Piensa, es gratis

Joaquin Lorente · Capítulo 81 de 85

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Piensa, es gratis

Principio 81

¿Mandas o convences?

El estilo con el que uno se comunica es un hecho cultural de primera magnitud por dos causas: acostumbra a condicionar la comprensión y actitud de quien recibe el mensaje, al tiempo que crea un estilo de interrelación que puede llegar a ser fundamental en los comportamientos, con sus obvias consecuencias.

A quienes tienen cierta capacidad para dirigir, ordenar o encauzar la vida de otros, les conviene reflexionar sobre el tono y el estilo que emplean, porque ambos configuran el envoltorio de su comunicación: son la piel de su fruta.

El tono de voz y los gestos faciales y corporales son, en muchas ocasiones, tanto o más determinantes que el contenido real de lo que se dice. Lo que domina y absorbe las neuronas del oyente son el volumen y la entonación de la otra voz, así como la gesticulación que se adopta mientras se le habla. La forma pasa a dominar el fondo del mensaje. La forma se convierte en fondo.

La reiteración en el tiempo hace que el interlocutor otorgue y fije a quien le habla una personalidad y un estilo que puede llegar a ser determinante en la relación. Es principalmente por eso que unos etiquetan a otros de amables, déspotas, profundos, chabacanos, útiles, despreciables y los mil y un etcéteras que queramos añadir.

Mandar o Convencer pueden ser dos polos opuestos y antagónicos, o pueden fundirse en una unidad de amable convivencia y efectividad.

Mandar es conseguir que otro cumpla lo que se le ordena.

Convencer es educar a otro para que haga lo que conviene.

Mandar significa asir las neuronas del interlocutor, rodearlas y no permitirles la menor salida: se les golpea hasta compactarlas, de manera que no intenten aspirar al menor conato de discernimiento ni posible aportación.

Quienes así actúan creen que las huellas marcadas en el cerebro son la única garantía de obediencia.

Mandar excluye del formidable ejercicio de pensar, crear y proponer a todo aquel que no ostente el mando y el control. Mandar niega el ser y obliga al estar.

Convencer significa aproximarse a las neuronas del interlocutor y envolverlas sin brusquedades hasta ir penetrando en ellas. Es un trabajo de filigrana, de ir abriendo túneles y galerías hasta llegar al núcleo del entendimiento y el acuerdo, de forma que nuestro deseo o necesidad se fundan con las de nuestro interlocutor y pasen a formar parte de su conciencia solvente y civilizada. No ordenamos: educamos. No imponemos: compartimos.

Convencer expande el maravilloso ejercicio de pensar, crear y proponer, porque las neuronas, cuando se las oxigena sienten que respiran.

Un «cerebro a cerebro» de entendimiento (es lo mismo que una respiración

«boca a boca», aunque un poco más arriba) hace que el cerebro recupere con prontitud su propia vida.

Convencer permite ser y reconforta el estar.

Adicionalmente, conviene recordar a quienes desde cualquier posición ejercen el difícil arte de dirigir, ordenar o encauzar (no importa que sea a individuos concretos o a masas inmensas), que todo machaqueo y abatimiento de neuronas va a ser tan transitorio como su mandato. Todo cerebro posee una configuración elástica que le permite, una vez que deja de estar injustificadamente aplastado, recuperar su textura original, casi siempre con un grado de erección superior al que anteriormente tenía.