Pájaro azul
Capítulo veinticuatro
«She looks like she’s
lived longer than
anyone I know [34]».
A Parasite, SARAH CROSSAN
Simon
Después de varios días pasando de mis mensajes y llamadas, el miércoles siguiente María aparece en la tienda sin dar ninguna explicación.
Quería que viniera porque tengo ganas de verla. Me apetece mucho hablar con María ahora que sabe más de mí, porque es un alivio, porque parece que por fin alguien me entiende. Ni siquiera sé qué me gustaría decirle si viniera ahora, pero tal vez podríamos ponernos a investigar o, yo qué sé, comentar cualquier chorrada; la verdad es que me sirve lo que sea. Me he dado cuenta de que en realidad disfruto bastante de su compañía, estemos en la carretera o no (le cuente o no cosas que no le cuento a ningún otro alguien), y supongo que es algo bueno, porque… porque… porque estar con ella me hace sentir bien, y hace tiempo que no me siento exactamente bien con nadie.
Al rato de pensar eso, como si la hubiera invocado, la campanita suena y aparece ella.
Le sonrío en cuanto la veo entrar, ilusionado, pero ella levanta la mano de forma bastante impersonal y, agarrando una de las cestas de plástico que tenemos en la entrada, se mete en un pasillo y dejo de verla.
Al principio es raro. No saludar es definitivamente algo que ella no hace, así que salgo de detrás del mostrador y voy a donde está. La encuentro agachada mirando distintos tipos de fideos cuando llego; escoge unos, se incorpora despacio y luego empieza a mirar más de cerca las legumbres, ignorándome.
Frunzo el ceño. Que haga esto no es muy normal, y de repente me siento incómodo.
—¿Dónde has estado toda esta semana?
No responde enseguida, solo detiene un momento el brazo en el aire antes de volver a dirigirlo hasta el estante donde están los garbanzos. Tras unos segundos sin decir nada, acaba soltando un minúsculo suspiro y se vuelve hacia mí sonriendo débilmente.
—Hola. He estado en casa, eh…, meditando. Me ha surgido una cosa, algo del pasado, y tenía que hacerme cargo de ello. Perdona por no haberte hablado ni contestado.
Arqueo una ceja.
—¿Qué significa eso?
—¿El qué, «perdona»? Es una cosa que dice la gente para disculparse.
Pongo los ojos en blanco y resoplo.
No, joder, eso de meditar. Qué intenso. ¿En qué peli te has metido tan de repente?
Su expresión se queda congelada en una mueca rara durante un instante, lo suficiente para que me sienta culpable por haber dicho eso. Desvía la vista. Le sale una risa suave, la risa menos risa que he oído en mi vida, probablemente, y cuando abro la boca para añadir que no lo decía con mala intención, ella sacude la cabeza y vuelve a mirarme.
No significa nada, qué tontería. ¿Os quedan zanahorias?
No me muevo, inseguro. Por mucho que ahora ella intente mantener esa especie de sonrisa, me parece que la he cagado, aunque no sé exactamente en qué momento o por qué. Me separo de la estantería, poniendo entre los dos un poco más de distancia, y miro hacia donde están las verduras, aunque puedo verlas desde aquí.
—Creo que sí, voy a ver.
Ella me sigue. Le pregunto cuántas zanahorias quiere y me dice que tres. Asiento. Parece un poco distraída, como si solo hubiera venido por obligación y estuviese intentando prestarme la mínima atención posible para no entretenerse y poder volver adónde haya estado escondida todo este tiempo. Al menos, esa es la sensación que me da. Me siento un poco incómodo. No sé si de verdad he hecho algo o no, pero, tras un rato en silencio que se me hace eterno (vale que no teníamos por qué decirnos nada mientras yo pesaba las zanahorias y ella colocaba sobre el mostrador las cosas que había metido en la cesta), no puedo resistirlo y pregunto:
—Oye, ¿qué pasa?
Ella alza la vista hacia mí, sus ojos grandes y azules y brillantes como siempre.
—¿Con qué?
—No lo sé, contigo. ¿Qué te pasa?
—¿A mí?
—Sí. ¿No quieres decírmelo, o qué?
Se queda mirándome fijamente, como intentando decidirlo. Luego aprieta los labios un poco y, por tercera vez desde que ha llegado, su única respuesta es una sonrisa. Una sonrisa complaciente. Para que me quede contento. Frunzo el ceño, molesto, pero antes de que vuelva a gruñir su voz se adelanta:
—No es que no quiera decirte algo, Simon, es que no ha pasado nada. De verdad.
—Pues no lo parece. ¿Es algo que tiene que ver con lo nuestro, con lo que estamos buscando, o algo así?
Su sonrisa disminuye.
—No. Simplemente he estado con otras cosas, pero no es nada que…
—¿Con qué? —interrumpo.
—¿Qué?
—¿Con qué cosas?
Frunce un poco el ceño.
—Pues yo qué sé, Simon, con algo distinto. ¿Te crees que todo lo que hago tiene que ver contigo? Mi vida no gira en torno a esta investigación, como la tuya, así que relax.
Echo la cabeza hacia atrás, sorprendido por la agresividad de un tono suave. En cuanto deja de hablar se hace el silencio; hay unos instantes de vacío absoluto en los que no se oye ningún sonido, ni de los congeladores ni de la calle ni del piso de arriba, y entonces todo vuelve de golpe y siento que la cara me quema tanto que me va a explotar.
Desvío la vista.
—Tampoco tenías que hacer eso, no hacía falta —murmuro.
—¿Hacer qué?
—Humillarme.
—¿Qué?
María
Me siento increíblemente cansada. En realidad no he hecho nada en toda la semana, solo lo que se supone que es mi obligación (trabajar, comer, hacer la cama y dormir ocho horas cada noche), así que no sé exactamente por qué parece que me ha pasado un camión por encuna. ¿De dónde viene el agotamiento máximo, de hablar con Chris? ¿De volver a tener un contacto real con él después de tanto tiempo?
¿De explicarle por qué llevo sin verlo tres años e intentar no sentirme como si le hubiera puesto una excusa?
No parece haber pasado tanto tiempo, pero cuando todo explotó yo tenía quince años y ahora estoy a punto de cumplir diecinueve.
Nada más leer lo que me había escrito le mandé dos cartas. La primera era corta, breve y ansiosa (no sabía bien qué decir, así que solté lo primero que se me ocurrió); en la segunda, cuando ya me había calmado un poco, le pedí perdón por la mayoría de las estupideces que había gastado tiempo en decir y me pareció muy importante aclarar que, si no había ido a verlo cuando aún vivíamos en el mismo país, había sido porque sin el permiso de Ben o su presencia física no podía hacerlo. Porque era menor. Le hablé rápidamente de cosas en las que hacía casi un año que no pensaba, no sé por qué, supongo que simplemente salieron, y luego le dije que había recorrido todo el camino desde la parada del bus hasta la puerta de la cárcel el día anterior a irme de allí, aunque me había dado a la vuelta justo al final porque pensé que, si lo veía, no podría marcharme.
Escribí sobre todo lo que se me ocurrió, páginas y páginas. Creo que nunca había escrito tantas cosas, y para todo lo que conté ni siquiera me ocupó tanto. Sin embargo, eso no debería ser suficiente para drenarme del todo la energía, ¿verdad?
¿Verdad?
Da igual. Lo sea o no, lo cierto es que no tengo fuerzas para lidiar con Simon ahora mismo.
El experto en presionarme y luego hacerse el inocente tiene la mirada baja cuando mis cejas suben movidas por la incredulidad.
—¿De qué estás hablando? Yo no te he humillado.
Suelta el aire por la nariz muy fuerte, como un niño cabreado, y al hacerlo planta algo en mi pecho que ni es mío ni merezco: culpabilidad.
Repaso lo que he dicho, mis palabras exactas: mi, vida, no, gira, en, torno, a, esta, investigación, como, la, tuya. Son todas normales, ninguna fuera de lugar, ninguna ofensiva.
Entonces, ¿a qué viene su cara? ¿Por qué parece dolido y ofendido? Yo soy la que está dolida. Yo soy la ofendida. ¿Qué derecho tiene él de tirar de mí intentando sacarme algo que no quiero compartir ahora y encuna enfadarse cuando cambio de tema?
Desde que empezó a abrirse es como si ese grifo se hubiera roto y ya nada pudiera cerrarlo. Es como si le debiera algo porque ha decidido confiar en mí, como si, por intentar ayudar (o por haber querido entrometerme), hubiera metido la cara de lleno en la caja de Pandora. Que vale, entiendo que uno tenga frustraciones, que se queje de las cosas que le pasan, que, que, que… Pero no se puede ser tan susceptible.
—Y entonces, ¿qué era ese comentario tan innecesario que te ha dado por soltar?
¡No ha sido un comentario innecesario, ha sido un comentario sin más! ¿He mentido?
No lo he hecho y lo sabe, y ese es el problema, supongo; que le ha dolido porque es una verdad como un templo, y le he expuesto.
No tengo bien el cuerpo. No tengo bien el corazón. No tengo la mente como para pasar por esto ahora, para tolerarlo, para perdonar su estupidez solo porque… porque…, ¿por qué?
Ni siquiera recuerdo qué motivos tengo para aguantar que se porte así conmigo.
Él se echa un poco hacia atrás, poniendo algo más de distancia, y empiezo a agobiarme tanto que comienza a picarme la nariz por dentro, como siempre que me vienen las ganas de llorar. Se queda mirando las cosas que he escogido, que ahora esperan repartidas por la mesa, y entonces dice:
—Las zanahorias y todo lo que llevas ahí son 5,3 euros.
—Ya no quiero nada de esto.
Él se queda mirándome con ojos serios y a la vez lejanos, como si estuviera viendo algo que da a otra dimensión.
—Bueno, lo necesitarás igual, ¿no? Aunque no lo quieras, l’ara comer y eso.
—No. Se me ha quitado el hambre del todo.
—¿Para toda la semana?
—Y para todo el mes.
Gruñe, poniendo los ojos en blanco. Ya no me mira, y parece que no sabe bien qué hacer con su cuerpo, o adónde dirigir la vista si no es a mí o qué más decirme.
De repente no tengo ni idea de cómo leerlo o qué interpretar del lenguaje de su cuerpo, así que me alejo un poco. Unos pasos. Intento observarlo desde más distancia, como si ya no fuera un ser con el que yo interacciono, sino un artículo de exposición o el animal de un zoológico que no sabe cómo salir de su jaula y tiene debajo una etiqueta en la que pone «Homo sapiens sapiens», aunque realmente muy sabio no sea.
Cuando por fin alza la vista, probablemente para contrarrestar que yo lo observe con tanta atención, me parece que su mirada podría reducirme al ser más pequeño del mundo.
Una vez deseé convertirme en algo diminuto —en mi otra vida, lo recuerdo—, pero ya no quiero serlo nunca más.
Entonces ¿qué, has venido para esto? ¿Te has desplazado hasta aquí para revolvérmelo todo un poco, darme más trabajo y luego marcharte sin más? Seguro que te debe parecer gracioso.
—¿Tú ves que me esté riendo?
Vuelve a resoplar de esa forma. Yo frunzo mucho el ceño.
—No, Simon, en serio, ¿ves que algo de esto me esté haciendo el mínimo de gracia?
—No sé por qué sigues aquí, María. Me parece que deberías irte.
—Pues sí, pero voy a irme cuando yo quiera, no cuando tú me lo digas. ¿Qué demonios ha tenido que pasarte para que a la mínima que alguien te dice algo que no te suene suave o complaciente te pongas así, puedes explicármelo? Porque, de verdad, quiero entenderlo.
—¿Te parece normal que yo me preocupe por ti y que tú me respondas…?
—Eso no es preocuparse. De hecho, ni te has preocupado hoy ni te has preocupado nunca. Siempre que hablamos todo es tú, tú, tú, tú, tú, tus sentimientos y lo que tú echas de menos y tu vida. Pero ¿y yo? ¿Acaso te importa lo mío?
—¡Me estaba importando!
Estamos alzando mucho la voz, pero ni puedo ni quiero pararlo. Es la primera vez que experimento esto, que discuto y sé qué hacer con mi boca y que no me tiembla el cuerpo, y me gusta la sensación de controlarme totalmente y ser yo quien tiene la mitad de la fuerza. Estoy decidiendo pelear. Podría volver a ser una persona más conciliadora, a intentar disculparme y dejar pasar esto, pero no quiero hacerlo, porque soy yo la que está harta y yo la que ha escogido dejar de callarse.
Pues que te importe mejor, o de verdad —digo—. Tampoco sabrías por dónde empezar, porque no sabes nada de mí. ¿Me conoces acaso un poco?
No dice nada. Me río, ahora sí, porque o hago esto o me echo a llorar.
Él sigue al otro lado del mostrador, apartado, alto como un gigante y con esa muralla física y real separándonos y protegiéndolo. Estar ahí le viene muy bien y sé que no va a moverse.
Pues vale.
—¿Tú crees que alguien puede soportar a una persona así, Simon? Por eso se va todo el mundo. Y no es porque estén en tu contra, es porque tú te pones siempre contra ellos, aunque nadie intente hacerte nada. Eres tú, con todas… con esas espinas.
Entrecierra los ojos, dolido. Yo me vuelvo y camino hacia la puerta. Tengo ganas de llorar, pero creo que no podría añadir nada más. Y tampoco puedo quedarme.