Premios Nebula 1987
Isaac Asimov: «In Memoriam: Alfred Bester (1913-1987)»
Isaac Asimov:
«In Memoriam: Alfred Bester (1913-1987)»
Isaac Asimov, a quien se designó octavo Gran Maestro de la SFWA en 1986, evoca aquí al noveno, Alfred Bester. Asimov es el infatigable autor de casi cuatrocientos libros, entre ellos varios clásicos de la ciencia ficción y varios manuales de introducción a las ciencias, a la Biblia, a las obras de Shakespeare y demás. Para la mayoría de los lectores de los volúmenes de los Premios Nebula no necesita presentación, así que diré unas palabras sobre Alfred Bester.
La actual reputación de Bester debe su envidiable brillo a dos novelas ingeniosas, coloridas y pirotécnicas, El hombre demolido (1953) y Las estrellas mi destino — también publicada como Tigre tigre— (1956), además de un puñado de relatos increíblemente deslumbrantes y originales, entre ellos mi propio favorito, Tiernamente Fahrenheit (1954), que merecidamente se incluyó en la antología Science Fiction Hall of Fame, publicada en 1970 para difundir hitos del género que habían aparecido antes de la fundación del SFWA y la creación de los Premios Nebula en 1965.
Tiernamente Fahrenheit parece una variación acelerada y futurista de Septiembre seco de Faulkner, pero no lo es. Es eso, y un thriller psicológico interplanetario acerca de la confusión de identidades, la relación amo-esclavo y muchas cosas más. Sea lo que fuere el relato, sus elementos se funden de modos caleidoscópicos que otorgan impulso y causan turbación. «El termómetro de la planta energética registraba 100,9º, criminalmente Fahrenheit. ¡De acuerdo, de acuerdo!». No hay modo de explicarlo. Tendréis que interpretarlo por vuestra cuenta.
Mi primer encuentro con el trabajo de Bester fue la lectura de Las estrellas mi destino, una vivida reconstrucción de El conde de Montecristo, de Víctor Hugo, en la era del espacio, y con una prosa que era la precursora —si no fue la verdadera inspiración— de la secuencia psicodélica donde el astronauta atraviesa la puerta estelar en 2001: Odisea del espacio, el filme de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke. Desde entonces he querido «jauntear» como los personajes de la novela, y no puedo pensar en Bester sin pensar en fuerza imaginativa, agilidad intelectual, y un instinto para los personajes que transforma los dos talentos anteriores en potentes manifestaciones de genio personal.
Dos novelas posteriores, Extro o The Computer Connection (1974) y Golem 100 (1980), fueron dos decepcionantes alejamientos del ápice de los primeros logros de Bester, y debemos perdonar a Bester si llegó a creer —según Charles Platt en una reciente evocación en la revista inglesa Interzone— que Golem 100 era «sin ninguna duda» su «mejor libro». Los escritores siempre quieren creer que su última novela es la que más se acerca a la perfección, pero es proverbial y demostrable que a menudo son malos jueces de su propia producción.
Así ocurrió aparentemente con Bester, el inquieto tábano con la omnívora «mente de urraca». Al parecer, sus últimos años no fueron los más felices pero su conocimiento de que había ganado el premio de Gran Maestro quizá le haya brindado algún solaz. Y quizá también haya advertido que su influencia en el género no sólo ha tenido gran alcance, sino que ha sido revivificante. En verdad, su obra parece haber tenido un fuerte impacto en el Samuel R. Delany de Nova (1968), así como en el William Gibson que inscribió Neuromante (1984) en los anales del cyberpunk.
Hace poco tiempo, K. W. Jeter, a quien han calificado de cyberpunk por sus novelas Dr. Adder y The Glass Hammer, comentaba a un entrevistador: «Lo que se ha etiquetado como cyberpunk es el habitual redescubrimiento de Alfred Bester que se produce cada dos o tres años en el género. Casi todo lo que se califica de cyberpunk, así como casi todo lo supuestamente nuevo en ciencia ficción, se parece mucho al guardarropa de Alfred Bester. O a su cubo de desperdicios».
Jeter se permite aquí una hipérbole, desde luego, pero no es una hipérbole grosera ni indefendible, por la simple razón de que Bester era original. Era incuestionablemente el más enérgico, vivido e inspirador estilista y explorador estructural de los nueve excelentes escritores a quienes la SFWA ha otorgado hasta ahora el premio de Gran Maestro. Sus innovaciones seguirán aflorando en la obra de los escritores nuevos. Irónicamente, algunos de estos escritores nuevos quizá tengan sólo una idea muy vaga y distante acerca de a quien están imitando.
Como observó Peter Nicholls en The Science Fiction Encyclopedia (1979): «[Alfred Bester] es uno de los pocos escritores del género que ha franqueado inconscientemente el abismo entre la vieja y la nueva ola al convertirse en un héroe para ambas; quizá porque en sus imágenes logra evocar, casi en un mismo aliento, tanto el espacio exterior como el interior».
Alfred Bester murió el 30 de septiembre de 1987 a los setenta y tres años. No tuvo una nota necrológica en el New York Times.
Lo sé porque he llegado a la edad en que leo atentamente la página de necrologías. Yo mismo soy casi una celebridad, y con los años he acumulado amigos que son dignos de obituarios y que, además, han llegado a la edad donde esas tristes líneas se vuelven cada vez más probables. Leo esas páginas con una mueca de aprensión, pero no me atrevo a perder la menor noticia. Sin embargo, sólo supe de la muerte de Alfred Bester cuando telefoneé a Harlan Ellison para hablarle de otro tema y, varios días después de los hechos, me contó lo sucedido. «Se fue otro de los buenos», dijo.
Alfie (así lo llamaban sus amigos) era un veterano, desde luego. Su primer relato, El axioma roto, se publicó sólo tres meses después de mi primera narración, lo cual es veteranía de sobra.
Él nunca fue lo que yo llamaría prolífico, pero prolífico sólo significa cantidad. No tiene nada que ver con la calidad, y con Alfie calidad era la palabra. Publicó clásicos tempranos tales como Adam and No Eve y Tiernamente Fahrenheit. Publicó una novela corta de fantasía, Hell is Forever. Trabajó en revistas de historietas y de viajes; escribió guiones de radio y fue jefe de redacción.
Ante todo, escribió algunas grandes novelas. La mejor (que al publicarse me sumió en un estado de desconcierto que, como pronto comprendí, tenía un fuerte componente de envidia) fue El hombre demolido, que se publicó en 1953 y que tuvo el merecido honor de ser la primera novela en recibir un Hugo. Creo que es, casi sin discusión, la mejor novela que se ha escrito sobre una sociedad telepática. Es la única en la que pude creer de veras. Me pareció que si existiera una sociedad telepática, tendría que ser como la describía Alfie. Las estrellas mi destino, publicada tres años después, era aún más pirotécnica y no le iba a la zaga en calidad.
Pero el New York Times no le dedicó una nota necrológica. Sólo se mencionó en la «sección anuncios», al pie de una página de anuncios pagados.
Francamente, me enfurecí. Cualquier escritor de segunda que no escribiera ciencia ficción habría recibido un homenaje. Cualquier músico, serio, popular o de jazz, lo habría logrado. Cualquier vicepresidente de cualquier empresa oscura habría merecido un titular. ¿De qué se alimenta un gran escritor de ciencia ficción para ser tan ignorable?
Me satisface mucho que la SFWA (¡Nosotros, chicos!) no lo haya ignorado. Fue escogido para recibir el premio de Gran Maestro en 1988 (el noveno), y él lo sabía. Se lo dijeron. Y su muerte no eliminará la decisión, pues su muerte no le quita valor. En el próximo banquete de Premios Nebula, se le otorgará postumamente el premio de Gran Maestro. Y eso significa, lamentablemente, que en la historia de doce años que (hasta ahora) tiene el premio, él habrá sido el primer Gran Maestro que abandonó nuestras filas para pasar a la Gran Convención Perpetua del Cielo.
Alfie fue siempre un individuo alegre y asombrosamente extrovertido. Me hacía sentir tímido y aprensivo. Desde luego, él bebía en ocasiones, mientras que yo era un abstemio empedernido. Tal vez ahí estaba la diferencia.
En todo caso, siempre me saludaba con la mayor efusividad. Utilizo el término saludar sólo como algo figurativo, porque en realidad más de una vez (muchísimo más que una vez, sobre todo si él me veía a mí antes que yo lo viera a él) me brindó mucho más que un saludo verbal. Me encerraba en un abrazo y me besaba en la mejilla. Y en ocasiones, si yo le daba la espalda, no titubeaba en manosearme el trasero.
Eso me turbaba en dos sentidos: primero, era una turbación física y directa. No estoy acostumbrado a ser inmovilizado por un abrazo y luego besado, y por cierto no estoy acostumbrado a que me toquen el trasero.
Una turbación más indirecta, y mucho peor, consistió en advertir que, así como yo me acercaba a Alfie muy cautelosamente cuando lo veía antes que él me viera, era posible que las mujeres jóvenes se acercaran a mí con la misma cautela, pues no negaré que he actuado durante largo tiempo según la superstición de que abrazar, besar y manosear era una prerrogativa masculina, siempre que el blanco fueran mujeres jóvenes y no hombres mayores. Me resultaba espantoso sospechar que las mujeres jóvenes quizá se alejaran de mí con la misma prudencia.
Me pregunto si Alfie lo hacía a propósito, para ampliar mi comprensión de la naturaleza humana y reformarme. No, no lo creo. Era sólo su efusividad natural.
Era mucho más serio cuando me hablaba por teléfono. De todos mis amigos, él y Harlan eran los que llamaban con mayor frecuencia para hacerme preguntas para las cuales necesitaban respuestas que no encontraban en los libros de referencias disponibles. Debo admitir que las preguntas de Alfie eran difíciles, y que rara vez podía darle respuestas satisfactorias. En general me limitaba a decirle: «Inventa algo, Alfie. Es lo que hago yo». Sin embargo, mientras un escritor prolífico como yo está obligado a inventar algo, pues de lo contrario se interrumpe el tableteo constante de la máquina de escribir, Alfie, cuyo sello era la calidad, no podía escabullirse de ese modo. Tenía que fastidiar al Universo entero hasta obtener una respuesta.
Alfie tenía una visión rara y distorsionada del Universo, aun cuando no estuviera escribiendo ciencia ficción. Hace unos quince años me entrevistó para Publishers Weekly. Pasamos juntos un par de horas, mientras él se las ingeniaba para internarse en los recovecos de mi vida. Resultó que yo gustaba mucho de viejas y sensibleras baladas que había oído cuando era joven, y que ocasionalmente las cantaba. Me alentó (soy un sujeto muy ingenuo), y así canté para él, con mucha emoción, The Boulevard of Broken Dreams.
La entrevista se publicó, y en la página impresa del muy respetable Publishers Weekly había una descripción de mí, cantando:
Camino por la calle de la pena,
el Bulevar de los Sueños Rotos,
donde gigolo y gigolette
despiertan con las mejillas húmedas
con lágrimas que vienen de planes destruidos
[etcétera]
Es el único lugar y la única vez en que descubrió esta adicción mía vergonzosa y secreta.
Adiós, Alfie, amigo mío, con tu alegría y tus manoseos, tu locura y tu genio, hasta que pueda reunirme contigo en esa Gran Convención Perpetua… si me dejan entrar.