Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 15 de 42

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Pájaro azul

Capítulo catorce

 

«I moved to an island without roads because I saw you on all of them. 1 don’t

wanna forget you, I just want to forget what happened[14]»

@sunflxwr en Twitter

 

María

Volver a casa es como salir de un sueño bueno parar entrar en otro que se parece terriblemente a una realidad que no me gusta.

Cuando llego a la habitación está vacía, las cosas de deporte de Danielle están tiradas en el suelo, y me quedo mirándolas hasta que tengo la sensación de que han estado ahí desde siempre. Todo es especialmente raro, más que nunca; el cuerpo me pide suelo, como si la gravedad me afectara demasiado, pero en vez de eso prefiero evitar el frío y me pongo el pijama rápidamente, me meto en la cama y me escondo bajo el edredón. Antes de quedarme dormida llamo a la oficina de limpieza para avisar de que estoy enferma porque he pillado un resfriado, y debo sonar muy mal, porque la mujer que responde me dice que vale y que me recupere rápido, y cuelga.

Al día siguiente, cuando abro los ojos, la sensación de cansancio y pesadez no solo sigue ahí, sino que es más grande. Me llevo una mano al pecho. No siento mi corazón, como no lo he sentido otras muchas veces, pero no entiendo muy bien qué he hecho hoy para perderlo. Eso me pone muy triste. Intento palparme para encontrarlo, pero no está y, solo por si acaso, me levanto y me corto las diez uñas de las manos para prevenir cualquier peligro.

Danielle ha venido y se ha ido en algún momento durante mi sueño, así que cuando me despierto después de eso lo encuentro todo un poco más recogido (se lleva la bolsa de deporte cuando va al gimnasio, así que ya ha debido volver de la universidad…, ah, sí, su portátil está ahí encuna). Estoy otra vez sola. Eso me agobia. Es un agobio muy básico y muy antiguo, algo que no había sentido en mucho tiempo, y me alegro y me frustro al mismo tiempo por haberme quedado sin armas antes de la última siesta, aunque supongo que al final es para mejor.

Sin embargo…, no. No puedo quedarme así, no puede ser lo único. Aún lo siento dentro. Me arrastro hasta el escritorio en la seguridad de mi soledad, saco un folio y me enfrento al papel blanco: se supone que hay algo que siempre me hace sentir bien, algo que por eso mantengo, una única cosa con la que me permito ser egoísta.

Lo único que sale es:

 

Querido Chris: (

 

Al intentar decir algo más, se esfuma. Desaparece, como si el mensaje nunca hubiera existido. Mi mano se queda quieta y se me seca la lengua, como si mi mente quisiera asegurarse de que ni siquiera digo las palabras en voz alta.

Así que vuelvo a la cama y me escondo allí y, como la luz que viene de fuera es terrible, agarro una sábana y la engancho a la parte de arriba de la litera para crear un fuerte, una cueva, una cortina que aplaque un poco el brillo y que me alivie.

Vuelvo a dormirme, pero esta vez hay dos imágenes claras rondándome. Veo las figuras de mi madre y de mi padre, aunque no sus caras.

Cuando me despierto otra vez tengo muchísima sed y salgo para reunir todas las botellas que puedo de la nevera y de mi mesa, aunque algunas de las que encuentro no son mías. Las cosas de Danielle ya no están, y sé que solo va al gimnasio después de ir a clase, así que ha debido pasarse por aquí en algún momento sin que yo me enterase. Eso me hace sentir desprotegida. Dejo las botellas sobre mi almohada (me da la sensación de que está muy caliente) y espero; mientras, miro fijamente el colchón de la cama de arriba y los cuadros que se forman por la presión contra el somier. Y los cuento. No sé cuánto tiempo me paso contándolos. Tampoco sé cómo me siento, pero no me siento bien. Puede que esté enfermando. Y tal vez sea un castigo, enfermar de verdad, sobre todo cuando he mentido sobre ello.

Se me ocurre, de repente, que tal vez solo se me apliquen mis mentiras malas, no las buenas que cuento para gustarle a la gente.

Me incorporo, agobiada. Me parece oír llegar a Danielle, pero no estoy segura, y me gustaría que el sonido se repitiera porque me lo he perdido. Ella es silenciosa, eso tengo que reconocerlo, pero ahora por algún motivo parece que lo ha sido más, como si hubiera tenido cuidado. El cuarto está en penumbra, así que ni siquiera puedo ver su sombra contra mi cortina. Escucho como muy de lejos un «¿María…?», pero no sé si viene de ella o de los cadáveres que he dejado despiertos, así que no respondo. Porque me da miedo. Intento no respirar para que piense que no estoy, y al poco creo que oigo que se mueve de nuevo y que la puerta se abre. Luego se cierra. Y es un momento, pero que desaparezca me hace sentir un poco bien y bastante mal.

Y estoy sola, otra vez. Como siempre.

¿Qué ha causado esto? ¿Por qué me siento así, qué ha sido?

Ha sido algo. El estúpido libro.

No sé de dónde lo saco, pero de repente lo tengo a mano y está sobre mí, en mis piernas. Enciendo una lamparita que tengo enganchada a la cama por dentro; el pequeño foco proyecta un brillo en la portada que hace que no pueda verla bien, pero no me hace falta porque la conozco: las flores, el camino, el efecto de que alguien lo ha coloreado todo con lápices de madera y el título y el autor encajado en un recuadro negro encuna de todo, arriba. Les nénuphars. Los nenúfares sin nenúfares. Qué concepto.

Lo abro. Y lo hago porque creo que tengo que abrirlo, porque me parece que estoy a punto de hacerme daño y no quiero hacerme daño nunca más. Intenté hacerle a Moha esa promesa. Acordarme de él de pronto es difícil, como un jarro de agua fría, y los ojos se me llenan de lágrimas al pensar que no querría tener que darle explicaciones por esto que me está pasando. «¿Por qué ahora, María? ¿Por qué?». Aunque él no haría esa pregunta. Él era bueno y paciente y ya había sufrido suficiente por culpa de las preguntas directas, así que nunca le haría una a nadie.

«Il ni y a pas de nénuphars dans ce livre. Pas un seul».

Una voz más vuelve, dura y cortante como lo es siempre. La voz de un desconocido que ya no lo es tanto: «Si ni siquiera sabes francés».

Tenía razón cuando lo dijo. No sé francés. Llevo unos ocho meses en Francia y aún no sé ni hablar ni leer bien, no puedo decir nada. No tengo voz.

Pero, por otro lado, siento que nunca he tenido voz.

Todo es mejor cuando duermo.

 

Hay una manzana y un paquete de almendras en mi cama cuando abro los ojos. No los tengo cerca, pero los toco con el pie cuando me muevo y me extraño un poco porque no tendría que haber almendras ahí. Lo primero que pienso es: «Bueno, al menos no están sueltas», pero luego me doy cuenta que debe significar que es Danielle quien las ha dejado, y me siento rara.

Me las como despacio. Bebo casi medio litro de agua de golpe, luego busco Les nénuphars e intento leerlo otra vez.

«Il n’y a pas de nénuphars dans ce livre. Pas un seul. La seule chose qui flotte sur l’eau c’est mon nez, qui est

plutôt petit et…».

Respiro hondo. No hay prisa, María, no hay prisa.

«… et a besoin de prendre l’air…».

Asomo la cabeza por la rendija de la sábana. Las cosas de deporte están en el suelo, así que Danielle está en la universidad. Salgo despacio, me siento en mi mesa y veo que allí también hay almendras, justo encuna del folio que saqué el otro día (¿cuándo ha sido?, ¿fue ayer?) para intentar escribir a mi hermano.

Las abro y las dejo a un lado. Me llevo unas cuantas a la boca. Después agarro un bolígrafo y, tras darle un par de vueltas a lo que quiero decirle, me doy cuenta de que aún no sé cómo expresar lo que en realidad no quiero decirle.

Porque esas cosas no tienen nada que ver con plantas ni con mi supuesta nueva vida ni con el color de mi aura ni con pájaros.

 

Querido Chris (no sé qué día es hoy).

¿Recuerdas cuando éramos pequeños y mamá nos llevó a

Francia en mitad de la noche? Yo te preguntaba todo el rato

dónde estaba papá y qué había pasado, por qué no había venido

con nosotros, y tú solo me abrazabas y me decías que todo

iría bien. Luego te quedaste callado. Quería que me dijerais

qué había sido de él, pero al final, al cabo de unas semanas,

me olvidé de su existencia por completo. Quiero decir que

dejé de pensar en él, pasó a formar parte de un plano

secundario y no volví a preocuparme por él, hasta el punto

de que desapareció de mi cabeza. Y fue fácil, porque era

pequeña y los niños pequeños se olvidan de cosas todo el rato.

Después de lo del año pasado había vuelto a echarlo,

cuando murió. Pero no solo a él. También a mamá, porque

ellos dos van juntos y estarán conectados para siempre en mi

mente, y… a ti. A ti también te estaba echando. ¿Qué

crees que hago con estas cartas? Dejas de ser una persona

real cuando te escribo. Es más fácil enfrentarme a ti así,

porque no existes.

No estás ahí, no eres un final. No te llegan estas

cartas. No te llegan ¿verdad? Dime que no las lees. No

las leas.

No existes. Al final eres un habitante de mi cabeza, y

yo te mantengo vivo escribiéndote.

Chris. Chris, Chris, Chris…

Te estás borrando, Chris. Es el tiempo. Ha

descubierto que no soy la única persona que ha escrito a sus

muertos, y creo que el tiempo los borra a todos, ¿sabes? El

problema es que ya no me acuerdo de tu cara, y temo que sin

invocarte ya no pueda escribirte. ¿Y si…?

 

El boli se detiene. Me tiembla la mano. No, mi mano está quieta; me tiembla todo el cuerpo. Me aparto del escritorio, abriendo los dedos despacio, y abro el único cajón que hay para sacar un sobre. Aún me queda alguno. Si no la mando hoy, no voy a mandarla nunca.

Doblo la página por donde no es, varias veces. El sobre ya tiene la dirección de Chris escrita porque no tengo a nadie más con quien hablar y un día rellené tres de golpe. «María, qué tonta». Intento meter la carta dentro, pero no cabe demasiado bien al estar mal doblada, y me pongo tan nerviosa que decido apartarme. Y respiro. Ya no puedo quemar nada («María, ya no vas a quemar nada»), pero prefiero apartarme porque, aunque ya no pueda hacerme daño, el agobio viene de todas formas.

Me siento sucia. A pesar de todo lo que he dormido, estoy cansada. Miro a mi alrededor, veo la toalla colgada detrás de la puerta y decido ir al baño. Me vendría bien una ducha.

Me llevo las almendras y me las como por el camino. El neceser con las cosas (el gel, el champú, la esponja y mis cremas) se me clava en el brazo del que me lo he colgado, pero no me importa. Lo más importante de todo, creo, es que no tengo ganas de llorar.

La ducha me sienta muy bien.

Al volver las cosas ya no están en el suelo, pero veo la colchoneta de yoga y una toalla asomar por la parte de arriba de la litera. Alzo los ojos y encuentro a Danielle mirándome desde ahí; me sonríe un poco cuando la pillo, tímidamente. Consciente, me aliso la camiseta y cuelgo la toalla mojada donde estaba antes, intentando aparentar tranquilidad.

—¿Qué tal estás? —pregunta.

—Bien, gracias —respondo, metiéndome en la cama.

Puede que sea un poco maleducado encerrarme otra vez sin más. Ahora que la he visto me siento un poco ridícula por tener la sábana puesta, pero quitarla me parece demasiado de repente, demasiado fuerte. Decido bajarla solo en parte, por un lado.

—¿Ha pasado algo? —pregunta desde arriba.

—No —murmuro. Me parece que he esperado demasiados segundos desde que ella ha hablado para contestar—. No lo sé, ha sido un poco así, sin más. Me pasa a veces.

—¿Quieres hablar de ello?

Sacudo la cabeza. Ella no sabe que he sacudido la cabeza, pero no me veo capaz de decir que no en voz alta. Suelto un ruidito. Intento ponerme a leer de nuevo, pero hay muchas palabras que no entiendo bien y que ralentizan demasiado mi lectura. Suspiro. La litera se mueve cuando ella baja y me tenso pensando que va a mirarme y a presionarme para que diga algo, lo que sería terrible porque no tengo ni idea de qué decir, pero no lo hace.

Se pone a trastear por la zona que no veo, pasa a mi lado con su bolsa cargada de ropa y luego espera un minuto y escucho de nuevo su voz:

—Voy a la lavandería. ¿Quieres que te baje algo? No tengo muchas cosas, así llenaría la lavadora. No lo sé…, las sábanas o la toalla o…

Sábanas limpias. Solo de pensarlo me relajo. Sí, lavar mis sábanas estaría bien. Después podría colgarlas en la puerta, se secarían enseguida. Me levanto, aceptando su oferta, y le doy las gracias, a lo que ella sacude la cabeza.

Le pregunto si necesita algo. «¿Vas a salir?», responde, y me descubro diciendo que sí, aunque no sé cuándo lo he decidido. Ella también parece un poco sorprendida.

Oh, pues eso es genial. Pues… podrías traer leche, si pasas por la tienda. ¿Te la pago luego?

—Te la traigo gratis, no te preocupes. —Arranco las sábanas y se las paso.

—Gracias. —Las mete en su bolsa y luego se la cuelga al hombro—. ¿Te veo más tarde?

Asiento, sonriendo un poco. Ella se me queda mirando aún un segundo más. Tiene una expresión un poco más preocupada de lo que me gustaría y, cuando pienso en eso, me acuerdo de la comida que me ha dejado por ahí. Me parece que debería agradecérselo.

No me da tiempo, sin embargo; antes de que pueda abrir la boca, ella lo hace también y dice:

—Oye, no sé si es raro, pero ¿te gustaría que cenáramos juntas, más tarde? Tengo comida de sobra y puedo cocinar. Y compartimos cuarto, quiero decir… No tenemos que comer solas siempre.

Me cuesta un poco procesarlo. Pestañeo. Ella parece un poco nerviosa.

—¿Cenar? —repito.

Asiente.

—Pues… cenar me parece genial, Danielle. —Intento que la sonrisa sea un poco más grande ahora, para que sepa que, aunque me ha sorprendido, lo digo de verdad—. Gracias.

No dice nada más. Se da la vuelta y se va con la bolsa llena de ropa. Yo me visto de manera un poco más decente, me abrigo bien (aún tengo el pelo mojado y no quiero resfriarme de verdad) y salgo.

Lo único que me llevo es mi teléfono, las llaves, un billete de cinco euros para la leche y el libro. Voy buscando un parque.

Cuando lo encuentro, me siento en el banco que me parece más adecuado y, esta vez tomando aire, empiezo de nuevo:

I.

Il n’y a pas de nénuphars dans ce livre. Pas un seul. La seule chose qui flotte sur l’eau c’est mon nez, qui est

plutôt petit et a besoin de prendre l’air, parfois un cil qui se détache et remonte à la surface. L’eau est toujours dormante dans la baignoire. Souvent invisible et désagréablement transparente, j’aime utiliser de la mousse pour cacher ce qui se

trouve en dessous. (C’est moi, ce qui reste en dessous.)[15].

Y no lo entiendo todo, pero no me hace falta. Porque no necesito entender. Porque de repente confío en mí un poco (no sé de dónde saco las fuerzas) y empiezo a imaginar lo que significan las cosas con la confianza de que se acercan lo suficiente a lo real como para que nada chirríe. Y me gusta. Aunque sea difícil y confuso, leo y me gusta.

Y entonces, cuando siento que ya he leído todo lo que tenía que leer, cierro el libro despacio y me quedo mirando la portada llena de flores hasta que siento que estoy preparada para volver.

Y vuelvo.