Roma 05 - César
Roma
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
DESDE ENERO
HASTA ABRIL DEL 52 A. J.C.
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El día de año nuevo amaneció sin que ningún magistrado entrase en el cargo; Roma estaba al capricho del Senado y de los diez tribunos de la plebe. Catón había hecho honor a su palabra y había bloqueado las elecciones del último año hasta que Cayo Memmio, el sobrino de Pompeyo, renunciase a ser candidato consular. Pero no fue hasta finales de quintilis que a Cneo Domicio Calvino y a Mesala Rufo, el augur, se les devolvió el consulado durante los cin co meses que quedaban de año. Una vez en el cargo no celebraron elecciones, y el motivo que alegaron fue la guerra callejera que estalló entre Publio Clodio y Tito Annio Milón. Uno de ellos, Milón, quería ser cónsul, y el otro, Clodio, quería ser pretor; pero ninguno de los dos podía tolerar la presencia del otro, su enemigo, como colega magistrado superior. Tanto Clodio como Milón reclutaron a sus partidarios, por lo que en Roma hizo erupción una violencia constante. Lo cual no quería decir que la vida diaria en la mayor parte de la ciudad se viera importunada; el terror se limitaba al Foro Románo y a las calles más cercanas a éste. Tan implacable era el conflicto urbano que el Senado, la Curia Hostilia, y las reuniones del pueblo y de la plebe en sus asambleas tribales sencillamente no se celebraban.
Este estado de cosas estorbaba gravemente la carrera de uno de los mejores amigos de Clodio, Marco Antonio. Había cumplido treinta años y ya tenía que estar en el cargo de cuestor, cosa que acarreaba, entre otros beneficios, la elevación automática al Senado y ofrecía a un hombre emprendedor muchas oportunidades de rellenar la bolsa de dinero. Si se le nombraba cuestor y se le destinaba a una provincia, era el encargado de llevar las finanzas del gobernador, normalmente sin que nadie lo supervisara; podía manipular los libros, vender exenciones de impuestos, ajustar contratos.
También era posible, si era uno de los tres cuestores que se quedaba en Roma, aprovecharse del nombramiento para llevar las finanzas del Tesoro; podía alterar (por un precio) los registros para borrar alguna deuda, o asegurarse de que alguien recibiera cantidades del Tesoro a las que no tuviera derecho. Por ello Marco Antonio, siempre endeudado, estaba ansioso por asumir su cargo de cuestor.
Ninguno de los gobernadores lo reclamó, lo que le fastidió bastante cuando hizo acopio de la energía necesaria para pensar en ello. César, el más generoso de todos los gobernadores, era su primo cercano y debió de
haberlo solicitado junto a él. Pero reclamó a los hijos de Marco Craso, aunque el único gancho que tenían para César era la gran amistad existente entre su padre y aquél. ¡Y luego, el presente año, César llamó junto a él a Bruto, el hijo de Servilia! Y éste había rechazado el ofrecimiento después de que César se tomó la molestia, hecho que el tío de Bruto, Catón, proclamó a bombo y platillo por toda Roma. ¡Mientras el monstruo de la madre de Bruto, que se deleitaba en ser la amante de César, atormentaba a su hermanastro alimentando la red de habladurías con deliciosas golosinas acerca de que Catón había vendido a su esposa a Hortensio, ese viejo tonto!
El tío de Antonio, Lucio César (invitado a la Galia aquel año en calidad de legado superior de César), había rehusado pedirle a César que lo nombrase cuestor, de modo que la madre de Antonio (la única hermana de Lucio César) le había escrito. La respuesta de César fue fría y abrupta: le vendría muy bien a Marco Antonio correr el riesgo y entrar en el sorteo, de manera que no, Julia Antonia, no pensaba reclamar a su valioso hijo mayor.
–Al fin y al cabo -le dijo Antonio con descontento a Clodio-, ¡me fue muy bien en Siria con Gabino! Conduje su caballería como un auténtico experto. Gabino nunca se movió sin mí.
–El nuevo Labieno -dijo Clodio, sonriendo.
El club de Clodio aún seguía celebrando sus reuniones, a pesar de la deserción de Marco Celio Rufo y aquellas dos famosas fellatrices, Sempronia Tuditani y Pala. El juicio y absolución de Celio de la acusación de intentar envenenar a Clodia, la hermana favorita de Clodio, había envejecido a aquel par de repulsivas acróbatas sexuales tan asombrosamente, que preferían quedarse en su casa y huir de los espejos.
Mientras tanto el club de Clodio prosperaba a pesar de todo. Los miembros estaban reunidos, como siempre, en la casa que Clodio tenía en el Palatino, la nueva que le había comprado a Escauro por catorce millones y medio de sestercios. Un lugar precioso, espacioso y exquisitamente amueblado. El comedor, donde en aquel momento todos ganduleaban tendidos en los canapés de púrpura de Tiro, estaba adornado con asombrosos paneles en tres dimensiones de cubos blancos y negros intercalados entre paisajes de la Arcadia ligeramente oníricos. Como estaban a principios del otoño, las grandes puertas que daban al peristilo rodeado de columnas estaban abiertas de par en par, lo que permitía al club de Clodio contemplar el gran estanque de mármol adornado con tritones y
delfines y, en lo alto de la fuente que había en el centro del estanque, una asombrosa escultura de Anfitrión conduciendo una concha tirada por caballos con cola de pez, soberbiamente pintados de tal manera que parecían tener vida.
Curión el Joven estaba allí; y Pompeyo Rufo, hermano de la abismalmente estúpida ex esposa de César, Pompeya Sila; y Décimo Bruto, hijo de Sempronia Tuditani; y el miembro más reciente, Planco Bursa.
Además de las tres mujeres que, naturalmente, pertenecían a Publio Clodio: sus hermanas, Clodia y Clodilla, y su esposa, Fulvia, a la cual Clodio tenía tanta devoción que nunca se movía sin ella.
–Bien, César me ha pedido que vuelva con él a la Galia, y estoy tentado de ir -dijo Décimo Bruto sin darse cuenta de que le estaba frotando con sal las heridas a Antonio.
Éste se quedó mirándolo con resentimiento. No había mucho que observar aparte de un cierto aire de despiadada aptitud: delgado, de estatura mediana y de un rubio tan blanco que se había ganado el cognomen de Albino. Pero César lo amaba, lo estimaba tanto que le había asignado tareas que correspondían más bien a legados superiores. ¿Por qué no amaría César a su primo Marco Antonio? ¿Por qué?
Publio Clodio, el eje alrededor del cual giraban todas aquellas personas, era también un hombre delgado de estatura mediana, pero tan moreno como rubio era Décimo Bruto. Tenía el rostro endiablado, con una expresión de ligera ansiedad al sonreír, y su vida había sido extraordinariamente azarosa, azarosa de un modo que quizá no hubiera podido soportar ningún otro que no fuera miembro de aquel muy poco ortodoxo clan patricio, los Claudios Pulcher. Entre muchas otras cosas, había provocado a los árabes de Siria hasta que éstos lo circuncidaron, había provocado a Cicerón de tal manera que éste acabó por ridiculizarlo sin piedad en público, había empujado a César hasta hacer que la plebe lo adoptase, había incitado a Pompeyo hasta que éste decidió pagar a Milón para que pusiera en movimiento bandas rivales callejeras, y había provocado a todos los nobles de Roma haciéndoles creer que había gozado de relaciones incestuosas con sus hermanas, Clodia y Clodilla.
Su mayor fallo era una insaciable sed de venganza. Una vez que una persona insultaba o hería su dignitas, Clodio ponía su nombre en su lista de venganzas y esperaba la ocasión perfecta para hacérselo pagar con creces.
Entre esas personas se encontraban: Cicerón, al que había logrado legalmente desterrar durante algún tiempo; Ptolomeo el chipriota, a quien él había empujado al suicidio al anexionar Chipre; Lúculo, su cuñado muerto, uno de los más grandes generales de Roma cuya carrera Clodio había hecho pedazos al instigar un motín; y Aurelia, la madre de César, de la cual se había burlado cuando ella celebraba la fiesta de invierno de la Bona Dea, la diosa buena de las mujeres, hasta echar a perder la celebración. Aunque esta última venganza aún le obsesionaba cada vez que se ponía a prueba la enorme confianza que tenía en sí mismo, porque había cometido un terrible sacrilegio contra la Bona Dea. Lo juzgaron ante un tribunal por ello, pero Clodio fue absuelto porque su esposa y otras mujeres compraron al jurado; Fulvia porque le amaba y las otras porque querían conservarlo para que la propia Bona Dea se vengase de él. Todo llegaría a su tiempo, todo llegaría… y eso era lo que atormentaba a Clodio.
Su último acto de venganza se fundaba en un rencor que venía de muy lejos. Más de veinte años atrás, cuando él tenía dieciocho, había acusado a la bella y joven vestal Fabia de falta de castidad, un crimen que se castigaba con la muerte. Perdió el caso, y el nombre de Fabia fue a parar inmediatamente a su lista personal de víctimas; los años pasaron y Clodio siguió esperando pacientemente mientras otros implicados, como Catilina, mordían el polvo. Luego, a la edad de treinta y siete años y cuando era todavía una mujer hermosa, Fabia (que encima era hermanastra de Terencia, la esposa de Cicerón) se retiró. Después de haber servido treinta años, se mudó de la domus publica a una casita cómoda y acogedora en la parte alta del Quirinal, donde pensaba pasar el resto de su vida como una venerada ex jefa de las vestales. Su padre, Fabio Máximo, fue un patricio (lo que compartía con Terencia era la madre), que le había dado una buena dote cuando Fabia entró en la orden con siete años de edad. Puesto que Terencia, que era extremadamente astuta en todas las cuestiones de dinero, siempre administró la dote de Fabia con la misma eficiencia y tino que ponía en la administración de su propia fortuna, bastante grande (nunca permitió que Cicerón tocara ni un sestercio de la muchacha), cuando Fabia salió de la orden era una mujer muy acaudalada.
Fue esta circunstancia la que hizo germinar la simiente en la fértil mente de Clodio. Cuanto más esperaba, más dulce se le hacía la venganza. Y
después de veinte años vio de pronto el modo de aplastar a Fabia por
completo. Aunque era perfectamente aceptable que una ex vestal se casase, pocas lo hacían porque se creía que traía mala suerte. Por otra parte, pocas eran tan atractivas como Fabia. Ni tan ricas. Clodio rebuscó en su mente a alguien que fuera tan pobre como atractivo y de buena cuna, y pensó en Publio Cornelio Dolabela. Era miembro a tiempo parcial del club de Clodio y de la misma ralea que aquel otro bruto, Marco Antonio: grande, fornido, optimista y malo.
Cuando Clodio le sugirió que cortejase a Fabia, Dolabela se puso a saltar de alegría ante la idea. Aunque era patricio de antepasados impecables, todo padre a cuya hija él miraba la sacaba inmediatamente de su vista y decía que no con firmeza a cualquier proposición de matrimonio.
Igual que a cualquier patricio, a Cornelio Sila Dolabela no le quedaba más remedio que vivir del cuento. Las ex vestales eran sui juris: no rendían cuentas ante ningún hombre; eran completamente dueñas de sus propias vidas. ¡Qué casualidad! Una esposa cuya sangre era tan buena como la de él, todavía lo bastante joven como para engendrar hijos, muy rica…, y sin ningún paterfamilias que le estorbase.
Pero en lo que hacía diferente a Dolabela de aquel otro bruto, Antonio, era en su personalidad. A Marco Antonio en modo alguno le faltaba inteligencia, pero carecía por completo de encanto, y su atractivo era físico.
Dolabela, por el contrario, poseía unos modales fáciles, felices y ligeros y un gran talento para la conversación.
Los amoríos de Antonio eran del estilo «¡Te quiero, túmbate!», mientras que los de Dolabela eran más del tipo «¡Déjame beber de la visión de tu querido y dulce rostro!».
El resultado fue una boda. El zalamero Dolabela no sólo conquistó a Fabia, sino que también cautivó a todos los miembros femeninos de la casa de Cicerón. Que Tulia, la hija de Cicerón (infelizmente casada con Furio Crasipes), lo considerase divino quizá no fuera sorprendente, pero que la agria y fea Terencia también lo considerase divino fue algo que estremeció a la Roma de las habladurías hasta los mismísimos cimientos. Y así Dolabela cortejó a Fabia con la ferviente bendición de su hermana; la pobre Tulia lloraba.
Clodio disfrutó de su venganza, pues el matrimonio fue un desastre desde el primer día. Una mujer de treinta y muchos años, virgen y enclaustrada entre mujeres durante treinta años, requería una clase de
iniciación sexual para la que Dolabela no estaba cualificado, o no le interesaba lo bastante llevarla a cabo. Aunque la ruptura del himen de Fabia no puede calificarse de violación, tampoco fue precisamente un éxtasis.
Fabia se sentó en su casa y se puso a llorar desconsoladamente, mientras Terencia no hacia más que parlotear diciéndole que era una tonta que no sabia cómo manejar a un hombre. Tulia, por otra parte, se alegró enormemente y empezó a pensar en divorciarse de Furio Crasipes.
A pesar de todo, el auténtico júbilo de Clodio ante esta última venganza exitosa ya empezaba a aburrirle, pues la política era siempre su principal prioridad.
Estaba decidido a ser el primer hombre de Roma, pero no llegaría a lograr ese propósito de la manera acostumbrada: el cargo político más elevado iba siempre ligado con una proeza militar que rayase en lo legendario. Pero el talento de Clodio no era marcial.
Su método era la demagogia y tenía intención de gobernar a través de la asamblea plebeya, dominada por los caballeros que eran hombres de negocios de Roma. Otros habían tomado aquel sendero, pero nunca del modo en que Clodio pensaba hacerlo.
La clave de Clodio se hallaba en su grandiosa estrategia. No les daba coba a aquellos hombres de negocios, que eran poderosos plutócratas, sino que los intimidaba. Y para ello empleó a un sector de la sociedad romana que todos los demás hombres ignoraban y consideraban totalmente carente de valor: los proletarii, el proletariado, que eran los ciudadanos romanos de categoría inferior. Sin dinero, sin votos dignos de tablillas donde escribirlos, sin influencia en los poderosos, sin otra razón para existir más que darle hijos a Roma y enrolarlos como soldados rasos en las legiones romanas.
Incluso este último derecho era relativamente reciente, porque hasta que Cayo Mario abrió los ejércitos a los hombres que no tenían propiedades, las legiones de Roma habían estado formadas solamente por hombres adinerados. El proletariado no era gente de política. Ni mucho menos. Con tal de tener la barriga llena y de que se les ofreciera entretenimiento gratis en los juegos, no tenían interés alguno en las maquinaciones políticas de las clases superiores.
Clodio no tenía intención de introducirlos en la política. Los necesitaba porque eran muchos, sólo por eso, y no formaba parte de sus propósitos llenarles la cabeza con ideas acerca de su propia valía, ni llamar su atención
hacia el poder que, sólo por el hecho de ser tan numerosos, tenían en potencia. Simplemente eran protegidos de Clodio y, como tales, le debían lealtad al patrón que obtenía enormes beneficios para ellos: una entrega de grano gratis una vez al mes, completa libertad para reunirse en sus hermandades, colegios o clubes y un poco de dinero extra una vez al año más o menos. Con la ayuda de Décimo Bruto y algunas otras lumbreras menores, Clodio logró organizar a los miles y miles de hombres de condición humilde que frecuentaban los colegios de encrucijada que tanto abundaban en Roma. En cualquier ocasión en que Clodio decidía que aparecieran bandas en el Foro y en las calles adyacentes, no necesitaba más que un millar de hombres como mucho. Y gracias a Décimo Bruto disponía de un sistema de listas y una serie de libros que le permitían repartir la carga y los honorarios de quinientos sestercios que se pagaban por una salida entre la totalidad de los hombres de condición humilde de los colegios de encrucijada. Pasarían meses antes de que cualquier hombre fuera llamado de nuevo para provocar disturbios en el Foro e intimidar a la influenciable plebe. Y de ese modo los rostros de los hombres que integraban las bandas permanecían siempre en el anonimato.
Cuando Pompeyo el Grande le pagó a Milón para que reclutase bandas rivales compuestas por ex gladiadores y matones, la violencia callejera se complicó. Ya no se trataba sólo de cumplir el objetivo de Clodio, que era intimidar a la plebe, sino que también había que vérselas con Milón y sus gorilas profesionales. Más tarde, después de que César sellara su pacto con Pompeyo y Marco Craso en Luca, a Clodio lo metieron en cintura. Lo lograron al concederle un viaje como embajador a Anatolia con todos los gastos pagados, cosa que le permitió hacer mucho dinero durante el año en que estuvo ausente. Incluso después de regresar se mostró bastante tranquilo. Hasta que Calvino y Mesala Rufo fueron elegidos cónsules a finales de quintilis. En esta época la guerra entre Clodio y Milón estalló de nuevo.
Curión miraba mucho a Fulvia, pero llevaba haciéndolo tantos años que nadie se fijó en ello. Es verdad que la mujer era digna de atención, con aquel cabello castaño, las cejas y pestañas negras, los enormes ojos azul oscuro. El hecho de haber tenido varios hijos sólo había realzado sus encantos, igual que cierto instinto para saber qué ropa le sentaba bien. Nieta del gran demagogo aristócrata Cayo Graco, Fulvia estaba tan segura de cuál
era su lugar en el estrato más elevado de la sociedad, que se sentía libre para asistir a las asambleas en el Foro y gritar y abuchear de un modo muy poco apropiado para una señora, en favor de Clodio, a quien adoraba.
–He oído decir -comentó Curión esforzándose por quitarle los ojos de encima a la esposa de su mejor amigo- que en el momento en que seas elegido pretor piensas distribuir a los manumitidos de Roma por las treinta y cinco tribus. ¿Es cierto eso, Clodio?
–Sí, es cierto -respondió éste con complacencia.
Curión frunció el ceño, expresión que no le favorecía nada. Era de familia plebeya noble y antigua, los Escribonios, y a los treinta y dos años todavía tenía cara de niño malo. Sus ojos castaños brillaban con malicia, tenía el cutis ahogado en pecas y un cabello brillante que llevaba siempre de punta por mucho que su barbero hiciera verdaderos esfuerzos por suavizárselo. La expresión de golfillo se acentuaba cuando sonreía debido a que le faltaba uno de los dientes delanteros. El aspecto exterior de Curión estaba muy reñido con el interior, que era duro, maduro, a veces escandalosamente valeroso y gobernado por una mente de primera clase.
Antonio y él, siempre compañeros inseparables, diez años atrás, habían atormentado despiadadamente al ultraconservador padre de Curión, que era consular, fingiendo ser amantes, y entre los dos habían engendrado a más hijos bastardos, según los rumores, que cualquier otro en la historia.
Pero en aquel momento Curión frunció el ceño, de manera que la mella no le asomó en la boca y la travesura que solía reflejársele en los ojos no apareció.
–Clodio, distribuir entre las treinta y cinco tribus a los esclavos manumitidos acabaría por desvirtuar todo el conjunto del sistema electoral tribal -le dijo hablando despacio-. El hombre que fuera el amo de esos votos, es decir, tú silo haces, sería imparable. Lo único que tendría que hacer para asegurarse la elección de los hombres que él desease sería posponer las elecciones hasta que en la ciudad no quedaran votantes procedentes del campo. En este momento los esclavos manumitidos pueden votar sólo en dos tribus urbanas. ¡Pero hay medio millón de ellos que viven en Roma! Si se reparten porigual entre las treinta y cinco tribus, tendrán los votos suficientes para ganar a los pocos residentes permanentes de Roma que pertenecen a las treinta y una tribus rurales: los senadores y los caballeros de primera clase. El verdadero proletariado romano se encuentra
entre las cuatro tribus urbanas… ¡no votan en las treinta y cinco tribus!
¡Caramba, estarías entregando el control de las elecciones tribales de Roma a un rebaño de gente que no es romana! ¡Griegos, galos, sirios, ex piratas, el detritus del mundo, todos ellos esclavos! No les guardo rencor porque son ahora libres, y tampoco por tener nuestra ciudadanía. ¡Pero me quejo amargamente de que puedan llegar a tener el control de una congregación de verdaderos hombres romanos! – Movió la cabeza a ambos lados y puso una expresión fiera-. ¡Clodio, Clodio! ¡Nunca te permitirán que te salgas con la tuya! ¡Ni yo, en lo que respecta a este asunto, permitiré que te salgas con la tuya!
–Ni ellos ni tú podréis impedírmelo -dijo Clodio con una presunción increíble.
Hombre austero y silencioso que había asumido hacía poco el cargo de tribuno de la plebe, Planco Bursa habló a su manera desapasionada:
–Hacer eso es jugar con fuego, Clodio.
–La primera clase entera se unirá en tu contra -observó Pompeyo Rufo, otro nuevo tribuno de la plebe, con una voz que no auguraba nada bueno.
–Pero estás dispuesto a hacerlo de todos modos -le dijo Décimo Bruto.
–Claro que pienso hacerlo de todos modos. Sería un tonto si no lo hiciera.
–Y mi hermanito tonto no lo es en absoluto -murmuró Clodia chupándose los dedos con lascivia al tiempo que se comía a Antonio con los ojos.
Éste se rascó la entrepierna, removió el formidable paquete con la misma mano y le envió un beso a Clodia; eran antiguos compañeros de cama.
–Si tienes éxito, Clodio, serás el amo de todos los manumitidos de Roma -le aseguró-. Votarán por cualquiera que tú les digas. Sólo que el hecho de ser el amo de las elecciones tribales no te procurará cónsules en las elecciones centuriadas.
–¿Cónsules? ¿A quién le hacen falta cónsules? – preguntó Clodio con altanería-. Lo único que necesito son diez tribunos de la plebe año tras año.
Con diez tribunos de la plebe que hagan lo que yo les ordene, los cónsules no valen ni lo que vale un haba para un pitagórico. Y los pretores simplemente serán jueces en sus propios tribunales; no tendrán en absoluto poderes legislativos. El Senado y la primera clase se creen los dueños de
Roma. La verdad es que cualquiera puede ser dueño de Roma sólo con saber encontrar la manera de conseguirlo. Sila fue el dueño de Roma, y yo también lo seré, Antonio. Con los esclavos manumitidos distribuidos entre las treinta y cinco tribus y los diez sumisos tribunos de la plebe, serán ellos los que elijan; porque yo nunca permitiré que las elecciones se celebren mientras los patanes del campo estén en Roma para asistir a los juegos.
¿Por qué creéis que Sila estableció que el mes quinctilis, durante los juegos, fuera el momento de las elecciones? Él necesitaba a las tribus rurales, lo cual quiere decir a la primera clase, para controlar a la asamblea plebeya y a los tribunos de la plebe. De ese modo, todo aquel que tenga influencia puede comprar a uno o dos tribunos de la plebe. A mi modo, yo seré el dueño de los diez.
Curión miraba fijamente a Clodio como si nunca lo hubiera visto antes.
–Siempre he sabido que no estás muy bien de la cabeza, Clodio, ¡pero esto entra dentro de la más absoluta demencia! ¡Ni lo intentes!
Las mujeres, que respetaban enormemente las opiniones de Curión, empezaron a juntarse, encogidas, en el canapé que compartían; la hermosa piel tostada de Fulvia se iba poniendo cada vez más pálida. Luego tragó saliva, intentó emitir una risita y adelantó la barbilla agresivamente.
–¡Clodio siempre sabe lo que hace! – exclamó-. Lo tiene todo pensado.
Curión se encogió de hombros.
–Pues que caiga sobre tu cabeza, Clodio. Sigo pensando que estás loco.
Y, te lo advierto, me opondré a ti.
Y entonces Clodio volvió a ser aquel joven consentido, atrozmente malcriado que había sido; le dirigió a Curión una mirada de desprecio latente, sonrió con burla, se bajó del canapé que compartía con Décimo Bruto y salió de la habitación enfadado. Fulvia salió a toda prisa detrás de él.
–Se han dejado los zapatos -comentó Pompeyo Rufo, cuyo intelecto era similar al de su hermana.
–Será mejor que vaya a buscarlo -dijo Planco Bursa marchándose también.
–¡Llévate los zapatos, Bursa! – le gritó Pompeyo Rufo.
Comentario que Curión, Antonio y Décimo Bruto encontraron exquisitamente divertido; se partían y aullaban de risa.
–No deberíais irritar a Publio -le dijo Clodilla a Curión-. Estará de mal humor durante varios días.
–¡Ojalá pensase! – gruñó Décimo Bruto.
Clodia, que ya no era tan joven pero seguía siendo una mujer muy atractiva, se quedó mirando, con sus ojos oscuros muy abiertos, a los tres hombres.
–Sé que todos lo apreciáis -dijo-, lo que significa que realmente teméis por él. Pero ¿deberíais hacerlo? Toda su vida ha ido rebotando de un plan alocado a otro, y en cierto modo las cosas siempre le resultan favorables.
–Esta vez no -aseguró Curión al tiempo que dejaba escapar un suspiro.
–Está loco -comentó Décimo Bruto.
Pero Antonio había tenido suficiente.
–Me da igual que le graben a Clodio la marca de la locura en la frente con un hierro candente -gruñó-. ¡Lo que yo necesito es que me elijan cuestor! Estoy recogiendo hasta el último sestercio que puedo encontrar por ahí, pero lo único que consigo es ser cada vez más pobre.
–No me digas que ya te has fundido todo el dinero de Fadia, Marco -le dijo Clodilla.
–¡Fadia hace cuatro años que está muerta! – gritó Antonio, indignado.
–Tonterías, Marco -intervino Clodia chupándose los dedos-. Roma está llena de hijas feas con padres plutócratas que intentan trepar en la escala social. Búscate otra Fadia.
–De momento lo más probable es que sea mi prima hermana, Antonia Híbrida.
Todos los presentes se incorporaron para mirarlo bien, incluido Pompeyo Rufo.
–Tiene montones de dinero -comentó Curión inclinando la cabeza a un lado.
–Por eso probablemente me casaré con ella. Mi tío Híbrido me aborrece, pero prefiere que Antonia se case conmigo antes que con una seta. –
Pareció quedarse pensativo-. Dicen que a ella le gusta torturar a los esclavos, pero la moleré a golpes hasta que pierda esa costumbre.
–De tal padre, tal hija -dijo Décimo Bruto sonriendo.
–Cornelia Metela es viuda -sugirió Clodilla-. Y de una familia muy antigua. Y tiene muchos miles de talentos.
–Pero ¿y si es como su querido Tata Metelo Escipión? – le preguntó Antonio parpadeando con los ojos enrojecidos-. No es problema tratar con alguien que tortura a sus esclavos, pero… ¿espectáculos pornográficos?
Más risas, aunque esta vez fueron irónicas. ¿Cómo podrían proteger a Publio Clodio de sí mismo si persistía en llevar a cabo aquel plan?
Aunque su querida Julia llevaba ya seis meses muerta y el dolor había comenzado a aplacarse hasta el punto de que podía pronunciar su nombre sin deshacerse en lágrimas, Cneo Pompeyo Magno no había pensado en volver a casarse. No había nada ya que le impidiera trasladarse a sus provincias, Hispania Citerior y Ulterior, las cuales tenía que gobernar durante otros tres años. Sin embargo, no se había movido de su villa en el Campo de Marte, y todavía dejaba sus provincias al cuidado de sus legados Afranio y Petreyo. Además, naturalmente, también dirigía el suministro de grano de Roma, trabajo que podía utilizar como excusa para permanecer en las cercanías de la ciudad; pero a pesar del subsidio de grano gratis de Clodio y de haber sufrido una reciente sequía, había llevado con tanto orden esa labor que el sistema funcionaba solo y a él poca cosa le quedaba por hacer. Como en todas las empresas públicas, lo que había hecho falta era alguien con talento para la organización e influencia para tratar sin miramientos a aquellos espantosos funcionarios civiles.
Lo cierto era que la situación que había en Roma le fascinaba, y no podía soportar la idea de marcharse hasta que hubiera resuelto sus propios deseos, sus propias prioridades. Por ejemplo, ¿quería ser nombrado dictador? Desde que César partió hacia la Galia, el panorama político del Foro de Roma se había ido poniendo cada vez más indisciplinado. Sin embargo, si ello tenía algo que ver con César, él, honradamente, no lo sabía.
Era verdad que César no lo provocaba. Pero algunas veces, en mitad de una noche en vela, se encontraba preguntándose a si mismo si, de haber seguido César en Roma, las cosas hubieran sido iguales. Y ésa era una preocupación enorme.
Cuando se casó con la hija de César, no pensó que el general fuera mucho más que un político redomadamente inteligente que sabía cómo salirse con la suya. Había muchos Césares a la vista, tremendamente bien nacidos, astutos, ambiciosos y competentes. Por qué los había aventajado César exactamente, era algo que no lograba entender. Aquel hombre era una especie de mago; tan pronto estaba de pie delante de uno como se
encontraba al otro lado de una muralla de piedra. Y nunca se veía cómo lo hacía, era rapidísimo al actuar. Y Pompeyo tampoco se explicaba cómo lograba resurgir, como el fénix, de sus propias cenizas, cada vez que aquella formidable camarilla suya de enemigos pensaba que por fin había conseguido quemarlo para siempre.
Tomemos por ejemplo a Luca, aquel curioso pueblo de madereros sobre el río Auser, justo en el lado galo de la frontera con la Galia Cisalpina, donde hacía tres años él se reunió con César y Marco Craso y, más o menos, se repartieron el mundo. Pero ¿por qué se había ido él? ¿Qué necesidad tenía de marcharse? ¡Oh, en su momento los motivos parecieron grandes como montañas! Pero después, al echar la vista atrás, parecían pequeños como hormigueros. Lo que él, Pompeyo el Grande, había sacado de provecho de la conferencia de Luca habría podido lograrlo sin ayuda. Y el pobre Marco Craso, muerto, degradado, sin enterrar. Mientras que César fue fortaleciéndose cada vez más. Durante todo el tiempo que duró aquella asociación, que se remontaba hasta antes de la campaña de Pompeyo contra los piratas, siempre pareció que César era su servidor. Nadie pronunciaba mejor un discurso, ni siquiera Cicerón, y hubo ocasiones en las que la voz de César fue la única que le apoyó. Pero nunca pensó en César como en un hombre que tuviera la menor intención de rivalizar con él. Al fin y al cabo, César hizo las cosas como es debido, cada una en el momento apropiado.
¡No se puso al frente de unas legiones y forzó una asociación con el hombre más grande de Roma a los veintidós años! ¡No obligó al Senado a permitirle ser cónsul antes de haber pertenecido demasiado tiempo a ese augusto cuerpo! ¡No limpió el Mare Nostrum de piratas en un solo verano! ¡No conquistó el Este y dobló así los tributos de Roma!
Entonces, ¿por qué le escocía la piel a Pompeyo? ¿Por qué en aquel momento notaba en la nuca el viento frío del aliento de César? ¿Cómo se las había arreglado aquel hombre para que toda Roma le adorase? En una ocasión fue César quien le llamó la atención para que se fijase en el hecho de que en el mercado había puestos dedicados a vender pequeños bustos de Pompeyo el Grande hechos de yeso. Ahora esos mismos puestos vendían bustos de César. César estaba abriendo nuevas fronteras para Roma, y lo único que Pompeyo había hecho era arar un nuevo surco en el mismo campo viejo, el Este. Desde luego aquellos extraordinarios despachos que enviaba al Senado le habían ayudado; ¿cómo no se le había ocurrido a él
hacer que sus despachos fueran breves, fascinantes, una especie de crónica de los acontecimientos desprovista del más ligero exceso de palabrería, sin tono de disculpa y llenos de menciones a las hazañas de otros hómbres, centuriones y legados de categoría inferior? Aquellos despachos recorrían el Senado como una brisa vigorizante. ¡Le ganaban agradecimientos! Aquel hombre empezaba a convertirse en un mito. Se hablaba de la velocidad a la que era capaz de viajar, del modo cómo dictaba a varios secretarios a la vez, de la facilidad con la que tendía puentes sobre grandes ríos y sacaba a desventurados legados de las fauces de la muerte. ¡Todo tan personal!
Bien, Pompeyo no pensaba ir de nuevo a la guerra sólo para poner a César en su lugar. Tendría que hacerlo desde Roma, y antes de que acabasen el segundo ciclo de cinco años que César pasaba gobernando las Galias e Iliria. Él, Pompeyo el Grande, era el primer hombre de Roma. E iba a seguir siéndolo durante el resto de su vida, tanto con César como sin él.
Habían estado suplicándole durante meses que les permitiera hacerle dictador. Nadie más podía enfrentarse como es debido a la violencia, a la anarquía, a la total ausencia del correcto proceder. ¡Oh, siempre acababa por volver todo al abominable Publio Clodio! Era peor que un parásito bajo la piel. ¡Imaginad! Dictador de Roma. Elevado hasta una posición situada por encima de la ley, sin tener que rendir cuentas por ninguna medida que tomase como dictador después de que dejase de serlo.
Desde un aspecto práctico, Pompeyo no dudaba de su capacidad para remediar los males de Roma; era simplemente cuestión de organizar las cosas como es debido y de tomar medidas sensatas. No, la ejecución de poderes dictatoriales no consternaba a Pompeyo lo más mínimo. Lo que le preocupaba era lo que el hecho de ser dictador podía hacerle a su reputación en los libros de historia, a su condición de héroe popular. Sila fue dictador.
¡Y cómo le odiaban todavía! No es que a él eso le hubiese importado demasiado. Como César (¡otra vez ese nombre!), su nacimiento fue tan augusto que no le había hecho falta preocuparse. Un patricio Cornelio podía hacer precisamente lo que se le antojase sin sufrir merma alguna en su prominencia en los libros de historia del futuro. Que lo retratasen como a un monstruo o como a un héroe era algo que nunca le importó a Sila. Lo único que le interesaba era que fue importante para Roma.
Pero un Pompeyo de Piceno que parecía más un galo que un verdadero romano tenía que ir con mucho, mucho cuidado. Para él no existía la gloria
de tener antepasados patricios. Para él no había elección automática en las votaciones para las más altas magistraturas sólo por el nombre de su familia. Todo lo que Pompeyo era había tenido que conseguirlo por sí mismo, y contra un padre que había sido una fuerza considerable en Roma, pero al que toda Roma aborrecía. No era exactamente un hombre nuevo, pero desde luego no era Julio ni Cornelio. Y en su conjunto, Pompeyo se sentía justificado. Sus esposas habían sido todas de lo mejor: una Emilia Escaura (patricia), una Mucia Escévola (antigua plebeya) y una Julia de César (lo más alto del árbol patricio). A Antistia no la contaba; sólo se había casado con ella porque su padre era el juez en un juicio que él no deseaba que se celebrase.
Pero ¿con qué ojos lo miraría Roma si consentía en ser dictador? La dictadura era una solución antigua a infortunios administrativos, ideada en un principio a fin de dar libertad a los cónsules del año para que pudieran contender en una guerra, y los hombres que fueron dictadores en el transcurso de los siglos en su mayoría fueron patricios. La duración oficial de la dictadura era de seis meses (lo que duraba la antigua temporada de campaña), aunque Sila permaneció como dictador dos años y medio, y eso que a él no se le nombró para dar libertad a los cónsules. Sila obligó al Senado a que lo nombrase en lugar de los cónsules, y luego hizo que fueran elegidos cónsules sumisos.
Tampoco era costumbre senatorial nombrar a un dictador para que resolviese infortunios civiles; para eso, el Senado inventó el senatus consultum de re publica defendenda cuando Cayo Graco intentó derrocar al estado en el Foro en lugar de hacerlo en el campo de batalla. Cicerón le dio un nombre más fácil, el senatus consultum ultimum. Era infinitamente preferible a un dictador porque ello, al menos teóricamente, no le proporcionaba a un solo hombre el poder para hacer lo que se le antojase.
Porque el problema con un dictador era que la ley lo liberaba de responsabilidades sobre su conducta mientras estaba en el cargo, pues después no podía ser llevado a juicio para rendir cuentas de algún acto realizado que sus colegas senadores hallasen odioso.
Oh, ¿por qué le habría metido la gente en la cabeza la idea de convertirse en dictador? Ya llevaban así un año, y aunque antes de que Calvino y Mesala Rufo fueran por fin elegidos cónsules el quinctilis pasado él rehusó con firmeza el ofrecimiento, no había olvidado que se lo habían
hecho. Y de nuevo le hacían esos ofrecimientos, y una parte de él se sentía enormemente atraída por la perspectiva de disfrutar de otro mandato extraordinario. Había acumulado ya tantos, y todos ellos obtenidos en contra de una enconada oposición por parte de los senadores ultraconservadores que, ¿por qué no uno más? ¿Y por qué no el más importante de todos? Pero él era un Pompeyo de Piceno que tenía más aspecto de galo que de verdadero romano.
Los rigoristas intransigentes para con la mos maiorum estaban inf lex iblemente en contra de la idea en si: Catón, Bibulo, Lucio Enobarbo, Metelo Escipión, Curión el Viejo, Mesala Niger, todos los Claudios Marcelos, todos los Léntulos. Era formidable. Todos ellos eran hombres de la máxima influencia, aunque ninguno podía reclamar para si el título del primer hombre de Roma, quien era un Pompeyo de Piceno.
¿Debía hacerlo? ¿Podría hacerlo? ¿Sería un error desastroso o el espaldarazo definitivo que coronaría una extraordinaria trayectoria?
Todos aquellos pensamientos tenían lugar en su dormitorio, demasiado grandioso como para calificarlo de cubículo para dormir. En él reposaba un enorme espejo de plata, muy pulida, que se había quedado para si después de morir Julia, con la esperanza de que quizá captase algún reflejo de ella desvaneciéndose en la superficie. Sin embargo, eso nunca había ocurrido.
Ahora, mientras paseaba arriba y abajo, captó su propio reflejo, se vio a si mismo. Se detuvo, se quedó mirándose y lloró un poco. Por Julia había tenido buen cuidado de ser el Pompeyo de sus sueños: delgado, ágil, bien formado. Y quizá nunca había vuelto a mirarse hasta aquel momento.
El Pompeyo de Julia había desaparecido. En su lugar se alzaba un hombre de cincuenta y tantos años lo bastante pasado de peso como para tener papada y una abultada barriguilla; la parte inferior de la espalda formaba pliegues debido a la grasa. Sus famosos vívidos ojos azules habían desaparecido enterrados en la carne de la cara, y la nariz, que se había roto al caerse del caballo hacía pocos meses, se le había torcido hacia un lado.
Sólo el cabello permanecía tan espeso y lustroso como siempre, pero lo que antes había sido oro ahora era plata.
El ayuda de cámara tosió desde la puerta.
–¿Si? – le preguntó Pompeyo al tiempo que se limpiaba las lágrimas de los ojos.
–Una visita, Cneo Pompeyo. Tito Munacio Planco Bursa.
–¡Rápido, mi toga!
Planco Bursa estaba esperando en el estudio.
–¡Buenas tardes, buenas tardes! – exclamó Pompeyo, que entró muy apresurado, tomó asiento detrás del escritorio y juntó las manos encima del mismo; después miró a Bursa con aquella mirada inquisitiva y alegre que le había sido un instrumento de gran utilidad durante treinta años-. Llegas tarde. ¿Cómo te ha ido? – le preguntó.
Planco Bursa se aclaró la garganta ruidosamente, pues no era buen narrador por naturaleza.
–Bueno, no hubo banquete después de la sesión inaugural del Se nado, ya ves. En ausencia de los cónsules, a nadie se le ocurrió proponer lo del banquete. Así que después me fui a cenar a casa de Clodio.
–¡Si, sí, pero primero cuéntame lo del Senado, Bursa! ¿Cómo ha ido, hombre?
–Lolio sugirió que fueras nombrado dictador, pero justo cuando algunos empezaban a estar de acuerdo con él, Bíbulo se lanzó a pronunciar un discurso para rechazar la propuesta. Un buen discurso. Le siguió Léntulo Spinther, y luego Lucio Enobarbo. Que tendrían que nombrarte dictador por encima de sus cadáveres…, y esa clase de cosas. Cicerón habló en favor tuyo, otro buen discurso. Pero antes de que alguien pudiera hablar en apoyo de Cicerón, Catón empezó una maniobra obstruccionista. Mesala Rufo estaba presidiendo y puso fin a la reunión.
–¿Cuándo es la próxima sesión? – le preguntó Pompeyo frunciendo el ceño.
–Mañana por la mañana. Mesala Rufo la ha convocado con la intención de elegir el primer interrex.
–Ajá. ¿Y Clodio? ¿Qué te contó durante la cena?
–Que piensa distribuir a los esclavos manumitidos entre las treinta y cinco tribus en el momento en que sea elegido pretor -le dijo Bursa.
–Y así podrá controlar Roma a través de los tribunos de la plebe.
–Si.
–¿Quién más estaba en la cena? ¿Cómo reaccionaron?
–Curión se puso a hablar en contra, de forma muy acalorada. Marco Antonio dijo muy poca cosa. Igual que Décimo Bruto y que Pompeyo Rufo.
–¿Quieres decir que todos excepto Curión estaban a favor de esa idea?
–Oh, no. Todo el mundo estaba en contra. Pero Curión lo resumió tan bien que lo único que pudimos añadir los demás es que Clodio está loco.
–¿Sospecha Clodio que tú trabajas para mí, Bursa?
–Ninguno de ellos tiene la mínima sospecha, Magno. Confían en mí.
Pompeyo se mordió el labio inferior.
–Hum… -Dio un suspiro-. Entonces tendremos que discurrir la manera de impedir que Clodio sospeche para quién trabajas, después de la sesión del Senado de mañana. En esa reunión no le vas a hacer la vida fácil a Clodio.
Bursa nunca mostraba curiosidad, y tampoco lo hizo en esta ocasión.
–¿Qué quieres que haga, Magno?
–Cuando Mesala Rufo lo eche a suertes para elegir un interrex, quiero que tú pongas veto a los procedimientos.
–¿Que vete el nombramiento de un interrex? – le preguntó Bursa, extrañado.
–Eso es, que vetes el nombramiento de un interrex.
–¿Puedo preguntar por qué?
Pompeyo sonrió.
–¡Claro! Pero no pienso decírtelo.
–Clodio se pondrá furioso. Desea muchísimo la elección.
–¿Aunque Milón se presente para cónsul?
–Sí, porque está convencido de que Milón no ganará, Magno. Él sabe que tú respaldas a Plaucio. Y Metelo Escipión, que hubiera podido respaldar a Milón con un poco de su dinero porque está muy atado a Bíbulo y a Catón, se presenta él mismo. Se está gastando el dinero en su propia candidatura. Clodio cree que Plaucio será elegido cónsul junior. Y lo más seguro es que el cónsul senior sea Metelo Escipión -dijo Bursa.
–Entonces sugiero que, después de la reunión, le digas a Clodio que utilizaste tu veto tribunicio porque sabes más allá de cualquier duda que yo respaldo a Milón, no a Plaucio.
–¡Oh, qué inteligente! – exclamó Bursa, algo animado por una vez. Se quedó pensando en ello y luego asintió con la cabeza-. Clodio aceptará eso.
–¡Excelente! – le dijo Pompeyo muy sonriente al tiempo que se ponía en pie.
Planco Bursa también se levantó, pero antes de que Pompeyo pudiera salir de detrás del escritorio, el mayordomo llamó a la puerta y entró.
–Cneo Pompeyo, una carta urgente -le comunicó mientras hacía una inclinación de cabeza.
Pompeyo la cogió y se aseguró de que Bursa no tuviera ninguna oportunidad de ver el sello. Después de hacerle un saludo con la cabeza, distraído, a su tribuno sumiso de la plebe, volvió a su escritorio.
Bursa se aclaró de nuevo la garganta.
–¿Sí? – le preguntó Pompeyo levantando la vista.
–Un pequeño apuro financiero, Magno…
–Después de que el Senado se reúna mañana.
Satisfecho, Planco Bursa salió tras el mayordomo, mientras Pompeyo rompía el sello de la carta de César.
Escribo esto desde Aquilea, después de ocuparme de Iliria. De ahora en adelante me moveré hacia el oeste a través de la Galia Cisalpina. Los asuntos se han ido amontonando en las sesiones jurídicas regionales. No es de sorprender, ya que me vi obligado a permanecer al otro lado de los Alpes el invierno pasado.