Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 17 de 42

Páginas del PDF

Pájaro azul

Capítulo dieciséis

 

 

«There’s a bluebird in my heart that

wants to get out

but I’m too clever, I only let him out

at night sometimes

when everybody’s asleep.

I say, I know that you’re there,

so don’t be sad[17]».

Bluebird, CHARLES BUKOWSKI

 

Simon

María viene a la tienda constantemente y, aunque en el fondo me gusta que lo haga, me parece tristísimo que sea su forma de pasar el tiempo libre. En realidad ahora mismo es un poco la única aliada que me queda, así que me alegro de tenerla cerca para cuando me hace falta sentirme apoyado, pero también me parece que lo único que nos une es que somos un par de pringados solitarios sin nadie más a quien molestar.

El lunes a las cuatro en punto, una hora después de que yo haya llegado, ahí está: abrigada, sonriente y con apariencia de contenta, y de alguna forma deja que eso entre con ella en la habitación, como todas las veces.

—¡Buenas tardes! ¿Qué tal estás hoy?

Pongo los ojos en blanco. Dios, si tan solo no gritara siempre. Un señor asoma la cabeza con cara de molestia desde uno de los pasillos y ella lo ve y se disculpa, pasando rápido hasta donde yo estoy.

—Perdón —susurra (ahora sí, ¿no?). Cuando llega, sonríe de nuevo—. ¿Qué tal todo?

—Bueno, la cosa estaba tranquila hasta que has aparecido.

Arqueo una ceja y ella se sonroja un poco.

—¿Siempre tienes que ser tan desagradable? No me has dicho ni buenos días.

—Buenos días.

—Gracias. Qué, ¿tienes mucho lío hoy?

Señalo la página que tengo delante con la lista de cosas que hacer que entre Rachel y yo vamos apuntando. Solo hay dos tachadas en la página de hoy.

—Tengo que colocar lo que ha venido y hacer unas llamadas antes de las cinco, así que sí, un poco.

—Ah. ¿Me voy?

—No, no. Si no molestas, pero no voy a poder hacerte demasiado caso.

Parece contenta cuando digo que no molesta.

—Me quedo aquí leyendo, no te preocupes —murmura.

—O puedes pasar a la salita y sentarte ahí. Si dejas la puerta abierta y quieres hablar puedo oírte, más o menos.

La boca se le ensancha en una sonrisa gigante y un poco burlona.

—No puedo creerme que me des permiso para pisar la sala vip de este sitio. —Antes de que yo proteste o pueda retirarlo porque es tonta, ella rodea el mostrador corriendo y abre la puerta—. Pero ¡si esto es enano! ¿Cuánta gente cabe aquí?

—No seas ruidosa.

—¡No lo soy!

—Caaalla.

Entra en la salita como si hubiera estado ahí mil veces. Hay algo que me gusta y me incomoda al mismo tiempo de la forma que tiene de acoplarse a los sitios, de ocupar los espacios, como si sintiera que en parte son siempre un poco suyos aunque los pise por primera vez.

Antes de que me dé tiempo a reaccionar ella deja su bolsa sobre la mesa, saca un libro y también una pequeña libreta de anillas que deja a un lado, como si esperase necesitarla luego.

Cinco segundos. Cinco segundos y ya se ha acomodado.

Suspiro y sigo trabajando. Sentir que está ahí me hace muy fácil la colocación y nada fácil llamar por teléfono a los reponedores, porque sé que me observa, y eso me motiva y me pone nervioso, según lo que esté haciendo.

—¿Dónde está la calle Montpellier? —pregunta.

Me vuelvo con el teléfono en la oreja mientras espero a que me respondan.

—¿Qué?

—Es por esto. —Levanta un papel haciendo una floritura con la mano y lo sacude—. Lo he encontrado aquí, es un posit que estaba pegado en la estantería.

La puerta suena en ese momento y me vuelvo a mirar. La mujer que entra me saluda. En ese momento me atienden en el teléfono y me centro en lo que estoy haciendo, que es lo que me toca.

Cuando cuelgo y cobro a la mujer, que decide comprarnos media tienda (muchísimas gracias, señora), me vuelvo hacia María.

—¿Qué decías?

—¿Qué?

—Me estabas hablando de algo.

Se queda mirándome fijamente y de repente parece que cae en la cuenta:

—¡Ah! Es verdad. Esto. —Agarra el papel de nuevo y me acerco.

—¿Qué pone?

—Es una dirección. ¿De una librairie? Librería La Citadelle, en la calle Montpellier.

—A ver, dámelo.

Librería la Citadelle, calle 92 (Montpellier).

De nada.

Es la letra de Raven.

Le devuelvo el pósit. O sea, que finalmente sí que me ha dado la dirección… Pues no la quiero. No tendría que haberla conseguido así, me hace sentir mal.

—¿Es la letra de Rachel?

Asiento.

—¿Entonces sí lo sabía? ¿Se acordó? —dice María, y sonríe muchísimo. Noto su energía renovada y su emoción, ante las que asiento vagamente—. ¡Genial! ¿Y vamos a ir? Podemos ir ahora, cuando termines. No sé a qué hora es eso, pero… ¿podríamos?

—¿Qué?

Echa la silla un poco hacia atrás y empieza a girar lentamente en ella.

—Verás, yo no tengo nada que hacer hoy y, como en la hora que llevo aquí solo han venido dos personas y eso es poquito para lo que yo he visto otros días, creo que podrías cerrar el chiringuito pronto. Si lo haces…, podríamos pasarnos.

Pestañeo.

—Pero no puedo dejar el trabajo así porque sí, no por una… fantasía.

—¿Fantasía? ¿Desde cuándo es la carta de Cécile algo que me haya inventado?

Chasqueo la lengua. No puedo decirle que todo esto está yendo por las malas, que tenía que haber sido más fácil, que en realidad me peleé con Rachel y que me hace sentir mal que ella cediera, porque no solo lo siento como algo triste, sino como algo condescendiente.

Tengo muchas sensaciones, y las odio todas.

—No lo sé, María. No es que sea inventado, es que… ahora que lo he mirado con un poco de distancia me parece un poco imposible. Imposible de conseguir, digo.

—Ha pasado una semana y algo —murmura, un poco decepcionada—. No te ha dado tiempo a poner tanta distancia. Venga, Simon.

Sigo sin entender por qué es tan importante para ti… No estabas tan involucrada antes.

—Te lo dije, sentí… sentí una conexión con Aude. Al leer el libro. Te lo… te lo dije.

Ya, pero…

—Siii-mon…

Cierro los ojos y suelto un resoplido.

Simon Moureau, te estás pudriendo. Pudriendo. Como antes. Eres un pringado.

—Solo sería echar un vistazo —añade. Cada vez usa una voz más baja—. Porfa, porfa, por favor…

—Vale. Pero cállate ya, qué agobio. Y no voy a cerrar antes boy, ya iremos mañana por la mañana, que tengo el día libre.

—¿Sí? ¿De verdad? —Se pone un poco de pie, emocionada, pero le advierto que se relaje con la mirada—. Vale, vale, ya me calmo. Jo. Genial. ¿A qué hora y dónde quedamos mañana?

—¿A las once aquí? O no, no aquí, en la esquina con la otra calle. Te espero.

¡Vale!

 

Al día siguiente a las once aparece por la calle perpendicular a la del abuelo, andando rápido y con la bolsa de tela que lleva siempre dándole golpes en la cadera. Le hago un gesto de saludo y empiezo a caminar hacia el coche antes de que llegue, para ir abriendo, pero ella se pone a correr y me alcanza enseguida.

Cuando llegamos adónde he aparcado, se planta junto a mi tartana gris, me sonríe y espera a que saque las llaves.

—No sabía que conducías. —Se agacha un poco y se pone a mirar dentro, pegando la cabeza al cristal—. ¿Es seguro?

—¿El qué es seguro, el coche?

—No, que tú conduzcas. —Se incorpora e intenta mirarme por encuna del coche—. ¿Puedo fiarme de ti conduciendo?

Resoplo.

—No sé si somos tan amigos como para que me hagas esa pregunta — digo, encajando por fin la llave y abriendo la puerta.

Ella sonríe y se mete también en el coche.

—¿Entonces somos amigos en algún grado?

La miro de reojo brevemente, pero no contesto. En realidad estoy sonriendo, pero muy poco, y prefiero que no lo vea para que no se venga muy arriba. Ella no dice nada más, por suerte, y cuando arranco empieza a toquetear la radio hasta que la enciende y suena una emisora, no sé cuál, probablemente la que estaba escuchando mi madre la última vez que usó el coche. No lo hace mucho, solo a veces, cuando mi padre tiene alguna gestión en El Havre y se lleva el que comparten los dos. A ella le encanta la música antigua, sobre todo Edith Piaf, lo cual en una mujer de su edad no es para nada un tópico francés.

—¿Miraste al final dónde estaba el sitio? —pregunta despreocupadamente.

—Sí. Está cerca de la agen… eh… Queda cerca de un sitio donde Rachel solía trabajar antes.

Ella asiente y se queda contenta. Yo frunzo un poco el ceño. No me gusta haber tenido casi un descuido; María no puede saber nada sobre Valeria, o más bien no debería, porque supondría tener que dar millones de explicaciones que no quiero dar.

Suspiro y, cuando le echo una mirada de reojo a mi compañera, veo que ha sacado la libretita de anillas que le vi ayer y que está pasando el boli rápido por encuna.

—¿Ahora no solo dibujas, también escribes? —digo, aprovechando para cambiar de tema.

—¿Cómo que escribo? Podría estar haciendo la lista de la compra.

—No creo que te haga falta eso, seamos sinceros, con todo lo que me vienes a ver…

Se ríe, pero, en vez de responder a mi pregunta, lo único que hace es encogerse de hombros y, a los pocos segundos, decir que no sabía lo que era

una « [18] citadelle» y que lo buscó ayer en internet antes de acostarse.

—Resulta que es un recinto fortificado en el interior de una ciudad, ¿sabes? Como una muralla por dentro.

Tardamos poco en llegar a la calle Montpellier. Es raro volver a esta zona después de tantísimo tiempo, aunque apenas vine por aquí un par de veces entonces, solo para acompañar a Valeria. De repente, al acordarme de ella, caigo en que hace varios días que no la veo y me pregunto si en todo este tiempo también se habrá pasado por aquí a echar un vistazo. A lo mejor ella piensa a veces en ellos, en los de la agencia, aunque según me dijo no tenía muy buena relación con nadie allí… Pero, bueno, no lo sé, podría acordarse. O no, no tengo ni idea.

Dios, ¿qué más da? Simon, te pierdes.

Aparco donde puedo en la misma calle y justo entonces se me ocurre que no es precisamente la calle más corta del pueblo y que no tenemos apuntado el número. Suspiro. La idea de María es preguntarle a quien pase, así que hacemos eso (aunque a mí no me haga mucha gracia) hasta que un hombre acaba indicándonos en qué dirección ir y el aspecto que tiene el sitio por fuera. Cuando vemos el cartel, María se emociona tanto que se pone a dar saltitos hacia allí como una niña pequeña. Demasiados saltos, demasiadas risas, demasiado todo…, ¿por quién se esfuerza?

Yo me quedo mirándolo un momento con más cuidado. «Librería La Citadelle, de la cadena Fenice». Cuando bajo la vista, en el cristal del diminuto escaparate hay también unas letras pintadas: «¡Nuevos títulos viejos durante todo el año!».

Menuda tontería.

—Venga, Simon, vamos dentro.

Lo hacemos.

En el interior solo hay tres personas, las tres claramente absortas en un mundo distinto y sin ningún contacto entre sí. Solo una levanta la vista, la que queda más cerca de la puerta, un hombre con gabardina y bufanda que me recuerda a un doctor y que sonríe cuando María le da los buenos días. Esquivamos un par de pilas de libros que parecen estar en medio —el sitio es cuadrado y pequeño, con baldas del suelo al techo y un enorme pilar en el centro de la sala que también han cubierto de estanterías, así que no es muy cómodo pasar— para acercarnos al mostrador de la caja, al fondo, donde un hombre alto en la treintena parece estar registrando los libros de una enorme pila que tiene a su izquierda.

—Buenos días —repite María cuando está junto a él, llamando su atención. Cuando él levanta la vista, una sensación extraña me recorre de arriba abajo, pero no sé decir qué es.

Hola —responde él—. ¿Puedo ayudarlos en algo?

Somos claramente más jóvenes que él ¿y nos trata de usted? No le veo el sentido.

—Sí —responde mi amiga, que parece haber decidido que hoy va a llevar ella la voz cantante—. Verás… teníamos una pregunta sobre un libro comprado aquí y nos preguntábamos si a lo mejor tú podrías…

Si tiene que ver con una devolución, lo siento mucho, pero siempre hemos intentado dejar clara nuestra política al respecto, señorita. —El tipo levanta la mano para señalar un cartel a su espalda en el que pone: «No se aceptan devoluciones» y, cuando volvemos a fijarnos en él, lo cierto es que parece sentirlo por haber tenido que decirlo—. Los libros son de segunda mano, vienen como vienen, su estado es parte de su encanto y, además, si estuviera roto, tal vez no debería haberlo…

—No venimos porque queramos devolverlo —interrumpo—. Queríamos saber si podría decirnos de quién fue un libro que se compró aquí antes de que lo compráramos, si tienen algún tipo de registro o…

—Es que estamos buscando a la dueña. Había una cosa dentro del libro que querríamos devolverle, ¿sabes? Pensamos que a lo mejor encontraríamos alguna pista que seguir desde aquí.

—Ah. —El chico parece más relajado de pronto, y nos mira a los dos—. Pues la verdad es que no tengo ni idea. Me refiero a que no creo que eso pueda saberse, pero lo cierto es que no sé si ese tipo de registro existe. Yo soy voluntario, no controlo tanto y, además, desde esta oficina poco se puede hacer… Somos casi un mercadillo. De eso tendrían que informarse en la tienda de El Havre, me temo.

—¿Cómo que en la de El Havre? —pregunta ella.

El tipo asiente varias veces.

—Sí, señorita. Nosotros pertenecemos a La Citadelle que hay allí. Somos como una habitación más de las que tienen allí, solo que separada por muchos kilómetros, claro… Nos encargamos de traer excedentes o productos que llevan mucho tiempo en sus estanterías. Ya sabe, la cadena Fenice se caracteriza por garantizar la frescura de los nuevos títulos viejos durante todo el…

—Ya, ya, durante todo el año. Lo hemos leído en la puerta. —Miro a mi alrededor, incómodo—. ¿Ni siquiera tenéis un ordenador aquí? ¿No hay alguna forma de mirar si…?

—Señor, ya le he dicho que desde aquí no tenemos control alguno. Lo siento. Tendrían que ir allí para ese tipo de preguntas. La librería no tiene pérdida, se llama igual que esta y la dirección está en la página web.

—Pero ¿tenéis página web?

María mira a todas partes, como si quisiera comprobar que no ha soñado el aspecto del sitio cuando hemos entrado, y casi entiendo que esté tan sorprendida. Que un lugar tan revuelto y pequeño esté (o pueda estar) relacionado con algo moderno y tecnológico parece un chiste.

El chico se ríe un poco tontamente y asiente.

—Sí, claro que tenemos. O sea, no es solo de La Citadelle, sino de Fenice. Es la cadena de librerías de segunda mano más grande de toda Francia, ¿saben? Nos va muy bien.

—Me alegro —dice ella, educada.

Me aclaro la garganta. María me echa una mirada.

—¿Y cuál es la web?

—Es «Chaîne Fenice» todo junto, punto efe erre. Inolvidable.

—¡Genial! Pues muchas gracias por todo, nos ha sido de mucha ayuda. ¡Hasta luego!

¡Que tengáis suerte!

—¡Sí, gracias! —María se vuelve hacia mí y me fijo en su enorme sonrisa —. Vamos, tenemos que seguir investigando en internet.

Salimos de la tienda y la visita ha sido tan breve que casi me parece que ha sido una pérdida de tiempo. El sol nos da en la cara a los dos, y es un sol casi demasiado cálido para febrero y para el frío que siento en las mejillas. Volvemos al coche comentando el sitio, lo desastroso que parecía (según mi punto de vista) y lo estético al mismo tiempo (según el suyo). Cuando abro la puerta y nos metemos dentro, María dice que lo primero que deberíamos hacer sería buscar en la web, ni que fuera para echarle un vistazo a la dirección que ha dicho el hombre, y le digo que puede hacerlo desde mi móvil mientras volvemos.

—Casi se me había olvidado que el resto de la gente sigue teniendo datos —dice, riendo—. Pásamelo, me pongo a ello.

Me saco el teléfono del bolsillo y se lo lanzo; a ella casi se le cae, pero lo agarra en el último momento. Resoplo y le digo el patrón de desbloqueo para que entre.

—¿Ya lo tienes? —pregunto al arrancar.

—Pero ¿tú cómo de rápido te crees que tecleo en francés?

—Si no vas a hacerlo bien, aparco en un momento y lo hago yo.

Suelta un gruñido y empieza a murmurar algo en español que no entiendo:

—Yo lo hago, yo lo hago… Será borde.

Sigo conduciendo. Para volver a la tienda tengo que salir a la carretera y entrar por otra parte que va más directo, así que tuerzo para allá.

—Bueno, ¿encuentras algo o qué?

—Sí, Dios, no seas impaciente. Estoy en la página oficial, pero no veo nada… Oye, para ser una tienda pequeña tiene muchas pestañitas.

—¿Tienda pequeña? Nos ha dicho que era una cadena de librerías de segunda mano. «La mejor de Francia». —No, no, ha dicho «la más grande de Francia», me parece. ¿Lo será de verdad?

—Yo nunca lo había oído, y llevo viviendo en este país veinte años.

—Uy, espera, espera… Guau.

—¿Qué?

—He entrado en el apartado de «Encuéntranos». No te lo vas a creer, pero…

La miro brevemente, tiene los ojos muy abiertos y fijos en mí. Gruño.

—¿Qué?

—Tienen tiendas en un montón de sitios, Simon. En muchísimos.

Y entonces empieza a leer la lista de ciudades que figuran en la página que tiene delante, y cada vez que añade uno el alma se me cae un poco más a los pies: Rennes, Calais, Brest, Limoges, Saint-Étienne (¿cuál de todos ellos?), Grenoble, Lyon, Nimes, Périgueux, París, Toulouse, Marsella…

Merde.

—No vamos a encontrarla nunca. Con todas esas ciudades…

Ella guarda silencio, bajando el móvil. Por primera vez no protesta, lo cual es casi más desalentador.

—A ver…, algo se podrá hacer, ¿no? —Escucho cómo suspira, creo que me está mirando de nuevo. Estamos tardando más en la vuelta a casa porque la mala suerte se me ha juntado con quince semáforos en rojo, lo cual es simplemente estupendo—. Mira, vamos de todas formas a la tienda de El Havre, ¿vale? Nos han dicho que aquí no sabían nada, ya lo has oído.

—Pero cuantas más haya, más sitios en los que preguntar. Y más posibilidades de que nadie sepa nada, ¿no?

—Cambia ese «nadie» por «alguien» y ese «nada» por «algo» y eso podría haber sido un mensaje muy esperanzador si no hubiera venido de ti — murmura.

Sonrío.

—Y eso podría haberme ofendido si tuvieras alguna capacidad de ofenderme —contesto.

Claro, claro, dices eso porque no lo he hecho, ¿no?

También sonríe. Por un momento se me ocurre que a ella en realidad no le hace tanta ilusión que hayamos descubierto esto, sino verme a mí contento con la página y las nuevas direcciones, y su cara parpadea hasta que se transforma en otra que no tiene nada que ver.

Ahí está, la que faltaba.

Pelo rubio en vez de negro, ojos marrones en vez de azules, piel más tostada y lisa que la de la otra.

Y dice:

—Oye, pero esto es genial. La verdad es que no pensé que llegarías tan lejos, no voy a mentirte.

—Vale, pero ¿cuál de todas estas crees que es la buena?

Los ojos de María vuelven a su sitio, borrando los de Valeria. Luego recupera su nariz y el resto de su cara, que es completamente diferente. Mi nueva amiga vuelve a repasar la lista, como buscando el más adecuado, pero es que ni siquiera puedo recordar la mitad de sitios que me ha dicho después de esta breve interrupción.

—Eh… —titubeo.

—¿Cómo vas a saberlo? —dice Valeria desde alguna parte, aunque ya no la veo.

—¿Cómo voy a saberlo?

—No puedes saberlo, obvio, pero habrá una que te llame más que la otra, ¿no? A mí, por ejemplo, me llama Limoges, porque suena a limones…

—¿A qué?

—Citrons en español.

Se escucha una risa y la cabeza de Valeria aparece entre nuestros asientos.

—Qué tontería.

María abre los ojos y se sonroja, lo cual me confunde, hasta que caigo en que a lo mejor quien lo ha dicho soy yo, sin querer.

Vuelve la cabeza a la pantalla.

—Vale, pues será una tontería, pero ¿entonces cuál, eh?

—Yo qué sé, estoy tan perdido como tú.

—No lo creo, pero, bueno, lo que tú digas.

Por fin llego a la zona y aparco junto a la biblioteca. Le quito el móvil y ella me dedica una mueca, que ignoro.

—Deja que las vea otra vez, anda. —Le echo un vistazo a la pantalla y suspiro—. Yo qué sé, María, son muchísimas…

—Oye, espera —dice, señalando la pantalla—. ¿Y este apartado?

Abro otra pestaña del menú y, cuando la página carga, aparece un formulario.

[https://www.chainefenice.fr/contact/dons].

Chaîne FENICE

Contact > Dons

Contactez-nous:

Nombre de livres:

Titre (s):

Genre littéraire:

Nom et prénom:

Téléphone:

Ville (et département):

Datos. Información. Para donar algo aquí hay que rellenar esto.

María se ha inclinado sobre mí. Siento su respiración en el brazo hasta que vuelve la cara para mirarme sorprendida.

—Esto… suena como algo.

Como ha pasado antes, su cara parece iluminada por la emoción, aunque sea un poco. Sonríe despacio, como si no estuviera del todo segura de poder hacerlo. Escucho lo que acaba de decir en mi cabeza: «Esto suena como algo, esto suena como algo». Esto suena como algo, sí. Algo… algo importante.

Algo útil para la búsqueda, que de repente sí parece posible.

—Parece… parece que sí, ¿no?

Empieza a reír.

—Creo que esto es una señal definitiva de que tenemos que ir a El Havre. Ellos… ellos tienen que saber más, ¿no? Pues vamos.

—Pero ¿vamos a ir así sin más?

—Sí, ¿no?

—¿De verdad?

—¡Claro!

Claro, claro, claro.

—Vale. Vamos. Iremos. A El Havre.