Roma 05 - César
Epilogo de la Autora
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Una vez que he llegado a los años que ya están muy bien documentados en las fuentes antiguas, para mantener un número de palabras dentro de los límites que mis editores consideran aceptable, he tenido que escoger y elegir más que volver a contar todos los aspectos. La adición de los Comentarios de César, tanto acerca de la Galia como acerca de la guerra civil contra Pompeyo el Grande, enriquece enormemente las fuentes antiguas.
No creo que haya muchas dudas acerca de que los Comentarios de César sobre la guerra en la Galia Comata sean sus despachos senatoriales, y así los he presentado; el debate moderno se da más acerca de si César publicó esos despachos todos a la vez a principios del año 51 a. J.C. o si los fue publicando de uno en uno en el transcurso de los años. Yo me he inclinado por hacer ver que publicó los siete primeros libros como un solo volumen a comienzos del 51 a. J.C.
La cantidad de detalles que hay en los Comentarios de la Guerra de las Galias es amedrentadora, como lo es el número de nombres que van y vienen para no volver a mencionarse nunca más. Por ello he adoptado una política que evita los nombres que no vuelven a oírse. Por ejemplo, en el campamento de invierno junto al Mosa Quinto Cicerón tenía tribunos militares bajo su mando, pero yo he decidido no mencionarlos. Lo mismo puede decirse de Sabino y de Cota. César siempre se preocupaba más por sus centuriones que por sus tribunos militares, y yo he seguido su ejemplo en los lugares donde un exceso de nuevos nombres aristocráticos sólo serviría para confundir al lector.
En algunos otros aspectos he «manipulado» los Comentarios sobre la Guerra de las Galias, sobre todo en uno bastante importante. Concierne a Quinto Cicerón a finales del año 53 a. J.C., cuando pasa por una situación penosa extraordinariamente parecida a la que tuvo que soportar en el campamento de invierno al principio de ese mismo año. De nuevo es sitiado en un campamento, esta vez la oppidum de Atuatuca, de donde Sabino y Cota habían huido. En pro de la brevedad he cambiado ese incidente y lo he reducido a un encuentro con los sugambros sobre la marcha; también he cambiado el número de la legión que mandaba, he puesto la decimoquinta en vez de la decimocuarta ya que es difícil saber con exactitud qué legión llevó César con tanta prisa desde Plasencia a Agedinco. La incursión de César en el Cebenna en invierno también ha sido modificada para no
extenderme demasiado. César nos dice que lo vieron unos arvernos y que pusieron a Vercingetórix al corriente de ello. No obstante, nada parece haber surgido de ese hecho, ya sea debido a la incapacidad de Vercingetórix para reunir a sus tropas con rapidez o a que tomase la decisión de no intervenir en absoluto mientras César estuviese en el Cebenna. Lo que aquello desde luego no hizo fue aclararle más adelante a Vercingetórix en lo más mínimo el paradero de César. El límite de palabras impuesto por el editor dictó estas modificaciones.
Otras ocasiones, de mucha menos importancia, en que me alejo de los hechos reales han surgido de las mismas inexactitudes de César. Sus cálculos de las distancias, por ejemplo, son poco sólidos. Lo mismo ocurre, a veces, con sus descripciones de lo que está ocurriendo. El duelo entre los centuriones Pulón y Voreno se ha simplificado.
Uno de los grandes misterios acerca de la Guerra de las Galias concierne al pequeño número de atrebates a los que el rey Commio llevó en auxilio de Alesia. No he podido encontrar una batalla en la que estos hombres hubieran tenido la menor posibilidad de perecer en masa; hasta el momento de la pequeña conspiración de Labieno, Commio y sus atrebates estuvieron siempre de parte de César. Lo único que se me ha ocurrido ha sido que podían haber acudido en masa en ayuda de los parisienses, de los aulercios y de los belovacos cuando Tito Labieno masacró a aquellas tribus a lo largo del Secuana mientras César estaba enzarzado en las campañas alrededor de Gergovia y Noviodunum Nevirnum. Quizá deberíamos leer
«atrebates» en lugar de «belovacos», pues los belovacos sí que permanecieron vivos en número suficiente como para resultar una gran molestia más tarde.
De nuevo en interés de la simplicidad y de la brevedad no he hecho gran cosa con algunos clanes específicos de las grandes confederaciones galas: con los tréveres (los mediomátricos y otros clanes), con los eduos (los ambarros y los segusiavos) y con armóricos (con muchos clanes, desde los esubios hasta los vénetos y los venelos).
Algunos años después de la muerte de César, un hombre procedente de la Galia Comata se presentó en Roma afirmando ser hijo de César. Según las fuentes antiguas se parecía bastante a César físicamente. A partir de esto he concebido la historia de Rhiannon y su hijo. Este invento sirve a un doble propósito: primero, reforzar mi opinión de que César no es que fuera
incapaz de engendrar hijos, sino más bien que apenas permanecía el tiempo suficiente en la cama de nadie para hacerlo; y segundo, que ello permite echar una mirada más íntima a las vidas y a las costumbres de los galos celtas. A pesar de ser una fuente tardía, Amiano es muy ilustrativo al respecto.
Han existido muchos ensayos escritos por eruditos modernos acerca de por qué Tito Labieno no se puso de parte de César después de que éste cruzó el Rubicón, y por qué en cambio se puso de parte de Pompeyo el Grande. En gran medida esto tuvo que ver con el hecho de que Labieno formó parte de los clientes de Pompeyo, porque era picentino de Camerino y sirvió a Pompeyo como tribuno de la plebe domesticado en el año 63 a.
J.C. No obstante, hay constancia de que Labieno trabajó mucho más para César que para Pompeyo, incluso mientras fue tribuno de la plebe. Además Labieno tenía más que ganar aliándose con César que con Pompeyo.
Siempre se ha supuesto que fue Labieno quien le dijo que no a César. Pero yo me pregunto: ¿por qué no pudo ser César quien le dijera que no a Labieno? Hay una respuesta lógica que apoya esta última opinión en el
«Libro Octavo» de los Comentarios de la Guerra de las Galias. El «Libro Octavo» no lo escribió César, sino su fanático y leal partidario Aulo Hircio.
En un momento del libro Hircio se indigna por el hecho de que César no quiso dejar constancia de la conspiración de Labieno contra el rey Commio en el «Libro Séptimo»; le corresponde a él, asegura Hircio, dejar constancia de lo que no fue más, como los lectores de esta novela habrán visto, que un desmañado y deshonroso asunto. Yo diría que César no lo habría aprobado en absoluto. Sin embargo, la acción de César en Uxellodunum, un asunto espantoso, se hizo públicamente y delante de todo el mundo. Tal como César parece haberse comportado siempre. Mientras que Labieno era más retorcido y hacía las cosas bajo mano. A mí la evidencia parece decirme que César toleró a Labieno en la Galia porque era un hombre brillante en el campo de batalla, pero que no deseaba seguir teniéndolo en su campamento después de cruzar el Rubicón; para César una alianza política con Labieno habría sido como casarse con una cobra.
La evidencia favorece a Plutarco más que a Suetonio en la cuestión de qué fue lo que César dijo en realidad cuando cruzó el Rubicón. Polión, que estuvo presente, dice que César repitió textualmente un pareado de Menandro, poeta y dramaturgo de la Comedia Nueva, y que lo citó en
griego, no en latín. «¡Que vuelen altos los dados!», sería lo que dijo, y no
«La suerte está echada». Lo cual para mí resulta muy creíble. «La suerte está echada» es una frase pesimista y fatalista. «¡Que vuelen altos los dados!» es como encogerse de hombros, una forma de admitir que puede ocurrir cualquier cosa. César no era fatalista, era una persona que aceptaba el riesgo.
Los Comentarios de la Guerra Civil requirieron muchos menos ajustes que los de la Guerra de las Galias. Sólo en una ocasión he alterado la secuencia de los hechos al hacer que Afranio y Petreyo regresaran con Pompeyo antes de lo que al parecer lo hicieron. El motivo ha sido mantenerlos con más comodidad en la memoria de mis lectores profanos en el tema.
Y ahora vayamos a los mapas. La mayoría de ellos se explican por sí solos. Sólo Avárico y Alesia necesitan algunas palabras de explicación.
Lo que sabemos acerca de esas situaciones inmortales se basa principalmente en algunos mapas y maquetas del siglo diecinueve realizados en la época en que Napoleón III estaba inmerso en su Vida de César, y había puesto al coronel Stoffel a excavar Francia en busca de los emplazamientos de los campamentos y campos de batalla de César.
En ciertos aspectos he decidido desviarme de esos mapas y maquetas.
En el caso de Alesia, donde las excavaciones demostraron que César no mintió acerca de lo que había hecho, difiero de Stoffel en dos aspectos (que no contradicen la información de César, me apresuro a añadir). Primero, en los campamentos de caballería de César. Éstos, que se nos muestran como flotando libres y sin agua, tenían que estar conectados con las fortificaciones de César. También tenían que haber incorporado parte de un torrente natural en algún lugar donde a los galos les resultase difícil de desviar. Los cauces de los ríos cambian con los milenios, así que no tenemos una idea real de por dónde exactamente confluían los ríos en Alesia hace dos mil años. Estudios desde el aire han revelado que las fortificaciones romanas de Alesia eran tan rectas y regulares como era la costumbre militar romana en general. Por ello he «cuadrado» parcialmente los campamentos de caballería, que Stoffel dibuja de una manera muy irregular. En segundo lugar creo que el campamento de Rebilo y Antistio formaban el cierre del anillo de César, y así lo he dibujado. En los mapas de Stoffel ese campamento «flota», y sugiere que el anillo de César nunca
estuvo cerrado. No puedo imaginar que César cometiera un error de ese calibre. Utilizar como cierre el campamento vulnerable es de sentido común, dado que no podía llevar la circunvalación por encima de la montaña. Tenía allí dos legiones para proteger las líneas a lo largo de su punto más débil.
En cuanto a Avárico, me desvío de las maquetas en cuatro aspectos.
Primero, en que no veo motivo alguno para no levantar el muro que unía las dos paredes laterales a la misma altura que esas mismas paredes laterales.
El hecho de tener la misma altura da origen a una plataforma de lucha apropiada adonde las tropas pudieran acudir de todas partes a la vez. En segundo lugar no veo por qué las torres de defensa se habrían erigido encima de los muros, justo donde las planchas de las torres de César se hubieran venido abajo. En una tribu famosa por su abundancia de hierro como la de los bitúrigos, seguramente era más probable que hubiera protecciones de hierro enfrente de las torres de César; las torres de los aváricos habrían sido más útiles en otra parte. En tercer lugar he reducido a la mitad los parapetos que esas maquetas han puesto en el exterior de los muros laterales y que no sirven de mucho para hacer subir tropas a lo alto de la plataforma de asalto. Yo creo que esos parapetos en particular daban protección a los zapadores romanos. En cuarto lugar no he dibujado ningún refugio ni empalizada encima de la plataforma de asalto; no porque no estuvieran allí, sino más bien para mostrar qué aspecto tenía la plataforma en sí.
Respecto a los dibujos (no incluidos en el apéndice a esta edición digital), en este libro no hay muchos. El parecido de César es auténtico.
También lo es el de Tito Labieno, que se dibujó a partir de un busto de mármol pulido que hay en el museo de Cremona. Es muy difícil captarlo con luz reflejada. Se dice que el de Enobarbo es auténtico. El parecido de Quinto Cicerón está tomado de un busto que se dice que es de su famoso hermano, pero el examen de dicho busto nos dice que no se trata de Marco Cicerón. La forma del cráneo es completamente errónea, y el sujeto es mucho más calvo de lo que siempre se ha representado a Cicerón. Sin embargo hay un pronunciado parecido con Cicerón. Digo yo, ¿y no podría tratarse de un busto de Quinto, el hermano menor?
Vercingetórix está tomado del perfil que se encuentra en una moneda.
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