Premios Nebula 1987

Kate Wilhelm · Capítulo 11 de 26

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Premios Nebula 1987

John Kessel: «Amonestación»

John Kessel:

«Amonestación»

John Kessel, ganador del Nebula en 1982 por su novela corta Another

Orphan, enseña en el Departamento de Inglés de la Universidad Estatal de

Carolina del Norte en Raleigh. Dirige, con Mark van Ñame, el Taller Literario

de Sycamore Hills todos los veranos, y a los treinta y ocho años ya es célebre

por escribir ciencia ficción rigurosamente literaria. Su primera novela fue

Freedom Beach, en colaboración con otro buen escritor, Patrick Kelly.

Kessel tiene un intelecto privilegiado, y me gusta mucho este relato, una

cruda visión del deporte nacional de los norteamericanos ambientada en un

futuro cercano. En uno de esos arrebatos de miopía típicos de organizaciones

tan grandes como la SFWA, Amonestación no logró pasar de la ronda

preliminar a la votación final de los Nebula, pero no importa. Leedlo aquí, y

leed también los comentarios del autor sobre los orígenes de este cuento sagaz

como una bola bien lanzada:

—Aunque Amonestación no es estrictamente sobre béisbol, evidencia mi

adoración por ese juego (adelante Royáis, adelante Red Sox). Ante todo

quería meterme en la cabeza de Sandy Ellison. Tratar de entenderlo me hizo

pensar acerca de ganar y perder, y sobre cuán destructivas pueden ser

nuestras actitudes ante ambas cosas. A cierto nivel creo de veras en el adagio

No importa que ganes o pierdas, sino el modo en que juegas (dicho de otro

modo: El fin no justifica los medios).

»El relato está ambientado en 1999 a causa de la cercanía del milenio,

que según muchos traerá el Segundo Advenimiento y la Amonestación

definitiva.

»Con otra forma, Amonestación es un capítulo de mi novela Good News

from Outer Space.

»Quisiera agradecer a los estudiantes del Taller Clarion 86 y a mis

amigos y colegas de Sycamore Hill del mismo año, por sus comentarios y

consejos.

 

Al fin del primero, sin puntaje. Dutch en la primera, Simonetti en la segunda, dos fuera. Sandy lo recordaría luego en el bar.

Sandy se había enfrentado un par de veces con ese pitcher de Louisville. Sabía arrojar la pelota, y había eliminado a Sandy más veces de las que hubiera querido. Y Sandy tenía una mala racha (tres para dieciocho en los últimos cinco partidos) y la cuenta era uno y dos; y el catcher de Louisville estaba por encima de él. El árbitro callaba, pero Sandy sabía que sólo esperaba para clavar el puño en el aire tal como si se lo clavara en las tripas. Hacía calor. Sentía las piernas gomosas.

Reinaba silencio en el Oíd War Memorial. A lo sumo había allí mil quinientas personas; Louisville encabezaba la Asociación Americana, y los Bisontes iban últimos. Los postes de acero que sostenían el techo se alineaban a lo lejos como los árboles del pinar de Carolina del Norte donde se habían criado, perdidos en la bruma y las sombras de las butacas superiores, donde nunca se sentaba nadie. El cielo estaba encapotado, y un fuerte viento del lago hacía chasquear la bandera, pero hacía mucho calor para Buffalo, aun en junio. La gente decía que el clima estaba cambiando: la capa de ozono, los japoneses, los ovni, el fin del mundo. Un policía u obrero sanitario con licencia, la cara roja, le insultaba desde las tribunas. Sandy habría querido replicar, pero tuvo que ignorarlo porque el pitcher se agazapaba dispuesto a lanzar, estirándose.

Entonces ocurrió algo: de pronto Sandy supo que le pegaría a esa pelota. El pitcher suponía que burlaría a Sandy, que la pelota trazaría una curva elusiva, pero Sandy tuvo la plena certeza, como un martillazo entre los ojos, de que él burlaría al pitcher, de que ya conocía la trayectoria. La pelota, en efecto, voló hacia la esquina, él giró, movió los brazos y oyó el dulce crujido del bate. La vio volar sobre la cerca del campo izquierdo, vio que el pitcher, la cabeza gacha, mordía el polvo —lo lamento, amigo, creo que no jugarás en las ligas tan pronto como creías— y corrió de base en base sintiendo esa euforia. Viviría para siempre. Tendría una hembra cada noche.

Ésa fue sólo su primera bateada. Al final del sexto atrapó la pelota en el centro derecha, y en el segundo y el tercero eliminó a los corredores que trataban de llegar desde la segunda a la tercera base. En la base fue cuatro para cinco, llevando su promedio a un notable 299. Y estaba seguro de tener el número cinco en las manos, pero ese árbitro italiano al principio lo mandó fuera. Una amonestación. El muy canalla. Pero aun así era el mejor partido de Sandy.

Y Aronsen, gerente general del Sox, estaba en la ciudad para dar un vistazo a los Bisontes con la esperanza de encontrar a alguien a quien llevarse después del mal comienzo que habían tenido. Después del partido entró en el vestuario. Miró el análisis de sangre de Sandy. Éste actuó con calma: estaba por lo menos 0,6 bajo el límite de DMD, ni siquiera en escala para asteroides. Aronsen le dijo que se preparase para tomar el tren de la mañana a Chicago. Echarían a Estivez y lo pondrían a él. Le darían la oportunidad de llenar un agujero en el campo derecho. Lo que usted diga, respondió Sandy.

Por Dios, lo que usted diga, pensó mientras caminaba por Best con Dutch y León, rumbo al tranvía. Adiós, War Memorial. La mole del estadio, con el color de los dientes manchados de tabaco de un granjero, se erguía sobre ellos. Las esferas art déco que coronaban las esquinas estaban cubiertas de excrementos de paloma. Encima de la corroída pared de piedra caliza que iba a lo largo de la calle había una oxidada cerca de malla de alambre, y encima de la cerca relucían nuevos rollos de alambre de espino. Era para impedir que los vagabundos vivieran en el estadio. Le daba aspecto de prisión.

Horas después, Sandy se tomaba un trago con Dutch y León en el Ground Zero, en la calle Delaware. Ya se había detenido ante una máquina para extraer los seiscientos dólares de su cuenta, había llamado a la oficina de alquileres para avisar que podían alquilar su apartamento porque no pensaba volver. Un tanto para su equipo. Sandy pagó la primera ronda. Lo tenía pensado: si pagabas la primera sin titubear, los demás recordarían eso mejor que tu lentitud en la segunda o la tercera, y si lo hacías bien sacabas ventaja al final de la noche. Aunque no fuera así, te ganabas reputación de generoso entre los parroquianos. Dutch había pagado la segunda y León la tercera, y algunos admiradores habían pagado las dos siguientes. Así que Sandy iba con mucha ventaja. Su día. Le faltaba solamente una cosa para redondearlo.

—Eres un tipo con suerte —gritó Dutch por encima del bullicio de la charla y de la pantalla que había detrás del mostrador—. Hace un mes que no jugabas así. El Asesino se vuelve loco el día en que Aronsen está de visita.

El tono de Dutch no era sólo de broma.

—Es el día en que vale la pena jugar bien —replicó Sandy.

Dutch miró la pantalla, donde un marica con peluca, volantes y puños de encaje, enumeraba los cien mejores vídeos del siglo veinte. La mayoría era de los dos últimos años.

—No me serviría de nada —dijo Dutch—. Tienen dos jugadores delante de mí. Podría alcanzar 350 y no tendría la menor oportunidad de progresar.

—Juegas en la posición errónea —dijo León. Sus cejas altas le daban una expresión de perpetua inocencia.

Dutch no tenía guante para jugar en otra posición que no fuera la primera. Sandy sentía un poco de pena por Dutch, que había arruinado sus posibilidades con HGH. A los dieciocho había tenido buenas perspectivas como hombre de primera base capaz de jugar bien en el campo y alcanzar buen promedio.

Pero no tenía potencia, así que había tomado esa hormona para fortalecerse. Se había fortalecido, y había llegado a seis-cinco, 230, pero se le arruinaron los reflejos. Ahora pegaba con fuerza, pero tenía muchos strike-outs, su desarrollo en el campo resultaba mediocre y él era lento como un buey. Era una historia triste, pero Sandy estaba harto de sus insinuaciones. Un verdadero amigo no te hacía insinuaciones cuando te iba bien.

—Tendrías que trabajar con el guante —dijo.

Un destello de odio brilló durante un segundo en la cara de Dutch.

—Tengo que orinar —dijo al fin, y se dirigió al lavabo.

—A vece me saca de quicio —dijo Sandy.

León miró ociosamente a las mujeres del salón, apoyando la espalda en el mostrador, los codos en el borde, las nudosas manazas de catcher colgando de las muñecas. A sus espaldas, en la pantalla, una muchacha desnuda brincaba sobre una barra de neón rosado. Sandy no pudo distinguir si la muchacha era real o videosintética.

—Admítelo, Asesino, últimamente no has jugado muy bien —dijo León por encima del hombro. Le llamaban Asesino por los double plays con que eliminaba jugadores—. Estabas tieso. Tenías reacciones lentas.

Ahora también León. Éste se había criado en Fayetteville, a quince kilómetros de la granja de su padre, pero allá Sandy no habría sido amigo de León. León era diez años mayor, su padre era suboficial en Fort Bragg, y tenía el color equivocado. Sandy siempre tenía la impresión de que los negros guardaban secretos que él prefería ignorar.

Sandy terminó su bourbon y pidió otro.

—No ganas si no lo intentas.

León cabeceó.

—Mira ese talento —dijo, señalando con la barbilla hacia una mesa del rincón.

A la mesa había una mujer sola. Sandy se preguntó por qué no la había visto antes: tenía pelo rubio y microcorto, cara pálida y oval, barbilla puntiaguda. Labios azules. Las pestañas oscuras eran tan largas que se veían desde la barra. Pero ante todo lo impresionó el cuerpo. Aun desde aquella distancia Sandy notaba que era material de primera. Usaba un vestido azul ceñido y bebía algo de color claro, con hielo.

Ella miró hacia la barra, clavó los ojos en Sandy. Algo extraño ocurrió entonces. Él sintió vértigo y evocó vívidamente algo que ya le había ocurrido tiempo atrás.

Es el fin del verano de tu primer año en la escuela secundaria, y llamas a Jocelyn desde el aparcamiento del Dairy King que está cerca de la carretera 95. Un calor aplastante. Tamborileas con las llaves del coche en el abollado anaquel de metal que hay debajo del teléfono. Jocelyn se irá a Atlantic Beach con Sid Phillips, y ni siquiera te lo ha contado. Cinco timbrazos, seis. Te dio la noticia Trudy Jackson y fingiste que ya lo sabías, cuando en realidad fue como un rodillazo en la entrepierna.

—¿Hola?

—Señora James, habla Sandy Ellison. ¿Puedo hablar con Jocelyn?

—Un minuto.

Otra espera. El sol te quema la nuca.

—Hola. —Jocelyn parece nerviosa.

La furia te estalla en el pecho.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Un camión pasa por la carretera 24, levantando una nube de polvo y grava. Das la espalda al camino y te apoyas la mano en la otra oreja.

—¿De qué estás hablando?

—No juegues conmigo, Jocelyn. No lo aceptaré.

—Calma, Sandy, yo…

—Si vas a la playa con él, todo terminó.

—Tratas de que suene como una amenaza y no como una súplica.

Jocelyn tarda en responder.

—Siempre has sido un imbécil —dice al fin, y cuelga.

Te quedas con el auricular en la mano. Está caliente y grasiento. El tono de línea suena como una burla. Jeff Baxter y Jack Stubbs llegan con el Trans-am de Jeff, y los tres vais al lago y bebéis una cerveza tras otra.

—Zorra —dices—. Maldita zorra.

La mujer todavía lo miraba. No se parecía a Jocelyn. Sandy desvió los ojos. Notó que Dutch había vuelto mientras él estaba en trance. Maldita Jocelyn.

Sandy tomó una decisión.

—Cien dólares a que esta noche me la tiro.

León lo miró fríamente. Dutch resopló.

—Vas a empeorar tu promedio de bateo.

—Es realmente difícil —dijo León.

—¿Eso crees? Es mi día. Veremos quién tiene reacciones lentas, León.

—Trato hecho.

Sandy extrajo el fajo de billetes del bolsillo de la camisa y puso dos de cincuenta sobre la barra.

—Guárdalo tú, Dutch. Lo iré a buscar mañana cuando pase a recoger mis cosas.

Dutch se guardó los billetes rojos en el bolsillo de la camisa. Sandy tomó su vaso y caminó hacia la mesa. La mujer no le quitaba los ojos de encima. De cerca era aún más espectacular.

—Hola —dijo él.

—Hola. Ya era hora. Te he estado esperando.

Él cogió una silla y se sentó.

—Seguro —dijo.

—Yo nunca miento. —La sonrisa de ella era un desafío—. ¿Cuánto va por esto?

No supo si era hostilidad o mera provocación. Bien, le seguiría el juego.

—Cien —dijo Sandy—. La paga de una semana en triple A.

—¿Qué es triple A? —La voz acariciante tenía un vago acento. ¿Hispano?

—Béisbol. Mi nombre es Sandy Ellison. Juego para los Bisontes.

Ella sorbió su bebida. Tenía orejas pequeñas y chatas. El pelo corto le agrandaba la cabeza y hacía parecer enormes sus ojos. Él se moriría si no la poseía esa noche.

—¿Eres un buen jugador? —preguntó ella.

—Me acaban de llamar para las ligas. El lunes por la noche parto para Chicago.

—Eres un hombre de suerte.

Lo dijo de tal modo que por un instante Sandy sospechó una trampa: León y Dutch y toda esa charla sobre la suerte. Pero Dutch era demasiado obtuso para preparar una broma complicada. León tenía la sagacidad, pero no la crueldad. Aun así, le convenía estar alerta.

—Suerte, no. Habilidad.

—Oh, habilidad. Pensé que tenías suerte.

—¿Cómo es que nunca te he visto por aquí?

—No soy de esta ciudad.

—Me lo imaginaba. ¿De dónde eres?

—Lexington.

Sandy acarició el borde del vaso con el dedo.

—¿Kentucky? Acabamos de jugar contra Louisville. ¿Sigues a los Cardenales en sus giras?

—¿Giras?

—Hoy hemos jugado contra los Cardenales de Louisville. Están en la ciudad, de gira.

—Qué coincidencia. —De nuevo la sonrisa—. Yo también estoy de gira. Pero no sigo al equipo de béisbol. He venido a Buffalo por otra razón, y me iré mañana.

—Es buena ciudad para irse. Si me ayudas a celebrar, yo te ayudo a ti.

—Para eso estoy aquí.

Sandy echó una ojeada a la barra. León y Dutch hablaban con un par de mujeres. En la pantalla había un flash informativo sobre un diluvio de microondas en Arizona. Tomas de amas de casa en el supermercado con trajes aluminizados. Se volvió hacia la mujer y sonrió.

—Repite eso.

La mujer lo miró serenamente. Tenía pómulos altos.

—Vamos, Sandy. Lee mis labios. Hoy es tu día de suerte y estoy aquí para celebrarlo contigo. Un hombre habilidoso como tú debe entender lo que significa.

—¿León te metió en esto? En tal caso, se cancela la apuesta.

—¿León es uno de los que están en la barra? No lo conozco. Si tuviera que adivinar, diría que es el negro. También diría que tú le propusiste la apuesta a él, no él a ti. ¿Estoy en lo cierto?

—Yo hice la apuesta.

—Como ves, he acertado. Bien, si tú propusiste la apuesta es improbable que León me haya contratado para engañarte. También es improbable por otras razones.

Era la charla más rara que Sandy había tenido con una mujer a quien acabara de conocer.

—¿Por qué tengo la sensación de que me propondrás algo?

—No me digas que no esperabas que surgiera una proposición en esta charla.

—Claro. Pero esperaba hacerla yo.

—Adelante.

Sandy la estudió.

—Las muchachas del Norte sois diferentes.

—No soy del Norte.

—Entonces eres de una parte del Sur diferente de aquélla donde me crie.

—Hay de todo. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Por qué la apuesta?

—Sólo quería hacerlo más interesante.

—¿No soy interesante si no hay dinero encima?

Encima, pensó Sandy, sonriendo. La mujer también sonrió.

—Me gusta aumentar el estímulo —dijo Sandy—. Pero la apuesta es entre ellos y yo, para demostrar algo. No tiene nada que ver contigo.

—No eres muy halagüeño.

—No me refería a eso.

—Sí. Podemos hacerlo todavía más interesante. ¿Crees que puedes complacerme?

Sandy terminó su bourbon.

—Si se te puede complacer.

—Bien. Hagámoslo muy interesante. —Abrió el bolso y lo inclinó hacia él. Metió la mano dentro y asió algo para que Sandy lo viera. Un destello metálico. Una navaja.

—Si no me complaces, te lastimaré. Sólo un poco.

Sandy la miró sorprendido.

—¿Me tomas el pelo?

Ella lo miró con firmeza.

—Quizá no seas tan bueno como dices. Quizá necesites un poco de suerte.

Tenía que estar bromeando. Sandy evaluó las probabilidades. Aunque no estuviera bromeando, creía poder manejarla.

Se levantó.

—Trato hecho.

Ella no se movió.

—¿Estás seguro de que quieres intentarlo?

—Sé lo que quiero cuando lo veo.

—¿Sabes lo suficiente como para tomar una decisión?

Él rodeó la mesa y se le acercó.

—Vamos —dijo.

Ella cerró el bolso y lo guio hacia la puerta. Sandy le guiñó el ojo al pasar; León parecía más sorprendido y escéptico que de costumbre. Las caderas de la muchacha, contoneándose delante de él, lo atraían como el olor de comida de la concesión atraía a los jubilados que vivían en esas cajas de cartón de la avenida Jefferson.

Una vez en la calle, él le ciñó la cintura con el brazo y la apretó contra el costado del edificio. El perfume de ella lo mareaba.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Judith —dijo ella.

—Judith. —Sonaba anticuado. Había una Judith en la Biblia, pero él nunca había prestado mucha atención en las clases de religión.

La besó. Tuvo que entreabrirle los labios con la lengua. Luego ella se la mordió, apenas. Su boca era fuerte y húmeda. Ella meció las caderas.

Tienes doce años. Estás con tu madre en la iglesia bautista de la Tierra de Beulab. Ella tiene unos treinta y cinco años, una mujer bonita de cabello rubio que está, engordando un poco. Tu padre no va a la iglesia Últimamente tu madre va con más frecuencia y lee la Biblia después de la cena.

Este domingo bautizan a algunas compañeras de la escuela, entre ellas Carrie Ford y Sue Harvey. Las dos chicas viajan contigo en el autobús, y Carrie tiene los pechos más grandes del séptimo curso.

El coro canta un himno y el reverendo Foster lleva a las chicas a la habitación lateral, y cuando la canción termina el telón que hay frente a la pila bautismal se abre y allí están el reverendo y Carrie, con el agua hasta la cintura. Carrie usa una túnica azul, y trata nerviosamente de no sonreír. Detrás de ellos una pintura muestra el verdor exuberante del valle de la Tierra Prometida, y la reluciente Ciudad de la Colina. La fuerte luz del reflector que hay en lo alto hace brillar el pelo dorado de Carrie.

El reverendo Foster apoya una mano en el hombro de Carrie, alza la otra mano e invoca al Señor.

—¿Renuncias a Satanás y sus caminos? —le pregunta a Carrie.

—Sí —dice ella, con aire de beatitud.

Cruza las manos a la altura de las muñecas, las palmas hacia adentro, y las entrelaza sobre esos pechos como para contenerlos.

El reverendo le toca la nuca. Ella se sobresalta, y sabes que no esperaba eso, pero deja que él le hunda la cabeza bajo el agua. Él la mantiene abajo un buen rato, se asegura de que ella sepa quién manda. Te gusta eso. El reverendo dice las palabras del bautismo y la levanta.

Carrie jadea y escupe. Alza las manos para apartarse el pelo de los ojos. La túnica se le pega al pecho. Puedes verlo todo. Mientras ella trata de recobrar el aliento, tienes una erección.

Te pones la mano en el regazo, tratas de que se vaya, pero cuanto más te tocas el pantalón más dura se pone. No puedes evitarlo; tu pene ha seguido tus fantasías. Te ruborizas y te mueves en el banco; y tu madre te mira. Te ve la mano en el regazo.

—¡Sandy! —susurra.

La mujer de adelante sédala vuelta para mirar.

Tu madre trata de no prestarte atención. El telón se cierra. Deseas que te trague la tierra. Al mismo tiempo quieres levantarte, ir al cuarto lateral y mirar cómo Carrie Ford se quita la túnica mojada y se seca con una toalla.

Sintió el calor de los labios de Judith, sus brazos alrededor del cuello. La apartó, aturdido. No era momento para sumirse en recuerdos. Al fin le tomó la cabeza con las manos y se inclinó hacia ella. Ella se mordió el labio inferior. Él tenía una erección, no sabía si por el recuerdo o por Judith; sintió la vergüenza y la culpa que había sentido en la iglesia. Se enfureció.

—Escucha —dijo—, vamos a mi apartamento.

—Como gustes.

Caminaron hasta la estación de tranvías. Sandy vivía en uno de los condominios de lujo que habían construido en la Cuenca de Erie antes del crash del mercado. Tenía una magnífica vista del lago. El alquiler era más caro ahora que los lugareños emigraban al norte para escapar de la sequía.

Bajaron hacia el centro y caminaron por la calle River hasta el apartamento; él insertó su tarjeta de identificación y tecleó el código de seguridad. El cerrojo se abrió y Sandy hizo entrar a la muchacha.

Judith no se dejó deslumbrar por el apartamento. Atravesó la sala de estar, donde la luz de la luna dibujaba sombras triangulares en el techo y en las paredes, y encendió la luz del dormitorio como si ya hubiera estado allí. Él la siguió y la encontró de pie junto a la puerta. Ella comenzó a desabotonarle la camisa. Sandy ardía. Trató de desvestirla, pero ella le apartó las manos, lo empujó hacia atrás y lo hizo caer torpemente en la cama de agua. Ella se irguió sobre él con expresión severa.

Se arrodilló en la cama ondulante y le puso las manos en el pecho. Él tanteó la estantería buscando la yohimbina. Ella le apartó las manos, tomó una de las cápsulas y se la partió bajo la nariz. El corazón le chocó contra las costillas como si quisiera saltarle del pecho; el aire que respiraba era caliente y seco, y la tensión de la entrepierna de los pantalones lo hacía sufrir. Eventualmente, ella lo ayudó con eso, pero no sin antes pasar lo que pareció una eternidad aguzando ese sufrimiento.

Al verla desnuda casi tuvo un orgasmo. Pero ella supo controlarlo. Parecía conocerle cada pensamiento, y respondía a sus necesidades con precisión y dulzura. Se transformó en todo lo que él quería. Lo llevaba al borde una y otra vez, se detenía a tiempo, volvía a llevarlo. Parecía conectada a las fuentes de su deseo: su dolor, su temor, su esperanza, todo se traducía en los simples y lentos movimientos del sexo de ambos. Se olvidó de preocuparse por complacerla. Olvidó quién era. Durante una hora lo olvidó todo.

Estaba oscuro. Sandy estaba al borde del sueño, con los párpados entrecerrados. Oyó el ulular de una sirena. La sirena se perdió a lo lejos.

—Eres hermoso, Sandy —dijo Judith—. Tal vez no te lastime después de todo.

Sandy estaba tan agotado que no podía pensar.

—Nadie lastima al Asesino —murmuró, y rió. Se apoyó sobre el estómago. La cama onduló; se sentía mareado.

—Un cuerpo tan espléndido. Una verga tan dura.

Ella le acarició la espalda, relajándole los músculos, como si fuera un cordel enredado y ella lo desanudara. Era casi un sueño. Una alarma sonó en alguna parte de su mente, como la sirena que se había perdido en otra parte de la ciudad.

—Ahora —dijo Judith—, quiero contarte una historia.

—Claro.

Acariciándole la espalda, Judith dijo:

—Es la historia de Yancey Camera.

—Qué nombre tan raro. —Sólo sentía sueño.

—Lo es. Ante todo, Yancey Camera era un joven promisorio, bondadoso y confiado. ¿Me creerías si te dijera que era tan apuesto como el galán de una película en blanco y negro? Era así de apuesto, y era tan listo como apuesto, y tan rico como listo. Su verga era tan confiable como su idoneidad financiera. Era un joven con suerte.

»Pero Yancey no creía en la suerte, o sólo creía en ella de los labios para afuera. Cuando la gente le decía que era un tipo con suerte, él decía: “Sí, supongo que sí”. Pero cuando lo pensaba, comprendía que cuando le decían que tenía suerte le estaban diciendo que no merecía su buena fortuna, que no había hecho nada para ganarla, y en un universo más racional no sería apuesto, listo ni rico, y su verga no sería más confiable que la de cualquier otro hombre. Yancey llegó a comprender que cuando los demás hablaban de su suerte, en realidad expresaban envidia, y de inmediato receló de esa gente. Esta falta de confianza le permitió identificar a varios impostores, pues el análisis de Yancey Camera era muy atinado.

»El problema fue que, al pasar el tiempo, Yancey vio cuánta venalidad ocultaban los comentarios de la gente sobre su suerte, y olvidó que no había hecho nada para merecer la apostura, el intelecto, el dinero y la dura verga que poseía. En otras palabras, Sandy, llegó a descreer de la suerte. Pensó que un hombre de su habilidad podría controlar cualquier situación. Olvidó la segunda ley de la termodinámica, que nos explica que todos perdemos, y que las ocasiones en que ganamos son meros desvíos estadísticos locales en un avance universal desde un estado de menor entropía a un estado de entropía más elevada. La suerte de Yancey era uno de esos desvíos locales. Al pasar el tiempo, y al continuar la buena fortuna de Yancey, empezó a creer que estaba más allá de la segunda ley de la termodinámica.

Olvida la alarma, la navaja. La segunda ley de la dinámica sexual. Primero te la montas, luego habla. Sandy recordó el partido, la sensación del bate en las manos, el contacto con la pelota, tan puro y dulce que supo que estaba fuera del estadio aun antes de seguirla con los ojos.

—Es un pecado que las Parcas llaman hybris —dijo Judith—, y en cuanto advirtieron la magnitud del error de Yancey Camera, se propusieron rectificar la situación. Ahora bien, hay varios modos de corregir ese desequilibrio. Se puede hacer por etapas, o se puede hacer con un golpe repentino y descomunal.

»Y aquí mi historia se divide. En una versión, Yancey Camera se casa con una bella mujer, tiene cuatro hijos y abre un local de venta de automóviles. Lamentablemente, como la casa de Yancey está construida sobre un vertedero de desechos químicos, uno de sus hijos nace con spina bifida y debe andar en silla de ruedas. Este hijo muere a los doce años. Otro hijo es incapaz de competir en la escuela y se convierte en un inadaptado. El tercero es brillante pero se suicida a los catorce años cuando su novia se va a la playa con otro. Bajo la presión de estas decepciones, la esposa de Yancey se desquicia. Engorda, bebe y lo avergüenza en las fiestas. A Yancey le queda el consuelo de su local de coches, pero estalla una guerra en Medio Oriente donde destruyen los campos petrolíferos con armas atómicas. De pronto no hay más petróleo. Yancey quiebra. Suceden otras cosas que no te contaré. Baste decir que al final de esta versión, Yancey ha perdido su apostura y su dinero, y también su mente aguda, que se trastorna ante las presiones del infortunio. Al final también pierde su verga dura, y muere maldiciendo su mala suerte. Pues al final está seguro de que la mala suerte, y no su propia conducta, es responsable de su destrucción. Y tiene razón.

—Es una pena.

—Lo es, ¿verdad? —Judith le levantó el vello de la nuca con las yemas de los dedos. Sandy sintió cosquillas—. La otra versión de la historia, Sandy, es aún más interesante. Pasan los años y Yancey Camera triunfa una y otra vez en la vida. Se casa con una bella mujer que no engorda, y tiene cuatro hijos totalmente sanos y bien adaptados. Llega a ser un abogado de éxito y se convierte en presidente del país. Como presidente, visita todas las capitales de estado. A donde vaya, el pueblo se reúne para verlo, y cuando Yancey se marcha deja detrás dos grupos de ciudadanos. El primer grupo vuelve a casa diciendo: «Qué pueblo afortunado somos al tener un presidente tan apuesto, listo y rico». Otros dicen: «Qué pueblo listo, apuesto y rico somos al haber elegido un dirigente tan apuesto, listo y rico». Se consideran un país habilidoso, como su presidente, suponen que sus dones no son producto de la suerte sino de la virtud inherente. Por tanto, todos los que señalan esta buena suerte deben ser envidiosos. Y así, las Parcas o la segunda ley de la termodinámica, disponen del país de Yancey tal como disponían de Yancey en la primera versión de esta historia. En su arrogancia, Yancey Camera y su pueblo, en el esfuerzo por mantener el suministro de petróleo para sus automóviles, provocan una guerra que destruye la existencia en la Tierra, incluyendo la vida, la apostura, la riqueza y las vergas duras de todos los ciudadanos de ese país, afortunados e infortunados. Fin.

»¿Qué opinas de eso, Sandy?

Sandy estaba casi dormido.

—Opino que estáis obsesionadas por las vergas —murmuró, sonriendo para sí mismo—. Todas las mujeres.

—Tal vez —susurró Judith, entibiándole la oreja con su aliento.

Sandy se durmió.

Despertó sobresaltado. Ella ya no estaba junto a él. ¿Cómo se había descuidado tanto? Tal vez ella le hubiera robado, o algo peor. ¿Dónde había puesto el dinero del banco? Buscó los pantalones en el piso, metió el índice en el bolsillo de la cadera. Estaba vacío. Sintió un torrente de adrenalina, saltó de la cama, se puso los pantalones, enfiló hacia el pasillo cerrando la cremallera cuando la vio a través de la puerta abierta del cuarto de baño.

Ella se volvió hacia él. La luz estaba encendida. La cara de Judith estaba en sombras, y su voz era aún más acariciante.

—¿Lo has encontrado? —preguntó.

Él sintió miedo.

—¿Qué?

—Tu dinero.

Entonces recordó que había guardado los billetes flamantes, recién salidos de la máquina, en el bolsillo de la camisa. Corrió hacia la cama, encontró la camisa en el piso, hurgó en el bolsillo. El dinero estaba allí.

Dio media vuelta y ella estaba de pie ante él. Judith estiró el brazo y le tocó la cara.

Tienes quince años. Estás sentado ante la cuarteada mesa de fórmica de la cocina de la derruida granja, sudando en ese día caluroso, comiendo un emparedado de mantequilla de cacahuete y bebiendo un vaso de té dulce. El aire está húmedo y caliente como una compresa. A través del remendado cancel ves el porche, el polvoriento patio de polvo rojo, y una esquina del campo de tabaco, un verdor vivido que se funde con la línea aún más oscura de los árboles que bordean el linde de la granja. El aire está cargado con el olor dulzón del tabaco. Aun el emparedado sabe a tabaco.

Llevas puesto el equipo de béisbol del colegio. Tus bates y tu guante — autografiado por Dale Murphy— descansan en el vinilo amarillo y cuarteado de la única otra silla utilizable de la cocina Hoy a las dos empezarás en la primera ronda de los campeonatos del condado de Cumberland, y después irás con Jocelyn a comer una pizza Tu corazón está lejos de la granja, tus pensamientos vuelan a través de una multitud de imágenes: el pelo fino y rubio de Jocelyn, el verdor del campo, los anuncios brillantes de la cerca, el fulgor blanco y enceguecedor de las líneas de tiza en el sol brillante, el olor de los hombros de Jocelyn cuando le hundes la cabeza en la nuca. Si no tienes que pasar otro verano aguantando el olor enfermante del tabaco, te darás por contento.

Terminas de comer. Estás lavando el vaso y el plato cuando oyes las botas de tu padre en el porche, y el cancel se cierra a tus espaldas. Ignoras al viejo. Se acerca, abre la alacena y saca la botella de bourbon y un vaso. Queda muy poco en la botella. El viejo maldice y vierte el bourbon en el vaso, bebe sin soltar la botella Suspira y se apoya en la mesa.

Te secas las manos deprisa y coges tu guante y tus bates.

—Adónde vas? —pregunta tu padre, como si el uniforme y el equipo no fueran explicación suficiente.

—Hoy tenemos un partido.

Te mira. Sus ojos están hundidos en una maraña de arrugas originadas por tanto entornar los ojos al sol El señor Witt, el entrenador de la escuela, tiene las mismas arrugas alrededor de los ojos, pero las suyas vienen de cuando jugaba béisbol en Atlanta. Y los ojos del señor Witt no son rojos.

Tu padre no dice nada. Se quita la gorra y se pasa el antebrazo por la frente. Mete la mano en la azucarera que guarda en la alacena junto a las botellas. Tratas de irte pero su voz te detiene de nuevo.

—¿Dónde está el dinero de la azucarera?

—No lo sé.

—Aquí había doce dólares más —rezonga—. ¿Qué hiciste con ellos?

Te quedas de pie en la puerta, desorientado.

—Yo no toqué tu dinero.

—Embustero. ¿Qué hiciste con él?

Sientes una llamarada de odio.

—¡Yo no he cogido tu maldito dinero, viejo borracho!

Cierras el cancel de un portazo y te diriges a la destartalada Maverick que compraste trabajando de noche y durante los fines de semana. La pones en primera, dejas rugir el motor a través del escape podrido, haces rechinar las llantas contra el polvo del patio. En el espejo lateral ves al viejo de pie en el porche, gritando. Pero no oyes lo que dice, y la imagen se sacude locamente cuando tomas el camino.

Sandy se estremeció. Estaba agachado en su apartamento, y la mujer estaba de pie ante él. Aún temblaba de furia ante la acusación de su padre, aún sudaba por el calor, aún olía el tabaco que se calentaba al sol. Cómo había odiado al viejo y su recelo. Por primera vez en años sintió el vivido desprecio que había sentido entonces ante la mezquindad de su padre.

Se alejó de Judith, temblando. Ella estiró el brazo y lo tocó de nuevo.

Estás en este mismo cuarto, junto a la cama donde acaban de hacerte gozar como nunca, para meter el dedo en el bolsillo y comprobar si te han robado. El día en que llegaste a las ligas, el día en que jugaste mejor que nunca, el día en que jugaste mejor de lo que puedes jugar. Metiendo el dedo en el bolsillo como un imbécil se mete el dedo en el trasero porque le gusta la sensación. Un lamentable perdedor. Como tu padre.

Sandy se apartó de ella. Repentinamente aterrado, se dirigió a la cama. Tenía las rodillas tan flojas que no supo subir.

—¿Qué te ocurre, Sandy? —Ella se le acercó.

—¡No me toques!

—¿No te gusta que te toque?

—Vas a matarme. —Lo dijo en voz baja, con asombro, y al decirlo advirtió que era verdad.

Ella se acercó más.

—Eso está por verse, Sandy.

—¡No me toques otra vez! ¡Por favor!

—¿Por qué no?

Encogiéndose, la miró, tratando de distinguirle la cara en la oscuridad. No era justo. Pero de pronto comprendió que sí era justo, y eso fue más de lo que pudo soportar.

—Lo lamento —dijo.

Ella se arrodilló, lo abrazó y no dijo nada.

Al cabo de un rato él dejó de llorar. Se enjugó los ojos y la nariz con la sábana, avergonzado. Estaba sentado en el borde de la cama, de espaldas a Judith.

—Lo lamento —repitió.

—Sí —dijo ella.

Luego vio que en la otra mano, la mano que no lo tocaba, ella empuñaba la navaja. La había empuñado todo el tiempo.

—No comprendí que podía herir tus sentimientos —dijo él.

—No puedes herir mis sentimientos.

No había emoción en la voz. No había nada. Mirarle la cara era como mirar un cuarto vacío.

—No te preocupes —dijo ella, plegando la navaja—. No te lastimaré.

Era una voz ciega. Sandy tiritó. Ella se inclinó hacia él. Su cuerpo era dolorosamente bello, pero él se levantó de la cama y agarró la camisa, como si los pantalones no bastaran, como si fuera enero y él estuviera perdido frente al lago en un temporal.

—No tengas miedo —dijo ella—. Ven a la cama.

Él titubeó. Tenía que largarse de allí. Ella estaba loca. Más que loca, ni siquiera era humana. Le miró la fría cara. No estaba muerta. Era como si la mujer real estuviera en otra parte y ese cuerpo fuera un receptor por el cual ella le comunicaba un mensaje desde lejos: desde otro país, desde el confín de la galaxia. Si se iba ahora estaría bien, lo sabía. Pero algo que podría haberle ocurrido no ocurriría, y para averiguar qué era tenía que correr un gran riesgo. Miró el claro de luna. Las nubes pasaban sobre la Luna creando la impresión de que se movía. La Luna no se movía tan deprisa, se movía tan despacio que no podías darte cuenta, excepto que Sandy sabía que en cinco minutos el ángulo de las sombras que caían sobre la pared, la silla y la cama serían diferentes. El cuarto estaría cambiado.

Ella todavía estaba en la cama. Sandy volvió, soltó la camisa, se quitó los pantalones y se acostó junto a ella. La tez de Judith era muy tersa.

El reloj marcaba 8.45, tendría que apresurarse. Se sentía bien. Sacó sus bolsos del guardarropa y empezó a empaquetar. Recogió la camisa que había dejado en el piso. La arrojó en su bolsa de ropa sucia, luego se acordó del dinero y la sacó. Ella le había dejado quince dólares. Un billete de diez, cinco de uno.

Empujó la camisa hasta el fondo de la bolsa. Llamó un taxi y fue hasta el War Memorial.

En el Hitachi del taxi miró las noticias de la mañana, esperando ver resultados de béisbol. Nada. El reverendo Gilray declara que ha comenzado la Abominación de la Desolación, que el Juicio está cerca. Se informa que los israelíes han utilizado armas nucleares tácticas en la guerra civil de Jibuti. Tres adolescentes avistan otro ovni en Chestnut Ridge.

Cuando llegó al parque, Sandy dio al taxista un dólar de propina y fue directamente al vestuario para limpiar su armario. Esperaba evitar a León o Dutch, pero cuando se disponía a irse Dutch apareció para entrenarse antes del partido del domingo por la tarde.

—Parece que te subestimé. Como en el juego.

Extrajo la billetera y empezó a contar billetes.

—Guárdalo —dijo Sandy.

—¿Qué? —Dutch, sorprendido, parecía una imitación en color vainilla de la perpetua inocencia de León.

—León ganó la apuesta.

Dutch rió.

—Se hizo la difícil, ¿eh?

Sandy cerró su bolso, recogió su guante y sus bates. Sonrió.

—Podrías decir que sí. Tengo que irme… el taxi me espera. Deséame suerte.

—Creí que tú no necesitabas suerte.

—Como ves, no lo sé todo. Saluda a León de mi parte.

Estrechó la mano de Dutch y se fue.