Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 8 de 42

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Pájaro azul

Capítulo siete

 

«My heart is every car crash.

I’m wrapped around a tree still.

If skies were houses,

I’d haunt yours first[6]».

Summer Bleeds the Color of Forgetting, Y. Z.

 

Simon

Rachel me dijo que una de las cosas que más la despejaban era leer. «Mi psicóloga usa la libroterapia, que al principio suena un poco a mamarrachada, pero que, sinceramente, ayuda mucho más que otras cosas, sobre todo en determinados momentos». Me nombró algunos títulos de los que a ella le habían recomendado, dijo que todos estaban en la biblioteca y que por qué no sacaba uno a ver qué tal. Yo le dije que vale. Me he pasado casi una hora hoy allí, buscando por las estanterías uno de los que me había recomendado (el bibliotecario ha asegurado que nadie se lo había llevado así que tenía que estar, y que, si no lo encontraba era porque no me estaba esforzando), pero al final me he ido con las manos vacías e incluso he olvidado el título del libro que me había dicho Raven. Tendré que preguntarle por él en otro momento.

Me acerco a la tienda antes de que empiece mi turno, aunque alargo todo lo que puedo la llegada. No tengo energía. Llevo dos semanas sin ver a Valeria, desde que me dijo eso en la calle, y, aunque al principio agradecí volver a tener espacio, últimamente me encuentro todo el tiempo buscándola, esperando que aparezca, y su ausencia es asfixiante porque no está pero sí. Siempre está, en todas partes. No deja de rondarme por la cabeza el hecho de que pueda aparecer en cualquier momento. El otro día incluso intenté invocarla tocando la guitarra; todo lo que cantaba sonaba a miedo y me imaginé que la oía reírse de mí.

Cuando se ríe de mí es lo peor del mundo. No puedo soportarlo.

«Ni siquiera éramos tan amigos. Casi no me conocías. ¿Por qué estás así?». No lo sé. ¿Cómo estoy? ¿Dónde estoy? ¿Dónde me he caído?

¿Qué estaba haciendo a estas alturas el año pasado?

Han pasado muchas cosas en doce meses. La cafetería donde quedamos una vez ha cerrado, la sala de estudio de la biblioteca ha cambiado de planta y, cuando paseo por aquí, es como si alguien desde arriba hubiera desordenado las calles. Me siento como si no perteneciera a este sitio, como si estas coordenadas no llevaran siendo mías veinte años, como si alguien se hubiera esforzado muchísimo en mantener una farsa que me he creído todo este tiempo. Solo ahora, por alguna razón, me siento raro; solo ahora es cuando lo veo todo de verdad, porque ya he salido fuera, porque este sitio no parece mi sitio.

Me palpo los brazos y los encuentro, miro hacia abajo y ahí están mis pies. Pero el camino es distinto, las baldosas del suelo han cambiado de orden y los escalones de la entrada son un centímetro más bajos, así que siempre fallo un poco al poner el pie.

No veo que nada tenga demasiado sentido. ¿Qué podría encontrar en un libro que pudiera sacarme de aquí?

(¿Qué tiene que ofrecerme un libro aparte de un truco de escapismo momentáneo?). Llegar a la tienda con las manos vacías solo se siente una derrota si actúo como si de verdad hubiera querido encontrar el libro desde el principio. Ya desde bastante antes de llegar intento poner cara de persona no impresionada, y en mi cabeza me imagino por lo menos cinco formas distintas de responder a Rachel cuando me pregunte si tenían el libro allí. Sin embargo, cuando entro escucho su voz, lo que supongo que significa que está hablando con alguien, pero no la veo en el pasillo ni en el mostrador junto a la caja.

Me adentro en la tienda y miro a los lados y, cuando la veo, mi cara se descompone.

—¿Tú?

Rachel deja de hablar y me mira. La chica con la que charlaba se vuelve hacia mí y, al verme, abre muchísimo los ojos.

Es la tipa esa, la que me he cruzado ya mil veces. La acosadora.

—¡Anda! —exclama, lo cual no entiendo, aunque de todas formas parece demasiado sorprendida para traducir lo que sea que signifique eso.

—¿Qué haces aquí? —Aunque mi primer impulso es acercarme y parecer de alguna manera imponente, no puedo; lo único que se me ocurre es cruzarme de brazos y mantener las distancias—. ¿Sigues diciendo que no me persigues?

—¡No sabía que esta era la tienda, ¿vale?!

Suelto un gruñido, luego me acuerdo de que está Rachel también y desvío hacia ella los ojos. Tiene las cejas increíblemente alzadas.

—Así que os conocéis…

—Esta… Lleva encontrándose «casualmente» conmigo desde hace dos meses o así, y dice que no es acoso. La última vez comenté que trabajaba en una tienda…

—Por supuesto que eres una de esas personas que hacen las comillas en el aire —me interrumpe ella, poniendo los ojos en blanco.

Raven se ríe, yo noto que me sonrojo y le echo una mirada.

—Me estás empezando a molestar.

—¡No sabía que esta era tu tienda, te lo he dicho! ¿Cómo demonios iba a adivinarlo? Ni que este fuera uno de esos pueblos con solo tres bares.

—Además, lleva viniendo como dos semanas ya, Simon, y no te ha pillado aquí ni una vez. ¿Cómo iba a saber que trabajas en una tienda donde no te ha visto trabajando ni un día?

La chica suelta una risa y yo aprieto los labios. Raven parece bastante divertida con todo esto, la verdad.

—Pero eso es porque no hemos coincidido, no porque no haya trabajado en todo este tiempo…

—¿Estás seguro? —Mi compañera se cruza de brazos. Aún lleva esa sonrisa, y me molesta que se lo esté pasando bien.

—Sabes que sí.

—Tampoco te enfades —interviene la otra—. No quería que te molestaras, Simon, pero Rachel me cae bien y me gusta que me cuente cosas.

Raven le sonríe mucho, contenta de oír algo así, y yo suelto un bufido y le echo una mirada de reojo. Me saca la lengua. Noto cómo me vuelvo blando solo con eso, su boca despierta en mí una extraña debilidad, y salgo del pasillo para ir a la salita detrás de la caja y cambiarme —bueno, no cambiarme, pero sí ponerme el delantal con el nombre de la tienda que tenemos desde que a Rachel se le ocurrió la idea de ser más «profesionales»—. Cuando salgo ellas están hablando de nuevo, aunque ahora no distingo del todo sus voces y no sé qué dicen. Me pongo a hacer cuentas, cualquier tontería que pruebe que efectivamente trabajo aquí (porque no puedo creerme que Raven haya dicho eso, me ofende), y al rato las dos aparecen delante de mí, María sonriendo y la otra sin dejar de hablar de lo que sea.

—¿Vas a comprar o no? —pregunto, a lo mejor un poco más seco de lo que debería teniendo en cuenta que, al menos en este momento, María es una clienta.

—Sí, esto. —Me deja un tetrabrik de leche delante y sonríe—. Siempre viene bien contar con uno de repuesto para no tener que ir a comprar más en caso de urgencia.

—Pero si pensaba que te pasabas el día aquí, comprando.

—Simon —dice Raven, cortante.

Pongo los ojos en blanco. María suspira.

—Es un euro —digo. Me lo da.

—Oye, Simon, perdón si te molesto tanto, de verdad, creía que después del otro día ya se había quedado como una broma o algo así.

Clavo los ojos en ella. De repente me siento culpable ante la posibilidad de haberla hecho sentir mal por haberla llamado acosadora (lo que tendría sentido). La figura que está a su espalda se cruza de brazos, arqueando una ceja, pero cuando Rachel suspira y no está detrás de ella sino a su lado me fijo en que es Valeria.

¿Lleva aquí mucho tiempo?

—Bueno, qué, ¿vas a disculparte?

Me quedo observándola un segundo. Hacía mucho que no la veía, o al menos a mí me ha parecido mucho tiempo. El corazón me da un vuelco e intento volver los ojos a María, carraspeando.

—Hum, supongo… Puede que haya exagerado un poco… Eh…

Ella espera. Valeria echa la cabeza hacia delante e insiste:

—¿Y…?

—No me… no me molestas tanto, en realidad —murmuro—. Quiero decir, eres un poco insistente, pero eres simpática.

Rachel asiente, como si se sintiera satisfecha, y noto que me sonrojo al obtener su aprobación. María sonríe muchísimo.

—Ah, pues… genial, gracias. Por lo de simpática, digo. ¿Y me alegro, creo? —Mira a Rachel, luego vuelve a mirarme a mí—. Tengo que irme. Chao.

—Adiós, nos vemos —le dice Rachel, mirándola marcharse. Cuando la puerta se cierra y el sonido de la campanita lo llena todo, se vuelve hacia mí y sonríe—: Buena salvada, me alegro de que hayas hecho eso.

Me encojo de hombros y me muevo hacia el último pedido.

—A trabajar.