Roma 05 - César
La Galia de los cabelleras largas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
La Galia de los cabelleras largas DESDE ENERO HASTA DICIEMBRE
DEL 51 A. J.C.
Cuando la noticia de la derrota y captura de Vercingetórix llegó a Roma, el Senado decretó un período de acción de gracias de veinte días, lo cual no pudo contrarrestar la conspiración que Pompeyo y sus nuevos aliados, los boni, habían tramado contra César durante aquel año de guerra total, pues sabían perfectamente que el general no tenía tiempo ni energías para oponerse a las medidas que ellos personalmente tomasen. Aunque se le mantenía informado, la urgencia que supuso encontrar comida para sus legiones, asegurarse de que la vida de sus hombres no se arriesgaba de manera innecesaria y enfrentarse a Vercingetórix fueron las principales prioridades de César. Y aunque agentes como Balbo, Opio y Rabino Póstumo, los banqueros, se esforzaban muchísimo por evitar el desastre, no tenían ni la consumada facilidad de entendimiento de César para la política ni su inatacable autoridad; valiosísimos días se malgastaron enviando cartas y esperando respuestas.
No mucho después de haberse convertido en cónsul sin colega, Pompeyo se casó con Cornelia Metela y se pasó por completo al campo de los boni. La primera prueba de su nuevo compromiso ideológico llegó a finales de marzo, cuando cogió un decreto senatorial del año anterior y lo hizo aprobar como ley. Una ley bastante inofensiva en apariencia, pero de la que César captó las verdaderas intenciones en el momento en que leyó la carta de Balbo. Según dicha ley, de entonces en adelante todo hombre que tuviera el cargo de pretor o cónsul tendría que esperar cinco años antes de que se le permitiera gobernar una provincia. Un fastidio que adquiría mayor gravedad porque daba origen a un remanente de posibles gobernadores a los que se podía enviar a gobernar con sólo notificárselo: todos aquellos hombres que, después de ser pretores o cónsules, se habían negado a aceptar una provincia ahora estaban legalmente obligados a hacerse gobernadores si así lo disponía el Senado.
Peor que aquella ley era otra que Pompeyo procedió a aprobar y que estipulaba que todos los candidatos a pretor o a cónsul tenían que presentar su candidatura personalmente dentro de la ciudad de Roma. Todos los miembros de la muy numerosa facción de César protestaron con
vehemencia. ¿Y César, y la ley de los Diez Tribunos de la plebe que permitía que éste se presentara para su segundo consulado in absentia?
–¡Oh! ¡Vaya, hombre! – exclamó Pompeyo-. ¡Lo siento mucho, se me olvidó por completo!
Después de lo cual añadió un codicilo a su lex Pompeia de iure magistratum eximiendo a César de lo previsto en dicha ley. El único problema fue que no lo hizo inscribir en la tablilla de bronce que contenía la ley, y sin esta inscripción el codicilo no tenía validez alguna.
César recibió la noticia de que ahora tenía prohibido presentarse in absentia mientras estaba construyendo la plataforma de asedio en Avarico; después vino Gergovia, a continuación la revuelta de los eduos y más tarde la persecución que finalmente les llevó hasta Alesia. Mientras se las veía con los eduos en Decetia, se enteró de que el Senado se había reunido para discutir la asignación de las provincias para el año siguiente, ahora inalcanzables para aquellos hombres que ocupaban cargos de pretor o de cónsul pues tenían que esperar cinco años. El Senado se rascaba la cabeza al tiempo que se preguntaba de dónde iba a sacar a los gobernadores para el año siguiente, pero el cónsul sin colega se reía. Muy fácil, dijo Pompeyo, los que habían rehusado gobernar una provincia el año siguiente a ocupar el cargo, tendrían que gobernar ahora les gustase o no. Por ello a Cicerón se le ordenó que gobernase Cilicia, y a Bibulo, Siria, una perspectiva que a aquellos dos amantes del hogar les llenó de horror.
Dentro del anillo de asedio construido alrededor de Alesia, César recibió una carta desde Roma que le informaba de que Pompeyo había logrado que su nuevo suegro, Metelo Escipión, fuera elegido colega consular suyo para el resto del año. Y, noticia más alegre, que Catón, que se presentaba como candidato para el consulado del año siguiente, había resultado ignominiosamente derrotado. Con toda aquella admirada incorruptibilidad suya, Catón no consiguió impresionar a los electores.
Probablemente porque a los miembros de la primera clase de votantes centuriados les gustaba pensar que existía alguna probabilidad de que los cónsules (a cambio de una banal consideración financiera) estuvieran dispuestos a hacer unos cuantos favores cuando se les pidiera de la manera oportuna.
De modo que cuando entró el año nuevo, César seguía en la Galia de los cabelleras largas. No había manera de que pudiera cruzar los Alpes para
supervisar los acontecimientos de Roma desde Rávena. Dos cónsules enemistados con él, Servio Sulpicio Rufo y Marco Claudio Marcelo, iban a ocupar el cargo, una perspectiva vejatoria para César. Aunque, en cierto modo, era un consuelo que nada menos que cuatro de los nuevos tribunos de la plebe fueran hombres de César, comprados y pagados como es debido.
Marco Marcelo, el cónsul junior, ya iba diciendo que tenía intención de despojar a César de su imperium, de sus provincias y de su ejército, aunque la ley que Cayo Trebonio había promulgado para concederle a César sus segundos cinco años de mandato prohibía específicamente que el asunto fuera ni siquiera discutido antes de marzo del año siguiente, fecha para la que faltaban quince meses. La constitucionalidad era para seres inferiores y a los boni les importaba un rábano si el blanco al que apuntaban era César.
Al cual, a causa de la bruma de desprecios que le estaba ensombreciendo la vida en aquella época, le resultó imposible instalarse y hacer lo que hubiera debido hacer: mandar llamar a personas como Balbo y Cayo Vibio Pansa, su dominante tribuno de la plebe, sentarse con ellos en Bibracte y darles instrucciones personalmente sobre cómo proceder. Era seguro que había unas cuantas tácticas que sus partidarios podían intentar, pero sólo si se reunían con él en persona. Pompeyo disfrutaba del favor de los boni y se regocijaba en la posesión de una esposa tremendamente aristocrática, pero por lo menos ya no estaba en el cargo de cónsul; y Servio Sulpicio, el nuevo cónsul senior, era un miembro de los boni accesible y prudente, y no un fanático intemperante como Marco Marcelo.
En lugar de acomodarse para ocuparse de los problemas de Roma, César continuó por el camino de someter a los bitúrigos y se contentó con escribir una carta al Senado mientras iban de viaje. En vista de sus asombrosos éxitos en las Galias, decía, parecía que era justo y apropiado que se le tratase a él exactamente igual que a Pompeyo. La «elección» de Pompeyo como cónsul sin colega fue in absentia porque estaba gobernando las Hispanias. Y seguía gobernándolas, pues no había dejado de hacerlo durante el período de su consulado. Por lo tanto, ¿harían el favor los padres conscriptos del Senado de prolongar el gobierno de César en las Galias e Iliria hasta que asumiera el consulado al finalizar los tres años que faltaban?
Lo que se le había concedido a Pompeyo, también debería concedérsele a César. La carta no se dignaba mencionar la ley de Pompeyo que obligaba a los candidatos consulares a inscribirse para las elecciones dentro de Roma,
pues su silencio sobre ese punto era una manera de decir que sabía que la ley de Pompeyo a él no le concernía.
Tres nundinae transcurrirían entre el envío de aquella misiva y cualquier posibilidad de respuesta; y como varias otras nundinae más, aquéllas se emplearon en reducir a los bitúrigos hasta que empezaron a pedir humildemente clemencia. La campaña de César fue una serie de marchas forzadas de ochenta kilómetros al día; tan pronto estaba en un lugar quemando, saqueando, matando y esclavizando, como aparecía a ochenta kilómetros de distancia antes de que la noticia, que se transmitía a voces, pudiera advertir a nadie.
En aquel momento César ya sabía que la Galia de los cabelleras largas no se consideraba vencida. La nueva estrategia cónsistía en pequeñas insurrecciones programadas para estallar por todo el país simultáneamente, lo que obligaba a César a actuar como un hombre que se ve forzado a apagar diez incendios diferentes en diez lugares distintos al mismo tiempo.
Pero aquellos insurrectos suponían que habría ciudadanos romanos a quienes matar, y no los había, pues la adquisición de alimentos para las legiones, todas diseminadas, las hacía el propio ejército por la fuerza.
César contrarrestó al reducir a varias de las tribus más poderosas una a una, empezando por los bitúrigos, que estaban enfadados porque a Biturgo se le había enviado a Roma a desfilar en el triunfo de César. Se llevó sólo a dos legiones, la decimotercera y la nueva decimoquinta: la primera porque llevaba aquel número gafe, y la segunda porque estaba formada por reclutas novatos. Esta legión, la decimoquinta, era su «cajón de sastre», pues a los hombres que la formaban los entrenaban para luego repartirlos por las otras legiones cuando el número de soldados de éstas disminuía. La actual decimoquinta era el resultado de la ley dictada por Pompeyo a principios del año anterior, según la cual todos los ciudadanos romanos varones entre los dieciocho y los cuarenta años de edad debían hacer el servicio militar.
Una ley que a César le resultaba muy útil, pues no le costaba obtener voluntarios, pero que a menudo le traía problemas con el Senado por reclutar a más hombres de los que estaba autorizado a alistar.
El noveno día de febrero regresó a Bibracte. Las tierras de los bitúrigos se veían arrasadas, la mayor parte de los guerreros bitúrigos estaban muertos y las mujeres y los niños eran prisioneros. Aguardando a César en Bibracte estaba la respuesta del Senado a su petición de una prórroga de su
período como gobernador. Una respuesta que quizá César ya esperaba, aunque en el fondo de su corazón verdaderamente confiaba en que no fuese así, aunque sólo fuera porque rechazar su petición era el colmo del disparate.
La respuesta era no: el Senado no estaba dispuesto a tratar a César como había tratado a Pompeyo. Si quería ser cónsul al cabo de tres años, tendría que comportarse como cualquier otro gobernador romano: dejar su imperium, sus provincias y su ejército y presentar personalmente su candidatura dentro de Roma. La respuesta no entraba a discutir sobre la tranquila suposición de César de que sería elegido cónsul senior. Todo el mundo sabía que ocurriría así. César nunca se había presentado a las elecciones de ningún cargo en las que no hubiera obtenido más votos que nadie. Y no porque sobornase a los electores; César no se atrevía a hacerlo pues había ya demasiados enemigos que estaban buscando una excusa para procesarlo.
Fue entonces, mirando aquella carta fría y cortante, cuando César tomó la decisión de hacer planes para cualquier eventualidad que pudiera surgir.
No me dejarán ser todo lo que yo debería ser. Todo aquello que tengo derecho a ser. Sin embargo, complacen a un cuasirromano como Pompeyo.
Inclinan la cabeza y le hacen la pelota, lo exaltan, lo llenan de ideas acerca de su propia importancia, pero están todo el tiempo riéndose de él por detrás. Bien, ésa es la carga que debe soportar Pompeyo, y algún día se dará cuenta de qué es lo que piensan de él en realidad. Cuando las circunstancias sean propicias se quitarán las máscaras y Pompeyo quedará auténticamente acabado. Es exactamente como Cicerón cuando Catilina parecía estar seguro de ser cónsul. Los boni se confabularon con el despreciado paleto de Arpino para dejar fuera a un hombre que tenía linaje. Ahora se asocian con Pompeyo para dejarme fuera a mí. Pero no estoy dispuesto a permitir que eso suceda. ¡Yo no soy Catilina! Ellos van a por mi pellejo porque mi gran valía les obliga a ver hasta qué punto es grande su propia incapacidad.
Creen que pueden obligarme a cruzar el pomerium y a entrar en Roma para presentar mi candidatura, y así al cruzar el pomerium tendría que abandonar el imperium que me protege de ser procesado. Todos estarán allí, en la cabina electoral, dispuestos a atacar con una docena de pleitos inventados y me acusarán de traición, de extorsión, de soborno, de desfalco… hasta de asesinato si encuentran a alguien dispuesto a jurar que me vio entrar
furtivamente en las Lautumiae para estrangular a Vetio. Como Gabino, como Milón, seré condenado en tantos tribunales diferentes por tantos crímenes diferentes que nunca seré capaz de mostrar mi cara en Italia de nuevo. Me despojarán de la ciudadanía, mis hazañas se borrarán de los libros de historia y se enviará a hombres como Enobarbo y Metelo Escipión a mis provincias para quedarse ellos con el mérito, exactamente del mismo modo que Pompeyo se llevó el mérito de lo que había hecho Lúculo.
Pero eso no ocurrirá. No permitiré que ocurra, no importa qué tenga que hacer para evitarlo. Mientras tanto seguiré trabajando para que se me permita presentarme in absentia, con mi imperium intacto hasta que asuma el de cónsul senior. No quiero que se me conozca como a un hombre que actúa de forma inconstitucional. Nunca en mi vida he actuado inconstitucionalmente. Todo se ha hecho como la mos maiorum dice que debe hacerse. Esa es mi mayor ambición: alcanzar mi segundo consulado dentro de los límites que marca la ley. Una vez que me convierta en cónsul ya me las arreglaré, utilizando las leyes, para hacer frente a esas acusaciones inventadas. Y ellos lo saben. Y tienen miedo de que lo haga.
Pero no pueden soportar perder, porque si pierden, admiten que soy mejor que ellos en todos los aspectos concebibles, desde la inteligencia hasta el linaje. Porque yo soy un hombre y ellos son muchos. Si los derroto sin salirme de la ley, se llevarán un gran disgusto, se quedarán como la esfinge y no les quedará otro recurso que tirarse por el precipicio que tengan más a mano.
No obstante, también haré planes por si todo me sale mal. Empezaré a hacer esas cosas que asegurarán que yo triunfe dentro de la ley. ¡Oh, qué tontos! Siempre me subestiman.
Júpiter Óptimo Máximo, si es que es ése el nombre que te gusta oir, Júpiter Óptimo Máximo, seas del sexo que prefieras, Júpiter Óptimo Máximo, que es todos los dioses y fuerzas de Roma fundidos en uno solo, Júpiter Óptimo Máximo, ¡haz un contrato conmigo para que yo venza! Y si es así, aquí mismo juro que te ofreceré los sacrificios que mayor honor te hagan y que más satisfacción te den…
La campaña para reducir a los bitúrigos duró cuarenta días. En cuanto César llegó de vuelta al campamento que estaba justo debajo del monte de la Bibracte edua, reunió en asamblea a las legiones decimotercera y decimoquinta y le regaló a cada uno de los hombres de ambas legiones una
prisionera bitúriga, que podían conservar como criada o vender a los tratantes de esclavos. Después, le dio a cada soldado una prima en metálico de cien sestercios y a cada centurión una de dos mil. Todo de su propio bolsillo.
–Esto es para demostraros mi agradecimiento por vuestro maravilloso apoyo -les dijo a sus soldados-. Lo que Roma os paga es una cosa, pero es hora de que yo, Cayo Julio César, os dé algo de mi propio bolsillo como agradecimiento personal. Los últimos cuarenta días hemos conseguido un botín pequeño, y yo os he sacado de vuestro bien merecido descanso de invierno y os he pedido que marchéis ochenta kilómetros al día durante casi todos esos cuarenta días. Después de un terrible invierno, de la primavera y del verano en el campo de batalla contra Vercingetórix, merecíais descansar y no hacer nada de nada durante seis meses por lo menos. Pero ¿acaso refunfuñasteis cuando os dije que teníais que poneros en marcha? ¡No! ¿Os quejasteis cuando os pedí esfuerzos hercúleos? ¡No! ¿Aflojasteis el paso, pedisteis más de comer, me disteis menos de lo que podéis dar en algún momento? ¡No! ¡No, no, no! ¡Vosotros sois los hombres de las legiones de César y Roma nunca ha visto nada semejante! ¡Vosotros sois mis muchachos! ¡Mientras yo esté vivo, seréis mis queridos muchachos!
Los soldados lo vitorearon histéricamente, tanto por llamarlos sus queridos muchachos como por el dinero y la esclava, que también salió del bolsillo privado de César, pues los beneficios de la venta de esclavos pertenecían exclusivamente al general.
Trebonio miró de reojo a Décimo Bruto.
–¿Qué está tramando, Décimo? Es un gesto maravilloso, pero ellos no se lo esperaban y no logro adivinar qué le ha entrado a César para hacer eso.
–Recibí una carta de Curión en la misma bolsa que le trajo a César una carta del Senado -dijo Décimo Bruto hablando en voz baja para que no le oyeran Marco Antonio o los tribunos-. No quieren dejarlo presentar su candidatura in absentia, y la disposición de ánimo de la cámara es despojarle de su imperium en cuanto les sea posible. Quieren que César caiga en desgracia y que se le envíe al exilio permanente. Y Pompeyo Magno también lo quiere.
Trebonio gruñó con desprecio.
–¡Eso último no me sorprende! ¡Pompeyo no vale ni una correa de las sandalias de César!
–Ni los otros tampoco.
–Eso ni que decir tiene. – Dio media vuelta y abandonó el terreno donde estaba formado el ejército; Décimo echó a andar con él-. ¿Crees que César lo haría?
Décimo Bruto no parpadeó.
–Creo… creo que están locos por empeñarse en provocar a César, Cayo.
Porque creo que sí, que si ellos no le dejan otra alternativa, César marchará contra Roma.
–¿Y si lo hace?
Las cejas rubias, casi invisibles, se alzaron.
–¿Tú qué crees?
–Creo que los matará.
–Estoy de acuerdo.
–Así que tenemos que hacer una elección, Décimo.
–Puede que tú tengas que elegir. Yo no. Yo soy un hombre de César para lo bueno y para lo malo.
–Y yo. Pero César no es Sila.
–Por lo que deberíamos estar agradecidos, Trebonio.
Quizá a causa de esta conversación, ni Décimo Bruto ni Cayo Trebonio se sentían de humor para hablar durante la cena, que discurría mientras ambos estaban tumbados juntos en el lectus summus, César ocupaba él solo el lectus medius y Marco Antonio estaba en el lectus imus, frente a ellos.
–Te estás mostrando muy generoso -comentó Antonio mientras se comía una manzana de dos bocados-. Ya sé que tienes fama de manirroto, pero lo que has regalado hoy suma un total de cien talentos, o casi.
Y arrugó con fuerza la frente y juntó mucho las cejas.
Los ojos de César centellearon, pues Antonio le divertía enormemente y le gustaba que aceptara de buen grado el papel de blanco de las bromas.
–¡Por todo lo que Mercurio quiera, Antonio, tus habilidades matemáticas son fenomenales! Has hecho el cálculo mentalmente. Creo que ya es hora de que te encargues de los deberes propios de cuestor y dejes que el pobre Cayo Trebacio haga algo que se adapte más a sus inclinaciones, si no a su talento. ¿No estáis de acuerdo? – les preguntó a Trebonio y a Décimo Bruto.
Éstos asintieron sonriendo.
–¡Yo me cago en los deberes propios del cuestor! – gruñó Antonio al tiempo que tensaba los músculos de los muslos, algo que al verlo habría hecho desmayarse a la mitad de la población femenina de Roma, pero que con el público que tenía en aquel momento era un desperdicio.
–Es necesario saber unas cuantas cosas acerca del dinero, Antonio -le dijo César-. Ya me doy cuenta de que tú piensas que es lo suficientemente líquido como para verterlo como agua, no hay más que ver tus colosales deudas, pero también es una sustancia de gran utilidad para un futuro candidato a cónsul y a comandante del ejército.
–Estás evitando el tema -le indicó Antonio sagazmente, templando la insolencia con una sonrisa encantadora-. Acabas de desembolsar cien talentos a los hombres de dos de tus once legiones, y hasta al último de ellos le has regalado una esclava que puede vender por mil sestercios más.
No es que muchos de ellos vayan a hacerlo a estas alturas de la primavera, y tú te encargaste de que tuvieran las mujeres más jugosas y más jóvenes. –
Se dio la vuelta en el canapé y empezó a tensar los músculos de sus macizas pantorrillas-. Lo que quiero saber en realidad es… ¿vas a limitar tu generosidad a tan sólo dos de tus once legiones?
–Eso sería una imprudencia por mi parte -dijo César poniéndose serio-.
Pienso estar de campaña durante todo el otoño y el invierno, y voy a llevar dos legiones cada vez. Pero siempre legiones diferentes.
–¡Muy inteligente!
Antonio alargó la mano para coger la copa de vino y bebió profusamente.
–Mi querido Antonio, no me obligues a quitar el vino del menú invernal
-le reprochó César-. Si no puedes beber con moderación, te exigiré abstinencia absoluta. Te sugiero que mezcles el vino con agua.
–Una de las muchas cosas que no comprendo de ti -le dijo Antonio frunciendo el ceño- es por qué tienes esa manía con uno de los mayores dones que los dioses han dado a los hombres. El vino es una panacea.
–No es una panacea. Y tampoco lo considero un don -le aseguró César-.
Más bien lo llamo una maldición. Como si hubiese salido directamente de la caja de Pandora. Incluso tomándolo en cantidades pequeñas, mella la espada de los pensamientos lo suficiente como para impedir el más nimio de los sofismas.
Antonio soltó un rugido de risa.
–¡Así que ésa es la respuesta, César! ¡Tú no eres más que un sofista!
Dieciocho días después de su regreso a Bibracte, César partió de nuevo, esta vez para reducir a los carnutos. Trebonio y Décimo Bruto fueron con él, y a Antonio, con mucho pesar por su parte, se le dejó al cuidado del tenderete. Quinto Cicerón llevó a la séptima legión desde el cuartel de invierno de Cabillonum, pero Publio Sulpicio despidió a la decimocuarta desde Matisco, pues César no requería sus servicios.
–He venido yo mismo porque mi hermano acaba de pedirme que lo acompañe a Cilicia en abril -le informó Quinto Cicerón.
–La perspectiva no parece hacerte feliz, Quinto -le dijo César con suavidad-. Te echaré de menos.
–Y yo a ti. He pasado los tres mejores años de mi vida aquí, en la Galia, contigo.
–Me gusta oir eso, porque no han sido fáciles.
–No, nunca han sido fáciles. Quizá por eso hayan sido tan buenos. Yo…
yo… aprecio en lo que vale la confianza que has puesto en mí, César. Ha habido ocasiones en las que me he merecido una bronca, como con el asunto aquel de los sugambros, pero nunca me has echado una bronca. Ni me has hecho sentir poco adecuado para el puesto.
–Mi querido Quinto, ¿por qué habría tenido que echarte una bronca? –
le preguntó César con su sonrisa más cariñosa-. Has sido un legado maravilloso y ojalá te quedases hasta el final. – La sonrisa se desvaneció y los ojos de César se pusieron de repente a mirar a lo lejos-. Cualquiera que sea el final.
Desconcertado, Quinto Cicerón miró a César, pero aquel rostro no mostraba expresión alguna. Naturalmente, Cicerón le contaba en su carta los acontecimientos en Roma con gran lujo de detalles, pero Quinto en realidad no conocía a César tan íntimamente como lo conocían Trebonio o Décimo Bruto. Ni había estado en Bibracte cuando el general recompensó a las legiones decimotercera y decimoquinta.
Así, cuando César partió hacia Genabo, Quinto Cicerón, con el corazón hundido, se puso en camino hacia Roma y hacia un puesto de legado que él sabía perfectamente que no le resultaría tan provechoso como trabajar con César y en el que no se sentiría tan feliz. ¡Otra vez bajo el control del
hermano mayor que le haría discursos y desaprobaría todo lo que él hiciese!
Había ocasiones en las que la familia era una dolorosa molestia. Oh, sí…
Ya estaban a finales de febrero y el invierno se aproximaba. Genabo era todavía una ruina calcinada, pero no había insurgentes en la zona para disputarle a César el uso de la oppidum. Instaló el campamento muy cómodamente junto a las murallas, puso a algunos de sus soldados en las pocas casas que quedaban en pie e hizo que el resto pusiera techo de paja y césped en las paredes de las tiendas para que estuvieran lo más calientes posible.
La primera orden que dio en aquella empresa fue cabalgar hasta Carnutum y visitar a Cathbad, el druida jefe.
El cual, pensó César, parecía mucho más viejo y más preocupado que cuando lo vio por primera vez años atrás: el cabello, que había sido de un color dorado brillante, se había vuelto de un tono más apagado, gris y dorado, y los ojos azules del druida se veían exhaustos.
–Fue una locura que te opusieras a mí, Cathbad -le dijo el conquistador.
¡Oh, desde luego, en cada centímetro de su persona parecía un conquistador! ¿No había nada que pudiera borrar el increíble aire de confianza, la vigorosa y rotunda resolución que rezumaba aquel hombre que ponía un halo alrededor de su cabeza, que emanaba de su cuerpo? ¿Por qué los Tuatha habían enviado a César a contender con ellos? ¿Por qué él, cuando Roma tenía tantísimos torpes incompetentes?
–No me quedó otra elección -fue la respuesta de Cathbad, y alzó la barbilla con orgullo-. Supongo que has venido hasta aquí para llevarme cautivo, que voy a tomar parte con los demás en tu desfile triunfal.
César sonrió.
–¡Cathbad, Cathbad! ¿Me tomas por tonto? Una cosa es coger prisioneros de guerra o poner fin a las actividades de los reyes rebeldes, pero convertir en víctimas a los sacerdotes de un país es una absoluta locura. Supongo que habrás notado que no se ha aprehendido a ningún druida, ni se ha impedido que vayáis a cumplir con vuestro trabajo de curar o aconsejar. Ése es mi estilo político, y mis legados lo saben.
–¿Por qué los Tuatha te enviaron a ti?
–Imagino que hicieron un pacto con Júpiter Óptimo Máximo. El mundo de los dioses tiene sus leyes y sus convenios, exactamente igual que el nuestro. Evidentemente los Tuatha advirtieron que las fuerzas que los
conectaban a ellos con los galos estaban disminuyendo de un modo misterioso. No por falta de entusiasmo galo o por falta de práctica religiosa, sino porque nada permanece igual, Cathbad. La tierra se mueve, la gente cambia, las épocas van y vienen. Y lo mismo ocurre con los dioses de todos los pueblos. Quizá los Tuatha estén asqueados por los sacrificios votivos humanos, igual que se asquearon otros dioses. Tampoco creo que los dioses permanezcan estáticos para siempre, Cathbad.
–Es interesante que un hombre tan unido a las actitudes políticas y prácticas de su país pueda ser además verdaderamente tan religioso.
–Yo creo en nuestros dioses con toda mi mente.
–Pero ¿qué me dices de tu alma?
–Nosotros los romanos no creemos en el alma como creéis vosotros, los druidas. Todo lo que perdura después del cuerpo es una sombra sin mente.
La muerte es un sueño -le dijo César.
–Entonces deberíais temerla más que los que creemos que seguimos viviendo después de la muerte.
–Yo creo que la tememos menos. – Los ojos azul pálido de César se llenaron de pronto de fuego a causa del dolor, de la pena, de la pasión-. ¿Por qué iba a querer ningún hombre o mujer algo además de esto, de la vida? –
le preguntó César en tono exigente-. Es un valle de lágrimas, una terrible prueba de fuerza. Por cada centímetro que ganamos, retrocedemos un kilómetro. ¡La vida está ahí para ser conquistada, Cathbad, pero a qué precio! ¡A qué precio! A mí nadie me derrotará nunca. No se lo permitiré.
Yo creo en mi mismo y he establecido una pauta para mí.
–Entonces, ¿dónde está el valle de lágrimas? – le preguntó Cathbad.
–En los métodos. En la obstinación humana, en la falta de previsión, en que no logramos ver cuál es el camino mejor, el camino más airoso.
Durante siete largos años he tratado de hacer comprender a tu pueblo que no pueden ganar, que deben someterse por el futuro bienestar de esta tierra.
¿Y ellos qué hacen? Se arrojan a mis llamas como las polillas a una lámpara. Me obligan a matar a un gran número de ellos, a destruir más casas, más aldeas, más ciudades. Yo preferiría con mucho seguir una política más blanda, más clemente, pero ellos no me permiten hacerlo.
–La respuesta a eso es fácil, César. Ellos no cederán, así que el que tiene que ceder eres tú. Tú le has proporcionado a la Galia conciencia de su identidad, de su poder. Y después de habérsela dado, nada se la puede
arrebatar. Nosotros los druidas cantaremos las gestas de Vercingetórix durante diez mil años.
–¡Ellos son los que tienen que ceder, Cathbad! Yo no puedo hacerlo. Por eso he venido a verte, para pedirte que les digas que cedan. De otro modo no me dejáis elección: tendré que hacer con lo que queda de la Galia lo que acabo de hacer con los bitúrigos. Pero eso no es lo que quiero hacer. No quedará nadie más que los druidas. ¿Qué clase de destino es ése?
–Yo nunca les diré que se sometan -le aseguró Cathbad.
–Entonces empezaré aquí, en Carnutum. En ningún otro lugar he dejado los tesoros y las cosas de valor intactos. Pero aquí esos tesoros han sido sacrosantos. Desafiadme y saquearé Carnutum. No se tocará a ningún druida, y tampoco a su esposa ni a sus hijos, pero Carnutum perderá esos enormes montones de ofrendas acumuladas durante siglos.
–Pues adelante, saquea Carnutum.
César suspiró, y lo hizo de corazón.
–El recuerdo de la crueldad es poco consuelo en la vejez, pero haré lo que me vea obligado a hacer.
Cathbad se echó a reír con júbilo.
–¡Tonterías! ¡César, tú debes saber cuánto te aman los dioses! ¿Por qué atormentarte con pensamientos que tú, mejor que nadie, comprendes que no tienen validez? Tú no llegarás a viejo, los dioses nunca lo permitirían. Ellos se te llevarán en la flor de la vida. Yo lo he visto.
Se le cortó la respiración, y César también se echó a reír.
–¡Te doy las gracias por eso! Carnutum está a salvo. – Echó a andar dispuesto a marcharse, pero antes dijo por encima del hombro, todavía riéndose-: ¡Sin embargo, la Galia no lo está!
Durante los primeros días de un duro y crudo invierno, César acosó sin descanso a los carnutos. Fueron más los que murieron congelados en los campos de cultivo que a manos de la séptima y la decimocuarta legiones, pues no les quedaba un lugar donde guarecerse, ni casas ni refugios. Y una nueva actitud empezó a aparecer poco a poco en la conducta de los galos; donde un año antes la gente de las tribus vecinas acogía gustosa a los refugiados y los socorría, ahora cerraba las puertas y fingía no oir los gritos de socorro. La guerra de desgaste empezaba a dar sus frutos. El miedo estaba conquistando cualquier tipo de oposición.
A mediados de abril, en lo más crudo del invierno, César dejó a la séptima y a la decimocuarta en Genabo con Cayo Trebonio y partió a ver qué pasaba en la Remia.
–Los belovacos -le informó Dórix simplemente-, Correo mantuvo a sus hombres en casa en lugar de ir a la concentración de Carnutum, y los dos mil que envió con Commio y los cuatro mil atrebates regresaron de Alesia indemnes. Ahora Correo y Commio se han aliado con Ambiórix, que ha regresado del otro lado del gran río. Han estado repasando todas las tierras de turba de Bélgica en busca de hombres, nervios, eburones, menapios, atuatucos, condrusos. Y también han ido más al sur y al oeste: los aulercios, ambianos, morimos, veromanduos, caletes, veliocases. Algunos de estos pueblos no fueron a Carnutum, otros sobrevivieron intactos porque huyeron rápidamente. He oído que se están congregando muchísimos hombres.
–¿Os han atacado? – le preguntó César.
–Todavía no. Pero antes o después lo harán.
–Entonces será mejor que actúe antes de que os ataquen. Tú siempre has respetado los tratados que habéis hecho con nosotros, Dórix. Ahora me toca actuar a mi.
–Debería advertirte, César, que los sugambros no están contentos de la manera en que se desarrollan las cosas entre los ubios y tú. Los ubios están prosperando a base de proporcionarte guerreros a caballo, y los sugambros comienzan a estar resentidos. Todos los germanos, dicen, deberían verse favorecidos del mismo modo, no sólo los ubios.
–Eso significa que los sugambros están cruzando el Rin para ayudar a Correo y a Commio.
–Eso me han dicho. Commio y Ambiórix están muy activos.
Esta vez César llamó a la undécima legión, que estaba en el campamento de invierno de Agedinco, y le pidió a Labieno la octava y la novena. A Cayo Fabio le dio la duodécima y la sexta y lo envió a guarnecer Suesio en el río Matroma, que dividía las tierras de los remos y las de los suesiones. Llegaron los exploradores e informaron de que Bélgica estaba hirviendo, así que las legiones se barajaron de nuevo: se envió la séptima a César, la decimotercera se trasladó hasta la tierra de los bitúrigos bajo el mando de Tito Sextio, y Trebonio heredó la quinta alauda para sustituir a la séptima en Genabo.
Pero cuando César y sus cuatro legiones entraron en las tierras de los belovacos las encontraron desiertas; siervos, mujeres y niños atendían las tareas del hogar mientras los guerreros iban camino de una concentración que, según informaron los exploradores, tendría lugar en el único pedazo de terreno seco y elevado que se alzaba en mitad de un bosque pantanoso al noroeste.
–Haremos algo un poco diferente -le explicó César a Décimo Bruto-. En lugar de marchar una detrás de la otra, pondremos a la séptima, a la octava y a la novena en columnas, agmen quadratum, en un frente muy ancho. De ese modo el enemigo verá inmediatamente nuestra fuerza total y supondrá que estamos dispuestos a entrar en formación de combate. La impedimenta seguirá justo detrás, y luego meteremos a la undécima entre la retaguardia de la caravana de equipaje. Así no la verán.
–Haremos ver que estamos asustados y que sólo somos tres legiones.
Bien pensado.
La vista del enemigo fue toda una impresión, pues había miles y miles de hombres moviéndose por aquel único pedazo de terreno seco y elevado.
–Son más de los que me esperaba -dijo César.
Y envió a buscar a Trebonio, que tenía que recoger a Tito Sextio y a la decimotercera por el camino.
Se produjeron algunas escaramuzas mientras César metía a sus hombres en un campamento muy fortificado. Correo, al mando, pareció que iba a atacar, pero luego cambió de idea, a pesar de que habían acordado que debería entrar en combate mientras César estuviera en posesión de sólo tres legiones.
La caballería que César reclutó entre los remos y los lingones llegó antes que Trebonio guiada por Vertisco, el tío de Dórix, un viejo y valiente guerrero ansioso por pelear. Los belovacos no siguieron la política de prender fuego a los campos como ordenó Vercingetórix, por lo que había mucho alimento y grano que recoger; y como la campaña parecía que podía durar más de lo previsto, César estaba ansioso por adquirir cualquier suministro extra que pudiera obtener. Aunque el ejército de Correo se negó a abandonar su terreno elevado para atacar todos juntos, resultó ser una gran molestia para los que salían a buscar alimentos hasta que llegasen los remos. Después fue más fácil. Pero Vertisco estaba demasiado ansioso por pelear, y despreciando el tamaño del grupo belga enviado a acosar a la
partida de buscadores de comida al que estaban dando escolta, los remos salieron en su persecución y se les hizo caer en una emboscada; Vertisco murió, con gran regocijo por parte de los remos. Correo decidió que había llegado la hora de realizar un ataque masivo.
En ese preciso momento Trebonio se acercó con la quinta alauda, la decimocuarta y la decimotercera, con lo que siete legiones y varios miles de soldados a caballo rodearon a los belgas, y el lugar que tan perfecto había parecido para atacar o defenderse, de pronto se convirtió en una auténtica trampa. César se puso a construir rampas por encima de los pantanos que separaban los dos campamentos, luego tomó un altozano que se hallaba detrás del campamento belga y empezó a utilizar la artillería con efectos devastadores.
–¡Oh, Correo, ya has perdido la oportunidad! – exclamó Commio cuando llegó-. ¿De qué nos van a servir ahora quinientos sugambros? ¿Y
qué esperas que le diga yo a Ambiórix, que aún está reclutando hombres?
–No lo entiendo -lloraba Correo retorciéndose las manos-. ¿Cómo han podido llegar aquí con tanta rapidez esas tres legiones? ¡Nadie me avisó, y deberían haberme avisado!
–No avisa nunca -le aseguró Commio con severidad-. Te has mantenido a distancia hasta ahora, Correo, y ése es tu problema. No has visto trabajar a los romanos. Avanzan en lo que ellos llaman marchas forzadas… son capaces de recorrer ochenta kilómetros en un día. Luego, en el momento en que llegan, dan media vuelta y pelean como perros salvajes.
–¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo podemos salir de ésta?
Eso Commio sabía cómo hacerlo. Ordenó que los belgas cogieran toda la yesca, paja y maleza seca que pudieran encontrar y que lo amontonaran todo junto. El campamento era un verdadero caos, todo el mundo se afanaba en medio de un gran desorden haciendo preparativos para huir; las mujeres y cientos de carros de bueyes agravaban los lamentos de Commio.
Correo puso a todos sus hombres en formación de combate y les hizo sentarse en el suelo, como era su costumbre. El día transcurrió, y no se hizo movimiento alguno excepto amontonar subrepticiamente la madera, la paja, la yesca y la leña delante de las líneas. Luego, al crepúsculo, se les prendió fuego de principio a fin, y los belgas aprovecharon la ocasión para huir.
Pero habían perdido la gran oportunidad. Cogido mientras preparaba una emboscada, Correo halló la fortaleza y el valor que le habían faltado
cuando se encontraba en mejor posición y se negó a retirarse; él y sus mejores hombres perecieron. Mientras los belgas pedían la paz, Commio cruzó el Rin hacia los territorios de Ambiórix y los sugambros.
El invierno tocaba ya a su fin y la Galia estaba tranquila. César regresó a Bibracte, enviando agradecimientos, donativos de dinero y mujeres a todas las legiones, de modo que los soldados se encontraron, para ser legionarios, con que eran muy ricos. Una carta de Cayo Escribonio Curión aguardaba a César.