Piensa, es gratis

Joaquin Lorente · Capítulo 76 de 85

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Piensa, es gratis

Principio 76

Las grandes imágenes

impresionan; las grandes

palabras presionan

Hay un generalizado y discutible cántico de alabanza al poder de la imagen respecto al de la palabra.

En las últimas décadas la tecnología ha impulsado y potenciado de forma extraordinaria la difusión de la imagen. El color, sea impreso, digitalizado, filmado o emitido, es parte del escenario visual cotidiano, hasta un nivel en el que la reproducción en blanco y negro ya es vista como exquisitez gráfica o miseria presupuestaria.

El aluvión de nuevas tecnologías que han expandido el talento visual no ha tenido un movimiento simétrico con la palabra escrita. Una edición actual de El Quijote sigue estando impresa sobre unas hojas blancas encuadernadas y con una tipografía que no difiere excesivamente de la que se usó en la primera edición de 1605. Los magníficos libros de imagen que hoy se editan son auténticas explosiones visuales, mientras las páginas de texto que las acompañan siguen siendo tipografías en negro sobre páginas blancas.

A la vista de todo esto… ¿qué futuro le queda a la palabra? La respuesta es muy sencilla: se trata de analizar cómo las grandes frases penetran en nuestro cerebro y son capaces de alterar, fijar o rea firmar la huella que queda en nuestros circuitos neuronales, y a la vez cómo lo hacen

las grandes imágenes que percibimos (aunque en ningún caso me refiero a las visiones vividas personalmente, aquellas que nos quedan grabadas como raíces de nuestro existir).

Una gran imagen es como una ola. A no ser que se trate de una arrasadora imagen tsunami (y de ésas hay poquísimas), cada nueva imagen disminuye o elimina la fuerza de la anterior. Una gran frase que condense un gran concepto es un terremoto para el intelecto: siempre mueve las conciencias, las voluntades e incluso, si viene al caso, las tarjetas de crédito.

Una gran imagen es un brillante ejercicio de formas que recubre la percepción de nuestras neuronas. Es una comunicación expansiva que siempre requiere una interpretación, que puede ser entendida de muy distintas formas dependiendo de la cultura y el momento de cada receptor.

Una gran frase es por sí misma una comunicación cerrada y concreta, a veces una instrucción o incluso una orden, que no da pie a interpretaciones desviadas. Se sustenta en las letras del abecedario, se expresa con una sola voz y se lee impresa a un solo color. La forma de las letras, que hacen el papel de continente, no ocultan sorpresas: todas trabajan en favor del contenido. Por eso la gran frase penetra como una flecha en el núcleo nervioso de nuestras neuronas y las pellizca hasta conducir la conciencia y a veces provocar la acción.

¿Qué imagen podría haber sustituido (insisto, sustituido, no ilustrado) el «llegué, vi, vencí» de Julio César, el «venceremos con sangre, sudor y lágrimas» de Winston Churchill, el «ser o no ser» de William Shakespeare o el «Let it be» de Paul McCartney?

Hace algunos años, un iluminado acuñó la frase «una imagen vale más que mil palabras». Curiosamente, para transmitir su mensaje no encontró mejor forma de hacerlo que con palabras.