Piensa, es gratis
Principio 34
La oreja es el receptáculo
de la obediencia. El emisor de
tu capacidad de ser y decidir
es tu boca
La boca emite el sonido de nuestro instante.
En determinadas circunstancias y ambientes, a veces tenemos la impresión de que aquellos que teniendo gran mando son escuetos en la palabra, son auténticos zorros habilidosos de la relación humana. Su silencio se interpreta como inteligencia: se envuelven de una cámara aséptica de aire místico y misterioso que les ayuda a mantenerse en la cima, aislados de los disparos de sus contrincantes.
Personalmente he conocido a algunos. Y puedo asegurar que todos, sin excepción, han cerrado su limitado historial como sublimes memos.
Escudados en sus galones, o bien no tenían nada que decir o bien la rapidez de sus reflejos era equivalente a la del culo de una botella de gaseosa cien veces reciclada.
El oído es un órgano receptor. Por él penetran los deseos, conocimientos y miserias expresados oralmente, además de los sonidos no humanos y la música en todas sus expresiones. También es el receptáculo de la obediencia.
La boca es un órgano emisor. Expresa, susurra, chilla, canta, gime, ríe, llora. La boca rechaza, promete y siempre compromete.
Un líder es un permanente contagiador neto y nato de fe, fuerza y optimismo. Y su contagio lo expande, fundamentalmente, a través de su boca. Jadea caminos, escupe anatemas, exhala principios, exclama entusiasmos y grita futuros.
Cuando esta capacidad no existe o se desprecia, los únicos líderes posibles son los dictadores, esos engendros que sustituyen todo lo dicho por el garrote de mando.
Siempre hay que hablar. Es la vía para entenderse o para alejarse, pero en cualquier caso siempre sirve para saber dónde se está e incluso, a veces, si se está.