Pájaro azul

Clara Cortés · Capítulo 21 de 42

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Pájaro azul

Capítulo veinte

 

«Inside your head the sound of glass,

a car crash sound as the trucks roll over

and explode in slow motion[24]».

«Litany in Which Certain Things Are Crossed Out», RICHARD SIKEN

 

María

Al día siguiente Danielle me dice que vayamos a cenar y, aunque estoy muy cansada por el viaje, le digo que sí.

El lunes voy al gimnasio con ella, «Solo para probar», como me ha dicho, pero es imposible que siga su ritmo y decido que definitivamente el deporte no es para mí y que nunca lo será.

El martes, como quiere procrastinar, me la llevo a una cafetería que vi a unos diez minutos andando de la biblioteca y dejo que me hable de cómo es la universidad y de sus amigos y de sus profesores; parecen personajes caricaturizados cuando los describe, pero aun así son lo suficientemente interesantes para mantener mi atención hasta la hora en que comienza mi turno y tengo que despedirme hasta la noche.

Mi semana pasa así, rápida y con otras preocupaciones ocupando mi mente, mientras el número del libro no abandona ni un segundo mi memoria.

 

Simon

Vuelvo a tener muchísimo trabajo por hacer, pero ahora me frustra el hecho de no tener tiempo.

No dejo de pensar en que hablé de Val con María.

Puede que eso me tenga un tanto distraído, porque en mi cabeza he repetido el momento al menos cien veces, tanto las palabras que usé como su reacción. No la de María, sino la de Valeria. No dejo de rebobinar y reproducir ese momento, una y otra vez, una y otra vez, siempre intentando analizarlo otro poco.

Val estuvo todo el rato detrás de María, mirándome mientras yo hablaba, y su figura se volvió un poco transparente cuando compartí su nombre.

No la he visto desde que nos subimos en el coche para volver y no sé si debería estar preocupado.

Decido pasar más tiempo en el orfanato. Aunque eso supone arriesgarme a poner de peor humor a Rachel (seguro que dentro de poco empezará a quejarse de mis ausencias), lo cierto es que estar allí me hace sentir mejor. Rodearme de niños me distrae, porque no paran de hablar de todo y siempre me preguntan cosas. Además, para venir aquí tengo que pasar junto al motel, y pensé que tal vez podría compensar lo que hice llevándole más flores.

Me olvido siempre de ellas. Al menos, eso es lo que parece. Me olvido de ellas y de que llevarlas tenía un propósito y era importante para mí.

Le compro tulipanes, pequeños y amarillos y atados por los tallos con un hilo verde, y se los dejo en la valla, donde ya no quedan pruebas de que antes hubiera habido allí algo más.

Se los renuevo todos los días durante la semana siguiente, por si acaso viniera por aquí y quisiera pedir explicaciones.

Los chavales me cuentan lo que están aprendiendo en clase, con quién se llevan mejor y con quién se han peleado. Las chicas me dicen que han empezado a estudiar y que van a ser astronautas. Durante las horas que me paso aquí eso parece ser suficiente para distraerme un poco, pero lo cierto es que, en cuanto pongo un pie fuera, hay algo que me llena la mente.

Los números del libro que nos descubrió el chico de Calais.

Habían estado todo el tiempo ante de nosotros y no los vimos; cada vez que abro la primera página para volver a mirarlos (los he leído tantas veces que casi me los sé de memoria) pienso que siempre estuvieron ahí, opuestos a la firma de Aude, y que por alguna razón ni siquiera les dimos importancia. Setenta y dos, treinta y tres, trescientos treinta y dos… Los dos siguientes siempre se me olvidan, pero el último es mil novecientos noventa y seis, el año de mi nacimiento.

Tenía que ser 1996. Ese tenía que ser el que identificara al libro, por supuesto.

Es como si todo esto hubiera sido orquestado por alguien a quien le pareciera gracioso haber hecho que esas dos cosas coincidieran e intentara culpar de ello al destino.

Por mucho que quiera escaparme, sin embargo, siempre acabo volviendo. A la tienda del abuelo, con Rachel, digo. Ella está fuera menos a menudo ahora, o al menos no me lo cuenta tanto, y me pregunto si es porque ya no tiene más de esas misteriosas reuniones o porque prefiere no hablarme de ellas. Ni siquiera tengo constancia de que siga yendo a ver a Be y a Robert a El Havre, aunque tal vez lo haga y yo no me he enterado. Verla me resulta terriblemente incómodo, más de lo que habría podido imaginar alguna vez (culpo a todas las estupideces que he hecho y dicho últimamente), pero aun así hay algo que no puedo controlar y que tira de mí hacia ella cada vez que la miro.

Parece que haya un halo de luz apuntándola directamente cuando entro. Parece que sea una visión divina o un ángel lo que tengo delante, o algo así.

Las campanitas suenan distintas ahora y, si llaman su atención, es por la hora que es.

—Anda, buenas noches. —Pero solo me echa un vistazo breve antes de seguir con lo que quiera que esté haciendo—. ¿Cómo tú por aquí?

—Trabajo aquí, ¿recuerdas? —Entorno una sonrisa que no sé si pretende ser burlona o seductora, pero como ella no me está mirando supongo que da igual cuál fuera la intención.

—Quién lo diría, teniendo en cuenta lo poco que te veo. —Desvía la vista a la calculadora que tiene a un lado y marca unos números—. Oye, ya que has venido, ¿vas a estar disponible mañana a las siete?

¿De la tarde?

—No, de la mañana.

Observo cómo ni siquiera espera que le responda, solo sigue con lo que está haciendo. Tras unos segundos, contesto:

—No.

Tampoco levanta la vista.

—¿Qué pasa, tienes la agenda muy apretada a esa hora o qué?

Es que entro a currar al orfanato a las nueve, así que no me da tiempo a hacer lo que quiera que vayas a pedirme.

¿No te da tiempo en dos horas? —Arquea mucho una ceja—. Tienes el coche.

—Ya, pero tengo que prepararme y…

Puedes decirme que quieres dormir. —Me interrumpe, mirándome fijamente con una expresión en la boca que parece una sonrisa pero que no le llega a los ojos—. Quiero decir, no voy a decirte que no voy a juzgarte porque voy a hacerlo, pero así al menos no tienes que esforzarte en excusas tontas y empezamos a tener un poco de sinceridad por aquí.

Noto que me sonrojo. Vale, a lo mejor es que quiero dormir (el orfanato queda al lado de mi casa y para venir aquí a las siete tendría que levantarme muchísimo antes, lo cual no me apetece), pero no tiene que decirlo así. ¿Por qué es como si siempre quisiera exponerme?

—¿Por qué no puedes venir tú? —murmuro, avergonzado.

—Puedo. Pero estoy cansada y me gustaría levantarme un poco más tarde, eso es todo. —Se encoge de hombros, de nuevo sin mirarme. Y no lo hace por evitarme ni nada de eso, sino porque en toda la conversación no ha dejado de hacer cuentas con la calculadora y de apuntarlas en un papel.

Espero unos segundos, luego carraspeo y me inclino un poco hacia ella, mirando también el cuaderno.

—¿Es trabajo atrasado?

Asiente.

—Tenía que haberlo hecho la semana pasada, pero con todo el lío que he tenido no me ha dado tiempo. Te dejé una nota, pero tampoco te has pasado mucho por aquí… ¿Te ha llamado tu madre para cubrir a alguien estas dos semanas o qué?

—No —respondo, y me arrepiento al instante.

Ella deja de hacer cuentas y me mira.

—Ah. Pues qué bien, entonces. ¿Solo has estado tocando?

Creo que mi silencio y mi cara colorada son respuesta suficiente.

Pasan unos segundos sin que ninguno de los dos diga nada. Ella sigue a lo suyo, ignorándome. Lo único que se oye son las teclas cuando las pulsa.

—A lo mejor puedo ayudarte ahora de alguna manera… —murmuro—. No tengo nada más que hacer hoy.

—Está bien, gracias, pero ya me las apaño. —Para, suspira y sigue—. ¿Sabes cómo podrías ayudarme? Viniendo mañana a las siete para recoger el pedido.

No puedo evitar sentir que es un truco, pero asiento.

—Vale. Pues vendré, te lo prometo.

Ella no reacciona. No me da las gracias. Y no tiene por qué, porque «sí» es lo que yo debería haber respondido desde el principio.

Termina lo que está haciendo y se incorpora.

—Te he dejado donde siempre la lista de tareas que hay que hacer. Vendré a las nueve menos cuarto, para que te dé tiempo a ir. Eso sí, si puedes, necesito que vuelvas a las cuatro; tengo una reunión a las cinco y media en la ciudad y he quedado con Eric, que va a acercarme. Saldremos de aquí a esa hora… Por Dios, Simon, controla esa cara.

—¿Qué cara?

Pone los ojos en blanco y descuelga su abrigo del respaldo de la silla.

—Esa cara que pones siempre que alguien dice «Eric». Deberías vértela, estás muy gracioso, aunque es un poco ridícula.

—Anda.

¿«Anda»? ¿Qué tipo de comentario es ese cuando alguien acaba de insultarte, Simon Moureau?

Ella resopla, soltando una risa.

—Ni siquiera sé qué te ha hecho para que lo odies tanto, la verdad. Es muy buen chico.

¿«Es muy buen chico»? ¿«Es muy buen chico»? ¿No es eso lo que dijo Valeria?

¿Lo dijo de verdad o me lo estoy inventando?

—Entonces, ¿él te gusta?

Perdón, ¿qué?

La nariz de Rachel se arruga como si hubiera dicho una estupidez que no solo es estúpida, sino también desagradable. Pensar que esa sugerencia le resulta algo malo me gusta, y por un momento pienso: «Es verdad, menuda tontería he dicho, ¿cómo iba Eric a gustarle?» y me siento victorioso.

Pero entonces ella parece muy incómoda, demasiado, y caigo en que no es eso.

—¿Por qué te importa si Eric me gusta o no?

Sus ojos me atraviesan y hay una acidez en su voz que me duele. La reconozco, aunque no recuerdo haberla oído antes: no es veneno, es un desafío. Y el desafío es mi respuesta. Me reta a contestar algo que lo estropee todo o que me delate. (¿Sabe ella lo que me está pidiendo? ¿O lo hace precisamente porque no sabe qué va a ser y por eso ha decidido arriesgarse?). La situación me parece terriblemente extraña por un momento, como si no tuviera sentido que una adulta como ella se estuviera poniendo nerviosa porque alguien como yo le preguntara algo así, pero entonces me viene de golpe que solo tiene veintiséis años, que es joven y que no nos separan tantos años.

Lo cual es casi peor.

Trago saliva. Es mentira, sí que me he encontrado antes con esa forma de mirarme. Es la cara de la Rachel enfadada. Es la cara de Raven cuando se cansa, cuando ha decidido alejarse del todo. Es la cara de un pájaro que no quiere tener nada que ver conmigo y que hace lo posible por mantener la distancia.

—No…, no lo es. No es importante.

—Ah, ahora no es importante. Vaya.

—No me importa quién te guste, so… solo quiero que… en el trabajo…

—Él no me molesta en el trabajo. Yo sigo haciendo lo mío esté él aquí o no, eres tú el que casi no viene. Además, yo podría decirte lo mismo sobre María, ¿no es cierto? A fin de cuentas, se pasa el día aquí dándote conversación, lo que sí que es entretener.

—Pero María no quiere nada conmigo, solo somos amigos.

—Exactamente igual que Eric y yo.

—No, no exactamente igual.

Entrecierra los ojos. Sé que parece muy molesta y que por eso debería callarme, pero de repente siento una sensación muy extraña —como una mezcla de dos personas en mi mente— y me viene claramente la imagen del librero de Calais.

Veo la cara del chico que era yo hace un año, la cara de confusión de aquel Simon de un universo alternativo. Las expresiones que puso cuando María y yo le hablamos, las que me sé de memoria porque me molesté en aprender antes de que nos despidiéramos para siempre. Lo estudié lo poco que duró nuestro encuentro. Lo miré tanto que llegué a entender sus gestos, a analizarlos a fondo y a asumirlos, y recordé cómo me sentía yo cuando aún era él, antes de que aparentemente tomara la decisión incorrecta.

Me siento así ahora. Me siento como me habría sentido si las cosas fueran diferentes. Me arrepiento y quiero rebobinar y evitarlo todo y llorar, tengo muchas ganas de llorar, pero eso no puedo hacerlo.

—La relación que tenga con Eric no es asunto tuyo, es asunto mío. Que te quede claro. Por mucho… Mira. —Toma aire y, aunque ya la había notado tensa antes, ahora parece que intenta que no note que está enfadada—. Mira, ¿sabes qué? Paso. Paso de esto y paso de ti y de tu agonía y de…

Se calla de golpe, como si hubiera dicho una palabra que se hubiera prometido no decir (¿cuál ha sido, «agonía»?) y se me queda mirando fijamente. No digo nada, no reacciono. A un par de metros, aún observándola, diría que se le han llenado los ojos de lágrimas.

—Lo siento —murmura, avergonzada—. Creo… creo que deberías irte.