ahora estamos en esas, ¿verdad? Menos carne roja y más verdura.

—Tampoco es que pueda comer muchos filetes con esta dentadura, pero bueno…

Asiento a todo, queriendo saber cosas de ellos, absorbiendo todo lo posible la información nueva, aunque sea a través de su dinámica.

Tengo un pequeño nudo en la garganta. Cuando el abuelo empieza otra vez a reírse por lo bajo, me vuelvo hacia Rachel y ella, que ya me estaba mirando a mí, suelta un suspiro.

—Anda, vamos. —Se incorpora pesadamente, recogiendo un par de tazas de la mesita de café, y se vuelve al abuelo—. Simon y yo vamos a la cocina, que tiene que comentarme una cosa. Abuelo, ¿quieres algo?

—¿Un refresco?

—Te ofrezco un zumo.

—Me vale.

Espero a que pase ante mí de nuevo para seguirla. Pienso en que ha llamado «abuelo» a mi abuelo y en que no sé cómo me hace sentir eso. Cuando estamos dentro, entorno la puerta de la cocina y ella se sienta de un salto en la encimera.

—Bueno, tú dirás —comenta, como de pasada—. ¿De qué quieres hablar?

—Eh…, bueno…

Miro a los lados. La cocina está mal iluminada y el fregadero un poco lleno, pero todo huele muy bien, como a jabón de manos. En la minúscula mesita pegada a una pared a mi lado aún está el paquete de galletas a medias que han desayunado esta mañana. Al mirarlo, algo me conmueve, pero no sé por qué ni por qué precisamente eso, y entonces es cuando murmuro:

—Venía a disculparme.

Al principio ella no dice nada. Nos miramos (me da la sensación, por un segundo, de que ahora mismo tiene la misma actitud que solía tener cuando vivía al final de la calle 118) y muy despacio alza ambas cejas, como en una invitación a explicarme. Sin embargo, no digo nada. Porque no sé muy bien qué decir.

Al final, suspira.

—María también me dijo que fuiste a disculparte con ella. —Mira hacia otro lado, hacia la ventana, que queda a su izquierda—. ¿Qué te está dando, si puede saberse?

—¿Eso qué significa? —digo, frunciendo el ceño. Noto cómo me tenso y no me gusta nada la sensación.

Ella se encoge de hombros.

—Pues no lo sé. Que no es propio de ti. —Me mira de reojo—. ¿Y por qué quieres disculparte?

Mi primer impulso es decirle que por nada e irme, pero cierro los ojos, intento destensar la mandíbula y cuento mentalmente hasta diez antes de hablar.

—Por no haberme comportado como una persona muy decente. Por pasarme a veces…, y pasarme mucho.

Cruza los brazos, pero no dice nada. No sé en qué momento me pareció que tal vez eso sería suficiente, cuando claramente con Rachel no podría serlo; ella no se conformaría con cualquier cosa. Tomo aire.

—No puedo enumerar todas las cosas que he hecho mal, pero han sido muchas y… no lo sé. Lo siento por todas. Por cómo te he hablado. Bueno, a todos. Y por hacer que el problema fuera solo mío.

—No hiciste que el problema fuera solo tuyo, pero sí pretendiste que lo era. Y no te dejaste ayudar. Ese es el principal problema.

—Lo sé. —O, al menos, estoy intentando entenderlo—. Por eso lo siento.

Nos quedamos en silencio. Ella vuelve a cruzar las piernas, ahora sobre el mármol de la encimera. Algunos pensamientos que no creo que debiera tener cruzan mi mente, pero hago un esfuerzo por ahogarlos y, al mirarla a la cara, intento que sea su cara la que veo y no la de Valeria. El ejercicio funciona bastante bien y, cuando vuelvo a tomar aire, parece que entra más fácilmente en mis pulmones.

Sonríe. Débilmente y no del todo convencida, pero sonríe, y es un alivio.

—Bueno. Por algún sitio se empieza, ¿no? —Se muerde un poco el labio —. Te agradezco que hayas venido.

—¿De verdad? —pregunto, sorprendido.

—Sí. De verdad. Que estuvieras así estaba empezando a volverse demasiado difícil de llevar.

—Sinceramente, creo que no he dejado de estar así.

Estira la sonrisa.

—Lo sé. Aún te queda mucho. Pero notas la diferencia, ¿verdad? Ahora hay algo distinto.

No sé si hay algo distinto o si es lo que pasó con María lo que ha hecho que diga todo lo que tenía que decir, así que me encojo de hombros de forma despreocupada, como para quitarle importancia.

—No lo sé, a lo mejor. Supongo.

—Creo que con que lo supongas de momento me vale.