Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 8 de 13

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Roma 05 - César

De Ravena a Ancona

–¡Como custodio de la vía Emilia Escaura, la vía Aurelia y la vía Clodia, lo cual es el norte de la parte etrusca, yo propongo a Lucio Escribonio Libón! – dijo ávidamente Pompeyo.

Eso provocó unas cuantas sonrisas. El matrimonio entre el hijo mayor de Pompeyo, Cneo, y la hija de Apio Claudio no había prosperado ni había durado mucho. Después de acabar en divorcio, el joven Cneo Pompeyo se había casado con la hija de Escribonio Libón, matrimonio que no complacía al padre, pero que sí complacía a Cneo, quien había insistido en contraerlo.

Eso dejaba a Pompeyo con la tarea de encontrarle un buen empleo a un hombre mediocre. De ahí Etruria, que no era probable que estuviera en el punto de mira de César.

A Quinto Minucio Termo le correspondió la vía Flaminia, que era el norte de la parte oriental de Umbría, y se le ordenó que se estableciera en Iguvio.

El nepotismo entró de nuevo en escena cuando Pompeyo sugirió que su primo carnal, Cayo Lucilio Hirro, fuera a servir a el Piceno en la ciudad natal de Labieno, Camerino. El Piceno, desde luego, era el feudo de Pompeyo (y la zona que quedaba más cerca de César en Rávena), así que allí fueron enviados también otros hombres, Léntulo Spinther, el ex cónsul, a Ancona y Publio Acio Varo, el ex pretor, a Auxino, la ciudad natal de Pompeyo.

Y al pobre y desanimado Cicerón, presente en aquellas reuniones porque se celebraban fuera del pomerium, se le ordenó que fuera a Campania a reclutar soldados.

–¡Ahí tenéis! – dijo Léntulo Crus al final con júbilo-. ¡Una vez que César se dé cuenta de que hemos hecho todo esto, se lo pensará dos veces antes de atacar! ¡No se atreverá!

DE RAVENA A ANCONA

El mensajero que Antonio y Curión habían enviado por delante de ellos desde Roma llegó a la villa de César, situada cerca de Rávena, al día siguiente de que Antonio y Quinto Casio fueran expulsados por la fuerza de la Cámara. Aunque llegó casi al alba del noveno día de enero, César lo recibió inmediatamente, cogió la carta ylo mandó, con una afectuosa sonrisa de agradecimiento, a que le dieran de comer y una cama cómoda;

más de trescientos kilómetros en menos de dos días era una cabalgada penosa.

La carta de Antonio era breve.

César, a Quinto Casio y a mí nos maltrataron y nos expulsaron del Senado cuando intentamos interponer nuestro veto contra el senatus consultum ultimum. Es un decreto bastante raro. No te declara hostis ni cita específicamente a Pompeyo, pero autoriza a todos los magistrados y consulares a proteger al Estado contra el veto tribunicio, figúrate. La única referencia a Pompeyo es que entre aquellos a quienes se les confía el cuidado del Estado están los «promagistrados que se encuentran en las inmediaciones de Roma». Cosa que atañe tanto a Cicerón, que está ahí plantado en espera de su desfile triunfal, como a Pompeyo, que también se encuentra allí. Yo me imagino que Pompeyo es un hombre decepcionado.

Pero ves, eso es una cosa que sí tienen los boni: odian conceder mandos especiales.

Vamos cuatro en camino. Curión y Celio eligieron también abandonar la ciudad. Iremos por la vía Flaminia.

Ah, no sé si te será de alguna utilidad, pero me he encargado de que lleguemos exactamente en las mismas condiciones en que estábamos cuando los lictores lograron echarnos fuera. Lo cual significa que apestaremos un poco, así que tennos preparado un baño caliente.

El único legado de confianza que César tenía consigo era Aulo Hircio, quien entró y encontró a César sentado, con la carta en la mano, mirando fijamente a una pared de mosaico que representaba la huída del rey Eneas de la ciudad de Troya en llamas, con su anciano padre sentado en el hombro derecho y el paladión metido debajo del brazo izquierdo.

–Una de las mejores cosas de Rávena -le dijo César sin mirar a Hircio-es la habilidad que tienen los lugareños con los mosaicos. Son mejores aún que los griegos de Sicilia.

Hircio se sentó en un lugar desde donde podía verle la cara a César. Se le veía tranquilo y satisfecho.

–He oído decir que te ha llegado un mensaje con muchísima urgencia -

comentó Hircio.

–Si. El Senado ha aprobado un decreto último.

A Hircio le silbó la respiración.

–¡Te han declarado enemigo público!

–No -le aclaró César sin alterarse-. El verdadero enemigo de Roma, por lo que parece, es el veto tribunicio, y los verdaderos traidores los tribunos de la plebe. ¡Cómo se parecen a Sila los boni! El enemigo nunca está fuera, siempre está dentro. Y a los tribunos de la plebe hay que amordazarlos.

–¿Qué vas a hacer?

–Avanzar -le dijo César.

–¿Avanzar?

–Hacia el sur. A Arimino. Antonio, Quinto Casio, Curión y Celio están viajando por la vía Flaminia en este momento, aunque no tan de prisa como su mensajero. Me imagino que llegarán a Arimino dentro de dos días, contando hoy.

–Entonces todavía retendrás tu imperium. Si avanzas hacía Arimino, César, tienes que cruzar el Rubicón y entrar en territorio de casa.

–Para cuando lo haga, Hircio, me imagino que ya seré un privatus y tendré completa libertad para ir adonde yo quiera. Y que amparado por ese decreto último, el Senado me despojará de todo inmediatamente.

–Entonces, ¿no te llevarás contigo a la decimotercera a Arimíno? – le preguntó Hircio.

Era consciente de que el alivio no había llegado tras la respuesta de César. Éste parecía tan relajado, tan tranquilo, igual que siempre había sido: un hombre con absoluto control, nunca agobiado por la duda, siempre con dominio de sí mismo y de los acontecimientos. ¿Sería por eso por lo que los legados lo amaban? Por definición, César no debería haber sido un hombre capaz de inspirar amor, y sin embargo lo inspiraba. Y no porque lo necesitase. Porque… porque… oh, ¿por qué? ¿Porque era lo que todo hombre quería ser?

–Claro que me llevaré a la decimotercera -repuso César poniéndose en pie-. Tenlos preparados para salir dentro de dos horas. Con la caravana del bagaje completa, todo preparado, incluida la artillería.

–¿Vas a decirles adónde se dirigen?

César alzó las cejas rubias.

–De momento no. Son muchachos del otro lado del Po. ¿Qué significa para ellos el Rubicón?

Los legados junior como Cayo Asinio Polión volaban por todas partes ladrando órdenes a los tribunos militares y a los centuriones senior; al cabo de dos horas la decimotercera legión había levantado el campamento y

estaba alineada en columna dispuesta para partir. Sus legionarios se encontraban en forma y bien descansados, a pesar de que César los había mandado de marcha a Tergeste bajo las órdenes de Polión. Allí habían llevado a cabo unas maniobras militares intensivas y luego habían regresado a Rávena a tiempo para disfrutar de un último permiso lo bastante largo para estar en el punto álgido necesario para combatir.

El ritmo de marcha que impuso César fue de ocio; la decimotercera entró en un campamento debidamente fortificado situado aún muy al norte del Rubicón, la frontera oficial entre la Galia Cisalpina e Italia. Nadie dijo nada, pero todos, incluidos los legionarios y sus centuriones, se dieron cuenta de que el Rubicón se alzaba amenazador. Ellos pertenecían a César por completo y les llenaba de exaltado gozo el hecho de que éste no pensara darse por vencido, que estuviera marchando dispuesto a defender su espantosamente insultada dignitas, que también era la dignitas de todos los que servían bajo su mando, desde los legados hasta los no combatientes.

–Marchamos para entrar en la historia -le comentó Polión a su colega, el legado junior Quinto Valerio Orca, pues a Polión le gustaba la historia.

–Nadie puede decir que César no haya intentado evitar esto -le dijo Orca, y se echó a reír-. Pero no es propio de él avanzar sólo con una legión,

¿no te parece? ¿Cómo sabe qué se va a encontrar una vez que haya cruzado el río y haya entrado en el Piceno? Puede haber diez legiones esperándonos para luchar contra nosotros.

–Oh, no, es demasiado inteligente para eso -le contradijo Polión-. Tres o cuatro legiones puede ser, pero más no. Y nosotros les daremos una paliza.

–Especialmente si dos de esas legiones son la sexta y la decimoquinta.

–Exacto.

El décimo día de enero, ya bien avanzada la tarde, la decimotercera legión llegó a orillas del Rubicón. A los hombres se les ordenó cruzar sin detenerse, pues había que acampar al otro lado.

César y su pequeño grupo de legados permanecieron en la orilla norte, y allí comieron. En aquella época otoñal del año los ríos que fluían desde los Apeninos hasta el mar Adriático estaban bajos de caudal, hacia mucho que las nieves se habían derretido y las lluvias eran escasas. Así, a pesar de su largo cauce, siendo su origen casi literalmente el canto de un cuchillo que salía del nacimiento del Arno, que fluía hacia el oeste en las altas montañas, el ancho cauce del Rubicón en ótoño cubría como mucho a la altura de la

rodilla de un hombre, cosa que no constituía obstáculo para ningún ser humano ni animal.

Pocas cosas se dijeron durante la comida, aunque lo que dijo César resultó tranquilizador por el hecho de que fue todo muy corriente. Comió su habitual ración, escasa y sencilla: un poco de pan, unas cuantas aceitunas y un pedazo de queso. Luego se lavó las manos en un recipiente que le trajo un criado y se levantó de la silla curul de marfil que, según pudo observarse, no había abandonado.

–A los caballos -ordenó.

Pero el caballo que el mozo le llevó a César para que lo montase no era ninguno de los animales de viaje, hermosos y de patas altas, sino que se trataba de Toes. Como los otros dos caballos con el mismo nombre que César había montado cuando entraba en combate desde que Sila le regaló el animal original, este Toes, veterano de los años pasados en la Galia, era un animal castaño y lustroso con larga crin, larga cola y una linda cara, una montura de buena raza, como correspondía a cualquier general que no prefiriera (como Pompeyo) un llamativo caballo blanco. Sólo que este caballo tenía los cuatro cascos divididos en tres auténticos dedos, cada uno de los cuales acababa en un casco diminuto.

Montados en sus caballos, los legados lo miraban cautivados; habían estado esperando en vano una declaración de guerra, y ahora la tenían.

Cuando César cabalgaba sobre Toes es que iba a entrar en combate.

Arreó al animal para ponerse en cabeza y cabalgó a paso tranquilo por la hierba otoñal que amarilleaba, adentrándose entre los árboles en dirección al centelleante río. Y allí, en la orilla, se detuvo.

Aquí está. Todavía puedo darme la vuelta. Todavía no he abandonado la legalidad, la constitucionalidad. Pero una vez que cruce este río más bien mediocre, paso de ser un servidor de mi patria a ser un agresor contra ella.

Pero ya sé todo esto. Lo sé desde hace dos años. He pasado por todo: he pensado, he proyectado, he programado, me he esforzado muchísimo. He hecho concesiones increíbles. Incluso me hubiera conformado con Iliria y una legión. Pero en cada paso del camino he sabido y he comprendido que ellos no cederían. Que estaban decididos a escupirme, a hundir mi cara en el polvo, a reducir a la nada a Cayo Julio César. Que no es nada. Que nunca consentiría ser nada. Tú lo has querido, Catón. Ahora puedes conseguirlo.

Tú me has obligado a marchar contra mi patria, a volver la cara contra la

legalidad vigente. Y tú, Pompeyo, estás a punto de descubrir cómo es enfrentarse a un enemigo de verdad competente. En el momento en que Toes se moje los pies me convertiré en un fuera de la ley. Y para quitar esa mancha de mi nombre, tendré que ir a la guerra, luchar contra mis compatriotas… y ganar.

¿Qué hay al otro lado del Rubicón? ¿Cuántas legiones habrán logrado reunir? ¿Cuántos auténticos preparativos habrán llevado a cabo? Estoy basando toda mi campaña en una corazonada que me dice que no han hecho nada. Que Pompeyo no sabe cómo empezar una guerra, y que los boni no saben cómo se libra una guerra. Él, Pompeyo, nunca, ni una sola vez, ha empezado una guerra a pesar de todos los mandos especiales que ha ocupado. Es un experto en pasar la bayeta para acabar lo que otros han empezado. Y los boni no tienen habilidad en nada que no sea empezar una guerra. Y una vez que la lucha empiece, ¿cómo logrará Pompeyo coexistir con los boni, que le obligarán a retrasarse, lo arengarán, lo criticarán, intentarán reprimirlo? Ellos han pensado que esto es un juego, una hipótesis. Nunca han pensado en ello como un hecho real. Pero claro, supongo que se trata de un juego. Y yo tengo de mi parte la suerte además del ingenio.

De pronto echó la cabeza hacia atrás y empezó a reírse al recordar un verso de Menandio, su poeta favorito.

–¡Que vuelen altos los dados! – exclamó en el griego original del verso.

Después espoleó suavemente a Toes en las costillas, cruzó cabalgando el Rubicón y entró en Italia y en la rebelión.

Arimino no estaba en pie de guerra; cuando César y la decimotercera legión llegaron a esa próspera ciudad situada en lo alto de la vía Flaminia, su población resultó estar armada con guirnaldas otoñales. Adornaron con ellas a los soldados y vitorearon a César de modo ensordecedor. En cierta medida ello fue una sorpresa, César tuvo que admitirlo, porque Arimino se alzaba en lo alto de los dominios de Pompeyo y bien hubiera podido tomar partido por éste y el Senado. En cuyo caso, se preguntó César, ¿hasta qué punto habría habido lucha? Se enteró de que Termo se encontraba en Iguvio, Lucilio Hirro en Camerino, Léntulo Spinther en Ancona y Varo en Auxino. Léntulo Spinther era el que más tropas había logrado reunir, unas diez cohortes; los otros tenían cinco cohortes cada uno. Algo que no le producía ningún miedo a la decimotercera. Especialmente si la gente

corriente de Italia se ponía de parte de César. De pronto aquello parecía bastante probable, lo que era un gran consuelo. No era sangre lo que pretendía César; cuanta menos tuviera que derramar, mejor.

Antonio, Quinto Casio, Curión y Celio llegaron al campamento de las afueras de Arimino el día once de enero por la mañana temprano. Eran algo lastimoso de ver con las togas rasgadas y ensangrentadas, los rostros magullados y llenos de cortes; los dos tribunos de la plebe eran perfectos para los propósitos de César. Llamó a la decimotercera a asamblea y les presentó a Antonio y a Quinto Casio en toda su gloria.

–¡Por esto estamos aquí! – les dijo César-. ¡Para prevenir esto nos hemos adentrado en Italia! ¡Ningún colectivo de hombres romanos, por muy augusto o antiguo que sea, tiene el derecho de violar a las personas sagradas que son los tribunos de la plebe, que surgieron para proteger a toda la gente corriente, a la inmensa cantidad de miembros de la plebe, desde el proletariado, pasando por los soldados de Roma, hasta los hombres de negocios y los funcionarios! ¡Porque no podemos llamar a los plebeyos del Senado nada más que futuros patricios! ¡Al tratar a dos tribunos de la plebe del modo como los plebeyos del Senado han tratado a Marco Antonio y a Quinto Casio, han renunciado a su condición y a su herencia plebeya!

»La persona de un tribuno de la plebe es inviolable, y su derecho al veto inalienable. ¡Inalienable! Lo único que Antonio y Casio hicieron fue vetar un decreto difamatorio dirigido a ellos, y que a través de ellos me apuntaba a mí. Yo he ofendido a esos aspirantes a patricios del Senado al mejorar la imagen de Roma a los ojos del resto del mundo y al añadir enormes riquezas a la bolsa de Roma.

»Porque yo no soy uno de ellos. Nunca he sido uno de ellos. Senador, sí.

Magistrado, sí. Cónsul, sí. ¡Pero nunca he sido uno de ese mezquino, corto de miras y vengativo grupo de hombres que se llaman a sí mismos los boni, los hombres buenos! Los cuales se han embarcado en un programa destinado a destruir el derecho del pueblo a tomar parte en el gobierno, se han embarcado en un programa para asegurarse de que el único colectivo de gobierno que quede en Roma seá el Senado. ¡Su Senado, muchachos, no el mío! Mi Senado es vuestro servidor, su Senado quiere ser vuestro amo.

–Quiere decidir cuánto se os paga, cuándo ha de terminar vuestro servicio militar después de haber servido con generales como yo, si habéis o no de recibir una pequeña parcela de tierra donde estableceros cuando os

retiréis. Quiere regular el tamaño de vuestras ·primas, vuestro porcentaje del botín, cuántos de vosotros tomaréis parte en un desfile triunfal. Incluso quiere decidir si tenéis o no derecho a la ciudadanía, si vuestras espaldas, que se han doblado mientras servían a Roma, han de ser convertidas o no en gelatina por el látigo de espinos. Quiere que vosotros, soldados de Roma, lo reconozcáis como vuestro amo. ¡Quiere que os acobardéis y lloriqueéis como el mendigo más mezquino de una calle de Siria!

Hircio resolló con satisfacción.

–Está lanzado -le confió a Curión-. Va a ser uno de sus mejores discursos.

–No puede perder -dijo Curión.

César continuó arrasando.

–Ese pequeño grupo de hombres y el Senado que ellos están consiguiendo manipular han impugnado mi dignitas, mi derecho al honor público a través del esfuerzo personal. ¡Quieren destruir todo lo que yo he hecho, llaman traición a lo que he hecho! ¡Y al querer destruir mi dignitas, al llamarme traidor, están destruyendo también vuestra dignitas y están llamando traición a lo que también vosotros habéis hecho!

»¡Pensad en ellos, muchachos! Todos esos fatigosos kilómetros, todas esas nundinae con el estómago vacío, esos cortes de espada, esos pinchazos de flecha, esos desgarros de lanza. ¡Todas esas muertes en primera línea, tan nobles, tan valientes! ¡Pensad en ellas! ¡Pensad en los lugares donde hemos estado, pensad en lo que hemos hecho, pensad en el trabajo, el sudor, las privaciones, la soledad! ¡Pensad en la gloria colosal que hemos amasado para Roma! ¿Y para qué? ¡Para que a nuestros tribunos de la plebe los golpeen a puñetazos y puntapiés, para que desprecien nuestros logros, para que nos infravaloren, para que se nos cague encima una preciosa y pequeña claque de aspirantes a patricios! ¡Pésimos soldados y peores generales hasta el último de ellos! ¿Quién ha oído hablar alguna vez del general Catón? ¿Y

de Enobarbo el conquistador? – César hizo una pausa, sonrió y se encogió de hombros-. Pero ¿quiénes de vosotros conoce siquiera el nombre de Catón? El de Enobarbo, quizá, pues su bisabuelo no fue mal soldado. Así que, muchachos, os voy a dar un nombre que sí conocéis: Cneo Pompeyo, que se puso a sí mismo el cognomen de Magno. ¡Sí, Cneo Pompeyo, que debería estar luchando por mí, por vosotros! ¡Pero que, en su vejez gorda y lela, ha elegido sujetar una esponja a un palo para limpiarles el culo a sus

amigos los boni! ¡Que le ha vuelto la espalda al concepto del ejército! ¡Que ha apoyado esta campaña en contra mía y de mis muchachos desde el mismísimo comienzo! ¿Por qué? ¿Por qué ha hecho eso? ¡Porque está vencido, superado como general, superado en su clase y ultrajado! ¡Porque no es lo bastante «Grande» como para admitir que el ejército de otro es mejor que cualquiera de los ejércitos qúe él ha mandado en su vida! ¿Quién puede igualar a mis muchachos? ¡Nadie! ¡Nadie! ¡Vosotros sois los mejores soldados que han levantado nunca una espada y un escudo en nombre de Roma! ¡Así que aquí estoy, y aquí estáis vosotros, en el lado de un río en el que no deberíamos estar, y de camino para vengar nuestra mutilada, nuestra despreciada dignitas!

»Yo no iría a la guerra por ningún motivo menor que éste. Yo no me opondría a esos idiotas senatoriales por ningún motivo menor que éste. Mi dignitas es el centro de mi vida. ¡Es todo lo que tengo en mi vida! ¡No permitiré que me la quiten! Ni permitiré que os quiten la vuestra. ¡Cualquier cosa que yo sea, lo sois vosotros! ¡Hemos marchado juntos para cortarle las tres cabezas al Cancerbero! ¡Hemos sufrido penalidades en la nieve, en el hielo, bajo granizo y bajo la lluvia! ¡Hemos cruzado un océano, hemos escalado montañas, hemos nadado en caudalosos ríos! ¡Hemos derrotado a los pueblos más valientes del mundo y les hemos obligado a arrodillarse ante Roma! ¡Les hemos hecho someterse a Roma! ¿Y qué puede decir el viejo, pesado y pobre Cneo Pompeyo como contrapartida? ¡Nada, muchachos, nada! Así que, ¿qué ha elegido hacer? Ha tratado de despojarnos de todo lo que tenemos, muchachos: del honor, de la fama, de la gloria, del milagro. ¡Todo lo que nosotros reunimos y llamamos dign itas!

– Calló y extendió los brazos como para abrazar a los soldados-. Pero yo soy vuestro seguidor, muchachos. Existo por vuestra causa. Sois vosotros quienes debéis tomar la última decisión. ¿Queréis que sigamos avanzando por Italia para vengar a nuestros tribunos de la plebe y para recuperar nuestra dign itas? ¿O damos media vuelta y regresamos a Rávena? ¿Qué hemos de hacer? ¿Seguimos o retrocedemos?

Nadie se había movido. Nadie había tosido, ni estornudado, ni susurrado un comentario en voz baja. Y durante unos instantes después de que el general dejase de hablar, aquel inmenso silencio continuó. Luego el centurión primipilus abrió la boca.

–¡Seguimos! – rugió-. ¡Seguimos, seguimos!

Los soldados lo imitaron.

–¡Seguimos! ¡ Seguimos! ¡ Seguimos!

César bajó del estrado y se adentró entre las filas de soldados; iba sonriendo y tendía una mano para estrechar todas las que se le ofrecían, hasta que quedó engullido entre una masa de cotas de malla.

–¡Qué hombre! – le dijo Polión a Orca.

Aquella tarde, durante la cena, después de que los fugitivos de Roma se hubieron bañado y se hubieron puesto armaduras de cuero, César celebró un consejo de guerra.

–Hircio, ¿se ha tomado nota de mi discurso al pie de la letra?

–Ahora lo están copiando, César.

–Quiero que se distribuya a todos mis legados y que se les lea a cada una de mis legiones.

–¿Están de nuestra parte? – le preguntó Celio-. Me refiero a tus legados.

–Todos excepto Tito Labieno.

–Eso no me sorprende -comentó Curión.

–¿Por qué? – quiso saber Celio, que era el que estaba menos informado y por consiguiente el más propenso a hacer preguntas obvias.

César se encogió de hombros.

–Yo no quería a Labieno.

–¿Cómo lo supieron tus legados?

–Es que visité la Galia Comata y a mis legados el octubre pasado.

–Así que tú estabas ya enterado de esto entonces.

–Mi querido Celio, cruzar el Rubicón siempre ha sido una posibilidad -

le explicó César con paciencia-. Aunque sea una posibilidad que yo hubiera preferido no utilizar. Y, como tú bien sabes, he puesto todo mi ser en evitar utilizarla. Pero el hombre que no explora a conciencia todas las posibilidades es tonto. Digamos simplemente que en el mes de octubre pasado yo ya consideraba el Rubicón más como una probabilidad que una posibilidad.

Celio volvió a abrir la boca, pero la cerró cuando Curión le dio un fuerte codazo en las costillas.

–¿Y ahora qué? – le preguntó Quinto Casio.

–Es evidente que la oposición no está bien organizada, y también que la gente corriente me prefiere a mí antes que a Pompeyo y a los boni -dijo César al tiempo que se metía entre los labios un pedazo de pan empapado

en aceite; masticó, tragó y luego siguió hablando-. Voy a dividir a la decimotercera legión. Antonio, tú te· llevarás a las cinco cohortes junior y te pondrás en marcha de inmediato hacia Aretio para guardar la vía Casia.

En este momento es más importante mantener abiertas las vías que conducen a la Galia Cisalpina que intentar apoderarnos de la vía Flaminia.

Curión, tú te quedarás en Arimino con tres cohortes hasta que te envíe aviso para que te pongas en camino hacia Iguvio, ciudad de la cual expulsarás a Termo. Una vez hecho esto, tendré la vía Flaminia y la vía Casia. En cuanto a mí, me llevaré las dos cohortes senior y continuaré camino del sur hacia el interior de el Piceno.

–Eso sólo con mil hombres, César -observó Polión frunciendo el ceño.

–Debería bastar con eso, pero la posibilidad de que quizá yo necesite más es el motivo de que Curión se quede en Arimino de momento.

–Tienes razón, César -intervino Hircio con sobriedad-. Lo que importa no es la cantidad de tropas, sino la calidad de los hombres que las dirigen.

Quizá Acio Varo ofrezca cierta resistencia, pero… ¿Termo, Hirro y Léntulo Spinther? No serían capaces de dirigir ni a una oveja atada a una cuerda.

–Lo cual me recuerda, y, sinceramente no sé por qué -les dijo César-, que tengo que escribirle a Aulo Gabinio. Ya es hora de que ese esforzado guerrero sea llamado del exilio.

–¿Qué te parece volver a llamar a Milón? – le preguntó Celio, que era amigo de aquél.

–No, a Milón no -repuso César cortante.

Y dio por terminada la cena.

–¿Te has fijado en que César hablaba como si estuviera en su poder llamar a exiliados? – le comentó Celio en privado a Polión-. ¿Realmente tiene tanta confianza en sí mismo?

–No es que tenga confianza -le explicó Polión-, es que está seguro.

–¡Pero eso está en manos de los dioses, Polión!

–¿Y quién es el querido de los dioses? – le preguntó Polión con una sonrisa-. ¿Pompeyo? ¿Catón? ¡Bobadas! Nunca olvides, Celio, que todo gran hombre se hace su propia suerte. La suerte está ahí para que todos la cojamos. La mayoría de nosotros dejamos escapar las oportunidades, somos ciegos y no las vemos. César nunca pierde una oportunidad porque nunca se comporta como un ciego ante la suerte del momento. Y ése precisamente es

el motivo por el cual es el querido de los dioses. A ellos les gustan los hombres brillantes.

César fue muy despacio el catorce de enero después de salir de Arimino con sus dos cohortes, y no había llegado muy lejos cuando hizo acampar a sus hombres para pasar la noche; quería estar seguro de que le concedía al Senado cualquier oportunidad de llegar a un acuerdo y, además, no le agradaba la idea de matar a compatriotas romanos. Pero no mucho después de que se montó el campamento, dos mensajeros del Senado llegaron sobre unos caballos agotados: el joven Lucio César, hijo del primo de César que por entonces estaba en Narbona, y Lucio Roscio, otro senador joven. Los dos pertenecían a los boni; una desgracia para Lucio César que su hijo fuera un boni, un brote peculiarmente extraño y muy poco propio de la familia de los Césares en el árbol juliano.

–Se nos envía para que te preguntemos cuáles son tus condiciones para retirarte a la Galia Cisalpina -le comunicó muy tieso el joven Lucio César.

–Ya veo -comentó su primo sin dejar de mirarlo ref lex ivamente-. ¿Y no te parece que es más importante que preguntes primero por tu padre?

El joven Lucio César se sonrojó.

–Como no he tenido noticias suyas, César, he supuesto que se encuentra bien.

–Sí, está bien.

–¿Y tus condiciones?

César abrió mucho los ojos.

–¡Lucio, Lucio, paciencia! Voy a tardar unos días en pensarlo. Mientras tanto Roscio y tú tendréis que viajar conmigo. Hacia el sur.

–Eso es traición, primo.

–Bueno, pero puesto que ya se me acusó de eso cuando todavía me mantenía en el lado de la frontera que me correspondía, ¿qué más da, Lucio?

–Traigo una carta de Cneo Pompeyo -les interrumpió Roscio.

–Te lo agradezco -le dijo César al tiempo que la cogía. Tras una pausa en la que nadie se movió, inclinó la cabeza muy regiamente y añadió-: Podéis marcharos ahora. Hircio se ocupará de vosotros.

No les gustó que un traidor les despidiera, pero se fueron. César se sentó y abrió la carta de Pompeyo.

Qué lamentable embrollo es este en que estamos, César. No obstante, debo confesar que nunca creí que te atreverías a hacerlo. ¿Con una legión?

Caerás. No puede ser de otro modo. Italia está que hierve de tropas.

En realidad te escribo para suplicarte que pongas los intereses de la República por delante de tus propios intereses. Eso es lo que he hecho yo desde el principio de este enredo. Francamente, me interesa más estar de tu parte, ¿no? Juntos podríamos gobernar el mundo. Tú me enseñaste eso antes de que fueras cónsul, si recuerdo bien. Y lo reforzaste en Luca hace seis años. No, hace siete años. ¡Cómo vuela el tiempo! Hace siete años que no te veo.

Espero que no te sientas insultado personalmente por el hecho de que yo haya elegido oponerme a ti. No hay nada personal en ello, te lo aseguro.

Tomé la decisión basándome en lo que es mejor para Roma y para la República. Pero seguro, César, que tú más que nadie te darás cuenta de que ponerse al frente de una insurrección armada es una esperanza vana. Si tú eres de la opinión, como yo, de que Sila estaba en su derecho de hacerlo y simplemente regresó a Italia para reclamar lo que era legalmente suyo, entonces podemos afirmar que ninguna insurrección ha tenido éxito. Mira a Lépido y a Bruto. Mira a Catilina. ¿Eso es lo que quieres para tí, una muerte ignominiosa? Piénsalo, César, por favor.

Te exhorto a que dejes de lado tu ira y tus ambiciones. ¡Por amor a nuestra amada República! ¡Piensa en Roma primero y siempre, César! ¡No le hagas daño a la República! Si sigues decidido a hacer daño a tus enemigos, inevitablemente tendrás que hacerle daño también a la República. Tus enemigos forman parte de la República igual que tú. Por favor, considera otras alternativas. Envíanos con el joven Lucio César y con Lucio Roscio la respuesta de un hombre razonable. Llega a un acuerdo con nosotros y retírate a la Galia Cisalpina. Es lo prudente. Es lo patriótico.

Con la sonrisa un poco torcida, César arrugó la breve misiva hasta formar con ella una bola y la arrojó entre los carbones del brasero.

–¡Vaya pedo mojigato estás hecho, Pompeyo! – exclamó mientras miraba cómo ardía y se consumía el papel-. De modo que no tengo más que una legión, ¿eh? ¡Me pregunto qué habrías dicho en la carta de haber sabido que me dirijo hacia el sur con sólo dos cohortes! ¡Mil hombres, Pompeyo!

Si lo supieras, seguro que vendrías a darme caza. Pero no lo harás. Las