Premios Nebula 1987
Pat Cadigan: «Ángel»
Pat Cadigan:
«Ángel»
«Prométeme que no usarás la expresión ama de casa en mi material
biográfico», escribió Pat Cadigan cuando le pedí autorización para publicar
«Ángel» en Premios Nebula 1987. «Mama, sin embargo, es aceptable». Ella y
su esposo Arnold Fenner son padres de Bob Michael, a quien afectuosamente
llaman Bobzilla, el Azote del Medio Oeste.
Los relatos de Cadigan han aparecido en Omni, Asimov’s,
Fantasy & Science Fiction, Wild Cards, Light Years and Dark, Twilight Zone,
Tropical Chill, Mirrorshades: The Cyberpunk Anthology, y diversas
antologías anuales. Su relato Pretty Boy Crossover fue finalista para el Nebula
de 1986. Su primera novela, Mindplayers, compitió por el premio Philip
K. Dick en 1987, y la segunda, Synners, se publicará en 1989. La obra de
Cadigan se caracteriza por una prosa recia pero evocativa, una comprensión
del lado más siniestro de la psique humana, y una triste y sólida compasión
que nunca degenera en sensiblería.
Considera que Ángel, finalista del género, es una rareza en su producción. —Rara vez escribo sobre alienígenas, quizá porque no creo en ellos.
Tampoco descreo de ellos, simplemente soy agnóstica. Sin embargo, si alguna
vez tenemos aun el más somero contacto con alienígenas, ¿será el contacto en
sí tan extraño que no reconoceremos de qué se trata? Quizá Kurt Vonnegut
tenía razón y la Gran Muralla China signifique: «Aguarda, llega un
mensaje». O no. Como dice uno de los alienígenas de Arthur C. Clarke la
ciencia ficción quiere hacemos creer que nuestro planeta es el cruce de
caminos de la galaxia.
»Quizá las únicas gentes al tanto del secreto sean los que son extraños en
su propia tierra, por así llamarlos. El alienígena nativo de Ángel es extremo,
pero no imposible ni inaudito. Nada resulta tan extraño, para esa curva
acampanada que determina lo «normal» en nuestra sociedad, como los
sexualmente ambiguos; nada sería tan extraño para esa misma curva
acampanada como un apareamiento sin sexo (entre vertebrados, se entiende).
No vinculación, sino apareamiento, con un intercambio de materiales.
»Si usted fuera un alienígena, ¿dónde se ocultaría y con quién? ¿En un
distrito lujoso con gentes respetables en la cultura, o con los menos
deseables, con gentes en quienes la sociedad prefiere ni pensar? (Suponiendo
que usted no sea ALF).
Quédate conmigo, Ángel, dije, y Ángel dijo que sí. Ángel era bueno en ese sentido, buena compañía en una noche fría y sin rumbo. Estábamos juntos en la esquina y mirábamos pasar los coches y la gente. Las calles estaban iluminadas como en Navidad: las farolas, las luces de los escaparates, marquesinas parpadeantes y relampagueantes sobre cines y librerías. Espinazo de la noche en la zona este. Ángel se estaba habituando a las cosas de aquí, y a mi modo de pasar las noches. Afuera, porque, ¿qué más vas a hacer? Ahora era mi Ángel, lo era desde esa fría noche en que yo iba a casa, porque ¿a dónde vas a ir si no?, y lo había encontrado y lo había llevado conmigo. Es bueno tener alguien a quien llevar, a quien cuidar. Ángel lo sabía. Él también empezó a cuidar de mí.
Como ahora. Estábamos allí y yo miraba todo sin mirar nada, los coches que pasaban, algunos parando a recoger prostitutas, y entonces lo vi por el rabillo del ojo. Algo brotaba del Ángel, brillante como chispas pero fluido como líquido. Fuegos artificiales plateados. Me volví a mirarlo y esa cosa desapareció. Y él sonrió tímidamente, como avergonzado de que yo lo hubiera visto. Nadie más lo veía, sin embargo; ni el individuo bajo que se detuvo junto al Ángel antes de cruzar la calle a pesar de la luz roja, ni el flacucho vendedor de drogas que trataba de colocar su mercancía, ni el buen chico que pasó de largo con sus dos amigas del brazo, nadie salvo yo.
¿Fiambre?, dijo el Ángel.
Claro, dije yo. Tengo hambre.
Ángel miró a un lado, más allá de mí.
Bien, dijo.
Yo también miré. Venían tres chicos vestidos con cuero: gorras con visera, cinturón, botas, llaveros. En busca de acción. Gente de cuidado, aunque uno no esté en la mira.
¿Ellos?, pregunté. ¿Ellos?
Ángel no respondió. Uno siguió de largo, luego el segundo, y el Ángel detuvo al tercero aferrándole el brazo.
Hola.
El fulano asintió. Tenía la cabeza rapada. Le vi un vello renegrido bajo la gorra. Ojos sin cejas, indiferentes. Los ojos despertaron para el Ángel.
Necesito dinero, dijo el Ángel. Mi amigo y yo tenemos hambre.
El fulano metió la mano en el bolsillo, sacó unos billetes y se los dio. El Ángel escogió uno de veinte y cerró la mano del fulano sobre el resto.
Suficiente, gracias.
El fulano guardó el dinero y esperó.
Que tengas buenas noches, dijo el Ángel.
El fulano asintió con un movimiento de cabeza y siguió de largo, cruzando la calle hasta donde sus amigos esperaban en la esquina. A nadie le pareció raro.
Ángel me sonreía. A veces era el Ángel, cuando hacía ciertas cosas, a veces era sólo Ángel, cuando estaba conmigo. Ahora había vuelto a ser Ángel. Cruzamos la calle, entramos en el restaurante y nos sentamos junto a la ventana para mirar la calle mientras comíamos.
—Hamburguesa de queso con patatas fritas —dije sin molestarme en mirar los menús forrados con plástico que había sobre el servilletero.
El Ángel asintió.
Eso pensé, dijo. Quiero lo mismo.
La camarera se acercó con una libreta para anotar el pedido. Me aclaré la garganta. Tenía la sensación de no haber hablado en un siglo.
—Dos hamburguesas y dos de patatas fritas —le dije—, y dos vasos de… —La miré y me quedé de una pieza. No tenía cara. Nada. Un blanco de la frente a la barbilla, con hendiduras blandas en vez de ojos, nariz y boca.
El Ángel me pateó suavemente bajo la mesa.
—Y dos tazas de café —añadí.
Ella no dijo nada —¿con qué iba a decirlo?— mientras anotaba el pedido y se alejaba. Sobresaltado, miré al Ángel, pero él estaba tranquilo como siempre.
Una recién llegada, dijo el Ángel, reclinándose en la silla. No ha tenido tiempo para desarrollar su cara.
Pero ¿cómo respira ?, pregunté.
Por los poros. Todavía no necesita mucho aire.
Ajá, ¿pero qué me dices…? ¿Los demás no notan que no tiene cara?
No. No es algo tan extraordinario. Tú lo notas sólo porque estás conmigo. Ciertas cosas se te han contagiado. Pero nadie más lo nota. Cuando la miran, ven la cara que esperan en alguien como ella. Y eventualmente la tendrá.
Pero tú tienes cara, dije. Siempre tuviste cara.
Yo soy diferente, dijo el Ángel.
Vaya si lo eres, pensé, mirándolo.
Ángel tenía un bello rostro. No había sido por eso que esa noche lo llevé a casa, no había sido sólo porque tuviera un bello rostro —hace tiempo que renuncié a esas cosas—, pero su belleza estaba allí. Como cuando se dice que un hombre es bello: sin edad, rasgos limpios, ojos profundos. El único modo en que se lo podía describir. Si uno desviaba los ojos se olvidaba de todo excepto de que era bello. Pero él tenía cara. Claro que sí.
Ángel se movió en la silla —parecían viejas sillas de cocina, y no había modo de estar cómodo en ellas— y meneó la cabeza porque supo que yo tenía pensamientos inquietos. A veces uno pensaba algo y no importaba, y a veces uno pensaba lo mismo y era inquietante. El Ángel no quería que yo estuviera inquieto por él.
¿Tienes un cigarrillot?, preguntó.
Creo que sí.
Me palpé la chaqueta y encontré un paquete casi entero. Se lo di. El Ángel lo encendió y nos divirtió a los dos expulsando humo por las orejas y derramándolo por los ojos como lágrimas fantasmales. Sentí que mis propios ojos lagrimeaban; me los enjugué y de nuevo brotó esa cosa, pero esta vez de mí. Lanzaba fuegos artificiales plateados por los ojos. Los solté sobre la mesa, noté cómo se evaporaban.
¿ Esto significa que me estoy convirtiendo en ti?, pregunté.
Ángel meneó la cabeza. Le salía humo del pelo.
Sólo cosas que se te contagian. Hemos estado juntos y tú eres susceptible. Pero para ti son diferentes.
La camarera nos trajo la comida y pasamos a otra secuencia, como diría el Ángel. Ella aún no tenía cara, pero supongo que veía bien porque puso los platos donde debía y dejó la cuenta en medio de la mesa.
¿Es ella…? Quiero decir, ¿la conoces, es de donde tú…?
Ángel sacudió la cabeza.
No. Es de otra parte. No es de mi gente.
Empujó la hamburguesa y sus patatas fritas hacia mi lado de la mesa. Así lo hacíamos: yo me encargaba de comerlo todo, y de algún modo funcionaba.
Cogí mi hamburguesa, y me la llevaba a la boca cuando mis ojos se pusieron raros y la vi venir como una serie de hamburguesas, un truco fotográfico, sólo que era de veras. Cerré los ojos y me puse la hamburguesa en la boca, sosteniéndola, esperando que las demás hamburguesas la alcanzaran.
Estarás bien, dijo el Ángel. Tranquilo.
Eso fue extraño, dije con la boca llena. ¿Alguna vez me acostumbraré?
Lo dudo. Pero haré lo posible para ayudarte.
Bien, el Ángel debía saber. Cosas que se me contagiaban, y él las sentía mejor que yo. Era él quien me las contagiaba.
Había dejado mi hamburguesa y la mitad de la de Ángel para comer patatas fritas por ambos, cuando noté que él miraba por la ventana con la cara tensa.
¿Algo?, pregunté.
Sigue comiendo, dijo.
Seguí comiendo, pero también seguí mirando. El Ángel miraba un coche azul aparcado junto a la acera del restaurante. Era azul plateado, uno de esos modelos para ricachones, y una mujer inclinada miraba desde la ventanilla. Era hermosa en ese estilo ricachón, pelo leonado estirado, y se le veían los ojos color turquesa. Una belleza. Sentí ganas de llorar. Cielos. Cómo se las arreglaba la gente para ser así y yo tan inofensivo para vivir.
Pero el Ángel no se alegraba de verla. Supe que él no quería que yo hablara, pero no pude contenerme.
¿Quién es?
Sigue comiendo, dijo Ángel. Necesitamos las pocas proteínas que hay.
Comí y observé cómo se observaban la mujer y el Ángel. Algo pasaba entre ellos, aun a través del vidrio. Un coche de policía se acercó al de la mujer. Le dijeron que circulara. Circuló.
Ángel se hundió en la silla y encendió otro cigarrillo.
Esta vez lo fumó de modo más rutinario.
¿Qué hacemos esta noche?, le pregunté al Ángel cuando salimos del restaurante.
Evitar problemas, dijo Ángel, que era una res puesta nueva.
La mayoría de las noches íbamos de aquí para allá sorbiéndolo todo. En general, el Ángel Jo sorbía todo. Yo sorbía un poco con él, pero no igual que él. Para él era distinto. A veces me usaba como una especie de filtro. Otras veces él lo tomaba directamente. Una noche había ocurrido aquel gran accidente, en mi esquina habitual. Un viejo Buick se había saltado la luz roja y arrollado un bonito Lincoln. El Ángel lo había tenido que tomar directamente porque yo no podía manejar esa clase de situación. Yo no sabía cómo lo hacía, pero lo hacía. Eso lo mantuvo en pie varios días, y yo tuve que comer sólo para mí mismo.
Es la intensidad, amigo, me había dicho, como si eso lo explicara.
Es la intensidad, no importa si es bueno o malo. El universo no sabe de bien o mal, sólo de menos y más. A la mayoría de vosotros os cuesta aceptarlo. A ti te cuesta aceptarlo, amigo, aunque te las apañas mejor que otra gente. Quizá por tu modo de ser. Te han vapuleado mucho, y no has tenido muchas oportunidades en la vida. Eres un exiliado como yo, sólo que en tu propia tierra.
Quizá fuera cierto, pero el menos yo era de aquí, así que esa parte me resultaba más fácil. Pero no se lo dije al Ángel. Creo que le gustaba pensar que podría sobrevivir tan bien como yo o mejor: yo no podía mirar a un chico y recibir un billete de veinte. Lo más probable era que recibiera un puñetazo o algo peor.
Pero esa noche no le iba tan bien, y estaba esa mujer del coche. Le había cambiado el paso, en cierto modo.
No pienses en ella, dijo imprevistamente el Ángel. No pienses más en ella.
Bien, dije sintiéndome raro, pues era raro que el Angel mirara dentro de mi cabeza.
Y además me costaba no pensar en ella.
¿Quieres venir a casa?, pregunté.
No. No puedo quedarme dentro. Esta noche haremos lo que podamos, pero tendré que ser muy cuidadoso con mis mañas. Me consumen mucha energía, y si queremos evitar problemas quizá no pueda reponerla toda.
Está bien, dije. Yo comí. Esta noche no necesito nada más, no tienes que hacer más.
Ángel puso esa cara que ponía cuando quería darme cosas, como sentimientos que yo ya no podía tener. El Ángel era generoso. Pero yo no necesitaba esos sentimientos como otra gente. Por un rato, pareció que el Ángel no lo entendía, pero me dejó en paz.
Amigo, dijo, y casi me tocó.
El Ángel no tocaba mucho. Yo podía tocarlo y eso estaba bien, pero si él tocaba a alguien no podía evitar hacerle algo, como cuando nos habían dado el dinero. Eso había sido a propósito. Si el fulano hubiera tocado al Ángel, habría sido distinto; no habría pasado nada a menos que el Ángel lo tocara a su vez. Todo contacto significaba para el Ángel algo que yo no entendía. Además, había contactos y contactos. Como las cosas que se me contagiaban. Y a veces, cuando yo tocaba al Ángel, tenía la sensación de que era más idea suya que mía, pero no me importaba. ¿Cuánta gente vivía toda su vida sin tocar un Ángel?
Caminábamos juntos, y la calle estaba cobrando vida. También hacía más frío. Traté de cubrirme con la chaqueta. El Ángel no sentía nada. El frío y el calor no significaban mucho para él. Vimos de nuevo a los tres fulanos vestidos con cueros. El que le había dado dinero al Ángel, había subido a un coche. Los otros dos lo vieron alejarse y siguieron su camino.
Miré al Ángel.
Porque le sacamos veinte, dije.
Aunque no hubiera sido así, dijo Ángel.
Así que seguimos, el Ángel y yo, y sentí cuán diferente era esta noche de todas las noches en que habíamos caminado o estado juntos. El Ángel parecía retraído, y parecía vigilarme, aumentar nuestro contacto. Me salieron más fuegos artificiales por las comisuras de los ojos, pero cuando volvía la cabeza para mirarlos se esfumaban. Me recordó la noche en que había encontrado al Ángel en mi esquina, solo y dolorido. El Ángel me dijo luego que reconocer su dolor había revelado talento. Yo nunca me había creído talentoso pero, considerando que los demás lo ignoraban, algo he de haber tenido para verlo.
El Ángel se paró a poca distancia de una librería.
No mires, dijo. Observa el tráfico o estudia tus pies, pero no mires o no ocurrirá.
En ese momento no había nada que ver, pero de todos modos no miré. Así era a veces, el Ángel diciendo que era importante que yo no mirara, que los demás eran conscientes de que yo era consciente de ellos. Yo no entendía, pero sabía que Ángel casi siempre tenía razón. Así que yo miraba el tráfico cuando ese fulano salió de la librería y recibió un golpe en la cabeza.
Casi pude verlo por el rabillo del ojo. Mucho movimiento, revoloteo de piernas y brazos, gruñidos. Otra gente se detenía a mirar, pero yo clavaba los ojos en los coches, algunos de los cuales aminoraban la velocidad para ver la pelea. Junto a mí, el Ángel estaba tieso. Succionando lo que él llamaba el gasto de energía cinética emocional.
Ni bien ni mal, amigo, me había dicho. Sólo energía, como el resto del universo.
Así que él lo succionaba y yo sentía esa succión, y mientras yo la sentía, una especie de niebla plateada me rodeó los ojos y estuve en dos sitios al mismo tiempo. Estaba mirando el tráfico y estaba en el Ángel mirando la pelea y sintiendo que él se cargaba como una gran batería.
Nunca había tenido una sensación semejante. Esos dos sujetos que se pegaban o, mejor dicho, uno que pegaba y el otro que trataba de esquivar los puñetazos y recibía una descarga de golpes en la cabeza, y el Ángel bebiéndolo como si sorbiera una taza vacía y lograra sacar algo a pesar de todo. En lo más profundo, lo que hacía funcionar al Ángel se estaba fortaleciendo.
Yo iba y venía entre él y yo, como un péndulo. Me intrigó, porque el Ángel no me estaba tocando. Pensé que de veras me estaba convirtiendo en él; Ángel captó eso y apartó el pensamiento para responder después. Era como si yo viajara junto a la niebla, siendo uno de nosotros y luego el otro, al parecer por mucho tiempo, y por un tiempo volví a ser más yo que él y parte de la niebla se disipó.
Y estaba ese coche, que esta vez encaraba la dirección opuesta, y la mujer bajaba con esa rara sonrisa, como si acabara de ganar algo. Llamó al Ángel con señas.
La conexión entre ambos estalló, murió, y el Ángel se alejó deprisa, huyendo del coche. Lo seguí. Vi que ella volvía al coche y movía la palanca de cambios.
Ángel no era un buen corredor. Algo raro en las rodillas. Habíamos corrido unos treinta metros cuando empezó a vacilar y jadear. Echó a correr por un Park & Lock que estaba oscuro y casi vacío. Estaba junto a una zona de aparcamiento privada, y entre ambas cercas había una acera angosta y despareja. Las cercas eran fáciles de trepar, pero Angel tenía demasiado pánico. Las atravesó aun antes de pensarlo; lo supe porque si lo hubiera pensado habría ahorrado la energía que acababa de succionar para cuando la necesitara de veras.
Yo tuve que trepar las cercas del modo habitual, y cuando él oyó el crujido de la floja malla de alambre, se detuvo y miró hacia atrás.
Vete, le dije. No me esperes.
Meneó la cabeza tristemente.
Amigo, soy un tonto. Pude aprender un poco más de ti.
¡No te detengas, corre! Pasé las cercas y lo alcancé. ¡Vamos! Le tiré de la manga al pasar, y él me siguió con un trote desganado.
Tenemos que escondernos, dijo, camuflarnos entre la gente.
Sacudí la cabeza, pensando que si corríamos cuatro manzanas más estaríamos en la rampa de la autopista. Debajo estaban los extremos de carreteras cerradas de cuando habían construido la autopista. Te podías esconder allí toda la vida sin que te encontraran. Pero Ángel me hizo virar a la derecha y me arrastró a un tugurio llamado Stan’s Jigger. Yo nunca había estado allí —no acostumbraba ir a bares— pero el Ángel no escuchaba razones.
Era un sitio oscuro, pestilente y sórdido. El Ángel y yo fuimos hasta el extremo de la barra y nos quedamos de pie bajo una luz roja como sangre mientras él buscaba dinero en sus bolsillos.
Suficiente para un trago cada uno, dijo.
Yo no quiero nada.
Puedes tomar una soda.
El Ángel le pidió algo al tabernero, que lo miró con recelo. Era un lugar para parroquianos y nadie más, y por cierto ese nadie más incluía a gentes como el Ángel y yo. El Ángel lo sabía mejor que yo, pero fingió beber sin mirarme. Estaba hundido en sí mismo y yo revoloteaba en los bordes. Sabía que él tenía miedo y trataba de tomar una decisión. Estando ambos tan juntos, si él tenía que largarse tendría un problema, y yo también. Tendría que arrastrarme consigo, y no era lo más práctico.
Tal vez ahora lamentaba que yo lo hubiera llevado a casa. Entonces había estado débil, y ahora, con todo el trabajo de filtro que yo había hecho para él, no podía zafarse de mí sin gran dolor.
Yo intentaba pensar en cómo ayudarlo, cuando el tabernero regresó y nos clavó una mirada que significaba pidan algo o lárguense. Como todos los presentes, habría preferido que nos largáramos. Los demás clientes no nos miraban pero sabían exactamente dónde estábamos. Éramos como una espina. No era difícil adivinar lo que pensaban de nosotros, quizá por mí o por la bella cara de Ángel.
Tenemos que irnos, le dije a Ángel, pero él estaba empecinado en que éste era un buen camuflaje. No teníamos dinero para dos tragos más, así que le sonrió al tabernero, deslizó la mano sobre el mostrador y la apoyó en la de él. Era un truco difícil; los taberneros y camareras requerían más trabajo de persuasión, porque para ellos no era normal dar algo porque sí.
El tabernero miró al Ángel con los ojos entornados. Parecía reflexionar. Pero el Ángel había perdido muchas energías al atravesar la cerca en vez de treparla, y el miedo le estaba dispersando la concentración y supe que no funcionaría. Y el hecho de saberlo quizá no ayudara en nada.
La mano libre del tabernero desapareció bajo el mostrador y salió con un pequeño garrote.
—¡Maricón! —rugió, y le pegó al Ángel encima de la oreja.
Ángel se me cayó encima y ambos rodamos al suelo. Mucha energía cinética emocional, pensé vagamente mientras la clientela se lanzaba sobre nosotros, y no pensé nada más mientras me cubría de sus puños y botas.
Por suerte no tenían ganas de matar a nadie. Ángel fue el primero en salir por la puerta, y a mí me arrojaron encima de él. En cuanto aterricé supe que ambos estábamos en apuros; algo se había roto en su interior. Vaya modo de evitar problemas. Me separé de él y me quedé tendido en la acera, mirando el cielo y tratando de recobrar el aliento. Tenía sangre en la boca y en la nariz, y me ardía la espalda.
Ángel, dije al cabo de un rato.
No respondió. Sentí que se me ablandaba la mente, como si los sesos se me derramaran por los oídos. Pensé en el fulano a quien le habíamos sacado el dinero y el miedo que me habían dado él y sus amigos, y cuán tonta había sido esa sensación. Pero claro, yo era demasiado inofensivo para vivir.
Las estrellas derramaban fuegos artificiales plateados sobre mí. Eso no ayudaba.
Ángel, repetí.
Rodé hacia él y la vi. El coche estaba aparcado junto a la acera y ella sostenía a Ángel por las axilas, arrastrándolo hacia la portezuela abierta. No supe si él estaba consciente o no, y eso me asustó. Me incorporé.
Ella se detuvo sin soltar al Ángel. Nos miramos a los ojos y empecé a entender.
—Ayúdame a meterlo en el coche —dijo al fin. La voz era dura, chata, antinatural —. Luego tú también puedes entrar. En el asiento de atrás.
Yo no estaba en condiciones de discutir. No le habría salido mejor aunque ella misma lo hubiera preparado. Me levanté, con un fogonazo de dolor que casi me tumbó de nuevo, y aferré al Ángel por los tobillos. Eran tobillos delicados, casi como de mujer, como los de ella. No serví de mucho, excepto para guiarle los pies cuando ella lo sentó en el asiento y lo sujetó con el cinturón de seguridad. Fui al asiento trasero mientras ella corría al otro lado del coche con pasos ligeros y enérgicos, como si acabara de encontrar un millón de dólares en la acera.
Ya estábamos en la autopista cuando el Ángel empezó a moverse. Meció la cabeza en el respaldo. Le toqué el cabello con la mano, esperando que ella no me viera.
¿Adónde me llevas?, preguntó el Ángel.
—A dar un paseo —dijo la mujer—. Por el momento.
¿Por qué ella habla en voz alta?, pregunté al Ángel.
Porque sabe que me fastidia.
—Sabes que me concentro más si hablo en voz alta —dijo ella—. No soy una de tus víctimas. —Me miró por el espejo retrovisor—. ¿En qué te has metido desde la última vez que te fuiste, querido? ¿Qué es eso, varón o mujer?
Fingí que no me importaban sus palabras, o que yo era demasiado inofensivo para vivir, pero ella lo había dicho para herirme.
Los amigos pueden ser ambas cosas, dijo Ángel. No importa. ¿Adónde nos llevas?
Ahora era nos. A pesar de todo, sentí ganas de sonreír.
—¿Nos? ¿Lo dices por tú y yo? ¿O de veras hablas de la mascota que llevamos atrás?
Mi amigo y yo estamos juntos. Tú y yo, no.
El Ángel lo dijo de un modo que hacía pensar en algo más que «no juntos». Como si en un tiempo hubiera estado con ella tal como ahora estaba conmigo. El Ángel me hizo saber que yo estaba en lo cierto. Fuegos artificiales plateados brotaron lentamente de su cabeza por la parte trasera del respaldo, y supe que había un problema. Era demasiado al mismo tiempo.
—¿Por qué no hablas en voz alta, querido? —dijo la mujer con sorna—. Di unas palabras y hazme feliz. Tienes una voz adorable cuando la usas.
Eso era cierto, pero el Ángel nunca hablaba en voz alta a menos que no le quedara más remedio, como cuando le había pedido un trago al tabernero. Lo cual quizás había ayudado al tabernero a decidir que éramos lo que él creía, pero no tenía caso pensar en ello.
—De acuerdo —dijo Ángel, y supe que el esfuerzo era tremendo para él—. He dicho unas palabras. ¿Estás contenta? —Se derrumbó en el respaldo.
—Extasiada. Pero no te dejaré marchar. Dejaré a tu mascota en el hospital más cercano y nos iremos a casa. —Miró de soslayo al Ángel—. Te he echado de menos. No soporto estar sin ti, sin que hagas ocurrir cosas. Tus pequeños milagros. Sabía que me volvería adicta a todo lo que haces con la gente.
Y luego te largaste y no supe más de ti. Y me dolió. —La voz se volvió plañidera como la de un niño—. Dolió de veras. A ti también te habrá dolido. ¿Sí o no?
Sí, dijo el Ángel. A mí también me dolió.
Lo recordé de pie en mi esquina, donde yo había estado esa vez hasta que él llegó. De pie, dolorido. Entonces yo no sabía por qué; simplemente lo había llevado a casa, y al cabo de un rato el dolor se había ido. Quizá cuando decidió que estábamos juntos.
El flujo plateado que caía del respaldo se intensificó. Uní las manos para recogerlo, y fue como si el cerebro se me encendiera con imágenes. Vi al Ángel antes de que fuera mi Ángel, en una bonita casa, la casa de la mujer. Ella lo llevaba a lugares, restaurantes, tiendas o fiestas, pensando en él con fuerza, de tal modo que él estaba colmado de ella y tenía que hacer todo lo que le exigía. A veces robar; a veces cosas extrañas, obligar a la gente a hacer tonterías como ponerse a cantar o desnudarse de repente. Eso era sobre todo en las fiestas, aunque ella había hecho que un camarero que no le gustaba se quemara con café. También conseguía hombres a través del Ángel, y ellos pensaban que acostarse con ella era la mejor idea del mundo. También obligaba al Ángel a mostrarles a los otros, los que eran enviados aquí por delitos que nadie podía entender, como la camarera sin cara. Los miraba, a veces intentaba hacerles cosas para incomodarlos o afligirlos. Pero en general se limitaba a mirarlos.
No fue así al principio, dijo débilmente el Ángel, y supe que estaba avergonzado.
Está bien, le dije. La gente puede ser buena al principio, lo sé. Hasta que averigua cómo eres.
La mujer rió.
—Sois tan dulces y patéticos. Como un par de niños. Supongo que eso buscabas, ¿verdad, querido? Sólo que los niños también pueden ser crueles, ¿no es así? Así que te has conseguido esta… criatura. —Me miró por el espejo retrovisor mientras aminoraba la velocidad, y por un instante temí que hubiera visto lo que hacía con el flujo plateado que derramaba el Ángel. Ahora empezaba a decrecer. No quedaba mucho tiempo. Yo quería gritar, pero el Ángel me calmaba, preparándome para lo que vendría a continuación—. ¿Qué pasa contigo, de todos modos?
Cuéntale, dijo el Ángel.
Para ganar tiempo, yo lo sabía; mantenerla ocupada.
Nací raro, dije. Tenía ambos sexos.
—¡Un hermafrodita! —exclamó ella, con verdadero deleite.
Ella ama a los raros, dijo el Ángel, pero la mujer no prestó atención.
Hubo una operación, pero salió mal Trataron de arreglarlo cuando crecí, pero mi cuerpo no tenía la química adecuada o algo así Mis padres sentían vergüenza. Me fui al cabo de un tiempo.
—Pobrecillo —dijo ella, queriendo decir otra cosa—. Eras justo lo que necesitaba mi amor. Un pobre diablo, sin exigencias ni deseos. Para nada. —La voz se endureció —. Ahora podrían curarte, ¿sabes?
No quiero. Ya he olvidado todo eso, no lo necesito.
—Es la mascota perfecta para ti —le dijo al Ángel—. Lamento tener que separaros. Pero no puedo arreglarme sin ti. La vida es tan aburrida. Y vacía, y… — añadió con desconcierto— no hay razones para vivir desde que me abandonaste.
No soy yo, dijo el Ángel. Eres tú.
—No, eres tú, y lo sabes. Sabes que provocas adicción en los seres humanos, lo sabías cuando viniste aquí… cuando te enviaron aquí. Oye, mascota, ¿sabes cuál fue su delito, por qué lo enviaron a este pequeño y apartado planeta-cárcel?
Sí, lo sé, dije. En realidad no lo sabía, pero no pensaba decírselo.
—¿Qué piensas de eso, mascota neutra? —dijo gozosamente, apretando el pedal del acelerador—. ¿Qué piensas del delito de rehusarse al apareamiento?
El Ángel soltó un gruñido y se lanzó sobre el volante. El coche viró bruscamente y yo caí hacia atrás, envuelto en la lluvia plateada del Ángel. Trataba de recogerla con la boca como había hecho hasta entonces, pero ahora volaba por todas partes. Oí el rechinar de las llantas cuando salimos a la cuneta. Algo golpeó el flanco del coche, tal vez la valla de seguridad, y lo hizo corcovear. Caí al piso. Adelante, la mujer gritaba y maldecía, y el Ángel no emitía ningún sonido pero en mi cabeza le oía gemir. Era nuestra oportunidad. Tiempo atrás, cuando yo lo había llevado a casa, el Ángel me había dicho que los exiliados de su mundo y otros mundos no duraban mucho cuando llegaban aquí. Les ocurrían cosas, aunque se juntaran con alguien como la mujer o yo. Sufrían accidentes o la gente de aquí los mataba. Como los anticuerpos de un humano rechazan algo o combaten una enfermedad. Al menos yo era de aquí, pero parecía que iba a morir en un accidente con el Ángel y la mujer. No me importó.
El coche volvió a la autopista durante unos segundos y luego viró de nuevo a la derecha. De pronto no hubo nada debajo, y empezamos a saltar violentamente sobre algo que no era pista sino tierra o hierba. Me encaramé al respaldo del asiento justo a tiempo para ver el letrero que se nos venía encima de costado. Un borde atravesó el parabrisas del lado de la mujer, y todo lo que vi luego, durante largo tiempo, fue una gran exhibición de fuegos artificiales plateados.
Me costó alzarlo con cuidado. Cada movimiento dolía, pero no quería dejarlo sentado en el coche junto a ella, aunque estuviera muerta. Yo me había salvado del impacto del vidrio astillado por estar en el asiento de atrás, pero aun así tenía astillas en el pelo, y el impacto me había afectado la espalda.
Deposité al Ángel en la hierba a cierta distancia del coche, y miré en torno. Estábamos a cien metros de la autopista, cerca de un camino paralelo a la misma. Estaba oscuro, pero aún podía leer el letrero que había atravesado el parabrisas partiendo en dos la cabeza de la mujer. Decía OBRA EN CONSTRUCCIÓN ADELANTE, REDUZCA VELOCIDAD. Lejos en el otro camino relampagueaba una luz amarilla, y al principio temí que fuera la policía o algo por el estilo. Pero se quedó donde estaba y entendí que era la obra en construcción.
—Amigo —susurró el Ángel, sobresaltándome. Nunca me había hablado en voz alta cuando estábamos solos.
No hables, dije, arqueándome sobre él, tratando de pensar en un modo de tocarlo, al menos para confortarlo. No podía hacer mucho más.
—Tengo que hablarte —susurró—. Se ha ido casi todo. ¿Lo recibiste?
Casi todo, dije. No todo.
—Quiero decir, para que tú lo tengas.
Lo sé.
—No sé si realmente te servirá. —El aliento le burbujeaba en la garganta. Le vi algo húmedo y brillante en la boca, pero no eran fuegos artificiales—. Pero es tuyo. Puedes hacer lo que quieras con él. Aprovéchalo como yo. Consigue lo que necesites cuando lo necesites. Pero también puedes vivir como un humano. Comer. Trabajar. Lo que sea, como sea.
No soy humano, dije. Ya no soy humano, no más que tú, aunque sea de aquí.
—Sí lo eres, amigo. No te he vuelto menos humano —dijo, y tosió—. Lamento haberme negado a aparearme. No podía con los míos. Era demasiado… no sé… demasiado poco de mí, demasiado de ellos… algo. No podía vincularme. No habría sido nada salvo un vacío. El Gran Pecado: ser incapaz de dar, porque el universo sólo sabe de menos y más, y yo insistía en que hubiera bien y mal. Así que me enviaron aquí. Pero al final se salieron con la suya, amigo. —Sentí su mano sobre mí, un instante, antes de que cayera—. Lo hice, después de todo. Aunque no fuera con los míos.
La garganta dejó de burbujearle. Me quedé un rato sentado junto a él en la oscuridad. Al fin sentí lo que me había dado el Ángel. Era como un retortijón, como demasiado café en el estómago vacío. Cerré los ojos y me tendí en la hierba, tiritando. Tal vez parte de ello fuera el shock, pero no creo. Empezaron los fuegos artificiales plateados, esta vez en mi cabeza, y con ellos muchas imágenes que no entendí. Cosas sobre el Ángel y sus orígenes, y el modo en que se apareaban. Había mucho sobre el Ángel y yo cuando estábamos juntos. Ellos se parecían mucho a nosotros, pero había también muchas diferencias, cosas que yo no podía entender. No podía entender cómo lo habían mandado aquí: mediante luz, en pequeños bultos o algo así. No tenía sentido para mí, pero supuse que un Ángel podía ser luz. Fuegos artificiales plateados.
Quizá me desmayé, pues al abrir los ojos tuve la sensación de haber estado allí mucho tiempo. Todavía estaba oscuro, sin embargo. Me incorporé y tendí el brazo hacia el Ángel, pensando que debía ocultar su cuerpo.
El cuerpo no estaba, sólo un retazo arenoso y húmedo.
Miré hacia el coche. Eso sí estaba. Alguien lo vería pronto. No quería estar por allí entonces.
Todo me dolía aún, pero logré llegar al otro camino y eché a andar hacia la ciudad. Era como si ahora pudiera sentir lo que había sentido el Ángel, como si vibrara como un tambor o tañera como una campana con toda clase de cosas, gente riendo y llorando y amando y odiando y temiendo y todas las cosas que le pasan a la gente. Eso que succionaba el Ángel, energía, ahora podía succionarlo yo si lo deseaba.
Y sabía que al succionarlo así lo convertiría en algo más de lo que tenían esas gentes, más que todo lo que yo habría podido tener si las cosas no me hubieran ido mal hacía tantos años.
No estaba seguro de quererlo. Como el Ángel, que se negaba a aparearse en su lugar de origen. Él no quería allá, y yo no podía aquí. Excepto que ahora podía hacer otra cosa.
No estaba seguro de quererlo. Pero no creía ser capaz de evitarlo, así que no podía evitar que mi corazón latiera. Quizá no estuviera bien ni fuera correcto. Pero era como decía el Ángel: el universo no sabe de mal ni bien, sólo de menos y más.
Sí. Había oído eso.
Pensé en la camarera sin cara. Podía encontrarlos a todos ahora, a todos los que venían de otros sitios, otros mundos que los exiliaban por delitos extraños que nadie habría entendido. Podía encontrarlos a todos. Ellos echaban a sus parias, les diría, pero aquí nosotros conservábamos los nuestros. Y así es. Así es cómo se vive en un universo que sólo sabe de menos y más.
Seguí andando hacia la ciudad.