Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 23 de 42

Páginas del PDF

Pájaro azul

Capítulo veintidós

 

«… he deliberately destroyed a nest of swallows, killing them all. He said he was right to do so: those little birds kept falsely accusing him of having

murdered his father!» [28].

On Conscience, MICHEL DE MONTAIGNE

 

María

 

Querido Chris (6 de marzo)

Todavía hace algo de frío, pero el tiempo es agradable. Estoy

viajando un poco, aunque tengo trabajo y poco tiempo y dinero, pero vale la

pena porque estoy viendo cosas interesantes. Me parece que he mejorado

bastante el francés, lo suficiente, al menos, como para hablar con gente

por ahí sin necesidad que mi amigo me corrija todo el rato. También he

empezado a leer cosas con un poco más de nivel, ya sabes, para ir

practicando.

Espero que tú estés bien.

 

María Quién me habría dicho hace un año que mi vida sería así, que iba a vivir todo esto.

Quién me habría dicho que viajaría por Francia, que aprendería del todo otro idioma, que parecería casi (casi) una persona normal.

Quién me habría dicho que no tendría que volver a pensar en ellos como la responsable indirecta de casi tres muertes.

Mi vida es así ahora. Mi vida es diferente. Esto es lo real, lo que me está pasando, lo que vivo todos los días. Lo que yo era antes de llegar a esta pequeña ciudad del Sena Marítimo es como un sueño que no puedo recuperar bien, como una pesadilla, como algo que siempre he visto desde fuera porque, en realidad, debió pasarle a otra persona.

No le doy vueltas, no tantas como parece. Realmente no pienso en ellos. No pienso en ese último incendio, ni en la última vez que fui y no entré en el hospital, ni en el día que arrestaron a mi hermano. Lo recuerdo todo como recuerdo libros y películas, sin saberme bien los detalles, y en realidad no temo que se me olvide a consecuencia de esa desconexión.

Ni siquiera soy igual que la María que llegó al país en mayo o junio, tirando hacia el este en vez de hacia aquí. Me acuerdo de cuando llamé a la puerta de la finca de los tíos abuelos y de que me sentía tan nerviosa que pensé que sufriría un infarto. No fueron ellos quienes abrieron, sino una chica que más tarde supe que se llamaba Iza y que vivía allí para cuidar de ellos todos los días de la semana, y no sé si fue mejor o peor tener que pasar por ella antes de hablar con las personas a quienes había ido a ver.

—Señora Benoit, esta niña dice ser su nieta —anunció la chica tras conducirme por un pasillo basta la parte de atrás, donde estaba la terraza. Su cara era seria y parecía cautelosa, como si desconfiara (con razón) de que hubiera aparecido de pronto una nieta perdida, a lo Anastasia.

La tía Edmée se quitó las gafas de sol que llevaba con unas manos finas y temblorosas, moviéndose despacio hasta sujetar las patillas con extremada delicadeza. Recuerdo que me quedé fascinada con ese movimiento. Abrió los ojos lentamente, como si así le resultara mucho más cómodo ajustarse a la luz, y después los alzó ceremoniosamente hacia mí.

Eran unos ojos buenos.

—Ma petite fille! —preguntó, mirándome de arriba abajo. Hasta ese momento no había pensado en qué aspecto tendría, y me avergoncé por parecer un desastre y porque pensé que probablemente olía un poco mal. La mujer parecía demasiado confundida como para preocuparse por eso, de todas

formas, y añadió—: [29] Mais moi, je n’ai pas de petite…

— [30] Je suis la fille de Joséphine —interrumpí, farfullando. Me temblaba todo el cuerpo ante cómo pudiera reaccionar.

Durante los segundos de silencio que siguieron a lo último que había dicho, me pregunté si la chica estaría ofendida por no haberle explicado el parentesco completo y si me echaría de la casa. Los ojos de la tía abuela seguían examinándome, aunque solo había subido un poco sus escasas cejas y no estaba muy segura de cómo iba a reaccionar.

— [31] María? María, c’est vraiment toi?.

El corazón me dio un vuelco cuando dijo mi nombre. Empecé a asentir muchas veces, muy rápido, y sus manos se movieron despacio y temblando hasta su pecho.

—Mon Dieu, ma fille… Mais… qu’est-ce que tu fáis ici, chérie? Et ta

mère[32]?

Fruncí los labios y la miré fijamente. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no me achanté. No había forma de que yo pudiera explicarle todo lo que había pasado con el nivel básico de francés que había aprendido en el instituto (solo habría podido decirle: «Elle est morte», y no quería que se enterara de lo que le había pasado así), de modo que simplemente me quedé callada como forma de evitar el asunto.

Me observó un poco más y, poco a poco, también apretó los labios. Después, despacio, alargó una mano hacia mí y dejé que me agarrara los dedos.

Aquellos dedos habían estado llenos de llamas hacía una semana o menos, pero ya no me salían.

En aquel momento aún intentaba aprender a seguir viviendo sin ellas.

Ahora me miro las manos y las veo limpias, puras, como si nada malo las hubiera cubierto jamás, como si nunca hubieran intentado hacerme algo malo. Ahí está la diferencia, supongo. Eso es lo que ha cambiado. Antes no podía mirarlas sin sentir repulsión, y era capaz de separarlas tanto de mí que conseguía culparlas de mis errores y malas decisiones, como si realmente no tuviera control sobre ellas; ahora, estas manos me ayudan a trabajar, y me satisface lo que hago con ellas, y solo raramente tengo que preocuparme de que estén bien. Son manos buenas, creo. Y son mías, yo las controlo.

Ahora sé eso y ya sé usarlas.

Mi vida ahora es distinta, pero he aprendido de ello.

A la vuelta de Rennes, Simon aparca en su casa e insisto en que me deje ir andando desde allí porque el paseo a la residencia de estudiantes me parece cada vez más agradable; a veces tomo caminos más largos solo para disfrutar de calles con un encanto que jamás les había visto a las de casa. Cuando llego al foyer estoy dispuesta a subir para recoger mis cosas e ir a los baños a ducharme, y también se me ocurre que tal vez después pueda bajar al gimnasio a hablar con Dani mientras ella se ejercita. Me gusta hacer eso, parlotear mientras está en la bici o sube peso con las piernas poniendo cara de que en realidad no le está costando un montón.

Sin embargo, nada más pasar la puerta y dirigirme hacia la de cristal, que solo se puede abrir con una tarjeta de inquilinos, la mujer de la recepción, Marie France, chasquea los dedos y la lengua y me llama.

Cuando la miro me hace un gesto con la mano para que me acerque.

—María, ¿verdad? —pregunta cuando lo hago, y yo asiento—. Claro que sí. Me acordaba, solo es que a veces me hago un lío. —Está mascando un chicle y tiene cara de que lleva queriendo salir a fumar unas dos horas, pero aun así es amable. Señala con la cabeza una caja que tiene a su derecha, a la que yo puedo acceder, y me dice—: Tienes correo.

—¿Correo?

—Sí, y desde hace bastante, la verdad. Nunca bajas a mirarlo, y como sea algo importante…

Sé por Danielle y la chica con quien vivía antes que en este sitio, aunque puedes recibir cartas, nadie sube a tu habitación a entregártelas. En parte lo entiendo, porque somos como cuarenta habitaciones por planta, la mitad dobles, y si hubiera que pasearse por los cinco pisos habitados a dar a todo el mundo sus tonterías, sería un suplicio. Por eso está «el Buzón», como lo llama Dani, que es una caja donde van dejando todo el correo y por donde tienes que pasarte de vez en cuando a echar un vistazo a todas las cartas a ver si hay alguna que sea para ti. Muy seguro no me parece, y menos si has pedido algo por internet y a alguien le da por quedárselo, pero algo es algo y aquí la gente es un poco más decente que en el sitio del que vengo.

¿Por qué nunca bajo a mirarlo, como ha dicho Marie France? Porque yo no espero nada.

Cuando vuelve a señalar la caja, el estómago me da un vuelco y se me aceleran las pulsaciones de golpe.

Pero nadie tiene mi dirección…

—Ha debido de haber una equivocación —murmuro, sintiendo de repente que estoy muy cerca del mostrador, y de la caja, y de ella—. Yo no estaba esperando ninguna carta. Tal vez sea para mi compañera de cuarto, Danielle Baraud…

La mujer se incorpora y, sin decir nada, se inclina sobre el Buzón. Me da la sensación de que encuentra lo que busca demasiado pronto.

Nadie tiene mi dirección, nadie tiene mi dirección, nadie tiene mi dirección. Nadie puede mandarme nada.

—¿Te llamas María? —Ella ya lo sabe, porque literalmente acaba de preguntármelo, pero de repente me choca porque lo pronuncia de una forma demasiado española, demasiado marcada. Aquí nadie pronuncia mi nombre así, de modo que tardo en reaccionar, pero al final asiento—. ¿Vives aquí? — Asiento otra vez—. Entonces me parece que eres tú.

Extiende la mano hacia mí con la carta entre los dedos. Es un sobre blanco con algo escrito que no puedo leer desde aquí y que tampoco quiero ver. Me acerco un paso y la agarro.

Le doy la vuelta. Se me enfoca la vista. En el destinatario, con una caligrafía que hace mucho tiempo que no veo, pero que reconozco, está escrito claramente:

A María Gaudet-Benoit

Foyer d’étudiants Les Tournesols

4 Rue 78 - Míchelet

76500 Elbeuf

France

Me parece que me mareo. Siento que voy a caerme, me parece que voy a hacerlo, pero al final no lo hago.

Le doy las gracias a Marie France, me doy la vuelta, entro en el ascensor y subo.

Voy en modo automático porque mi corazón se ha vuelto robótico para poder aguantar el trayecto hasta un lugar seguro, aunque mi cabeza se haya puesto a funcionar sin parar.

Tengo una carta de Chris, tengo una carta de Chris, tengo una carta de Chris. Me ha mandado una carta.

Para comprobarlo (como si existiera la posibilidad de que fuera una equivocación, aunque no hay ninguna), le doy la vuelta al sobre y la luz del ascensor parpadea un poco, blanca y brillante y terrible, y lo ilumina:

Christophe Gaudet-Benoit

Christophe, Christophe, Christophe, Christophe.

(Gaudet, Gaudet, Gaudet-Benoit). Me ha encontrado, me ha encontrado, me ha encontrado.

¿Cómo me ha encontrado, cómo ha…?

Me da la sensación de que la puerta se abre sola cuando estoy a punto de entrar en mi cuarto, como si hubieran estado siguiendo mi tambaleo y hubieran esperado a que llegara. Dentro no hay nadie, o al menos nadie que yo vea, solo un espacio más grande de lo normal y como distorsionado. Todo se mueve un poco. Me siento en mi cama —está hecha, ¿cuándo la he hecho, esta mañana?— y sujeto la carta como si fuera un tesoro, con el doblez apuntándome, una flecha que me señala porque la destinataria soy yo, soy yo, soy yo, María Benoit, María G-y-algo, o María como sea, pero yo.

—¿María? —La cabeza de Danielle se asoma por arriba y me asusto, o eso creo, porque en realidad no siento ningún miedo en el cuerpo—. Te has dejado la puerta abierta.

¿La puerta? ¿Qué me importa una puerta cuando…?

—Oye, ¿estás bien?

Dani se baja de la litera de arriba, se acerca a mí despacio y se sienta a mi lado, detrás de la escalerita de la cama. Mira el sobre que estoy mirando yo (mi nombre completo sigue acechándome de una manera horrible) y luego sus ojos vuelven a mí, confusos y llenos de interrogantes.

—¿Qué es eso?

—Una carta —murmuro, aunque no sé de dónde me sale la voz.

Danielle se mueve ágilmente hacia el fondo de la habitación para cerrar la puerta, luego vuelve a mi lado y pone una pierna detrás de mi cuerpo y otra colgando del borde, en una postura que de alguna forma parece rodearme y protegerme. Me gustaría saber si mi respuesta la ha dejado satisfecha («una carta» parece algo demasiado inespecífico, ¿no?).

—¿Christophe?

¿Es una pregunta real, Danielle? ¿Te preguntas quién es? ¿O quieres saber por qué me ha escrito, como yo, por qué han llegado sus palabras hasta mí aunque me haya ido tan lejos?

Vuelvo la vista hacia ella.

—Es mi hermano.

A ella le he hablado de Chris, pero no se acuerda. No se acuerda, no se acuerda. ¿Eso es porque en realidad no llegué a hablarle de él? Estoy segura de que sí lo hice. Tuve que hacerlo, y creo que lo hice, porque Dani es la única a quien le he contado algo y lo recuerdo porque para mí fue especial contárselo. Para mí no fue cualquier cosa… Tampoco le he hablado a nadie de mi familia excepto a ella. No le he contado mucho, la verdad, pero seguro que sí que he mencionado a Chris, porque cuando pinto un cuadro en el que todo es bonito él es el protagonista.

«Es mi hermano, es mi hermano, es mi hermano». Danielle mira la carta que tengo entre las manos y, aunque ve que está cerrada, pregunta:

—¿Y qué te dice?

—No lo sé —murmuro—. No puedo abrirla.

—Pero ¿quieres saber qué ha escrito?

—Sí.

—Pues solo vas a saberlo si lo abres.

Claro. Eso es… obvio. Bajo la vista también hacia mis manos y ella, sin decir nada más, se incorpora despacio, me da un beso en lo alto de la cabeza y, tras agarrar una botella de agua y una pieza de fruta, se vuelve para arriba.

No hace falta que me diga que va a bajar cuando la necesite para que yo lo sepa. Tomando todo el aire que puedo, cierro los ojos unos instantes y, con los dedos temblando, abro el sobre.

10/02/2017

Querida María:

Leo todas tus postales. Gracias por escribirme. Eso si, lo

siento por ti, pero ni me borro ni me muevo; aquí sigo, y no voy a irme, y espero que no dejes de mandarme cosas porque leerte es la única forma que tengo de comprobar que el mundo real sigue estando ahí fuera. A veces parece que llevo repitiendo esta rutina desde hace años, muchísimos años, y es todo tan igual que no tengo manera de recordar si las cosas que he hecho han sido hace mucho o ayer. Es raro. Tus postales, por lo menos, marcan la pauta. Te echo de menos muchísimo. Me da un poco de miedo que cuando te vea no vaya a reconocerte. Espero que estés bien, porque a veces no me creo del todo lo que escribes. ¿Qué tal el fuego? ¿Sigues llamándolo así? ¿Sigues estando tan nerviosa?

Espero no asustarte con esta carta. No sabía qué hacer

cuando vi que escribías por primera vez tu dirección. Sé que probablemente te agobies, pero no pasa nada, no voy a acosarte. Me gustaría hablar contigo, porque puedo entender que te hayas ido y no puedo reprochártelo, pero también quiero decir cosas y

espero que tú también lo entiendas. Aunque depende de ti, claro. Yo, hasta tener respuesta, no voy a escribirte más.

(Buena forma de evitar el rechazo, ¿eh?). No sé qué más

decir, la verdad. Pero no dejes de escribirme. Ni sobre pájaros ni sobre colores ni sobre plantas.

Te quiero, pequeña.

Christophe Gaudet

P. D.: Estoy muy nervioso. He escrito esto como unas cuatro veces antes de decidir que esta respuesta es más o menos buena.