Premios Nebula 1987
Bill Warren: El cine de ciencia ficción en 1987
Bill Warren:
El cine de ciencia ficción en 1987
En su columna cinematográfica de la revista Fantasy & Science Fiction de junio de 1987, Harlan Ellison señalaba con despectiva elocuencia que a mediados de los 70 había renunciado al SFWA cuando «la mayoría de los miembros decidió, en su sabiduría, eliminar la categoría de Mejor Presentación Dramática de los Premios Nebula». Ellison señalaba que el premio eliminado —concedido durante tres años al producto final y colectivo del proceso de creación cinematográfica antes que a los «autores de guiones notables»— podía necesitar retoques, pero que anularlo sin miramientos había tenido dos efectos desdichados.
Primero, había perpetuado la «palurda mitología» de que Hollywood infaliblemente aplasta las almas de quienes intentan hacer allí un buen trabajo. Segundo, al propiciar este mito, había ahuyentado a quienes podían hacer un buen trabajo, convenciéndolos de antemano de que todo acercamiento a la industria cinematográfica equivale a un trato con el diablo. La persuasiva conclusión de Ellison es que quienes no saben absolutamente nada —«ganapanes y advenedizos que creen que una invasión extraterrestre es una idea novedosa»— terminan por crear chapuceros productos de celuloide que luego se comercializan como ciencia ficción.
En los últimos años, los volúmenes de los Premios Nebula han encomendado a Bill Warren que espiara la industria cinematográfica para traernos informes fiables que a menudo parecen confirmar la opinión de Ellison acerca de los responsables de estas carnicerías. Como autor de un impresionante trabajo en dos volúmenes sobre el cine de ciencia ficción de 1950 a 1962, Keep Watching the Skies!, Warren también destaca los méritos cuando existen (lo cual no es frecuente). Actualmente es investigador cinematográfico y entrevistador para el programa de TV francés Fantasy, que él considera un cruce entre un programa de entretenimientos orientado hacia la ciencia ficción, la fantasía y el horror, y un vídeo de rock: «Entrevisto a gente y visito los platos de películas en producción. Y lo paso muy bien».
En el informal e irascible ensayo de este año, Warren enfatiza que es «un informe, no una investigación analítica de la situación de las películas de ciencia ficción; es un comentario sobre las películas mismas y, por lo que sé, el único informe anual de esta índole que existe, al menos sobre películas de ciencia ficción». Warren también reitera su agradecimiento al investigador Bill Thomas.
De paso, un adecuado título extraoficial para esta entrega podría ser: «Otro año de saber peligrosamente poco».
En 1987, la cantidad y el nivel de aspiraciones de las películas de ciencia ficción declinó, en parte por el fracaso financiero de proyectos importantes como Dune. Hubo una sola adaptación de una novela realizada por un escritor de ciencia ficción, y no era una novela de ciencia ficción. (Se filmó una novela corta de un verdadero escritor de ciencia ficción). Esto continuará.
¿Por qué la ciencia ficción se convirtió en basura? Como con todo lo demás en Hollywood, la respuesta es el dinero. La ciencia ficción ha caído en llamas con demasiada frecuencia para que los productores corran grandes riesgos. La realización de un filme de ciencia ficción en gran escala requiere más de diez millones de dólares, y las empresas arriesgadas de todo tipo ponen nerviosos a los inversores. Una película como Beverly Hills Cop II, uno de los mayores impactos de 1987, no era barata, pero la costosa presencia de Eddie Murphy se justificaba sola. Los aspectos costosos de las películas de ciencia ficción son técnicos. No hay un gran público seguro para una película de ciencia ficción, a menos que pertenezca a las series Star Trek o La guerra de las galaxias. El creador de la segunda, George Lucas, lamenta haber creado inadvertidamente esta mentalidad de logros entre los productores, pero de hecho existe.
La única esperanza de cambio es que algunos filmes de ciencia ficción inteligentes y de precio moderado resulten lucrativos. Pero aun así, un éxito demoledor en ese campo podría ser peligroso, porque todos se empeñarían en imitarlo. En Hollywood todos quieren ser los primeros en ser segundos, y aunque una película tenga un presupuesto modesto (como la primera Guerra de las galaxias) y sea un gran éxito, genera imitaciones de presupuesto creciente. En su libro Adventures in the Screen Trade, William Goldman declara una verdad inalterable sobre Hollywood: «Nadie sabe nada».
Cuando La guerra de las galaxias se convirtió en éxito, nadie supo por qué, pero todos quisieron imitar los aspectos más obvios del filme: robots y naves espaciales. El espíritu y el tono de la película, su ritmo dinámico, además de la atención a los detalles y la comprensión de la space opera como aventura, fueron los factores que la catapultaron al paraíso de la taquilla. Pero esos factores no se emularon, porque los expertos en finanzas no tenían la menor idea.
En el futuro cercano podremos esperar a lo sumo otro año como 1987: ningún desastre crítico sustancial en el campo de la ciencia ficción, y un par de amenas películas de aventuras. Mientras prevalezca la actitud de «gran presupuesto o nada», es improbable que haya importantes filmes épicos del espacio o adaptaciones de importantes novelas del género. Se las considera, respectivamente, riesgos de inversión demasiado grandes, y demasiado cerebrales. Las películas se hacen para ganar dinero. A veces los realizadores tienen otras cosas en mente, y a veces nos brindan un material que al menos es entretenido, y en ocasiones hasta memorable. Pero no con frecuencia. Y si un proyecto no les parece una infalible máquina de ganar dinero, no lo respaldan.
Muy pocas películas de cualquier tipo han creado una reacción tan dividida como RoboCop. Fue una de las más lucrativas del año, y muchos la adoraron; otros la encontraron grotescamente violenta, sin ningún indicio de que la violencia se basara en el mundo del cómic. A mi entender, aunque la violencia era en verdad grotesca, era tan exagerada que era obviamente irreal, y así sólo producía impacto como acción.
Se trata de una aventura urbana vertiginosa, graciosa, violenta y asombrosamente mordaz sobre villanos y policías. El director holandés Paul Verhoeven hace un vivido debut en Estados Unidos, introduciendo sátira y personajes bien perfilados en una crispada trama de cómic. Si dirigió el filme para demostrar que puede hacer las cosas al estilo norteamericano, tuvo un éxito espectacular.
En Detroit, en el futuro cercano, pandillas malvadas dominan los barrios bajos: una empresa colosal y desalmada, que es literalmente dueña del departamento de policía, quiere construir una superciudad en los barrios bajos; hay que eliminar a los villanos. Cuando la peor pandilla destroza a balazos a un policía decente, Murphy (Peter Weller), la empresa paga para hacerlo convertir en un cíborg sin memoria, RoboCop. En un santiamén, el severo y virtuoso RoboCop se convierte en mimado de los medios de comunicación, impide toda clase de delitos, alterna rígidamente con los niños y liquida o arresta a los villanos.
Pero la limpieza de la memoria de Murphy no ha sido perfecta, y eventualmente RoboCop se entera de quién fue. Visita el hogar donde vivía Murphy con su esposa e hijo. Esta escena debería ser un fracaso, pero el interjuego entre la superlativa capacidad mímica de Weller, la música y las emociones domésticas de los recuerdos, la hacen inmensamente conmovedora, lo mejor del filme.
Verhoeven, un vigoroso estilista visual, también es célebre por el alto nivel de actuación en sus películas, así como por su dirección a veces asombrosamente original. Cumple de sobra con la promesa del sagaz guion de Edward Neumeier y Michael Minen (Una vez un estudio que buscaba material narrativo encomendó a Neumeier el estudio de cómics, y él admite sin vacilar que RoboCop debe algo a «Iron Man», de Stan Lee).
RoboCop cumple con todas las exigencias del género de acción y algo más. Pero todos los que tienen una línea tienen un rasgo de carácter, y las escenas cobran una vida rara vez vista en la ficción pulp. La película está aliñada con satíricos noticiarios y comerciales de TV, y uno de sus mayores méritos está en ser graciosa. Excepto por el excesivo énfasis en lo truculento, se trata del cine norteamericano en el ápice de lo visceral y el entretenimiento; aunque es improbable que guste a todos, RoboCop es un ganador. Ganó tanto dinero que una continuación es inevitable.
Sin embargo, Innerspace [distribuida como El Chip Prodigioso] no tuvo esa suerte. Las proyecciones previas al estreno generaron rumores favorables para esta película vivaz y graciosa, pero el público no respondió. Tal vez el mundo no estaba preparado para una variación cómica de Viaje alucinante. Martin Short hace el papel de un hipocondríaco empleado de supermercado que, a causa de una insólita combinación de coincidencias, termina con un submarino miniaturizado navegándole por las venas, con un piloto de pruebas (Dennis Quaid) a bordo. Las escenas que ocurren en el interior de su cuerpo son, ante todo, un retroceso a las aventuras vertiginosas con villanos y persecuciones en coche. El guion de Jeffrey Boam y Chip Proser no tiene una estructura muy sólida, pero los personajes están tan bien definidos para este tipo de comedia, las ideas son tan inusitadas y las bromas tan agudas que la mera coherencia tiene poca importancia. Una atenta revisión de esas lagunas no lograría mejorar Innerspace.
Todos los filmes anteriores de Joe Dante han sido buenos, pero todos daban la sensación de que el director estaba afinando un lenguaje; sin embargo, sus principales virtudes —exuberancia, ingenio, precisión en el montaje— siempre superaron sus fallos. Innerspace es su trabajo más sólido hasta la fecha; la comedia es aguda, con situaciones y desenlaces rápidos, y las escenas más directas y el diálogo están manejados con aplomo. Además, la historia humana es interesante, y aun conmovedora cuando necesita serlo; la situación romántica tiene un sabor ambiguo, pues tanto el empleado de supermercado como el piloto de pruebas se enamoran de la novia del piloto.
En cuanto al espectáculo de ciencia ficción, no sólo obtenemos un panorama más realista (aunque menos espectacular) del interior del cuerpo humano que en Viaje alucinante, sino que al final hay una desbocada escena donde Kevin McCarthy y su cómplice Fiona Lewis, reducidos a la mitad de su tamaño, luchan con el frenético Short mientras él se dirige al laboratorio para volver a Quaid a la normalidad. Es una buena comedia de acción y tiene grandes efectos especiales. Pero el público no acudió en tropel. Tuvo más suerte en el extranjero, y quizá tenga éxito en vídeo.
Innerspace fue producida por Amblin, la compañía de Steven Spielberg. En una época, la sabiduría de Hollywood sostenía que el nombre de Spielberg bastaba para convertir en éxito una película. (Pero, recordémoslo, «nadie sabe nada»). Sin embargo, entre las producciones de Amblin de 1987, *Batteries Not Included fue la única que anduvo relativamente bien. Matthew Robins, su director, no es el único en sugerir que la explicación consiste en que los carteles de su película mostraban claramente el elemento fantástico (platillos volantes), mientras que los de Innerspace y Harry and the Hendersons, también de Amblin, eran demasiado reservados. También es cierto que el nombre de Spielberg, al parecer por un conflicto con el guionista y director William Dear, no figura en la publicidad de Harry and the Hendersons.
Aunque no es tan buena como Innerspace, Harry and the Hendersons tiene sus partidarios, aun entre personas que se pueden atar los cordones de los zapatos sin un manual de instrucciones. Harry es otra variación sobre E.T. (como lo son Starman, Short Circuit y *Batteries Not Included). En esta ocasión la criatura rara es un sasquatch de las montañas de las inmediaciones de Seattle. Capturado más o menos inadvertidamente por la Típica Familia de Seattle, con John Lithgow y Melinda Dillon como los padres, Harry (el nombre que ellos dan al andrajoso antropoide) se muda a su hogar. Una vez que Harry y los Henderson superan su mutuo temor, se hacen amigos, por cierto, a pesar de la tendencia de Harry a destrozar muebles, romper puertas y caerse a través del piso. Desde luego hay un villano, un cazador que rastrea a Harry hasta la casa de los Henderson con la esperanza de matarlo y demostrar la existencia de los sasquatches.
Harry, diseñado por Rick Baker y presentado por Kevin Peter Hall, es un triunfo de los efectos especiales de maquillaje. La cara de Harry tiene un aire sinuoso y caricaturesco, pero la película tiene un tono vagamente realista, así que entre ambas cosas hay un conflicto del que Harry sale vencedor. El trabajo de Baker y su equipo, así como el de Hall con su traje, es tan espléndido, divertido e imaginativo que uno lamenta que el resto del filme no esté en ese nivel. Se trata de una cálida comedia de acción, pero aunque los aspectos cálidos tienen cierto atractivo, pecan por exceso, y los gags a menudo tienen un efecto contraproducente. El director William Dear trabajó sobre un guion escrito por él mismo, William E. Martin y Ezra D. Rappaport.
La película dirigida por el propio Spielberg en 1987 fue El imperio del sol, basada en la novela autobiográfica de J. G. Ballard. Los que están familiarizados con la ficción de Ballard se impresionaron al ver lo que debe haber sido el origen de buena parte de su imaginería, aun en sus novelas apocalípticas, pero este filme también defraudó a muchos espectadores y no tuvo un gran éxito. Aunque es impresionante, pues narra una historia inusitada con satisfactoria redondez, no es tan bueno como otros filmes de Spielberg. Él puede ser brillante sin alardes, y sólo al pensarlo después uno advierte que muchas de sus películas tienen escenas largas, vivaces y claramente explicadas en las que casi no hay palabras.
Pero El imperio del sol parece distante, en cierto modo alejada de toda experiencia común. Es una película estudiada e incluso mecánica antes que emocionalmente atrapante; uno puede respetar El imperio del sol, pero a pesar de sus muchos momentos conmovedores no llega a plasmarse como conjunto.
*Batteries Not Included [distribuida como Nuestros amigos los extraterrestres] fue adaptada por Mick Garries a partir de un guion que Spielberg escribió para su difunta y no muy llorada serie de TV, Amazing Stories. Y esta costosa producción cinematográfica adolece precisamente de la mayoría de los defectos de un episodio de Amazing Stories: todo es cálido y tierno, aun la mayoría de los villanos, todos los elementos de fantasía son Maravillosos y Mágicos, no lógicos y realistas; la historia no tiene nada de novedoso, y los personajes son estereotipos; la película intenta enternecernos con un soplete de dos metros. Es tan artificialmente dulce y tan agresivamente simpática, que muchos espectadores se sentirán como si hubieran bebido una botella de Karo.
Un par de pequeños platillos volantes, aparentemente vivos, ayudan a los residentes de un viejo inquilinato neoyorquino condenado a la demolición. Entre los residentes están Hume Cronyn, Jessica Tandy, Frank McRae, Elisabeth Pena y Dennis Boutsikaris. Los platillos reparan cosas rotas, hacen el amor con luces, estruendos y silbidos, y mamá-platillo da a luz tres diminutos bebés-platillo. Los platillos, que tienen ojazos relucientes y personalidad de terrier, quieren a los buenos y no quieren a los malos.
Es difícil imaginar a alguien que encuentre algo inesperado en los recovecos de la trama; el guion de Brad Bird, Matthew Robbins, Brent Maddock y S. S. Wilson, ni siquiera parece tratar de sorprendernos. Así que las virtudes del filme tienen que estar en otra parte, y hay algunas. Hay muchas bromas casi ajenas a la pantalla, mucha acción divertida con los platillos, una buena actuación de Cronyn, y una actuación excepcional de Tandy. Y la película intenta ser sobre algo.
En todo Estados Unidos se están demoliendo viejos vecindarios que se podrían rescatar. A pesar de su melosidad *Batteries Not Included tiene el mérito de abordar este problema, aunque sea cómica y artificialmente. A pesar del dudoso concepto de máquinas vivas y sexuadas, hace lo posible por agradar y hacer una afirmación valiosa: los valores humanos son importantes. Es una lástima que la película resulte tan irreal como un juguete de cuerda.
No se ofrecen explicaciones acerca de los platillos que comen metal, y como estos artefactos tamaño Frisbee están vivos, quizá deberíamos considerar la película como fantasía más que como ciencia ficción. Técnicamente, la realidad de los artefactos alienígenas es convincente gracias a un numeroso equipo que incluye a Bruce Nicholson, David Alien, Tad Krzanowski y muchos otros. La ilusión de que los platillos están siempre en el plato con los actores es muy convincente, y se cuentan entre los mejores efectos especiales que he visto jamás. Se deslizan a través de puertas, fríen hamburguesas, aprenden a volar (una deliciosa secuencia inspirada en Chuck Jones), se recargan con la corriente eléctrica de la casa, son siempre vitales. Aunque, lamentablemente, son siempre Adorables con A mayúscula y botines.
Aun The Hidden parecía más real, y trata sobre una babosa extraterrestre parasitaria en busca de excitación. Es también una película crispada, graciosa, excitante que abarca varios géneros —ciencia ficción, comedia, horror, drama policíaco, persecución, violencia— que avanza con tal celeridad, presentando tantas ideas brillantes y sagaces, que no advertí que era una variación de The Terminator casi hasta el final.
The Hidden nos presenta un diálogo superior al normal, buena dirección, un atinado elenco y sentido del humor, aunque también es un brutal desfile de muertes que debe tomarse en serio. La criatura deja un rastro de cadáveres a través de Los Ángeles, y la mayoría de sus organismos huésped han sufrido gráficas muertes. The Hidden no es aconsejable para quienes sienten aversión por la violencia.
El oficial de policía Michael Nouri, quien cree que todo se reduce a una locura contagiosa, recibe ayuda del misterioso agente del FBI, Kyle MacLachlan, quien resulta ser un policía alienígena en busca de la babosa. La criatura pasa de anfitrión en anfitrión, deslizándose viscosamente de una boca abierta a la otra. (La historia tiene resonancias de Needle, de Hal Clement, y también de The Brain from Planet Arous).
Es gran mérito del director Jack Sholder y los actores involucrados (más un perro), que los diversos personajes condenados, y habitados por la criatura, parezcan tener la misma personalidad. La criatura es cruel pero cortés: consigue las llaves de un Ferrari, dice gracias y adiós antes de matarlos a todos y alejarse en el coche. Ama el rock y la velocidad, está intrigada ante la comida, disfruta de los aplausos y desdeña a los meros seres humanos. Es uno de los villanos extraterrestres más vivaces y divertidos del cine. Totalmente implacable, logra ser gracioso a menudo, y lo mismo ocurre con el filme.
Después de la decepción de Superman III, los Salkind renunciaron a la serie, que pasó a manos de Cannons Films, aunque Superman IV se distribuyó a través de Warner Bros, igual que antes. Christopher Reeve, Superman en persona, colaboró en el guion de Lawrence Kommer y Mark Rosenthal, con la esperanza de volver a las raíces del majestuoso primer filme de la serie.
Pero cuando Superman IV: En busca de la paz se proyectó antes del estreno, la reacción del público fue tan negativa que se le cortaron unos veinte minutos, eliminando a un personaje (el primer Hombre Nuclear), y dejando un par de cabos sueltos. El filme se estrenó deprisa sin proyecciones para la prensa, y no resultó buen negocio.
Pero como la película es mejor que Superman III, aunque insatisfactoria, uno se puede preguntar qué temían todos. Por cierto, es más barata y se nota. Los efectos son mucho menos complejos e impresionantes que en los primeros tres filmes, aunque las superhazañas guardan más relación con la conducta de Superman en los cómics. (Por ejemplo, tapa la boca de un volcán en erupción con el pico de otra montaña). La historia repite efectos de aventuras anteriores, pero se acerca más que Superman III a lo que buscan los admiradores. No obstante, la película tiene un aire tristón.
Las súplicas de un niño inducen a Superman a dar un discurso en las Naciones Unidas y a arrojar todas las armas nucleares de la Tierra hacia el Sol. Mientras actúa como traficante de armas, Luthor (todavía Gene Hackman) crea por clonación a un Hombre Nuclear (un actor con el cómodo nombre de Mark Pillow) con todos los poderes de Superman, que de nuevo exhibe poderes jamás vistos en los cómics. Entretanto, un comprador de empresas al estilo de Rupert Murdoch (Sam Wanamaker) compra el Daily Planet y lo convierte en un pasquín como el Daily News. Su hija (Mariel Hemingway) se siente atraída por Clark Kent, pero el Hombre Nuclear se siente atraído por ella. De alguna manera, todo esto se resuelve en una gran batalla entre Superman y el Hombre Nuclear, quien hace vuelos de ida y vuelta entre la Tierra y la Luna pero no se fija en insignificancias tales como el día y la noche.
Superman IV tenía potencial pero fracasa en casi todo. Reeve todavía es eficaz como Superman, pero Clark es más caricaturesco que nunca. Hackman demuestra menos entusiasmo esta vez, y el guion es flojo, de modo que su cómica megalomanía carece del vigor y la extraña credibilidad que tenía en el primer filme. Sidney J. Furie es un director sin relieve que no añade ninguna gracia ni entusiasmo que ya no estén en el material original. Aunque se ha anunciado un Superman V, no contengamos el aliento. Voram Globus y Menachem Golan han decretado altivamente que Christopher Reeve está demasiado viejo para ese papel.
La versión cinematográfica de la novela corta Nightflyers, de George R. R. Martin, permaneció archivada un tiempo; cuando al fin se distribuyó a fines del año, se presentó casi con disculpas y obtuvo reseñas en general desfavorables. A pocos les importó que fuera uno de los raros ejemplos de un cuento contemporáneo de ciencia ficción filmado con pocas concesiones al público. A pesar de sus fallos, a pesar del tema, es una película para adultos; respeta tanto la inteligencia de los espectadores como el texto original. La mayoría de las modificaciones eran comprensibles; no creo que fueran necesariamente los cambios atinados, pero respeto aquello que los motivó.
La época es el futuro, y se organiza una expedición para encontrar a los volcryn, una raza sensitiva que se desplaza desde el centro de la galaxia generando estrellas a su paso. Es una expedición de bajo presupuesto (y también una película de bajo presupuesto). Poco después que el Nightflyers abandona la base, los expedicionarios se enteran con alarma de que la nave está tripulada por un solo hombre, Royd (Michael Praed), quien se les aparece sólo en forma holográfica. Un telépata recibe constantemente extraños mensajes mentales, y la heroína Catherine Mary Stewart comienza a sospechar que en la nave hay algo más de lo que parece. Luego empiezan las muertes…
Nightflyers es ante todo una película de horror en el espacio, y tiene una deuda nada menos que con Psycho de Hitchcock. En su novela corta, Martin se propuso combinar el género del asesino-con-cuchillo con la ciencia ficción, y se salió con la suya. Aunque la película hace gallardos intentos, no funciona, pero al menos versa sobre algo nuevo. Parte del público no entenderá qué ocurre en la culminación; aunque el guion del productor Robert Jaffe es claro y preciso, el director T. C. Blake (pseudónimo de Robert Collector) permite que las cosas se vuelvan confusas. Martin ha declarado que no está satisfecho con el filme, y uno comprende sus sentimientos. Pero es un valiente intento de ser fiel a las fuentes; Nightflyers tiene sus problemas, pero en buena medida es ciencia ficción a la manera del género tal como se escribe y no como se filma.
Arnold Schwarzenegger es un verdadero astro del cine de ciencia ficción, con The Terminator y las suculentas sumas generadas por sus dos películas de 1987, ambas del género, y ambas con escasas virtudes y grandes vicios. La menor de ambas fue Predator. Era, flagrantemente, «Rambo versus el extraterrestre», pero tan descarada en esto que no pude enfadarme con la imitación. El diálogo —guion de Jim y John Thomas— es continuamente malo, con las habituales bromas baratas. Uno lo olvida a los diez minutos. El filme es previsible como una cuenta regresiva, pero si uno aparca el cerebro bajo la butaca y lo acepta en su propio nivel, puede pasar un buen rato.
Arnold es jefe de un equipo de rescate altamente entrenado que entra en un anónimo país de América Central para recobrar a un político que ha caído en manos de unos rebeldes. Pero una cosa casi invisible, armada con una potente arma de rayos, comienza a acecharlos para recoger trofeos. Liquida a estos tíos recios uno por uno, hasta que, por supuesto, sólo queda Arnold para enfrentarse al cazador extraterrestre. (No fue la única variación de 1987 sobre el clásico relato de Condon, El juego más peligroso).
El alienígena es un humanoide y tiene visión infrarroja. (Muy borrosa, muy trillada y muy improbable: este sujeto brinca de un árbol al otro pero sólo puede ver perfiles desdibujados). Cuando se quita la máscara, el rostro es convincente y horrendo, realmente original. Stan Winston estuvo a cargo del maquillaje.
El director John McTiernan nos propina eficaces sustos y alarmas con regularidad, y nos brinda un final apropiadamente apocalíptico. Predator no es más que una máquina estival de ganar dinero, realizada con pulcritud y apuntada con precisión a un público determinado. Jamás tuvo la oportunidad de ser buena, pero al menos pudieron incluir mejor diálogo y mejores personajes. Un alienígena de risa estentórea es algo novedoso, pero un indio de ojos entornados es algo demasiado viejo.
La segunda incursión de Arnold en la ciencia ficción llegó a fin de año; también ganó sumas suculentas. The Running Man, distribuida como Perseguido es otro cómic de aventuras al estilo de RoboCop, The Terminator y The Hidden. Pero el ritmo, aunque veloz, es irritantemente errático, afectado por cortes excesivos que omiten material de transición; montaje rápido no equivale a confusión.
En definitiva, The Running Man se vuelve tediosa, pero antes de que llegue a su ridícula culminación hay ciertos pasajes divertidos. En 2019, el ex policía Arnold, que ha escapado de la cárcel (desde luego, le han tendido una trampa), es capturado. Le prometen su libertad a cambio de su aparición en un cruento juego televisivo presentado por un risueño Richard Dawson. Por cierto, como en la mayoría de estas tramas, el espectáculo está preparado y ningún competidor sale nunca con vida. Esta idea es recurrente como una erupción de piel entre los que conocen poco el género. Esta vez se le ocurrió a Stephen King, quien, con el pseudónimo Richard Bachman, escribió la novela en que esta película se basa vagamente. Después de todo, el verdadero horror está en la mera existencia de semejante juego; hacer que esté preparado es excesivo. Tal vez Robert Sheckley fue la fuente de esta idea.
El libro cinematográfico de Steven de Souza tiene un par de ideas brillantes, pero en general se esfuman en cuanto lanzan a Arnold a la desolada zona de Los Ángeles donde los Corredores combaten con una serie de «Merodeadores», energúmenos contratados por la televisión, vestidos como luchadores. En parte esto resulta audaz y vulgarmente divertido, aunque los constantes y penosos retruécanos y bromas de Arnold se vuelven previsibles y tediosos.
El director de The Running Man fue Paul Michael Glaser (el Starsky de la serie televisiva Starsky & Hutch), que en general mantiene las cosas en movimiento. Richard Dawson es el elemento más divertido e interesante de The Running Man. Aunque se encuentra en la rara situación de parodiarse a sí mismo (por Family Feud), lo toma con sarcasmo y gran estilo personal. El mayor fallo de The Running Man es que no cumple la promesa de los mejores elementos del guion cinematográfico, y la sátira es superficial. Es un desquicio, pero un desquicio excéntrico y a veces gracioso.
Hablando de desquicios y sátiras fallidas, Spaceballs de Mel Brooks [distribuida como La loca historia de las galaxias], una flagrante parodia de La guerra de las galaxias, fue un merecido fracaso de crítica y de público. Las pocas risas que hay están distribuidas en un tiempo de proyección que parece más largo de lo que es. Brooks se obstina en no entender la diferencia entre un gag y una verdadera comedia. Aun en sus puntos más altos, la película nunca se eleva por encima del humor de un sketch televisivo; en sus peores momentos, es horriblemente horrible.
Young Frankenstein, de Brooks [distribuida como El jovencito Frankenstein] funcionaba porque parodiaba un género que casi se había convertido en ritual; más aún, tenía personajes, historia y punto de vista. Pero Spaceballs no sólo parodia ante todo La guerra de las galaxias, sino que su escasa trama también viene de esa película; abundan las habituales bromas sexuales de Brooks, el humor trivial y los acentos étnicos; no sólo son inadecuados para el contexto, sino embarazosamente lamentables.
Curiosamente, Brooks es magnífico como actor, y aprovecha este insatisfactorio material en sus dos papeles, el del presidente Skroob del planeta Spaceball, dispuesto a sorber la atmósfera del vecino planeta Druidia, y Yogurt, un pequeño sabio judío parecido al personaje Yoda de la serie de Lucas. Es muy gracioso, el mejor actor de sus películas, pues sabe trabajar con este tipo de material. Pero su guion es obvio y forzado, su dirección es floja y carente de imaginación, y se niega a permitir que sus personajes sean personajes y no meros gags. La película tendría que haber sido cortante como un láser y rápida como la luz; en cambio, es roma como un martillo y lenta como un pato en tierra.
Masters del universo, con sus excesos de producción, era una película al estilo La guerra de las galaxias que pretendía ser tomada en serio, pero sus mejores partes son cómicas. Quizá sea la primera superproducción multimillonaria basada en una línea de juguetes o, con más precisión, en un programa de televisión basado en una línea de juguetes. El guion de David Odell es un poco mejor de lo que yo habría esperado; aunque no parodia nada, Odell le ha insuflado suficiente humor como para que cierto público disfrute del filme mientras los niños lo toman con mayor seriedad; no es una buena película, pero tiene sus momentos brillantes, excelentes disfraces y efectos especiales, y un arrollador y travieso espíritu de diversión.
Pero el director Gary Goddard no sabe infundirle aliento, y Dolph Lundgren, como el héroe He-Man, es sólo una montaña de carne. Si la película hubiera tenido un buen elenco y un director ágil, podría haber sido una diversión estival. Pero no pasa de ser una lujosa curiosidad. William Stout fue el diseñador de producción, con algunos trabajos de Moebius.
En la trama, el malvado Skeletor (Frank Langella, pasando un buen rato) y sus legiones, se enfrentan a He-Man y sus amigos, batallando por una llave cósmica. La batalla llega a la Tierra hacia el tramo intermedio de la historia. Hay batallas con pistolas de rayos y espadas en un gimnasio escolar, una tienda de música y una apacible plaza de ciudad. La escena en que la gran barcaza de Skeletor recorre una calle suburbana tiene una especie de descabellada carga mítica que yo no esperaba, y algunos de los detalles —como los hombres de Skeletor montados en pequeños discos volantes— son satisfactoriamente estilo cómic.
En 1987 hubo sólo otro filme de ciencia ficción que pudo ser considerado importante, Making Mr. Right. Es una afable comedia tonta sobre androides, publicidad, el vuelo espacial, los conservantes, la política y otros temas. Aunque es atractivo, debió haber sido mucho más fuerte, gracioso y vivaz. Lo tenía todo — director, elenco, compositor, director de fotografía— menos el guion adecuado. Era de Floyd Byars y Laurie Frank.
La actriz Ann Magnuson hace el papel de Frankie Stone, una moderna y aguda pero tensa experta en relaciones públicas a la que un laboratorio espacial quiere contratar para que presente al público su mayor logro, el virtualmente humano «androide» Ulysses. (Los guionistas se unen a las legiones de los que ignoran qué es un androide, aunque se acercan más que la mayoría). En el papel de Ulysses y su irritable creador, actúa John Malkovich, uno de los grandes actores nuevos de nuestra época. Su apacible y pueril Ulysses y el convencional científico no podrían ser más distintos, pero Malkovich transforma este desafío en el más creíble papel doble que yo recuerde haber visto.
Sin embargo, la película es amorfa, una gran masa que cambia torpemente de rumbo en vez de estar —como la película anterior de la directora Susan Seidelman, Desperately Seeking Susan (distribuida como Buscando a Susan desesperadamente) — claramente enfocada y sólidamente estructurada. Uno espera que la historia de Making Mr. Right muestre cómo esta experta en medios se dedica a lograr que el dulce Ulysses resulte aceptable en todos los hogares, pero la película crea esta expectativa sólo para desecharla abruptamente. En cambio, vemos cuán difícil resulta hoy elegir una pareja romántica. Casi todos tienen este problema, incluida Frankie, que poco a poco se enamora de Ulysses. También se queda con este Señor Correcto de laboratorio cuando su misantrópico inventor reemplaza a Ulysses en la toma espacial del clímax.
Slave Girls from Beyond Infinity, escrita y dirigida por Ken Dixon, es un desvergonzado e inepto plagio de The Most Dangerous Game (1933). Un par de rubias despampanantes escapan de una estación espacial y caen en un planeta donde un villano vive lujosamente. Caza gente en una selva cercana, como en la película más vieja. Como comedia, ésta necesitaba muchas más bromas; como aventura, un ritmo mucho más rápido. Parte de la actuación es mejor de lo previsible, pero no por ello esta producción está a la altura del gárrulo esplendor del título.
Slave Girls era la mitad de un doble programa, la primera vez que esto se hace en mucho tiempo. La otra producción es Creepozoids, una servil imitación de Alien, mejor dirigida (por David DeCoteau) que escrita (por DeCoteau y Buford Hauser). Es un filme postapocalíptico —uno de los varios que comentaremos— acerca de un grupo de soldados desertores, varones y mujeres, que se refugia de la lluvia ácida en un depósito donde se han realizado experimentos con aminoácidos que transformaron a alguien en un monstruo semejante al de Alien de Ridley Scott, aunque con grandes mandíbulas curvas. Nunca se nos explica qué ocurre. En el desenlace, el único sobreviviente lucha contra un monstruo bebé. La película tiene apenas méritos suficientes como para que nos preguntemos por qué no intentaron hacer algo mejor.
Una de las películas postapocalípticas que se distribuyó en cines antes de pasar al vídeo, fue Steel Dawn. Sospecho que se filmó años antes de la distribución, y que resucitó sólo porque Dirty Dancing, del astro Patrick Swayze, fue un auténtico éxito de bajo presupuesto. Steel Dawn no repitió ese éxito.
Al principio, sugiere que podría ser diferente de los demás clones de Mad Max. Se inicia con el héroe (Swayze) apoyado sobre la cabeza en la cima de una duna de arena, y lo que sigue es insólito y animado. Hombres-topo surgen de la arena y lo atacan, y él los ahuyenta con su pericia en esgrima y artes marciales. Esta pelea, como todas las del filme, es rápida, brutal y realista. Más aún, los paisajes —del desierto de Namibia, en el sudoeste de África— son apabullantes, con dunas gigantescas de treinta kilómetros de largo y veinte metros de altura. Más aún, la tecnología que vemos es razonable.
Es el acostumbrado ámbito postapocalíptico —la Tierra, después de muchas guerras, es un arenal— y la historia está plagada de clichés. Un vagabundo heroico ayuda a una familia contra unos villanos muy malvados, luego continúa su viaje. Es un western en el futuro, con elementos de Mad Max y de películas de samurais, apoyado sobre la manida trama, todo muy mal dirigido por Lance Hool. A pesar del paisaje espectacular y la buena fotografía (George Tirl), en que cada toma parece haberse impreso sobre metal bruñido, Steel Dawn es penosa y previsible.
Otra imitación de Mad Max, con el típico héroe vestido de cuero y acero, fue Equalizer 2000, que pasó directamente a vídeo. El título alude a una superarma poseída por la heroína. En la película la gasolina escasea y es acaparada por los villanos; fue rodada en Filipinas pero ambientada en Alaska, un siglo después de que el invierno nuclear cubriera el planeta de blanco. La dirigió Cirio H. Santiago sobre guion de Frederick Bailey, que también aparece en el filme, y las estrellas son Richard Norton y Corinne Wahl. Variety la calificó de «western obtuso» con muchos elementos graciosos.
También rodada en Filipinas, Warriors of the Apocalypse vagabundeó por salas cinematográficas de todo el país bajo diversos títulos (incluido el engañoso Time Raiders), hasta que decidió sentar cabeza en la cinta de vídeo. Se trata de otra imitación de Mad Max, esta vez escrita por Ken Metcalfe y dirigida por Bobby Suarez. También ambientada en un futuro devastado por la guerra, trata sobre la búsqueda de una planta energética, aún operativa, que está en manos de los villanos. «Lor» (Lawrence Cohn), columnista de Variety, la calificó de «tosca», y no veo razones para investigar más.
El título Surf Nazis Must Die puede prometer una suerte de camp sardónico, pero es un fiasco total. La principal razón para que exista debió ser el afán de que hubiera una película titulada «Los surfistas nazis deben morir». Forma parte de una tendencia hacia títulos desconcertantes tales como «Esclavas de más allá del infinito», «La demencial matanza de la granja de la muerte» o «Colegialas en el gran estadio del lodo».
Surf Nazis Must Die también está ambientada después de una catástrofe, en este caso un terremoto en la magnitud 8.6 de la escala Richter, en el sur de California. Pero la película no utiliza este elemento, ni la guerra que se sugiere; podría estar ocurriendo hoy en la misma zona. Un personaje que se hace llamar Adolf, pero en verdad es «ese repulsivo Ricky Johnson» ( y que se parece más a Zachary Scott que a Hitler), lidera una pandilla de surfistas nazis. Matan a un chico negro; la corpulenta madre del niño negro mata a los surfistas nazis. Ésa es toda la trama. Unas pocas escenas tomadas de filmes documentales no añaden nada excepto agua; la actuación, la dirección y la producción son chapuceras. Aparentemente el escritor Jon Ayre cree que es sardónico, pero es mero sarcasmo pueril; el director Peter George bien pudo quedarse en casa. La película es lenta y turbia cuando debería ser graciosa, es racista hasta la depresión, y absolutamente carente de interés.
Otro producto de esta tediosa serie de películas postapocalípticas fue Survivor, tal vez rodada en Sudáfrica. Las estrellas son Chip Mauer, Sue Kiel y Richard Molí. Un astronauta, que estaba en el espacio cuando estalló la guerra, se las ingenia para regresar a la Tierra y ahora atraviesa un páramo arenoso que aparentemente abarca el planeta entero. Todos los que encuentra intentan matarlo, pero logra sobrevivir. Al final descubre una ciudad sepultada en la arena, dominada por el inteligente y brutal Molí, y en un duelo final el astronauta mata a Molí. En la sombría Survivor la Tierra cae lentamente hacia el Sol; no importa lo que nadie haga, sólo espera la muerte. El guion de Bima Stagg —un nombre a tener en cuenta— tiene detalles inteligentes, pero el diálogo es malo, y hay un exceso de narración en off. La dirección de Michael Shakleton es pomposa y aburrida. Y al margen de una curiosa pelea entre el astronauta y algunos matones de Molí mientras se mecen unos junto a otros colgados de cadenas, no hay aquí nada nuevo.
Amazon Women on the Moon pasó por las salas cinematográficas como mercurio por un embudo; tendrá mejor suerte en vídeo. Es una película de episodios, y las películas de episodios son difíciles de hacer, sobre todo de hacer bien. Ésta es una de las mejores. Varios episodios parodian temas y películas de ciencia ficción, incluida la secuencia de los títulos, en general una parodia de Queen of Outer Space. El director Robert K. Weiss maneja bien muchos elementos satíricos (los trajes son especialmente ingeniosos), pero una parodia de una parodia no puede llegar muy lejos. Carl Gottlieb dirigió «Son of the Invisible Man», el episodio más gracioso, y Joe Dante hizo «Reckless Youth»; ambas parodian (respectivamente) las películas de horror de la Universal de los años 40 y los filmes de explotación sexual de los 30. Los muy variados episodios fueron escritos por Michael Barrie y Jim Mullholland. (Forrest J. Ackerman aparece como presidente de Estados Unidos, una idea perturbadora).
Algún día alguien escribirá un artículo titulado «Las películas de Forrest J. Ackerman», pues los directores jóvenes que se criaron leyendo Famous Monsters a menudo lo utilizan como una especie de amuleto de la buena suerte. Pero la suerte del buen Forrest varía; puede estar en películas buenas o aparecer en productos comerciales menores y apenas vistos como Evil Spawn. Escrita y dirigida por Kenneth J. Hall, Evil Spawn pasó directamente a vídeo. La película es una variación sobre The Wasp Woman, de Roger Corman, que de por sí no valía mucho; esta vez una mujer recibe una fórmula de juventud que periódicamente la transforma en un monstruo insectoide. Protagonizada por Bobbie Bresse y, además de Forrest J. Ackerman, reaparece John Carradine.
Vale la pena buscar al menos una de las películas de ciencia ficción de 1987 que fueron directamente a vídeo si uno tiene cierto gusto por lo ultrajante. Se trata de It’s Alive III: Island of the Alive, de Larry Cohén, una película gratamente estrambótica y tan truculenta como sus filmes anteriores. En los dos primeros, nacen bebés mutantes con garras, colmillos, gran energía y ánimo homicida. Como antes, el guionista y director Cohén quiere perversamente que estos monstruosos bebés con colmillos nos despierten compasión y horror. Esta vez, los bebés están aislados en una isla tropical, como Godzilla, donde pronto se convierten en adultos caníbales. Escapan cuando una expedición que incluye al padre (Michael Moriarty) de uno de los bebés viene a controlarlos. Los bebés gigantes —pues eso parecen— llegan a Florida donde las armas de fuego y las enfermedades los exterminan. Pero uno da a luz, y Moriarty y Karen Black escapan riendo hacia un futuro incierto con su monstruoso nieto.
Como director, Cohén trabaja con demasiada prisa y demuestra poco interés en elementos menores tales como la continuidad, pero de todos los guionistas que trabaja a menudo en películas de ciencia ficción es sin duda quien tiene las ideas más desbocadas, que van desde estos bebés monstruosos hasta Jesús como un hermafrodita extraterrestre e incandescente en God Told Me to. Se las ingenia para rozar ideas más amplias en cada uno de sus filmes, aunque a veces torpemente; tal es el problema de la notoriedad. Moriarty, que ha actuado en varios filmes de Cohén, a menudo logra sus trabajos mejores y más delirantes con este director. Como Cohén tiene buen oído para el diálogo y crea situaciones pintorescas, It’s Alive III es muy entretenida, y más sólida que los filmes anteriores. Por cierto, no repite los efectos de los dos primeros de la serie, pero también está dedicado a quienes han llegado a gustar de los imaginativos aunque chapuceros filmes de Cohén.
La más reciente película de John Carpenter, Príncipe de las tinieblas, es un producto hecho de jirones y remiendos, un desastroso intento de racionalizar al Diablo en términos de ciencia ficción. Suscita más preguntas de las que responde, poco a poco se despeña en una conclusión previsible, y en definitiva debe ser clasificada como una «nueva visita a Halloween».
El guion se atribuye a «Martin Quatermass», a quien la nota de prensa describe como el hermano de Bernard Quatermass, pero es la figura central de los cuatro telefilmes de Nigel Kneale sobre Quatermass. Eso debía darnos una pista, pues la historia es similar al enfoque de Kneale, que combina sagazmente material de ciencia ficción y fantasía. «Martin Quatermass» es en realidad el director John Carpenter, pero no se ha hecho ningún favor.
Donald Pleasance reaparece, y Victor Wong (también en El imperio del sol) es bueno, pero la anécdota es confusa y carente de lógica; Carpenter se arrincona tanto que en determinado momento una persona poseída mira un espejo y delira durante un día entero. Arroja ideas sobre la física moderna, sobre todo de nivel subatómico, y utiliza bien la jerga. Pero ¿para qué molestarse en racionalizaciones científicas para luego introducir un antiguo mal sobrenatural a lo Lovecraft? Las ideas son turbias e ilógicas; los personajes carecen de interés; la situación es confusa; las escenas son eternas. Príncipe de las tinieblas es bastante opaca.
«Lor» de Variety, a quien cito a menudo en estos informes anuales, tiene gran tolerancia para resistir casi cualquier cosa hasta el final, aun algo tan poco auspicioso como Deathrow Gameshow, la tercera variación del año sobre el tema que Robert Sheckley utilizó en Prize of Peril. Ésta es una comedia negra, y nadie corre; los convictos condenados tienen la oportunidad de ganar un indulto si aparecen en un programa televisivo, si pierden la competición se los ejecuta de inmediato. «Lor» la llamó «vulgar» y «chapucera», pero se proyectó en cines.
Cyclone es una tosca película de acción que se centra en una motocicleta con superpoderes. El guion de Paul Garson presenta un trasto que sorbe hidrógeno del aire y lo convierte en energía, algo medianamente novedoso, pero también tiene el clásico cliché de que hay cosas que el hombre no está destinado a conocer, y al final la heroína Heather Thomas destroza el trasto. Pero sólo después de un gran revuelo, incluyendo bonitos rayos color lavanda disparados por Cyclone la motocicleta. Fred Olen Ray dirigió a un elenco con muchas caras familiares, entre ellas Martin Landau, Martine Beswicke, Robert Quarry, Troy Donahue (cuyo nombre está mal escrito en los títulos) y Russ Tamblyn (cuyo nombre no figura en los títulos). También actúa Michael Reagan, el hijo del presidente, en la primera vez que un miembro de la familia Reagan aparece en una película de ciencia ficción desde que Nancy fue coprotagonista de Donovan’s Brain.
Prison Ship, también llamada Star Slammer, se realizó en 1984; también fue dirigida por Fred Olen Ray, y escrita por Michael D. Sonye. «Lor» la consideró «un afectuoso esfuerzo camp [con] bromas internas y elementos de parodia». El filme se presentó como un serial en cuatro capítulos que comenzaban en el planeta Arous, una referencia que los aficionados comprenderán. La heroína es enviada a una cárcel de mujeres en el espacio, donde ocurre el resto del filme. Prison Ship tiene, según «Lor», «mucha tontería selecta». El elenco incluye a Aldo Ray y John Carradine, y está encabezado por Ross Hagen y Sandy Brooks.
Zombie High está inesperadamente bien hecha, aunque prometía ser una versión de Las esposas de Stepford con estudiantes. El guion de Tim Doyle, Aziz Ghazal y Elizabeth Passarelli es muy superior a la rutinaria dirección de Ron Link. Virginia Madsen, que es buena, llega a una escuela preuniversitaria conocida por producir alumnos exitosos. Al cabo de un tiempo advierte que los estudiantes son excesivamente aplicados: callados, estudiosos, elitistas, al margen de su comportamiento anterior. El horrendo secreto es que todos los profesores son inmortales y obtienen su eterna juventud de un suero preparado con el tejido cerebral de los jóvenes. Reemplazan el tejido cerebral robado por receptores de radio que captan señales procedentes de un transmisor situado en la torre de los profesores. Finalmente la heroína reemplaza la cinta del transmisor con una canción procaz titulada Bésame el trasero. Los graduados de la academia estallan por todo el mundo.
El mal titulado filme presenta muchos elementos imaginativos; uno de los profesores se enamora de Madsen, quien advierte que el único reloj del cuarto del profesor está parado: un correlato objetivo de su inmortalidad. Cuando el profesor llega a la decisión de terminarlo todo, el reloj arranca de nuevo. (Mientras él muere lentamente de vejez avanzada, canta nostálgicamente After the Ball is Over). No carente de ingenio e inteligencia, Zombie High vale la pena si a uno le gusta esa clase de material.
The Kindred era un vivaz thriller de ciencia ficción y horror, pero es también una de las películas más confusas e incomprensibles que he tratado de desentrañar. El científico loco Rod Steiger experimenta con lunáticos deformes en el sótano de su hospital, pero pronto son eliminados de la trama; en cambio, el filme se concentra en Anthony, una criatura tentacular, híbrido de humano y criatura marina, que merodea una granja.
Los guionistas de The Kindred incluyen a Stephen Carpenter, Jeffrey Obrow, John Penney, Earl Ghaffari y Joseph Stefano, y fue dirigida por Obrow y Carpenter, que también fue director de fotografía (y realizó un buen trabajo en ese aspecto). En esta legión de talentos sin duda había alguien capaz de señalar que la anécdota era descabellada, que estaba plagada de incoherencias y lagunas. La película tiene algunas virtudes: el elenco, excepto por el sobreactuado Rod, es bastante bueno, especialmente Peter Frechette como un asistente de laboratorio mujeriego y socarrón. Kim Hunter está excelente en sus breves escenas, y Amanda Pays (de Max Headroom) es promisoria; Bunzi Z causa gracia como personaje de poca duración, víctima del primer monstruo-melón de la historia del cine. Hay algunas líneas brillantes, algunos momentos de suspenso y algunos sustos bien preparados, pero si Carpenter y Obrow piensan continuar con esta clase de película, tendrán que aprender a someterse a disciplinas a las que ahora no prestan atención.
La publicidad de The Curse anticipaba que estaba basada en El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft, pero a menos que yo no haya visto algo, a Lovecraft no se le reconoció ningún mérito en la pantalla. Aunque «demérito» sería más apropiado, pues el filme es grotescamente malo. Lo dirigió el actor David Keith, que debería dedicarse de nuevo a actuar.
Tras estrellarse contra una granja, un meteorito se transforma en una jalea viscosa que penetra el suelo afectando la provisión de agua. Las manzanas se llenan de gusanos, las hortalizas se vuelven gigantes pero están rellenas de carne podrida, y la mayoría de los miembros de la familia se convierten lentamente en monstruos. Sólo el heroico Will Wheaton y su hermana escapan mientras la casa de la granja se derrumba inexplicablemente. Aunque está bien producida a causa del guion y la dirección, The Curse es basura del peor tipo, con nombre cliché para la familia de granjeros (Nathan, Zach, Cyrus; algunos son realmente de Lovecraft, pero él escribía hace un par de generaciones), un déspota que cita la Biblia (Claude Atkins), desagradables relaciones familiares en vez de personajes con entrañas o cierto atractivo. Es declamatoria, pomposa y vulgarmente violenta.
Programmed to Kill, filmada como The Retaliator, es obviamente una versión femenina de The Terminator, pero su tecnología presuntamente contemporánea la vuelve tonta. Una terrorista del Medio Oriente (Sandah Bergman) muere durante una misión de rescate, y representantes norteamericanos la llevan a Estados Unidos. Los científicos le reemplazan la mayor parte del cerebro con circuitos, y la convierten en un obediente cíborg al que envían de vuelta a Beirut para matar a los miembros supervivientes de su organización, entre ellos a su amante. Tras hacer todo esto, ella recobra inexplicablemente la memoria y utiliza sus nuevos poderes para buscar y matar a quienes la robotizaron, lo cual es absurdamente fácil: ninguna de sus víctimas tiene guardias, aunque pronto saben que ella viene. Esta combinación de Barbi y Rambo tiene poderes increíbles: se arranca el propio brazo y le crece otro. Al fin la mata una excavadora. No está mal dirigida, pero la fotografía es pobre y otros aspectos técnicos son limitados. Es demasiado imitativa y ridícula para ser algo más que basura. (Al menos no está ambientada después de un apocalipsis nuclear). El director fue Alian Holzman, y el experto en efectos especiales Robert Short escribió el guion.
Munchies es un descarado y exagerado plagio de Gremlins; fue dirigida por Bettina Hirsch, ex montajista de Joe Dante en varios filmes, Gremlins incluido. Munchies fue producido por Roger Corman, con quien empezó Dante. Por cierto, no hay dudas sobre el origen de Munchies; las criaturas semejantes a los gremlins recorren el desierto del Mojave en un Gremlin de American Motors. Es barata, y el guion de Lance Smith está mal estructurado, pero Munchies tiene sus momentos graciosos, aunque la estrella Harvey Korman ha estado mejor en cualquier otra actuación (y aquí tiene dos papeles para arruinar). Korman, un científico que intenta probar que Machu Pichu fue construida por extraterrestres, encuentra una pequeña criatura reptílica en Perú (Bronson Caverns) y la lleva a California; un vecino prepotente lucha con el pequeño individuo y lo descuartiza, y cada parte se convierte en un nuevo munchie. Son más traviesos que cruentos, y con ese bajo presupuesto los munchies no pueden hacer mucho. La electricidad los convierte en piedra, lo cual permite una salida final. Los efectos especiales no son convincentes.
Space Rage se exhibió en salas cinematográficas bajo diversos títulos anteriores (se filmó en 1984), pero es calamitosa sea cual fuere el nombre, a pesar de las buenas actuaciones de Lee Purcell, William Windom y Richard Farnsworth. El malvado criminal Michael Paré es enviado a un planeta-prisión —gemelo del desierto del Mojave— donde casi enseguida dirige una fuga. El ex policía Farnsworth tiene que detenerlo. Los elementos de ciencia ficción son mínimos, por decir lo menos: si se eliminara la única escena espacial y se modificara un poco el diálogo, ni siquiera sería ciencia ficción; en realidad es un western, y un western malo. Al menos dura sólo setenta y siete minutos. Dirigida por Conrad E. Palmisano, sobre un trillado guion de Jim Lenahan.
Otra imitación de Alien, un poco mejor y mejor disfrazada que la mayoría, fue Bine Monkey, un esfuerzo para revivir el concepto de los insectos gigantes como amenazas cinematográficas. Un jardinero es lastimado por una planta, se desploma y es llevado a un hospital; un grueso gusano blanco le sale por la boca y a la vez se abre para revelar un insecto. Niños traviesos alimentan al insecto con hormonas, e inmediatamente se convierte en una criatura torpe y vivaz pero poco convincente, parecido a una mantis. Siendo hermafrodita, da a luz a su propia hembra, a la que luego protege contra todos los que vienen mientras la hembra pone huevos en el interior del hospital. El director William Fruet brinda mucho humo, ramalazos de luz (láseres incluidos) y mucha acción, pero no logra mantener la coherencia. Hacia el final el insecto gigante arroja instrumentos en el laboratorio láser, pero no sabemos por qué. Los buenos actores —Steve Railsback, Susan Anspach, John Vernon y Joe Flaherty— hicieron lo posible. El guion de George Goldsmith carecía de datos precisos.
Stranded era más ambicioso que muchos filmes de ciencia ficción poco conocidos de 1987, pero casi no tuvo distribución hasta 1988. Tex Fuller dirigió el guion de Alan Castle, que trata sobre una partida de extraterrestres que toman como rehenes a los habitantes de una granja. El elenco incluía, sorprendentemente, a Maureen O’Sullivan y Joe Morton (el Hermano de Otro Planeta), pero el filme no logra explorar satisfactoriamente la situación, aunque «Lor» opinó que al menos se atrevía a «ser diferente».
Uno esperaría que una película protagonizada por John Ritter y Jim Belushi recibiera un trato más o menos distinguido, pero la distribuidora de Real Men, MGM, casi la obligó a ocultarse. El guion del director Dennis Feldman se centra en el agente del FBI Belushi, quien debe custodiar al Hombre Común Joe Ritter, y hay agentes soviéticos, extraterrestres (que pueden resolver los problemas económicos del mundo, quizá por primera vez en el cine) y un arma que puede destruir el mundo. «Quin» de Variety opinó que era «extraña» pero «poco divertida».
Los realizadores de Attack of the Killer Tomatoes hicieron un nuevo intento con Happy Hour, y una vez más produjeron una película genuinamente mala. Filmada en 1985, Happy Hour desperdició a algunos buenos actores, entre ellos Jamie Farr, Tawny Kitaen y Rich Little. Un científico que trabaja para una fábrica de cerveza, accidentalmente vuelve el producto peligrosamente adictivo y todos en el país beben y se embriagan. Happy Hour, pensada como una parodia del consumismo, se basa tanto en alusiones pueriles a las excreciones que fracasa por completo.
Alien Predator es tan aburrida como desagradablemente tensa; se rodó en España en 1984 bajo el título The Falling. Tres jóvenes norteamericanos —Dennis Christopher, Martin Hewitt y Lunn-Holly Johnson— llegan a un pueblo español donde se han soltado microbios de un proyecto espacial norteamericano. El «depredador alienígena» del título no está en ninguna parte. Sólo hay cuerpos humanos contagiados por los microbios, que ahora se están convirtiendo en algo más grande. El filme es un derivado de Alien y de The Andrómeda Strain, un producto confuso, tedioso y desagradable que tuvo poco éxito de taquilla antes de su distribución en vídeo. No hay razones para que nadie, excepto los obsesionados por verlo todo, vea esta película. Es sólo otro clavo en el ataúd de la breve carrera de Dennis Christopher.
Plutonium Baby, un videofilme de bajo presupuesto originario de Nueva York, es una de las peores películas jamás filmadas: parlanchina, chata y barata. Ni siquiera tiene la virtud de frustrar una premisa decente. El guion de Wayne Behar no tiene nada recomendable excepto estar atiborrado de episodios. La historia incluye no sólo a un niño de diez años con raros poderes (nació radiactivo y reluciente) sino también a su monstruosa madre mutante; diez años después, es un adulto en Nueva York perseguido por el científico loco —también con poderes radiactivos— que inició todo el asunto. La dirección del productor Roy Hirschman es chapucera, aunque la actuación es relativamente eficaz. «Basura» es una palabra demasiado digna para Plutonium Baby, que combina elementos de trama de terror sangriento con un irresponsable y descuidado enfoque de la radiación, y un tono extraño y sardónico que sólo se revela al final.
Rome, 2072 A.D. - The New Gladiators es algo que hemos visto a menudo. Como suele ocurrir en los filmes de explotación italianos, todo un equipo de guionistas —Elisa Briganti, Dardano Sachetti, Cesare Frugoni y Lucio Fulci— trabajó para producir un filme ligero y trivial, aunque éste, dirigido por Fulci, es relativamente mejor que la mayoría de ellos. En un futuro al estilo Blade Runner, los decrecientes ratings de TV inducen a instituir nuevamente los combates de gladiadores, protagonizados por delincuentes condenados. Uno de ellos es nuestro héroe, a quien le tendió una trampa la maligna computadora que dirige las cosas desde el espacio, para que tuvieran un gladiador competente. Como es típico de tales filmes en todo el mundo, aquí se «deploran» los combates entre gladiadores mientras se los muestra.
Beaks es una imitación mexicana de Los pájaros, de Hitchcock. Aquí los pájaros del mundo se rebelan contra la humanidad, aparentemente a causa de la polución. El insustituible «Lor» de Variety la califica de «muy tonta y truculenta», aburrida y muy mal actuada. Los protagonistas fueron los norteamericanos Christopher Atkins y Michelle Johnson, pero casi todo el resto del elenco del personal técnico es mexicano. Fue escrita, producida y dirigida por Rene Cardona, hijo. En Estados Unidos pasó directamente a vídeo.
En Nueva York, la productora Tycin Entertainment ha realizado varios filmes para vídeo; Mutant Hunt fue aparentemente la primera. La actuación y la dirección son poco profesionales, pero los efectos de maquillaje son asombrosamente buenos. Es una variación sobre Blade Runner, donde el mercenario Matt Riker persigue «cíborgs mutantes» enloquecidos por una droga sexual adictiva. Las escenas urbanas están imaginativamente escogidas pero alarmantemente subpobladas. La escribió y dirigió Tim Kincaid, quien no parece muy promisorio.
Robot Holocaust, de Tycin también, fue realizada para videocasete, pero al menos no parece una imitación de otra cosa. «Lor» escribe que está «ambientada en el futuro después de una rebelión de miles de millones de robots contra sus amos humanos»; a su entender sólo estaba «bien». Incluye un viaje a una fábrica de aire dirigida por el maligno Oscuro. También fue escrita y dirigida por Tim Kincaid.
Too Much, de Cannon, tuvo poco público en los cines. «Lor» la consideró una «débil comedia para niños acerca de las aventuras de una niña y su amiga robot en Japón», donde se rodó el filme. Parece ser una coproducción entre Estados Unidos, Israel, Japón y Francia, tal vez una empresa única, pero en todo caso a quién le importa. La muchacha recibe un robot prototipo al cual ella le gusta, así que los dos se escapan para vivir aventuras en Japón cuando se supone que ella debe devolverlo. Fue escrita y dirigida por Eric Rochat, y Masato Fukazama hizo el papel de Too Much [«demasiado»], el robot.
De nuevo, 1987 fue un año de escasa significación para las películas de ciencia ficción; de nuevo resultaron ser productos estándar de Hollywood, lo cual probablemente se repita durante varios años, a menos que se estrene un filme que rompa con ciertas pautas. El género seguirá presente durante años, pero el nivel de calidad, mientras nos acercamos a los 90, no será elevado, porque «nadie sabe nada».